03/12/19

Esqueleto

Esqueleto

Ray Bradbury

Ya se le había pasado la hora de ver otra vez al doctor. El señor Harris se metió, desanimado, en el hueco de la escalera, y vio el nombre del doctor Burleigh en letras doradas y una flecha que apuntaba hacia arriba. ¿Suspiraría el doctor Burleigh cuando lo viese? En verdad, ésta era la décima visita en el año. Pero el doctor Burleigh no podía quejarse. ¡El señor Harris pagaba todas las consultas.

La enfermera miró por encima al señor Harris y sonrió, un poco divertida, mientras llamaba con las puntas de los dedos en la puerta de vidrio esmerilado, la abría y metía la cabeza. Harris pensó que le oía decir: — ¿Adivine quién está aquí, doctor? —Y en seguida le pareció que la voz del doctor replicaba, débilmente—: Oh, Dios mío, ¿otra vez?

Harris tragó saliva, nerviosamente, entró en el consultorio, y el doctor Burleigh gruñó:

— ¿Le duelen otra vez los huesos? ¡Ah! —Frunció el ceño y se ajustó los lentes—. Mi querido Harris, ha sido usted aderezado con los peines y cepillos más finos y antisépticos que conoce la ciencia. Usted está nervioso. Veamos los dedos. Demasiados cigarrillos. Olamos el aliento. Demasiadas proteínas. Mirémosle los ojos. Falta de sueño. ¿Mi receta? Váyase a la cama, menos proteínas, y no fume. Diez dólares, por favor.

Harris, enfurruñado, no se movió.

El doctor apartó brevemente los ojos de sus papeles.

— ¿Todavía ahí? ¡Es usted un hipocondríaco! Ahora, son once dólares.

—Pero, ¿por qué me duelen los huesos? —preguntó Harris.

El doctor Burleigh le habló como a un niño.

— ¿Nunca ha tenido un músculo cansado, y se pasó las horas irritándolo, pellizcándolo, frotándolo? Cuanto más lo toca, más lo empeora. Al fin, si lo deja tranquilo, el dolor desaparece, y usted descubre que la causa principal del malestar era usted mismo. Bueno, hijo, ése es su caso. Quédese tranquilo. Tómese’, una dosis de sales. Váyase y haga ese viaje a Phoenix con el que está soñando desde hace meses. ¡Le hará bien viajar!

Cinco minutos después, el señor Harris hojeaba una guía de teléfonos en el bar de la esquina. ¡Bonita comprensión la que uno obtenía de los cegatones idiotas como Burleigh! Recorrió con el dedo una lista de ESPECIALISTAS DE HUESOS, y encontró uno que se llamaba M. Munigant. Munigant no tenía título de médico, ni ningún otro; pero el consultorio estaba adecuadamente cerca. Tres manzanas más allá, una hacia abajo…

  1. Munigant, como el consultorio, era pequeño y oscuro. Como el escritorio, olía a cloroformo, yodo y otras cosas raras. Era un hombre que sabía escuchar, sin embargo, y mientras escuchaba, movía unos ojos brillantes y vivaces, y cuando le hablaba a Harris las palabras le salían como suaves silbidos, sin duda a causa de algún defecto en la dentadura.

Harris se lo contó todo.

  1. Munigant asintió. Había visto casos semejantes. Los huesos del cuerpo. Los hombres no tenía conciencia de sus propios huesos. El esqueleto. Dificilísimo. Algo que concernía al desequilibrio, a una coordinación inarmónica entre alma, carne y esqueleto. Muy complicado, silbó suavemente M. Munigant. Harris escuchaba fascinado. ¡Bueno, al fin había encontrado un doctor que lo entendía! Problema psicológico, dijo M. Munigant. Fue rápidamente, delicadamente, hacia una pared oscura y apareció con media docena de radiografías que flotaron en el cuarto como objetos fantasmales arrastrados por una antigua marea. ¡Mire, mire! ¡El esqueleto sorprendido! He aquí retratos luminosos de los huesos largos, cortos, grandes y pequeños. El señor Harris no prestaba atención a la actitud correcta, al verdadero problema. La mano de M. Munigant golpeó, matraqueó, raspó, rascó las tenues nebulosas de carne donde colgaban espectros de cráneos, vértebras, pelvis, calcio, médula. ¡Aquí, allí, esto, aquello, éstos, aquellos y otros! ¡Mire!

Harris se estremeció. Las radiografías y los cuadros volaron en un viento verde y fosforescente, que venía de un país donde habitaban los monstruos de Dalí y Fuseli.

  1. Munigant silbó quedamente. ¿Deseaba el señor Harris que le… trataran los huesos?

—Depende —dijo Harris.

Bueno, M. Munigant no podía ayudar a Harás si Harris no se encontraba dispuesto. Psicológicamente uno tiene que necesitar ayuda, o el médico es inútil. Pero, y se encogió de hombros, M. Munigant «trataría».

Harris se acostó en una mesa, con la boca abierta. Las luces se apagaron, las persianas se cerraron. M. Munigant se acercó a su paciente.

Algo tocó la lengua de Harris.

Harris sintió que le desencajaban las mandíbulas, Y le crujían y chirriaban. El cuadro de un esqueleto tembló y saltó en la pared. Harris sintió un estremecimiento, de pies a cabeza. Cerró involuntariamente la boca.

  1. Munigant gritó. Harris casi le había arrancado la nariz de un mordisco. ¡Inútil, inútil! ¡Todavía no era hora! Las persianas se abrieron susurrando. La decepción de M. Munigant era tremenda. Cuando el señor Harris sintiera que podía cooperar psicológicamente, cuando el señor Harris necesitara ayuda realmente y tuviese confianza en M. Munigant, entonces quizá podría hacerse algo. M. Munigant extendió’ la manita. Mientras tanto, los honorarios eran sólo dos dólares. El señor Harris debía ponerse a pensar. Le daría un dibujo para que el señor Harris se lo llevara a su casa y lo estudiase. Tenía que familiarizarse con su propio cuerpo. Tenía que ser temblorosamente consciente de sí mismo. Tenía que mantenerse en guardia. Los esqueletos eran cosas raras, imprevisibles. Los ojos de M. Munigant centellearon. Buenos días al señor Harris. Oh, ¿y no quería un palito de pan? M. Munigant le acercó al señor Harris un jarro de palitos de pan quebradizos y salados y se sirvió un palito él mismo diciendo que masticar palitos le servía para conservar… cómo decirlo…. la práctica. ¡Buenos días, buenos días al señor Harris! El señor Harris se fue a su casa.

Al día siguiente, domingo, el señor Harris se des~ cubrió dolores y torturas innumerables y nuevas en todo el cuerpo. Se pasó la mañana con los ojos clavados en la estampa del esqueleto, anatómicamente perfecta, que le había dado M. Munigant.

En el almuerzo, Clarisse, la mujer del señor Harris, se apretó uno a uno los nudillos exquisitamente delgados, y al fin el señor Harris se llevó las manos a las orejas y gritó:

— ¡Basta!

A la tarde, el señor Harris se enclaustró en sus ha’ bitaciones. Clarisse jugaba al bridge en el vestíbulo riendo y parloteando con otras tres señoras mientras

Harris, oculto, se acariciaba y pesaba los miembros del cuerpo con creciente curiosidad. Al cabo de una hora se incorporó de pronto y llamó:

— ¡Clarisse!

Clarisse entraba siempre como bailando, haciendo con el cuerpo toda clase de movimientos blandos y agradables para que los pies no tocaran ni siquiera la alfombra. Les pidió disculpas a sus amigas y fue a ver a Harris, animada. Lo encontró sentado en un extremo del cuarto y vio que clavaba los ojos en el dibujo anatómico.

— ¿Estás aún meditando, querido? —preguntó Por favor, deja eso.

Se sentó en las rodillas del señor Harris.

La belleza de Clarisse no alcanzó a distraer al señor Harris. Sintió la liviandad de Clarisse, le tocó la rótula. El hueso parecía moverse bajo la piel pálida y brillante.

— ¿Está bien que haga eso? —preguntó, sorbiendo el aliento.

— ¿Qué cosa? —rió Clarisse—. ¿Mi rótula, dices?

— ¿Es normal que se mueva así, alrededor?

Clarisse probó.

—Se mueve así, realmente —dijo, maravillada.

—Me alegra que la tuya se deslice, también —suspiró el señor Harris—. Empezaba a preocuparme.

— ¿De qué?

El señor Harris se palmeó las costillas.

—Mis costillas no llegan hasta abajo. Se paran aquí, ¡y he descubierto el aire!

Clarisse entrecruzó las manos bajo la curva de sus pequeños pechos.

—Claro, tonto. Las costillas de todos se detienen en un cierto punto. Y esas raras y cortas son las costillas flotantes.

—Espero que no se vayan flotando por ahí.

El chiste no era nada tranquilizador. El señor Harris deseaba ahora, sobre todas las cosas, quedarse¡ solo. Nuevos descubrimientos arqueológicos, cada vez más sorprendentes, estaban al alcance de sus manos temblorosas, y no quería que se rieran de él.

—Gracias por haber venido, querida —dijo.

—Cuando quieras.

Clarisse frotó dulcemente su nariz contra la de Harris.

— ¡Un momento! Espera… —El señor Harris extendió el dedo y tocó las dos narices, ¿Te das cuenta? El hueso de la nariz crece sólo hasta aquí. ¡El resto es tejido cartilaginoso!

Clarisse arrugó la nariz

— ¡Claro, querido!

Se fue bailando del cuarto.

