Harlan Ellison
Cuando yo tenía cinco años, había un niño con quien solía
jugar: Jeffty. Su verdadero nombre era Jeff Kinzer, pero todos los que
jugábamos con él le llamábamos Jeffty. Los dos teníamos cinco años y pasamos
muy buenos ratos juntos.
Cuando yo tenia cinco años, un helado de chocolate Clark era
tan grueso como una barra de Louisville. Tenía unos quince centímetros de
longitud, y utilizaban verdadero chocolate para recubrirlo, y crujía de un modo
muy agradable al morderlo por el centro; además, el papel en que lo envolvían
olía a cosa fresca y buena cuando se lo pelaba sosteniendo el palo de modo que
el helado no se derritiera en los dedos. Hoy, un helado de chocolate Clark es
tan delgado como una tarjeta de crédito, y emplean algo artificial y de un
sabor terriblemente malo en lugar del chocolate puro; el helado es blanco y
esponjoso y cuesta quince o veinte centavos en lugar de la decente y correcta
moneda de cinco centavos que costaba, y lo envuelven como para que uno crea que
tiene el mismo tamaño que tenía hace veinte años, aunque no lo tiene; es
delgado, de aspecto feo, gusto nauseabundo y no vale ni un centavo, cuanto
mucho menos quince o veinte.
Cuando yo tenía esa edad, cinco años, fui enviado a casa de
mi tía Patricia, en Buffalo, Nueva York, durante dos años. Mi padre estaba
pasando «malos tiempos» y tía Patricia era muy hermosa y se había casado con un
agente de Bolsa. Ellos se hicieron cargo de mí durante cinco años. A los siete
años, regresé a casa y fui a ver a Jeffty para jugar con él.
Yo había cumplido siete. Jeffty seguía teniendo cinco. No
observé ninguna diferencia en él. No lo sabía: yo tenía sólo siete años.
A esa edad, solía tumbarme boca abajo frente a nuestra radio
Atwater Kent y escuchaba. Había atado la antena de toma de tierra al radiador y
me pasaba el tiempo allí, tumbado, con mis libros para colorear y mis Crayolas
(cuando sólo había dieciséis colores en la caja grande), escuchando la red roja
de la NBC: Jack Benny y el programa de Saludos, Amos y Andy, Edgar Bergen y
Charlie McCarthy en el programa de Chase y Sanborn, La Familia de un hombre. La
primera noche; la red azul de la NBC: Ases fáciles, el Programa de Jergens con
Walter Winchell, Información, por favor, Los días del Valle de la Muerte; y, lo
mejor de todo, la Red de la Mutualidad con la Corneta Verde, El Llanero
Solitario, El Hombre Enmascarado y Tranquilidad, por favor. Hoy pongo en marcha
la radio de mi coche y busco de un extremo a otro del dial; todo lo que oigo son
orquestas de cien cuerdas, amas de casa frivolas y camioneros insípidos que
discuten de sus pervertidas vidas sexuales con presentadores de voz arrogante,
tonterías country y del Oeste y música rock tan estridente que me hace daño en
los oídos.
Cuando tenía diez años, mi abuelo se murió de puro viejo y
yo me convertí en un «chico problemático»; entonces, me enviaron a una escuela
militar para que me «metieran en vereda».
Regresé a casa con catorce años. Jeffty seguía teniendo
cinco años.
Cuando yo tenía catorce años de edad solía irme al cine los
sábados por la tarde y una matine costaba diez centavos y entonces se utilizaba
mantequilla de la de verdad para hacer las palomitas de maíz, y podía estar
seguro de ver una película del Oeste con Lash LaRue o Wild Bill Elliott como
Red Ryder, con Bobby Blake como Castorcito, o Roy Rogers, o Johnny Mack Brown;
una película de terror como La Mansión de los Horrores, con Rondo Hatton en el
papel de estrangulador, o como La mujer pantera, o como La Momia o como Me casé
con una bruja, con Fredric March y Verónica Lake; además de un episodio de un
gran serial como El Hombre Enmascarado, con Victor Jory, o Dick Tracy o Flash
Cordón; y tres cortometrajes de dibujos animados; uno de James Fitzpatrick; uno
de Noticias Movietone; uno de cantantes y, si me quedaba hasta la noche, una de
Bingo o Keno; y chicas atractivas gratis. Hoy voy al cine y veo a Clint
Eastwood volándole la cabeza a la gente como si fueran melones maduros.
A los dieciocho, fui a la universidad. Jeffty seguía
teniendo cinco años. Yo regresaba a casa durante los veranos, para trabajar en
la joyería de mi tío Joe. Jeffty no había cambiado. Ahora yo sabía que había
algo diferente en él. Algo que no andaba bien, algo extraño. Jeffty seguía
teniendo cinco años, ni un día más.
A los veintidós regresé a casa para quedarme
definitivamente, y abrir una tienda de reparaciones de televisores Sony, la
primera en la ciudad. Veía a Jeffty de vez en cuando. Tenía cinco años.
Las cosas han mejorado en muchos aspectos. La gente ya no se
muere de algunas de las viejas enfermedades. Los coches son más veloces y le
llevan a uno con mayor rapidez y por mejores carreteras al lugar al que uno
quiere llegar. Las camisas son más blandas y sedosas. Tenemos libros de
bolsillo, aunque cuestan tanto como costaba uno bien encuadernado. Cuando me
estoy quedando sin dinero en el Banco, puedo vivir de las tarjetas de crédito
hasta que las cosas se arreglan. Pero sigo creyendo que hemos perdido una gran
cantidad de cosas buenas. ¿Sabía usted que ya no se puede comprar linóleum,
sino sólo recubrimiento de vinilo para el suelo? Ya no quedan materiales como
el hule; ya no volveremos a percibir ese olor especial y dulce que salía de la
cocina de la abuela. Los muebles no se fabrican para que duren treinta años o
más, porque llevaron a cabo una encuesta y descubrieron que, en los hogares
jóvenes, les gustaba tirar los muebles y comprar bórax de colores nuevos cada
siete años. Los discos no son gruesos y sólidos, como los antiguos, sino que
ahora son delgados y hasta se pueden doblar… y eso no me parece bien. En los
restaurantes no sirven la crema en jarras; sólo le dan a uno esa cosa
artificial en pequeños tubos de plástico, y uno no consigue nunca que le sirvan
un café con el color que debe tener. A todas partes donde uno vaya, todas las
ciudades tienen el mismo aspecto, con locales para tomar hamburguesas y
productos MacDonald y 7—Onces y moteles y grandes centros comerciales. Puede
que las cosas sean mejores, pero ¿por qué pienso siempre en el pasado?
Lo que quiero decir cuando hablo de los cinco años no es que
Jeffty fuera un retrasado. No creo que se tratara de eso. Al contrario, es
astuto como un zurriagazo para los cinco años; un niño muy inteligente, rápido,
agudo y divertido.
