03/8/19

El orinal florido

El orinal florido

Alfred Bester

 

—Concluiremos este primer semestre de Antigüedades —dijo el profesor Paul Muni—con una reconstrucción de la jornada habitual de un habitante de los Estados Unidos de América (nombre que se daba hace quinientos años al Gran Los Angeles) a mediados del siglo veinte.

»Nos referiremos a él como Jukes, uno de los nombres más ilustres de la época, inmortalizado en la epopeya de las luchas entre Kallikak y Jukes. Se acepta hoy generalmente que las misteriosas letras JU, halladas en los listines de Hollywood Este, o en la ciudad de Nueva York como se decía entonces (por ejemplo, JU6—0600 o JU2—1914), indican de algún modo una relación genealógica con la poderosa dinastía Jukes.

»Estamos en el año de 1950. El señor Jukes, un típico «solitario» (es decir, «soltero»), vive en un pequeño rancho a las afueras de Nueva York. Se levanta al amanecer, se pone sus botas con espuelas, sus vaqueros, su camisa de cuero, un chaleco gris de franela y un lazo negro. Se arma con un revólver y sale al Bar—B—Q a prepararse un desayuno de Plancton con curry o algas elaboradas. Puede sorprender a delincuentes juveniles o pieles rojas en su rancho, linchando una víctima o robándole automóviles, de los que tiene un rebaño de unos ciento cincuenta.

»A estos delincuentes los dispersa tras singular combate a puñetazos. Como todos los norteamericanos del siglo veinte, Jukes es un individuo de fuerza extraordinaria, capaz de aguantar y asestar golpes terribles. Pocas veces utiliza su revólver para estosfines; reserva normalmente su uso para los ritos ceremoniales.

»El señor Jukes acude a su trabajo en la ciudad de Nueva York montado en un coche deportivo (una especie de automóvil abierto), o en un tranvía eléctrico. Lee su periódico matinal, en el que aparecerán noticias como: «El descubrimiento del Polo Norte», » El hundimiento del Titanic», «Una cápsula espacial dirigida por el hombre logra orbitar Marte» o «La extraña muerte del presidente Harding».

»Jukes trabaja en una agencia de publicidad situadaen la Avenida Madison (hoy Bulevar Crepúsculo Este), que, en aquella época, era un fangoso y áspero camino, cruzado por diligencias, en el que se alineaban garitos llenos de camorristas, cadáveres y bellas artistas de variedades de someros vestidos. Jukes se dedica a la orientación del gusto, la mejora de la cultura, la elección de los funcionarios públicos y la selección de héroes nacionales.

»Su oficina, situada en la planta vigésima de un gigantesco rascacielos, está decorada al estilo característico de mediados del siglo veinte. Tiene un muro de fuelle, un sillón gravedad nula, o caída libre, y una escupidera de latón. Está iluminado con bombillas Maser. Grandes ventiladores colgados del techo la refrescan en verano, y una estufa Franklin de rayos infrarrojos la calienta en invierno.

»Las paredes están decoradas con extrañas pinturas ejecutadas por artistas tan famosos como Miguel Angel, Renoir y Domingo. En la mesa hay un magnetofón, que él usa para dictar. Sus palabras las escribe luego una secretaria utilizando una pluma y papel carbón. (Se ha demostrado de modo irrefutable que la máquina mecanográfica no se creó hasta el apogeo de la Era de la Computadora, a finales del siglo veinte.)

»El trabajo del señor Jukes consiste en crear las consignas espirituales que animan a la mitad consumidora de la nación. Algunas de estas consignas han llegado hasta nosotros de modo más o menos fragmentaria, y aquellos de ustedes que hayan seguido el curso del profesor Rex Harrison, lingüistica 916, ya saben de las extraordinarias dificultades que se plantean en su interpretación: «Bueno hasta la última gota» (¿Debemos leer «Dios» donde dice «bueno»?); «¿Lo hace o no lo hace?» (¿El qué?); y ‘»Soñé que iba al circo con mi sostén Maidenform» (incomprensible).

»A mediodía, el señor Jukes toma una segunda comida, normalmente en forma comuntaria con otros miles de individuos en un estadio gigantesco. Regresa a su oficina y reanuda el trabajo, pero, como han de tener en cuenta que las condiciones no eran ideales para la concentración, se veía obligado a trabajar hasta cuatro y seis horas al día. En aquellos tristes tiempos había una repetición constante de asaltos a mano armada, robos, guerras de bandas y otras brutalidades. El aire estaba lleno de los cuerpos de los agentes de bolsa desesperados que se tiraban por las ventanas de sus oficinas.

»En consecuencia, es muy natural que el señor Jukes busque paz espiritual al final del día. Y la encuentra en un ritual llamado «fiesta de cocktail». El y otros creyentes más se encierran en una pequeña habitación, rezando en voz alta, y llenando el aire con residuos sagrados de marihuana y mescalina. Los creyentes suelen llevar atuendos denominados «trajes de cocktail», conocidos también como «negro básicon».

»Después, el señor Jukes puede tomar su última comida del día en un club nocturno, un centro de diversión subterráneo donde se ofrecen diversos espectáculos. Va acompañado a menudo por su «cuenta de gastos», frase difícil de interpretar. El doctor David Niven afirma que esto puede relacionarse con »una mujer de vida fácil», pero el profesor Nelson Eddy afirma que esto no hace más que aumentar las dificultades, pues nadie sabe hoy lo que era una «mujer de vida fácil».

»Por último, el señor Jukes regresa a su rancho en una especie de coche de vapor en el que juega juegos de azar con los jugadores profesionales que infectan todos los sistemas de transportes de la época. Ya en su casa, hace una hoguera al aire libre, calcula los gastos del día con su ábaco, toca música triste con su guitarra, hace el amor con una de las miles de extrañas mujeres que tienen la costumbre de irrumpir a horas extrañas ante las hogueras, se enrolla en una manta y se echa a dormir.

»Tal era la barbarie de aquella época tan histérica que pocos hombres vivían más de los cien años. Y sin embargo los románticos de ahora añoran aquella era monstruosa de agitación y terror. La América del siglo veinte está de moda.

En fecha muy reciente, un solo ejemplar de Life, una especie de catálogo postal, fue vendido en subasta por el famoso coleccionista Clifton Webb por 150.000 dólares. He de decir, de pasada, que en el análisis que hago de esta pieza en el Phit Trans actual planteo dudas sobre su autenticidad. Ciertos anacronismos del texto indican una posible falsificación.

»Y ahora unas últimas palabras sobre vuestros exámenes. Se ha hablado mucho de parcialidad por parte de la computadora. Se ha sugerido que cuando este departamento recibió la Multi—III de Bioquímica, se pasaron por alto varios circuitos, dejándose en situación operativo, con lo que se inclinó a la computadora en favor del enfoque matemático. Esto es un completo absurdo. Nuestro psiquiatra de computadoras asegura que la Multi—III ha recibido un curso completo de readoctrinación y un lavado de cerebro minucioso. Detalladas comprobaciones han mostrado que todos los errores se debieron a torpeza y descuido de los estudiantes.

»Les pido que se atengan a los procedimientos normales de esterilización antes de realizar su examen. Comprueben sus gorras, batas, máscaras y guantes quirúrgicos y procuren que estén perfectamente ajustados. Asegúrense también de que los instrumentos estén esterilizados. Recuerden que una mota de contaminación en su tarjeta de respuesta puede invalidar su examen. La Multi—III no es una máquina, es un cerebro, y exige el mismo cuidado y consideración que dispensan a sus propios cuerpos. Gracias, buena suerte, y espero verles de nuevo el próximo semestre.

Al salir del aula, el profesor Muni fue abordado en el atestado pasillo por su secretaria, Ann Sothern. Vestía ella un bikini de punto, llevaba una bandeja con bebidas en una mano y en la otra un bañador del profesor. Muni hizo un gesto agradecido, tomó un trago rápido y frunció el ceño al oír el número de comedia musical tradicional con el que los estudiantes pasaban de clase a clase. Comenzó a estructurar sus notas mientras salían apresuradamente del edificio. —No hay tiempo para darse un chapuzón, señorita Sothern—dijo—. Tengo que acudir a ver un descubrimiento revolucionario esta tarde en el Edificio de Artes Médicas.

—Eso no figura en su programa, doctor Muni.

—Lo sé. Lo sé. Pero Raymond Massey está enfermo, y tengo que hacerlo por él. Ray dice que me sustituirá la próxima vez que tenga que aconsejar a un joven genio que abandone la poesía.

Salieron del Edificio de Sociología, pasaron ante la piscina en forma de lágrima, ante la biblioteca que tenía forma de libro, ante la Clínica cardiaca que tenía forma de corazón, y llegaron al Edificio Facultad que tenía forma de facultad. Estaba en un bosquecillo de palmas reales a través del cual serpeaba una pista de golf diminuta, cuyos acondicionadores de aire emitían un rumor silbante. Dentro del Edificio Facultad, altavoces ocultos radiaban el último éxito—ruido.

— ¿Qué es… «Niágara» de Caruso?—preguntó con aire ausente el profesor Muni.

—No, es «Johnstown Flood», de la Callas—contestó la señorita Sothren, abriendo la puerta de la oficina de Muni—. Qué extraño. Juraría que dejé las luces encendidas.

Intentó localizar el interruptor.

—Alto—murmuró el profesor Muni—. Aquí hay algo más de lo que parece, señorita Sothern.

— ¿Qué quiere decir…?

— ¿Quién suele planear un encuentro por sorpresa en una habitación a oscuras?

— ¿Los… Ios Malos?

—Exactamente.

—Tiene razón—dijo una voz nasal—, mi querido profesor pero le aseguro que se trata sólo de una cuestión privada de negocios.

—Doctor Muni —murmuró la señorita Sothern—. Hay alguien en su oficina.

—Vamos, entre, profesor—dijo la voz nasal—. Es decir si me permite usted que le invite a entrar en su propia oficina. No intente encender las luces, señorita Sothern. Han sido… preparadas.

— ¿Qué significa esta intrusión? —preguntó el profesor Muni.

—Entre. Vamos, entre. Boris, lleva al profesor hasta una silla. El individuo que le coge de un brazo, profesor Muni, es mi implacable guardaespaldas, Boris Karloff. Yo soy Peter Lorre.

—Exijo una explicación —gritó Muni—. ¿Por qué ha invadido mi oficina? ¿Por qué han estropeado las luces? ¿Qué derecho tienen a. . . ?

—Las luces están apagadas porque es mejor que la gente no vea a Boris. Es un hombre muy útil, pero no una delicia estética, todo ha de decirse. Y el motivo de que haya invadido su oficina se le hará saber después de que haya contestado a una o dos preguntas.

—No haré nada de eso. Señorita Sothern, busque al decano.

—Usted se quedará donde está, señorita Sothern.

—Haga lo que se le dice, señorita Sothern. No permitiré esto.

—Boris, enciende algo.

Algo se encendió. La señorita Sothern lanzó un grito. El profesor Muni quedó sobrecogido.

—Ya está bien, Boris, apaga. Ahora, mi querido profesor, vayamos al asunto. En primer lugar, permítame que le informe de que si contesta honradamente a mis preguntas no se arrepentirá de ello. ¿Sería tan amable de extender la mano?—el profesor Muni extendió la mano; alguien posó en ella un fajo de billetes—. Son 10.000 dólares; por la consulta. ¿Quiere usted contarlos? ¿Quiere que Boris encienda algo?

—Le creo —murmuró Muni.

—Muy bien. Profesor Muni, ¿Dónde y durante cuánto tiempo estudió usted historia norteamericana?

—Es una pregunta extraña, señor Lorre.

—Se le ha pagado para que conteste, profesor Muni.

—Está bien. Bueno… estudié en el Instituto Hollywood, Instituto Harvard, Instituto Yale y en la Universidad del Pacífico.

—Qué es «Universidad»?

—El nombre antiguo de Instituto. En el Pacífico son tradicionalistas… Obstinados reaccionarios.

—Y, ¿Durante cuánto tiempo estudió?

—Unos veinte años.

— ¿Cuánto tiempo lleva enseñando aquí en el Instituto Columbia? —Quince años.

—Eso significa treinta y cinco años de experiencia. ¿Diría usted que posee un amplio conocimiento de los méritos y capacidad de los diversos historiadores actuales?

—Entonces, ¿Quién es, en su opinión, la autoridad máxima en la historia Norteamérica del siglo veinte?

—Bueno. Es una pregunta interesante. Harrison, por supuesto, es el que más sabe de publicidad, titulares de periódicos y pies de fotos. Taylor de ciencia doméstica, me refiero a la doctora Elizabeth Taylor. Gable probablemente sea el mejor en transportes. Clark está en el Instituto Cambrige ahora, pero…

—Perdóneme, porfesor Muni. Planteé mal la pregunta. Debería haber preguntado: ¿Quién es la máxima autoridad en objetos históricos del siglo veinte? Antigiiedades, cuadros, muebles, objetos curiosos, piezas artísticas, etcétera.

— ¡Ah! En cuanto a eso no hay duda, señor Lorre. Soy yo.

—Muy bien. Excelente. Ahora escúcheme bien, profesor Muni. Un pequeño grupo de hombres poderosos me ha encargado que contrate sus servicios profesionales. Se le pagarán a usted 10.000 dólares por adelantado. Usted dará su palabra de mantener la transacción en secreto. Y quedará entendido que si su misión fracasa, no haremos nada por ayudarle.

—Eso es mucho dinero—dijo lentamente el profesor Muni—. ¿Cómo puedo estar seguro de que esta oferta viene de los Buenos?

—Tiene mi palabra de que es en defensa de la libertad y la justicia del hombre de la calle, de los desheredados y del sistema de vida del Gran Los Angeles. Por supuesto puede usted rechazar esta peligrosa misión, y no se le tendrá en cuenta, pero piense que es el único hombre de todo el Gran Los Angeles que puede realizarla.

—Bueno —dijo el profesor Muni—, dado que no tengo nada mejor que hacer hoy, salvo estudiar una cura de cáncer, aceptaré.

—Sabía que podríamos contar con usted. Es usted de esa clase de hombres que hacen grande a Los Angeles. Boris, canta el himno nacional.

—Gracias, pero sus elogios son inmerecidos. No hago más que lo que haría cualquier ciudadano leal, honrado y patriota del Gran Los Angeles.

—Muy bien, pues. Le recogeré a media noche. Llevará usted traje de tweed, sombrero de fieltro muy bajo y zapatos gruesos. Llevará usted treinta metros de soga de escalador, prismáticos y un revólver de fisión de cañón corto. Su número de identificación será el 369.

—Aquí—dijo Peter Lorre—369. 369, tengo el placer de presentarle a X, Y, y Z. —Buenas noches, profesor Muni—dijo el caballero de aspecto italiano—. Yo soy Vittorio de Sica. Esta es la señorita Garbo.Este Edward Everett Horton. Gracias, Peter. Váyase ya.

El señor Lorre salió. Muni miró a su alrededor. Se hallaba en un suntuoso apartamento todo decorado de blanco. Incluso el fuego que ardía en la estufa, por algún milagro de la química, se componía únicamente de llamas de un blando lechoso. El señor Horton paseaba nervioso ante el fuego. La señorita Garbo estaba lánguidamente tendida sobre una piel de oso polar, con una boquilla de marfil en la mano.

—Permítame que coja yo esa soga, profesor—dijo De Sica—. Supongo que trae usted también la pistolade cañón corto y los prismáticos habituales. También me los llevaré. Usted póngase cómodo. Perdone que estemos vestidos de etiqueta, nuestras identidades encubiertas, compréndalo. Nosotros controlamos el infierno del fuego. Actualmente estamos…

— ¡No! —gritó alarmado el señor Horton.

—A menos que tengamos fe plena en el profesor Muni y seamos completamente sinceros, no iremos a ningún sitio, mi querido Horton. ¿No estás de acuerdo, Greta?

La señorita Greta asintió.

—En realidad—continuó De Sica—, somos un pequeño grupo de poderosos comerciantes en arte.

—En… entonces —balbució Muni—, son ustedes los famosos De Sica, Garbo y Horton…

—Esos somos.

—Pe… pero… pero todo el mundo dice que ustedes no existen. Todo el mundo cree que la organización conocida como el Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte es en realidad propiedad de «Los Treinta y Nueve Pasos», con el control oculto de Cosa Vostra. Es decir que…

—Sí, sí—interrumpió De Sica—. Eso es lo que nosotros queremos hacer creer; de ahí nuestra identidad oculta como trío siniestro que controla este sindicato de juego. Pero somos nosotros tres quienes controlamos el arte en el mundo, y por eso está usted aquí.

—No comprendo.

—Enséñale la lista—dijo la señorita Garbo.

De Sica sacó una hoja de papel y se la entregó a Muni.

—Tenga la bondad de leer esta lista de artículos, profesor. Estúdiela detenidamente. Depende casi todo de las conclusiones que usted extraiga.

Horno parrilla automático.

Plancha de vapor.

Batidora eléctrica velocidad 12.

Cafetera automática de seis tazas.

Sartén de aluminio eléctrica.

Horno de gas con cuatro quemadores y tapadera.

Nevera de once pies cúbicos más congelador de 170 bras.

Aspiradora eléctrica, tipo lata, con tope de vinilo.

Máquina de coser con bobinas y agujas

Candelabro rueda de carro, de pino y arce. Lámpara de techo de cristal opalino.

Lámpara de cristal claveteado estilo provincial.

Lámpara de bronce abatible con pantalla de cristal.

Despertador con timbre doble.

Cubertería de cincuenta piezas para ocho.

Cubertería de dieciséis piezas para cuatro, modelo Du

Alfombra de nailon, 9X12, beige espiga.

Alfombra colonial, oval, 9×12, verde helecho.

Felpudo de cáñamo «Bienvenido», 18X30.

Sofá cama y sillón, verde salvia.

Almohadón redondo de goma—espuma.

Silla abatible de espuma con mecanismo de tres posturas.

Mesa plegable, ocho plazas.

Cuatro sillones con soporte.

Armario de roble colonial de soltero, tres cajones.

Armario doble de roble colonial, seis cajones.

Cama con dosel estilo provincial francés, cincuenta y cuatro pulgadas de anchura.

Después de estudiar la lista durante diez minutos el profesor Muni dejó el papel y lanzó un profundo suspiro—parece el tesoro enterrado más fabuloso de la historia.

—Oh, profesor, no está enterrado. Muni se incorporó. — ¿Quiére decir que realmente existen esos objeto?

—Desde luego que sí. Ya hablaremos más de eso. Primero, dígame, ¿Tiene usted una idea clara de este conjunto de objetos?

— ¿Los ha retenido con los ojos de su mente?

—Sí, los he retenido.

—Entonces podrá usted contestar a esta pregunta: ¿Corresponden todos estos tesoros a un tipo, un estilo, un

—No hablas claramente, Vittorio—masculló la señorita Garbo.

—Lo que queremos saber —intervino Edward Everett Horton—es si un hombre podría…

—Por favor, mi querido Horton. Cada pregunta a su tiempo. Profesor, quizás haya sido oscuro. Lo que quiero decirle es esto: ¿Representan estos tesoros el gusto de un hombre? Es decir, ¿Podría el hombre que, digamos, colecciona la batidora eléctrica, ser el mismo del felpudo de cáñamo «Bienvenido»?

—Si podía permitirse ambos—gorjeó Muni.

—Supondremos, en principio, que él puede permitirse todos los artículos de esta lista.

—Ni siquiera un gobierno nacional podría permitírselo a todos—contestó Muni—. Sin embargo, déjeme pensar…

Se echó hacia atrás en su asiento y clavó los ojos en el techo, apenas consciente de que el Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte le observaba con gran interés. Tras mucha concentración, Muni abrió los ojos y miró su alrededor.

—Bien, díganos—pidió Horton con ansiedad.

—He estado visualizando esos tesoros en una habitación—dijo Muni—. Se compaginan admirablemente. En realidad, compondrían una de las habitaciones más bellas impresionantes del mundo. Si uno entrase en una habitación así, querría saber inmediatamente quién era el genio que la había decorado.

— ¿Entonces…?

—Sí. Yo diría que corresponde al gusto de un hombre.

— ¡Ajá! Entonces nuestra sospecha era fundada, Greta. Estamos tratando con un tiburón solitario.

—No, no, no. Es imposible.—Horton arrojó al fuego el vaso, y luego se encogió de hombros ante el estruendo—No puede ser un tiburón solitario. Tienen que ser muchos hombres, de todo tipo, que operan independientemente. Os aseguro…

—Mi querido Horton, sírvete otro trago y cálmate. No haces más que confundir al buen doctor. Profesor Muni le dije que los artículos de esta lista existían. Así es. Pero no le dije que no sabemos dónde están actualmente. No lo sabemos por una buena razón: todos han sido robados.

— ¡No! No puedo creerlo.

—Pues sí, y por lo menos una docena de antigüedades más, que no nos molestamos en incluir porque son de mucho menos valor.

—No debían de pertenecer a una sola colección… yo habría tenido noticia de su existencia.

—No. Una colección como ésa nunca existió y nunca existirá.

—No lo permitiríamos —dijo la señorita Garbo.

— ¿Cómo los robaron entonces? ¿Dónde?

—Independientemente —exclamó Horton, agitando su vaso. Por docenas de ladrones distintos. No puede ser obra de un solo hombre.

—Según el profesor corresponden al gusto de un hombre.

—Es imposible. ¿Cuarenta audaces robos en quince meses? No puedo creerlo.

—Los objetos de esa lista—continuó De Sica dirigiéndose a Muni—los robaron en un período de quince meses a coleccionistas, museos, comerciantes e importadores todo en el área Hollywood Este. Si, como dice usted, los objetos representan el gusto de un hombre…

—Así es.

—Entonces no hay duda de que tenemos en nuestras manos una rara avis, un delincuente muy listo que es además especialista en arte, o, lo que sería aún más peligroso, un especialista que se ha hecho delincuente.

— ¿Pero por qué particularizar?—preguntó Muni—. ¿Por qué ha de ser un especialista? Cualquier comerciante normal en arte podría decirle a un ladrón el valor de las obras de arte antiguas. La información se podría obtener incluso en una biblioteca.

—Digo un especialista—contestó De Sica—porque ninguno de los objetos robados ha vuelto a verse. Ninguno se ha ofrecido a la venta en las cuatro órbitas del mundo, a pesar de que cualquiera de ellos valdría el rescate de un rey. Por tanto, estamos frente a un hombre que roba para aumentar su colección.

—Basta, Vittorio—dijo la señorita Garbo—. Hazle la siguiente pregunta.

—Profesor, supongamos ahora que estamos tratando con un hombre de gusto. Ya ha visto la lista de lo que ha robado hasta ahora. Le pregunto, como historiador: ¿Puede usted sugerirnos algún objeto que evidentemente se integre en su colección? Si pudiésemos llamar su atención con un nuevo objeto, algo que fuese bien en esa hipotética habitación que usted visualizó. .. dígame,qué objeto podría ser? ¿Qué podría tentar al coleccionista que hay en el delincuente al delincuente que hay en el coleccionista ? añadió Muni.

De nuevo clavó los ojos en el techo mientras los otros le observaban con ansiedad. Al final murmuró:

—Sí… sí… eso es. Eso mismo. Sería el punto focal de toda la colección. — ¿El qué?—gritó Horton—. ¿De qué habla?

—El orinal florido —respondió solemnemente Muni.

Tan perplejo parecíanlos tres comerciantes que Muni se vio obligado a ampliar:

—Es una jardinera azul de porcelana de función incierta, decorada con una banda de margaritas en blanco y oro. Un intérprete francés lo descubrió en Nigeria hace un siglo. Lo llevó a Grecia, donde lo ofreció a la venta, pero fue asesinado y el cuenco desapareció. Apareció luego en poder de una prostituta del Uzbek que viajaba con pasaporte de Formosa y que se lo dio a un charlatán en Civitavechia a cambio de un supuesto afrodisíaco.

El charlatán contrató a un suizo, un desertor de la guardia vaticana, para que le sirviese de guardaespaldas hasta Quebec, donde esperaba vender el cuenco a un magnate de uranio canadiense, pero desapareció en el viaje. Diez años después un acróbata francés con pasaporte coreano y acento suizo vendió el cuenco en París. Lo compró el noveno duque de Startford por un millón de francos oro, está desde entonces en poder de la familia Olivier.

— ¿Y esto —preguntó ansioso De Sica—podría ser el punto focal de toda la colección de nuestro amigo?

—Sin duda alguna. Pongo en juego mi reputación.

— ¡Magnífico! Entonces nuestro plan es de lo más simple. Debemos anunciar una supuesta venta del orinal florido a un importante coleccionista de Hollywood Este. Quizás señor Clifton Webb sea la persona más adecuada. Debemos dar abundante publicidad al envío de este raro tesoro al señor Webb. Y luego tender una trampa al ladrón en casa del señor Webb y… ¡Creo que vamos a atraparlo!

— ¿Querrán cooperar el duque y el señor Webb?—preguntó Muni. —Cooperarán. No tienen más remedio.

— ¿No tienen más remedio? ¿Por qué?

—Porque les hemos vendido tesoros artísticos a ambos, profesor Muni. —No comprendo.

—Mi buen doctor, hoy las ventas se hacen enteramente en una base residual. Del cinco al cincuenta por ciento de la propiedad, el control y el valor de reventa de todas las obras de arte lo retenemos nosotros. Nosotros tenemos derechos residuales sobre todos esos objetos robados también, por eso debemos recuperarlos. ¿Comprende ahora?

—Sí, comprendo, y veo que me he equivocado.

—Así es. ¿Le ha pagado ya Peter?

— ¿Le ha prometido usted guardar secreto?

—Di mi palabra.

—Grazie. Entonces, habrá de disculparnos, tenemos mucho trabajo. Mientras De Sica entregaba a Muni la soga, los prismáticos y la pistola de cañón corto, la señorita Garbo se acercó a él.

—No—dijo.

De Sica le lanzó una mirada inquisitiva

— ¿Hay algo más, cara mía ?

—Tú y Horton id a hacer vuestro trabajo fuera de aquí —masculló—. Peter quizás le haya pagado, pero yo no. Queremos estar solos.—Le hizo una seña al profesor Muni indicando la piel de oso.

En la elegante biblioteca de la mansión de Clifton Webb en el Camino de Skouras, el inspector detective Edward G. Robinson presentó a sus hombres al Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte. Su equipo se alineaba ante las estanterías exquisitamente simuladas, con sus uniformes de criados, domésticos

—Sargento Eddie Brophy, criado—dijo el inspector Robinson—. Sargento Eddie Albert, segundo criado. Sargento Ed Begley, cocinero. Sargento Eddie Mayhoff ayudante de cocina. Detectives Edgar Kennedy, chófer y Edna May Oliver, criada.

El inspector Robinson llevaba un uniforme de mayor.

—Ahora, damas y caballeros, la trampa está tendida y el subcomisario Eddie Fisher, el mejor especialista, al cargo de todo.

—Le felicitamos —dijo De Sica.

—Como todos ustedes saben muy bien —continuó Robinson—, todo el mundo cree que el señor Clifton Webb ha comprado el orinal al duque de Startford por dos millones de dólares. Se sabe perfectamente que se envió en secreto a Hollywood Este escoltado por una guardia armada y que en este mismo instante el tesoro artístico se encuentra en una caja de caudales oculta en la biblioteca del señor Webb.

El inspector señaló una pared en la que la combinación de lacaja estaba hábilmente enmascarada en el ombligo de un desnudo de Amadeo Modigliani (2381—2431), e iluminada por un punto de luz oculto.