Solo, sentado, Harris sintió que la transpiración se le acumulaba en los hoyos y arrugas de la cara y le fluía como una marea tenue mejillas abajo. Se humedeció los labios y cerró los ojos. Ahora…. ahora…. ¿qué seguía ahora? La columna vertebral, sí. Aquí. Lentamente, el señor Harris se examinó la columna , moviendo los dedos como cuando operaba los botones de la oficina, llamando a secretarias y mensajeros. Pero ahora, al apretar la columna vertebral, las respuestas, eran miedos y terrores que le entraban por un millón de puertas asaltando y sacudiendo la mente. La columna le parecía algo extraño…. horrible. Se tocó las vértebras nudosas. Como los huesitos quebradizos de un pescado recién comido, abandonados en un plato de porcelana fría.

— ¡Señor! ¡Señor!

Le castañetearon los dientes. Dios todopoderoso, pensó. ¿Cómo no me di cuenta en todos estos años? ¡Todos estos años he andado por allí con un… esqueleto… adentro! ¿Cómo es posible que lo aceptemos así como así? ¿Cómo es posible que nunca pensemos en nuestros cuerpos?

Un esqueleto. Una de esas cosas duras, nevosas y articuladas. Una de esas cosas quebradizas, espantosas, secas, frágiles, matraqueantes, de dedos temblorosos, cabeza de calavera, ojos biselados, y que cuelgan de unas cadenas entre las telarañas de una alacena olvidada; una de esas cosas que hay en los desiertos y están ahí en el suelo desparramadas como dados.

Se incorporó, muy tieso, pues ya no podía soportar la silla. Dentro de mí, ahora, pensó, tomándose el estómago y la cabeza, dentro de mi cabeza hay un… cráneo. Uno de esos caparazones curvos que guardan la jalea eléctrica del cerebro> ¡una de esas cáscaras rajadas con dos agujeros al frente como dos agujeros abiertos por una escopeta de dos caños! ¡Hay ahí grutas y cavernas de hueso, revestimientos y sitios para la carne, el olfato, la vista, el oído, el pensamiento! ¡Un cráneo que me envuelve el cerebro, con ventanitas abiertas al mundo exterior!

Harris tenía ganas de interrumpir la partida de bridge, entrar en la sala como un zorro en un gallinero y desparramar las cartas como nubes de plumas, todo alrededor. Se dominó trabajosamente, temblando. Vamos, vamos, hombre, tranquilízate. Has tenido una verdadera revelación, apréciala, disfrútala. ¡Pero un esqueleto!, le gritó el subconsciente. No lo aguanto. Es algo vulgar, terrible, espantoso. Los esqueletos son cosas horribles; crujen y rascan y traquetean en viejos castillos, colgados de vigas de roble, como largos péndulos susurrantes, indolentes, que se mueven al viento.

La voz de Clarisse llegó desde lejos, clara, dulce.

—Querido, ¿vienes a saludar a las señoras?

El señor Harris sintió que se mantenía en pie gracias al esqueleto. ¡Esa cosa interior, ese intruso, ese espanto, le sostenía los brazos, las piernas, la cabeza! Era como sentir a alguien detrás de uno, alguien que no debiera estar ahí. Adelantándose, comprendió con cada paso que daba hasta qué punto dependía de esa Cosa.

—Iré en seguida, querida —contestó débilmente.

¡Vamos, ánimo!, se dijo a sí mismo. Mañana tienes que volver al trabajo. El viernes tienes que ir a Phoenix. Es un viaje largo. Cientos de kilómetros. Tienes que estar en buena forma para hacer ese viaje o el señor Creldon no invertirá dinero en tu negocio de cerámica. ¡Arriba esa cabeza! ¡Coraje!

Un instante después estaba entre las señoras, y Clarisse le presentaba a la señora Withers, la señora, Abblematt y la señorita Kirthy, las que tenían, todas, esqueletos dentro, pero se lo tomaban con mucha calma, pues la naturaleza les había revestido cuidadosamente la calva desnudez de la clavícula, la tibia, el fémur, con pechos, muslos, pantorrillas, cejas y cabelleras satánicas, labios de aguijón, y.. ¡Dios!, gritó interiormente el señor Harris. Cuando hablan o comen muestran los dientes, ¡una parte del esqueleto! ¡Nunca se me había ocurrido!

—Excúsenme —jadeó, y salió corriendo del cuarto alcanzando apenas a arrojar la merienda por encima de la balaustrada del jardín, entre las petunias.

Esa noche, sentado en la cama, mientras Clarisse se desvestía, Harris se arregló cuidadosamente las uñas de los pies y las manos. Esas partes, también, revelaban el esqueleto, que asomaba impúdicamente. Debió de haber enunciado en voz alta parte de la teoría, pues Clarisse, ya acostada y en camisón, le echó los brazos al cuello canturreando:

—Oh, mi querido, las uñas no son huesos. ¡Son sólo epidermis endurecida!

El señor Harris dejó caer las tijeras.

— ¿Estás segura? Espero que tengas razón. Me sentiría más tranquilo. —Miró la curva del cuerpo de Clarisse, boquiabierto—. Ojalá toda la gente fuera como tú.

— ¡Condenado hipocondríaco! —Clarisse lo sostuvo estirando el brazo, Vamos, ¿qué te pasa? Díselo a mamá.

—Algo que siento dentro —dijo Harris—. Algo que… comí.

A la mañana siguiente y durante toda la tarde en la oficina del centro de la ciudad, el señor Harris investigó los tamaños, las formas y la posición de varios de sus propios huesos con un desagrado cada vez mayor. A las diez de la mañana le pidió permiso al señor Smith para tocarle el codo un momento. El señor Smith consintió, pero mirándolo de reojo. Después del almuerzo el señor Harris le dijo a la señorita Laurel que quería tocarle el omóplato, y la joven se apretó en seguida de espaldas contra el cuerpo del señor Harris ronroneando y entornando los ojos.

— ¡¡Señorita Laurel! —gritó el señor Harris—. ¡Basta!

Solo, meditó en sus neurosis. La guerra acababa de terminar, y la tensión del trabajo y el futuro incierto tenían mucha relación probablemente con aquel estado de ánimo. Pensaba a veces en dejar la oficina, instalarse por su propia cuenta; tenía un talento nada común para la cerámica y la escultura. Tan pronto como pudiese iría a Arizona, le pediría dinero al señor Creldon, compraría un horno y pondría una tienda. Cuántas preocupaciones. En verdad era todo un caso. Pero por suerte había conocido a M. Munigant, que parecía decidido a comprenderlo y ayudarlo. Lucharía un tiempo solo, no iría a ver a Munigant ni al doctor Burleigh, mientras pudiera resistirlo. La extraña sensación desaparecería. El señor Harris se quedó mirando el aire.

La extraña sensación no desapareció. Creció.

El martes y el jueves se desesperó pensando que la epidermis, el pelo y otros apéndices eran manifestaciones de un grave desorden, mientras que el esqueleto desprovisto de tegumentos era en cambio una estructura limpia y flexible, bien organizada. A veces, cuando al resplandor de ciertas luces, sintiendo el peso de la melancolía, se le bajaban morosamente las comisuras de la boca, creía ver el cráneo que le sonreía desde detrás de la cara.

¡Suelta!, gritaba. ¡Déjame! ¡Los pulmones! ¡Basta!

Jadeaba convulsamente, como si las costillas lo apretaran quitándole el aliento.

¡Mi cerebro! ¡No lo aprietes!

Y unos dolores de cabeza terribles le quemaban el cerebro reduciéndolo a cenizas apagadas.

¡Mis entrañas, déjalas, por amor de Dios! ¡Apártate de mi corazón!

El corazón se le encogía bajo las costillas que se abrían en abanico, como arañas pálidas que acechaban la presa.

Una noche descansaba acostado empapado en sudor. Clarisse estaba afuera, en una reunión de la Cruz Roja. Harris trataba de conservar la calma, pero era más y más consciente de aquel conflicto: afuera ese sucio exterior, y adentro esa cosa hermosa, fresca, limpia y de calcio.

La tez, ¿no era oleosa, no tenía arrugas de preocupación?

Observa la perfección de la calavera: impecable y nívea.

La nariz, ¿no era demasiado prominente?

Observa bien los huesecitos de la nariz en la calavera, antes que el monstruoso cartílago nasal formara la probóscide montañosa.

El cuerpo, ¿no era rollizo?

Bueno, examina el esqueleto, delgado, esbelto, la economía de las líneas y el contorno. ¡Marfil oriental exquisitamente tallado! ¡Perfecto, grácil como una manta religiosa blanca!

Los ojos, ¿no eran protuberantes, ordinarios, apagados?

Ten la amabilidad de examinar las órbitas en la calavera: tan profundas y redondas, sombrías, pozos de calma, sabias, eternas. Mira adentro y nunca tocarás el fondo de ese conocimiento oscuro. Toda la ironía, toda la vida, todo está ahí en esa copa de oscuridad.

Compara, compara, compara.

Harris rabió durante horas. Y el esqueleto, siempre un filósofo frágil y solemne, descansaba dentro, calmoso, sin decir una palabra, suspendido como un insecto delicado en el interior de una crisálida, esperando y esperando.

Harris se sentó lentamente.

— ¡Un minuto! ¡Espera! —exclamó—. Tú también estás perdido. Yo también te tengo. ¡Puedo obligarte a hacer lo que se me antoje! ¡No puedes impedirlo! Digo yo: mueve los carpos, los metacarpos y las falanges y, ssssss, ¡ahí se alzan, como si yo saludara a alguien! —Se rió—. Le ordeno a la tibia y al fémur que sean locomotoras y, jum, dos tres cuatro, jum, dos tres cuatro, allá vamos alrededor de la manzana. ¡Sí, señor!

Harris sonrió mostrando los dientes.

—Es una lucha pareja. Fuerzas iguales, y lucharemos, ¡los dos! Al fin y al cabo, ¡soy la parte que piensa! ¡Sí, Dios mío, sí! ¡Aunque no te domine; todavía puedo pensar!

Instantáneamente, una mandíbula de tigre se cerró de golpe, mordiéndole el cerebro. Harris aulló. Los huesos del cráneo apretaron como garras hasta que Harris tuvo horribles pesadillas. Luego, lentamente, mientras Harris chillaba, lbs huesos adelantaron el hocico y se comieron las pesadillas, una por una, hasta que la última desapareció y todas las luces se apagaron….

