
Desde que apareció en Suecia en 1975, este libro se hizo inmediatamente popular; en la mejor tradición de distopías como 1984 y Un mundo feliz, o las más recientes La naranja mecánica y Todos sobre Zanzíbar, Lundwall simplemente extrapola las tendencias sociales de su tiempo. Y lo más curioso es que, incluso tomando como punto de partida el “milagro sueco” del “socialismo escandinavo” y el “estado de bienestar” subsiguiente, los resultados son igual de aterradores.
Es el año 2018 en un mundo donde todos tienen de todo… pero ni siquiera así pueden ser felices, porque gracias a los avances médicos tienen tanto tiempo de vida que también acaban gastándolo todo… y más, con lo que sus hijos ya nacen endeudados. Pandillas de delincuentes ancianos, jubilados y desahuciados por una Seguridad Social que ya no da abasto, recorren las calles, aterrando a los jóvenes, sobre los que tienen una única ventaja: aplastante superioridad numérica, lógica dada la composición poblacional del primer mundo.
Lundwall se regodea de manera casi hiperrealista en los detalles, exhibiendo una aplastante cultura general: el férreo control sobre los inmigrantes; sectas variopintas, verdaderos pequeños estados supranacionales, luchando por la fe de cada ciudadano; contaminación ambiental a nvieles alarmantes; escasez de agua limpia; las guerras europeas, con armas convencionales y a pequeña escala, porque ya cada estado con un par de cientos de miles de habitantes tiene su bomba de hidrógeno; terroristas de mil causas olvidadas organizando sangrientas masacres transmitidas mundialmente en directo; una exploración espacial cada vez más cara y que cada vez le importa a menos gente… en fin, una ficción más, pero que se parece pavorosamente a nuestra realidad.
Y la trama, absurdísima y casi secundaria en tal decorado: hay que encontrar a Anniki, la Miss Sobaco ideal: nacida con el siglo XXI, nadie mejor que ella para vender un nuevo producto… y un pobre publicitario, Erik Lenning, debe hallarla y convencerla. La propaganda es omnipresente, y colaborar con ella un deber cívico, lo que lleva a niveles inverosímiles de violación de la privacidad: los subliminales están permitidos, y de ellos se abusa alegremente para influir en la mente de los ciudadanos consumidores.
Aunque también hay un ridículo secreto: los ejecutivos publicitarios se creen los aparentes amos del mundo… pero en realidad el mundo lo manejan, a través de unas 300 supercuentas bancarias en Zürich, un par de jeques y unos pocos aldeanos árabes desde sus tiendas en un desierto que flota sobre un mar de petróleo, quienes a través de una sofisticada conspiración financiera pretenden destruir a los demonios blancos y todo su sistema socioeconómico que no se conforma para vivir con un camello, un fusil, una tienda y una familia…
Y ¿cómo acabará todo esto? De seguro, nada bien… porque nunca acabará.
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