04/18/19

La costa

Ray Bradbury

Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.

Esos fueron los primeros hombres.

Nadie ignoraba quiénes serian las primeras mujeres.

Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con oros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica, Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.

Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio. Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios…

04/18/19

La bruja de abril

Ray Bradbury

En el aire, sobre los valles, bajo las estrellas, sobre un río, un estanque, un camino, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de la primavera, fragante como el aroma de los tréboles que se alzaba en los campos a la tarde, ella volaba. Se deslizaba en palomas suaves como el armiño blanco, se detenía en los árboles y vivía en los capullos, abriéndose en pétalos cuando soplaba la brisa. Se posaba en una rana verde, fresca como la menta, a orillas de un charco brillante. Trotaba en un perro zarzoso y ladraba para oír ecos que venían de graneros lejanos. Vivía en las nuevas hierbas de abril, en suaves y claros líquidos que se alzaban de la tierra de almizcle.

Es primavera, pensaba Cecy. Esta noche estaré en todas las cosas vivas del mundo.

Ahora vivía en grillos claros en los arroyos de alquitrán de los caminos, ahora caía como el rocío en una verja de hierro. Era la suya una mente que se adaptaba con rapidez, y volaba invisible en los vientos de Illinois esta noche única de su vida. Acababa de cumplir diecisiete años.

—Quiero enamorarme —dijo.

Lo había dicho a la hora de la cena. Y sus padres habían abierto los ojos y se habían reclinado tiesamente en sus sillas.

—Cuidado —le habían aconsejado—. Recuerda que eres una criatura notable. Toda nuestra familia es rara y notable. No podemos mezclarnos o casarnos con gente ordinaria. Perderíamos nuestros poderes mágicos si lo hiciésemos. No te gustaría no poder «viajar» por medios mágicos, ¿no es verdad? Entonces, cuidado. ¡Cuidado!

Pero en su alto dormitorio, Cecy se había perfumado la garganta, y se había tendido temblorosa y aprensiva en su carruaje de cuatro caballos, como una luna de leche que se alza sobre los campos de Illinois, transformando los ríos en cremas y los caminos en platino.

—Sí —suspiró—. Soy de una familia rara. Dormimos de día y volamos de noche como cometas negras en el viento. Si lo deseamos, podemos dormir en un topo durante el invierno, en la tibia tierra. Puedo vivir en cualquier cosa: un guijarro, una flor de azafrán o una manta religiosa. Puedo abandonar mi cuerpo simple y huesudo y lanzar mi mente a la aventura. ¡Ahora!

El viento la llevó sobre campos y praderas.

Cecy vio las cálidas luces primaverales de mansiones y granjas que brillaban con colores crepusculares.

Yo no puedo enamorarme porque soy sencilla y rara, pero me enamoraré por medio de alguna otra forma, pensó.

En los campos de una granja, en la noche de primavera, una muchacha de pelo oscuro, de no más de diecinueve años, sacaba agua de un profundo pozo de piedra y cantaba.

Cecy cayó —una hoja verde—en el pozo. Se tendió en el tierno musgo del pozo, mirando hacia arriba en la sombría frescura. Luego se animó en una palpitante e invisible ameba. ¡Luego en una gota de agua! Al fin, en un tazón frío, se sintió llevada a los tibios labios de la muchacha. Se oyó un suave y nocturno sonido; la muchacha bebía.

Cecy miró el mundo desde los ojos de la muchacha.

Desde el interior de la oscura cabeza, desde los ojos brillantes, miró las manos que tiraban de la tosca cuerda. Escuchó a través de las orejas de caracol el mundo de la muchacha. Olió un particular universo por la delicada nariz, sintió que aquel corazón especial batía y batía. Sintió que aquella lengua extraña se movía cantando.

¿Sabrá que estoy aquí? pensó Cecy.

La muchacha abrió la boca. Miró fijamente los prados nocturnos.

— ¿Quién está ahí?

No hubo respuesta.

—Sólo el viento —murmuró Cecy.

La muchacha se rió de sí misma, pero se estremeció.

—Sólo el viento.

Era un buen cuerpo, el cuerpo de la muchacha. Tenía huesos del más fino y delicado marfil, envueltos redondamente en carne. El cerebro era como una pálida rosa té, que colgaba en la oscuridad, y había un aroma de manzanas en la boca. Los labios se apoyaban firmemente en los blancos, blancos dientes, y las cejas se arqueaban nítidamente ante el mundo, y el pelo caía hermoso y suave en la nuca de leche. Los poros se apretaban diminutos y cerrados. La nariz apuntaba a la luna y las mejillas brillaban con pequeños fuegos. El cuerpo se movía con el equilibrio de una pluma y parecía como si siempre se cantase a sí mismo. Estar en este cuerpo, esta cabeza, era como calentarse en una estufa, vivir en el ronroneo de un gato dormido, dejarse llevar por las tibias aguas de un arroyo que corría de noche hacia el mar.

Me gustará estar aquí, pensó Cecy.

— ¿Qué? —preguntó la muchacha como si hubiese oído una voz.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó Cecy cuidadosamente.

—Ann Leary. —La muchacha se estremeció—. ¿Pero por qué digo esto en voz alta?

—Ann, Ann —murmuró Cecy—. Ann, vas a enamorarte.

Como si fuese una respuesta, un trueno estalló en el camino, un repiqueteo y un retumbar de ruedas en la grava. Apareció un nombre alto que manejaba un carro, sosteniendo las riendas en los brazos monstruosos, y con una sonrisa brillante que cruzaba el patio de la granja.

— ¡Ann!

— ¿Eres tú, Tom?

— ¿Quién otro podía ser?

Tom saltó del carro y ató las riendas a la verja.

— ¡Yo no hablo contigo!

Ann dio media vuelta con el balde en la mano, salpicando el suelo.

— ¡No! —gritó Cecy.

Ann se detuvo. Miró las lomas y las primeras estrellas de la primavera. Miró al hombre llamado Tom. Cecy le hizo dejar caer el balde.

— ¡Mira lo que has hecho!

Tom corrió.

— ¡Mira lo que me has hecho hacer!

Tom le limpió los zapatos con un pañuelo riéndose.

— ¡Apártate!

Ann le pateó las manos, pero Tom se rió otra vez, y desde kilómetros de distancia, Cecy le miró la forma de la cabeza, el tamaño del cráneo, la línea de la nariz, el ancho de los hombros, y la dura fuerza de las manos que hacían esa cosa delicada con el pañuelo. Asomándose a la secreta bohardilla de la encantadora cabeza, Cecy tiró de un oculto alambre de ventrílocuo, y la hermosa boca se abrió y dijo:

— ¡Gracias!

—Oh, entonces eres cortés —dijo Tom.

El olor de cuero de sus manos, el olor del caballo en sus ropas se elevaron hasta la tierna nariz, y Cecy, lejos, muy lejos, sobre prados nocturnos y campos florecidos, se movió como en sueños.