Al fin de la semana, Harris postergó el viaje a Phoenix por razones de salud. Pesándose en una balanza de la calle vio que la lenta flecha roja señalaba 75.

Gruñó. Cómo, he pesado ochenta kilos durante años y años. ¡He perdido cinco kilos! Se examinó las mejillas en el espejo sucio de moscas. Un miedo primitivo y helado le recorrió el cuerpo estremeciéndolo. ¡Tú, tú! ¡Sé muy bien qué te propones, tú!

Se amenazó con el puño la cara huesuda, hablándoles particularmente al maxilar superior, al maxilar inferior, al cráneo y a las vértebras cervicales.

— ¡Maldito! Crees que puedes matarme de hambre, hacerme perder peso, ¿eh? Sacarme la carne, no dejar nada, sólo huesos y piel. Tratas de echarme a la zanja, para ser el único dueño, ¿eh? ¡No, no!

Corrió a un restaurante.

Pavo, salsas, patatas en crema, cuatro ensaladas, tres postres. No podía tragar nada, se sentía enfermo del estómago. Se obligó a comer. Los dientes empezaron a dolerle. Mala dentádura, ¿eh?, pensó, furioso. Comeré aunque los dientes se sacudan, se golpeen y—crujan, y caigan todos en la sala.

Tenía fuego en la cabeza, respiraba entrecortadamente, sintiendo una opresión en el pecho, y un dolor en las muelas; pero ganó sin ¡embargo una pequeña batalla. Iba a beber leche cuando se detuvo y la derramó en un florero de capuchinas. Nada de calcio para ti, muchacho, nada de calcio para ti. Nunca jamás comeré algo que tenga calcio o cualquier otro mineral que tonifique los huesos. Comeré sólo para uno de nosotros, muchacho, sólo para uno.

—Setenta kilos —le dijo la semana siguiente a su mujer——. ¿Notaste cómo he cambiado?

—Noto que estás mejor —dijo Clarisse—. Siempre fuiste un poco gordito para tu altura, querido. —Le acarició la barbilla—. Me gusta tu cara. Es mucho más elegante. Las líneas son ahora tan firmes y fuertes…

—No son mis líneas, son sus líneas, ¡maldita sea! ¿Quieres decir acaso que él te gusta más que yo?

— ¿Él? ¿Quién es él?

En el espejo del vestíbulo, más allá de Clarisse, la calavera le sonrió al señor Harris desde detrás de una mueca carnosa de desesperación y odio.

Colérico, el señor Harris engulló unas tabletas de malta. Era un modo de ganar peso cuando uno no puede comer otras cosas. Clarisse vio las píldoras de malta.

—Pero, querido, realmente, yo no te pido que subas de peso —dijo.

— ¡Oh, cállate! —dijo Harris entre dientes.

Clarisse lo obligó a que se acostara. Harris se tendió con la cabeza en el regazo de Clarisse.

—Querido —dijo Clarisse—. Te he estado observando últimamente. Estás tan… lejos. No dices nada, pero parece que te persiguieran. Te agitas en la cama, de noche. Quizá debieras ver a un psiquiatra. Pero ya sé qué te diría, puedo adelantártelo. Te he oído mascullar, una vez y otra, y he sacado mis conclusiones. Pues bien, te diré que tú y tu esqueleto son una sola cosa: «una nación indivisible, con libertad y justicia para todos». Unidos triunfarán, divididos fracasarán. Si no se pueden entender entre ustedes como un viejo matrimonio, ve a ver al doctor Burleigh. Pero antes distiéndete, tranquilízate. Estás viviendo en un círculo vicioso; cuanto más te preocupas, más sientes los huesos y más te preocupas. Al fin y al cabo, ¿quién inició esta batalla? ¿Tú o esa entidad anónima que según dices está acechándote detrás del canal alimentario?

Harris cerró los ojos.

—Yo. Creo que fui yo. Adelante, Clarisse, sigue hablándome.

—Descansa ahora —susurró Clarisse dulcemente—. Descansa y olvida.

El señor Harris se mantuvo a flote un día y medio y luego empezó a hundirse otra vez. La imaginación podía tener su parte de culpa, sí, pero este esqueleto particular, Dios mío, devolvía los golpes.

En las últimas horas de la tarde, Harris buscó el consultorio de M. Munigant. Caminó media hora antes de encontrar la dirección y descubrir el nombre M. Munigant, escrito con iniciales de oro viejo y descascarado en un letrero de vidrio. En ese momento, le pareció que los huesos le estallaban rompiendo amarras, dispersándose en el aire en una erupción doloro sa. Enceguecido, Harris retrocedió. Cuando abrió de nuevo los ojos ya estaba del otro lado de la esquina El consultorio de M. Munigant había quedado atrás.

Los dolores cesaron.

  1. Munigant era el hombre que podía ayudarlo. Si la visión del letrero provocaba una reacción tan titánica, indudablemente M. Munigant era el hombre indicado.

Pero no hoy. Cada vez que Harris trataba de volver al consultorio reaparecían los terribles dolores. Transpirando, renunció al fin y entró tambaleándose en un bar.

Mientras cruzaba el vestíbulo oscuro se preguntó brevemente si M. Munigant no tenía una buena parte de culpa. ¡Al fin y al cabo era M. Munigant quien lo había incitado a que se observara el esqueleto, desencadenando un tremendo impacto psicológico! ¿No estarla utilizándolo M. Munigant para algún propósito nefasto? Pero ¿qué propósito? Era una sospecha tonta. Un pobre médico, y nada más. Trataba de ayudarlo. Munigant y sus palitos de pan. Ridículo, M. Munigant estaba muy bien, muy bien.

El espectáculo del salón del bar era alentador. Un hombre corpulento, gordo, redondo como una bola de manteca, bebía una cerveza tras otra en el mostrador. La imagen del éxito, realmente. Harris reprimió el deseo de ponerse de pie, palmearle el hombro al gordo y preguntarle cómo había hecho para ocultarse los huesos. Sí, el esqueleto del hombre estaba lujosamente tapizado. Había almohadones de tocino aquí, bultos elásticos allí, y varias golillas redondas bajo la barbilla. El pobre esqueleto estaba perdido; nunca podría salir de ese tembladeral de grasa. Podía haberlo intentado una vez, pero ya no. Los huesos, abrumados, no se insinuaban en ninguna parte.

No sin envidia, Harris se acercó al gordo como alguien que cruza ante la proa de un transatlántico. Harris pidió una bebida, se la tomó, y se atrevió a hablarle al gordo.

— ¿Glándulas?

— ¿Me habla usted a mí? —preguntó el gordo.

— ¿0 una dieta especial? —comentó Harris—. Perdóneme, pero vea usted, me cuelga la piel. No puedo aumentar de peso. Me gustaría tener un estómago

—Así es entonces —susurró, los ojos enrojecidos, las mejillas hirsutas—. De un modo o de otro me arrastras, me matas de hambre, de sed, acabas conmigo. —Tragó unas rebabas secas de polvo—. El sol me cocinará la carne para que puedas salir. Los buitres me almorzarán y tú quedarás tendido en el suelo,. sonriendo. Sonriendo victorioso. Un xilofón calcinado donde unos buitres tocan una música rara. Te gusta eso. La libertad.

Harris caminó por un escenario que temblaba y burbujeaba bajo la cascada de la luz solar. Tropezaba, caía de bruces y se quedaba tendido alimentándose con bocados de fuego. El aire era una llama azul de alcohol, y los buitres se asaban, humeaban y chispeaban volando en círculos y planeando. Phoenix. El camino. El coche. Agua. Un refugio.

— ¡Eh!

Otra vez el grito. Crujidos de pasos, rápidos.

Gritando, aliviado, incrédulo, Harris corrió y se derrumbó en brazos de alguien que llevaba uniforme.

El coche tediosamente remolcado, reparado. Ya en Phoenix. Harris se encontró en un estado de ánimo tan endemoniado que la operación comercial fue una apagada pantomima. Aun cuando consiguió el préstamo y tuvo el dinero en la mano, no se dio mucha cuenta. La cosa interior, como una espada dura y blanca dentro de un escarabajo, le teñía los negocios, la comida, le coloreaba el amor por Clarisse, le impedía confiar en su automóvil. La cosa, en verdad, tenía que ser puesta en su sitio. El incidente del desierto había pasado demasiado cerca, le había tocado los huesos, podía decir uno torciendo la boca en una mueca irónica. Harris se oyó a sí mismo agradeciéndole el dinero al señor Creldon. Luego dio media vuelta con el coche y se puso de nuevo en marcha, esta vez por el camino de San Diego, para evitar la zona desértica entre El Centro y Beaumont. Marchó hacia el norte a lo largo de la costa. No confiaba en el desierto. Pero… ¡cuidado! Las olas saladas retumbaban y siseaban en la playa de Laguna. La arena, los peces y los crustáceos podían limpiarle los huesos tan rápidamente como los buitres. Despacio en las curvas junto al mar.

Demonios, estaba realmente enfermo.

¿A quién recurrir? ¿Clarisse? ¿Burleigh? ¿Munigant? Especialistas de huesos. Munigant. ¿Bien?

— ¡Querido!

Clarisse lo besó. Harris sintió la solidez de los huesos y la mandíbula detrás del apasionado intercambio, y dio un paso atrás.

—Querida —dijo lentamente, enjugándose los labios con la manga, temblando.

—Pareces más delgado; oh, querido, el negocio…

—Salió bien, creo. Sí, todo marchó bien.

Clarisse lo besó de nuevo.

La cena fue morosa, trabajosamente alegre. Clarisse reía animándolo. Harris estudiaba el teléfono, y de cuando en cuando levantaba el auricular, indeciso, y lo colgaba otra vez.

Clarisse se puso el abrigo y el sombrero.