Pero medía noventa centímetros de estatura, pequeño para su
edad, y estaba perfectamente formado; no tenía la cabeza grande, ni ninguna
mandíbula extraña ni nada de eso. Simplemente, un niño guapo, de aspecto normal
para los cinco años. Excepto que, en realidad, tenía la misma edad que yo; o
sea, veintidós.
Cuando hablaba, lo hacía con la temblorosa voz de soprano de
un niño de cinco años; cuando caminaba, arrastraba los pies como un niño de
cinco años; cuando le hablaba a uno, era acerca de las preocupaciones de un
niño de cinco años…, tebeos, soldaditos de juguete; utilizaba un imperdible
para sujetar una pieza de cartón rígido o la horquilla frontal de su bicicleta,
de modo que el sonido que hiciera al darle al timbre fuese como el de una
motora; y hacía preguntas como ¿por qué esa cosa hace eso de tal manera?, o
¿cómo es de alto, qué edad tiene? ¿Por qué la hierba es verde? ¿Qué aspecto
tiene un elefante? A los veintidós años, tenía cinco.
Los padres de Jeffty eran una pareja más bien triste. Como
yo seguía siendo amigo de Jeffty, le dejaban estar conmigo en la tienda, y a
veces le llevaba a la feria del condado, o al minigolf o al cine, por lo que me
encontré pasándome el tiempo con ellos. No es que me importaran mucho, porque
siempre se sentían deprimidos. Pero supongo que tampoco se podía esperar gran
cosa de los pobres diablos. Tenían a alguien extraño en su propia casa, a un
niño que, en veintidós años, no había crecido más allá de los cinco, lo que les
proporcionaba el tesoro de contemplar indefinidamente ese estado especial de la
infancia, pero también les negaba el placer de ver crecer a su hijo hasta
convertirse en un adulto normal.
Los cinco años son una época maravillosa de la vida para un
niño… o «pueden» serlo si el niño se halla relativamente libre de la monstruosa
bestialidad que se permite a otros niños. Es una época en la que los ojos
permanecen muy abiertos y los modelos de comportamiento todavía no están
fijados: una época en la que a uno todavía no se le ha martilleado para que lo
acepte todo como inmutable e irreversible; una época en que parece que las
manos no tienen nunca cosas suficientes que hacer y la mente cosas suficientes
que aprender; en que el mundo es infinito y aparece lleno de color y de
misterios. Los cinco años pertenecen a una época especial, antes de adoptar la
actitud interrogativa, insaciable, quijotesca del joven soñador que se pasa el
tiempo en clase soñando despierto. Antes de retirar las temblorosas manos que
lo quieren coger todo, tocarlo todo, palparlo todo, dejando las cosas donde están,
sobre las mesas. Antes de que la gente empiece a decir «actúa como un niño de
tu edad» y «crece» o «te estás comportando como un bebé». Es una época en la
que el niño que actúa como un adolescente sigue siendo hermoso y sensible y se
convierte en el preferido de todos. Una época de delicia, de maravilla, de
inocencia.
Jeffty se había estancado en esa época, a los cinco años,
quedándose, simplemente, así. Pero para sus padres era una continua pesadilla
de la que nadie podía sacarles, ni a gritos ni a bofetones —ningún asistente
social, sacerdote, psicólogo infantil, ni maestros, amigos, curanderos,
psiquiatras…, nadie—. Durante diecisiete años, su pena había pasado por
diversas fases: de chochez paterna a inquietud, de inquietud a preocupación, de
preocupación a temor, de temor a confusión, de confusión a cólera, de cólera a
disgusto, de disgusto a un odio desnudo y, finalmente, de la más profunda
aversión y repulsión a una estólida y depresiva aceptación.
John Kinzer, un jefe de equipo de la planta Balder Tool
& Die, era un hombre de cincuenta años. Para todo el mundo, excepto para
él, su vida transcurría espectacularmente uniforme. No era notable en modo
alguno…, si se exceptúa el hecho de ser el padre de un niño de veintidós años
que tenía cinco.
John Kinzer era un hombre pequeño, blando, sin ángulos
marcados, con unos ojos pálidos que nunca parecían sostener mi mirada más de
unos pocos segundos. Durante las conversaciones, se removía en su silla y
parecía ver cosas en los rincones superiores de la habitación, cosas que nadie
más podía ver…, o quería ver. Supongo que la palabra que mejor le cuadraba era
la de «acosado»… Aquello en que se había convertido su vida, en algo acosado…,
bueno, le cuadraba.
Leona Kinzer trataba con valentía de compensar la situación.
Al margen de la hora a que la visitara, siempre intentaba que yo comiera algo.
Y cuando Jeffty estaba en la casa, siempre estaba sobre él, intentando hacerle
comer.
—Cariño, ¿quieres una naranja? ¿Una bonita naranja? ¿O una
mandarina? Hay mandarinas. Podría pelarte una mandarina.
Pero, sin duda alguna, tenía tanto miedo, miedo de su propio
hijo, que las ofertas de alimentos siempre las hacía con un tono débilmente
siniestro.
Leona Kinzer había sido una mujer alta, pero los años la
habían encorvado. Siempre parecía estar buscando alguna zona de pared
empapelada o nicho de almacenamiento donde poder desvanecerse, adoptar alguna
coloración protectora y ocultarse para siempre de la vista de los grandes ojos
del niño, de modo que éste pudiera pasar cien veces al día junto a ella sin
percatarse de su presencia, mientras ella permanecía allí, con la respiración
contenida, invisible. Siempre llevaba un delantal atado a la cintura. Y tenía
las manos enrojecidas de tanto limpiar. Como si al mantener el ambiente
inmaculadamente limpio pudiera pagar su pecado imaginario: haber dado a luz a
aquella criatura tan extraña.
Ninguno de ellos veía mucho la televisión. Por lo general,
la casa permanecía silenciosa, sin que se oyera siquiera el susurro sibilante
del agua en las tuberías, el crujido de las vigas de madera asentándose, el
zumbido del refrigerador. Terriblemente silenciosa, como si el tiempo la
hubiera rodeado sin tocarla.
En cuanto a Jeffty, era inofensivo. Vivía en aquella
atmósfera de pavor suavizado y soportaba la aversión, y, si la comprendía,
nunca la hacía notar de modo alguno. Jugaba como lo hace un niño, y parecía
feliz. Pero tenía que percibir, como un niño de cinco años percibe, lo extraño
que era para sus padres.
Extraño. No, en realidad, no del todo así. Él «también» era
humano, si es que era algo. Pero estaba desfasado, desincronizado con el mundo
que le rodeaba, y resonaba ante una vibración distinta a la de sus padres. Los
otros niños no jugaban con él. A medida que crecían y le sobrepasaban, le
encontraban infantil al principio, después nada interesante y, finalmente, a
medida que se aclaraban sus percepciones sobre la edad y el paso del tiempo, y
veían que a él no le afectaba como a ellos, le miraban como algo aterrador.
Hasta los más pequeños, los de su misma edad, que podían deambular por el
vecindario, aprendían pronto a alejarse de él como un perro callejero cuando un
coche produce una explosión.