— ¡No! ¡No contigo! —dijo Ann.

—Vamos, habla suavemente —dijo Cecy.

Movió los dedos de Ann hacia la cabeza de Tom. Ann echó atrás la mano.

— ¡Me he vuelto loca!

—Así es —asintió Tom, sonriendo, pero sorprendido—. ¿Ibas a tocarme entonces?

—No sé. ¡Oh, vete!

En las mejillas de Ann brillaban rosados carbones.

— ¿Por qué no corres? No te retengo. —Tom se incorporó—. ¿Has cambiado de parecer? ¿Irás al baile conmigo esta noche? Es un baile especial. Te diré por qué más tarde.

—No —dijo Ann.

— ¡Sí! —gritó Cecy—. Nunca bailé. Quiero bailar. Nunca llevé un largo vestido susurrante. Quiero bailar toda la noche. No sé qué es estar en una mujer, bailando. Papá y mamá nunca me lo permitirían. He conocido perros, gatos, langostas, hojas, todo lo que hay en el mundo en un tiempo o en otro, pero nunca una mujer en primavera, nunca en una noche como la de hoy. Oh, por favor… debemos ir al baile.

Cecy extendió sus pensamientos como dedos dentro de un guante nuevo.

—Sí —dijo Ann Leary—. Iré. No sé por qué, pero iré contigo al baile esta noche, Tom.

— ¡Ahora adentro, pronto! —gritó Cecy—. Debes lavarte, avisar a tu gente, preparar el vestido, calentar la plancha. ¡A tu cuarto!

—Mamá —dijo Ann—, ¡he cambiado de parecer!

El caballo de Tom galopó a lo largo de la cerca, los cuartos de la granja volvieron a la vida, el agua hirvió para un baño, la estufa de carbón calentó la plancha que plancharía el vestido, la madre corrió, corrió con una hilera de alfileres en la boca.

— ¿Qué te ha pasado, Ann? ¡Tom no te gusta!

Ann se detuvo en medio de aquella gran fiebre.

—Es cierto.

¡Pero es primavera! pensó Cecy.

—Es primavera —dijo Ann.

Y es una hermosa noche para bailar, pensó Cecy.

—… para bailar —murmuró Ann Leary.

La muchacha se metió en la bañera y la espuma le cubrió los blancos hombros de delfín, y el jabón hizo pequeños nidos bajo sus brazos, y la carne de sus pechos tibios se movió en sus manos, y Cecy movió la boca, modelando la sonrisa, guiando los movimientos de Ann. No podía permitirse una pausa, ni un titubeo, ¡o toda la pantomima se haría pedazos! Había que obligar a Ann Leary a moverse, a actuar, a lavarse aquí, a enjabonarse allá. Ahora, ¡afuera! ¡Sécate con una toalla! ¡Ahora perfume y polvo!

— ¡Tú! —Ann se vio en el espejo, toda blanca y rosada como lirios y claveles—. ¿Quién eres esta noche?

—Soy una muchacha de diecisiete años. —Cecy la miró desde los ojos violetas—. No puedes verme. ¿Sabes que estoy aquí?

Ann Leary sacudió la cabeza.

—Le he alquilado el cuerpo a alguna bruja de abril.

— ¡Cerca, muy cerca! —rió Cecy—. Bueno, ahora con tu vestido.

¡El placer de sentir una hermosa ropa sobre un gran cuerpo! Y luego el saludo afuera.

— ¡Ann! ¡Llegó Tom!

—Dile que espere. —Ann se sentó de pronto—. Dile que no voy al baile.

— ¿Qué? —dijo su madre en la puerta.

Cecy volvió rápidamente a su puesto. Había sido un descuido fatal, había dejado el cuerpo de Ann un fatal instante. Había oído el ruido lejano de los cascos del caballo y el carro que traqueteaba cruzando el campo primaveral iluminado por la luna. Durante un segundo había pensado: Iré a buscar a Tom y me instalaré en su cabeza y veré qué es ser un hombre de veintidós años en una noche como ésta. Y se había lanzado a cruzar rápidamente un campo de brezos. Regresó volando, como un pájaro a su jaula, y susurró y batió en la cabeza de Ann Leary.

— ¡Ann!

— ¡Dile que se vaya!

Cecy se calmó y extendió sus pensamientos.

— ¡Ann!

Pero Ann se había rebelado.

— ¡No, no, lo odio!

No debía haberme ido, ni siquiera un momento. Cecy derramó su mente en las manos de la muchacha, en el corazón, en la cabeza, suavemente, suavemente.

De pie, pensó.

Ann se incorporó.

Ponte el abrigo.

Ann se puso el abrigo.

 Ahora, ¡en marcha!

¡No!, pensó Ann Leary.

¡En marcha!

—Ann —dijo la madre—, no hagas esperar a Tom. Sal y déjate de tonterías. ¿Qué te pasa?

—Nada, mamá. Buenas noches. Volveremos tarde.

Ann y Cecy corrieron juntas hacia la noche de primavera.

Una sala de palomas que bailaban suavemente rizando sus silenciosas y arrastradas plumas, una sala de pavos reales, una sala de ojos y luces de arco iris. Y en el centro, dando vueltas, y vueltas, y vueltas, bailaba Ann Leary.

—Oh, es una hermosa noche —dijo Cecy.

—Oh, es una hermosa noche —dijo Ann.

—Estás rara.—dijo Tom.

La música los hacía girar en la oscuridad, en ríos de canciones; flotaban, asomaban, se hundían, se alzaban en busca de aire, jadeaban, se tomaban el uno del otro como si estuviesen ahogándose, y giraban otra vez, con movimientos de abanico, con murmullos y suspiros al compás de Hermoso Ohio.

Cecy tarareó. Los labios de Ann se abrieron y salió música.

—Sí, estoy rara —dijo Cecy.

—No eres la misma —dijo Tom.

—No, no esta noche.

—No eres la Ann Leary que conozco.

—No, de ningún modo, de ningún modo —murmuró Cecy, a kilómetros y kilómetros de distancia—. No, de ningún modo —dijeron los labios de Ann.

—Tengo una sensación rarísima —dijo Tom.

— ¿Acerca de qué?

—Acerca de ti. —Tom apoyó la mano en la espalda de Ann y la hizo bailar mirando la cara resplandeciente de la muchacha, buscando algo—. Tus ojos —dijo—, no puedo verlos realmente.

— ¿Me ves? —preguntó Cecy.

—Una parte tuya está aquí, Ann, y otra parte no está.

Tom la hizo girar cuidadosamente, perturbado.

—Sí.

— ¿Por qué viniste conmigo?

—Yo no quería venir —dijo Ann.

¿Por qué, entonces?

—Algo me obligó.

— ¿Qué?