— ¿Dónde está ahora el señor Webb?—preguntó la señorita Garbo.

—Después de cedernos su gran mansión, a petición nuestra—contestó

Robinson—ha emprendido un crucero de placer por el Caribe con su familia y

su servidumbre. Como saben muy bien éste es un secreto muy bien guardado. —Y el orinal —preguntó nervioso Horton—. ¿Dónde está?

—En esa caja de caudales señor.

—Quiere usted decir… ¿Quiere usted decir que realmente lo trajo hasta aquí? ¿Está ahí? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué? ¿Por qué?

—Teníamos que transportar el tesoro artístico, señor Horton. ¿Cómo podíamos hacer si no que se filtrase el secreto estrechamente guardado a la Associated Press, a Televisión Unida, a la Reuters y al Sindicato de Satélites, permitiéndoles sacar fotografías?

—Pe… ro… pero, pueden robarlo realmente… ¡Oh, Dios mío! es horrible.

—Damas y caballeros—dijo Robinson—. Mis ayudante y yo, losmejores policías de Hollywood Este, y el señor comisario Edmund Kean, estaremos aquí, teóricamente cumpliendo las tareas propias del servicio doméstico, en realidad vigilando sin cesar; y no se preocupen. Nadie cogerá el orinal florido, y cogeremos al Chico de las Antigüedades.

— ¿A quién? —preguntó De Sica.

—Ese delincuente coleccionista, señor. Así es como llamamos en el Escuadrón Bunco. Y ahora, si ustedes fuesen tan amables de salir al amparo de la oscuridad, utilizando una puerta poco conocida del patio posterior, mis colaboradores y yo podremos empezar nuestro trabajo, simulando realizar las tareas domésticas. Tenemos un soplo según el cual nuestro hombre actuará… esta noche.

El Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte se alejó al amparo de la oscuridad; el escuadrón Bunco comenzó las tareas domésticas de la noche para convencer a todo posible observador suspicaz que la vida transcurría normalmente en la mansión Webb. Había que ver al inspector Robinson, paseando ante los ventanales del salón con una bandeja de plata en la que estaba pegado un vaso de vino, con el interior ingeniosamente pintado de rojo para simular clarete.

Los sargentos Brophy y Albert, criados, se abrían alternativamente la puerta de la calle con gran ceremonia cuando acudían por turnos a echar las cartas al correo. El detective Kennedy pintaba el garaje. La detective Edna May Oliver colgaba las ropas de cama de las ventanas superiores para airearlas. Y a intervalos frecuentes, el sargento Begley (cocinero) perseguía al sargento Mayhoff (ayudante de cocina) por toda la casa con un cuchillo de cortar carne.

A las 23 horas, el inspector Robinson posó su bandeja y bostezó prodigiosamente. Sus hombres entendieron la señal, y toda la casa se llenó de bostezos. En el salón, el inspector Robinson se desvistió, se puso un pijama y un gorro de dormir, encendió una vela y apagó las luces. En la biblioteca sólo quedaba el punto de luz que enfocaba el marcador de la caja de caudales. Luego el inspector subió al piso de arriba. En el resto de la casa, sus ayudantes se pusieron también los pijamas y luego se unieron a él. La mansión Webb quedó oscura y silenciosa.

Pasó una hora; un reloj dio las veinticuatro. Sonó por el Camino de Skouras un ruido sordo.

—La verja principal—murmuró Ed.

—Alguien entra —dijo Ed.

—Es nuestro hombre—anadió Ed.

—Hablen más bajo.

—Está bien, jefe.

Se oyó un rumor de pisadas sobre grava

—Viene por la senda central—murmuró Ed.

—Es un tipo listo—dijo Ed.

El rumor de la grava se convirtió en un ruido suave.

—Está cruzando el seto de flores—dijo De Sica.

Se oyó un golpe sordo, y una maldición.

—Ha metido el pie en un tiesto—dijo Ed.

Se oyó una serie de ruidos sordos a intervalos irregulares.

—No puede sacarlo—dijo Ed.

Se oyó un crac y un repiqueteo.

—Ahora lo ha conseguido—dijo Ed.

—Oh, que hábil es—dijo Ed.

Se oyeron unos golpecitos exploratorios en el cristal.

—Es en la ventana de la biblioteca—dijo Ed.

— ¿La dejaste abierta?

—Creí que lo haría Ed, jefe.

— ¿Lo hiciste, Ed?

—No, jefe. Creí que tenía que hacerlo Ed.

—No podrá entrar. Ed, mira a ver si puedes abrirla sin que te vea…

Ruido de cristales rotos. —Da lo mismo, ya ha abierto. Un profesional es un profesional.

Chirrió la ventana; hubo roces y gruñidos mientras el intruso saltaba por ella. Cuando por fin asentó los pies en la biblioteca, su silueta frente al rayo de luz que señalaba hacia la caja era simiesca. Miró a su alrededor inseguro un rato, y al fin empezó a buscar desordenadamente por armarios y cajones.

—Nunca la encontrará—murmuró Ed—. Dije que debíamos poner una señal debajo del marcador, jefe, y tenía razón.

—No, confía en un profesional. ¿ves? ¿Qué te decía yo? Ya la ha localizado. ¿Todo preparado ya?

— ¿No quiere esperar a que la abra, jefe?

— ¿Por qué?

—Para cogerle con las manos en la masa.

—Por amor de Dios, esa caja está hecha a prueba de ladrones. Vamos ya. ¿Preparados? ¡Adelante!

La biblioteca se llenó de luz. El ladrón se apartó de la caja oculta consternado, y se vio rodeado de siete hoscos detectives, que le apuntaban a la cabeza con las armas. El hecho de que estuviesen en pijama no les hacía parecer menos decididos. Los detectives, por su parte, vieron a un ladrón ancho de hombros, con cuello de toro y grandes quijadas. El hecho de que aún no se hubiese sacudido los restos del tiesto, y llevase una violeta de Parma (Viola Pallida Plena) en el zapato derecho, no le hacía parecer peligroso.

—Y ahora, amigo, por favor—dijo el inspector Robinson con la exagerada cortesía que hacía que sus admiradores le llamasen el     Beau Brummel del Escuadrón Bunco.

Se llevaron al malhechor a la comisaría en triunfo.

Cinco minutos después de que los detectives saliesen con su prisionero un caballero vestido de etiqueta se plantó ante la puerta principal de la mansión Webb. Llamó al timbre. Del interior salía la música del principio del Bolero de Ravel interpretado por una orquesta completa a ritmo de vals. Mientras el caballero parecía esperar tranquilamente, su mano derecha se deslizó por el forro de su capa y rápidamente probó una serie de llaves en la cerradura. Luego volvió a llamar el timbre. Hacia la mitad del bolero, encontró una llave que servía.

Giró la llave, empujó la puerta unos centímetros con el pie, y habló suavemente, como si hubiese dentro un criado invisible

—Buenas noches. Creo que llego un poco tarde. ¿Están todos dormidos, o aún me esperan? Oh, muy bien. Gracias.

El caballero entró en la casa, cerró la puerta tras de si suavemente, miró a su alrededor en el oscuro y vacío vestíbulo, y rió entre dientes.

—Como quitarle un caramelo a un niño —murmuró—. Debería avergonzarme. Localizó la biblioteca, entró y encendió todas las luces. Se quitó la capa, prendió un cigarrillo, advirtió el bar y se sirvió un trago de una de las botellas más atractivas. Probó y escupió.

— ¡Ah! un nuevo horror, y creí que los conocía todos. ¿Qué demonios es?—metió la lengua en el vaso—. Whisky, sí; pero whisky con qué…—probó de nuevo—. Dios mío, es zumo de coliflor.

Miró a su alrededor, descubrió la caja, se acercó a ella y la inspeccionó.

— ¡Santo cielo!—exclamó—.Toda una clave con tres números… Veintisiete combinaciones posibles. Absolutamente a prueba de robos. Realmente estoy impresionado.

Se acercó al marcador, alzó la vista, se encontró con la difusa mirada del desnudo y sonrió disculpándose.

—Le ruego que me perdone—dijo, y empezó a marcar la combinación: 1—1—1, 1—1—2, 1—1—3, 1—2—1, 1—2—2, 1—2—3, y así sucesivamente, tanteando cada vez la palanca de la caja, disfrazada hábilmente como dedo índice del desnudo. Al llegar al 3—2—1, la palanca descendió con un breve clic. La puerta de la caja se abrió, destripando, como si dijésemos, el hermoso vientre del desnudo. El ladrón metió la mano y sacó el orinal florido. Lo contempló durante un minuto.

—Notable, ¿verdad?—dijo una voz grave.

El ladrón alzó la vista rápidamente. En la puerta de la biblioteca había una chica que le miraba despreocupadamente. Era alta y delgada, con el pelo castaño y los ojos de un azul oscuro muy intenso. Llevaba una túnica blanca casi transparente, y su piel clara brillaba bajo las luces.

—Buenas noches, señorita Webb… ¿O señora?

—Señorita. —Hizo un gesto con el tercer dedo de su mano izquierda. —Creo que no la oí entrar.

—Ni yo a usted.—Entró en la biblioteca—. Le parece notable, ¿No es así? Quiero decir, espero que no le desilusione.

—No, no me desilusiona, es único.

— ¿Quién cree usted que lo diseñó?

—Nunca lo sabremos.

— ¿Cree usted que no haría muchos? ¿Qué por eso es tan raro?

—Sería inútil especular, señorita Webb. Sería como preguntarse cuántos colores utilizó un pintor en un cuadro o cuantas notas utilizó un compositor en una ópera.

Ella se acercó hasta un canapé.

— ¿Un cigarrillo, por favor? ¿Por casualidad está mostrándose condescendiente?

—En absoluto. ¿Fuego?

—Gracias.

—Cuando contemplamos la belleza debemos ver sólo la Ding en sich, la cosa en sí. Sin duda sabe usted de qué se trata, señorita Webb.

—Sospecho que es usted un poco engreído.

— ¿Yo? ¿Engreído? En modo alguno. Cuando la contemplo, también veo sólo la belleza en sí. Y aunque es usted una obra de arte, no es, en absoluto, una pieza de museo.

—Así que es usted también especialista en halagos.

—Usted podría convertir en especialista a cualquier hombre, señorita Webb. —Y ahora que ha abierto usted la caja de caudales de mi padre, ¿Qué va a hacer?

—Me propongo pasar varias horas admirando esta obra de arte. —Considérese en su casa.

—No tenía ninguna intención de molestar. Me lo llevaré conmigo. —Así que va usted a robarlo.

—Le ruego que me perdone.

—Hace usted una cosa muy cruel, sabe.

—Estoy avergonzado de mí mismo.

— ¿Sabe usted lo que ese cuenco significa para mi padre?

—Desde luego. Una inversión de dos millones de dólares.

— ¿Cree usted que él comercia en belleza como los agentes de bolsa con acciones?

—Por supuesto. Todos los coleccionistas ricos lo hacen. Compran para vender con beneficio.

—Mi padre no es rico.

—Oh, vamos, señorita Webb. ¿Y los dos millones de dólares?

—Pidió prestado el dinero.

—Tonterías.

—Es cierto.—Hablaba con gran pasión, y sus ojos azul oscuro se achicaron—. El no tiene dinero, de veras. Sólo tiene crédito, debía usted saber cómo manejan esto los financieros de Hollywood. Pidió prestado el dinero y ese cuenco es la garantía.—Se levantó del sofá—. Si lo roban será un desastre para él… y para mí.

—Señorita Webb, yo…

—Se lo ruego, no se lo lleve. ¿Cómo puedo convencerle?

—Por favor, no se acerque más.

—Oh, no llevo armas.

—Está usted provista de armas mortíferas que está utilizando implacablemente.

—Si ama usted esta obra de arte sólo por su belleza, ¿Por qué no la comparte con nosotros? ¿O pertenece usted a esa misma clase de hombres a los que odia, los que necesitan poseer?

—Estoy recibiendo lo peor de esto.

— ¿Por qué no puede dejarlo aquí? Si usted lo deja ahora, habrá ganado un poder perpetuo sobre él. Tendrá libertad para ir y venir a su antojo. Se habrá ganado la estimación de nuestra familia… de mi padre, mía, de todos nosotros…

—iAy! ¡Dios mío! Me ha convencido. Muy bien, quédese su maldito… —se interrumpió.

— ¿Qué pasa?

Miraba fijamente el brazo izquierdo de ella.

— ¿Qué es eso que tiene en el brazo?—preguntó lentamente.

—Nada.

— ¿Qué es?—insistió él.

—Una cicatriz. Me caí cuando era niña y…

—Eso no es una cicatriz. Eso es la señal de una vacuna.

Ella no contestó.

—Es la señal de una vacuna—repitió él sobrecogido. Hace cuatrocientos años que no se vacuna… al menos así.

— ¿Cómo lo sabe?—dijo ella mirándole fijamente.

En respuesta, él se subió la manga izquierda y mostró su cicatriz de la vacuna. — ¿También usted?—exclamó ella asombrada.

Él asintió.

—Entonces ambos venimos. .

— ¿De entonces? Sí.

Se miraron desconcertados. Empezaron a reír con incrédulo gozo. Se abrazaron y se dieron palmadas en la espalda, como turistas del mismo pueblo que se encuentran inesperadamente en la cúspide de la Torre Eiffel. Por último se separaron.

—Es la coincidencia más fantástica de la historia—dijo— ¿verdad que sí? —dijo ella moviendo la cabeza con asombro—. Aún no puedo creérmelo del todo. ¿Cuándo naciste?

—En mil novecientos cincuenta. ¿Y tú?

—Eso no se pregunta a una dama.

— ¡Vamos, vamos !

—En mil novecientos cincuenta y cuatro.

— ¿Cincuenta y cuatro? —él rió entre dientes—. Entonces tienes quinientos diez años.

— ¿Ves? Nunca se debe confiar en un hombre.

—Así que no eres hija de los Webb. ¿Cómo te llamas?

—Dugan. Violet Dugan. —Es un nombre muy bonito y muy sencillo.

— ¿Cómo te llamas tú?

—Sam Bauer.

—Es aun más sencillo y más bonito. ¡Vaya, vaya!

—Esa mano, Violet.

—Encantada de conocerte, Sam.

—Es un placer.

—Lo mismo digo, de veras.

—Yo trabajaba en las computadoras en el Proyecto Denver en mil novecientos setenta y cinco—. Dijo Bauer tomando un sorbo de su ginebra con jengibre, la combinación menos espantosa del bar de Webb.

— ¿Ese fue el que estalló en el setenta y cinco?—exclamó Violet.

—No lo sé. Compraron una de las nuevas IBM 1709, e IBM me envió como ingeniero de instalación para enseñar el funcionamiento de la máquina al personal del ejército. Recuerdo que la noche de la explosión… por lo menos yo creo que fue una explosión. Lo único que sé es que yo estaba enseñándoles a programar nuevos algoritmos para la computadora cuando…

— ¿Cuándo qué?

—Alguien apagó las luces. Cuando desperté, estaba en un hospital de Filadelfia (Santa Mónica Este, le llaman) y me enteré de que había sido lanzado a cinco siglos más tarde en el futuro. Me habían recogido desnudo, medio muerto y sin documentación.

— ¿Les explicaste quién eras realmente?

—No. ¿Quién iba a creerme? Así que me curaron, me dieron de alta y anduve vagando por ahí hasta que encontré un trabajo.

— ¿Cómo ingeniero de computadoras?

—Oh, no; no por lo que pagan. Calculo probabilidades para uno de los mayores tenedores de apuestas del Este. ¿Y tú?

—Prácticamente la misma historia. Yo estaba en Cabo Kennedy haciendo ilustraciones para una revista sobre el primer cohete que iba a Marte. Soy artista de profesión…

— ¿A Marte? Eso estaba programado para el setenta y seis, ¿verdad? No me digas que fallaron.

—Debieron de fallar, pero no he podido encontrar gran cosa en los libros de historia.

—Son muy vagos respecto a nuestra época. Creo que la guerra debió arrasarlo casi todo.

—De cualquier forma, lo cierto es que yo estaba en el centro de control haciendo bocetos y coloreando durante la cuenta atrás, cuando… bueno, tal como tú dijiste, alguien apagó las luces.

— ¡Dios mío! El primer despegue atómico, y fallaron.

—Desperté en un hospital de Boston Burbank Norte ahora, exactamente igual que tú. Después salí de allí, y conseguí un trabajo.

— ¿Cómo artista?

—Algo así. Soy falsificadora de antigüedades. Trabajo para uno de los traficantes en arte más importantes del país.

—Así que aquí estamos, Violet.

—Aquí estamos, sí. ¿Qué crees que pasó, Sam?

—No tengo ni idea, pero no me sorprende. Cuando se juega con la energía atómica a una escala tan gigantesca, puede suceder cualquier cosa. ¿Crees que hay más como nosotros?

— ¿Más lanzados hacia el futuro?

—Sí, eso.

—No podría asegurarlo. Tú eres el primero que encuentro.

—Si supiese que había más, los buscaría. Dios mío, Violet, tengo tanta nostalgia del siglo veinte.

—También yo.

—Es tan grotesco todo esto; es como una película mala—dijo Bauer—. Un tópico de Hollywood. Todo es igual, los nombres, las casas, la forma de hablar. Cómo se comportan. Todo parece sacado del peor mundo del cine.

—Así es. ¿No lo sabías?

— ¿Saber? ¿Saber qué? Cuéntame.

—Yo lo leí en sus libros de historia. Al parecer, después de aquella guerra casi todo quedó barrido. Cuando empezaron a construir una nueva civilización, no teníanmás punto de referencia que los restos de Hollywood. Quedó relativamente marginado de la guerra.

— ¿Por qué?

—Supongo que nadie pensó que valiese la pena bombardearlo. — ¿Quiénes eran las dos partes, nosotros y Rusia ?

—No sé. Sus libros de historia sólo les llaman los Buenos y los Malos.

—Típico. Dios mío, Violet, son como niños idiotas. No, son como extras de una mala película. Y lo que me mata es que son felices. Están viviendo esta especie de vida sintética de espectáculo Cecil B. De Mille, y los muy estúpidos están encantados. ¿viste el funeral del presidente Spencer Tracy? Llevaban el ataúd en una esfinge de tamaño natural.

—Eso no es nada. ¿viste la boda de la princesa Joan ?

— ¿Fontaine?

—Crawford. Se casó anestesiada.

—Bromeas.

—De verás que no. Ella y su marido fueron unidos en santo matrimonio por un cirujano plástico.

Bauer se estremeció.

—Vaya, vaya. ¿Has estado en un partido de fútbol?

—No juegan al fútbol; sólo se dan dos horas de descanso.

—Como los desfiles de bandas; no hay músicos, sólo majorettes con bastones. —Lo tienen todo aireacondicionado, incluso al aire libre.

—Con altavoces que transmiten música en cada árbol.

—Piscinas en cada esquina.

—Luces Kleig en cada tejado.

—Comisarios para restaurantes.

—Máquinas automáticas que venden autógrafos.

—Y diagnósticos médicos. Les llaman Medic—Matones. —Grabados de piernas femeninas en las aceras.

—Y aquí estamos, atrapados en el infierno —gruñó Bauer—. Por cierto, eso me recuerda… ¿No crees que deberíamos salir de esta casa? ¿Dónde está la familia Webb?

—En un crucero. Tardarán días en volver. ¿Dónde están los policías?

—Me libré de ellos con un sustituto. Tardarán horas en volver. ¿Otra copa?

—Está bien. Gracias.—Violet miró a Bauer con curiosidad—. ¿Robas por eso, Sam, porque odias este mundo? ¿Es venganza?

—No, nada de eso. Es porque tengo nostalgia… prueba esto, creo que es ron y ruibarbo… he conseguido una casa en Long Island (Catalina Este, debería decir) e intento convertirla en un hogar del siglo veinte. Naturalmente tengo que robar las cosas. Paso los fines de semana allí, y es una bendición, Violet, es mi único escape.

—Comprendo.

—Lo cual me recuerda de nuevo una cosa. ¿Qué demonios haces tú aquí, disfrazada de la hija de Webb?

—También yo buscaba el orinal florido.

— ¿Venías a robarlo?

—Claro. Me sorprendió mucho descubrir que alguien se me había adelantado. —Y con ese cuento de pobre niñita rica… estabas intentando birlármelo… —Así es. De hecho, lo hice.

—Lo hiciste realmente. ¿Por qué?

—No por la misma razón que tú. Yo quiero emprender negocios por mi cuenta. — ¿Cómo falsificadora de antigüedades?

—Y traficante también. Estoy reuniendo existencias, pero no he tenido tanto éxito como tú.

— ¿Entonces fuiste tú quien robó el espejo Vanidad de tres cuerpos con marco de oro simulado?

—Sí.

— ¿Y aquella lámpara de lectura de bronce, para la cama, con extensión graduable?

—Fui yo también.

—Que lástima; yo realmente quería eso. ¿Y qué me dices de la chaise longue con adornos de borlas tapizada de estambre?

—Yo también —dijo ella—. Casi me rompí la espalda para llevármela. — ¿No puedes conseguir ayuda?

— ¿Cómo confiar en nadie? ¿No trabajas tú solo?

—Sí—dijo Bauer pensativo—. Hasta ahora, sí; pero no veo ninguna razón para seguir haciéndolo. Violet, hemos estado trabajando uno contra otro sin saberlo.

Ahora que nos hemos encontrado, ¿Por qué no establecemos un acuerdo?

— ¿Qué acuerdo?

—Trabajaremos juntos, amueblaremos mi casa juntos y la convertiremos en un maravilloso santuario. Y al mismo tiempo tú puedes aumentar tus reservas de antigüedades. Quiero decir, si deseas vender la silla, no me opondré. Siempre podremos coger otra.

— ¿Quieres decir compartir tu casa juntos?

—Claro.

— ¿No podríamos establecer turnos?

— ¿Cómo turnos?

—Algo así como fines de semana alternados…

— ¿Por qué?

—Tú sabes por qué.

—No lo sé. Dímelo.

—Oh, vamos…

—No, dime por qué.

— ¿Cómo puedes ser tan estúpido? —ella se ruborizó—. Sabes perfectamente bien por qué. ¿Crees que soy el tipo de chica que pasa fines de semana con hombres?

Bauer se sintió desconcertado.

—Pero yo no pensaba en ninguna proposición de esa clase, te lo aseguro. La casa tiene dos dormitorios. Estarás perfectamente segura. Lo primero que haremos será robar una cerradura Yale para tu puerta.

—De eso ni hablar—dijo ella—. Conozco a los hombres.

—Te doy mi palabra, será una relación puramente amistosa. Se observará el mayor decoro.

—Conozco a los hombres—repitió ella con firmeza.

— ¿No estás siendo un poco irrealista?—preguntó él—. Aquí estamos los dos, refugiados en esta pesadilla hollywoodiana; deberíamos estar ayudándonos y consolándonos mutuamente; y tú permites que un estúpido problema moral nos separe.

— ¿Eres capaz de mirarme a los ojos y decirme que tarde o temprano esa ayuda y ese consuelo noacabarán en la cama?—contestó ella—. ¿Eres capaz?

—No, no lo soy—contestó él honestamente—. Eso sería negar el hecho de que eres una chica condenadamente atractiva. Pero yo…

—Entonces eso queda fuera de cuestión, a menos que quieras legalizarlo; y no estoy prometiendo que acepte.

—No—dijo Bauer con viveza—. Ahí yo trazo una línea, Violet. Habría que hacerlo a la manera que se hace aquí. Siempre que una pareja quiere mantener una relación de una noche van al Bodamatón, entran en un cuarto y quedan conectados. A la mañana siguiente van al Renomatón y allí les desconectan, y su conciencia queda limpia. ¡Eso es hipocresía! Cuando pienso en las chicas que me han hecho pasar por esa humillación: Jane Russell, Jane Powell, Jayne Mansfield, Jane Withers, Jane Fonda, Jane Talzan… ¡Ay Dios mío!

— ¡Oh! ¡Tú! —Violet Dugan se puso en pie de un salto llena de furia—. Así que, después de tanta charla sobre lo espantoso que es esto, también tú has ido a Hollywood.

—Es imposible discutir con una mujer—dijo Bauer exasperado—. Yo sólo dije que no quería hacerlo tal como lo hacen aquí, y ella me acusa de aceptar Hollywood. ¡Lógica femenina!

—No intentes imponerme tu supremacía masculina—chilló ella—. Cuando te escucho, me parece volver a los viejos tiempos, y eso me pone enferma.

—Violet… Violet… no nos peleemos. Debemos mantenernos unidos. Mira, lo arreglaremos a tu modo. Qué demonios, es sólo un cuarto. Pero pondremos esa cerradura en tu puerta de todos modos. ¿De acuerdo?

— ¡Oh! ¡Vaya! ¡Sólo un cuarto! Eres repugnante.—Cogió el orinal florido y le dio la vuelta.

—Sólo un minuto—dijo Bauer—. ¿Adónde crees que vamos?

—Yo voy a casa.

—Entonces, ¿No formamos equipo?

—No. Por mí puedes ir a consolarte con esas tramposas, llamadas Jane. Buenas noches.

—Tu no te vas Violet.

—Claro que me voy, señor Bauer.

—No con el orinal. Es mío.

—Lo robé yo.

—Y yo te lo quité a ti.

—Déjalo, Violet.

—Tú me lo diste. ¿Recuerdas?

—Te lo repito, déjalo.

—No lo dejaré. ¡No te acerques a mí!

—Ya conoces a los hombres. ¿Recuerdas? Pero no lo sabes todo sobre ellos. Ahora deja ese orinal como una buena chica, o sabrás algo más sobre la supremacía masculina. Te lo advierto, Violet… muy bien, querida, así.

La pálida aurora brillaba en la oficina del inspector Edward G. Robinson, lanzando rayos azules a través del denso humo de los cigarrillos. La Brigada Bunco formaba un círculo amenazador alrededor de la figura simiesca derrumbada en una silla. El Inspector Robinson hablaba pesadamente.

—Está bien. Oigamos de nuevo su historia.

El hombre de la silla se estremeció e intentó alzar la cabeza.

—Me llamo William Bendix—murmuró—. Tengo cuarenta años. Soy escalador—colocador de la empresa Groucho, Chico, Harpo y Marx, ingenieros civiles, 122 03 Goldwin Terrace.

— ¿Qué es un escalador—colocador?

—Un escalador colocador es un especialista que, por ejemplo, si la empresa construye un edificio en forma de zapato, para una zapatería, es el que ata los cordones arriba; pone las pajas encima de un puesto de helados. También. .. — ¿Cuál fue su último trabajo?

—El Instituto de la Memoria del Bulevar Louis B. Mayer 30449.

— ¿Y qué hizo usted?

—Puse las venas en el cerebro.

— ¿Tiene usted antecedentes policiales?

—No, señor.

— ¿Qué estaba haciendo usted en la elegante residencia de Clifton Webb sobre la media noche pasada?

—Como dije, estaba tomando un vaso de vodka y espinacas en un bar, la taberna moderna, donde yo puse la espuma de la cerveza arriba cuando lo construimos, y apareció ese tipo, se acercó a mí y empezó a hablarme. Me habló de esetesoro artístico que acababa de importar un tipo muy rico. Me explicó que también él era coleccionista, pero que no podía permitirse comprar ese tesoro, y el coleccionista rico estaba tan celoso de él que ni siquiera le dejaría verlo. Me dijo que me daríacien dólares sólo por poder echarle una ojeada.

—Quiere usted decir robarlo…

—No, señor, nada de eso. Él dijo que si yo podía sacarlo a la ventana para poder verlo, me pagaría cien dólares.