Así pues, yo seguía siendo su único amigo. Un amigo de
muchos años. Cinco años. Veintidós años. Me gustaba; más de lo que puedo
explicarme. Y nunca supe el porqué. Pero me gustaba, sin reserva alguna.
Pero como nos pasábamos el tiempo juntos, me encontré con
que también me pasaba el tiempo con John y Leona Kinzer, en amable compañía.
Las cenas, algunas tardes de los sábados, durante una hora o así, cuando
acompañaba a Jeffty después de haberle llevado a ver alguna película. Ellos se
sentían agradecidos, casi serviles. Yo les aliviaba de la embarazosa tarea de
salir con él, de aparentar ante el mundo exterior que eran unos padres amorosos
con un hijo perfectamente normal, feliz y atractivo. Y su gratitud se extendía
hasta el punto de admitirme como huésped. Horrible; cada uno de los momentos de
su depresión era horrible.
Sentía lástima por los pobres diablos, pero les despreciaba
por su incapacidad para querer a Jeffty, que era, sobre todo, un niño merecedor
de todo el cariño.
Nunca les revelé el secreto, ni siquiera durante las noches
pasadas en su compañía, que eran terribles, en verdad, más allá de todo lo
imaginable.
Podíamos estar sentados allí, en el oscurecido saloncito —siempre
oscuro u oscureciéndose, como mantenido en la sombra para preservar lo que la
luz pudiera revelar al mundo exterior a través de los iluminados ojos de la
casa—, mirándonos en silencio los unos a los otros. Nunca sabían qué decirme.
— ¿Cómo van las cosas por la planta? —yo le preguntaba a
John Kinzer.
Él se encogía de hombros. Ni la conversación ni la vida le
habían dotado de ninguna facilidad o gracia.
—Muy bien, estupendo —me contestaba al fin.
Y volvíamos a quedarnos sentados, en silencio.
— ¿Te gustaría tomar un estupendo trozo de pastel de café? —me
preguntaba Leona—. Lo acabo de hacer esta mañana.
O pastel de manzana verde. O leche con bollos caseros. O un
budín amarronado que solía hacer.
—No, no, gracias, señora Kinzer. Jeffty y yo hemos tomado un
par de bocadillos de queso cuando regresábamos a casa.
Y, una vez más, el silencio.
Entonces, cuando el silencio y la tensión de la situación se
volvían insoportables, incluso para ellos (y quién sabe el tiempo de silencio
total que reinaba entre ellos, cuando estaban solos, con aquella cosa de la que
ya no hablaban nunca pendiente entre ambos), Leona Kinzer me decía:
—Creo que está durmiendo.
—No oigo la radio —añadía John Kinzer.
Así, siempre sucedía así, hasta que, amablemente, podía
encontrar una excusa para marcharme con algún pretexto fútil. Sí, y todo habría
continuado así, y todo continuó, cada vez, exactamente igual…, excepto una vez.
—Ya no sé qué hacer —dijo Leona, y empezó a llorar—. No hay
cambio alguno. Ni un solo día de paz.
Su esposo se las arregló para levantarse de la vieja
mecedora y dirigirse hacia ella. Se inclinó y trató de consolarla, pero por la
poca gracia con que le tocaba el canoso cabello, quedó claro que se había
anquilosado en él la capacidad de mostrarse compasivo.
—Chist, Leona. todo bien, chist…
Pero ella siguió llorando. Sus manos arañaron suavemente los
pañitos de ganchillo colocados sobre los brazos del sillón. Entonces, dijo:
—A veces, desearía que hubiera nacido muerto.
John levantó la mirada hacia los rincones superiores del
saloncito. ¿Buscaba las innombrables sombras que siempre le vigilaban? ¿Era a
Dios a quien esperaba encontrar en aquellos espacios?
—No puedes hablar en serio —dijo, con suavidad, patético,
urgiéndola con tensión física y con un temblor en la voz para que se retractara
antes de que Dios se diera cuenta del terrible pensamiento que había expresado.
Pero ella sí que hablaba en serio. Muy en serio.
Yo me las arreglé para marcharme rápidamente aquella noche.
No querían que hubiera ningún testigo de su vergüenza. Y me sentí contento de
poder abandonar su casa.
Estuve una semana sin aparecer por allí. Una semana lejos de
ellos, de Jeffty, de su calle, e incluso de aquella parte de la ciudad.
Yo tenía mi propia vida. La tienda, las cuentas, reuniones
con proveedores, póquer con los amigos, mujeres bonitas a las que llevaba a
restaurantes bien iluminados, mis propios padres, poner anticongelante en el
coche, quejarme a la lavandería porque echaban demasiado almidón en los cuellos
y puños de las camisas, acudir al gimnasio, impuestos, atrapar a Jan o a David
(fuera quien fuese) robando de la caja registradora. Sí, yo tenía mi propia
vida.
Pero ni siquiera «aquella» tarde pude mantenerme apartado de
Jeffty. Acudió a verme a la tienda y me pidió que le llevara a ver el rodeo. Lo
acordamos como buenos amigos, del mejor modo posible que un joven de veintidós
años con otros intereses «podía»… con un niño de cinco años. Nunca medité en lo
que nos mantenía juntos; siempre pensé que se trataba, simplemente, de los
años. Eso y el afecto por un niño que podría haber sido el hermano pequeño que
nunca tuve. (Excepto, me recordé a mí mismo, cuando los dos tuvimos la misma
edad; yo me acordaba de ese período, y Jeffty seguía siendo exactamente el
mismo.)
Y entonces, un sábado por la tarde, acudí para llevarle a
ver una película, y ciertos aspectos que debía haber observado muchas veces con
anterioridad sólo empecé a observarlos aquella tarde.
Llegué a pie a casa de los Kinzer, esperando que Jeffty
estuviera sentado en los escalones del porche frontal, o en la barandilla del
porche, esperándome. Pero no se encontraba allí.
Entrar en aquella oscuridad y silencio, en pleno mayo y a la
luz del sol, fue algo inconcebible. Me quedé en el pasillo de entrada y,
llevándome las manos a la boca, a modo de bocina, grité:
— ¿Jeffty? ¡Eh, Jeffty! Vamos, sal. Rápido. Se nos hará
tarde.
Su voz me llegó débil, como si estuviera bajo el suelo.
—Aquí estoy, Donny.
Le oí, pero no pude verle. Era Jeffty, no cabía la menor
duda: como Donald H. Horton, presidente y único propietario del Centro de
Sonido y Televisión Horton, nadie me llamaba Donny, a excepción de Jeffty.
Nunca me había llamado de otro modo.
(En realidad, lo que acabo de decir no es ninguna mentira.
Por lo que respecta al público, yo soy el único propietario del centro. La
sociedad con mi tía Patricia es sólo para devolverle el préstamo que me hizo
para completar el dinero que recibí cuando cumplí los veintiún años, y que mi
abuelo me dejara cuando tuve diez. No fue un préstamo muy grande, sólo
dieciocho mil, pero le pedí que fuera un socio silencioso amparándome en
aquella época en que se hizo cargo de mí cuando yo era un niño.)