—No sé. —La voz de Ann era casi histérica.

—Bueno, bueno, bueno —susurró Cecy—. Tranquila. Da vueltas, da vueltas.

Murmuraron y susurraron y se alzaron y cayeron en la sala oscura, con la música que se movía y le hacía girar.

—Pero has venido al baile —dijo Tom.

—Sí —dijo Cecy.

—Vamos.

Y Tom la llevó bailando ligeramente hacia una puerta abierta y la hizo caminar en silencio alejándola de la sala y la música y la gente.

Subieron al carro y se sentaron juntos.

—Ann —dijo Tom, tomándole las manos, temblando—. Ann. —Pero dijo el nombre de ella como si no fuese su verdadero nombre. Se quedó mirando aquel rostro pálido. Ann había abierto otra vez los ojos—. Yo te quise siempre, lo sabes —dijo.

—Lo sé.

—Pero tú fuiste siempre veleidosa y yo no quería sufrir.

—No tiene importancia, somos muy jóvenes.

—No, quiero decir lo siento —dijo Cecy.

— ¿Qué quieres decir?

Tom dejó caer las manos de Ann y se endureció.

La noche era cálida y el olor de la tierra subía estremeciéndose alrededor del carro, y el aliento de los árboles frescos empujaba las hojas unas contra otras con una sacudida y un susurro.

—No sé —dijo Ann.

—Oh, pero yo lo sé —dijo Cecy—. Eres alto, y el hombre más atractivo del mundo. Esta es una hermosa noche; recordaré siempre que he pasado esta noche contigo.

Cecy extendió una mano fría y extraña hacia la mano temerosa de Tom, y la acercó y la apretó y calentó.

—Pero —dijo Tom, parpadeando—esta noche estás aquí, estás allí. En un instante de un modo, y en el siguiente de otro. Yo quería traerte al baile esta noche en recuerdo de los viejos tiempos. No pensaba en nada al principio, cuando te lo pedí. Y luego, cuando estábamos junto al pozo, supe que en ti algo había cambiado, realmente. Estás distinta. Hay en ti algo nuevo y blando, algo… —Tom buscó a tientas la palabra—. No sé. No puedo decirlo. El modo en que miras. Algo en tu voz. Y ahora sé que estoy enamorado de ti otra vez.

—No —dijo Cecy—, de mí, de .

—Y temo estar enamorado de ti —dijo Tom—. Me harás daño otra vez.

—Sí —dijo Ann.

No, no, ¡te quiero de veras! pensó Cecy. Ann, díselo, díselo por mí. Dile que lo quieres de veras.

Ann no dijo nada.

Tom se acercó suavemente un poco más y alzó la mano para tomarle la barbilla.

—Me voy, Ann. Conseguí un trabajo a ciento cincuenta kilómetros de aquí. ¿Me extrañarás?

—Sí —dijeron Ann y Cecy.

— ¿Puedo despedirme de ti con un beso, entonces?

—Sí —dijo Cecy antes de que ningún otro pudiese hablar.

Tom apoyó los labios en aquella extraña boca. Besó la extraña boca, temblando.

Ann parecía una estatua blanca.

— ¡Ann! —dijo Cecy—. ¡Mueve tus brazos, abrázalo!

Ann era como una muñeca de madera a la luz de la luna.

Tom la besó otra vez.

—Te quiero —susurró Cecy—. Estoy aquí. Me ves a mí en los ojos de Ann, a mí. Y yo te quiero a pesar de ella.

Tom se apartó y pareció un hombre que hubiese corrido una larga distancia.

—No sé qué pasa —dijo—. Durante un momento…

— ¿Sí? —preguntó Cecy.

—Durante un momento pensé… —Se llevó las manos a los ojos—. No importa. ¿Te llevo ahora a tu casa?

—Por favor —dijo Ann Leary.

Tom le cloqueó al caballo, sacudió cansadamente las riendas y el carro se alejó. Iban en las sacudidas y crujidos y movimientos del carro iluminado por la luna, en la todavía temprana —eran sólo las once—noche primaveral, y los campos brillantes y los suaves prados de trébol pasaban deslizándose.

Y Cecy, mirando los campos y prados, pensaba: daría cualquier cosa, sí, lo daría todo por estar siempre con él desde esta noche. Y oyó otra vez la voz de sus padres, débilmente: «Cuidado. No querrás perder tus poderes mágicos, casándote con un simple mortal. Cuidado.»

Sí, sí, pensó Cecy, hasta a eso renunciaría, ahora mismo, si él me tuviese en cambio. No necesitaría entonces pasear en las noches de primavera, no necesitaría vivir en pájaros y perros y gatos y zorros. Sólo necesitaría estar con él. Sólo con él. Sólo con él.

El camino pasaba debajo de ellos, suspirando.

—Tom —dijo Ann al fin.

Tom miraba fríamente el camino, el caballo, los árboles, el cielo, las estrellas.

— ¿Qué?

—Si estás alguna vez en los años próximos, alguna vez, en Green Town, Illinois, a unos pocos kilómetros de aquí, ¿me harías un favor?

—Quizás.

Ann Leary habló con una voz vacilante y torpe:

— ¿Me harías el favor de ver a una amiga mía?

— ¿Por qué?

—Es una buena amiga. Te he hablado de ella. Te daré su dirección. Un momento. —El carro se detuvo ante la casa de Ann y la muchacha sacó lápiz y papel de su pequeño bolso y escribió a la luz de la luna, apoyando el papel en la rodilla—.Toma. ¿Se lee bien?

Tom miró el papel y asintió aturdido.

—Cecy Elliot. Calle de los Alamos, 12. Green Town, Illinois —leyó.

— ¿La visitarás algún día? —preguntó Ann.

—Algún día —dijo Tom.

— ¿Me lo prometes?

— ¿Qué tiene que ver esto con nosotros? —gritó Tom furiosamente—. ¿Para que quiero papeles y nombres?

Apretó el papel y se metió la arrugada pelota en el bolsillo de la chaqueta.

— ¡Oh, por favor, promételo! —suplicó Cecy.

—…promételo —dijo Ann.

— ¡Muy bien, muy bien, déjame en paz! —gritó Tom.

Estoy cansada, pensó Cecy. No aguanto más. Tengo que ir a casa. Me siento débil. Mi poder sólo alcanza para pasar unas pocas horas como éstas, de noche, viajando, viajando. Pero antes de irme…

—… antes de irme…. —dijo Ann.

Besó a Tom en la boca.

—Soy yo quien te besa —dijo Cecy.

Tom se apartó y miró a Ann Leary, adentro muy adentro. No dijo nada, pero se le ablandó la cara, lentamente, muy lentamente, y los rasgos se le desdibujaron, y la boca perdió su dureza, y miró otra vez el interior de aquel rostro bañado por la luna.

Luego bajó a Ann del carro y sin siquiera unas buenas noches se alejó rápidamente camino abajo.