— ¿Y cuánto le pagaría si se lo entregaba?

—No, señor, sólo mirarlo. Luego yo debía ponerlo otra vez donde estaba, y ése era el trato.

—Describa a ese hombre.

—Tenía unos treinta años. Bien vestido. Hablaba un poco raro, como un extranjero, y no hacía más que reírse, como si tuviese un chiste que quisiese contar. Era de estatura media, quizás algo más. Los ojos oscuros. Y el pelo también oscuro y ondulado; quedaría muy bien en el tejado de una barbería.

Hubo un repiqueteo urgente en la puerta de la oficina. Entró el detective Edna May Oliver, con aire alterado.

— ¿Qué pasa?—preguntó el inspector Robinson.

—Su historia parece cierta, jefe—informó el detective Oliver—. Fue visto en ese bar anoche… La Vieja Taberna.

—No, no, no. Es la Taberna Moderna.

—Es igual, jefe. La renovaron para hacer otra gran inauguración esta noche.

— ¿Quién colocó la botella en el tejado?—quiso saber Bendix. Nadie le hizo caso.

—Al parecer le vieron hablando con el hombre misterioso que describe—continuó el detective Oliver—. Salieron juntos.

—Era nuestro hombre.

—Sí, jefe.

— ¿Podría identificarle alguien?

—No, jefe.

— ¡Maldita sea!—el inspector Robinson aporreó la mesa exasperado—. Tengo la impresión de que nos ha engañado.

— ¿Cómo, jefe?

— ¿Es que no comprendes, Ed? Al parecer se dio cuenta de que estábamos preparándole una trampa.

—No entiendo, jefe.

— ¡Piensa, Ed, piensa! Quizás fuese él el informador que nos dio el soplo de que nuestro hombre actuaría esta noche.

— ¿Quiere decir que se denunció a sí mismo?

—Exactamente.

—Pero, ¿Por qué, jefe?

—Para engañarnos y hacernos detener a otro. Te aseguro que es diabólico.

—Pero, ¿Y qué adelanta con eso, Jefe? Usted ya se ha dado cuenta del engaño.

—Tienes razón, Ed. El plan de nuestro hombre debe de ir más allá que todo eso. Pero, ¿Cómo? ¿Cómo?

El inspector Robinson se levantó y empezó a pasear, intentando determinar con su poderosa mente las tortuosas maquinaciones del astuto ladrón.

— ¿Y qué me pasará a mí?—preguntó Bendix.

—Usted puede irse—dijo Robinson—. Amigo mío no es usted más que un peón en un juego mucho más importante.

—No, lo que yo quiero saber es si puedo cerrar el trato, con ese hombre. Probablemente esté aún esperando fuera de la casa.

— ¿Cómo ha dicho? ¿Esperando?—exclamó Robinson—. ¿Quiere decir que él estaba allí cuando le detuvimos a usted?

—Debía de estar, claro.

— ¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!—gritó Robinson—. Ahora lo veo todo claro. — ¿El qué, jefe?

— ¿No te das cuenta, Ed? El estaba viéndonos cuando nos llevamos a este idiota. Luego, en cuanto desaparecimos, él entró en la casa.

— ¿Quiere decir que…?

—Probablemente esté ahora mismo allí, intentando abrir esa caja. — ¡Dios mío!

—Ed, avisa a la Brigada Volante y a la Brigada Antisubversiva.

—Muy bien, Jefe.

—Ed, quiero que se bloqueen todas las carreteras y caminos que van a dar a la casa.

—Está bien, jefe.

—Ed, tú y Ed venid conmigo.

— ¿Adónde vamos, jefe?

—A la mansión Webb.

—No puede hacer eso, jefe. Es una locura.

—Debo hacerlo. Esta ciudad no es lo bastante grande para nosotros dos. Esta vez será él… o yo.

La noticia ocupó la primera plana de los periódicos: cómo la Brigada Bunco había descubierto el diabólico plan del famoso ladrón de antigüedades y llegado a la fabulosa mansión Webb sólo momentos después de salir éste de allí con el orinal florido; cómo había encontrado a su inconsciente víctima, la bella Audrey Hepburn, fiel ayudante de la misteriosa dama del juego Greta «Ojos de Serpiente» Garbo; cómo Audrey, sospechando intuitivamente que algo fallaba, había decidido investigar por su cuenta; cómo el astuto ladrón había practicado un siniestro juego de ratón y gato con ella hasta que tuvo la oportunidad de derribarla con un golpe brutal.

Entrevistada por los sindicatos de noticias, la señorita Herburrn dijo:

—Fue sólo intuición femenina. Sospeché que algo iba mal y decidí investigar por micuenta. El astuto ladrón practicó un siniestro juego del ratón y el gato conmigo hasta que tuvo la oportunidad de derribarme con un golpe brutal.

Recibió diecisiete proposiciones de matrimonio por Bodamatón, tres ofertas de pruebas cinematográficas, veinticinco dólares del Fondo de la Comunidad de Hollywood Este, el premio Darryl F. Zanuck de interés humano y una riña de su jefe.

—Deberías haber dicho que te habían violado, Audrey—dijo la señorita Garbo—. Eso habría mejorado la historia.

—Lo siento, señorita Garbo. Procuraré acordarme la próxima vez. Me hizo una proposición indecente.

Sucedía esto en el estudio secreto de la señorita Garbo, donde Violet Dugan (Audrey Hepburn) se dedicaba afanosamente a falsificar un calendario del Corn Exchange Bank del año 1943, mientras los miembros del Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte conferenciaban.

—Cara mía—preguntó De Sica a Violet—. ¿Puedes darnos una descripción más completa del ladrón?

—Ya he dicho todo lo que puedo recordar, señor De Sica. El único detalle que parece ayudar es el hecho de que calcula probabilidades para uno de los tenedores de apuestas más importante del Este.

— ¡Bah! Hay centenares de esa especie. Eso no ayuda nada. ¿No dijo algo relacionado con su nombre?

—No, señor; al menos, no del nombre que usa ahora.

— ¿El nombre que usa ahora? ¿Qué quiere decir con eso?

—Bueno… quiero decir… el nombre que utiliza cuando no es el Chico de las Antigüedades.

—Comprendo. ¿Y su casa?

—Habló de un sitio en Catalina Este.

—Hay doscientos kilómetros de casas en Catalina Este —dijo Horton irritado.

— ¿Y qué quiere que haga yo, señor Horton? —Audrey—ordenó la señorita Garbo—, deja ese calendario y mírame. —Sí, señorita Garbo.

—Tú te has enamorado de ese hombre. Para ti es una imagen romántica, y no quieres entregarlo a la justicia. ¿No es así?

—No, señorita Garbo—contestó Violet con vehemencia—. Si hay algo en el mundo que deseo es que le detengan.

—Se acarició la mandíbula—. ¿Enamorada de él? ¡Le odio!

—Bueno—dijo De Sica con un suspiro—. Esto es un desastre. Sencillamente, estamos obligados a pagar dos millones de dólares si no se recupera el original.

—En mi opinión —intervino Horton—la policía jamás lo encontrará. ¡Son unos idiotas! Casi tanto como nosotros por habernos metido en esto.

—Entonces es un caso para un agente privado. Con nuestras conexiones con el hampa, no deberíamos tener ningún problema para contratar al hombre adecuado. ¿Alguna sugerencia?

—Nero Wolfe—dijo la señorita Garbo.

—Excelente, Cara mía. Un caballero de cultura y erudición.

—Mike Hammer—propuso Horton.

—Se anota la candidatura. ¿Qué os parece Perry Mason?

—Ese tipo es demasiado honesto—contestó Horton.

—Pues queda tachado. ¿Más sugerencias?

—La señorita North—dijo Violet.

— ¿Quién, querida? Oh, sí, Pamela North, la dama detective. No… No, creo que no. No es un caso para una mujer.

— ¿Por qué, señor de Sica?

—Porque hay perspectivas de violencia que parecen poco adecuadas para el sexo débil, mi querida Audrey.

—No estoy de acuerdo—dijo Violet—. Lasmujeres son muy capaces de cuidarse de sí mismas.

—Ella tiene razón—gruñó la señorita Garbo.

—No lo creo, Greta; y su experiencia de anoche lo prueba. —Él me derribó con un golpe brutal cuando yo no miraba—protestó Violet. —Quizás. ¿Queréis que votemos? Yo voto por Nero Wolfe.

— ¿Por qué no por Mike Hammer?—preguntó Horton—. Consigue resultados sin preocuparse cómo.

—Pero esa falta de tacto puede significar que recobremos el original en piezas. — ¡Dios mío! No se me ocurrió pensar eso. Está bien, votaré por Wolfe.

—Yo por la señorita North—dijo la señorita Garbo.

—Pierdes, cara mía. Y queda elegido Wolfe. Bene. Creo que es mejor que vayamos a visitarle sin Greta, Horton. Resulta notablemente antipático a las mujeres. Señoras, arrivederchi.

Después de salir dos de los tres poderosos comerciantes en arte, Violet miró enfurecida a la señorita Garbo.

— ¡Machistas!—gruñó—. ¿Por qué tenemos que soportarlos?

— ¿Y qué podemos hacer, Audrey?

—Señorita Garbo, quiero permiso para localizar a ese hombre yo sola. — ¿Hablas en serio?

—Desde luego.

—Pero, ¿Qué puedes hacer tú?

—Tiene que haber una mujer en su vida en alguna parte.

—Naturalmente.

herchez la femme.

— ¡Una idea muy inteligente!

—Él mencionó unos cuantos nombres probables, así que la encontraré, y le encontraré a él, ¿Puedo tomarme un permiso, señorita Garbo?

—Está bien, Audrey. Hazlo. Tráemelo vivo.

La vieja dama que llevaba sombrero galés, delantal blanco, gafas hexagonales y una masa de labor de punto con agujas, tropezó en la reproducción de las Escaleras Españolas que llevaban a la Residencia del Rey. La Residencia del Rey tenía la forma de una corona imperial, con una reproducción de quince metros del diamante Esperanza relumbrando en la cúspide.

— ¡Maldita sea!—murmuró Violet Dugan—. No debería haber sido tan auténtica con los zapatos. Son infernales.

Entró en la Residencia y subió hasta la décima planta, donde tocó una campanilla en una puerta flanqueada por un león y un unicornio que rugieron y relincharon respectivamente. La puerta sehizo nebulosa y luego se aclaró, mostrando a una Alicia en el País de las Maravillas de grandes ojos inocentes.

— ¿Lou?—dijo con ansiedad. Y luego su cara se desvaneció.

—Buenos días, señorita Powell—dijo Violet, sus ojos mirando por encima de la dama y examinando el apartamento.

—Represento al Servicio de Maledicencia, Ine. ¿Le interesan a usted las murmuraciones? ¿Se está perdiendo los escándalos más sabrosos? Nuestro equipo de cotillas expertos garantiza la última noticia a los cinco minutos de producirse; noticias difamatorias, noticias humillantes, noticias calumniosas, ofensivas, denigrantes…

—Flam —dijo la señorita Powell. La puerta se volvió opaca.

La marquesa de Pompadur, con una falda de brocado y un corpiño de encaje, su peluca empolvada elevándose por lo menos medio metro, entró en el enrejado pórtico de Descanso de los Pájaros, una casa privada en forma de jaula de pájaro. Una cacofonía de cantos de pájaros descendía de su dorada cúpula. Madame Pompadur sopló en el silbato de reclamo de pájaros que había en la puerta, que tenía forma de reloj de cuco. La puertecilla que había sobre la esfera del reloj se abrió y salió de allí una cámara de televisión con un alegre «¡Cu—cú!» que la inspeccionó.

Violet hizo una profunda reverencia.

— ¿Puedo ver a la señora de la casa, por favor?

Se abrió la puerta. Apareció Peter Pan que vestía transparencias verde Lincoln que revelaban su sexo femenino.

—Buenas tardes, señorita Withers. Avon la visita. Ignatz Avon, el mejor sastre, que diseña pelucas, transformaciones, tupés, moños, para representaciones, diversión, moda y…

—Fauf—dijo la señorita Withers. Hubo un portazo. La marquesa se desvaneció.

El artista de la Rivera Izquierda con boina y blusón de terciopelo llevaba su paleta y su caballete hasta la planta quince de La Pirámide. Justo bajo el ápice había seis columnas egipcias frente a una inmensa puerta de basalto. Cuando el pintor arrojó una limosna en el plato de un mendigo de piedra, la puerta giró sobre unos pivotes, mostrando una tumba sombría en la que había una mujer tipo Cleopatra vestida como una diosa serpiente cretense, con serpientes a juego.

—Buenos días, señorita Rusell. Tiffany tiene el placer de ofrecerle una nueva colección de joyería orgánica, las gemas dérmicas de Tiffany. Tatuadas en alto relieve, incorporan una fuente de radiación gamma, que se garantiza inofensiva por treinta días, con diamantes resplandecientes de la mejor agua.

— ¡Cholck! —dijo la señorita Rusell. La puerta giró de nuevo sobre sus pivotes cerrándose, al compás de los últimos acordes de Aida, suavemente entonados por un coro de armónicas.

La maestra, vistiendo un tailteur de encaje, el pelo tenso y apretado en un moño, los ojos ampliados por los gruesos cristales de las gafas, cruzaba con sus libros de texto elpuente levadizo de la Casa Solariega. Un almenado ascensor la llevó hasta la doceava planta, donde se vio obligada a saltar por encima de un pequeño foso antes de llegar al llamador de la puerta, que tenía forma de puño. La puerta se movió hacia arriba, como un rastrillo en miniatura, y apareció Goldilocks.

— ¿Louis?—rió ella. Luego su cara se desvaneció.

—Buenas noches, señorita Mansfield. Read—Eze ofrece un nuevo y espectacular servicio personalizado. ¿Por qué someterse a la monotonía de los lectores mecánicos cuando Read—Eze dispone de especialistas con voces adecuadas, capaces de matizar cada palabra individual, que pueden leerles en persona tebeos, revistas cinematográficas y sentimentales a cinco dólares la hora? Novelas de misterio, del oeste, y ecos de sociedad a…

El rastrillo descendió de nuevo.

—Primero Lou, luego Louis—murmuró Violet—. Me pregunto si…

La pequeña pagoda estaba emplazada en una reproducción exacta del paisaje de una lámina Willow Pattern, incluyendo las imágenes de tres culíes en el puente. La estrella de cine, con gafas de sol oscuras y una blusa blanca estirada sobre su poitrine de ciento diez centímetros, palmeó sus cabezas al pasar.

—Cuidado, muñeca—dijo el último.

— ¡Oh, perdóneme! Creí que eran estatuas.

—A cincuenta centavos la hora lo somos, pero sólo a efectos visuales.

Mamade Butterfly llegó a la arcada de la pagoda, riendo entre dientes e inclinándose como una geisha, pero extrañamente adornada con un parche negro en el ojo izquierdo.

—Buenos días, señorita Fonda. El Límite del Cielo está realizando una oferta introductoria de un concepto revolucionario en la regeneración del pecho. Una aplicación de Pecho—G, nuestro polvoantigravedad del color de la piel, bajo el busto hace milagros. Viene en tres tonos: rubio, tiziano y castaño; y tres alturas: uva, melón persa y…

—Yo no necesito ningún globo de ascensión—dijo secamente la señorita Fonda—. Fauf.

—Siento haberla molestado—Violet vaciló—. Perdóneme, señorita Fonda, pero ¿No desentona este parche en el ojo con el personaje?

—No es ningún adorno, querida; eso es sal. Ese Jourdan es un cabrón. —Jourdan—dijo Violet para sí, volviendo sobre sus pasos a través del puente—

.           Louis Jourdan. ¿Podría ser?

El hombre rana de goma negra, con todo el equipo de pesca submarina incluyendo máscara, tanque de oxígeno y arpón, cruzó el sendero selvático hasta la Colina de las Fresas, asustando a los chimpancés. A lo lejos trompeteó un elefante. El hombre rana tocó un gong de bronce que colgaba de un cocotero, y le respondieron tambores africanos. Apareció un watusi de más de dos metros de altura y condujo al visitante a la parte trasera de la casa, donde una mujer tipo Pocahontas agitaba sus piernas en una imitación del río Congo a pequeña escala.

— ¿Es Louis Bwana? —preguntó. Luego su cara se desvaneció.

—Buenas tardes, señorita Tarzán—dijo Violet—. Apchuck, con una experiencia de cincuenta años, garantiza el placer de nadar en agua esterilizada, sea en una piscina olímpica o simplemente en una vieja y anticuada. Con su sistema patentado de bomba de mercurio limpieza al vacío, Ap—Chuck elimina barro, arena, cieno, borrachos, heces, desperdicios…

El gong de bronce resonó, y de nuevo contestaron los tambores.

— ¡Oh! Ahora debe de ser Louis—gritó la señorita Tarzán—. Sabía que iba a cumplir su promesa.

La señorita Tarzán se acercó corriendo a la parte delantera de la casa. La señorita Dugan se colocó la máscara sobre la cara y se sumergió en el Congo. Al otro lado salió a la superficie tras una fronda de bambú, junto a un cocodrilo de aire muy real. Golpeó su cabeza una vez para asegurarse de que estaba disecado. Luego se volvió a tiempo justo de ver a Sam Bauer entrar en el jardín—selva, del brazo de Jane Tarzán.

Oculta en la cabina en forma de teléfono del otro lado de la calle, frente a la Colina de las Fresas, Violet Dugan y la señorita Garbo discutían acaloradamente.

—Fue un error llamar a la policía, Audrey. —No, señorita Garbo.

—El inspector Robinson lleva ya diez minutos en esa casa. Fallará otra vez. —Con eso cuento, señorita Garbo.

—Entonces yo tenía razón. Tu no quieres que ese… ese Louis Jourdan sea capturado.

—Sí quiero, señorita. ¡Claro que quiero! ¡Si me dejara!

—Te encandiló con su propuesta indecente.

—Escuche, por favor, señorita Garbo. Lo importante noes capturarle sino recobrar los objetos robados. ¿No es cierto?

— ¡Excusas! ¡Excusas!

—Si le detienen ahora, nunca nos dirá dónde está el orinal.

— ¿Sí?

—Por eso tenemos que obligarle a que nos indique dónde esta.

— ¿Pero cómo?

—Yo he cogido una hoja de su libro. ¿Recuerda cómo engañó a aquel individuo para despistar a la policía?

—Aquel idiota de Bendix.

—Bueno, pues ahora nosotros utilizamos igual al inspector Robinson. ¡Oh, mire! Algo pasa.

En la Colina de las Fresas se había organizado un auténtico pandemonio. Los chimpancés chillaban y saltaban de rama en rama. Apareció el watusi, corriendo a toda prisa perseguido por el inspector Robinson. El elefante empezó a trompetear. Un gigantesco cocodrilo se arrastraba veloz entre la hierba. Jane Tarzán apareció, corriendo a toda prisa, perseguida por el inspector Robinson. Sonaban los tambores africanos.

—Yo habría jurado que ese cocodrilo estaba disecado —murmuró Violet. — ¿Qué dices, Audrey?

—Ese cocodrilo… ¡Sí, tenía razón! Perdóneme, señorita Garbo. Tengo que irme.

El cocodrilo se había alzado sobre sus patas traseras y descendía ahora por el prado de la Colina de las Fresas. Violet salió de la cabina telefónica y empezó a seguirle sin prisa. El espectáculo de un cocodrilo andando sobre las patas traseras seguido, a discreta distancia, por un hombre rana no producía ningún interés particular a los transeúntes de Hollywood Este. El cocodrilo miró hacia atrás por encima del hombro una o dos veces y al final advirtió la presencia del hombre rana. Aceleró el paso. El hombre rana lo aceleró también. Empezó a correr. El hombre rana corrió, fue quedando atrás, abrió su tanque de oxígeno y empezó a reducir distancia. El cocodrilo dio un salto y se agarró a un tranvía atestado de gente que le condujo hacia el Este. El hombre rana gritó a un rickshaw que pasaba:

— ¡Siga a ese cocodrilo!—gritó en el auricular del robot.

En el zoo, el cocodrilo abandonó el tranvía y se perdió entre la multitud. El hombre rana abandonó el rickshaw y le siguió frenéticamente a través de la Casa Berlín, la Casa Moscú y la Casa Londres. En la Casa Roma, donde los curiosos arrojaban pizzas a los ejemplares que había tras la reja, Violet vio a uno de los romanos que estaba tendido, desnudo e inconsciente en una pequeña jaula de un rincón. A su lado había una piel de cocodrilo vacía. Violet miró a su alrededor y vio a Bauer que se deslizaba vestido con un traje de rayas y sombrero borsalino.

Corrió tras él. Bauer echó a un muchacho de un pony eléctrico de carrusel, saltó a su grupa y empezó a galopar hacia el Oeste. Violet saltó a la espalda de un lama que pasaba.

—Siga a ese carrusel—gritó. El lama empezó a correr.

—Ch—iao csi—fu nan tso mei mi chou—se quejaba—. Pero ése ha sido siempre mi problema.

En la Estación Hudson, Bauer abandonó el pony, fue encorchado en una botella y lanzado al río. Violet saltó al asiento de timonel de un bote de siete remos.

—Siga a esa botella—gritó.

En la orilla de Jersey (Nueva Este), Violet persiguió a Bauer por el Freeway y luego por Dodge em kar, hasta Old Newark, donde Bauer saltó a un trampolín y fue catapultado hasta el cilindro delantero del monorraíl Block Island & Nantucket. Violet esperó astutamente a que el monorraíl abandonase la estación, y entonces se subió al cilindro trasero.

Dentro, apunta de arpón, detuvo a una madame adolescente y la obligó a intercambiar la ropa con ella. Vestida con zapatillas de ópera, medias negras, falda a cuadros, blusa de seda y rulos, arrojó a la chillona madame del monorraíl en la estación de la calle VineEste y comenzó a observar más abiertamente lo que sucedía en el cilindro delantero. Bauer se apeó subrepticiamente en Montauk, el punto situado más al este de Catalina Este.

Esperó de nuevo a que el monorraíl comenzase a abandonar la estación para seguirle. En el andén inferior. Bauer se deslizó en el Cañón de trasbordo y fue lanzado al espacio. Violet corrió al mismo cañón, dejó cuidadosamente los indicadores de coordinación, tal como Bauer los había colocado, y fue lanzada menos de treinta segundos después de Bauer, y fue a caer en la red de aterrizaje justo cuando él subía por la escalerilla de cuerda.

— ¡Tú!—exclamó él.

—Yo.

— ¿Eras tú la que llevaba un traje de hombre rana?

—Creí que te había despistado en Newark.

—No, no lo conseguiste—dijo ella agriamente—. He conseguido alcanzarte, amigo.

Entonces ella vio la casa.

Tenía la misma forma que la casa que solían dibujar los niños en el siglo veinte: dos plantas; tejado picudo, cubierto con papel impermeabilizante; sucias tejas marrones, la mitad de ellas desprendidas; ventanas simples con cuatro paños de cristal en cada marco, chimenea de ladrillos rodeada de hiedra; porche delantero medio hundido a la derecha los restos carcomidos de un garaje para dos coches; una mata de desvaído zumaque a la izquierda. A la luz del crepúsculo parecía una casa encantada

—Oh, Sam —balbuceó ella—. ¡Es maravillosa !

—Es una casa—dijo él con sencillez. ¿Cómo es por dentro?

—Ven y lo verás.

Dentro, era una casa encargada por correo sin adulterar, llena de artículos baratos de segunda mano.

—Es magnífica—dijo Violet; recorrió con amoroso detenimiento el aspirador, tipo lata, con tope de vinilo.

—Es tan… tan agradable—añadió—. No me había sentido tan feliz en años.

— ¡Espera, espera!—dijo Bauer, reventando de orgullo. Se arrodilló ante la chimenea y encendió un fuego de troncos de abedul. Las llamas crepitaron en amarillo y naranja.

—Mira—añadió—. Auténtica madera y auténticas llamas. Y conozco un museo donde tienen un par de morillos a juego.

— ¡No! ¿De veras?

Él asintió.

—En el Peabodi, en Yale High.

Violet tomó una decisión.

—Sam, yo te ayudaré.

Él la miró fijamente.

—Te ayudaré a robarlos—dijo—. Yo… te ayudaré a robar todo lo que quieras. — ¿Hablas en serio, Violet?

—Fui una idiota. Nunca entendí… Yo… Tenías razón. Nunca debería haber permitido que una cosa tan estúpida se interpusiera entre nosotros.

— ¿No estás diciendo eso para engañarme, Violet?

—No, Sam. De veras.

— ¿O porque te gusta mi casa?

—Claro que me gusta, pero ése no es el único motivo.

— ¿Entonces somos socios?

—Sí.

—Esa mano.

Pero en vez de darle la mano ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra él. Minutos después, en la silla plegable de espuma con mecanismo de tres posiciones, ella murmuraba en el oído de él:

—Somos nosotros contra todos, Sam.

—Déjales que vigilen, es todo lo que tengo que decir.

—Y «todos» incluye a esas mujeres llamadas Jane.

—Violet, te juro que nunca tuve nada serio con ellas. Si pudieses verlas —Las he visto.

— ¿De verás? ¿Dónde? ¿Cómo?

—Ya te lo contaré otro día.

—Pero…

—Oh, cállate… Mucho más tarde él dijo:

—Si no colocamos un cierre en esa puerta del dormitorio, tendremos problemas.

—Al diablo con el cierre—dijo Violet.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN—clamó una voz.

Sam y Violet se levantaron de la silla, asombrados. Una luz blanquiazul penetraba por las ventanas de la casa. Llegó el excitado clamor de una muchedumbre preparada para el linchamiento, el galopante crescendo de la

Obertura de Guillermo Tell y efectos sonoros del Derby de Kentucky, una locomotora, destructores en estaciones de combate y ruidos de cataratas.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN —bramó de nuevo la voz.

Corrieron a una ventana y miraron. La casa estaba rodeada de cegadoras luces Kleig. Confusamente pudieron ver una hordade Jacqueries con una guillotina, televisión y cámaras de noticias, una orquesta de noventa instrumentos, una batería de mesa sonora manejada por técnicos con auriculares, un director con pantalones de montar que llevaba un megáfono, él inspector Robinson con un micrófono y un círculo de sillas de cubierta en las que se sentaban una docena de hombres y mujeres con atuendos teatrales.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. HABLA EL INSPECTOR EDWARD G. ROBINSON. ESTA RODEADO. NOSOTROS… ¿QUÉ? AH, TIEMPO PARA UN ANUNCIO… MUY BIEN. ADELANTE.

Bauer miró furioso a Violet.

—Así que era una trampa.

—No, Sam, te lo juro.

—Entonces, ¿Qué están haciendo esos aquí?

—No lo sé.

—Tú los trajiste.

—iNo, Sam, no! Yo… quizás no fuese tan lista como creí que era. Quizás me siguieron cuando yo te seguía a ti; pero te juro que no los vi.

—Mientes.

—No, Sam—empezó a llorar.

—Tú me vendiste.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. ATENCIÓN LOUIS JOURDAN. DEBE PONER EN LIBERTAD A AUDREY HEPBURN.

— ¿Quién?—Bauer estaba confuso.

—Soy yo—murmuró Violet—. Es el nombre que adopté, lo mismo que tú. Audrey Hepburn y Violet Dugan son la misma persona. Creen que tú me has raptado; pero yo no te vendí, Sam. No soy una traidora.

— ¿Estás de mi parte?