—Bueno, lo siento, pero tengo que irme. —Le pellizcó la mejilla a Harris—. Vamos, ¡ánimo! Volveré de la Cruz Roja dentro de tres horas. Tú descansa. Tengo que ir.

Cuando Clarisse desapareció, Harris marcó un número en el teléfono, nervioso.

— ¿M. Munigant?

Una vez que Harris hubo colgado el auricular, las explosiones y los malestares del cuerpo fueron extraordinarios. Harris sintió que tenía metidos los huesos en todos los potros de tormentos que había imaginado o que se le habían aparecido en pesadillas terribles, alguna vez. Tragó todas las aspirinas que,, encontró, pero cuando una hora más tarde sonó el timbre de la puerta no pudo moverse. Se quedó tendido, débil, agotado, jadeante, y las lágrimas le corrieron por las mejillas.

— ¡Entre! ¡Entre, por amor de Dios!

  1. Munigant entró. Gracias a Dios la puerta no estaba cerrada con llave.

Oh, pero el señor Harris tenia muy mala cara., M. Munigant se detuvo en el centro del vestíbulo, menudo y oscuro. Harris asintió con un movimiento de cabeza. Los dolores le recorrían todo el cuerpo, rápidamente, golpeando con ganchos y enormes martillos de hierro. M. Munigant vio los huesos protuberantes de Harris y le brillaron los ojos. Ah, era evidente, que el señor Harris estaba ahora psicológicamente, preparado. ¿No? Harris asintió de nuevo, débilmente, y sollozó. M. Munigant hablaba como silbando. Había algo raro en la lengua de M. Munigant y en esos silbidos. No importaba. Harris creía ver a través de las lágrimas que M. Munigant se encogía, se empequeñecía. Obra de la imaginación, por supuesto. Harris lloriqueó la historia del viaje a Phoenix. M. Munigant mostró su simpatía. ¡Ese esqueleto era un traidor! Lo arreglarían de una vez por todas.

—Señor Munigant —suspiró apenas Harris—. No… no lo noté antes. La lengua de usted. Redonda, corno un tubo. ¿Hueca? Mis ojos. Deliro. ¿Qué pasa?

  1. Munigant silbó suavemente, apreciativamente, acercándose. Si el señor Harris aflojaba el cuerpo y abría la boca… Las luces se apagaron. M. Munigant espió la mandíbula caída de Harris. ¿Más abierta, por favor? Había sido tan difícil, aquella primera vez, ayudar al señor Harris; el cuerpo y los huesos en rebelión abierta. Ahora en cambio la carne cooperaba, aunque el esqueleto protestara. En la oscuridad, la voz de M. Munigant se afinó, afinó, aflautándose, aflautándose. El silbido se hizo más agudo. Ahora. Aflójese, señor Harris. ¡Ahora!

Harris sintió que le apretaban violentamente las mandíbulas, en todas direcciones, le comprimían la lengua con un cucharón y le ahogaban la garganta. Jadeó, sin aliento. Un silbido. ¡No podía respirar! Algo le retorcía las mejillas y le rompía las mandíbulas. ¡Como un chorro de agua caliente algo se le escurría en las cavidades de los huesos, golpeándole los oídos!

— ¡Ahhh! ——chilló Harris, gagueando. La cabeza, el carapacho hendido, le cayó flojamente. Un dolor agónico le quemó los pulmones.

Harris respiró al fin, un momento, y los ojos acuosos le saltaron hacia adelante. Gritó. Tenía las costillas sueltas, como un flojo montón de leña. ¡Qué dolor ahora! Harris cayó al suelo, resollando fuego.

Las luces chispearon en los globos oculares de Harris. Los huesos se le soltaron rápidamente.

Los ojos húmedos miraron el vestíbulo.

No había nadie en el cuarto.

— ¿M. Munigant? En nombre de Dios, ¿dónde está usted, M. Munigant? ¡Ayúdeme!

  1. Munigant había desaparecido.

— ¡Socorro!

Y en ese momento Harris oyó.

Muy adentro, en las fisuras subterráneas del cuerpo, los ruidos minúsculos, inverosímiles: chasquidos leves, y torsiones, y frotamientos y hocicadas como si una ratita hambrienta allá abajo, en la oscuridad roja sangre, mordisqueara seriamente, hábilmente, algo que podía haber estado allí, pero no estaba…. un leño, sumergido…

Clarisse, alta la cabeza, iba por la acera directamente hacia su casa en Saint James Place. Llegó a la esquina pensando en la Cruz Roja y casi tropezó con,, el hombrecito moreno que olía a yodo.

Clarisse no le habría prestado atención, pero en ese momento el hombrecito sacó de la chaqueta algo blanco, largo y curiosamente familiar, y se puso a masticarlo, como si fuese una barra de menta. Se comió la punta, y metió la lengua ransima en la materia blanca, succionándola, satisfecho. Cuando Clarisse: llegó a la puerta de su casa, movió el pestillo y entró, el hombrecito estaba absorto aún en su golosina.

— ¿Querido? —llamó Clarisse, sonriendo y mirando alrededor——. Querido, ¿dónde estás? —Cerró la puerta, cruzó el pasillo y entró en el vestíbulo—. Querido…

Se quedó mirando el suelo durante veinte segundos, tratando de entender.

De pronto, se puso a gritar.

Afuera, a la sombra de los sicomoros, el hombrecito abrió unos agujeros intermitentes en el palo blanco y largo; luego, dulcemente, suspirando, frunciendo los labios, tocó una melodía triste en el improvisado instrumento, acompañando el canto agudo y terrible de la voz de Clarisse dentro de la casa.

Muchas veces, en la niñez, Clarisse había corrido por las arenas de la playa, y había pisado una medusa de mar, y había chillado entonces. No es tan horrible encontrar una medusa de mar gelatinosa en tu propio vestíbulo. Puedes dar un paso atrás.

Es terrible cuando la medusa te llama por tu propio nombre.

03/11/19

Los acentos

ORESTES CABRERA DÍAZ

            En castellano hay tres clases de acentos: tánico (ortográfico), prosódico y diacrítico. Muchas gramáticas sitúan sólo dos acentos: el tónico y el diacrítico.

El acento tónico se pone sobre la vocal de la sílaba que se pronuncia con más fuerza: cantará, carácter laúd.

Acento prosódico se le llama comúnmente a la sílaba que se pronuncia con más fuerza que las otras: temprano, emperador, casa, mano.

No es seguro que a todo acento ortográfico corresponda uno prosódico. Por ejemplo, la palabra vigésimo tiene acento prosódico y ortográfico; pero cuando va seguida de otro ordinal, como vigésimoquinto, pierde normalmente su acento prosódico, aunque lleve el ortográfico.

Por su parte el acento diacrítico se utiliza para distinguir dos vocablos iguales, pero de diferente significado:

El (artículo) Él (pronombre).Tu (adjetivo posesivo) (pronombre).De (preposición) (del verbo dar).Aquella (adjetivo demostrativo) Aquélla (pronombre demostrativo).Como (cuando significa del modo o de la manera que) Cómo (cuando significa de qué modo o de qué manera).

Acento tónico

Se acentúan las palabras agudas (oxítonos), o sea las que su última sílaba se pronuncia con más fuerza, cuando terminan en vocal, nos. sofá, jamás, batintín, según.

Las palabras agudas que terminan en consonantes que no sean N o S no se acentúan: arroz, pared, barril, cantar.

Se acentúan las palabras llanas (paroxítonos), o sea las que su penúltima sílaba se pronuncia con más fuerza, cuando no terminan en vocal, N o S: Alcázar, Apóstol, César, Cristóbal, Núñez.

Se acentúan las palabras esdrújulos (preparoxítonas), o sea las que su antepenúltima sílaba se pronuncia con más fuerza: crítico, cámara, lámpara, héroe, míralo.

Si al posponer un pronombre a una forma verbal esta se convierte en palabra esdrújula, hay que acentuarla como tal: abriéronse, sacáronla, devolviéronles, etcétera.

Las palabras esdrújulas siempre se acentúan.

Las palabras sobresdrújulas, que son en las que se carga la pronunciación en tres y aun cuatro sílabas antes de la última, también se acentúan: sácaselos, contándoselo, oblíguesele, quédatelo, etcétera.

Cuando una forma verbal lleva acento lo conserva aun cuando se le agregue un pronombre: castigóme, conmovióla, suplicóle, etcétera.

Cuando un vocablo se compone de dos elementos, ha de suprimirse el acento que corresponde al primer componente: decimosexto, decimoséptimo, rioplatense porque el primer componente pierde normalmente el acento prosódico, lo cual no ocurre en los adverbios terminados en mente, en que ambos componentes conservan su tonicidad propia.

La pronunciación de esos adverbios con un solo acento, es decir, como voces llanas, ha de tenerse por incorrecta. Se pronunciará pues, y se escribirá en el adverbio marcando en el adjetivo el acento que debiera llevar como simple: ágilmente, cortésmente, lícitamente.

Cuando los vocablos están formados por dos adjetivos unidos con guión, cada elemento debe conservar su acento: físico-químico; y cuando dos gentilicios designen una fusión deben escribirse sin separación: anglosajón, francoalemán; mientras que cuando no haya fusión se escribirán con guión: hispano-cubano.²²

La cuestión de los acentos cambia de aspecto cuando los vocablos, o una de sus silabas, son diptongos o triptongos. Entonces el acento se usa para deshacer el diptongo o el triptongo, si la pronunciación lo exige: laúd, baúl, país, transeúnte, rúa, río, tío, raíz, decíais, decidíamos, sufría, egoísmo y otros.

(…)

Quiere decir que un diptongo se deshace acentuando la vocal débil del mismo (que es siempre la i o la u), y un triptongo, acentuando una de las vocales débiles; como íais, de decidíais o de decías. Si no se acentuara la primera i del triptongo, el vocablo tendría que pronunciarse cargando en la sílaba ci, en el primer caso, y en la sílaba de, en el segundo.