Cecy dejó a Ann.

La muchacha, gritando, como si saliese de una cárcel, corrió por el sendero lunar hacia su casa y cerró de un portazo.

Cecy se demoró allí cerca unos instantes. En los ojos de un grillo vio el nocturno mundo primaveral. En los ojos de una rana se quedó un momento a solas junto a un estanque. En los ojos de un ave nocturna miró desde un olmo alto, hechizado por la luna, y vio cómo se apagaban las luces en dos granjas, una allí, y otra a un kilómetro. Pensó en sí misma, su familia, y sus extraños poderes, y en que nadie de su familia podía casarse con ninguna de las gentes de aquel vasto mundo, más allá de las colinas.

— ¿Tom? —Su mente cada vez más débil voló con un ave nocturna bajo los árboles y sobre los campos de mostaza silvestre—. ¿Tienes todavía el papel, Tom? ¿Vendrás algún día, algún año, alguna vez, a verme? ¿Me conocerás entonces? ¿Me mirarás a la cara y recordarás entonces cuando me viste por última vez, y sabrás que me quieres como yo te quiero, de verdad y para siempre?

Se detuvo en el fresco aire de la noche, a un millón de kilómetros de pueblos y gentes, sobre granjas y continentes y ríos y montañas.

— ¿Tom? —preguntó suavemente.

Tom dormía. Era tarde; las ropas estaban colgadas en sillas, u ordenadamente plegadas a los pies de la cama. Y en una mano inmóvil, puesta con cuidado sobre la almohada blanca, junto a su rostro, había un trozo de papel escrito. Lentamente, lentamente, una fracción de centímetro cada vez, los dedos se fueron plegando y se cerraron sobre el papel. Y Tom ni siquiera se movió cuando un ave negra, débilmente, maravillosamente, aleteó con suavidad unos instantes contra los vidrios de la ventana, claros a la luz de la luna, y luego, abriendo en silencio las alas, se alejó volando hacia el este, sobre la tierra dormida.

04/18/19

Jeffty tiene cinco años

Harlan Ellison

Cuando yo tenía cinco años, había un niño con quien solía jugar: Jeffty. Su verdadero nombre era Jeff Kinzer, pero todos los que jugábamos con él le llamábamos Jeffty. Los dos teníamos cinco años y pasamos muy buenos ratos juntos.

Cuando yo tenia cinco años, un helado de chocolate Clark era tan grueso como una barra de Louisville. Tenía unos quince centímetros de longitud, y utilizaban verdadero chocolate para recubrirlo, y crujía de un modo muy agradable al morderlo por el centro; además, el papel en que lo envolvían olía a cosa fresca y buena cuando se lo pelaba sosteniendo el palo de modo que el helado no se derritiera en los dedos. Hoy, un helado de chocolate Clark es tan delgado como una tarjeta de crédito, y emplean algo artificial y de un sabor terriblemente malo en lugar del chocolate puro; el helado es blanco y esponjoso y cuesta quince o veinte centavos en lugar de la decente y correcta moneda de cinco centavos que costaba, y lo envuelven como para que uno crea que tiene el mismo tamaño que tenía hace veinte años, aunque no lo tiene; es delgado, de aspecto feo, gusto nauseabundo y no vale ni un centavo, cuanto mucho menos quince o veinte.

Cuando yo tenía esa edad, cinco años, fui enviado a casa de mi tía Patricia, en Buffalo, Nueva York, durante dos años. Mi padre estaba pasando «malos tiempos» y tía Patricia era muy hermosa y se había casado con un agente de Bolsa. Ellos se hicieron cargo de mí durante cinco años. A los siete años, regresé a casa y fui a ver a Jeffty para jugar con él.

Yo había cumplido siete. Jeffty seguía teniendo cinco. No observé ninguna diferencia en él. No lo sabía: yo tenía sólo siete años.

A esa edad, solía tumbarme boca abajo frente a nuestra radio Atwater Kent y escuchaba. Había atado la antena de toma de tierra al radiador y me pasaba el tiempo allí, tumbado, con mis libros para colorear y mis Crayolas (cuando sólo había dieciséis colores en la caja grande), escuchando la red roja de la NBC: Jack Benny y el programa de Saludos, Amos y Andy, Edgar Bergen y Charlie McCarthy en el programa de Chase y Sanborn, La Familia de un hombre. La primera noche; la red azul de la NBC: Ases fáciles, el Programa de Jergens con Walter Winchell, Información, por favor, Los días del Valle de la Muerte; y, lo mejor de todo, la Red de la Mutualidad con la Corneta Verde, El Llanero Solitario, El Hombre Enmascarado y Tranquilidad, por favor. Hoy pongo en marcha la radio de mi coche y busco de un extremo a otro del dial; todo lo que oigo son orquestas de cien cuerdas, amas de casa frivolas y camioneros insípidos que discuten de sus pervertidas vidas sexuales con presentadores de voz arrogante, tonterías country y del Oeste y música rock tan estridente que me hace daño en los oídos.

Cuando tenía diez años, mi abuelo se murió de puro viejo y yo me convertí en un «chico problemático»; entonces, me enviaron a una escuela militar para que me «metieran en vereda».

Regresé a casa con catorce años. Jeffty seguía teniendo cinco años.

Cuando yo tenía catorce años de edad solía irme al cine los sábados por la tarde y una matine costaba diez centavos y entonces se utilizaba mantequilla de la de verdad para hacer las palomitas de maíz, y podía estar seguro de ver una película del Oeste con Lash LaRue o Wild Bill Elliott como Red Ryder, con Bobby Blake como Castorcito, o Roy Rogers, o Johnny Mack Brown; una película de terror como La Mansión de los Horrores, con Rondo Hatton en el papel de estrangulador, o como La mujer pantera, o como La Momia o como Me casé con una bruja, con Fredric March y Verónica Lake; además de un episodio de un gran serial como El Hombre Enmascarado, con Victor Jory, o Dick Tracy o Flash Cordón; y tres cortometrajes de dibujos animados; uno de James Fitzpatrick; uno de Noticias Movietone; uno de cantantes y, si me quedaba hasta la noche, una de Bingo o Keno; y chicas atractivas gratis. Hoy voy al cine y veo a Clint Eastwood volándole la cabeza a la gente como si fueran melones maduros.

A los dieciocho, fui a la universidad. Jeffty seguía teniendo cinco años. Yo regresaba a casa durante los veranos, para trabajar en la joyería de mi tío Joe. Jeffty no había cambiado. Ahora yo sabía que había algo diferente en él. Algo que no andaba bien, algo extraño. Jeffty seguía teniendo cinco años, ni un día más.

A los veintidós regresé a casa para quedarme definitivamente, y abrir una tienda de reparaciones de televisores Sony, la primera en la ciudad. Veía a Jeffty de vez en cuando. Tenía cinco años.