—Lo estoy.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. SABEMOS QUIÉN ERES. SAL CON LAS MANOS EN ALTO. DEJA LIBRE A AUDREY HEPBURN Y SAL CON LAS MANOS EN ALTO.

Bauer abrió bruscamente la ventana.

—Ven a cogerme, policía—gritó.

—ESPERA A QUE TERMINE EL PERÍODO DE ANUNCIOS, AMIGO. Hubo una pausa de diez minutos para identificación de la red. Luego se oyó una descarga. Minúsculas nubes en forma de hongo se alzaron donde cayeron los proyectiles de fisión. Violet lanzó un chillido. Bauer cerró de golpe la ventana.

—Utilizan las municiones con mucho cuidado—dijo—. Tienen miedoa estropear los objetos que hay aquí. Quizás tengamos una posibilidad, Violet.

— ¡No! por favor, querido, no intentes luchar con ellos.

—No puedo. No tengo nada para luchar.

Los disparos llegaban ahora de modo continuo. Cayó un cuadro de la pared.

—Sam escúchame —suplicó ella—. Entrégate. Sé que por robo te condenarán a noventa días, pero estaré esperándote cuando salgas.

Una ventana se estremeció.

— ¿Me esperarás, Violet?

—Te lo juro.

Comenzó a arder una cortina.

— ¡Pero noventa días! ¡Tres meses completos!

—Empezaremos una nueva vida juntos.

Fuera, el inspector Robinson lanzó un súbito gruñido y se llevó la mano al hombro.

—Esta bien—dijo Bauer—me entregaré. Pero mírales, convirtiendo todo esto en una película… «Los Intocables» y «Los Escandalosos Años Veinte». No les dejaré que recuperen nada de lo que conseguí. Espera un minuto…

— ¿Qué vas a hacer?

Fuera, la Brigada Bunco comenzó a toser, como por efecto de gases lacrimógenos.

—Volarlo todo—dijo Bauer. — ¿Volarlo todo? ¿Cómo?

—Tengo un pocode dinamita que cogí en Groucho, Chico, Harpo y Marx cuando andaba tras su colección de picos. No conseguí ningún pico, pero conseguí esto. —Mostró una pequeña vara roja con un marcador arriba. A un lado estaba escrito: TNT.

Fuera, Ed (Begley) se llevó la mano al corazón, sonrió con bravura y se derrumbó.

—No sé cuanto tiempo nos darán —dijo Bauer—. Así que cuando yo empiece, corre a toda prisa. ¿De acuerdo?

—Sí—dijo ella, temblando.

Accionó el marcador, que inició un tic—tac amenazador, y arrojó el TNT sobre el sofá—cama verde salvia.

— ¡Corre!

Salieron corriendo por la puerta principal bajo la cegadora luz con las manos en alto.

El TNT era tolueno termonuclear.

—Doctor Culpepper —dijo el señor Pepys—, éste es el señor Chistopher Wren. Este es el señor Robert Hooke.

Por favor, siéntese, caballero. Le hemos pedido que acuda a la Sociedad Real y nos dé asesoramiento como el más destacado físicoastrologo de Londres. Sin embargo, hemos de pedirle que guarde secreto sobre todo esto.

El doctor Culpepper asintió muy serio y miró a hurtadillas el misterioso cesto que había sobre la mesa frente a los tres caballeros. Estaba cubierto con un fieltro verde.

—Imprimís—dijo el señor Hooke—, los artículos que le mostraremos fueron enviados a la Sociedad Real desde Oxford, donde fueron requeridos a varios artífices, los diseños fueron suministrados por el comprador. Obtuvimos estos ejemplares de los citados artesanos por robo. Secundo la fabricación de los objetos fue encargada en secreto por ciertas personas que han alcanzado gran poder y riqueza en las facultades universitarias a través de conjuros, predicciones, augurios, y premoniciones. ¿Señor Wren?

El señor Wren alzó delicadamente el paño de fieltro como si temiese una infección. Desplegados en el cesto había: una pila de servilletas de papel, doce astillas de madera, sus puntas curiosamente empapadas en azufre, un par de gafas de montura de concha con lentes de un color oscuro y humoso, un extraño alfiler, doblado sobre sí mismo de modo que la punta encajaba en un cierre; y dos grandes telas blandas de franela, una bordada con EL y otra con ELLA.

—Doctor Culpepper —preguntó con tono sepulcral el señor Pepys— ¿Son éstos los amuletos de brujería?

03/8/19

El nuevo acelerador

El nuevo acelerador

Herbert George Wells

 

En verdad que si alguna vez un hombre encontró una guinea buscan­do un alfiler, ese fue mi buen amigo el profesor Gibberne. Yo había oído hablar ya de investigadores que sobrepasaban su objeto; pero nunca hasta el extremo que él lo ha conseguido. Esta vez, al menos, y sin exageración, Gibberne ha hecho un descubrimiento que revolu­cionará la vida humana.

Y esto le sucedió sencillamente buscando un estimulante nervioso de efecto general para hacer recobrar a las personas debilitadas las energías necesarias en nuestros agitados días.

Yo he probado ya varias veces la droga, y lo único que puedo hacer es describir el efecto que me ha producido. Pronto resultará evidente que a todos aquellos que andan al acecho de nuevas sensaciones les están reservados experimentos sorprendentes.

El profesor Gibberne, como es sabido, es convecino mío en Folkes­tone. Si la memoria no me engaña, han aparecido retratos suyos, de diferentes edades, en el Strand .Magazine, creo que a fines del año 1899; pero no puedo comprobarlo, porque he prestado el libro a al­guien que no me lo ha devuelto. Quizá recuerde el lector la alta frente y las negras cejas, singularmente tupidas que dan a su rostro un aire tan mefistofélico.Ocupa una de esas pequeñas y agradables casas aisladas, de estilo mixto, que dan un aspecto tan interesante al extre­mo occidental del camino alto de Sandgate. Su casa es la que tiene el tejado Flamenco y el pórtico árabe, y en la pequeña habitación del mirador es donde trabaja cuando se encuentra aquí, y donde nos he­mos reunido tantas tardes a fumar y conversar. Su conversación es animadísima; pero también le gusta hablarme acerca de sus traba­jos. Es uno de esos hombres que encuentran una ayuda y un estrmulan­te en la conversación, por lo que a mí me ha sido posible seguir la concepción del Nuevo Acelerador desde su origen. Desde luego, la mayor parte de sus trabajos experimentales no se verifican en Folkestone, sino en Gower Street, en el magnífico y flamante labo­ratorio continuo al hospital, laboratorio que él ha sido el primero en usar.

Como todo el mundo sabe o por lo menos todas las personas inteli­gentes, la especialidad en que Gibberne ha ganado una reputación tan grande como merece entre los fisiólogos ha sido en la acción de las medicinas sobre el sistema nervioso. Según me han dicho, no tie­ne rival en sus conocimientos sobre medicamentos soporíferos, sedan­tes y anestésicos. También es un químico bastante eminente, y creo que en la sutil y completa selva de los enigmas que se concentran en las células de los ganglios y en las fibras nerviosas ha abierto pe­queños claros, ha logrado ciertas elucidaciones que, hasta que él juz­gue oportuno publicar sus resultados, seguirán siendo inaccesibles para los demás mortales. Y en estos últimos años se ha consagrado con especial asiduidad a la cuestión de los estimulantes nerviosos, en los que ya había obtenido grandes éxitos antes del descubrimiento del Nuevo Acelerador. La ciencia médica tiene que agradecerle, por lo menos, tres reconstituyentes distintos y absolutamente efica­ces, de incomparable utilidad práctica. En los casos de agotamiento, la preparación conocida con el nombre de Jarabe B de Gibberne ha salvado ya más vidas, creo yo, que cualquier bote de salvamento de la costa.

—Pero ninguna de estas pequeñas cosas me deja todavía satisfecho —me dijo hace cerca de un año —. O bien aumentan la energía central sin afectar a los nervios, o simplemente aumentan la energía disponible, aminorando la conductividad nerviosa, y todas ellas cau­san un efecto local y desigual. Una vivifica el corazón y las vísceras, y entorpece el cerebro; otra, obra sobre el cerebro a la manera del champaña, y no hace nada bueno para el plexo solar, y lo que yo quiero, y pretendo obtener, si es humanamente posible, es un esti­mulante que afecte todos los órganos, que vivifique durante cierto tiempo desde la coronilla hasta la punta de los pies, y que haga a uno dos o tres veces superior a los demás hombres. ¿Eh? Eso es lo que yo busco.

—Pero esa actividad fatigaría al hombre.

—No cabe duda. Y comería doble o triple, y así sucesivamente. Pero piense usted lo que eso significaría. Imagínese usted en posesión de un frasquito como éste —y alzó una botellita de cristal verde, con la que subrayó sus frases —, y que en este precioso frasquito se en­cuentra el poder de pensar con el doble de rapidez, de moverse con el doble de celeridad, de realizar un trabajo doble en un tiempo dado de lo que sería posible de cualquier otro modo.

— ¿Pero es posible conseguir una cosa así?

—Yo creo que sí. Si no lo es, he perdido el tiempo durante un año. Estas diversas preparaciones de los hipofosfitos, por ejemplo, pare­cen demostrar algo como eso. Aun si sólo se tratara de acelerar la vi­talidad con un ciento por ciento esto lo conseguiría.

—Puede que sí—dije yo.

—Si usted fuera por ejemplo, un gobernante que se encontrara ante una grave situación y tuviera que tomar una decisión urgente, con los minutos contados. ¿qué le parece…?

—Se podría suministrar una dosis al secretario particular—dije yo.

—Ganaría usted… la mitad del tiempo. O suponga usted, por ejemplo, que quiere acabar un libro.

—Por regla general —dije yo—suelo desear no haberlos empezado nunca.

—O un médico que quiere reflexionar rápidamente ante un caso mortal. O un abogado… o un hombre que quiere ser aprobado en un examen.

—Para esos hombres valdría una guinea cada gota, o más—dije yo.

—También en un duelo—dijo Gibberne —, en donde todo depende de la rapidez en oprimir el gatillo.

—O en manejar la espada—añadí yo.

—Mire usted —dijo Gibberne —: si lo consigo gracias a una droga de efecto general, esto no causará ningún daño, salvo que puede hacerlo envejecer más pronto en un grado infinitesimal. Y habrá vivido el do­ble que los demás.

—Oiga —dije yo, reflexionando —: ¿sería eso leal en un duelo? —Esa es una cuestión que deberán resolver los padrinos —repuso Gibberne.

— ¿Y realmente cree usted que eso es posible? —repetí, volviendo a preguntas específicas.

—Tan posible —repuso Gibberne, lanzando una mirada a algo que pasaba vibrando por delante de la ventana—como un autobús. A de­cir verdad…

Se detuvo, sonrió sagazmente y dio unos golpecitos en el borde de la mesa con el frasquito verde.

—Creo que conozco la droga… He obtenido ya algo prometedor, ­terminó.

La nerviosa sonrisa de su semblante traicionaba la verdad de su re­velación. Gibberne hablaba raramente de sus trabajos experimenta­les a no ser que se hallara muy cerca del triunfo.

—Y puede ser…, puede ser…, no me sorprendería…, que la vitali­dad resultara más que duplicada.

—Eso será una cosa enorme —aventuré yo. —Será, en efecto, una cosa enorme—repitió él.

Pero, a pesar de todo, no creo que supiera por completo lo enorme que iba a ser aquello.

Recuerdo que después hablamos varias veces acerca de la droga. Gibberne la llamaba el Nuevo Acelerador, y cada vez hablaba de ella con más confianza. A veces hablaba nerviosamente de los resultados fisiológicos inesperados que podría producir su uso, y entonces se mostraba francamente mercantil, y teníamos largas y apasionadas discusiones sobre la manera de dar a la preparación un giro comer­cial.

—Es una cosa buena —decía Gibberne —, una cosa estupenda. Yo sé que voy a dotar al mundo de algo valioso, y creo que no deja de ser razonable esperar que el mundo la pague. La dignidad de la ciencia es una cosa muy bonita; pero de todos modos, me parece que debo re­servarme el monopolio de la droga durante unos diez años, por ejem­plo. No veo la razón de que todos los goces de la vida les estén reservados a los tratantes de jamones.

El interés que yo mismo sentía por la droga esperada no decayó, en verdad, con el tiempo. Siempre he tenido una rara propensión a la metafísica. Siempre ha sido aficionado a las paradojas sobre el espa­cio y el tiempo, y me parecía que, en realidad, Gibberne preparaba nada menos que la aceleración absoluta de la vida. Supóngase un hom­bre que se dosificara repetidamente con semejante preparación: este hombre viviría, en efecto, una vida activa y única; pero sería adulto a los once años, de edad madura a los veinticinco, y a los trein­ta emprendería el camino de la decrepitud senil.

Hasta este punto se me figuraba que Gibberne sólo iba a procurar a todo el mundo el que tomara su droga exactamente lo mismo que lo que la Naturaleza ha procurado a los judíos y a los orientales, que son hombres a los quince años y ancianos a los cincuenta, y siempre más rápidos que nosotros en el pensar y en obrar. Siempre me ha ma­ravillado la acción de las drogas; por medio de ellas se puede enlo­quecer a un hombre, calmarle, darle una fortaleza y una vivacidad increíbles, o convertirle en un leño impotente, activar esta pasión o moderar aquella; y ¡ahora venía a añadirse un nuevo milagro a este extraño arsenal de frascos que utilizan los médicos! Pero Gibberne estaba demasiado atento a los puntos técnicos para que penetrara mucho en mi aspecto de la cuestión.

Fue el siete o el ocho de agosto cuando me dijo que la destilación que decidiría su fracaso o su éxito temporal se estaba verificando mientras nosotros hablábamos, y el día diez cuando me dijo que la operación estaba terminada y que el Nuevo Acelerador era una reali­dad palpable. Este día lo encontré cuando subía la cuesta de Sandga­te, en dirección de Folkestone (creo que iba a cortarme el pelo); Gib­berne vino a mi encuentro apresuradamente, y supongo que se diri­gía a mi casa para comunicarme en el acto su éxito. Recuerdo que los ojos le brillaban de una manera insólita en la cara acalorada, y hasta noté la rápida celeridad de sus pasos.

—Es cosa hecha —gritó, agarrándome la mano y hablando muy de prisa —. Más que hecha. Venga a mi casa a verlo.

— ¿De verdad? — ¡De verdad! —gritó —. ¡Es increíble. Venga a verlo. — ¿Pero produce… el doble:?

—Más, mucho más. Me he espantado. Venga a ver la droga. ¡Pruébela! ¡Ensáyela! Es la droga más asombrosa del mundo. Me aferró el brazo, y marchando a un paso tal que me obligaba a

ir corriendo, subió conmigo la cuesta, gritando sin cesar. Todo un ómnibus de excursionistas se volvió a mirarnos al unísono, a la mane­ra que lo hacen los ocupantes de estos vehículos. Era uno de esos días calurosos y claros que tanto abundan en Folkestone; todos los colo­res brillaban de manera increíble, y todos los contornos se recortaban con rudeza. Hacía algo de aire, desde luego; pero no tanto como el que necesitaría para refrescarme y calmarme el sudor en aquellas condiciones. Jadeando, pedí misericordia.

—No andaré muy de prisa, ¿verdad? —exclamó Gibberne, redu­ciendo su paso a una marcha todavía rápida.

— ¿Ha probado usted ya esa droga? —dije yo, soplando.

—No. A lo sumo una gota de agua que quedaba en un vaso que en­juagué para quitar las últimas huellas de la droga. Anoche sí la tomé, ¿sabe usted? Pero eso ya es cosa pasada.

— ¿Y duplica la actividad? —pregunté yo al acercarme a la entrada de su casa, sudando de una manera lamentable.

— ¡La multiplica mil veces, muchos miles de veces! —exclamó Gib­berne con un gesto dramático, abriendo violentamente la ancha can­cela de viejo roble tallado.

— ¿Eh?—dije yo, siguiéndole hacia la puerta.

—Ni siquiera sé cuántas veces la multiplica —dijo Gibberne con el llavín en la mano.

— ¿Y usted…?

—Esto arroja toda clase de luces sobre la fisiología nerviosa; da a la teoría de la visión una forma enteramente nueva… ¿Sabe Dios cuán­tos miles de veces? Ya lo veremos después. Lo importante ahora es ensayarla droga.

— ¿Ensayar la droga?—exclamé yo mientras seguíamos el corre­dor.

— ¡Claro! —dijo Gibberne, volviéndose hacia mí en su despacho —. ¡Ahí está, en ese frasco verde! ¡A no ser que tenga usted miedo!

Yo soy, por naturaleza, un hombre prudente, sólo intrépido en teo­ría. Tenía miedo; pero, por otra parte, me dominaba el amor propio.

—Hombre —dije, cavilando —, ¿dice usted que la ha probado? —Sí; la he probado —repuso —, y no parece que me haya hecho da­ñe, ¿verdad? Ni siquiera tengo mal color, y, por el contrario, siento…

—Venga la poción —dije yo, sentándome —. Si la cosa sale mal, me ahorraré el cortarme el pelo, que es, a mi juicio, uno de los deberes más odiosos del hombre civilizado. ¿Cómo toma usted la mezcla:’

—Con agua —repuso Gibberne, poniendo de golpe una botella en­cima de la mesa.

Se hallaba en pie, delante de su mesa, y me miraba a mí, que esta­ba sentado en el sillón; sus modales adquirieron de pronto cierta afectación de especialista.

—Es una droga singular, ¿sabe usted?—dijo. Yo hice un gesto con la mano, y él continuó:

—Debo advertirle, en primer lugar, que en cuanto la haya usted bebido, cierre los ojos y no los abra hasta pasado un minuto o algo así, y eso con mucha precaución. Se sigue viendo. El sentido de la vis­ta depende de la duración de las vibraciones, y no de una multitud de choques; pero si se tienen los ojos abiertos, la retina recibe una espe­cie de sacudida, una desagradable confusión vertiginosa. Así que téngalos cerrados.

—Bueno; los cerraré.

—La segunda advertencia es que no se mueva. No empiece usted a andar de un lado para otro, puede darse algún golpe. Recuerde que irá usted varios miles de veces más de prisa que nunca; el corazón, los pulmones, los músculos, el cerebro, todo funcionará con esa rapidez, y puede usted darse un buen golpe sin saber cómo. Usted no notará nada, ¿sabe usted? Se sentirá lo mismo que ahora. Lo único que le pasará es que parecerá que todo se mueve muchos miles de veces más despacio que antes. Por eso resulta la cosa tan rara.

— ¡Dios mío! —dije yo —. ¿Y pretende usted…? —Ya verá usted —dijo él, alzando un cuentagotas. Echó una mirada al material de la mesa, y añadió:

—Vasos, agua, todo está listo. No hay que tomar demasiado en el primer ensayo.

El cuentagotas absorbió el precioso contenido del frasco.

—No se olvide de lo que le he dicho —dijo Gibberne, vertiendo las gotas en un vaso de una manera misteriosa —. Permanezca sentado con los ojos herméticamente cerrados y en una inmovilidad absoluta durante dos minutos. Luego me oirá usted hablar.

Añadió un dedo de agua a la pequeña dosis de cada vaso.

—A propósito —dijo —: no deje usted el vaso en la mesa. Téngalo en la mano, descansando ésta en la rodilla. Sí; eso es, Y ahora… Gibberne alzó su vaso.

— ¡Por el Nuevo Acelerador! —dije yo. — ¡Por el Nuevo Acelerador! —repitió él.

Chocamos los vasos y bebimos, e instantáneamente cerré los ojos. Durante un intervalo indefinido permanecí en una especie de nirva­na. Luego oí decir a Gibberne que me despertara, me estremecí, y abrí los ojos. Gilbberne seguía en pie en el mismo sitio, y todavía tenía el vaso en la mano. La única diferencia era que éste estaba vacío. — ¿Qué?—dije yo.

— ¿No nota nada de particular?

—Nada. Si acaso, una ligera sensación de alborozo. Nada más. — ¿Y ruidos?

—Todo está tranquilo —dijo yo —. ¡Por Júpiter, sí! Todo está tran­quilo, salvo este tenue Pat—pat, pat—,bat, como el ruido de la lluvia al caer sobre objetos diferentes. ¿Qué es eso?

—Sonidos analizados—creo que me respondió; pero no estoy segu­ro.

Lanzó una mirada a la ventana y exclamó:

— ¿Ha visto usted alguna vez delante de una ventana una cortina tan inmóvil como esa?

Seguí la dirección de su mirada y vi el extremo de la cortina, como si se hubiera quedado petrificada con una punta en el aire en el mo­mento de ser agitada vivamente por el viento.

—No —dije yo —; es extraño.

— ¿Y esto?—dijo Gibberne, abriendo la mano que tenía el vaso. Como es natural, yo me sobrecogí, esperando que el vaso se rompería contra el suelo. Pero. lejos de romperse, ni siquiera pareció moverse; se mantenía inmóvil en el aire

—En nuestras latitudes—dijo Gibberne—, un objeto que cae reco­rre, hablando en general, cinco metros en el primer segundo de su caí­da. Este vaso está cayendo ahora a razón de cinco metros por se­gundo. Lo que sucede, ¿sabe usted?, es que todavía no ha transcurri­do una centésima de segundo. Esto puede darle una idea de la activi­dad vital que nos ha dado mi Acelerador.

Y empezó a pasar la mano por encima, por debajo y alrededor del vaso, que caía lentamente. Por último, lo cogió por el fondo, lo atrajo hacia sí y lo colocó con mucho cuidado sobre la mesa.

— ¿Eh?—dijo riéndose.

—Esto me parece magnífico—dije yo, y empecé a levantarme del sillón con gran cautela.

Yo me encontraba perfectamente, muy ligero y a gusto y lleno de absoluta confianza en mí mismo. Todo mi ser funcionaba muy de prisa.

Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo; pero esto no me causaba el menor malestar. Miré por la ventana: un ciclista inmóvil con la cabeza inclinada sobre los manubrios y una nube iner­te de polvo tras la rueda posterior trataba de alcanzar a un ómnibus lanzado al galope, que no se movía. Yo me quedé con la boca abierta ante este espectáculo increíble.

—Gibberne —exclamé —, ¿cuánto tiempo durará esta maldita droga ~ — ¡Dios sabe! —repuso él —. La última vez que la tomé me acosté, y se me pasó durmiendo. Le aseguro que estaba asustado. En realidad, debió de durarme unos minutos, que me parecíeron horas. Pero en poco rato creo que el efecto disminuye de una manera bastante súbita.

Yo estaba orgulloso de observar que no estaba asustado, debido, tal vez, a que éramos dos los expuestos.

— ¿Por qué no salir a la calle? —pregunté yo. — ¿Por qué no:’

—La gente se fijará en nosotros. .

—De ningún modo. ¡Gracias a Dios! Fíjese usted en que iremos mil veces más de prisa que el juego de manos más rápido que se haya hecho nunca. ¡Vamos! ¿Por dónde salimos? ¿Por la ventana o por la puerta?

Salimos por la ventana.

Seguramente, de todos los experimentos extraños que yo he hecho o imaginado nunca, o que he leído que habían hecho o imaginado otros, esta pequeña incursión que hice con Gibberne por el parque de Folkestone ha sido el más extraño y el más loco de todos.

Por la puerta del jardín salimos a la carretera, y allí hicimos un mi­nuciosos examen del tráfico inmovilizado. El remate de las ruedas y algunas de las patas de los caballos del ómnibus, así como la punta del látigo y la mandíbula inferior del cochero, que en ese preciso ins­tante se puso a bostezar, se movían perceptiblemente; pero el resto del pesado vehículo parecía inmóvil y absolutamente silencioso, ex­cepto un tenue ruido que salía de la garganta de un hombre. ¡Y este edificio petrificado estaba ocupado por un cochero, un guía y once via­jeros! El efecto de esta inmovilidad mientras nosotros caminábamos, empezó por parecernos locamente extraño y acabó por ser desagrada­ble.

Veíamos a personas como nosotros, y, sin embargo, diferentes, pe­trificadas en actitudes descuidadas, sorprendidas a la mitad de un gesto. Una joven y un hombre se sonreían mutuamente, con una son­risa oblicua que amenazaba hacerse eterna; una mujer con una pa­mela de amplias alas apoyaba el brazo en la barandilla del coche y contemplaba la casa de Gibberne con la impávida mirada de la eter­nidad; un hombre se acariciaba el bigote como una figura de cera, y otro extendía una mano lenta y rígida, con los dedos abiertos, hacia el sombrero, que se le escapaba. Nosotros los mirábamos, nos reía­mos de ellos y les hacíamos muecas; luego nos inspiraron cierto desa­grado, y dando media vuelta, atravesamos el camino por delante del ciclista dirigiéndonos al parque.

— ¡Cielo santo! —exclamó de pronto Gibberne—. ¡Mire!

Delante de la punta de su dedo extendido, una abeja se deslizaba por el aire batiendo lentamente las alas y a la velocidad de un caracol excepcionalmente lento.

A poco llegamos al parque. Allí, el fenómeno resultaba todavía más absurdo. La banda estaba tocando en el quiosco, aunque el rui­do que hacía era para nosotros como el de una quejumbrosa carraca, algo así como un prolongado suspiro, que tantas veces se convertía en un sonido análogo al del lento y apagado tic tac de un reloj monstruoso. Personas petrificadas, rígidas, se hallaban en pie, y maniquíes ex­traños, silenciosos, de aire fatuo, permanecían en actitudes inesta­bles, sorprendidos en la mitad de un paso durante su paseo por el césped. Yo pasé junto a un perrito de lanas suspendido en el aire al saltar, y contemplé el lento movimiento de sus patas al caer a tierra.

— ¡Oh, mire usted! —exclamó Gibberne. Y nos detuvimos un instante ante un magnífico personaje vestido con un traje de franela blanca y rayas tenues, con zapatos blancos y sombrero panamá, que se volvía a guiñar el ojo a dos damas con vesti­dos claros que habían pasado a su lado. Un guiño, estudiado con el detenimiento que nosotros podíamos permitirnos, es una cosa muy poco atrayente. Pierde todo carácter de viva alegría, y se observa que el ojo que se guiña no se cierra por completo, y que bajo el párpado aparece el borde inferior del globo del ojo como una tenue línea blanca.

— ¡Como el Cielo me conceda memoria —dije yo —nunca volveré a guiñar el ojo!

—Ni a sonreír —añadió Gibberne con la mirada fija en los dientes de las damas.

—Hace un calor infernal —dije yo —. Vayamos más despacio. — ¡Bah! ¡Sigamos! —dijo Gibberne.

Nos abrimos camino por entre las sillas de la avenida. Muchas de las personas sentadas en las sillas parecían bastante naturales en sus actitudes pasivas; pero la faz contorsionada de los músicos no era un espectáculo tranquilizador. Un hombre pequeño, de cara purpúrea, estaba petrificado a la mitad de una lucha violenta por doblar un pe­riódico, a pesar del viento. Encontrábamos muchas pruebas de que todas las gentes desocupadas estaban expuestas a una brisa conside­rable, que, sin embargo, no existía por lo que a nuestras sensaciones se refería. Nos apartamos un poco de la muchedumbre y nos volvi­mos a contemplarla.

El espectáculo de toda aquella multitud convertida en un cuadro, con la rígida inmovilidad de figuras de cera, era una maravilla incon­cebible. Era absurdo, desde luego; pero me llenaba de un sentimien­to exaltado, irracional, de superioridad. ¡lmaginaos qué portento! Todo lo que yo había dicho, pensado y hecho desde que la droga ha­bía empezado a actuar en mi organismo había sucedido, en relación con aquellas gentes y con todo el mundo en general, en un abrir y ce­rrar de ojos.