— ¿Dónde estás, Jeffty?
—Bajo el porche, en mi lugar secreto.
Rodeé la parte lateral del porche, bajé y aparté la rejilla
de mimbre. Allí, al fondo, sobre la tierra comprimida, Jeffty se había
construido un lugar secreto. Tenía tebeos en cajones de naranjas, una pequeña
mesita y algunas almohadas; la escena estaba iluminada por grandes velas de
sebo, y solíamos escondernos allí cuando los dos teníamos… cinco años.
— ¿Qué estás haciendo? —pregunté, mientras me arrastraba al
interior y volvía a colocar la rejilla de mimbre en su sitio.
Hacía fresco bajo el porche y la tierra despedía un olor
agradable, mientras que las velas olían a cobertizo cerrado y a algo familiar.
Cualquier niño se hubiera sentido muy a gusto en un lugar secreto como aquél.
Nunca ha existido un niño que no se haya pasado los momentos más felices,
productivos y deliciosamente misteriosos de su vida en un lugar así.
—Jugando —me contestó.
Tenía algo dorado y redondo que llenaba la palma de su
pequeña mano.
— ¿Has olvidado que íbamos a ir al cine?
—No. Sólo te esperaba.
— ¿Están tu madre y tu padre en casa?
—Mamá.
Comprendí entonces por qué me esperaba bajo el porche. En
consecuencia, no seguí preguntando.
— ¿Qué tienes ahí?
—La insignia del Descodificador Secreto del Capitán
Medianoche —me contestó, mostrándomela en su palma plana.
Me di cuenta de que llevaba observándola desde hacía rato,
sin comprender de qué se trataba. Entonces caí en la cuenta del milagro que
Jeffty tenía en su mano. Un milagro que, simplemente, no podía existir.
—Jeffty —le dije con suavidad, con maravilloso asombro en mi
voz—. ¿Dónde has conseguido eso?
—Ha llegado hoy por correo. Yo lo pedí.
—Tiene que haber costado mucho dinero.
—No mucho. Diez centavos y dos sellos interiores de dos
jarras de Ovaltine.
— ¿Me dejas verlo?
Mi voz temblaba, y la mano que extendí hacia él también. Me
lo entregó y yo sostuve el milagro en la palma de mi mano. Era maravilloso.
¿Recuerdan? El Capitán Medianoche fue un programa de radio
de amplitud nacional, emitido en 1940. Estaba patrocinado por Ovaltine. Y cada
año emitían una insignia del Escuadrón Secreto de Descodificación. Y cada día,
al final del programa, transmitían una clave para el programa del día
siguiente, en un código que sólo los niños que tuvieran la insignia oficial
podían descifrar. Dejaron de hacer aquellas maravillosas insignias
descodificadoras en 1949. Recuerdo la que yo mismo tuve en 1945; era hermosa.
La placa tenía una lente de aumento en el centro del dial del código. El
Capitán Medianoche desapareció de antena en 1950, y aunque a mediados de los cincuenta
se emitieron unas cortas series en televisión y se hicieron placas de
descodificación en 1955 y en 1956, por lo que a las «verdaderas» se refería, no
volvieron a fabricar ninguna después de 1949.
La placa de código 0 del Capitán Medianoche que tenía en mis
manos, la que Jeffty afirmaba haber recibido por correo por sólo diez centavos
(¡¡¡diez centavos!!!) y dos cupones de Ovaltine, era completamente nueva, de un
brillante metal dorado, sin una muesca ni una mancha de óxido en ella, como las
viejas que pueden encontrarse todavía a precios exorbitantes en tiendas de
coleccionistas, y sólo de vez en cuando…. aquello era un descodificador nuevo.
Y la fecha que llevaba correspondía al año en que estábamos.
Pero el Capitán Medianoche ya no existía. En la radio no
emitían nada parecido a aquel programa. Yo había oído una o dos flojas
imitaciones de los viejos tiempos de la radio que reponían, y las historias
resultaban aburridas, los efectos de sonido parecían suaves y todo daba la
sensación de salir mal, de estar fuera de lugar. Sin embargo, yo tenía una
placa de código 0 nueva en mi mano.
—Jeffty, cuéntame cosas de esto —le pedí.
— ¿Que te cuente qué, Donny? Es mi nueva placa
descodificadora secreta del Capitán Medianoche. La utilizo para calcular lo que
va a suceder mañana.
— ¿Mañana? ¿Cómo?
—En el programa.
— ¿Qué programa?
Se me quedó mirando con fijeza, como si yo tratara
deliberadamente de hacerme el estúpido.
— ¡El del Capitán Medianoche, chico!
Me comportaba como un tonto. Sin embargo, no pude comprenderlo
de un modo directo, inmediato. Estaba allí, justo allí, y yo todavía no sabía
lo que estaba sucediendo.
— ¿Te refieres a uno de esos discos que hicieron del
programa de radio de los viejos tiempos? ¿Es eso lo que quieres decir, Jeffty?
— ¿Qué discos? —preguntó él.
No sabía a qué me estaba refiriendo yo.
Nos quedamos mirando fijamente el uno al otro, allí, bajo el
porche. Y entonces, muy lentamente, casi con el temor de escuchar la respuesta,
le pregunté:
—Jeffty. ¿cómo escuchas el Capitán Medianoche!
—Lo escucho todos los días. En la radio. En mi radio. Todos
los días a las cinco y media.
Noticias. Música idiota, y noticias. Eso era lo que emitían
todos los días por la radio a las cinco y media. Y no el Capitán Medianoche. El
Escuadrón Secreto no había salido a las ondas desde hacía veinte años.
— ¿Lo podemos escuchar juntos esta tarde? —pregunté.
— ¡Pero chico! —exclamó.
Me estaba comportando como un tonto. Lo supe por la forma en
que lo dijo; pero no sabía el «porqué». Entonces se me ocurrió: era sábado. Y
el Capitán Medianoche se transmitía de lunes a viernes. Ni en sábados ni en
domingos.
— ¿Vamos a ir al cine?
Tuvo que repetirme dos veces la pregunta. Yo tenía la mente
en alguna otra parte. Nada concreto. Ninguna conclusión. Ninguna suposición
descabellada en la que poder basarme. Simplemente en blanco, tratando de
imaginarme algo, para llegar a la conclusión —la misma a la que usted, o
cualquiera, habría llegado antes que aceptar la verdad evidente, la imposible y
maravillosa verdad—de que tenía que haber alguna explicación bien sencilla que
yo no percibía todavía. Algo mundano y aburrido, como el paso del tiempo que
nos roba todo lo bueno, nos arranca las cosas antiguas y nos da chucherías
inútiles a cambio. Y todo en nombre del progreso.
— ¿Vamos a ir al cine, Donny?
—Puedes apostar a que sí, muchacho —le dije.