Las cosas han mejorado en muchos aspectos. La gente ya no se muere de algunas de las viejas enfermedades. Los coches son más veloces y le llevan a uno con mayor rapidez y por mejores carreteras al lugar al que uno quiere llegar. Las camisas son más blandas y sedosas. Tenemos libros de bolsillo, aunque cuestan tanto como costaba uno bien encuadernado. Cuando me estoy quedando sin dinero en el Banco, puedo vivir de las tarjetas de crédito hasta que las cosas se arreglan. Pero sigo creyendo que hemos perdido una gran cantidad de cosas buenas. ¿Sabía usted que ya no se puede comprar linóleum, sino sólo recubrimiento de vinilo para el suelo? Ya no quedan materiales como el hule; ya no volveremos a percibir ese olor especial y dulce que salía de la cocina de la abuela. Los muebles no se fabrican para que duren treinta años o más, porque llevaron a cabo una encuesta y descubrieron que, en los hogares jóvenes, les gustaba tirar los muebles y comprar bórax de colores nuevos cada siete años. Los discos no son gruesos y sólidos, como los antiguos, sino que ahora son delgados y hasta se pueden doblar… y eso no me parece bien. En los restaurantes no sirven la crema en jarras; sólo le dan a uno esa cosa artificial en pequeños tubos de plástico, y uno no consigue nunca que le sirvan un café con el color que debe tener. A todas partes donde uno vaya, todas las ciudades tienen el mismo aspecto, con locales para tomar hamburguesas y productos MacDonald y 7—Onces y moteles y grandes centros comerciales. Puede que las cosas sean mejores, pero ¿por qué pienso siempre en el pasado?

Lo que quiero decir cuando hablo de los cinco años no es que Jeffty fuera un retrasado. No creo que se tratara de eso. Al contrario, es astuto como un zurriagazo para los cinco años; un niño muy inteligente, rápido, agudo y divertido.

Pero medía noventa centímetros de estatura, pequeño para su edad, y estaba perfectamente formado; no tenía la cabeza grande, ni ninguna mandíbula extraña ni nada de eso. Simplemente, un niño guapo, de aspecto normal para los cinco años. Excepto que, en realidad, tenía la misma edad que yo; o sea, veintidós.

Cuando hablaba, lo hacía con la temblorosa voz de soprano de un niño de cinco años; cuando caminaba, arrastraba los pies como un niño de cinco años; cuando le hablaba a uno, era acerca de las preocupaciones de un niño de cinco años…, tebeos, soldaditos de juguete; utilizaba un imperdible para sujetar una pieza de cartón rígido o la horquilla frontal de su bicicleta, de modo que el sonido que hiciera al darle al timbre fuese como el de una motora; y hacía preguntas como ¿por qué esa cosa hace eso de tal manera?, o ¿cómo es de alto, qué edad tiene? ¿Por qué la hierba es verde? ¿Qué aspecto tiene un elefante? A los veintidós años, tenía cinco.

Los padres de Jeffty eran una pareja más bien triste. Como yo seguía siendo amigo de Jeffty, le dejaban estar conmigo en la tienda, y a veces le llevaba a la feria del condado, o al minigolf o al cine, por lo que me encontré pasándome el tiempo con ellos. No es que me importaran mucho, porque siempre se sentían deprimidos. Pero supongo que tampoco se podía esperar gran cosa de los pobres diablos. Tenían a alguien extraño en su propia casa, a un niño que, en veintidós años, no había crecido más allá de los cinco, lo que les proporcionaba el tesoro de contemplar indefinidamente ese estado especial de la infancia, pero también les negaba el placer de ver crecer a su hijo hasta convertirse en un adulto normal.

Los cinco años son una época maravillosa de la vida para un niño… o «pueden» serlo si el niño se halla relativamente libre de la monstruosa bestialidad que se permite a otros niños. Es una época en la que los ojos permanecen muy abiertos y los modelos de comportamiento todavía no están fijados: una época en la que a uno todavía no se le ha martilleado para que lo acepte todo como inmutable e irreversible; una época en que parece que las manos no tienen nunca cosas suficientes que hacer y la mente cosas suficientes que aprender; en que el mundo es infinito y aparece lleno de color y de misterios. Los cinco años pertenecen a una época especial, antes de adoptar la actitud interrogativa, insaciable, quijotesca del joven soñador que se pasa el tiempo en clase soñando despierto. Antes de retirar las temblorosas manos que lo quieren coger todo, tocarlo todo, palparlo todo, dejando las cosas donde están, sobre las mesas. Antes de que la gente empiece a decir «actúa como un niño de tu edad» y «crece» o «te estás comportando como un bebé». Es una época en la que el niño que actúa como un adolescente sigue siendo hermoso y sensible y se convierte en el preferido de todos. Una época de delicia, de maravilla, de inocencia.

Jeffty se había estancado en esa época, a los cinco años, quedándose, simplemente, así. Pero para sus padres era una continua pesadilla de la que nadie podía sacarles, ni a gritos ni a bofetones —ningún asistente social, sacerdote, psicólogo infantil, ni maestros, amigos, curanderos, psiquiatras…, nadie—. Durante diecisiete años, su pena había pasado por diversas fases: de chochez paterna a inquietud, de inquietud a preocupación, de preocupación a temor, de temor a confusión, de confusión a cólera, de cólera a disgusto, de disgusto a un odio desnudo y, finalmente, de la más profunda aversión y repulsión a una estólida y depresiva aceptación.

John Kinzer, un jefe de equipo de la planta Balder Tool & Die, era un hombre de cincuenta años. Para todo el mundo, excepto para él, su vida transcurría espectacularmente uniforme. No era notable en modo alguno…, si se exceptúa el hecho de ser el padre de un niño de veintidós años que tenía cinco.

John Kinzer era un hombre pequeño, blando, sin ángulos marcados, con unos ojos pálidos que nunca parecían sostener mi mirada más de unos pocos segundos. Durante las conversaciones, se removía en su silla y parecía ver cosas en los rincones superiores de la habitación, cosas que nadie más podía ver…, o quería ver. Supongo que la palabra que mejor le cuadraba era la de «acosado»… Aquello en que se había convertido su vida, en algo acosado…, bueno, le cuadraba.

Leona Kinzer trataba con valentía de compensar la situación. Al margen de la hora a que la visitara, siempre intentaba que yo comiera algo. Y cuando Jeffty estaba en la casa, siempre estaba sobre él, intentando hacerle comer.

—Cariño, ¿quieres una naranja? ¿Una bonita naranja? ¿O una mandarina? Hay mandarinas. Podría pelarte una mandarina.

Pero, sin duda alguna, tenía tanto miedo, miedo de su propio hijo, que las ofertas de alimentos siempre las hacía con un tono débilmente siniestro.