—El Nuevo Acelerador… —empecé yo; pero Gibberne me inte­rrumpió.

—Ahí está esa vieja infernal. — ¿Qué vieja?

—Una que vive junto a mi casa. Tiene un perro faldero que no hace más que ladrar. ¡Cielos! ¡La tentación es irresistible!

Gibberne tiene a veces arranques infantiles, impulsivos. Antes que yo pudiera discutir con él, arrancaba al infortunado animal de la existencia visible y corría velozmente con él hacia el barranco del parque. Era la cosa más extraordinaria. El pequeño animal no ladró, no se debatió ni dio la más ligera muestra de vitalidad. Se quedó completamente rígido, en una actitud de reposo soñoliento, mientras Gibberne lo llevaba cogido por el cuello. Era como si fuera corriendo con un perro de madera.

— ¡Gibberne! —grité yo —. ¡Suéltelo!

Luego dije alguna otra cosa y volví a gritarle: —Gibberne, si sigue usted corriendo así, se le va a prender fuego la ropa—ya se le empe­zaba a chamuscar el pantalón.

Gibberne dejó caer su mano en el muslo y se quedó vacilando al borde del barranco.

—Gibberne —grité yo, corriendo tras él —. Suéltelo. ¡Este calor es ex­cesivo! ¡Es debido a nuestra velocidad! ¡Corremos a tres o cuatro kiló­metros por segundo! … ¡Y el frotamiento del aire! …

— ¿Qué? —dijo Gibberne, mirando al perro.

—El frotamiento del aire! —grité yo —. El frotamiento del aire. Va­mos demasido aprisa. Parecemos aerolitos. Es demasiado calor. ¡Gibberne! ¡Gibberne! Siento muchos pinchazos y estoy cubierto de sudor. Se ve que la gente se mueve ligeramente. ¡Creo que la droga se disipa! Suelte ese perro.

— ¿Eh? —dijo él.

—La droga se disipa —repetí yo —. Nos estamos abrasando, y la droga se disipa. Yo estoy empapado de sudor.

Gibberne se quedó mirándome. Luego miró a la banda, cuyo lento carraspeo empezaba en verdad a acelerarse. Luego, describiendo con el brazo una curva tremenda, arrojó a lo lejos al perro que se elevó dando vueltas, inanimado aún, y cayó, al fin, sobre las sombríllas de un grupo de damas que conversaban animadamente. Gibberne me cogió del codo.

— ¡Por Júpiter! —exclamó —. Me parece que sí se disipa. Una espe­cie de picor abrasador. . sí. Ese hombre está moviendo el pañuelo de una manera perceptible. Debemos marcharnos de aquí rápidamen­te.

Pero no pudimos marcharnos con bastante rapidez. ¡Y quizá fuera una suerte! Pues, de lo contrario, hubiéramos corrido, y si hubiéra­mos corrido, creo que nos hubiésemos incendiado. ¡Es casi seguro que nos hubiésemos prendido fuego! Ni Gibberne ni yo habíamos pensado en eso, ¿sabe usted?… Pero antes que hubiéramos echado a correr, la acción de la droga había cesado. Fue cuestión de una ínfi­ma fracción de segundo. El efecto del Nuevo Acelerador cesó como quien corre una cortina, se desvaneció durante el movimiento de una mano. Oí la voz de Gibberne muy alarmada: —Siéntese —exclamó.

—Yo me dejé caer en el césped, al borde del prado, abrasando el suelo. Todavía hay un trozo de hierba quemada en el sitio en que me senté. Al mismo tiempo, la paralización general pareció cesar; las vi­braciones desarticuladas de la banda se unieron precipitadamente en una ráfaga de música; los paseantes pusieron el pie en el suelo y continuaron su camino; los papeles y las banderas empezaron a agi­tarse; las sonrisas se convirtieron en palabras; el personaje que había empezado el guiño lo terminó y prosiguió su camino satisfecho, y to­das las personas sentadas se movieron y hablaron.

El mundo entero había vuelto a la vida y empezaba a marchar tan de prisa como nosotros, o, mejor dicho, nosotros no íbamos ya más de prisa que el resto del mundo.

Era como la reducción de la velocidad de un tren al entrar en una estación. Durante uno o dos segundos, todo me pareció que daba vueltas, sentí una ligerísima náusea, y eso fue todo. ¡Y el perrito, que parecía haber quedado suspendido un momento en el aire cuando el brazo de Gibberne le imprimió su velocidad, cayó con súbita celeri­dad a través de la sombrilla de una dama.

Esto fue nuestra salvación. Excepto un anciano corpulento, que es­taba sentado en una silla y que ciertamente se estremeció al vernos, lue­go nos miró varias veces con gran desconfianza y me parece que aca­bé por decir algo a su enfermera acerca de nosotros, no creo que ni una sola persona se diera cuenta de nuestra súbita aparición. ¡Plop! Debi­mos de llegar allí bruscamente. Casi en el acto dejamos de chamuscar­nos, aunque la hierba que había debajo de mí desprendía un calor desagradable. La atención de todo el mundo (incluso la de la banda de la .Asociación de Recreos, que por primera vez tocó desafinada­mente) había sido atraída por el hecho pasmoso, y por el ruido toda­vía más pasmoso de los ladridos y la gritería que se originó de que un perro faldero gordo y respetable, que dormía tranquilamente del lado Este del quiosco de la música, había caído súbitamente a través de la sombrilla de una dama que se encontraba en el lado opuesto, llevando los pelos ligeramente chamuscados a causa de la extrema velocidad de su viaje a través del aire. ¡Y en estos días absurdos, en que todos tratamos de ser todo lo psíquicos, lo cándidos y lo supersti­ciosos que sea posible! La gente se levantó atropelladamente, tirando las sillas, y el guardia del parque acudió. Ignoro cómo se arreglaría la cuestión; estábamos demasiado deseosos de desligarnos del asunto y de rehuir las miradas del anciano de la silla para entretenernos en hacer minuciosas investigaciones. En cuanto estuvimos lo suficiente­mente fríos y nos recobramos de nuestro vértigo, nuestras náuseas y nuestra confusión de espíritu, nos levantamos, y bordeando la muche­dumbre, dirigimos nuestros pasos por el camino del hotel de la metró­poli hacia la casa de Gibberne.Pero entre el tumulto oí muy dis­tintamente al caballero que estaba sentado junto a la dama de la sombrilla rota, que dirigía amenazas e insultos injustificados a uno de los inspectores de las sillas.

—Si usted no ha tirado el perro —le decía —, ¿quién ha sido?

El súbito retorno del movimiento y del ruido familiar, y nuestra natural ansiedad acerca de nosotros mismos (nuestras ropas estaban todavía terriblemente calientes, y la parte delantera de los pantalo­nes blancos de Gibberne estaba chamuscada y ennegrecida), me im­pidieron hacer sobre todas estas cosas las minuciosas observaciones que hubiera querido. En realidad no hice ninguna observación de al­gún valor científico sobre este retorno. La abeja, desde luego, se había marchado. Busqué al ciclista con la mirada; pero ya se había perdido de vista cuando nosotros llegamos al camino alto de Sandgate, o quizá nos lo ocultaban los carruajes; sin embargo, el ómnibus de los viajeros, con todos sus ocupantes vivos y agitados ya, marchaba a buen paso cer­ca de la iglesia próxima.

A1 entrar en la casa observamos que el antepecho de la ventana por donde habíamos saltado al salir estaba ligeramente chamuscado, que las huellas de nuestros pies en la grava del sendero eran de una profundidad insólita.

Este fue mi primer experimento del Nuevo Acelerador. Práctica­mente habíamos estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y ha­ciendo toda clase de cosas, en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido media hora mientras la banda había toca­do dos compases. Pero el efecto causado en nosotros fue que el mundo entero se había detenido, para que nosotros lo examináramos a gus­to. Teniendo en cuenta todas las cosas, y particularmente nuestra te­meridad al aventurarnos fuera de la casa, el experimento pudo muy bien haber sido mucho más desagradable de lo que fue. Demostró, sin duda, que Gibberne tiene mucho que aprender aún antes que su preparación sea de fácil manejo; pero su viabilidad quedó demostra­da ciertamente de una manera indiscutible.

Después de esta aventura, Gibberne ha ido sometiendo constante­mente a control el uso de la droga, y varias veces, y sin ningún mal resultado, he tomado yo bajo su dirección dosis medidas, aunque he de confesar que no me he vuelto a aventurar a salir a 1a calle mientras me encuentro bajo su efecto. Puedo mencionar, por ejemplo, que esta historia ha sido escrita bajo su influencia, de un tirón y sin otra inte­rrupción que la necesaria para tomar un poco de chocolate. La em­pecé a las seis y veinticinco, y en este momento mi reloj marca la me­dia y un minuto. La comodidad de asegurarse una larga e ininte­rrumpida cantidad de trabajo en medio de un día lleno de compro­misos, nunca podría elogiarse demasiado.

Gibberne está trabajando ahora en el manejo cuantitativo de su preparación, teniendo siempre en cuenta sus distintos efectos en ti­pos de diferente constitución. Luego espera descubrir un Retardador para diluir la potencia actual, más bien excesiva, de su droga. El Re­tardador, como es natural, causará el efecto contrario al Acelerador. Empleado solo, permitirá al paciente convertir en unos segundos muchas horas de tiempo ordinario, y conservar así una inacción apá­tica, una fría ausencia de vivacidad, en un ambiente muy agitado o irritante. Juntos los dos descubrimientos, han de originar necesaria­mente una completa revolución en la vida civilizada, éste será el principio de nuestra liberación del Vestido del Tiempo, de que habla Garlyle. Mientras, este Acelerador nos permitirá concentrarnos con formidable potencia en un momento u ocasión que exija el máximo rendimiento de nuestro vigor y nuestros sentidos, el Retardador nos permitirá pasar en tranquilidad pasiva las horas de penalidad o de te­dio. Quizá pecaré de optimista respecto al Retardador, que en reali­dad. no ha sido descubierto aún; pero en cuanto al Acelerador, no hay ninguna duda posible. Su aparición en el mercado en forma cómoda, controlable y asimilable es cosa de unos meses. Se le podrá adquirir en todas las farmacias y droguerías, en pequeños frascos verdes, a un precio elevado, pero de ningún modo excesivo si se consideran sus ex­traordinarias cualidades. Se llamará Acelerador Nervioso de Gibber­ne, y éste espera hallarse en condiciones de facilitará en tres distin­tas potencias: una de doscientos, otra de novecientos y otra de mil grados, y se distinguirán por etiquetas amarilla, rosa y blanca, res­pectivamente.

No hay duda de que su uso hace posible un gran número de cosas extraordinarias, pues, desde luego, pueden efectuarse impunemente los actos más notables y hasta quizá los más criminales, escurriéndo­se de este modo, por decirlo así, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las preparaciones potentes, ésta sería susceptible de abu­so.

No obstante, nosotros hemos discutido a fondo este aspecto de la cuestión, y hemos decidido que eso es puramente un problema de ju­risprudencia médica completamente al margen de nuestra jurisdic­ción. Nosotros fabricaremos y venderemos el Acelerador, y en cuanto a las consecuencias…, ya veremos.

03/8/19

El niño feo

El niño feo

Isaac Asimov

 

Edith Fellowes se alisó la bata de trabajo como hacía siempre antes de abrir la compleja cerradura de la puerta y cruzar la invisible línea divisoria que separaba el es del no es. Llevaba la libreta y el bolígrafo, aunque ya no tomaba notas excepto cuando consideraba absolutamente necesario hacer algún informe.

En esta ocasión llevaba también una maleta. («Juguetes para el niño», había dicho ella, sonriente, al vigilante, que desde hacía tiempo había dejado de hacerle preguntas y que le indicó que podía pasar.)

Como siempre, el niño feo supo que ella había entrado y se acercó corriendo.

— ¡Señorita Fellowes! ¡Señorita Fellowes! —gritó con su blanda e indistinta voz.

—Timmie… —dijo ella, y pasó la mano por el tupido cabello castaño que cubría la desfigurada cabecita—. ¿Qué ocurre?

— ¿Volverá Jerry para jugar otra vez? Siento lo que pasó.

—Eso no importa ahora, Timmie. ¿Por eso llorabas?

El niño bajó los ojos.

—No sólo por eso, señorita Fellowes. He soñado otra vez.

— ¿El mismo sueño?

Los labios de la señorita Fellowes se fruncieron. Claro, el incidente con Jerry había hecho volver el sueño.

El niño asintió. Sus dientes, demasiado grandes, asomaron cuando intentó sonreír, y los labios de su sobresaliente boca se estiraron al máximo.

— ¿Cuándo seré bastante grande para salir, señorita Fellowes?

—Pronto —dijo ella en voz baja, sintiendo que se le partía el corazón—. Pronto.

La señorita Fellowes dejó que el niño le tomara la mano y gozó con el cálido tacto de la gruesa y seca piel de la palma. El niño la llevó por las tres habitaciones que formaban el conjunto de la Sección Uno de Estasis; acogedoras, cierto, pero una prisión eterna para el niño feo durante los siete años (¿eran siete?) que llevaba de vida.

El niño la condujo a la única ventana, con vistas a un boscoso fragmento lleno de matorrales del mundo deles (en aquel momento oculto por la noche), donde una valla e instrucciones pintadas prohibían a cualquier hombre adentrarse sin permiso.

El niño apretó la nariz contra la ventana.

— ¿Afuera, señorita Fellowes?

—Mejores lugares. Lugares más bonitos —dijo tristemente ella, mientras contemplaba la pobre cara encarcelada perfilada en la ventana.

La frente del niño se hundía planamente, y su cabello caía en mechones sobre ella. La nuca sobresalía y parecía un peso excesivo para la cabeza, de forma que ésta se inclinaba hacia delante y obligaba al cuerpo a adoptar una postura encorvada. Óseos bordes habían provocado ya un abultamiento en la piel de los ojos. La ancha boca sobresalía más que la amplia y achatada nariz, y el niño carecía de barbilla propiamente dicha; sólo tenía una mandíbula de lisas curvas. Era bajo para su edad, y tenía las piernas cortas, gruesas y torcidas.

Era un niño terriblemente feo, y Edith Fellowes lo amaba intensamente.

La cara de la enfermera quedaba fuera de la línea de visión del niño, por lo que permitió a sus labios el lujo de un temblor.

No lo matarían. Ella haría cualquier cosa para impedirlo. Cualquier cosa. Abrió la maleta y empezó a sacar la ropa que contenía.

Edith Fellowes había cruzado por primera vez el umbral de Estasis, Inc., hacía poco más de tres años. Entonces no tenía la menor idea sobre el significado de Estasis y la tarea de la sociedad. Nadie lo sabía entonces, excepto las personas que trabajaban allí. De hecho, sólo un día después de la llegada de la enfermera se dio la noticia al mundo.

En aquel entonces, fue simplemente un anuncio de Estasis solicitando una mujer con conocimientos de fisiología, experiencia en química clínica y amor a los niños. Edith Fellowes era enfermera en una sala de maternidad y creía satisfacer dichos requisitos.

Gerald Hoskins, en cuyo escritorio figuraba una placa que indicaba su título de doctor, se rascó la mejilla con el pulgar y miró fijamente a la aspirante.

La señorita Fellowes se irguió automáticamente y notó que se le crispaba el rostro, de nariz levemente asimétrica y cejas una pizca gruesas.

«Él tampoco es guapo —pensó ella resentida—. Está engordando, se está quedando calvo y tiene una boca horrible…» Pero el salario mencionado en el anuncio era mucho más elevado de lo que la señorita Fellowes esperaba, y por eso se limitó a aguardar.

—Bien, ¿realmente adora a los niños? —dijo Hoskins.

—No lo afirmaría si no fuera cierto.

— ¿O simplemente le encantan los niños guapos? ¿Los encantadores, regordetes, con lindas naricillas y voces de jilguero?

—Los niños son niños, doctor Hoskins —dijo la señorita Fellowes—, y los que no son guapos son precisamente los que pueden necesitar más ayuda.

—Entonces supongo que podemos aceptarla…

— ¿Pretende decir que me da el empleo ahora mismo?

Él sonrió brevemente, y durante un momento su ancha cara tuvo un distraído rasgo de encanto.

—Tomo decisiones rápidas —dijo—. Pero de momento la oferta es provisional. Puedo tomar una decisión igualmente rápida para dejarla marchar. ¿Está dispuesta a correr el riesgo?

La señorita Fellowes aferró su bolso y calculó con la máxima rapidez posible. Luego ignoró los cálculos y se dejó llevar por su impulso.

—De acuerdo.

—Magnífico. Vamos a formar Estasis esta noche y creo que será mejor que esté allí para empezar de inmediato. Eso será a las ocho de la noche, y me gustaría que usted estuviera a las siete y media.

—Pero, ¿qué…?

—Magnífico. Magnífico. Eso es todo por ahora.

Tras una señal, una risueña secretaria entró y acompañó fuera a la enfermera.

La señorita Fellowes contempló un instante la cerrada puerta del doctor Hoskins. ¿Qué era Estasis? ¿Qué relación tenía con los niños aquel gran edificio de aspecto de granero, con empleados provistos de placas de identificación, con improvisados pasillos, con un inconfundible ambiente de ingeniería?

Se preguntó si debía volver por la noche o quedarse en casa y dar una lección al arrogante individuo. Pero sabía que iba a volver, aunque sólo fuera por pura frustración. Tenía que averiguar lo de los niños.

La señorita Fellowes volvió a las siete y media y no tuvo que anunciarse. Uno tras otro, hombres y mujeres parecían conocerla y saber su trabajo. Le parecía ir sobre ruedas cuando la llevaron adentro.

El doctor Hoskins estaba allí, pero se limitó a mirarla con aire distante.

—Señorita Fellowes… —murmuró.

Ni siquiera le sugirió que tomara asiento, pero ella arrastró tranquilamente una silla hasta la barandilla y se sentó.

Se hallaban en una galería, contemplando un enorme foso lleno de instrumentos que parecían un cruce entre el tablero de mandos de una nave espacial y el teclado de una computadora. A un lado había separaciones que formaban un piso sin techo, una gigantesca casa de muñecas cuyas habitaciones podían verse desde arriba.

La señorita Fellowes vio una cocina electrónica y un frigorífico en una habitación, y un improvisado lavabo en otra. Y el objeto que distinguió en otra habitación sólo podía ser parte de una cama, de una cama pequeña.

Hoskins estaba hablando con otro hombre, y ambos, junto con la señorita Fellowes, eran los únicos ocupantes de la galería. Hoskins no quiso presentar al desconocido, y la enfermera lo miró furtivamente. Era delgado, y tenía cierto atractivo como hombre de edad madura. Tenía un pequeño bigote y penetrantes ojos, al parecer atareados con todo.

—Ni por un momento fingiré que entiendo todo esto, doctor Hoskins —estaba diciendo—. Es decir, entiendo tanto como puede esperarse de un lego, de un lego razonablemente inteligente. Con todo, si hay algo que entiendo menos, es la cuestión de la selectividad. Usted sólo puede alcanzar cierta distancia. Eso parece lógico, las cosas se hacen más vagas al aumentar la distancia, se requiere más energía… Pero luego me dice que no puede llegar muy cerca. Ésa es la parte enigmática.

—Puedo hacerlo parecer menos paradójico, Deveney, si me permite utilizar una analogía.

(La señorita Fellowes identificó al desconocido en cuanto oyó su nombre, y se impresionó aun sin quererlo. Se trataba obviamente de Candide Deveney, el redactor científico de Telenoticias, que acudía notoriamente al escenario de cualquier importante avance científico. La enfermera incluso reconoció la cara de Deveney, ya que la había visto en la notiplaca cuando se anunció el aterrizaje en Marte… De modo que el doctor Hoskins debía tener algo importante allí.)

—Desde luego, use una analogía —dijo Deveney con aire pesaroso—, si cree que eso servirá de algo.

—Bien, pues. Es imposible leer un libro con caracteres de imprenta ordinarios si se lo sostiene a dos metros de los ojos, pero es posible leerlo a un palmo de distancia. Hasta aquí, cuanto más cerca mejor. Pero si pone el libro a cinco centímetros de sus ojos, vuelve a estar perdido. Existe el hecho de la excesiva proximidad, como ve.

—Hummm —dijo Deveney.

—O considere otro ejemplo. Su hombro derecho está a setenta centímetros de la punta de su dedo índice, y puede apoyar este dedo en su hombro derecho. Su codo derecho está sólo a la mitad de la distancia de la punta de su dedo índice. De acuerdo con la lógica ordinaria, sería más fácil hacer lo mismo, y sin embargo usted no puede poner el dedo índice de su mano derecha en el codo del mismo lado. De nuevo, existe el hecho de la excesiva proximidad.

— ¿Puedo usar estas analogías en mi relato? —preguntó Deveney.

—Naturalmente. Me encantaría. He esperado mucho tiempo a que alguien como usted tenga un relato. Le ofreceré cualquier otra cosa que desee. Es hora, por fin, de querer que el mundo mire por encima de nuestro hombro. La gente verá algo.

(A pesar suyo, la señorita Fellowes admiraba la serena certeza del doctor. Había fuerza allí.)

— ¿Cuán lejos va a llegar? —dijo Deveney.

—Cuarenta mil años.

La señorita Fellowes contuvo la respiración bruscamente.

¿Años?

Había tensión en el ambiente. Los encargados de los controles apenas se movían. Un hombre hablaba ante un micrófono con suave monotonía, pronunciando breves frases que no tenían sentido para la señorita Fellowes.

Deveney se apoyó en la barandilla de la galería con la mirada fija.

— ¿Veremos algo, doctor Hoskins? —preguntó.

— ¿Qué? No. Nada hasta que se complete el trabajo. Detectamos de forma indirecta, algo parecido al principio del radar, con la excepción que utilizamos mesones en lugar de radiación. Los mesones buscan retrocediendo en el tiempo en las condiciones apropiadas. Algunos se reflejan, y debemos analizar los reflejos.

—Eso parece difícil.

Hoskins sonrió de nuevo brevemente, como siempre.

—Es el producto final de cincuenta años de investigación, cuarenta de ellos antes de mi entrada en el campo… Sí, es difícil.

El hombre del micrófono alzó una mano.

—Hemos estado fijos en un momento particular de tiempo desde hace semanas. Hemos roto la conexión, la hemos rehecho tras calcular nuestros movimientos en el tiempo, nos hemos asegurado de poder maniobrar el flujo temporal con suficiente precisión. Esto debe dar resultado ahora.

Pero su frente relucía.

Edith Fellowes notó que se había levantado de la silla y estaba en la barandilla de la galería, pero no había nada que ver.

—Ahora —dijo en voz baja el hombre del micrófono.

Hubo un lapso de silencio suficiente para respirar una vez y luego el sonido del chillido de un aterrorizado niño en las habitaciones de la casa de muñecas. ¡Terror! ¡Penetrante terror!

La cabeza de la señorita Fellowes se volvió en la dirección del grito. Un niño estaba involucrado. Lo había olvidado.

El puño de Hoskins golpeó la barandilla, y el doctor, con voz tensa y temblorosa, con voz de triunfo, dijo:

— ¡Conseguido!

La señorita Fellowes fue forzada a bajar el corto tramo espiral de escalera por la dura presión de la palma de Hoskins aplicada a sus omoplatos. El doctor no le dio explicaciones.

Los hombres de los controles estaban de pie en aquel momento, sonrientes, fumando, observando a los tres que llegaban a la planta principal. Un zumbido muy tenue surgía de la casa de muñecas.

—Es totalmente seguro entrar en Estasis —dijo Hoskins a Deveney—. Lo he hecho mil veces. Se produce una sensación extraña que dura un momento y no significa nada.

Hoskins cruzó un abierto umbral en muda demostración, y Deveney, con rígida risa y tras respirar con obvia profundidad, le siguió:

— ¡Señorita Fellowes! ¡Por favor! —dijo Hoskins.

El doctor torció el dedo índice impacientemente.

La señorita Fellowes asintió y entró muy rígida. Fue como si un escarceo, un hormigueo interno recorriera su cuerpo.

Pero una vez dentro todo pareció normal. Se percibía el olor de la madera nueva de la casa de muñecas y…, y de…, de tierra.

Se había hecho el silencio, ninguna voz por fin, pero había un seco arrastrar de pies y, quizá, una mano que rascaba madera…, y luego un suave gemido.

— ¿Dónde está? —preguntó angustiada la señorita Fellowes.

¿Por qué no se preocupaban aquel par de necios?

El niño se hallaba en el dormitorio; o por lo menos, en la habitación que tenía la cama.

Estaba de pie, desnudo, con el pequeño pecho, manchado de barro, subiendo y bajando irregularmente. Un montón de tierra y áspera hierba se extendía en el suelo alrededor de sus descalzos pies morenos. El olor a tierra procedía de allí, igual que el vestigio de algo fétido.

Hoskins siguió la aterrorizada mirada de la enfermera.

—Es imposible arrancar limpiamente a un niño del tiempo, señorita Fellowes —dijo en tono de disgusto—. Hemos tenido que recoger parte de los alrededores por cuestión de seguridad. ¿O habría preferido que el niño llegara aquí con una pierna menos, o con sólo media cabeza?

— ¡Por favor! —repuso la señorita Fellowes, abrumada por el asco—. ¿Vamos a quedarnos con los brazos cruzados? La pobre criatura está asustada. Y muy sucia.

Tenía mucha razón. El niño tenía manchas de barro incrustado y grasa, y un arañazo en el muslo, que estaba enrojecido e inflamado.

Cuando Hoskins se aproximó, el niño, que aparentaba tener tres años, se agachó y retrocedió rápidamente. Alzó el labio superior y gruñó sibilantemente, igual que un gato. Con rápido gesto, Hoskins tomó al niño por ambos brazos y lo levantó del suelo, pese a que se revolvía y chillaba.

—Sosténgalo —dijo la señorita Fellowes—. Lo primero que necesita es un baño. Hay que limpiarlo. ¿Tiene lo preciso? Si es así, ordene que lo traigan aquí. Y al principio necesitaré ayuda para agarrar al niño. Luego, por el amor del cielo, ordene que recojan toda esta suciedad.

Ella estaba ya dando órdenes, y se la veía a sus anchas. Y puesto que era una enfermera eficaz, y no una confusa espectadora, la señorita Fellowes examinó al pequeño con ojo clínico…, y dudó durante unos instantes de sobresalto. Lo examinó más allá del barro y los gritos, más allá del agitar de extremidades y el inútil retorcimiento. Vio al niño propiamente dicho.

Era el niño más feo que había visto nunca. Horriblemente feo desde la deforme cabeza hasta las torcidas piernas.

La señorita Fellowes lavó al niño con ayuda de tres hombres, mientras otros iban de un lado a otro intentando limpiar la habitación. La enfermera actuó en silencio y con una sensación de atropello, irritada por el continuo desasosiego y los chillidos del pequeño, y por los indecorosos salpicones de jabonosa agua a que se veía sometida.

El doctor Hoskins había intuido que el niño no sería guapo, pero eso no implicaba ni con mucho que la criatura estaría repulsivamente deformada. Y el hedor del pequeño era tal que el jabón y el agua sólo lo aliviaban muy poco a poco.

La señorita Fellowes sintió el intenso deseo de echar al niño, enjabonado como estaba, en brazos del doctor y marcharse. Pero estaba el orgullo profesional. Ella había aceptado una tarea, al fin y al cabo… Y estaba la mirada de los ojos del doctor, una fría mirada que decía: «¿Sólo niños guapos, señorita Fellowes?»