Y le sonreí. Y le entregué la placa del código 0. Y él se la
metió en un bolsillo del pantalón. Y salimos a gatas de debajo del porche. Y
fuimos al cine. Y ninguno de nosotros dijo nada del Capitán Medianoche durante
el resto del día. Y ya no hubo ni siquiera diez minutos seguidos de todo el
resto de aquel día en que yo no estuviera pensando en ello.
Tuve inventario durante toda la semana siguiente. No pude
ver a Jeffty hasta bien entrada la tarde del jueves. Confieso que dejé la
tienda en manos de Jan y David; les dije que debía hacer unos recados, y me
marché pronto. A las cuatro de la tarde. Llegué a casa de los Kinzer con el
tiempo justo: a las cinco menos cuarto. Leona me abrió la puerta. Parecía
agotada y distante.
— ¿Está Jeffty por ahí?
Me dijo que se encontraba arriba, en su habitación…
escuchando la radio.
Subí los escalones de dos en dos.
Muy bien, por fin había dado aquel salto imposible e
ilógico. Si la cuestión de la credulidad hubiera implicado a cualquier otro
individuo que no fuera Jeffty, niño o adulto, yo habría pensado respuestas más
lógicas. Pero se trataba de Jeffty, otra clase de tipo de vida, y lo que él
experimentara podría muy bien no encajar en el esquema ordenado.
Lo admito: «quise» escuchar lo que escuché.
Incluso con la puerta cerrada, oí el programa, y lo
reconocí:
«¡Ahí va, Tennessee! ¡Cógele!»
Se escuchó el fuerte sonido de un disparo de rifle y, a
continuación, la misma voz gritó, triunfal:
«¡Le he alcanzado! ¡Mue—e—e—r—to!»
Estaba oyendo la emisora American Broadcasting Company, por
la banda de 790 kilociclos y el programa de Tennessee Jed, uno de mis favoritos
de los años cuarenta, una aventura del Oeste que no había escuchado desde hacía
veinte años, porque no había existido durante todo aquel tiempo.
Me senté en el escalón más alto, allí, en la escalera
interior de la casa de los Kinzer, y escuché el programa. No era la reposición
de un programa antiguo, porque había referencias ocasionales a avances culturales
y tecnológicos actuales y frases que no solían utilizarse en los años cuarenta:
aerosoles, tatuajes por láser. Tanzania, y ciertas palabras técnicas.
No pude ignorar el hecho. Jeffty estaba escuchando una parte
«nueva» de Tennessee Jed.
Corrí escalera abajo, salí de la casa y me dirigí a mi
coche. Leona debía de estar en la cocina. Giré la llave, apreté el botón de la
radio y manejé el dial hasta localizar los 790 kilociclos. La emisora ABC
transmitía música de rock.
Permanecí sentado allí durante unos minutos y, a
continuación, fui buscando la emisora con lentitud, de un extremo a otro del
cuadrante. Música, noticias, conversaciones, espectáculos. Nada de Tennessee
Jed. Y era un Blaupunkt, la mejor radio del mercado. No pasé por alto ninguna
emisora perimétrica. Simplemente, ¡no estaba allí!
Al cabo de unos momentos apagué la radio, cerré el contacto
y regresé arriba, sereno. Volví a sentarme en el último escalón y escuché todo
el resto del programa. Era «maravilloso».
Me sentía excitado, imaginativo, lleno de todo lo que
recordaba como lo más innovador en los dramas radiofónicos de años antes. Pero
era moderno. No se trataba de un programa antiguo vuelto a emitir para
satisfacer las necesidades de ese pequeño oyente que ansiaba escuchar las cosas
de los viejos tiempos. Era un programa nuevo, en el que aparecían todas las
viejas cosas, pero que seguía siendo nuevo y brillante. Incluso los anuncios
comerciales eran sobre productos que podían adquirirse actualmente, pero ni tan
violentos ni tan insultantes como los gritos de anuncios que uno escucha en la
radio de estos días.
Y cuando Tennessee Jed terminó, a las cinco de la tarde, oí
a Jeffty manejar el botón de su radio, hasta que escuché la familiar voz del
presentador Glenn Riggs. que proclamaba:
«¡Presentando a Hop Harrigan! ¡El as norteamericano de las
ondas del aire!».
Se escuchó el sonido del vuelo de un avión; un avión de
hélice, no a chorro. No era el sonido al que los chicos de hoy ya se han
acostumbrado, sino el sonido al que yo me acostumbré, el verdadero sonido de un
avión; el rugiente, revivificado y ronco sonido de la clase de aviones en que G—8
y sus Ases de Combate volaban, del tipo en que el Capitán Medianoche y Hop
Harrigan se desplazaban. Y entonces escuché a Hop que decía:
«CX—4 llamando a la torre de control, CX—4 llamando a la
torre de control. ¡Listo para despegar! Hubo una pausa y, a continuación, oí:
«Está bien. Aquí Hop Harrison…. ¡Adelante!»
Y Jeffty, que tenía el mismo problema que todos los niños de
los años cuarenta tuvimos con la programación que emitía historias de héroes
favoritos a la misma hora y en diferentes emisoras, tras haber presentado sus
respetos a Hop Harrigan y Tank Tinker, giró el botón de la radio con toda
rapidez y sintonizó la ABC, donde oí el sonido de un gong, la salvaje cacofonía
del parloteo chino sin sentido y al presentador que gritaba:
«¡T—e—e—rry y los piratas!».
Me quedé allí, sentado en el último escalón, escuchando a
Terry y a Connie y a Flip Corkin y, que Dios me ayude, a Agnes Moorehead como
la Dama del Dragón, todos ellos en una nueva aventura que se desarrollaba en
una China Roja que no existía en los tiempos de la versión de Miltón Caniff, de
1937, sobre el Oriente, con piratas fluviales y Chiang Kai—chek y los señores
de la guerra y el ingenuo imperialismo de la diplomacia norteamericana de los
barcos de guerra.
Permanecí sentado, escuchando todo el espectáculo, y aún me
quedé sentado más tiempo para escuchar Supermán y una parte de Jack Armstrong,
el chico norteamericano, y otra parte de Capitán Medianoche; y John Kinzer
regresó a casa y ni él ni Leona subieron la escalera para saber qué me había
pasado o dónde se encontraba Jeffty, y yo aún estuve sentado allí más tiempo y
descubrí que había empezado a llorar y que no podía contenerme. Simplemente, me
quedé allí sentado, y dejé que las lágrimas resbalaran por mis mejillas y
llegaran hasta las comisuras de mis labios. Sentado allí y llorando, hasta que
Jeffty me oyó, abrió su puerta y me vio. Entonces, se acercó a mí y me miró
lleno de una gran confusión infantil mientras yo oía cómo la emisora conectaba
con la Red de Mutualidades y comenzaban a transmitir el tema musical de Tom
Mix, «Cuando ha llegado el buen tiempo a Texas y todo ha florecido». Jeffty me
tocó en el hombro, sonrió, y me dijo:
—Hola. Donny. ¿Quieres entrar y escuchar la radio conmigo?