Leona Kinzer había sido una mujer alta, pero los años la habían encorvado. Siempre parecía estar buscando alguna zona de pared empapelada o nicho de almacenamiento donde poder desvanecerse, adoptar alguna coloración protectora y ocultarse para siempre de la vista de los grandes ojos del niño, de modo que éste pudiera pasar cien veces al día junto a ella sin percatarse de su presencia, mientras ella permanecía allí, con la respiración contenida, invisible. Siempre llevaba un delantal atado a la cintura. Y tenía las manos enrojecidas de tanto limpiar. Como si al mantener el ambiente inmaculadamente limpio pudiera pagar su pecado imaginario: haber dado a luz a aquella criatura tan extraña.

Ninguno de ellos veía mucho la televisión. Por lo general, la casa permanecía silenciosa, sin que se oyera siquiera el susurro sibilante del agua en las tuberías, el crujido de las vigas de madera asentándose, el zumbido del refrigerador. Terriblemente silenciosa, como si el tiempo la hubiera rodeado sin tocarla.

En cuanto a Jeffty, era inofensivo. Vivía en aquella atmósfera de pavor suavizado y soportaba la aversión, y, si la comprendía, nunca la hacía notar de modo alguno. Jugaba como lo hace un niño, y parecía feliz. Pero tenía que percibir, como un niño de cinco años percibe, lo extraño que era para sus padres.

Extraño. No, en realidad, no del todo así. Él «también» era humano, si es que era algo. Pero estaba desfasado, desincronizado con el mundo que le rodeaba, y resonaba ante una vibración distinta a la de sus padres. Los otros niños no jugaban con él. A medida que crecían y le sobrepasaban, le encontraban infantil al principio, después nada interesante y, finalmente, a medida que se aclaraban sus percepciones sobre la edad y el paso del tiempo, y veían que a él no le afectaba como a ellos, le miraban como algo aterrador. Hasta los más pequeños, los de su misma edad, que podían deambular por el vecindario, aprendían pronto a alejarse de él como un perro callejero cuando un coche produce una explosión.

Así pues, yo seguía siendo su único amigo. Un amigo de muchos años. Cinco años. Veintidós años. Me gustaba; más de lo que puedo explicarme. Y nunca supe el porqué. Pero me gustaba, sin reserva alguna.

Pero como nos pasábamos el tiempo juntos, me encontré con que también me pasaba el tiempo con John y Leona Kinzer, en amable compañía. Las cenas, algunas tardes de los sábados, durante una hora o así, cuando acompañaba a Jeffty después de haberle llevado a ver alguna película. Ellos se sentían agradecidos, casi serviles. Yo les aliviaba de la embarazosa tarea de salir con él, de aparentar ante el mundo exterior que eran unos padres amorosos con un hijo perfectamente normal, feliz y atractivo. Y su gratitud se extendía hasta el punto de admitirme como huésped. Horrible; cada uno de los momentos de su depresión era horrible.

Sentía lástima por los pobres diablos, pero les despreciaba por su incapacidad para querer a Jeffty, que era, sobre todo, un niño merecedor de todo el cariño.

Nunca les revelé el secreto, ni siquiera durante las noches pasadas en su compañía, que eran terribles, en verdad, más allá de todo lo imaginable.

Podíamos estar sentados allí, en el oscurecido saloncito —siempre oscuro u oscureciéndose, como mantenido en la sombra para preservar lo que la luz pudiera revelar al mundo exterior a través de los iluminados ojos de la casa—, mirándonos en silencio los unos a los otros. Nunca sabían qué decirme.

— ¿Cómo van las cosas por la planta? —yo le preguntaba a John Kinzer.

Él se encogía de hombros. Ni la conversación ni la vida le habían dotado de ninguna facilidad o gracia.

—Muy bien, estupendo —me contestaba al fin.

Y volvíamos a quedarnos sentados, en silencio.

— ¿Te gustaría tomar un estupendo trozo de pastel de café? —me preguntaba Leona—. Lo acabo de hacer esta mañana.

O pastel de manzana verde. O leche con bollos caseros. O un budín amarronado que solía hacer.

—No, no, gracias, señora Kinzer. Jeffty y yo hemos tomado un par de bocadillos de queso cuando regresábamos a casa.

Y, una vez más, el silencio.

Entonces, cuando el silencio y la tensión de la situación se volvían insoportables, incluso para ellos (y quién sabe el tiempo de silencio total que reinaba entre ellos, cuando estaban solos, con aquella cosa de la que ya no hablaban nunca pendiente entre ambos), Leona Kinzer me decía:

—Creo que está durmiendo.

—No oigo la radio —añadía John Kinzer.

Así, siempre sucedía así, hasta que, amablemente, podía encontrar una excusa para marcharme con algún pretexto fútil. Sí, y todo habría continuado así, y todo continuó, cada vez, exactamente igual…, excepto una vez.

—Ya no sé qué hacer —dijo Leona, y empezó a llorar—. No hay cambio alguno. Ni un solo día de paz.

Su esposo se las arregló para levantarse de la vieja mecedora y dirigirse hacia ella. Se inclinó y trató de consolarla, pero por la poca gracia con que le tocaba el canoso cabello, quedó claro que se había anquilosado en él la capacidad de mostrarse compasivo.

—Chist, Leona. todo bien, chist…

Pero ella siguió llorando. Sus manos arañaron suavemente los pañitos de ganchillo colocados sobre los brazos del sillón. Entonces, dijo:

—A veces, desearía que hubiera nacido muerto.

John levantó la mirada hacia los rincones superiores del saloncito. ¿Buscaba las innombrables sombras que siempre le vigilaban? ¿Era a Dios a quien esperaba encontrar en aquellos espacios?

—No puedes hablar en serio —dijo, con suavidad, patético, urgiéndola con tensión física y con un temblor en la voz para que se retractara antes de que Dios se diera cuenta del terrible pensamiento que había expresado.

Pero ella sí que hablaba en serio. Muy en serio.

Yo me las arreglé para marcharme rápidamente aquella noche. No querían que hubiera ningún testigo de su vergüenza. Y me sentí contento de poder abandonar su casa.

Estuve una semana sin aparecer por allí. Una semana lejos de ellos, de Jeffty, de su calle, e incluso de aquella parte de la ciudad.

Yo tenía mi propia vida. La tienda, las cuentas, reuniones con proveedores, póquer con los amigos, mujeres bonitas a las que llevaba a restaurantes bien iluminados, mis propios padres, poner anticongelante en el coche, quejarme a la lavandería porque echaban demasiado almidón en los cuellos y puños de las camisas, acudir al gimnasio, impuestos, atrapar a Jan o a David (fuera quien fuese) robando de la caja registradora. Sí, yo tenía mi propia vida.