Hoskins se mantenía apartado, observando fríamente a cierta distancia con un asomo de sonrisa en el semblante. En un momento dado se fijó en los ojos de la enfermera, y pareció divertirse con la indignación de la mujer.

La señorita Fellowes decidió que aguardaría un rato antes de renunciar. Hacerlo al instante sería rebajarse.

Luego, cuando el niño tuvo un soportable tono rosado y olor a perfumado jabón, la enfermera se sintió mejor a pesar de todo. Los chillidos se transformaron en gimoteos de agotamiento, y el niño miró alrededor atentamente; sus ojos se movieron con veloz y asustado recelo de uno a otro de los ocupantes de la habitación. La limpieza acentuaba su delgada desnudez, mientras se estremecía de frío tras el baño.

— ¡Traigan una bata para el niño! —dijo vivamente la señorita Fellowes.

Al momento apareció una bata. Todo parecía preparado y sin embargo nada estaba disponible a menos que ella diera la orden; como si deliberadamente dejaran el asunto en sus manos sin ayudarla, para ponerla a prueba.

El reportero, Deveney, se acercó.

—Yo lo sostendré, señorita —dijo—. Usted sola no podrá ponérsela.

—Gracias —dijo ella.

Ciertamente hubo una batalla, pero la bata quedó puesta, y cuando el niño hizo ademán de desgarrarla, la enfermera le dio una brusca palmada en la mano.

El niño enrojeció, pero no lloró. Miró fijamente a la mujer y los torcidos dedos de una de sus manos se deslizaron lentamente por la franela de la prenda, palpando su extrañeza.

La señorita Fellowes, desesperada, pensó: «Bueno, y ahora, ¿qué?»

Todo el mundo parecía estar en animación suspendida, aguardando la reacción de la enfermera…, incluso el niño feo.

— ¿Tienen comida? ¿Leche? —preguntó bruscamente.

La tenían. Trajeron una unidad móvil, y en el compartimiento de refrigeración había un litro de leche; había también un calentador y diversos fortificantes en forma de pastillas vitamínicas, jarabe de cobre, cobalto y hierro, y otras cosas que la enfermera no tenía tiempo para examinar. Había varios envases de comida infantil que se auto calentaba.

La señorita Fellowes usó leche, solamente leche para empezar. La unidad de radiaciones calentó el líquido hasta la temperatura apropiada en cuestión de segundos y se desconectó, y la enfermera puso un poco de leche en un plato. Estaba segura del salvajismo del niño. Él no sabría usar una taza.

La señorita Fellowes bajó la cabeza y dijo al pequeño:

—Bebe. Bebe.

Hizo un gesto como si se llevara el plato a la boca. Los ojos del niño siguieron el movimiento, pero nada más.

De pronto, la enfermera recurrió a medidas directas. Tomó con una mano el brazo del niño y metió la otra en la leche. Le mojó los labios con el líquido, y éste cayó goteando por las mejillas y la contraída barbilla.

Durante un instante el niño lanzó un agudo grito, y acto seguido su lengua se movió sobre sus mojados labios. La señorita Fellowes retrocedió.

El niño se acercó al plato, se agachó, miró bruscamente hacia arriba y hacia atrás, como si esperara ver a un agazapado enemigo, se agachó de nuevo, y lamió ansiosamente la leche, igual que un gato. Sorbió el líquido haciendo mucho ruido. No utilizó las manos para levantar el plato.

La señorita Fellowes dejó que asomara en su rostro parte de la repugnancia que sentía. No pudo evitarlo.

Deveney captó el detalle, quizá.

— ¿Lo sabe la enfermera, doctor Hoskins? —dijo.

— ¿El qué? —preguntó la señorita Fellowes.

Deveney dudó, pero Hoskins intervino, de nuevo con su aire de indiferente diversión en el rostro.

—Bien, infórmela —dijo.

Deveney se volvió hacia la señorita Fellowes.

—Tal vez no lo sospeche, señorita, pero el azar ha querido que sea la primera mujer civilizada de la historia que cuida a un joven de Neandertal.

La enfermera volvió la cabeza hacia Hoskins con dominada ferocidad.

—Debió informarme, doctor.

— ¿Por qué? ¿Qué importancia habría tenido?

—Habló de un niño.

— ¿No es eso un niño? ¿Alguna vez ha tenido un perrito o un gatito, señorita Fellowes? ¿Están esos animales más cerca de lo humano? Si ese niño fuera una cría de chimpancé, ¿le produciría asco? Usted es enfermera, señorita Fellowes. Su expediente afirma que estuvo en una sala de maternidad durante tres años. ¿Alguna vez se negó a cuidar a un bebé deforme?

La señorita Fellowes pensó que estaba quedándose sin argumentos.

—Podía haberme informado —dijo, con mucha menos decisión.

— ¿Y habría rechazado el empleo? Bien, ¿lo rechaza ahora?

Hoskins la observó fríamente, mientras Deveney miraba al otro lado de la habitación, y el niño de Neandertal, tras acabar la leche y lamer el plato, contempló a la enfermera con su mojada cara y sus anhelantes ojazos.

El niño señaló la leche y de repente empezó a emitir una breve serie de sonidos reiterados; sonidos guturales y complejos chasquidos de la lengua.

— ¡Vaya, habla! —dijo la señorita Fellowes, sorprendida.

—Naturalmente —dijo Hoskins—. El Homo neanderthalensis no es una especie totalmente distinta, sino más bien una subespecie del Homo sapiens. ¿Por qué no había de hablar? Probablemente está pidiendo más leche.

De forma mecánica, la señorita Fellowes buscó la botella de leche, pero Hoskins la tomó por la muñeca.

—Bien, señorita Fellowes, antes que vayamos más lejos, ¿acepta el empleo?

La señorita Fellowes se soltó bruscamente, irritada.

— ¿No piensa darle de comer si yo no lo hago? Me quedaré con él…, algún tiempo.

La enfermera echó leche en el plato.

—Vamos a dejarla con el niño, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Ésta es la única entrada de Estasis Número Uno, y está completamente cerrada y vigilada. Quiero que se entere de los pormenores de la cerradura, la cual, por supuesto, estará programada para aceptar sus huellas digitales, como ya lo está para las mías. En los espacios superiores —prosiguió, alzando los ojos hacia los inexistentes techos de la casa de muñecas—también hay vigilancia, y se nos informará en cuanto algo inconveniente suceda aquí.

— ¿Pretende decir que estaré sometida a control visual? —dijo la señorita Fellowes, indignada.

Pensó de pronto en su propio examen de las habitaciones interiores desde la galería.

—No, no —repuso seriamente Hoskins—. Se respetará totalmente su intimidad. La vigilancia se efectuará únicamente mediante símbolos electrónicos, que sólo una computadora interpretará. Se quedará con el chico esta noche, señorita Fellowes, y todas las noches hasta nuevo aviso. Se la relevará durante el día según el horario que le parezca más conveniente. Le permitiremos arreglar ese detalle.

La enfermera contempló la casa de muñecas con asombrada expresión.

—Pero, ¿por qué todo esto, doctor Hoskins? ¿Es peligroso el niño?

—Es cuestión de energía, señorita Fellowes. Al niño no se le debe permitir la salida de estas habitaciones. Nunca. Ni un instante. Por ningún motivo. Ni para salvarle la vida. Ni siquiera para salvar su propia vida, señorita Fellowes. ¿Está claro?

La enfermera levantó la barbilla.

—Entiendo las órdenes, doctor Hoskins, y en mi profesión estamos acostumbradas a poner el deber por delante de la seguridad personal.

—Perfecto. Si necesita ayuda de alguien, hágalo saber.

Y los dos hombres se fueron.

La señorita Fellowes se volvió hacia el niño. Él estaba observándola, y todavía quedaba leche en el plato. Trabajosamente, la enfermera trató de enseñarle a levantarlo y llevárselo a los labios. El pequeño se resistió, pero se dejó tocar sin más gritos.

Los asustados ojos del niño siempre estaban fijos en ella, vigilantes, atentos al primer movimiento en falso. La enfermera tuvo que tranquilizarle, se esforzó en mover muy despacio la mano hacia el pelo del pequeño, dejándole ver cada milímetro del recorrido, para que viera que no iba a sufrir daño.

Y logró acariciarle el pelo un instante.

—Tendré que enseñarte a usar el cuarto de baño —dijo—. ¿Crees que podrás aprender?

Habló en voz baja, apaciblemente, sabiendo que él no entendería las palabras pero confiando en que respondiera al sosiego de su tono.

El niño inició de nuevo una frase con chasquidos de su lengua.

— ¿Me dejas tomarte la mano? —dijo la enfermera.

Tendió la suya y el niño la miró. La señorita Fellowes dejó su mano extendida y aguardó. La mano del pequeño se deslizó hacia la suya.

—Eso está bien —dijo ella.

La mano se acercó a dos centímetros y entonces el valor del niño decayó. Apartó la mano bruscamente.

—Bien —dijo tranquilamente la señorita Fellowes—, lo intentaremos más tarde. ¿Te gustaría sentarte aquí?

Dio unas palmadas al colchón de la cama.

Las horas transcurrieron con lentitud, y el progreso fue escaso. La enfermera no obtuvo satisfacción ni con el cuarto de baño ni con la cama. De hecho, a pesar de dar inconfundibles muestras de somnolencia, el pequeño se echó al suelo y a continuación, con un rápido movimiento, se metió debajo de la cama.

La señorita Fellowes se agachó para mirar al niño, y los ojos de éste la observaron relucientes mientras la lengua chasqueaba.

—Muy bien —dijo ella—, si te sientes más seguro ahí, duerme ahí.

Cerró la puerta del dormitorio y se retiró a la cama que le habían preparado en la habitación más espaciosa. Tras insistir, habían puesto un improvisado dosel sobre la cama. La señorita Fellowes pensó: «Esos estúpidos tendrán que poner un espejo y una cómoda más grande en esta habitación, y otro cuarto de baño, si esperan que yo pase las noches aquí.»

Le resultó difícil dormir. La señorita Fellowes se esforzó en oír posibles ruidos en la habitación contigua. El niño no podía escapar, ¿no? Las paredes eran rectas e increíblemente altas, pero…, ¿y si el pequeño trepaba como un mono? Bien, Hoskins había hablado de la existencia de dispositivos de observación que vigilaban el techo.

De repente, la enfermera pensó: «¿Es posible que el niño sea peligroso? ¿Físicamente peligroso?»

No, Hoskins no podía haberse referido a eso. No la habría dejado sola si…

Trató de reírse de sí misma. Sólo era un niño de tres o cuatro años. Sin embargo, ella no había conseguido cortarle las uñas. Si la atacaba con uñas y dientes mientras dormía…

Respiró agudamente. Aquello era ridículo, pero de todas maneras…

Prestó penosa atención, y esta vez oyó el sonido.

El niño estaba llorando.

No eran chillidos de miedo o de enfado; no eran gritos, no eran alaridos. El niño estaba llorando en silencio. Era el angustiado sollozo de un niño que se sentía solo, muy solo.

Por primera vez, la señorita Fellowes pensó con zozobra: «¡Pobre criatura!»

Naturalmente, era un niño. ¿Qué importaba la forma de su cabeza? Era un niño que se había quedado huérfano como ningún otro niño antes que él. No sólo habían desaparecido su madre y su padre, sino también toda su especie. Arrancado insensiblemente de su tiempo, era la única criatura de su especie en el mundo. La última. La única.

La señorita Fellowes sintió que su pena crecía, y al mismo tiempo se avergonzó de su propia insensibilidad. Tras ceñirse la bata a las pantorrillas (incongruentemente, pensó: «Mañana tendré que traer un albornoz»), salió de la cama y entró en la habitación del niño.

—Pequeño —llamó en un susurro—. Pequeño.

Estuvo a punto de meter la mano por debajo de la cama, pero pensó en un posible mordisco y no lo hizo. Encendió la lamparilla y movió la cama.

La pobre criatura estaba acurrucada en un rincón, con las rodillas bajo la barbilla, y miraba a la enfermera con borrosos y desconfiados ojos.

Con la escasa iluminación, la enfermera no percibió el aspecto repulsivo del niño.

—Pobre niño —dijo—, pobre niño. —Notó que el pequeño se ponía rígido mientras le acariciaba el pelo, y que luego se relajaba—. Pobre niño. ¿Me dejas tomarte?

Se sentó en el suelo cerca del niño y, poco a poco, rítmicamente, le acarició el cabello, la mejilla, el brazo. En voz baja, la señorita Fellowes comenzó a entonar una canción lenta y suave.

El niño levantó la cabeza al oírla y contempló su boca en la penumbra, como si el sonido le maravillara.

La enfermera fue aproximándose mientras el niño la escuchaba. Poco a poco acercó hacia sí la cabeza del pequeño, hasta que ésta quedó apoyada en su hombro. Le pasó un brazo por debajo de los muslos y lo alzó hasta su regazo con un movimiento pausado y suave.

La señorita Fellowes siguió cantando, el mismo verso sencillo una y otra vez, mientras mecía al pequeño.

El niño dejó de llorar y al cabo de un rato el rítmico zumbido de su respiración indicó que se había dormido.

Con infinito cuidado, la enfermera empujó la cama hacia la pared y puso encima al niño. Lo tapó y lo miró. Su cara era tan pacífica y tan de niño pequeño mientras dormía… Ciertamente, no tenía tanta importancia que fuera muy feo.

La señorita Fellowes empezó a alejarse de puntillas, pero después pensó: «¿Y si se despierta?»

Retrocedió, luchó indecisa consigo misma, suspiró y, lentamente, se metió en la cama con el pequeño.

La cama era demasiado pequeña para ella. Se sentía entorpecida e incómoda sin el dosel, pero la mano del niño se deslizó hacia la suya y, sin saber cómo, la enfermera se durmió en esa postura.

Despertó sobresaltada y con el alocado impulso de chillar, que logró ahogar en un gorjeo. El niño estaba mirándola, con los ojos muy abiertos. La enfermera tardó un largo momento en recordar que se había acostado con él; después, poco a poco, sin apartar la mirada de aquellos ojos, sacó una pierna, tocó el suelo, y luego sacó la otra.

Lanzó una rápida y recelosa mirada hacia el abierto techo, y tensó los músculos dispuesta a ponerse en pie.

Pero en ese momento los rechonchos dedos del niño se movieron y tocaron los labios de la enfermera. El pequeño dijo algo.

La señorita Fellowes retrocedió con el contacto. El niño era terriblemente feo a la luz del día.

El niño habló otra vez. Abrió la boca e hizo un gesto con la mano, como si algo brotara de sus labios.

La señorita Fellowes supuso el significado del gesto y dijo trémulamente:

— ¿Quieres que cante?

El niño no dijo nada, sólo miró fijamente la boca de la mujer.

Con voz ligeramente desafinada a causa de la tensión, la señorita Fellowes inició la misma cancioncilla de la noche anterior y el niño feo sonrió. Su cuerpo se bamboleó torpe, burdamente, siguiendo el ritmo de la música, y de su boca brotó un gorgoteo que quizá fuera un asomo de risa.

La señorita Fellowes suspiró mentalmente. La música posee encantos que calman al corazón salvaje. Quizá fuera una ayuda…

—Aguarda —dijo la enfermera—. Déjame que me arregle. Sólo será un momento. Luego te prepararé el desayuno.

Actuó con rapidez, siempre consciente de la falta de techo. El niño siguió en la cama, contemplando a la mujer cuando estaba a la vista. Ella le sonreía en esas ocasiones, y agitaba su mano. Finalmente, el niño agitó también su mano, y a la señorita Fellowes le encantó el detalle.

— ¿Te apetecerían gachas de avena con leche? —dijo ella por fin.

Tardó sólo unos instantes en preparar el desayuno, y luego llamó por señas al niño. Bien porque entendió el gesto, o bien porque siguió el aroma (la señorita Fellowes no podía saberlo), el pequeño salió de la cama.

Trató de enseñarle a usar la cuchara, pero el niño se apartó del utensilio, asustado. («Hay tiempo de sobra», pensó ella.) Insistió en que él levantara el tazón con las manos. El niño lo hizo con bastante torpeza e increíble chapucería, pero buena parte del desayuno llegó a su estómago.

La señorita Fellowes intentó darle la leche en un vaso en esta ocasión, y el pequeño gimió al descubrir que la pequeñez del agujero le impedía meter la cara de modo conveniente. La enfermera le tomó la mano y se la puso en torno al vaso, le obligó a inclinarlo un poco y le empujó los labios hacia el borde.

De nuevo un desastre, pero el niño aprovechó casi todo el líquido, y la señorita Fellowes ya estaba acostumbrada a los desastres.

Para sorpresa y alivio de la enfermera, el cuarto de baño fue un problema menos frustrante. El niño entendió lo que se esperaba de él.

—Buen chico. Chico listo —dijo ella, y reparó en que estaba dándole palmaditas en la cabeza.

Y con sumo placer por parte de la señorita Fellowes, el niño sonrió.

Ella pensó: «Cuando sonríe, es un niño bastante soportable.»

Ese mismo día, más tarde, llegaron los caballeros de la prensa.

La enfermera tomó en brazos al niño y éste se aferró a ella alocadamente mientras al otro lado de la abierta puerta las cámaras comenzaban a funcionar. La conmoción asustó al niño, que se puso a llorar, pero pasaron diez minutos antes que la señorita Fellowes tuviera autorización para retirarse y llevar al pequeño a la habitación contigua.

Después salió otra vez, ruborizada de indignación, cruzó la entrada de la casa de muñecas y cerró la puerta.

—Creo que ya han tenido suficiente. Me costará un rato calmar al niño. Váyanse.

—Claro, claro —dijo el caballero del Times—Herald—. Pero, ¿realmente hemos visto a un Neandertal, o se trata de una tomadura de pelo?

—Les aseguro que no se trata de una tomadura de pelo —sonó de pronto la voz de Hoskins desde atrás—. El niño es auténtico. Homo neanderthalensis.

— ¿Es chico o chica?

—Chico —dijo lacónicamente la señorita Fellowes.

—El niño—mono —dijo el periodista del News—. Eso tenemos aquí. Un niño—mono. ¿Cómo actúa, enfermera?

—Actúa exactamente igual que un niño de corta edad —espetó la señorita Fellowes, irritada por tener que estar a la defensiva—. Y no es un niño—mono. Se llama… Timothy, Timmie…, y su conducta es perfectamente normal.

Había escogido el nombre, Timothy, a la buena ventura. Era el primero que se le había ocurrido.

—Timmie, el niño—mono —dijo el periodista del News.

Y con ese nombre, Timmie, el niño—mono, conoció el mundo al niño feo.

El periodista del Globe se volvió hacia Hoskins.

—Doctor, ¿qué piensa hacer con el niño—mono?

El aludido se alzó de hombros.

—Mi plan original se completó cuando demostré que era posible traerlo aquí. Sin embargo, los antropólogos estarán muy interesados, supongo, y los fisiólogos. No en balde tenemos aquí una criatura que está al borde del ser humano. Con él, podemos aprender mucho de nosotros mismos y de nuestros antepasados.

— ¿Cuánto tiempo piensa quedárselo?

—Hasta que llegue el momento en que necesitemos el espacio más que a él. Bastante tiempo, tal vez.

El periodista del News intervino de nuevo.

— ¿Podrá sacarlo al aire libre, para que podamos preparar equipo sub—etérico y montar todo un programa?

—Lo siento, pero el niño no puede salir de Estasis.

— ¿Qué es exactamente Estasis?

—Ah. —Hoskins cedió a una de sus breves sonrisas—. Eso precisaría una larga explicación, caballeros. En Estasis el tiempo tal como lo conocemos no existe. Estas habitaciones son en su interior una burbuja invisible que no forma exactamente parte de nuestro universo. Por eso pudimos arrancar del tiempo al niño.

—Alto, un momento —dijo el periodista del News, descontento—. ¿Pretende engañarnos? La enfermera puede entrar y salir de la habitación.

—Y lo mismo puede hacer cualquiera de ustedes —dijo Hoskins como si tal cosa—. Se desplazarían paralelamente a las líneas de la fuerza temporal y no habría grandes ganancias o pérdidas de energía. El niño, sin embargo, fue tomado en el remoto pasado. Cruzó las líneas y adquirió potencial temporal. Desplazarlo al universo y a nuestro tiempo absorbería la energía suficiente para quemar todas las líneas del lugar y, seguramente, para eliminar toda la energía de la ciudad de Washington. Hemos tenido que guardar en el local los residuos que el niño trajo consigo, y tendremos que eliminarlos poco a poco.

Los periodistas estaban atareados anotando frases mientras Hoskins les hablaba. Ellos no entendían, y seguramente sus lectores tampoco, pero aquello parecía científico y eso era lo importante.

En ese momento intervino el periodista del Times—Herald.

— ¿Estaría disponible esta noche para una entrevista en todos los circuitos?

—Creo que sí —dijo al instante Hoskins, y todos los periodistas se marcharon.

La señorita Fellowes los observó mientras salían. En cuanto a Estasis y fuerzas temporales, entendía tan poco como ellos, pero ella sabía algo. El encarcelamiento de Timmie (de pronto se dio cuenta que usaba ese nombre para pensar en el niño feo) era real, y no venía impuesto por el arbitrario mandato de Hoskins. Al parecer, sería imposible sacarlo de Estasis, nunca.

Pobre criatura. Pobre criatura.

Súbitamente, oyó que el niño lloraba y se apresuró a entrar para consolarlo.

La señorita Fellowes no tuvo oportunidad de ver a Hoskins en la red de circuitos, y aunque la entrevista fue transmitida a todas las partes del mundo e incluso a la estación lunar, las ondas no penetraron en el lugar donde vivían la enfermera y el niño feo.

Pero el doctor volvió a la mañana siguiente, radiante y alegre.

— ¿Fue bien la entrevista? —preguntó la señorita Fellowes.

—Sumamente bien. ¿Cómo está… Timmie?

La enfermera sintió que le complacía el uso de ese nombre.

—Se defiende bastante bien. Ven aquí, Timmie, este agradable caballero no te hará daño.

Pero Timmie permaneció en la otra habitación. Un mechón de su enmarañado cabello asomó detrás de la barrera de la puerta, y sólo en un par de ocasiones se vio el rabillo de uno de sus ojos.

—En realidad —dijo la señorita Fellowes—, el chico está adaptándose asombrosamente. Es muy inteligente.

— ¿Le sorprende?

Ella dudó un instante antes de responder.

—Sí, me sorprende. Supongo que pensé que era un niño—mono.

—Bueno, niño—mono o no, ha hecho mucho por nosotros. Ha hecho famoso a Estasis. Nos conocen, señorita Fellowes, nos conocen.

Parecía que Hoskins tenía que expresar su triunfo a alguien, aunque sólo fuera a la señorita Fellowes.

— ¿Ah, sí?

La enfermera le dejó hablar.

El doctor se metió las manos en los bolsillos.

—Llevamos diez años trabajando casi sin un céntimo, arañando fondos cuando podíamos, penique a penique. Temíamos que jugamos el todo por el todo en una gran demostración. Era todo, o nada. Y cuando digo el todo por el todo, hablo en serio. La tentativa de obtener un Neandertal se llevó hasta el último centavo que pedimos prestado o robamos, y parte del dinero fue de hecho robado: fondos para otros proyectos, usados para éste sin autorización. Si este experimento hubiera fracasado, yo estaría acabado.

— ¿Por eso no hay techos? —dijo bruscamente la señorita Fellowes.

— ¿Eh?

Hoskins alzó los ojos.

— ¿No había dinero para techos? —insistió ella.

—Ah. Bien, ésa no era la única razón. En realidad no sabíamos de antemano la edad exacta del Neandertal. Sólo podemos detectar vagamente en el tiempo, y él podía haber sido enorme y salvaje. Nos exponíamos a tener que tratarle a cierta distancia, como a un animal enjaulado.

—Pero puesto que no ha sido así, supongo que ahora construirán el techo.

—Ahora sí. Ahora tenemos abundante dinero. Nos han prometido subvenciones de todas las fuentes posibles. Es sencillamente maravilloso, señorita Fellowes.

Su ancha cara se iluminó con una sonrisa duradera, y cuando el doctor se fue, hasta su espalda parecía sonreír.

La señorita Fellowes pensó: «Un hombre muy agradable cuando baja la guardia y olvida que es un científico.»

Durante un momento de ocio, se preguntó si estaría casado, pero luego desechó la idea, avergonzada de sí misma.

— ¡Timmie! —gritó—. ¡Ven aquí, Timmie!

En los meses siguientes, la señorita Fellowes sintió que iba convirtiéndose en parte integral de Estasis, Inc. Le dieron un pequeño despacho con su nombre en la puerta, una oficina bastante cercana a la casa de muñecas (ella jamás dejaba de llamar así a la burbuja de Estasis donde estaba Timmie). Le concedieron un substancioso aumento de sueldo. La casa de muñecas quedó cubierta por un techo, hubo muebles nuevos y mejores, y añadieron un segundo cuarto de baño. Pese a todo eso, la enfermera obtuvo un piso para ella sola en terrenos del instituto y, de vez en cuando, no pasaba la noche con Timmie. Instalaron un sistema de comunicación entre la casa de muñecas y el piso, y Timmie aprendió a usarlo.

La señorita Fellowes fue acostumbrándose al niño. Incluso se percataba menos de la fealdad de Timmie. Un día vio a un niño ordinario en la calle y percibió un rasgo abultado y poco atractivo en su frente, alta y curvada, y en su prominente barbilla. Tuvo que sacudir la cabeza para romper el hechizo.

Más agradable fue acostumbrarse a las esporádicas visitas de Hoskins. Obviamente, el doctor se alegraba de huir de su cada vez más molesto papel de director de Estasis, Inc., y manifestaba un interés sentimental por el niño causante de su fortuna. Pero a la señorita Fellowes le parecía que Hoskins también disfrutaba hablando con ella.

(Además, la enfermera conocía ya algunos datos relacionados con Hoskins. Él era el inventor del método para analizar el reflejo del rayo mesónico que penetraba en el pasado; él había inventado el método para crear Estasis; su frialdad era un simple esfuerzo para ocultar un carácter apacible; y, ¡oh, sí!, estaba casado.)

Hubo una cosa a la que la señorita Fellowes no consiguió acostumbrarse: al hecho que formaba parte de un experimento científico. En contra de sus deseos, acabó viéndose comprometida personalmente hasta el punto de pelearse con los fisiólogos.

En cierta ocasión, Hoskins bajó y la encontró en pleno ataque de furia. Ellos no tenían derecho, no tenían derecho… Aunque el niño fuera un Neandertal, no era un animal.

La señorita Fellowes observaba la marcha de los fisiólogos con ciega rabia, mirando a la abierta puerta y atenta a los sollozos de Timmie, cuando se dio cuenta que Hoskins se hallaba de pie junto a ella. Quizá llevaba allí varios minutos.

— ¿Puedo pasar? —dijo él.

La enfermera asintió cortésmente y corrió hacia Timmie, que se abrazó a ella, aterrándola con sus torcidas piernecitas…, todavía delgadas, muy delgadas.

Hoskins los observó antes de hablar.

—No parece muy feliz —dijo gravemente.

—No le culpo. Están encima de él todos los días con sus muestras de sangre y sus pruebas. Lo alimentan con dietas sintéticas que yo no le daría ni a un cerdo.

—Es algo que no pueden ensayar con un hombre, ya sabe.