Hume negó la existencia de un espacio absoluto en el que
cada cosa tiene su lugar; Borges negó la existencia de un solo tiempo en el que
todos los acontecimientos están entrelazados.
Jeffty recibía programas de radio de un lugar que no podía
existir, en buena lógica, dentro del esquema natural del universo espacio—tiempo,
tal y como Einstein lo concibió. Pero no era eso todo lo que recibía. También
recibía premios por correo: objetos que nadie fabricaba ya.
Leía tebeos que habían dejado de publicarse tres décadas
antes. Veía películas con actores que habían muerto hacía veinte años. Era la
terminal de recepción de innumerables juguetes y placeres del pasado que el
mundo había ido dejando caer en su camino. En su vuelo suicida hacia Nuevos
Mañanas, el mundo había saqueado su casa de los tesoros de simples cosas
felices; había vertido cemento sobre sus terrenos de juegos, abandonado sus
rezagados elementos mágicos, y todo eso, de un modo imposible, estaba siendo
milagrosamente maniobrado hacia atrás, desde el presente, a través de Jeffty.
Revivificado, puesto al día; con tradiciones mantenidas pero contemporáneas.
Jeffty era el Aladino libre cuya propia naturaleza formaba la lámpara mágica de
su realidad.
Y él me introdujo en su mundo.
Porque confiaba en mí.
Tomábamos un desayuno de trigo machacado cuáquero y bebíamos
Ovaltine caliente de «ese» año en las tazas irrompibles de la huerfanita Annie,
íbamos al cine, y mientras que todo el mundo veía una comedia protagonizada por
Goldie Hawn y Ryan O’Neal, Jeffty y yo disfrutábamos de Humphrey Bogart, dando
vida al ladrón profesional Parker en la brillante adaptación de John Huston de
la novela de Donald Westlake Tierra de asesinos. El segundo protagonista era
Spencer Tracy, acompañado por Carole Lombard y Laird Cregar en la película
producida por Val Lewton, Leiningen contra las hormigas.
Dos veces al mes, acudíamos al nuevo quiosco y comprábamos
los números de El Hombre Enmascarado, Doc Savage e Historias Asombrosas.
Entonces, nos sentábamos juntos y yo le leía las revistas. Le gustó, en
particular, la nueva novela corta de Henry Kuttner Los sueños de Aquiles, y la
nueva serie de Stanley G. Weinbaum de historias cortas situadas en el universo
de partícula subatómica de Redurna. En septiembre, disfrutamos de la primera
publicación de la nueva novela de Conan, escrita por Robert E. Howard, La isla
de los negros, en «Weird Tales»; y en agosto nos sentimos suavemente
desilusionados por la cuarta novela de Edgar Rice Burroughs perteneciente a la
serie de «Júpiter». Pero el editor de «Historias Semanales» prometía que habría
dos aventuras más en la serie, y eso fue una revelación tan inesperada para
Jeffty y para mí que amortiguó nuestra desilusión por la calidad de la
narración que acabábamos de leer.
Leíamos juntos los tebeos, y Jeffty y yo decidimos —por
separado, antes de que ambos lo discutiéramos—que nuestros personajes favoritos
eran Dolí Man, Airboy y The Heap. También adorábamos las aventuras de George
Carlson en los tebeos Jingle Jangle; sobre todo, las historias del Príncipe de
Cara de Pastel del Viejo Pretzleburg, que leíamos juntos y que nos hacían reír,
aun cuando tuve que explicarle a Jeffty algunos de los sutiles juegos de
palabras, puesto que él era demasiado niño para comprender la sutileza de
aquellas bromas.
¿Cómo explicarlo? Estudié suficiente Física en la
universidad como para hacer algunas conjeturas sin pensármelas mucho, pero lo
más probable es que esté equivocado. En ocasiones, se rompen las leyes de la
conservación de la energía. Se trata de leyes que los físicos denominan
«débilmente violadas». Quizá Jeffty era un catalizador para la débil violación
de las leyes de la conservación que sólo ahora empezamos a darnos cuenta de que
existen. Traté de leer algo sobre el tema —deterioro de la clase «prohibida»;
deterioro gamma que no incluye el neutrino muon entre sus productos—, pero no
descubrí nada; ni siquiera los últimos escritos del Instituto Suizo para la
Investigación Nuclear, cerca de Zurich, pudieron darme una explicación de lo
que sucedía. Me vi arrojado hacia una vaga aceptación de la filosofía según la
cual el verdadero nombre de la «ciencia» es «magia».
No había explicaciones, pero sí momentos muy buenos.
La época más feliz de mi vida.
Yo tenía el mundo «real», el mundo de mi tienda, de mis
amigos y de mi familia; el mundo de los beneficios y las pérdidas; de los
impuestos; de las noches con mujeres jóvenes que hablaban de ir de compras o de
las Naciones Unidas; del coste creciente del café y de los hornos de
microondas. Y tenía el mundo de Jeffty, en el que existía sólo cuando me
encontraba junto a él. Las cosas del pasado que él conocía como algo fresco y
nuevo, yo las experimentaba en su compañía. Y la membrana de separación entre
los dos mundos se fue haciendo más tenue, más luminosa y transparente. Yo
disfrutaba de lo mejor de ambos mundos. Y, de algún modo, sabía que no podía
traspasar nada de uno al otro.
Al olvidarme de eso, sólo por un momento, al traicionar a
Jeffty por olvidarlo, puse fin a todo.
El hecho de disfrutar tanto como yo disfrutaba me hizo
llevar cada vez menos cuidado, y no llegué a considerar lo frágil que era la
relación entre el mundo de Jeffty y mi propio mundo. He aquí una razón por la
que el presente tiene envidia de la existencia del pasado. En realidad, yo
nunca llegué a comprenderlo. En ninguno de los libros donde se muestra la lucha
por la supervivencia en batallas entre la garra y el colmillo, entre el
tentáculo y el saco de veneno, existe reconocimiento alguno de la ferocidad con
que el presente se arroja siempre sobre el pasado. En ninguna parte se ofrece
una detallada afirmación de qué forma miente el presente en espera de lo que
sea, en espera de que eso se convierta en el aquí y el ahora para desgarrarlo con
sus despiadadas mandíbulas.
¿Quién podría saber tal cosa… a cualquier edad, y desde
luego no a la mía…? ¿Quién podría comprender tal cosa?
Trato de justificarme. Y no puedo. Fue error mío.
Era otro sábado por la tarde.
— ¿Qué vamos a ver hoy? —le pregunté cuando nos dirigíamos
hacia el centro de la ciudad en el coche.
Él me miró desde el otro extremo del asiento delantero y me
sonrió.
—Ken Maynard en La justicia del látigo y El hombre demolido.
Siguió sonriendo como si realmente me hubiera engañado. Le
miré con incredulidad.
— ¡Es una broma! —le dije, encantado—. ¿El hombre demolido,
de Bester?