Nuevas normas

Los monosílabos: fue, fui, vio, dio, se escribirán sin tilde.

Los pronombres: éste, ése, aquél, con sus femeninos y plurales llevarán normalmente tilde; pero la Real Academia autoriza prescindir de ella cuando no exista riesgo de anfibología.

La partícula aun llevará tilde (aún) y se pronunciará como bisílaba cuando pueda sustituirse por todavía, sin alterar el sentido de la frase.

Aún está enfermo.

No ha llegado aún.

En los demás casos, es decir, con el significado de hasta, también, inclusive (o siquiera con negación) se escribirá sin tilde: Aun los sordos han de oírme.

No hizo nada por él, ni aun lo intentó.

La palabra solo en función adverbial, podrá llevar acento ortográfico si con ello se ha de evitar una anfibología.

(…)
Contrariamente a lo que se había anunciado al publicarse las nuevas normas de ortografía, no hay que suprimir el acento ortográfico en los infinitivos terminados en air, eir y oir. Así embaír, reír, sonreír, oír, desoír, deben llevar acento ortográfico.

Casos especiales de acentuación

En algunos casos las reglas que hemos expuesto no se cumplen. Veamos esos casos especiales en que se disuelven los diptongos y los triptongos: rí-o, continú-a, permitirí-ais, apreciarí-ais, ba-úl, ma-íz, pa-ís, frí-o, sitú-an, sonre-írse.

En estos ejemplos vemos como se infringen las reglas de acentuación de las palabras agudas y breves por causa de la disolución de diptongos y triptongos, formándose dos sílabas.

Conjunciones y preposiciones

Las conjunciones e, o, u, y la preposición a no llevan tilde. Sólo la lleva la conjunción o cuando va entre cifras para evitar que se confunda con el cero: Uno u otro.

Madre e hija.

María va a casa.

5 o 6 niños.

También la Real Academia recomienda la acentuación de las letras mayúsculas.

Las voces extranjeras se acentúan de acuerdo con las reglas castellanas; pero los nombres propios extranjeros se escribirán sin ponerles ningún acento que no tenga en el idioma original.

Esto, eso y aquello

Las palabras esto, eso, aquello no se acentúan nunca, porque su función es invariable.

Las vemos acentuadas con frecuencia debido a que se las confunde con estos, esos, aquellos, sin reparar que esas voces son los plurales de este, ese, aquel, y no de esto, eso, aquello, que repetimos, no cambian de forma ni de función.

Pienso eso, digo esto, pero hago aquello.

¿Qué precio tiene esto?

Acento diacrítico

Acento diacrítico es el que se aplica para distinguir la función o el oficio de ciertos vocablos de igual escritura o con carácter homónimo; entre ellos hay varios monosílabos como: el, si, se, mi, tu, de, te, mas.

Los términos que, cual, quien, cuyo, cuando, cuanto, como, donde, adonde, se acentúan cuando tienen carácter de interrogativos o admirarlos.

Casos de hiatos

En cuanto a la acentuación ortográfica en los casos de hiatos, se dejan de lado las reglas generales y se coloca la tilde sobre la vocal débil, o sobre la primera vocal, si ambas son débiles.

03/11/19

Signos de puntuación

ORESTES CABRERA DÍAZ

            El uso de los signos de puntuación es necesario para comprender clara y exactamente el contenido de un escrito.

Aunque cada escritor puntúa a su manera, no obstante, hay reglas que nos enseñan a puntuar con relativo acierto al establecer preceptos invariables que nos permiten dar expresión exacta, a la vez que variada, a nuestros estados de conciencia.

La coma, el punto y coma, los dos puntos, el punto final, los puntos suspensivos, el paréntesis, la raya, la rayuela, etc., indican las pausas más menos prolongadas que hay necesidad de hacer en la lectura. Otros signos señalan el tono y al mismo tiempo advierten algo que el que escribe desea hacer conocer al que lee.

Uso de la coma

De todos los grafismos lineales y puntiformes con los cuales nos empeñamos en señalar las relaciones lógicas de nuestras proposiciones, es la coma el rasgo que nos da más motivos para cometer errores. El desenvolvimiento de un texto, a menudo tributario de una sola coma, oscila de la afirmación a la negación, siguiendo los lugares de ubicación que asignemos a esos menudos signos auxiliares de la escritura.

Sus variadas aplicaciones exigen un estudio mucho más detenido que los demás signos, entre otras razones, por la liberal construcción española, que lícitas unas veces, vedadas en otras, hace que recurramos con frecuencia a ese signo para no malograr el sentido o la claridad de las expresiones.

Su desacertada colocación ha originado equívocos risueños, famosos y hasta trascendentales a veces, que han merecido los honores de la crónica y hasta de la crítica autorizada. Comúnmente se le llama a la coma signo de pausa, y sólo se le concede el modesto papel de separar expresiones o palabras para que no se mezclen entre sí, o, el de simple intervalo, respiratorio. Sin embargo, no es tan modesto su papel, pues la confusión que introduciría su ausencia, haría ininteligibles las ideas escritas, lo mismo que su colocación originaría equívocos y confusiones, desvirtuando la claridad de lo que se quiere decir.

Los ejemplos que ofrecemos a continuación aclararán mejor estos conceptos que la propia teoría:

La abadesa, dijo la monja, es la sirvienta del Señor.
Si cambiamos la ubicación de las comas, varía por completo el sentido de la frase:

La abadesa dijo, la monja es la sirvienta del Señor,
Otro ejemplo:

Todos sus súbditos, sumisos y tímidos, uniéronse a su causa.
En esta forma resulta que todos sus súbditos son sumisos y tímidos, y desde luego, que todos ellos se unieron a su causa. Pero si sacamos una de la^ comas, la primera, resulta que solamente los tímidos y los sumisos se unieron a su causa, y no así los demás.

El señor X, al levantarse de su banca, fue aplaudido por la concurrencia que se puso en pie.
Evidentemente el señor X fue aplaudido por todos; pero la omisión de la coma delante de que da a entender que sólo la concurrencia que se puso en pie lo aplaudió.

Y otros afirman que la guitarra procede de la cítara de origen asirio.
Según este párrafo, la cítara tiene, además, otros orígenes; una coma después de cítara, denotaría, en cambio, que esta no tiene otro origen.

En el primer ejemplo, o sea, en el del señor X, la supresión de la coma enerva la generalización, al paso que en el segundo la fortifica.

Los soldados cubiertos de lodo exhalaban un vaho penetrante.
Es decir, el vaho lo exhalaban únicamente los soldados cubiertos de lodo; pero si entrecomáramos estas tres últimas palabras, la acción se generalizaría.

(…)
En determinadas construcciones (y esto es muy importante para los redactores) la presencia de la coma confiere a las personas (lo mismo que hemos visto de las cosas) exclusividad en el cargo, parentesco, etc. La corta pausa que hacemos entre el cargo y el título profesional, o el de cortesía, seguido del nombre, es suficiente para determinar la singularidad a que aludimos, como puede comprobarse con estos ejemplos:

Estuvieron presentes en el acto el embajador de Colombia, Señor X; su secretario, Doctor X; el canciller Señor X y el agregado a esa embajada. Coronel X.
Tras las enumeraciones suele ponerse coma:

El azúcar; el tabaco y la ganadería, constituyen nuestra mayor riqueza.
Pero puede prescindirse de ella, como en todos los casos, cuando no afecte el significado:

Las desgracias, las desventuras, las injusticias, los reveses que le sobrevivieron fueron sinnúmeros.
Después de reveses no hace falta la coma porque la oración final se refiere a toda la enumeración precedente.

Otras confusiones respecto de la coma:

Otra de las cuestiones que han llevado mucha confusión en el uso de la coma es el concepto de pausa. Algunos hacen pausa de la manera más arbitraria y hasta absurda. Por ejemplo, hay quienes ponen comas sistemáticamente entre sujeto y verbo, y escriben:

Juan, acaba de entrar en el salón.Pedro el Ermitaño, predice las Cruzadas.El sereno de esta demarcación, tiene el honor de saludarle.
Este es el mayor de los dislates porque se interrumpe la oración en el lugar más inadecuado, o sea, cuando se va a expresar la acción que realiza o ha realizado el sujeto.

En el primer ejemplo el sujeto es simple: Juan, y en los otros, compuesto: Pedro el Ermitaño, el sereno de esta demarcación.

Por consiguiente, por largo que sea el sujeto de la oración, no hay que poner coma entre él y el verbo; en cambio, es imprescindible la coma que se pone después del vocativo, o sea, cuando se invoca a alguien o algo, cuando se le llama, cuando se recurre a una persona o una cosa, nombrándola:

Luis, entra en seguida.Pilar, no sueltos los perros.Francisco, sal de tu cuarto.
La diferencia de estas oraciones y las del párrafo anterior está, aparte de que se invoca a la persona o a la cosa, en que el verbo de las primeras expresa una acción que se realiza o que se ha realizado, mientras que el verbo de las segundas está en imperativo y la acción puede realizarse o no.

También desde el punto de vista de evitar equívocos, la coma después del vocativo está justificada, como se ve en esta oración:

Luis, entra en seguida.
Esta oración sin la coma tendría un sentido bien diferente.

El vocativo también se pone al final de la oración y no menos debe separarse con una coma:

No le digas más, Pedro.
Esta oración cambia totalmente el sentido sin la coma, como cambiarían las siguientes:

¡Anda Pedro!¡Qué madrugador está Juan!
Analicemos igualmente esta oración sobre una subordinada explicativa:

La chica, conmovida, le acarició el cabello.
De acuerdo con esta oración, debe entenderse que de varias chicas, la que estaba conmovida, le acarició el cabello; pero como quiere decirse que lo hizo una chica determinada al sentirse conmovida, pondremos este participio entre comas y tendremos una subordinada explicativa, es decir, explicamos que fue al sentirse conmovida cuando la chica le acarició el cabello.

