Un mundo feliz

Una distopía ¿clásica? llena de ironía desde el mismo título, tomado de un parlamento de Miranda, la hija del sabio Próspero, en el V acto de La tempestad de Shakespeare, cuando por primera vez en su corta vida ve hombres diferentes de su propio padre.

El futuro: tras la guerra del 2049, que casi extingue la civilización humana, fue imperativo para evitar nuevos conflictos el establecer un Estado Mundial (aunque dejando algunas áreas como “Reservas Salvajes”). Los grandes desarrollos en tecnología reproductiva, cultivos humanos e hipnopedia han cambiado radicalmente la sociedad, generando una humanidad desenfadada, saludable y muy avanzada tecnológicamente, que no conoce la guerra ni la pobreza: no hay racismo, negros y blancos se mezclan libremente, y todos son felices todo el tiempo: ya pertenezcan a las castas más altas (alfas y betas), ya a las otras 3 (gammas, deltas y épsilons) ninguno conoce a su madre, pues el cultivo en probeta es su forma de venir al mundo. Hay aviones cohete y taxicópteros, y monorraíles para las castas más bajas. Juegos como el golf electromagnético y el tenis superficial hacen furor: está prohibido crear nuevos juegos simples, todos deben requerir complejos artefactos ¡viva el consumismo! Sin embargo, el costo de este ¿paraíso? ha sido eliminar cosas como la familia, la diversidad cultural, el arte, la ciencia, la literatura, la religión y la filosofía. ¿Vale entonces la pena?

Dos de los protagonistas, Bernard Marx y Lenina Crowne, cuyos nombres hacen obviamente alusión al líder soviético Lenin y al padre del comunismo Karl Marx, (aunque, considerando problamente que los extremos se tocan, Huxley presenta a otros personajes llamados Polly Trotsky y Morgana Rothschild, por ejemplo) representan puntos de vista opuestos de esta sociedad. Lenina (beta-plus en el sistema de castas) es la perfecta ciudadana: hermosa, «neumática» y feliz de cumplir su función en la sociedad, tiene sexo sin remordimientos morales de ningún tipo con cuántos hombres le sea posible (aunque siempre con su “cinturón maltusiano” o anticonceptivo), pero a la vez es del todo incapaz de ejercer su libertad de pensamiento.

En cambio, su amigo y eterno pretendiente, Bernard Marx, tiene algo del forastero y el inconforme arquetípico: es intelectualmente superior a la mayoría (su categoría es alfa-plus) y su extrema inteligencia lo vuelve inmune al condicionamiento social… pero, a la vez, es físicamente más pequeño que el alfa promedio. Por eso se enfrenta (o al menos cree enfrentarse) a graves problemas de convivencia, como el rechazo social por parte de las mujeres de su propia casta, y continuas faltas de respeto por parte de las castas inferiores. Se ha convertido en un inadaptado social, torpe cuando trata de conseguir citas con mujeres y desinteresado por los deportes en lo que su cuerpo débil no le permite destacar. Es el romántico-neurótico perfecto: prefiere ser miserable antes que tomar la soma (droga que hace olvidar y trae la felicidad), y a menudo expresa su visceral inconformismo. Sin embargo, aún así obtiene permiso para visitar la Reserva Salvaje, y además llevar consigo a su adorada Lenina.

Allí entra en escena el otro protagonista clave de la novela: John el “Salvaje”, hijo de dos ciudadanos del Mundo Feliz y nacido “naturalmente” (un fallo del método anticonceptivo). Pronto se sabrá que su padre no es otro que el jefe de Bernard, que estaba de visita en la reserva cuando su madre se perdió; quedándose allí sola, dió a luz a John, quien creció con el estilo de vida de la tribu de los zuñi (también llamados indios Pueblos; poblaciones indígenas pacíficas y sedentarias que habitan en el sudoeste de los Estados Unidos), y su religión, mezcla de creencias zuñi y cristianas. Sin embargo, también pesa la educación de su madre, quien le enseñó a leer, y su descubrimiento de las obras de William Shakespeare, al que idolatra.

El tremendo choque cultural que tiene lugar cuando el «salvaje» es llevado al «Mundo Feliz», como lo llama inicialmente, permite a Huxley contrastar los valores de la supuesta sociedad ideal con los nuestros y señalar los defectos de ambas.

El libro aborda dos problemas diametralmente opuestos ¿o dos enfoques del mismo? El primero, y más obvio, es que para asegurar una felicidad eterna y universal, la sociedad debe ser manipulada; la libertad de elección y expresión se debe reducir, e inhibir el ejercicio intelectual y la expresión emocional. Los ciudadanos son felices de este modo, sí… pero John el “Salvaje” considera que esta felicidad es artificial y «sin alma». En una escena crucial discute con otro personaje, el poderoso Interventor Mundial de Europa Occidental, Mustafá Mond (mezcla de dos figuras clave de los años 30: Mustafá Kemal Ataturk, el modernizador de Turquía, y Sir Alfred Mond, líder de las Industrias Químicas Imperiales Británicas y adelantado en relaciones laborales en su tiempo), sobre el hecho de que el dolor y la angustia son parte tan necesaria de la vida como la alegría; sin ellos como contraste, la alegría continua pierde su mismo significado.

El segundo problema (o enfoque alternativo del primero) es que la libertad de elección, la inhibición de la expresión emocional y la búsqueda de ideas intelectuales resultan en la ausencia de la felicidad. Esto también lo ejemplifica al principio el personaje de Bernard, pero sobre todo John en las fases finales de la novela: incapaz de suprimir por completo su deseo sexual hacia Lenina, que considera inmoral (al menos sin matrimonio, aunque a ella, por supuesto, eso no le importa nada), y preso del remordimiento por ser incapaz de expresar su dolor ante la muerte de su madre, busca aislarse de la sociedad.

Por haberlo llevado al “Mundo Feliz” sin pensar en las consecuencias de tal acción, Bernard Marx va al exilio en las islas, pero no se le permite al “Salvaje” acompañarlo. Así que John se refugia en un viejo faro en la zona rural de Inglaterra y se establece allí.

Intenta vivir como un ermitaño, con un duro régimen de mortificación de la carne y autoflagelación incluido. Sólo que, como ahora es toda una celebridad, es acosado constantemente por los paparazzi (claro que en 1932 aún no se les llamaba así…). Y, sobre todo al hacerse público un video suyo autoflagelándose, los visitantes llegan cada vez en mayores cantidades. Entre ellos acaba acudiendo Lenina, su amor imposible… y al final el “Salvaje” sucumbe a la tentación en una orgía de sexo y soma. Aunque a la mañana siguiente, víctima del dolor, el remordimiento y la desesperación, se suicida.

El libro ataca sin cuartel la producción en cadena, calificándola como humillante y mecanizadora, lo mismo que a la liberación absoluta de la moral sexual, que considera una afrenta contra el amor y la familia. También critica sin piedad el uso de eslogans, la publicidad, el concepto de un gobierno centralizado y totalitario, aunque sea paternalista y benéfico, así como el uso de la ciencia para controlar los pensamientos y acciones de la gente. Huxley se burla implacable de la sociedad consumista y capitalista: Henry Ford, creador del sistema de la línea de montaje, es el dios del “Mundo Feliz” y los años se miden desde la fabricación del Ford modelo T original; la letra T ha reemplazado la Cruz cristiana como símbolo religioso, y se jura “¡Oh, mi Ford!”.

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Reseñados por YOSS.

 

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