Asintió con un gesto de cabeza, contento por el hecho de que
yo también lo estuviera. Sabía que ése era uno de mis libros favoritos.
— ¡Oh, estupendo!
— ¡Estupendo, estupendo! —coreó él.
— ¿Quiénes actúan?
—Franchot
Tone, Evelyn Keyes. Lionel Barrymore y Elisha Cook, Jr.
Él tenía muchos más conocimientos de los que yo había tenido
jamás sobre actores de cine. Podía citar a los intérpretes principales de cualquiera
de las películas que había visto. Incluso de las escenas de multitudes.
— ¿Y dibujos animados? —pregunté.
—Proyectan tres: uno de la Pequeña Lulú,uno del Pato Dónald
y otro de Bugs Bunny. Y una Especialidad de Pete Smith y una titulada Los monos
son la gente más loca, de Lew Lehr.
— ¡Vaya, muchacho! —dije, con una sonrisa de oreja a oreja.
Y entonces bajé la mirada y vi el talonario de órdenes de
compra en el asiento. Se me había olvidado dejarlo en la tienda.
—Tengo que pasar por el Centro –dije—. Debo dejar algo. Sólo
tardaré un momento.
—Muy bien —repuso Jeffty—. Pero no llegaremos tarde,
¿verdad?
—No te preocupes, muchacho —le tranquilicé.
Cuando entré en el aparcamiento situado detrás del Centro,
él decidió acompañarme y estuvimos hablando del cine. No es una gran ciudad la
nuestra, íbamos al Utopía, que sólo estaba a tres manzanas de distancia del
Centro.
Entré en la tienda con el talonario de pedidos y la encontré
llena. David y Jan estaban atendiendo cada uno a un cliente, y había otras personas
de pie, en espera de ser atendidas. Jan me dirigió una mirada y la expresión de
su rostro era una máscara de ruego. David estaba corriendo del almacén a la
sala de proyección y todo lo que pudo murmurar al pasar junto a mí fue:
— ¡Socorro!
—Jeffty —dije, inclinándome hacia él—. Escucha, dame unos
pocos minutos más. Jan y David tienen problemas con toda esta gente. Te prometo
que no llegaremos tarde. Sólo déjame atender a un par de estos clientes.
Él pareció nervioso, pero asintió con un gesto.
—Siéntate un momento y en seguida estaré contigo.
Y le indiqué una silla.
Se dirigió hacia ella, portándose con gran amabilidad,
aunque sabía lo que estaba sucediendo, y se sentó.
Empecé a ocuparme de los clientes que querían ver unos
televisores en color. Era la primera remesa sustancial de unidades que habíamos
conseguido —la televisión en color estaba alcanzando unos precios razonables y
era la primera promoción de la Sony—, y una época estupenda para mí. Ya me
imaginaba con el préstamo pagado y ponerme por primera vez a la cabeza con el
Centro. Era un buen negocio.
En mi mundo, los buenos negocios tienen prioridad.
Jeffty se quedó allí sentado, con la mirada fija en la
pared. Permítanme que les diga algo sobre esa pared.
Estaba cubierta de estanterías metálicas, desde el suelo
hasta unos sesenta centímetros del techo. Los televisores en color se habían
colocado artísticamente contra la pared. Un total de treinta y tres
televisores. Todos ellos encendidos al mismo tiempo. En blanco y negro, en
color, pequeños y grandes, todos funcionando al unísono.
Jeffty se sentó y contempló treinta y tres aparatos de
televisión en la tarde de un sábado. Nosotros disponemos de un total de trece
canales, incluidas las emisoras educativas en UHF. En un canal se retransmitía
un campeonato de golf; béisbol en otro; juego de bolos en otro; un seminario
religioso en el cuarto; en el quinto había un espectáculo de danza de niños
pequeños; en el otro la reposición de una comedia; en el séptimo, una película
policíaca; el octavo era un programa sobre la naturaleza en el que se mostraba
a un hombre volando continuamente; en el noveno había noticias y conversación;
el décimo, una carrera de coches antiguos; en el undécimo, un hombre hacía unos
logaritmos sobre una pizarra; el duodécimo mostraba a una mujer vestida con
leotardos haciendo ejercicios; y en el canal decimotercero se proyectaban unos
malos dibujos animados en castellano. Todos los espectáculos, excepto seis, se
repetían en tres televisores. Jeffty se sentó y contempló aquella pared de
televisión en la tarde de un sábado, mientras yo vendía con toda la rapidez y
seguridad que podía para devolverle el préstamo a tía Patricia y para
mantenerme en contacto con mi mundo. Era el negocio.
Debería haberme dado cuenta, haber comprendido lo del
presente y la forma en que éste mata el pasado. Pero estaba vendiendo a manos
llenas. Y cuando eché un vistazo hacia Jeffty, media hora después, él parecía
haberse convertido en otro niño.
Sudaba. Con ese terrible sudor febril que le coge a uno
cuando tiene gripe. Estaba pálido, tan pastoso y pálido como un gusano, y sus
pequeñas manos se agarraban con fuerza a los brazos del sillón, tanto que yo
veía el relieve de los nudillos a la perfección. Me apresuré a acercarme a él,
disculpándome ante la pareja de edad media que miraba un nuevo modelo
Mediterráneo de 21 pulgadas.
— ¡Jeffty!
Él me miró, pero sus ojos no me distinguieron. Estaba
absolutamente aterrorizado. Le arranqué del sillón y me dirigí con él hacia la
puerta principal, pero los clientes a quienes había abandonado me gritaron.
— ¡Eh! —dijo el hombre—. ¿Quiere usted venderme esto o no?
Yo miré a Jeffty, después al hombre y de nuevo a Jeffty, que
parecía un zombie. Había llegado hasta donde yo le había llevado. Sus piernas
parecían de goma y arrastraba los pies. Él pasado, que estaba siendo comido por
el presente, el sonido de algo que sufría dolor.
Me saqué algún dinero del bolsillo del pantalón y lo
apelotoné en la mano de Jeffty.
—Muchacho…, escúchame…. ¡vete ahora mismo de aquí!
Él seguía sin poder enfocar la mirada.
— ¡Jeffty! —grité, tanto como pude—. ¡Escúchame!
La pareja de mediana edad caminaba hacia nosotros.
—Escucha, muchacho, márchate de aquí ahora mismo. Vete al
Utopía y compra las entradas. Te seguiré en seguida.
La pareja de mediana edad estaba casi a nuestro lado. Empujé
a Jeffty a través de la puerta y le vi alejarse, tambaleante, en la dirección
equivocada. Entonces, se detuvo, como si se acordara de algo, y volvió sobre
sus pasos, cruzando ante la tienda y tomando el camino correcto hacia el
Utopía.
—Sí, señor —dije, enderezándome y volviéndome hacia ellos—.
Sí, señora. Ése es un modelo estupendo con unas características sensacionales.
Si quiere situarse aquí, donde estoy yo, podrá verlo mejor…
Oí un terrible sonido de algo que se rompía; pero no pude
saber de qué canal ni de qué aparato procedió.