Tenemos, pues, adjetivos y participios (el participio es la forma adjetiva del verbo) que son explicativos y otros que son determinativos. Los primeros hay que ponerles comas (una sola si está al final de la oración), no así los segundos.

Ejemplos de adjetivo explicativo:

¡Quisiera tantas cosas! -exclamó Juan, entusiasmado.¡No iré nunca más! -dijo el chico, pensativo.
Ejemplos de adjetivo determinativo:

El muchacho flaco se echó sobre la paja.El caballo bayo se encabritó.
Las subordinadas explicativas no las constituyen sólo adjetivos o locuciones adjetivas, sino frases enteras, que han de separarse con comas:

Alicia, solía leer la revista, en la que su marido publicaba trabajos técnicos.La doncella de la señora, que está ahí fuera, desea hablar con usted.
Sin las comas, la subordinada explicativa que está ahí fuera, se convertiría en subordinada explicativa del sustantivo señora, que sería la que estaría Fuera.

Las frases que constituyen una determinación circunstancial de lugar, de tiempo o de manera, y preceden inmediatamente al verbo, no deben separarse de este con una coma:

Desde Bilbao se fue a Londres.Ahora se utiliza la grúa mayor.
Cuando una frase de dos o tres palabras que no contenga verbo se antepone al sujeto (o al verbo de la oración principal, si no hay sujeto expreso), puede separarse o no, por medio de la coma.

Para mi gusto, lo más interesante de-la exposición es este cuadro.En estas tierras el sol de mediodía crea una soledad mucho más medrosa que la de la noche profunda.
Si el elemento que antecede al sujeto consta de cuatro palabras o más, se separa de este por medio de una coma:

En las manos potentes de Calder, el hierro se hace materia dócil, ingrávida, sin peso.Dentro del orbe artístico, música y pintura se alzaban a larga distancia detrás de la poesía…
Siempre que el elemento antepuesto contenga verbo (aunque conste de sólo dos palabras), se separa del sujeto por una coma:

Hecho esto, se sintió profundamente humillada.Puesto en el patio, el reloj de sol se había convertido en reloj de luna.
La coma ante pero, más, pues, porque, etcétera:

Ya sabemos que no suele faltar la coma antes de pero, mas, pues, porque, sino, etc., haga o no falta; la dejamos caer mecánicamente.

Sería ocioso tratar de concretar con ejemplos esta aplicación de nuestro signo, cuya importancia aquí es, además, muy relativa.

En cambio, la coma precediendo a la conjunción y ofrece particularidades que merecen ser consideradas y sumadas a algunas que hemos visto ya.

Hay quienes no la usan en este caso, porque arguyen que la y es un nexo que la suple siempre. No obstante, la coma es necesaria cada vez que van abriéndose nuevas oraciones independientes unas de otras, entre las cuales la y no hace sino subordinarlas a la oración principal; pero como cada una de ellas es autónoma, la coma las separa:

Larrea puso su tesón, Brown su ingenio, y una escuadra de barcos quedó formada.Arribó ayer a nuestro puerto el Imías y el Jigüe puso proa rumbo al Atlántico.Reglas gramaticales de la comaSe usa la coma para enlazar dos o más partes de la oración consecutivas y de una misma clase:¡Juan es un hombre sabio, cortés, prudente!Beber, comer, dormir, son necesidades del hombre.
Cuando en una oración se inserta como de paso otra que aclara o amplía lo que se está diciendo, esta última, que suspende momentáneamente el relato principal, se encierra también entre comas:

Trabajo y recreo, combinados, producen bienestar.Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar, que era un hombre docto, graduado en Sigüenza. sobre cuál había sido mejor caballero. (Cervantes)
Resumiendo la regla anterior, debe decirse que precisa encerrar entre comas toda expresión semejante a un paréntesis:

Si en un momento dado quedara suprimida la presión atmosférica, lo que es absolutamente imposible, el mundo se desharía.Cuando el diario sale tarde, es decir, después de las ocho, pierde lectores.
Cuando una oración se interrumpe para citar o indicar el sujeto o la obra de donde se ha tomado, la cita o indicación se encierra entre comas.

Contra cuerdos y contra locos, se lee en El Quijote, está obligado cualquier caballero andante a volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean.
Se usa igualmente la coma para dividir los diversos miembros de una cláusula, vayan precedidos de conjunciones o no.

Al apuntar el alba cantan las aves y el campo se alegra, y el ambiente cobra movimiento y frescura.
El nombre o tratamiento que se da a una persona lleva coma detrás de sí, cuando está al principio de lo que se dice, y en otros casos la lleva antes o después.

Juan, óyeme, te ruego, Juan, que oigas lo que te digo.Te suplico, Luisa, que no reveles a nadie el secreto.Crea usted, amigo, que siento mucho lo ocurrido el domingo.
Van igualmente precedidas y seguidas de coma las expresiones: esto es, es decir, de manera, en fin, por último, por consiguiente, y otras parecidas.

Punto y coma

Este signo participa de la función de la coma, y en no pocos casos de la del punto también. Su uso es muy convencional; menos que el de la coma, pero tanto como puede serlo el carácter de signo mixto que ha adoptado hoy en nuestras letras. Hasta poco después de comienzos del siglo se hacía de él un uso correcto, pero el actual estilo cortado, nervioso, sincopado, va cediendo el cetro al punto.

Lo usamos, comúnmente, para separar en los períodos más o menos extensos, unos párrafos de otros, en los cuales hay una o más comas, o ninguna, a veces, y siempre que las ideas que se suceden estén de tal manera subordinadas a la principal que no podamos separarlas con el punto. Como esta subordinación o dependencia la vemos y consideramos cada uno de nuestra manera, o no la vemos, de ahí que optemos por cualquiera de los tres signos dichos. Corroboran esto muchos ejemplos citados, y algunos que van aquí con la autoridad que les confieren sus autores y que hemos escogido de una obra de José M. Rafols:

Al que has de castigar con obra, no trates mal con palabras; pues le basta al desdichado la pena del suplicio.Sí; la montaña tiene un alma sensible difundida entre sus infinitos accidentes; ella da rumor cadencioso a los árboles; vibración sonora a las aristas agudas de las cimas; resonancia de acorde sagrado al viento.
En realidad, si observamos bien el párrafo, las más de las veces este signo suple a la coma porque ya está saturada; o bien porque a la sucesión de párrafos, extensos o no, estrechamente subordinados a la idea principal, no les basta la coma para separarlos, y el punto los separaría de más.

Aparte de esos casos particulares y convencionales, podríamos decir que este es el signo de las enumeraciones más complejas y elaboradas, en las que la coma ha satisfecho su función, o rara vez, no le ha cabido papel alguno.

Regla gramatical

El punto y coma (;) denota una pausa algo más prolongada que la que indica la coma. Cuando en un período de alguna extensión se encuentra alguna de las conjunciones adversativas, mas, pero, aunque, sino, sin embargo, se le hará preceder de punto y coma.

Veamos estos párrafos:

Las cartas comerciales deben ser breves, claras y concisamente redactadas; pero las que se dirijan a los amigos, o la familia, deben ser tan extensas como se quiera.El tomador de una letra de cambio es la persona que debe cobrar el documento; sin embargo, esta puede endosarlo a otra. (Cuando la cláusula es corta basta una coma antes de la conjunción.)
Cuando las partes integrantes de un período constan de más de una oración, por b que llevan ya alguna coma, deben separarse con un punto y coma;

Recorrimos una infinidad de calles desiertas y sumidas en la oscuridad: escudriñamos los hoyos de los árboles, las calzadas y las aceras; revolvimos un montón de basuras del que huyeron unos gatos negros.
Cuando una oración sigue precedida de una conjunción, otra que no tiene perfecto enlace con la anterior; se pone punto y coma al final de la primera:

Aquí dio fin Cardento a su larga plática y tan desdichada como amorosa historia; y al tiempo que el cura se prevenía para decirle algunas razones de consuelo; le suspendió una voz que llegó a sus oídos. (Cervantes)

Dos puntos

Las aplicaciones de los dos puntos (:) son interesantes. Fuera de los usos comunes, usamos este signo para explicar, ampliar, completar una proposición que truncamos de pronto, sirviéndonos los dos puntos de enlace con la siguiente, pues en realidad suplen un nexo callado; sin ellos el conjunto carecería por lo regular de sentido. Hay quienes utilizan la coma con el mismo oficio y viceversa, pero estas permutas no son siempre valederas en los casos a que aludimos:

Es un tubo al vacío que envía impulsos electromagnéticos a la velocidad de la luz, trescientos mil kilómetros por segundo.Cuizot interpretó la historia de Francia como perpetua colisión entre dos clases: nobleza y burguesía.
La coma de la primera cita podría remplazarse con los dos puntos y a la inversa en el segundo ejemplo.

Hay autores que abusan de este signo por lo cómodo que resulta para la concisión y el enlace rápido de ciertas construcciones; pero usado moderadamente el efecto expresivo y vigorizador que se persigue es más eficaz.

Regla gramatical

Los dos puntos a los que sigue siempre una aclaración, denotan una pausa casi completa. Se ponen igualmente los dos puntos después de los saludos con que principian las cartas:

Muy Señor mío:Obra en mi poder su carta del día…Querido amigo:He recibido con verdadera alegría…
Cuando se citan palabras textuales deben ponerse los dos puntos antes del primer vocablo de la cita:

Refiriéndose a la «h «, dice la Academia que se escriben con esta letra: las voces que en nuestro idioma se pronuncian principiando por los sonidos ide, iper, ipo y los diptongos ie y uo.

También se pondrán los dos puntos después de las frases: como sigue, a saber, por ejemplo, y otras parecidas.

La poesía comprende tres géneros fundamentales: el épico, el lírico, y el dramático.
Cuando se sienta una proposición general y enseguida se comprueba y explica con otras oraciones, se las separa de estas por medio de los dos puntos:

Debemos tener siempre orden en todo: en nuestros gastos y ejercicios, en nuestras inversiones y quehaceres, y en nuestra ropa y muebles.