Pero ni siquiera «aquella» tarde pude mantenerme apartado de Jeffty. Acudió a verme a la tienda y me pidió que le llevara a ver el rodeo. Lo acordamos como buenos amigos, del mejor modo posible que un joven de veintidós años con otros intereses «podía»… con un niño de cinco años. Nunca medité en lo que nos mantenía juntos; siempre pensé que se trataba, simplemente, de los años. Eso y el afecto por un niño que podría haber sido el hermano pequeño que nunca tuve. (Excepto, me recordé a mí mismo, cuando los dos tuvimos la misma edad; yo me acordaba de ese período, y Jeffty seguía siendo exactamente el mismo.)

Y entonces, un sábado por la tarde, acudí para llevarle a ver una película, y ciertos aspectos que debía haber observado muchas veces con anterioridad sólo empecé a observarlos aquella tarde.

Llegué a pie a casa de los Kinzer, esperando que Jeffty estuviera sentado en los escalones del porche frontal, o en la barandilla del porche, esperándome. Pero no se encontraba allí.

Entrar en aquella oscuridad y silencio, en pleno mayo y a la luz del sol, fue algo inconcebible. Me quedé en el pasillo de entrada y, llevándome las manos a la boca, a modo de bocina, grité:

— ¿Jeffty? ¡Eh, Jeffty! Vamos, sal. Rápido. Se nos hará tarde.

Su voz me llegó débil, como si estuviera bajo el suelo.

—Aquí estoy, Donny.

Le oí, pero no pude verle. Era Jeffty, no cabía la menor duda: como Donald H. Horton, presidente y único propietario del Centro de Sonido y Televisión Horton, nadie me llamaba Donny, a excepción de Jeffty. Nunca me había llamado de otro modo.

(En realidad, lo que acabo de decir no es ninguna mentira. Por lo que respecta al público, yo soy el único propietario del centro. La sociedad con mi tía Patricia es sólo para devolverle el préstamo que me hizo para completar el dinero que recibí cuando cumplí los veintiún años, y que mi abuelo me dejara cuando tuve diez. No fue un préstamo muy grande, sólo dieciocho mil, pero le pedí que fuera un socio silencioso amparándome en aquella época en que se hizo cargo de mí cuando yo era un niño.)

— ¿Dónde estás, Jeffty?

—Bajo el porche, en mi lugar secreto.

Rodeé la parte lateral del porche, bajé y aparté la rejilla de mimbre. Allí, al fondo, sobre la tierra comprimida, Jeffty se había construido un lugar secreto. Tenía tebeos en cajones de naranjas, una pequeña mesita y algunas almohadas; la escena estaba iluminada por grandes velas de sebo, y solíamos escondernos allí cuando los dos teníamos… cinco años.

— ¿Qué estás haciendo? —pregunté, mientras me arrastraba al interior y volvía a colocar la rejilla de mimbre en su sitio.

Hacía fresco bajo el porche y la tierra despedía un olor agradable, mientras que las velas olían a cobertizo cerrado y a algo familiar. Cualquier niño se hubiera sentido muy a gusto en un lugar secreto como aquél. Nunca ha existido un niño que no se haya pasado los momentos más felices, productivos y deliciosamente misteriosos de su vida en un lugar así.

—Jugando —me contestó.

Tenía algo dorado y redondo que llenaba la palma de su pequeña mano.

— ¿Has olvidado que íbamos a ir al cine?

—No. Sólo te esperaba.

— ¿Están tu madre y tu padre en casa?

—Mamá.

Comprendí entonces por qué me esperaba bajo el porche. En consecuencia, no seguí preguntando.

— ¿Qué tienes ahí?

—La insignia del Descodificador Secreto del Capitán Medianoche —me contestó, mostrándomela en su palma plana.

Me di cuenta de que llevaba observándola desde hacía rato, sin comprender de qué se trataba. Entonces caí en la cuenta del milagro que Jeffty tenía en su mano. Un milagro que, simplemente, no podía existir.

—Jeffty —le dije con suavidad, con maravilloso asombro en mi voz—. ¿Dónde has conseguido eso?

—Ha llegado hoy por correo. Yo lo pedí.

—Tiene que haber costado mucho dinero.

—No mucho. Diez centavos y dos sellos interiores de dos jarras de Ovaltine.

— ¿Me dejas verlo?

Mi voz temblaba, y la mano que extendí hacia él también. Me lo entregó y yo sostuve el milagro en la palma de mi mano. Era maravilloso.

¿Recuerdan? El Capitán Medianoche fue un programa de radio de amplitud nacional, emitido en 1940. Estaba patrocinado por Ovaltine. Y cada año emitían una insignia del Escuadrón Secreto de Descodificación. Y cada día, al final del programa, transmitían una clave para el programa del día siguiente, en un código que sólo los niños que tuvieran la insignia oficial podían descifrar. Dejaron de hacer aquellas maravillosas insignias descodificadoras en 1949. Recuerdo la que yo mismo tuve en 1945; era hermosa. La placa tenía una lente de aumento en el centro del dial del código. El Capitán Medianoche desapareció de antena en 1950, y aunque a mediados de los cincuenta se emitieron unas cortas series en televisión y se hicieron placas de descodificación en 1955 y en 1956, por lo que a las «verdaderas» se refería, no volvieron a fabricar ninguna después de 1949.

La placa de código 0 del Capitán Medianoche que tenía en mis manos, la que Jeffty afirmaba haber recibido por correo por sólo diez centavos (¡¡¡diez centavos!!!) y dos cupones de Ovaltine, era completamente nueva, de un brillante metal dorado, sin una muesca ni una mancha de óxido en ella, como las viejas que pueden encontrarse todavía a precios exorbitantes en tiendas de coleccionistas, y sólo de vez en cuando…. aquello era un descodificador nuevo. Y la fecha que llevaba correspondía al año en que estábamos.

Pero el Capitán Medianoche ya no existía. En la radio no emitían nada parecido a aquel programa. Yo había oído una o dos flojas imitaciones de los viejos tiempos de la radio que reponían, y las historias resultaban aburridas, los efectos de sonido parecían suaves y todo daba la sensación de salir mal, de estar fuera de lugar. Sin embargo, yo tenía una placa de código 0 nueva en mi mano.

—Jeffty, cuéntame cosas de esto —le pedí.

— ¿Que te cuente qué, Donny? Es mi nueva placa descodificadora secreta del Capitán Medianoche. La utilizo para calcular lo que va a suceder mañana.

— ¿Mañana? ¿Cómo?

—En el programa.

— ¿Qué programa?

Se me quedó mirando con fijeza, como si yo tratara deliberadamente de hacerme el estúpido.

— ¡El del Capitán Medianoche, chico!

Me comportaba como un tonto. Sin embargo, no pude comprenderlo de un modo directo, inmediato. Estaba allí, justo allí, y yo todavía no sabía lo que estaba sucediendo.