Me enteré más tarde de la mayor parte de lo sucedido, por la
taquillera del cine y por algunas personas a las que conocí y que se me
acercaron para contarme lo ocurrido. Cuando llegué al Utopía, unos veinte
minutos después, Jeffty ya había sido golpeado hasta quedar convertido en una
piltrafa, y llevado al despacho del director.
— ¿Ha visto usted a un niño pequeño, de unos cinco años de
edad, con grandes ojos pardos y cabello liso… que me esperaba?
— ¡Oh! Creo que es el niño pequeño a quien han golpeado esos
muchachos.
— ¿Qué? ¿Dónde está ahora?
—Le han llevado al despacho del director. Nadie sabía quién
era ni dónde encontrar a sus padres…
Una joven, con uniforme de acomodadora, le estaba colocando
una toalla de papel húmedo en el rostro cuando llegué.
Le quité la toalla de papel y le ordené que saliera del
despacho. Ella pareció sentirse insultada y me replicó algo brusca, pero se
marchó. Me senté en el borde del sofá y traté de limpiarle la sangre que surgía
de las laceraciones, sin abrir las heridas allí donde la sangre ya se había
coagulado. Tenía los dos ojos hinchados. La boca estaba gravemente desgarrada.
El cabello, manchado de sangre seca.
Se había puesto en la cola, detrás de dos chicos jóvenes.
Empezaron a vender las entradas a las doce y media y la película empezaba a la
una. Las puertas no se abrieron hasta la una menos cuarto. Él había estado
esperando y los chicos que tenía delante llevaban una radio portátil.
Escuchaban el partido de fútbol. Jeffty quiso oír algún programa que sólo Dios
sabe cuál sería, Gran Estación Central, La Tierra Perdida…, cualquiera.
Pidió si le podían prestar la radio para escuchar el
programa un minuto, y todo fue como un intercambio comercial o algo así. Los
chicos le dejaron la radio, tal vez impulsados por una especie de maliciosa
cortesía que después les permitiera abusar de él y destrozar al niño. Él había
cambiado la emisora…. y los chicos no pudieron volver a encontrar la que
retransmitía el partido de fútbol. La radio había quedado apresada en una
emisora que retransmitía un programa que ya no existía para nadie, excepto para
Jeffty.
Le pegaron con todas sus fuerzas…, mientras todos los demás
observaban.
Después, echaron a correr, alejándose de allí.
Yo le había dejado solo, le había abandonado para que
luchara contra el presente, sin disponer de armas suficientes. Le había
traicionado por la venta de un televisor de veintiuna pulgadas del modelo
Mediterráneo. Por eso, su rostro era una amasijo de carne golpeada. Gimió algo
inaudible y sollozó suavemente.
—Chist, todo va bien ahora, muchacho. Soy Donny. Estoy aquí.
Te llevaré a casa y te pondrás bien.
Hubiera debido llevarle al hospital directamente. No sé por
qué razón no lo hice. Tendría que haberlo hecho así. Debería haberlo hecho.
Cuando crucé la puerta, con él en brazos, John y Leona
Kinzer se me quedaron mirando fijamente. No se movieron para cogerle ellos.
Jeffty llevaba colgando uno de sus brazos. Estaba consciente, pero apenas.
Ellos nos miraron, allí, en la semioscuridad de la tarde de un sábado, en el
presente.
—Un par de chicos le golpearon en el cine —dije, al tiempo
que le elevaba un poco en mis brazos y le extendía hacia adelante.
Ellos me observaron con fijeza, los dos, sin ninguna
expresión en su mirada, sin hacer movimiento alguno.
— ¡Por Jesucristo! –grité—. ¡Le han golpeado! ¡Es su hijo!
¿Ni siquiera quieren tocarle? ¿Qué clase de personas son ustedes?
Entonces, Leona empezó a moverse hacia mí, con gran
lentitud. Permaneció frente a nosotros durante unos segundos y había un plomizo
estoicismo en su rostro que era algo terrible de ver. Con él, estaba diciendo:
«He estado en este lugar antes, muchas veces, y no puedo soportar el volver a
estar, pero aquí estoy ahora».
Así es que le entregué a Jeffty. Que Dios me ayude, se lo
entregué a ella.
Y se lo llevó arriba, para lavarle la sangre y aliviarle el
dolor.
John Kinzer y yo nos quedamos de pie, separados, en el
oscuro saloncito de su casa, mirándonos fijamente. Él no tenía nada que
decirme.
Pasé por su lado y me dejé caer en un sillón. Las piernas me
temblaban.
Escuché el correr del agua en el baño, arriba.
Después de lo que pareció un largo rato. Leona bajó,
enjugándose las manos en el delantal. Se sentó en el sofá y, al cabo de un
momento, John se acomodó junto a ella. Entonces, escuché, arriba, el sonido de
la música rock.
— ¿Te gustaría tomar un trozo de pastel? —preguntó Leona.
No le contesté. Sólo escuchaba el sonido de aquella música.
Música rock. En la radio. Sobre la mesita situada junto al sofá había una
lámpara de mesa. Arrojaba una luz débil e inútil sobre el saloncito en
penumbra. ¿Música rock del presente, en una radio, arriba? Empecé a decir algo
y, entonces, lo «supe»…
Me levanté de un salto en el momento en que un terrible
crujido hacía desaparecer el sonido de la música, y en que la lámpara de la
mesita se debilitaba más, y más y vacilaba. Grité algo, no recuerdo el qué, y
eché a correr escalera arriba.
Los padres de Jeffty no se movieron. Se quedaron allí,
sentados, con las manos plegadas, en el mismo lugar en el que habían
permanecido durante tantos años.
Me caí dos veces subiendo la escalera a toda velocidad.
Por la televisión no retransmiten muchas cosas capaces de
despertar mi interés. Compré una enorme radio Philco en una tienda de segunda
mano y sustituí todas las partes dañadas, utilizando los componentes originales
de otras radios viejas que pude localizar y que aún funcionaban. No utilizo
transistores, ni circuitos impresos. Esos componentes no funcionarían. A veces,
me he pasado horas y horas, sentado frente a ese receptor, manejando el botón
de un lado a otro, con toda la lentitud que uno pueda imaginar, tanto que en
ocasiones parecía como si la aguja no se moviera en absoluto.
Pero no puedo encontrar al Capitán Medianoche, ni La Tierra
Perdida, ni El Hombre Enmascarado, ni Tranquilidad, por favor.
Así es que ella le quería un poco, todavía, después de todos
aquellos años. No puedo odiarles: sólo querían volver a vivir en el presente. Y
eso no es nada tan terrible.
Teniendo en cuenta todas las cosas, no deja de ser un mundo
bueno. Es mucho mejor de lo que era, en muchos sentidos. La gente no muere de
las viejas enfermedades. Ahora muere a causa de enfermedades nuevas; pero eso
es el progreso, ¿verdad?
¿No es cierto?
Díganmelo.
Que
alguien me lo diga, por favor.