Punto final

El punto final es como un apoyo en el camino de las ideas -dice Rafols-y su acertado uso da al discurso la belleza y armonía de las facetas de una gema bien tallada.

Puede escatimarse su uso, buscando nexos que lo suplan, como hacían los prosistas de otros tiempos, tan sobrios en el punto como galanos y audaces en los extensos períodos. Hoy, por lo contrario, hay marcada tendencia a utilizarlo con exagerada largueza, al extremo de que en muchos estilos el punto devora no sólo al punto y coma, sino también a la coma. Prosistas admirables y ejemplares son hoy también galanos a través de ese estilo cortado; pero otros que no son prosistas, ni galanos -agrega el autor-remedan los formularios telegráficos, o nos hacen víctimas de ese «simultaneísmo vargasviliano» que convierte la prosa en hipo.

El Punto en las frases

La elección del período corto o largo plantea interesantes problemas de redacción. Un texto compuesto exclusivamente a base de frases largas -dice Martín Vivaldi-suele resultar oscuro, embrollado; por el contrario, una serie ininterrumpida de frases cortas, enlazadas por puntos, es causa de monotonía. Por consiguiente conviene alternar las frases cortas con las largas para que lo escrito resulte variado, armonioso:

El conductor se caló la gorra. Encendió las luces de carretera. Dio a la llave de contacto. Metió la primera. Desembragó suavemente. Pisó a fondo el acelerador. El coche salió disparado.
Veamos esta otra forma más elegante donde las frases se alargan y cambia la puntuación.

El conductor se caló la gorra y encendió las luces de carretera. Dio a la llave de contacto; metió la primera, desembragó suavemente y pisó a fondo el acelerador. El coche salió disparado.
En ese ejemplo se ha transformado la monotonía, engendrada por el abuso del punto en la frase corta, en un párrafo más armonioso, en el que se combinan la frase corta y la larga.

Punto y aparte

El punto y aparte ha llegado a ser una cuestión de forma, de modalidad, de efecto y hasta de cálculo tipográfico; pero puede ser lo que debe ser un cambio de escena de las ideas, transición de los aspectos de un tema. Sin embargo, los períodos bien divididos facilitan la comprensión de la lectura y proporcionan un reposo necesario para la atención.

Puntos suspensivos

El punto suspensivo tiene poca aplicación y su uso no requiere de mayores explicaciones. Se usa para dar a entender que queda en suspenso el sentido de una frase.

Es verdad lo que dices, pero-Ese maldito vicio de interrumpir…
El abuso de esos puntos -según Vivaldi-es propio del escritor incipiente, porque con dichos signos se traslada al lector el trabajo de completar la frase o el pensamiento que estamos escribiendo. Es un modo gráfico de expresar lo que no debe verse: las pausas, las dudas, la inseguridad, en suma, de nuestro propio pensamiento al escribir.

No obstante, el mismo autor recomienda que los puntos suspensivos se utilicen siempre que, precisamente, sea esa impresión de duda o inseguridad la que deba darse al lector; por ejemplo, en el diálogo: Aquí, normalmente, los puntos suspensivos deben usarse cuando queremos indicar con ellos las pausas que está haciendo el que habla, sus vacilaciones, sus dudas:

Sí. lo respeto mucho, pero…
Otras veces se ponen los puntos suspensivos en lugar del etcétera:

Numerosos son los caudillos de la Historia: César, Felipe II. Napoleón, Bismarck…
También cuando se hace una pausa al ir a expresar temor, duda o algo sorprendente.

No me decidía a estrechar la mano de un… asesino.

Paréntesis

Actualmente, al paréntesis le ha salido un rival formidable en el guión largo o rayuela, que no sólo desempeña la mayor parte de los oficios asignados antiguamente al paréntesis, sino que, además; se usa a veces simplemente para dar énfasis a un elemento que, en realidad, no interrumpe en modo alguno al sentido de la oración principal. No obstante, el paréntesis se usa todavía para segregar los mismos elementos que hemos visto entre rayuelas.

En otras palabras: se encierra entre paréntesis la oración incidental aclaratoria, ya sea breve o larga, que, interrumpiendo el sentido y giro de lo expuesto, tiene alguna conexión con lo que se va diciendo. Veamos este párrafo de Cadalso:

Para hacer más amena en lo que quepa, la erudición morteral, cañonal y culebrinal (ved ahí tres voces nuevas que me debe la lengua castellana), notaréis que tienen tanta hermandad las ciencias entre sí.

Comillas

Las comillas se usan en las citas, transcripciones, títulos de publicaciones y libros, voces y giros exóticos. Aunque su utilización se va restringiendo, todavía las vemos encerrando nombres de embarcaciones, fábricas, instituciones, localidades, trofeos, etc., seguramente para impedir confusiones. Usanse también para destacar palabras, en vez de los tipos negritas o cursivas (bastardillas), que no siempre resultan cómodos para el tipógrafo.

Sin embargo, esas voces prescinden por lo general del signo si van con inicial mayúscula, pues con ella ya adquieren significado propio, como sería el caso de embarcaciones, fábricas, instituciones, etcétera.

Hasta hace algunos años, las transcripciones extensas, como conferencias, discursos, pasajes de obras, y otros, empezaban con comillas de apertura, que se cerraban, o no, en cada párrafo aparte, para cambiarse por las comillas de clausura al comienzo del siguiente, y así hasta el cierre final. Hoy sólo van abriéndose los párrafos apartes, dejándose las comillas de clausura para el final de la transcripción. Si hay citas intercaladas, se suele abrir comillas en cada línea -o a gusto del autor-y se cierran cuando aquellas terminan. Pero en las transcripciones extensas, frecuentemente se reduce hoy el cuerpo y se prescinde de las comillas -salvo las de intercalaciones-como podemos comprobarlo a diario, en que los discursos y las conferencias ocupan vastos espacios de los rotativos.

Otros usos:

Las comillas se pueden utilizar cuando se quiere dar cierto, énfasis a una palabra, o simplemente un sentido irónico.

Este muchacho tan «inteligente» es el más «estudioso» del aula.
Suele utilizarse también este signo ortográfico cuando se escribe una palabra nueva (neologismo o barbarismo) o algún vocablo poco conocido, como el caso de una palabra propia de determinada especialidad profesional:

Las cabinas «presurizadas» son indispensables para los vuelos de gran altura.
El peligro del uso de este signo está en el abuso que del mismo hacen algunos escritores. Hay quienes entrecomillan las palabras creyendo que así la frase resulta más intencionada o más «graciosa». El resultado suele ser antiestético y hasta contraproducente.

Cuando se abusa de las comillas el signo pierde fuerza y acaba por ser prácticamente insignificante.

03/11/19

La elipsis y la construcción nominal

GONZALO MARTÍN VIVALDI

            Figura de construcción interesante es la elipsis. Se dice que una frase es elíptica o incompleta cuando le falta alguno de sus elementos fundamentales, especialmente el verbo. Así, un bello paisaje, en vez de este paisaje es bello, Pero los filósofos del lenguaje -dice Wolfgang Kayser- «han hecho ver que no hay elipsis en el verdadero sentido de la palabra, pues no es preciso completar nada, ya que, en el fondo, nada se ha omitido. Las cosas se presentan más bien de tal forma que otras partes de la frase desempeñan la función de la parte que, en apariencia, falta». Es decir, que la elipsis lo sería sólo aparentemente. Así, por ejemplo, si escribo: «los hombres llegaron cansados, las mujeres, contentas». En esta última frase, la coma, después de mujeres, nos dice que falta gráficamente, pero no en el senado, el verbo declarativo llegaron.

Al referirnos a la frase como tal, ya hemos dicho que algunos tratadistas estiman que, mejor que hablar de elipsis, debe hablarse de construcción nominal, es decir de aquella construcción en que el elemento verbal se suprime a favor del nominal (sustantivos, adjetivos, y determinantes: artículos, demostrativos y posesivos).

Modernamente, por mayor brevedad, se tiende a la construcción nominal, aunque según Criado de Val, «son el francés y el inglés los idiomas occidentales, que más intensamente acusan esta preferencia, mientras el español y el alemán son los más resistentes a ella».

Dos razones da este autor para explicar la actual preferencia por la construcción nominal:

  • La mayor brevedad y concisión de los giros nominales.• Su carácter más objetivo e impersonal. De ahí la preferencia por este tipo de construcción en el lenguaje periodístico, técnico y científico: se gana espacio y el autor puede quedar oculto.

Este predominio nominal se observa fundamentalmente en los títulos y sumarios de los trabajos periodísticos.

EJEMPLOS:

Sudáfrica, fuera de la Commonwealth.Calurosa simpatía para Willy Srandt en Washington.Hoy, entrenamiento de los preseleccionados.
En este afán de condensar telegráficamente se llega a romper, según Criado de Val, la propia estructura del idioma: Cupón PRO ciegos, venta Posbalance. «El esquema a que va siendo reducido el idioma…, puede degenerar en una pobreza irreparable -escribe el autor citado. El español se defiende mejor que otras lenguas, gracias a su indudable fuerza conservadora y a la estrecha fusión que en él existe entre el lenguaje hablado y popular y el escrito y literario, que se influyen y corrigen mutuamente».

No obstante, la construcción nominal llega ya hasta el estilo literario (Azorín es buena muestra de ello) y no es infrecuente leer trozos de prosa como el que sigue: «Pleno campo. Árboles, pajarillos y brisa. Aire sano, sonar de esquilas. Arroyos entre las peñas. Ovejas en un prado verde. El pastor: cayada al hombro, un cigarrillo entre los labios y la boina calada. Albarcas de goma…»

Construcción sin un verbo. Toques de color aislados, sueltos. Procedimiento parecido al de los pintores «puntillistas» que pintaban a base de pinceladas yuxtapuestas. Es un modo de hacer característico de nuestro tiempo, pero que, si se exagera, resulta terriblemente monótono.