—Y tampoco pueden ensayarlo con Timmie. Doctor Hoskins, insisto. Usted me dijo que la llegada de Timmie hizo famosa a Estasis, Inc. Si siente alguna gratitud por eso, mantenga a esa gente lejos de la pobre criatura, al menos hasta que tenga la edad suficiente para comprender un poco más las cosas. Después de una espantosa sesión con los científicos, el niño tiene pesadillas, no puede dormir. Se lo advierto. —La señorita Fellowes había llegado al punto culminante de su furia—. ¡No permitiré que vuelvan a entrar!

La enfermera se dio cuenta que estaba chillando, pero no había podido evitarlo.

—Sé que el niño es un Neandertal —prosiguió en voz más baja—, pero hay muchos detalles de esa raza que no apreciamos. He leído sobre el tema. El hombre de Neandertal tenía una cultura propia. Parte de los más importantes inventos de la Humanidad se produjeron en su época. La domesticación de animales, por ejemplo. La rueda. Técnicas para pulir la piedra. Hasta tenían anhelos espirituales. Sepultaban a los muertos y enterraban pertenencias con el cadáver, lo cual demuestra que creían en una vida después de la muerte. Equivale al hecho que inventaron la religión. ¿No significa eso que Timmie tiene derecho a un tratamiento humano?

Dio unas suaves palmaditas en las nalgas al niño y lo hizo ir al cuarto de jugar. Al abrirse la puerta, Hoskins sonrió un instante al observar la variedad de juguetes visibles.

—Esa pobre criatura merece tener juguetes —dijo a la defensiva la enfermera—. Es lo único que tiene, y se lo ha ganado, con todo lo que tiene que sufrir.

—No, no. No hay objeciones, se lo aseguro. Estaba pensando en lo mucho que ha cambiado usted desde aquel primer día, cuando se enfadó bastante porque le impuse el cuidado de un Neandertal.

—Supongo —dijo en voz baja la señorita Fellowes—, supongo que yo no…

Y su voz se apagó.

Hoskins cambió de tema.

— ¿Cuál diría que es la edad del niño, señorita Fellowes?

—No puedo asegurarlo, ya que desconocemos el desarrollo de esta raza. Por la altura, debería tener unos tres años, pero los individuos de su especie eran más bajos en general, y con todas las manipulaciones que están haciéndole, lo más probable es que no esté creciendo. De todas formas, por la rapidez con que aprende nuestro idioma, yo diría que tiene más de cuatro años.

— ¿De verdad? En los informes no he leído nada al respecto.

—El chico no habla con nadie excepto conmigo. De momento, por lo menos. Tiene un miedo terrible a cualquier otra persona, y no es de extrañar. Pero sabe pedir comida, indica prácticamente cualquier necesidad, y entiende casi todo lo que le digo. Naturalmente —añadió la enfermera, mirando astutamente a Hoskins, tratando de valorar si era la ocasión oportuna—, su desarrollo podría interrumpirse.

— ¿Por qué?

—Todos los niños necesitan estímulos, y éste lleva una vida de confinamiento en soledad. Yo hago lo que puedo, pero no estoy siempre con él, y no soy todo lo que él necesita. Lo que pretendo decir, doctor Hoskins, es que Timmie necesita jugar con otro niño.

Hoskins asintió lentamente.

—Por desgracia, sólo hay un niño como él, ¿no? —comentó—. Pobre criatura.

La señorita Fellowes sintió instantánea simpatía por el doctor.

—A usted le gusta Timmie, ¿no es cierto? —le dijo. Era maravilloso que otra persona sintiera lo mismo.

—Oh, sí —repuso Hoskins, y puesto que había bajado la guardia, la enfermera vio el cansancio en sus ojos.

La señorita Fellowes postergó al instante sus planes de insistir en el problema.

—Parece muy agotado, doctor Hoskins —dijo con verdadera preocupación.

— ¿En serio, señorita Fellowes? En ese caso, tendré que practicar para tener un aspecto más vital.

—Supongo que Estasis tiene mucho trabajo, y que eso le mantiene muy atareado.

Hoskins se alzó de hombros.

—Supone bien. Es un problema animal, vegetal y mineral por partes iguales, señorita Fellowes. Pero…, creo que no ha visto nuestras muestras.

—Es cierto, no las he visto… Pero no porque no me interesen. He estado tan atareada…

—Bien, ahora mismo no está tan atareada —dijo Hoskins, con impulsiva decisión—. Vendré a buscarla mañana a las once y haremos juntos el recorrido. ¿Qué me dice?

La enfermera sonrió, muy contenta.

—Me encantaría.

Hoskins asintió, sonrió también y se fue.

La señorita Fellowes estuvo canturreando a intervalos durante el resto de la jornada. Sí, pensar eso era ridículo, claro, pero… aquello era lo más parecido a… una cita.

Hoskins llegó muy puntual al día siguiente, risueño y simpático. La señorita Fellowes había sustituido su uniforme de enfermera por un vestido. Un vestido de corte conservador, a decir verdad, pero ella no se había sentido tan femenina desde hacía años.

El doctor la lisonjeó con sobria formalidad al verla, y ella lo aceptó con gracia igual de formal. Un preludio realmente perfecto, pensó la enfermera. Y acto seguido tuvo otro pensamiento: preludio…, ¿de qué?

Reprimió el pensamiento apresurándose a decir adiós a Timmie y asegurándole que volvería pronto. Se aseguró que el niño sabía en qué consistía la comida y dónde estaba.

Hoskins la llevó a la nueva ala del edificio, que la enfermera no conocía. Aún había olor a nuevo, y los ruidos que se oían tenuemente eran indicación suficiente que el ala seguía en proceso de ampliación.

—Animal, vegetal y mineral —dijo Hoskins, igual que el día anterior—. Animal, aquí mismo. Nuestras muestras más espectaculares.

El espacio disponible estaba dividido en numerosas salas, distintas burbujas de Estasis. Hoskins condujo a la enfermera a la cristalera de una burbuja. La mujer vio algo que en principio le pareció un pollo con escamas y cola. Deslizándose con sus dos finas patas, el animal iba de pared a pared; tenía una delicada cabeza de pájaro, coronada por una quilla ósea igual que una cresta de gallo, que se movía sin cesar. Las garras de sus miembros delanteros se encogían y extendían constantemente.

—Es nuestro dinosaurio —dijo Hoskins—. Hace meses que lo tenemos. No sé cuándo podremos dejarlo marchar.

— ¿Dinosaurio? —se asombró ella.

— ¿Esperaba ver un gigante?

Se formaron hoyuelos en las mejillas de la señorita Fellowes.

—Es lo que se espera, supongo —dijo—. Sé que algunos dinosaurios eran pequeños.

—Uno pequeño es lo único que pretendíamos, se lo aseguro. Normalmente está sometido a examen, pero al parecer estamos en hora de descanso. Hemos descubierto cosas interesantes. Por ejemplo, este animal no es enteramente de sangre fría. Tiene un método imperfecto para mantener su temperatura interna más elevada que la del medio ambiente. Por desgracia, es macho. Desde que lo trajimos aquí hemos estado intentando encontrar otro que fuera hembra, pero aún no hemos tenido suerte.

— ¿Por qué una hembra?

Hoskins la miró burlonamente.

—Para tener una buena probabilidad de disponer de huevos fértiles y crías de dinosaurio.

—Ah, claro.

El doctor la llevó a la sección de trilobites.

—Ése es el profesor Dwayne, de la Universidad de Washington —dijo Hoskins—. Es químico nuclear. Si no recuerdo mal, está midiendo el porcentaje de isótopos en el oxígeno del agua.

— ¿Por qué?

—Se trata de agua primitiva, de al menos quinientos millones de años de antigüedad. La proporción de isótopos indica la temperatura del océano en aquella época. Resulta que Dwayne ignora los trilobites, pero otros científicos están fundamentalmente interesados en disecarlos. Son los más afortunados, porque sólo precisan escalpelos y microscopios. Dwayne debe instalar un espectrógrafo de masas distinto para cada experimento que realiza.

— ¿Por qué? ¿No podría…?

—No, no puede. No puede sacar nada de la sala si no es absolutamente imprescindible.

También había muestras de vida vegetal primitiva y trozos de formaciones rocosas. Los mundos vegetal y mineral. Y las muestras tenían distintos investigadores. Era igual que un museo, un museo resucitado, útil como superactivo centro de investigación.

— ¿Y tiene usted que supervisar todo esto, doctor Hoskins?

—Sólo indirectamente, señorita Fellowes. Tengo subordinados, gracias al cielo. Mi interés personal se centra por entero en los aspectos teóricos del asunto: la naturaleza del tiempo, la técnica de detección mesónica intertemporal, etc. Cambiaría todo esto por un método para detectar objetos situados a menos de diez mil años en el tiempo. Si pudiéramos llegar a épocas históricas…

Le interrumpió un alboroto en una de las cabinas más alejadas, una chillona voz quejumbrosamente alzada. Hoskins frunció el ceño.

—Discúlpeme —murmuró apresuradamente.

Y se alejó.

La señorita Fellowes le siguió tan de prisa como pudo sin echar a correr.

Un hombre entrado en años, rubicundo y de rala barba, estaba diciendo:

—Tengo que completar aspectos vitales de mis investigaciones. ¿No lo comprende?

—Doctor Hoskins —dijo un uniformado técnico que lucía en su bata de laboratorio el monograma EI (Estasis, Inc.)—, se acordó al principio con el profesor Ademewski que el espécimen sólo podría permanecer aquí dos semanas.

—Yo no sabía entonces cuánto tiempo iban a durar mis investigaciones. No soy un profeta —repuso acalorado Ademewski.

—Sabe, profesor, que disponemos de espacio limitado —dijo el doctor Hoskins—. Hay que mantener la rotación de los especímenes. Ese fragmento de calcopirita debe regresar. Hay personas que aguardan el siguiente espécimen.

—En ese caso, ¿por qué no puedo quedarme con él? Déjeme sacarlo de aquí.

—Usted sabe que no puede quedárselo.

— ¿Un trozo de calcopirita, un miserable trozo de cinco kilos? ¿Por qué no?

— ¡No podemos afrontar el gasto energético! —dijo bruscamente Hoskins—. Y usted lo sabe.

—La cuestión es, doctor Hoskins —interrumpió el técnico—, que él ha intentado sacar la roca en contra de las normas, y que yo he estado a punto de perforar Estasis mientras el profesor estaba ahí dentro, sin que yo lo supiera.

Se produjo un breve silencio, y el doctor Hoskins miró al investigador con fría formalidad.

— ¿Es cierto eso, profesor?

El aludido carraspeó.

—No creí que pasara nada si…

Hoskins alargó la mano hacia un tirador que colgaba junto a la cabina del espécimen en cuestión. Lo movió hacia abajo.

La señorita Fellowes, que estaba mirando el interior de la cabina, observando la indistinguible muestra de roca causante de la disputa, contuvo el aliento de repente al ver desaparecer el espécimen. El interior quedó vacío.

—Profesor —dijo Hoskins—, su autorización para investigar en Estasis queda anulada de forma permanente. Lo lamento.

—Pero…, aguarde…

—Lo lamento. Ha violado una norma estricta.

—Apelaré a la Asociación Internacional…

—Apele cuanto guste. En un caso como éste, descubrirá que nadie puede fallar en mi contra.

Dio media vuelta sin más y dejó que el profesor siguiera protestando.

— ¿Le gustaría comer conmigo, señorita Fellowes? —dijo a la enfermera, todavía pálido a causa del enojo.

Hoskins la llevó a la pequeña sala administrativa de la cafetería. Saludó a otras personas y presentó a la señorita Fellowes con suma naturalidad, aunque la enfermera se sentía lamentablemente cohibida.

«¿Qué opinarán los demás?», pensó ella, e hizo desesperados esfuerzos para adoptar un aire profesional.

— ¿Tiene a menudo esa clase de problemas, doctor Hoskins? —le preguntó—. Me refiero al que acaba de tener con el profesor…

Tomó el tenedor y empezó a comer.

—No —dijo enérgicamente Hoskins—. Ha sido la primera vez. Como es lógico, siempre tengo que estar disuadiendo a la gente para que no se lleve muestras, pero ésta es la primera vez que alguien intenta hacerlo.

—Recuerdo que una vez habló usted sobre la energía que eso consumiría.

—Cierto. Naturalmente, tenemos prevista esa posibilidad. Ocurrirán accidentes, y por eso disponemos de fuentes energéticas especiales para soportar la pérdida que ocasionaría sacar algo de Estasis por accidente, pero eso no significa que deseemos ver cómo desaparece un año de energía en medio segundo… Y no podríamos tolerarlo sin retrasar varios años los planes de expansión… Además, imagine que el profesor estuviera en la cabina un momento antes de la perforación de Estasis.

— ¿Qué le habría ocurrido?

—Bien, hemos experimentado con objetos inanimados y ratones, y desaparecieron… Es de suponer que viajaron hacia atrás en el tiempo, arrastrados, por así decirlo, por el tirón del objeto que simultáneamente regresaba a su época natural. Por tal motivo, tenemos que asegurar los objetos de Estasis que no deseamos trasladar, y el procedimiento es complicado. El profesor no estaba sujeto, y habría ido al momento del Plioceno en que sustrajimos la roca…, más las dos semanas que la roca estuvo aquí, en el presente, como es lógico.

—Qué espantoso habría sido.

—No por el profesor, se lo aseguro. Puesto que es lo bastante necio para hacer lo que ha hecho, se lo habría merecido. Pero suponga el efecto que ello habría causado en la gente si se hubiera divulgado el hecho. Bastaría con que la gente conociera los posibles riesgos para que las subvenciones quedaran anuladas en un momento. ¡Así!

Chasqueó los dedos y jugueteó malhumoradamente con su comida.

— ¿No habrían podido recuperar al profesor? ¿Igual que recogieron la roca?

—No, porque en cuanto se devuelve un objeto, se pierde la posición fijada en un principio, a menos que planeemos deliberadamente conservarla, y no había razón para hacerlo en este caso. Nunca lo hacemos. Localizar al profesor habría significado buscar de nuevo una posición concreta, y eso sería igual que echar el anzuelo en el abismo oceánico con el fin de encontrar un pez determinado… ¡Dios mío, cuando pienso en las precauciones que tomamos para evitar accidentes, ese incidente me pone furioso! Todas las unidades de Estasis disponen de dispositivo de perforación. Es imprescindible, porque todas se centran en una posición distinta y deben poder anularse independientemente. Pero la cuestión es que ningún dispositivo de perforación se acciona nunca hasta el último momento. Y entonces imposibilitamos deliberadamente la activación, sólo posible tirando de una cuerda cuidadosamente situada fuera de Estasis. El tirón es un vulgar movimiento mecánico que requiere un fuerte esfuerzo, no puede hacerse accidentalmente.

—Pero si se desplaza algo en el tiempo —dijo la señorita Fellowes—, ¿no se altera la historia?

Hoskins se encogió de hombros.

—En teoría sí. En realidad, excepto en casos anormales, no. Constantemente estamos sacando objetos de Estasis. Moléculas de aire. Bacterias. Polvo. Cerca del diez por ciento del consumo de energía se emplea en compensar micro—pérdidas de esa naturaleza. Pero trasladar en el tiempo objetos de mayor tamaño ocasiona cambios que van disminuyendo de importancia. Considere esa calcopirita del Plioceno. Dada su ausencia durante dos semanas, un insecto no encontró el cobijo que de otro modo habría encontrado y murió. Eso pudo iniciar una serie de cambios, pero los matemáticos de Estasis aseguran que se trata de una serie convergente. La importancia del cambio disminuye con el tiempo, y las cosas quedan como al principio.

— ¿Pretende decir que la realidad se cura a sí misma?

—Por así decirlo. Sustraiga a un hombre de su época, o envíelo hacia atrás en el tiempo, y la herida será mayor. Si el individuo es ordinario, la herida sanaría pese a todo. Naturalmente, hay muchas personas que nos escriben a diario pidiendo que traigamos al presente a Abraham Lincoln, Mahoma o Lenin. Eso es imposible, por supuesto. Aunque lográramos localizarlos, el cambio de la realidad al desplazar a un moldeador de la historia sería enorme, imposible de curar. Hay métodos para calcular cuándo un cambio puede resultar excesivo, y nosotros evitamos incluso la aproximación a dicho límite.

—En ese caso, Timmie… —dijo la señorita Fellowes.

—No, él no representa problema en ese sentido. La realidad está a salvo. Aunque… —Miró rápida, bruscamente a la enfermera y acto seguido añadió—: Pero no importa. Ayer dijo usted que Timmie necesitaba compañía.

—Sí. —La señorita Fellowes expresó su placer con una sonrisa—. No creí que usted prestaría atención a ese problema.

—Claro que sí. Estoy encariñado con el niño. Aprecio sus sentimientos hacia él, y estaba lo suficientemente preocupado para ofrecerle explicaciones. Ya lo he hecho. Ha visto lo que hacemos. Tiene cierta comprensión de las dificultades, y en consecuencia sabe por qué no podemos, ni con la mejor voluntad del mundo, ofrecer compañía a Timmie.

— ¿No pueden? —dijo la señorita Fellowes, con repentina angustia.

—Acabo de explicárselo. Es imposible esperar localizar otro Neandertal de su edad sin increíble suerte, y aunque fuera posible no sería sensato multiplicar los riesgos trayendo otro ser humano a Estasis.

La enfermera dejó la cuchara en el plato.

—Pero, doctor Hoskins —dijo con energía—, no me refería exactamente a eso. No deseo que traiga a otro Neandertal al presente. Sé que eso es imposible. Pero no es imposible traer a otro niño para que juegue con Timmie.

Hoskins la miró fijamente, alarmado.

— ¿Un niño humano?

—«Otro» niño —dijo la señorita Fellowes, totalmente hostil—. Timmie es humano.

—Ni en sueños podría imaginar tal cosa.

— ¿Por qué no? ¿Por qué no podría? ¿Qué tiene de malo la idea? Usted arrancó a ese niño del tiempo y lo convirtió en eterno prisionero. ¿No le debe nada? Doctor Hoskins, si existe en este mundo algún hombre que pueda ser padre del niño en todos los aspectos salvo en el biológico, ese hombre es usted. ¿Por qué no puede hacerle ese pequeño favor?

— ¿Su padre? —dijo Hoskins. Se levantó con cierta vacilación—. Señorita Fellowes, creo que debe regresar ahora, si no le importa.

Volvieron a la casa de muñecas en un completo silencio, que ninguno de los dos rompió.

Pasó mucho tiempo antes que la enfermera viera de nuevo a Hoskins, aparte de fugaces apariciones del doctor. El hecho apenaba a veces a la señorita Fellowes; pero en otras ocasiones, cuando Timmie mostraba más melancolía que la habitual o pasaba las horas silencioso ante la ventana con su perspectiva de poco más que nada, la enfermera pensaba furiosamente: «¡Hombre estúpido!»

Timmie iba hablando cada vez mejor y con más precisión, sin llegar a perder el blando balbuceo que la señorita Fellowes consideraba bastante cautivador. En momentos de excitación, el niño recurría de nuevo a los chasquidos de su lengua, pero tales momentos eran cada vez más escasos. Debía estar olvidando los días anteriores a su llegada al presente…, excepto en sueños.

Con el paso del tiempo, los fisiólogos perdieron interés y los psicólogos se sintieron más interesados. La señorita Fellowes no estaba segura respecto a qué grupo le gustaba menos, el primero o el segundo. Desaparecieron las agujas, acabaron las inyecciones, las extracciones de fluido, las dietas especiales… Pero obligaron a Timmie a superar barreras para llegar a la comida y al agua. Tuvo que levantar paneles, apartar barras, agarrar cuerdas. Y las moderadas descargas eléctricas le hacían llorar y volvían loca a la señorita Fellowes.

Ella no deseaba apelar a Hoskins, no quería recurrir a él, porque siempre que pensaba en el doctor veía su cara en la mesa de la cafetería aquella última vez. Los ojos de la enfermera se humedecían y su mente decía: «¡Estúpido, estúpido!»

Y un día la voz de Hoskins sonó de forma inesperada en la casa de muñecas.

—Señorita Fellowes…

La enfermera salió con aire de frialdad, se alisó el uniforme y se detuvo, confusa al encontrarse en presencia de una mujer pálida, delgada y de mediana estatura. Su cabello rubio y su tez conferían aspecto de fragilidad a la desconocida. De pie, detrás de ella, agarrado a su falda, había un niño de cuatro años, de redondeada cara y llamativos ojos.

—Querida —dijo Hoskins—, ésta es la señorita Fellowes, la enfermera que cuida del niño. Señorita Fellowes, le presento a mi esposa.

(¿Su esposa? No era como la había imaginado la señorita Fellowes. Aunque…, ¿por qué no? Un hombre como Hoskins tenía que elegir a una débil criatura como contraste. Si eso era lo que quería…)

La señorita Fellowes pronunció un forzado y prosaico saludo.

—Buenas tardes, señora Hoskins. ¿Es este su…, su pequeño?

(Aquello era una sorpresa. La enfermera había imaginado a Hoskins como marido, pero no como padre, salvo, por supuesto… De pronto, vio la grave mirada del doctor y se ruborizó.)

—Sí, éste es mi hijo, Jerry —dijo Hoskins—. Di «hola» a la señorita Fellowes, Jerry.

(¿No había acentuado un poco la palabra «éste»? ¿Estaba diciendo que su hijo era «éste» y no…?)

Jerry se acurrucó más en los pliegues de la maternal falda y murmuró un «hola». La mirada de la señora Hoskins pasó sobre los hombros de la enfermera, y recorrió la habitación en busca de algo.

—Bien, entremos —dijo Hoskins—. Vamos, querida. Al entrar hay una ligerísima molestia, pero pasajera.

— ¿Quiere que entre también Jerry? —preguntó la señorita Fellowes.

—Naturalmente. Será el compañero de juegos de Timmie. Usted dijo que Timmie necesitaba un compañero. ¿O lo ha olvidado?

—Pero… —La enfermera le miró con colosal, sorprendida extrañeza—. ¿Su hijo?

—Bien, ¿y el de quién, si no? —repuso quisquillosamente Hoskins—. ¿No era eso lo que deseaba? Entremos, querida. Entremos.

La señora Hoskins tomó a Jerry en brazos con obvio esfuerzo y, vacilante, cruzó el umbral. Jerry se retorció al entrar; no le gustaba la sensación.

— ¿Está aquí la criatura? —preguntó la señora Hoskins, con débil voz—. No la veo.

— ¡Timmie! —gritó la señorita Fellowes—. ¡Sal!

Timmie asomó la cabeza por el borde de la puerta y contempló al pequeño que le visitaba. Los músculos de los brazos de la señora Hoskins se tensaron visiblemente.

—Gerald —dijo a su esposo—, ¿estás seguro que no es peligroso?

—Si se refiere a Timmie —dijo al instante la enfermera—, naturalmente que no. Es un pequeño apacible.

—Pero es un sal… salvaje.

(¡Los artículos sobre el niño—mono de los periódicos!)

—No es un salvaje —respondió categóricamente la señorita Fellowes—. Es tan tranquilo y razonable como cualquier niño de cinco años y medio. Muy generoso por su parte, señora Hoskins, aceptar que su hijo juegue con Timmie, pero no debe tener miedo.

—No estoy segura de aceptar —dijo la señora Hoskins, con moderado ardor.

—Ya lo decidimos afuera, querida —dijo Hoskins—. No planteemos más discusiones. Deja a Jerry en el suelo.

La señora Hoskins obedeció, y el niño se apretó a ella, mirando fijamente el par de ojos que le miraban de igual forma en la otra habitación.

—Ven aquí, Timmie —dijo la señorita Fellowes—. No tengas miedo.

Lentamente, Timmie se acercó. Hoskins se agachó para soltar los dedos de Jerry de la falda de su madre.

—Apártate un poco, querida. Que los niños tengan una oportunidad.

Los jovencitos se contemplaron. Aunque era el más joven, Jerry era empero un par de centímetros más alto, y los rasgos grotescos de Timmie, ante el recto cuerpo y la cabeza erguida y bien proporcionada del otro niño, quedaron de pronto casi tan acentuados como en los primeros días.

Los labios de la señorita Fellowes temblaron.

El pequeño Neandertal fue el primero que habló, con un atiplado tono infantil.

— ¿Cómo te llamas?

Y Timmie echó la cabeza hacia delante, como si quisiera examinar más atentamente las facciones del otro niño.

Sobresaltado, Jerry respondió con un vigoroso empujón que hizo tambalearse a Timmie. Los dos se pusieron a llorar ruidosamente y la señora Hoskins se apresuró a tomar a su hijo, mientras la señorita Fellowes, con la cara encendida a causa de su reprimido enfado, hizo lo mismo con Timmie y lo consoló.

—El instinto de ambos es de aversión —dijo la señora Hoskins.

—No más aversión que la de dos niños que no simpatizan —dijo cansadamente su esposo—. Ahora deja a Jerry en el suelo y que se acostumbre a la situación. En realidad sería mejor que nos fuéramos. La señorita Fellowes llevará a Jerry a mi despacho dentro de un rato y yo lo mandaré a casa con alguien.

Los dos niños pasaron la hora siguiente muy conscientes el uno del otro. Jerry llamó llorando a su madre, pegó a la señorita Fellowes y, por fin, se dejó consolar con un caramelo. Timmie chupó otro y, al cabo de una hora, la enfermera consiguió que los dos niños jugaran con la misma construcción, aunque en lados opuestos de la habitación.

La señorita Fellowes se sentía agradecida, casi al borde de las lágrimas, cuando llevó a Jerry con su padre.

Pensó formas de dar las gracias a Hoskins, pero la misma formalidad del doctor suponía un rechazo. Quizás él no la perdonaba por haberle hecho sentir como un padre cruel. Quizás el hecho de haber traído a su hijo era una simple tentativa de demostrar que era un buen padre con Timmie y, al mismo tiempo, que no era su padre. ¡Las dos cosas al mismo tiempo! Y de este modo, lo único que pudo decir la enfermera fue:

—Gracias. Muchas gracias.

Y lo único que pudo responder él fue:

—No tiene importancia. No hay de qué.

Aquello se convirtió en una rutina establecida. Dos veces por semana, Jerry acudía a jugar una hora, que con el tiempo fueron dos. Los niños aprendieron los nombres y hábitos respectivos, y jugaron juntos.

Y pese a todo, tras la primera oleada de gratitud, la señorita Fellowes acabó comprendiendo que Jerry no le gustaba. Era más alto, más pesado, y dominaba en todo, forzaba a Timmie a desempeñar un papel totalmente secundario. Lo único que hacía resignarse a la enfermera era el hecho que Timmie, pese a sus dificultades, aguardaba ansiosamente, cada vez con más deleite, las periódicas apariciones de su compañero de juegos.

Era lo único que tenía el pequeño, pensaba pesarosa la señorita Fellowes.

Y en cierta ocasión, mientras contemplaba a los niños, la enfermera pensó: «Los dos hijos de Hoskins, uno de su esposa y otro de Estasis.»

Mientras que ella…

«¡Cielos! —pensó mientras se llevaba los puños a las sienes, avergonzada—. ¡Estoy celosa!»

—Señorita Fellowes —dijo Timmie (con sumo tacto, la enfermera no le permitía que la llamara de otra forma)—, ¿cuándo iré a la escuela?

Miró los ansiosos ojos castaños alzados hacia ella y pasó suavemente la mano por los tupidos rizos del niño. Era la parte más desaliñada del aspecto físico del pequeño, porque la misma enfermera tenía que cortarle el pelo mientras Timmie se removía inquieto bajo las tijeras. La señorita Fellowes no deseaba ayuda profesional, puesto que la torpeza del corte servía para ocultar la hundida parte delantera y la sobresaliente parte trasera del cráneo.