El sistema nominal «puntillista» llega hasta la propia poesía. Y así, Antonio Machado escribe:

¡Chopos del camino blanco,álamos de la ribera;espuma de la montañaante la azul lejanía;sol del día, claro día!¡Hermosa tierra de España!
«En el fondo -comenta Wolfgang Kayser-, no se trata aquí de elipsis en el sentido de omisiones: si añadiésemos un verbo, falsificaríamos el sentido y la esencia de estos mundos poéticos. Aquí no hay, como base, hechos terminados que puedan reproducirse lingüísticamente por medio de sujetos, verbos, complementos; estos mundos son menos precisos».

En realidad, a nuestro juicio, en los ejemplos citados se trata de un plasticismo pictórico. La palabra -las frases nominales-actúan aquí como las pinceladas sobre el lienzo del pintor. La sintaxis desaparece, por así decirlo, del papel -en frase de Thibaudet-para pasar al espíritu del lector. Se escribe sin verbos -alma de la frase-y se deja al lector la tarea de concebir -sentirlo escrito como si tales verbos existieran gráficamente.

03/11/19

Naturalidad y estilo

GONZALO MARTÍN VIVALDI

            He aquí, finalmente, una serie de principios y consejos prácticos de redacción y estilo. Se trata de una recopilación esquemática de las ideas expuestas en este Curso de Redacción; una especie de “resumen de urgencia» que nos servirá para recordar, en poco tiempo, lo fundamental de la doctrina estudiada.

Exponemos a continuación el armazón, el esqueleto ideológico-práctico de lo estudiado hasta aquí.

«La regla del buen estilo científico es la claridad, la perfecta adaptación al asunto, el completo olvido de sí mismo, la abnegación absoluta. Es también la regla para escribir bien sobre cualquier materia.» (Renán)»Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento.» (Voltaire)»A menos de ser un genio, lo mejor es procurar hacerse inteligible.» (Anthony Hope)»No sacar de la luz humo, sino del humo luz.» (Horacio.) «El estilo, como las uñas, es más fácil tenerlo brillante que limpio.» (Eugenio D’Ors)»El hombre poco claro no puede hacerse ilusiones: o se engaña a sí mismo, o trate de engañar a los demás.» (Stendhal)»El que habla con claridad, tiene el espíritu claro.» (San Bernardino de Siena)

  1. Las palabras son los utensilios, las herramientas del escritor. Y como en todo oficio o profesión es imprescindible el conocimiento -el manejo— de los utensilios de trabajo, así en el arte de escribir. Nuestra base, pues, es el conocimiento del vocabulario. El empleo de la palabra exacta, propia, y adecuada, es una de las reglas fundamentales del estilo. Como el pintor, por ejemplo, debe conocer los colores, así el: escritor ha de conocer los vocablos.
  2. Un buen diccionario no debe faltar nunca en la mesa de trabajo del escritor. Se recomienda el uso de un Diccionario etimológico y de sinónimos.
  3. Siempre que sea posible, antes de escribir, hágase un esquema previo, un borrador.
  4. Conviene leer asiduamente a los buenos escritores. El estilo, como la música, también «se pega». Los grandes maestros de la literatura nos ayudarán eficazmente en la tarea de escribir.
  5. «Es preciso escribir con la convicción de que sólo hay dos palabras en el idioma: EL VERBO Y EL SUSTANTIVO. Pongámonos en guardia contra las otras palabras.» (Veulliot) Quiere decir esto que no abusemos de las restantes partes de la oración.
  6. Conviene evitar los verbos «fáciles» (hacer, poner, decir, etc.), y los «vocablos muletillas» (cosa, especie, algo, etcétera).
  7. Procúrese que el empleo de los adjetivos sea lo más exacto posible. Sobre todo no abuse de ellos: «si un sustantivo necesita un adjetivo, no lo carguemos con dos.» (Azorín) Evítese, pues, la duplicidad de adjetivos cuando sea innecesaria.
  8. No pondere demasiado. Los hechos narrados limpiamente convencen más que los elogios y ponderaciones.
  9. Lo que el adjetivo es al sustantivo, es el adverbio al verbo. Por tanto: no abuse tampoco de los adverbios, sobre todo de los terminados en «mente», ni de las locuciones adverbiales (en efecto, por otra parte, además, en realidad, en definitiva).
  10. Coloque los adverbios cerca del verbo a que se refieren. Resultará así más clara la exposición.
  11. Evítense las preposiciones «en cascada». La acumulación de preposiciones produce mal sonido (asonancias duras) y compromete la elegancia del estilo.
  12. No abuse de las conjunciones «parasitarias»: «que», «pero», «aunque», «sin embargo», y otras por el estilo que alargan o entorpecen el ritmo de la frase.
  13. No abuse de los pronombres. Y, sobre todo, tenga sumo cuidado con el empleo del posesivo «su» -pesadilla de la frase-que es causa de anfibología (doble sentido).
  14. No tergiverse los oficios del gerundio. Recuerde siempre su carácter de oración adverbial subordinada (de modo). Y, en la duda… sustitúyalo por otra forma verbal.
  15. Recuerde siempre el peligro «laísta» y «loísta» y evite el contagio de este vicio «tan madrileño».
  16. Tenga muy en cuenta que «la puntuación es la respiración de la frase». No hay reglas absolutas de puntuación; pero no olvide que una frase mal puntuada no queda nunca clara.
  17. No emplee vocablos rebuscados. Entre el vocablo de origen popular y el culto, prefiera siempre aquél. Evítese también el excesivo tecnicismo y aclárese el significado de las voces técnicas cuando no sean de uso común.
  18. Cuidado con los barbarismos y solecismos. En cuanto al neologismo, conviene tener criterio abierto, amplio. No se olvide que el idioma está en continua formación y que el purismo a ultranza -conservadurismo lingüístico-va en contra del normal desarrollo del idioma. «Remudar vocablos es limpieza.» (Quevedo)
  19. No olvide que el idioma español tiene preferencia por la voz activa. La pasiva se impone: por ser desconocido el agente activo, porque hay cierto interés en ocultarlo o porque nos es indiferente.
  20. No abuse de los incisos y paréntesis. Ajústelos y procure que no sean excesivamente amplios.
  21. No abuse de las oraciones de relativo y procure no alejar el pronombre relativo «que» de su antecedente.
  22. Evite las ideas y palabras superfluas. Tache todo lo que no esté relacionado con la idea fundamental de la frase o período.
  23. Evite las repeticiones excesivas y malsonantes; pero tenga en cuenta que, a veces, es preferible la repetición al sinónimo rebuscado. Repetir es legítimo cuando se quiere fijar la atención sobre una idea y siempre que no suene mal al oído.
  24. Si, para evitar la repetición, emplea sinónimos, procure que no sean muy raros. Ahorre al lector el trabajo de recurrir al diccionario.
  25. La construcción de la frase española no está sometida a reglas fijas. No obstante, conviene tener en cuenta el orden sintáctico (sujeto, verbo, complemento) y el orden lógico.
  26. Como norma general, no envíe nunca el verbo al final de la frase (construcción alemana).
  27. El orden lógico exige que las ideas se coloquen según el orden del pensamiento. Destáquese siempre la idea principal.
  28. Para la debida cohesión entre las oraciones, procure ligar la idea inicial de una frase a la idea final de la frase anterior.
  29. La construcción armoniosa exige evitar las repeticiones malsonantes, la cacofonía (mal sonido), la monotonía (efecto de la pobreza de vocabulario) y las asonancias y consonancias.
  30. Ni la monótona sucesión de frases cortas ininterrumpidas (el abuso del «punto y seguido»), ni la vaguedad del período ampuloso. Conjúguense las frases cortas y largas según lo exija el sentido del párrafo la musicalidad del período.
  31. Evítense las transiciones bruscas entre distintos párrafos. Procure «fundir» con habilidad para que no se noten dichas transiciones.
  32. Procure mantener un nivel (su nivel). No se eleve demasiado para después caer vertiginosamente. Evite, pues, los «baches».
  33. Recuerde siempre que el estilo directo tiene más fuerza -es más gráfico-que el indirecto.
  34. No se olvide que el lenguaje es un medio de comunicación y que las cualidades fundamentales del estilo son: la claridad, la concisión, la sencillez, la naturalidad y la originalidad.
  35. La originalidad del estilo radica, de modo casi exclusivo, en la sinceridad.
  36. Pero no sea superficial, ni excesivamente lacónico, ni plebeyo, ni «tremendista», vicios estos que se oponen a las virtudes antes enunciadas.
  37. Además del estilo, hay que tener en cuenta el tono, que es el estilo adaptado al tema.
  38. Huya de las frases hechas y lugares comunes (tópicos). Y no olvide que la metáfora sólo vale cuando añade fuerza expresiva y precisión a lo que se escribe.
  39. Huya de la sugestión sonora de las palabras. «Cuando se permite el predominio de la sugestión musical empieza la decadencia del estilo» (Middleton Murry). La cualidad esencial de lo bien escrito es la precisión.
  40. Piense despacio y podrá escribir deprisa. No tome lpluma hasta que no vea el tema con toda claridad.
  41. Relea siempre lo escrito como si fuera de otro. Y no dude nunca en tachar lo que considere superfluo. Si puede, relea en voz alta: descubrirá así defectos de estilo y tono que escaparon a la lectura exclusivamente visual.

42. Finalmente, que, la excesiva autocrítica no esterilice la jugosidad, la espontaneidad, la personalidad, en suma, del propio estilo. Olvide, en lo posible, todas las reglas estudiadas, al escribir. Acuda a ellas sólo en los momentos de duda. Recuerde siempre que escribir es pensar y que no debe constreñirse al pensamiento, encerrándolo en la cárcel del leguleyismo gramatical o lingüístico.