— ¿Cuándo has oído hablar de la escuela? —preguntó la enfermera.

—Jerry va a la escuela. Guar—de—ría —lo dijo muy despacio—. Jerry va a muchos sitios. Afuera. ¿Cuándo podré ir afuera, señorita Fellowes?

Un suave dolor se alojó en el corazón de la enfermera. Lógicamente, y ella lo sabía, era imposible evitar que Timmie fuera enterándose de más y más cosas del mundo exterior, que él jamás pisaría.

— ¡Caramba! —dijo ella, intentando reflejar alborozo—. ¿Y qué harías en la guardería, Timmie?

—Jerry dice que juegan, tienen películas. Dice que hay muchísimos niños. Dice…, dice… —Un pensamiento, un triunfante alzamiento de ambas manitas con los dedos separados—. Dice que todos éstos.

— ¿Te gustaría ver películas? —dijo la señorita Fellowes—. Yo puedo conseguirlas. Muy bonitas. Y también música.

De este modo, Timmie se sintió temporalmente consolado.

El niño devoraba películas en ausencia de Jerry, y la señorita Fellowes le leía libros sencillos de vez en cuando.

Había tanto que explicar incluso en el relato más simple, tantos detalles fuera de la perspectiva de las tres habitaciones… Timmie empezó a tener más sueños en cuanto empezó a conocer el mundo exterior.

Los sueños siempre eran iguales, relacionados con el exterior. El vacilante Timmie se esforzaba en describirlos a la señorita Fellowes. En sueños, estaba afuera, en un «afuera» vacío pero muy grande, con niños y raros e indescriptibles objetos mal digeridos por su pensamiento, resultado de novelescas descripciones no muy bien comprendidas, o de distantes recuerdos del Neandertal medio recordados.

Pero los niños y los objetos se desentendían de él, y aunque él estaba en el mundo, jamás formaba parte del mismo; se encontraba solo, igual que si estuviera en su habitación… Y despertaba llorando.

La señorita Fellowes trataba de restar importancia a los sueños, pero algunas noches, en su piso, también ella lloraba.

Un día, mientras la enfermera leía, Timmie puso su mano bajo la barbilla de la mujer y la alzó suavemente, de tal modo que los ojos de la señorita Fellowes abandonaron el libro y se encontraron con los del niño.

— ¿Cómo sabes lo que debes decir, señorita Fellowes?

— ¿Ves estas marcas? Ellas me indican lo que debo decir. Estas marcas forman palabras.

El niño las miró mucho tiempo, con curiosidad, tras tomarle el libro de las manos.

—Algunas son iguales.

La enfermera se echó a reír, complacida con aquella muestra de sagacidad.

—Es cierto. ¿Te gustaría que te enseñara a distinguir las marcas?

—Sí. Sería un juego bonito.

La señorita Fellowes no había imaginado que el niño podía aprender a leer. Hasta el mismo momento en que Timmie le leyó un libro, no imaginó que él podía aprender a leer.

Luego, semanas más tarde, la enormidad de lo que había hecho la dejó atónita. Timmie, sentado en su regazo, siguiendo palabra por palabra el texto de un libro infantil, leyendo para ella… ¡Él le leía a ella!

Se puso trabajosamente en pie, asombrada.

—Bien, Timmie, volveré más tarde. Quiero ver al doctor Hoskins.

Excitada, casi frenética, la enfermera creyó tener una respuesta a la infelicidad de Timmie. Si el niño no podía salir y entrar en el mundo, el mundo vendría a las tres habitaciones del niño. El mundo entero en forma de libros, películas y sonido. Había que educarlo hasta el límite de su capacidad. Era lo mínimo que le debía el mundo.

Encontró a Hoskins con un humor curiosamente análogo al de ella: triunfo y gloria, algo así. Las oficinas estaban anormalmente activas, y por un momento la señorita Fellowes pensó que no podría ver al director, mientras permanecía cohibida en el vestíbulo.

Pero él la vio, y una sonrisa se extendió por su ancho rostro.

—Señorita Fellowes, entre.

Habló con rapidez por el intercomunicador y después lo desconectó.

— ¿Se ha enterado?… No, claro, es imposible. Lo hemos conseguido. Sí, lo hemos conseguido. Podemos efectuar detección intertemporal de corto alcance.

— ¿Pretende decir —repuso la señorita Fellowes, esforzándose en separar su pensamiento de las buenas noticias de las que era portadora—que puede traer al presente a una persona de épocas históricas?

—Eso precisamente. Ahora mismo tenemos determinada la posición de un individuo del siglo catorce. Imagínese. ¡Imagínese! Si supiera cuánto me alegra huir de la eterna concentración en el Mesozoico, sustituir a los paleontólogos por historiadores… Pero usted desea decirme algo, ¿no? Bien, adelante, adelante. Me encuentra de buen humor. Cualquier cosa que quiera la tendrá.

La señorita Fellowes sonrió.

—Me alegro. Porque estoy preguntándome si no podríamos preparar un sistema de enseñanza para Timmie.

— ¿Enseñanza? ¿De qué tipo?

—Bien, general. Una escuela. Para que él aprenda…

—Pero, ¿puede aprender?

—Ciertamente, ya está aprendiendo. Sabe leer. Le he enseñado yo misma.

Hoskins permaneció inmóvil, al parecer repentinamente deprimido.

—No lo sé, señorita Fellowes.

—Acaba de decir que cualquier cosa que yo quisiera…

—Lo sé, y no he debido decirlo. Mire, señorita Fellowes, seguramente comprenderá usted que no podemos mantener para siempre el experimento de Timmie…

Ella le miró con repentino horror, sin comprender realmente lo que el doctor había dicho. ¿Qué significaba «no podemos mantener»? En una dolorosa oleada de recuerdos, la enfermera recordó al profesor Ademewski y el espécimen mineral devuelto al cabo de dos semanas.

—Pero estamos hablando de un niño, no de una roca…

—Ni siquiera un niño merece más importancia de la debida, señorita Fellowes —repuso muy nervioso Hoskins—. Ahora que esperamos individuos de épocas históricas, necesitamos espacio en Estasis, todo el espacio disponible.

La enfermera no lo entendió.

—Pero es imposible. Timmie… Timmie…

—Bien, señorita Fellowes, por favor, no se altere. Timmie no se irá ahora mismo, quizá pasen meses. Mientras tanto, haremos todo cuanto podamos.

Ella aún estaba mirándole fijamente.

—Permítame pedir algo para usted, señorita Fellowes.

—No —musitó ella—. No necesito nada.

Se levantó en medio de una especie de pesadilla y se fue. «Timmie —pensó la señorita Fellowes—, no morirás. ¡No morirás!»

Estaba muy bien aferrarse tensamente a la idea que Timmie no moriría, pero, ¿cómo conseguirlo? Durante las primeras semanas, la señorita Fellowes se aferró a la esperanza que la tentativa de traer a un hombre del siglo catorce fracasara por completo. Las teorías de Hoskins podían ser erróneas, o su práctica podía resultar defectuosa. De ese modo, las cosas seguirían como hasta entonces.

Ciertamente, no era esa la esperanza del resto del mundo, y por dicha razón la señorita Fellowes odiaba al mundo. El «Proyecto Edad Media» alcanzó un clímax de ardiente publicidad. Prensa y público anhelaban algo así. Estasis, Inc., carecía del impacto necesario desde hacía tiempo. Otra roca u otro pez antiguo no excitaban a la gente. Pero aquello sí.

Un ser humano histórico, un adulto que hablara un idioma conocido, alguien que abriera una nueva página de la historia a los eruditos.

La hora cero se acercaba, y en esta ocasión no habría tres espectadores en la galería. Esta vez habría una audiencia mundial. Esta vez los técnicos de Estasis, Inc., desempeñarían su papel ante prácticamente la Humanidad entera.

La señorita Fellowes estaba simplemente enloquecida con la espera. Cuando llegó Jerry Hoskins para el programado período de juego con Timmie, la enfermera apenas le reconoció. Ella no estaba esperándole a él.

(La secretaría que trajo al niño se fue apresuradamente tras un formalísimo saludo a la señorita Fellowes. Corrió a buscar un buen sitio para observar el clímax del Proyecto Edad Media… Y lo mismo habría hecho la señorita Fellowes, pensó ella con amargura, si aquella estúpida chica hubiera llegado.)

Jerry Hoskins se acercó poco a poco a la enfermera, avergonzado.

— ¿Señorita Fellowes?

Jerry sacó del bolsillo la reproducción de una nota periodística.

— ¿Sí? ¿Qué pasa, Jerry?

— ¿Es de Timmie esta foto?

La señorita Fellowes miró fijamente al niño y luego le quitó el papel de la mano. La excitación del Proyecto Edad Media había provocado el pálido resurgimiento del interés hacia Timmie por parte de la prensa.

Jerry miró atentamente a la enfermera antes de hablar.

—Dice que Timmie es un niño—mono. ¿Qué significa eso?

La señorita Fellowes tomó al jovencito por la muñeca y contuvo sus deseos de zarandearlo.

—Entra y juega con Timmie. Él quiere enseñarte un nuevo libro.

Y entonces, por fin, llegó la chica. La señorita Fellowes no la conocía. Ninguna de las sustituías a que había recurrido cuando el trabajo la obligaba a estar en otra parte se halla disponible en ese momento, no con el Proyecto Edad Media en su punto culminante, pero la secretaria de Hoskins había prometido que vendría alguien y aquella debía ser la chica.

La señorita Fellowes se esforzó para que su voz no sonara quejumbrosa.

— ¿Eres la designada para la Sección Uno de Estasis?

—Sí, soy Mandy Terris. Usted es la señorita Fellowes, ¿verdad?

—Exacto.

—Lamento llegar tarde. Hay tanta excitación…

—Lo sé. Ahora quiero que…

—Usted lo verá, supongo.

Su delgada cara, vagamente bonita, se llenó de envidia.

—No te preocupes por eso. Quiero que entres y conozcas a Timmie y a Jerry. Estarán jugando dos horas, así que no te causarán problemas. Tienen leche a mano y muchos juguetes. De hecho, sería preferible que los dejaras solos mientras sea posible. Ahora te enseñaré dónde están las cosas y…

— ¿Timmie es el niño—mo…?

—Timmie está sometido a experimentación en Estasis —dijo con firmeza la señorita Fellowes.

—Quiero decir que él… es el que se supone que debe irse, ¿no?

—Sí. Bueno, entra. No hay mucho tiempo.

Y cuando la enfermera consiguió irse por fin, Mandy Terris le dijo:

—Espero que consiga un buen sitio y, ¡Dios mío!, que la prueba sea un éxito.

La señorita Fellowes no confiaba en sí misma para dar una respuesta razonable. Se apresuró a salir sin mirar atrás.

Pero el retraso significó que no consiguió un buen sitio. No pasó de la pantalla mural de la sala de reuniones. Lo lamentó amargamente. Si hubiera estado allí mismo, si hubiera tenido acceso a alguna parte sensible de los instrumentos, si hubiera podido hacer fracasar el experimento…

Hizo acopio de fuerzas para sofocar su locura. La simple destrucción no habría servido de nada. Los técnicos lo habrían reconstruido y reparado todo y reanudado el esfuerzo. Y a ella no le habrían permitido volver con Timmie.

Todo era inútil. Todo, salvo que el experimento fallara, que fracasara irreparablemente.

La enfermera se mantuvo a la espera durante la cuenta regresiva, observó los movimientos en la pantalla gigante, escudriñó los rostros de los técnicos mientras la cámara pasaba de uno a otro, aguardó el gesto de preocupación e incertidumbre indicando que algo iba inesperadamente mal, observó, observó…

No hubo tal gesto. La cuenta llegó a cero y el experimento, en silencio, discretamente, fue un éxito.

En la nueva Estasis instalada allí apareció un barbudo campesino de hombros caídos, edad indeterminada, vestido con prendas raídas y sucias y zuecos, que contemplaba con reprimido terror el brusco y violento cambio que se había precipitado sobre él.

Y mientras el mundo se volvía loco de alegría, la señorita Fellowes quedó paralizada por la pena. La empujaron, le dieron codazos, prácticamente la pisotearon. Estaba rodeada de triunfo y doblegada por el fracaso.

Así, cuando el altavoz pronunció su nombre con estridente fuerza, la señorita Fellowes no respondió hasta el tercer aviso.

—Señorita Fellowes, señorita Fellowes. Preséntese inmediatamente en la Sección Uno de Estasis. Señorita Fellowes, señorita Fello…

— ¡Déjenme pasar! —gritó, sofocada, mientras el altavoz repetía sin pausa el aviso.

Se abrió paso entre el gentío con alocada energía, dando golpes y puñetazos, revolviéndose, avanzando hacia la puerta con una lentitud de pesadilla.

Mandy Terris estaba llorando.

—No sé cómo ha sucedido. Salí al borde del pasillo para ver una minipantalla que habían puesto allí. Sólo un momento. Y antes que pudiera moverme o hacer algo… —Y añadió, con repentino tono de acusación—: ¡Usted dijo que no me causarían problemas, dijo que los dejara solos!

La señorita Fellowes, desgreñada y sin poder dominar sus temblores, la miró furiosa.

— ¿Dónde está Timmie?

Una enfermera estaba limpiando con desinfectante el brazo del gimoteante Jerry, y otra preparaba una inyección antitetánica. Había sangre en la ropa de Jerry.

—Me ha mordido, señorita Fellowes —gritó Jerry, rabioso—. Me ha mordido.

Pero la señorita Fellowes ni siquiera lo veía.

— ¿Qué has hecho con Timmie? —gritó.

—Lo he encerrado en el cuarto de baño —dijo Mandy—. He metido a ese pequeño monstruo allí y lo he encerrado con llave.

La enfermera corrió hacia la casa de muñecas. Manoseó torpemente la puerta del cuarto de baño. Le costó una eternidad abrirla y ver al niño feo agazapado en un rincón.

—No me des latigazos, señorita Fellowes —musitó el niño. Tenía los ojos enrojecidos. Le temblaban los labios—. Yo no quería hacerlo.

—Oh, Timmie, ¿quién te ha hablado de latigazos?

Se acercó a él y lo abrazó impetuosamente.

—Lo dijo ella, con una cuerda larga —repuso trémulamente Timmie—. Ella dijo que tú me pegarías mucho.

—No es cierto. Ella ha sido muy mala al decir eso. Pero, ¿qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?

—Él me llamó niño—mono. Dijo que yo no era un niño de verdad. Que era un animal. —Timmie se deshizo en un torrente de lágrimas—. Dijo que ya no jugaría más con un mono. Yo dije que no era un mono, ¡que no era un mono! Él dijo que yo era muy raro. Dijo que era horrible y feo. Lo dijo muchas veces y le mordí.

Ambos estaban llorando.

—Pero eso no es cierto —dijo la sollozante señorita Fellowes—. Tú lo sabes, Timmie. Eres un niño de verdad. Un niño encantador, y el mejor del mundo. Y nadie, nadie volverá a separarte de mí.

Fue fácil decidirse, fácil saber qué hacer. Pero había que actuar con rapidez. Hoskins no esperaría mucho más tiempo, teniendo a su hijo magullado…

No, había que hacerlo esa noche, esa misma noche, con cuatro quintas partes del personal dormido y la restante quinta parte intelectualmente embriagada por el Proyecto Edad Media.

Sería una hora anormal para volver, pero había precedentes. El vigilante la conocía perfectamente, y no soñaría en hacerle preguntas. No sospecharía si la veía con una maleta. La señorita Fellowes ensayó la evasiva frase «Juguetes para el niño» y una tranquila sonrisa.

¿Por qué no iba a creerlo el vigilante?

Así fue. Cuando la enfermera entró de nuevo en la casa de muñecas, Timmie aún estaba despierto, y ella mantuvo una exasperante normalidad, a fin de no asustar al pequeño. Hablaron de los sueños de Timmie, y la señorita Fellowes oyó al niño interesarse ansiosamente por Jerry.

Escasas personas la verían después, nadie recelaría del bulto que llevaría. Timmie se estaría muy quieto, y finalmente todo sería un hecho consumado. Un hecho consumado, sería inútil querer repararlo. Ellos la dejarían en paz. Los dejarían en paz a los dos.

La señorita Fellowes abrió la maleta, sacó el abrigo, la gorra de lana con orejeras y las demás prendas.

— ¿Por qué me pones esta ropa, señorita Fellowes? —dijo Timmie, con muestras de alarma.

—Voy a llevarte afuera, Timmie. Al lugar de tus sueños.

— ¿Mis sueños?

Su rostro se contrajo con repentino anhelo, aunque también el miedo estaba allí.

—No temas. Estarás conmigo. No tendrás miedo si estás conmigo, ¿verdad, Timmie?

—No, señorita Fellowes.

Se apretó la deforme cabecita contra el costado y escuchó los sordos latidos del corazoncito del niño bajo su brazo.

Era medianoche. La señorita Fellowes tomó al niño en brazos. Desconectó la alarma y abrió suavemente la puerta.

Y lanzó un grito, porque al otro lado de la abierta puerta estaba Hoskins, mirándola.

Había otros dos hombres con el doctor, y él miraba fijamente a la enfermera, tan asombrado como ella.

La señorita Fellowes tardó un segundo menos en recobrarse y trató rápidamente de cruzar el umbral. Pero a pesar del segundo de retraso, Hoskins tuvo tiempo. La tomó bruscamente y la lanzó contra una cómoda. Llamó a los otros dos hombres y miró a la enfermera sin abandonar el umbral.

—No esperaba esto. ¿Está completamente loca?

Ella había conseguido interponer el hombro, para que fuera su cuerpo, y no el de Timmie, el que golpeara la cómoda.

— ¿Qué daño puedo hacer si me lo llevo, doctor Hoskins? —dijo la señorita Fellowes, suplicante—. No puede poner una pérdida de energía por encima de una vida humana…

Con firmeza, Hoskins le quitó el niño de los brazos.

—Una pérdida de energía de esta magnitud significaría tres millones de dólares para los bolsillos de los accionistas. Significaría un terrible revés para Estasis, Inc. Significaría publicidad sobre una enfermera sentimental que destruye todo eso en provecho de un niño—mono.

— ¡Niño—mono! —dijo la señorita Fellowes con impotente furia.

—Así lo llamarán los periodistas —dijo Hoskins.

Apareció un hombre que estaba pasando un cordel de nylon por los resquicios de la parte alta de la pared.

La señorita Fellowes recordó la cuerda de la cabina que contenía la muestra rocosa del profesor Ademewski, la cuerda de la que Hoskins había tirado hacía mucho tiempo.

— ¡No! —chilló.

Pero Hoskins dejó a Timmie en el suelo y le quitó amablemente el abrigo que llevaba.

—Quédate aquí, Timmie. No te pasará nada. Nosotros estaremos fuera sólo un momento. ¿De acuerdo?

Timmie, pálido y mudo, logró asentir con la cabeza.

Hoskins condujo a la enfermera fuera de la casa de muñecas. De momento, la señorita Fellowes había superado el límite de la resistencia. Vagamente, vio que ajustaban el tirador junto a la casa de muñecas.

—Lo siento, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Me habría gustado evitarle esto. Planeé hacerlo por la noche para que usted se enterara cuando ya estuviera hecho.

—Por la herida de su hijo —dijo la enfermera en un fatigado susurro—. Porque su hijo atormentó a este niño y lo provocó.

—No. Créame. Me he enterado del incidente de hoy y sé que la culpa fue de Jerry. Pero el incidente se ha filtrado al exterior. Así debía ser, con la prensa acosándonos precisamente este día. No puedo arriesgarme a que un relato distorsionado sobre negligencias y Neandertales salvajes perjudique el éxito del Proyecto Edad Media. De todas formas, Timmie tenía que regresar pronto. Si regresa ahora mismo, los sensacionalistas tendrán el mínimo pretexto posible para volcar su basura.

—No es como devolver una roca. Va a matar a un ser humano.

—No habrá asesinato. No habrá sensación. Simplemente, el niño será un niño Neandertal en un mundo Neandertal. Dejará de estar prisionero, no será un extraño. Tendrá la posibilidad de vivir en libertad.

— ¿Qué posibilidad? Sólo tiene siete años, está acostumbrado a que le cuiden, le alimenten, le vistan, le protejan. Estará solo. Quizá su tribu no esté ya en el lugar donde él la abandonó hace cuatro años. Y aunque esté en el mismo sitio, no reconocerán a Timmie. Tendrá que cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a hacerlo?

Hoskins sacudió la cabeza en un gesto de desesperada negativa.

— ¡Dios mío, señorita Fellowes! ¿Cree que no he pensado en eso? ¿Cree que habríamos traído a un niño de no haber sido porque se trataba de la primera localización de un humano o cuasi humano que hacíamos, y porque no nos atrevimos a correr el riesgo de perder su posición y hacer otra localización tan perfecta? ¿Por qué supone que hemos mantenido tanto tiempo aquí a Timmie, sino porque éramos reacios a devolver al niño al pasado? —Su voz cobró exasperada urgencia—. Pero no podemos esperar más. Timmie es un obstáculo en el camino de la expansión. Una fuente de posible mala publicidad. Estamos a punto de hacer grandes cosas y, lo lamento, señorita Fellowes, pero no podemos permitir que Timmie nos estorbe. No podemos. No podemos. Lo lamento, señorita Fellowes.

—Bien, en ese caso —dijo tristemente la enfermera—, déjeme decirle adiós. Concédame cinco minutos para despedirme. Concédame tan sólo eso.

Hoskins vaciló.

—Adelante.

Timmie corrió hacia ella. Corrió hacia ella por última vez y la señorita Fellowes, por última vez, lo estrechó entre sus brazos.

Durante un instante, lo abrazó ciegamente. Empujó una silla con la punta del pie, la puso junto a la pared y se sentó.

—No tengas miedo, Timmie.

—No tengo miedo si estás aquí, señorita Fellowes ¿Está buscándome ese hombre loco, ese hombre que está afuera?

—No, no temas. Él no nos comprende… Timmie, ¿sabes qué es una madre?

— ¿Como la de Jerry?

— ¿Te habló él de su mamá?

—Algunas veces. Creo que una madre es una señora que te cuida y se porta muy bien contigo y hace cosas buenas.

—Exacto. ¿No te gustaría tener una madre, Timmie?

Timmie apartó la cabeza del cuerpo de la enfermera para poder mirarla. Poco a poco, pasó su manita por la mejilla y el pelo de la señorita Fellowes y la acarició igual que ella, hacía mucho, mucho tiempo, le había acariciado.

— ¿Tú no eres mi madre? —preguntó el niño.

—Oh, Timmie.

— ¿Te enfadas porque te lo pregunto?

—No. Claro que no.

—Porque yo sé que te llamas señorita Fellowes, pero…, pero a veces te llamo «mamá» sin decirlo. ¿Te parece bien?

—Sí. Sí. Me parece bien. Y ya no te abandonaré más y no sufrirás más. Estaré siempre contigo para cuidarte. Llámame «mamá», que yo lo oiga.

—Mamá —dijo Timmie muy contento, y apretó su mejilla a la de la enfermera.

La señorita Fellowes se levantó y, sin soltar al niño, se subió a la silla. Hizo caso omiso del repentino inicio de un grito en el exterior y, con la mano libre, tiró con todas sus fuerzas de la cuerda que colgaba entre dos resquicios.

Perforó Estasis y la habitación quedó vacía.

03/8/19

El mejor amigo de un muchacho

El mejor amigo de un muchacho

Isaac Asimov

 

—Querida, ¿dónde está Jimmy? —preguntó el señor Anderson.

—Afuera, en el cráter —dijo la señora Anderson—. No te preocupes por él. Está con Robutt… ¿Ha llegado ya?

—Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quince años…, dejando aparte los de las películas, claro.

—Jimmy nunca ha visto ninguno —dijo la señora Anderson.

—Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna.

—Sí, su precio lo demuestra —dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.

—Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida —dijo el señor Anderson.

Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y sus piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre podría hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro su padre siempre acababa quedándose atrás.

El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra —que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar donde estaba siempre vista desde Ciudad Lunar—, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por su claridad.

La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna gravedad contra la que luchar.

— ¡Vamos, Robutt! —gritó Jimmy.

Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrásde él.

Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dió una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.

—No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte —le ordenó Jimmy.

Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba «Sí».

—No confío en ti, tunante —exclamó Jimmy.

Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior.

La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad acegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era la emitida por las estrellas.

En realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que había en él.

Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo el rato dónde estaba Jimmy jamás podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.

La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.

—Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.

Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estabainmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de

boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.

—Tranquilo, Robutt —dijo el señor Anderson, y sonrió—. Bien,

Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.

— ¿Algo de la Tierra, papi?

—Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad…, un cachorro de terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna… Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño. —El señor Anderson parecía estar esperando a que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría la boca siguió hablando—. Ya sabes lo que es un perro,

Jimmy. Es de verdad, está vivo… Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.

Jimmy frunció el ceño.

—Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.

—No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está

vivo.

—Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.

—No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.

—El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?

—Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciu—

dad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la diferencia.

Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy ex—

tendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un solo salto.

— ¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? —preguntó Jimmy.

—Es difícil de explicar —dijo el señor Anderson—, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te quisiera, ¿en tiendes?

—Pero papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que también finja.

El señor Anderson frunció el ceño.

—Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la diferencia.

Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicabaque no estaba dispuesto a cambiar de opinión.

—Pero si los dos se portan igual conmigo entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro robot —dijo Jimmy—. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.

Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes…, ladridos de pura felicidad.

 

 

03/8/19

El lago

El lago

Ray Bradbury

 

Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.

Subí corriendo por la playa.

Mamá me frotó con una esponjosa toalla.

—Quédate aquí y sécate —dijo.

Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.

—Hace viento —dijo mamá—. Ponte el suéter.

—Espera que vea mi carne de gallina —dije.

—Harold —dijo mamá.

Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.

Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.

Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua.

Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.

Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.

Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.

—Mamá, quiero correr por la playa.

—De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.

Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.

Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.

De manera que yo estaba realmente solo.

Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora… un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.

Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:

— ¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!

Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió…

—El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.

Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.

Grité su nombre una y otra vez.

— ¡Tally! ¡Oh, Tally!

El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.

— ¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!

Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.

— ¡Tally!

Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.

Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.

—Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.

Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.

No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.

Subí silenciosamente por la playa.

Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.

Salí en el tren al día siguiente.

Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.

Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.

Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.

Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.

El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.

Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.

¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.

Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.

Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.

Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.

Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.

La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.

Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.

—Quédate aquí, Margaret —dije, sin saber por qué lo decía.

—Pero ¿por qué?

—Quédate aquí, eso es todo…

Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.

— ¿Qué es eso? —le pregunté.

El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena —el agua murmuró a su alrededor—y retrocedió.

— ¿Qué es? —insistí.

—Está muerta —dijo el salvavidas tranquilamente.

Esperé.

—Raro —dijo él en voz baja—. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta… mucho tiempo.

Repetí sus palabras.

— ¿Mucho tiempo?

—Diez años, diría yo—. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es… agradable.

—Abra el saco —dije, sin saber por qué.

El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.

—Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir.

— ¡Vamos, ábralo! —grité.

—Es mejor que no lo haga —dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro—. Era una niña pequeña…

Abrió el saco lo justo.

La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.

Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.

— ¿Dónde la encontró? —pregunté.

—Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?

Sacudí la cabeza.

—Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.

Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.

El salvavidas ató el saco de nuevo.

Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.

—Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo —me dije a mí mismo.

Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.

Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo… y no retornaban nunca.

Entonces… me di cuenta.

—Te ayudaré a acabarlo —dije.

Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.

Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba, sonriendo…