— ¿Te refieres a uno de esos discos que hicieron del programa de radio de los viejos tiempos? ¿Es eso lo que quieres decir, Jeffty?

— ¿Qué discos? —preguntó él.

No sabía a qué me estaba refiriendo yo.

Nos quedamos mirando fijamente el uno al otro, allí, bajo el porche. Y entonces, muy lentamente, casi con el temor de escuchar la respuesta, le pregunté:

—Jeffty. ¿cómo escuchas el Capitán Medianoche!

—Lo escucho todos los días. En la radio. En mi radio. Todos los días a las cinco y media.

Noticias. Música idiota, y noticias. Eso era lo que emitían todos los días por la radio a las cinco y media. Y no el Capitán Medianoche. El Escuadrón Secreto no había salido a las ondas desde hacía veinte años.

— ¿Lo podemos escuchar juntos esta tarde? —pregunté.

— ¡Pero chico! —exclamó.

Me estaba comportando como un tonto. Lo supe por la forma en que lo dijo; pero no sabía el «porqué». Entonces se me ocurrió: era sábado. Y el Capitán Medianoche se transmitía de lunes a viernes. Ni en sábados ni en domingos.

— ¿Vamos a ir al cine?

Tuvo que repetirme dos veces la pregunta. Yo tenía la mente en alguna otra parte. Nada concreto. Ninguna conclusión. Ninguna suposición descabellada en la que poder basarme. Simplemente en blanco, tratando de imaginarme algo, para llegar a la conclusión —la misma a la que usted, o cualquiera, habría llegado antes que aceptar la verdad evidente, la imposible y maravillosa verdad—de que tenía que haber alguna explicación bien sencilla que yo no percibía todavía. Algo mundano y aburrido, como el paso del tiempo que nos roba todo lo bueno, nos arranca las cosas antiguas y nos da chucherías inútiles a cambio. Y todo en nombre del progreso.

— ¿Vamos a ir al cine, Donny?

—Puedes apostar a que sí, muchacho —le dije.

Y le sonreí. Y le entregué la placa del código 0. Y él se la metió en un bolsillo del pantalón. Y salimos a gatas de debajo del porche. Y fuimos al cine. Y ninguno de nosotros dijo nada del Capitán Medianoche durante el resto del día. Y ya no hubo ni siquiera diez minutos seguidos de todo el resto de aquel día en que yo no estuviera pensando en ello.

Tuve inventario durante toda la semana siguiente. No pude ver a Jeffty hasta bien entrada la tarde del jueves. Confieso que dejé la tienda en manos de Jan y David; les dije que debía hacer unos recados, y me marché pronto. A las cuatro de la tarde. Llegué a casa de los Kinzer con el tiempo justo: a las cinco menos cuarto. Leona me abrió la puerta. Parecía agotada y distante.

— ¿Está Jeffty por ahí?

Me dijo que se encontraba arriba, en su habitación… escuchando la radio.

Subí los escalones de dos en dos.

Muy bien, por fin había dado aquel salto imposible e ilógico. Si la cuestión de la credulidad hubiera implicado a cualquier otro individuo que no fuera Jeffty, niño o adulto, yo habría pensado respuestas más lógicas. Pero se trataba de Jeffty, otra clase de tipo de vida, y lo que él experimentara podría muy bien no encajar en el esquema ordenado.

Lo admito: «quise» escuchar lo que escuché.

Incluso con la puerta cerrada, oí el programa, y lo reconocí:

«¡Ahí va, Tennessee! ¡Cógele!»

Se escuchó el fuerte sonido de un disparo de rifle y, a continuación, la misma voz gritó, triunfal:

«¡Le he alcanzado! ¡Mue—e—e—r—to!»

Estaba oyendo la emisora American Broadcasting Company, por la banda de 790 kilociclos y el programa de Tennessee Jed, uno de mis favoritos de los años cuarenta, una aventura del Oeste que no había escuchado desde hacía veinte años, porque no había existido durante todo aquel tiempo.

Me senté en el escalón más alto, allí, en la escalera interior de la casa de los Kinzer, y escuché el programa. No era la reposición de un programa antiguo, porque había referencias ocasionales a avances culturales y tecnológicos actuales y frases que no solían utilizarse en los años cuarenta: aerosoles, tatuajes por láser. Tanzania, y ciertas palabras técnicas.

No pude ignorar el hecho. Jeffty estaba escuchando una parte «nueva» de Tennessee Jed.

Corrí escalera abajo, salí de la casa y me dirigí a mi coche. Leona debía de estar en la cocina. Giré la llave, apreté el botón de la radio y manejé el dial hasta localizar los 790 kilociclos. La emisora ABC transmitía música de rock.

Permanecí sentado allí durante unos minutos y, a continuación, fui buscando la emisora con lentitud, de un extremo a otro del cuadrante. Música, noticias, conversaciones, espectáculos. Nada de Tennessee Jed. Y era un Blaupunkt, la mejor radio del mercado. No pasé por alto ninguna emisora perimétrica. Simplemente, ¡no estaba allí!

Al cabo de unos momentos apagué la radio, cerré el contacto y regresé arriba, sereno. Volví a sentarme en el último escalón y escuché todo el resto del programa. Era «maravilloso».

Me sentía excitado, imaginativo, lleno de todo lo que recordaba como lo más innovador en los dramas radiofónicos de años antes. Pero era moderno. No se trataba de un programa antiguo vuelto a emitir para satisfacer las necesidades de ese pequeño oyente que ansiaba escuchar las cosas de los viejos tiempos. Era un programa nuevo, en el que aparecían todas las viejas cosas, pero que seguía siendo nuevo y brillante. Incluso los anuncios comerciales eran sobre productos que podían adquirirse actualmente, pero ni tan violentos ni tan insultantes como los gritos de anuncios que uno escucha en la radio de estos días.

Y cuando Tennessee Jed terminó, a las cinco de la tarde, oí a Jeffty manejar el botón de su radio, hasta que escuché la familiar voz del presentador Glenn Riggs. que proclamaba:

«¡Presentando a Hop Harrigan! ¡El as norteamericano de las ondas del aire!».

Se escuchó el sonido del vuelo de un avión; un avión de hélice, no a chorro. No era el sonido al que los chicos de hoy ya se han acostumbrado, sino el sonido al que yo me acostumbré, el verdadero sonido de un avión; el rugiente, revivificado y ronco sonido de la clase de aviones en que G—8 y sus Ases de Combate volaban, del tipo en que el Capitán Medianoche y Hop Harrigan se desplazaban. Y entonces escuché a Hop que decía:

«CX—4 llamando a la torre de control, CX—4 llamando a la torre de control. ¡Listo para despegar! Hubo una pausa y, a continuación, oí: «Está bien. Aquí Hop Harrison…. ¡Adelante!»

Y Jeffty, que tenía el mismo problema que todos los niños de los años cuarenta tuvimos con la programación que emitía historias de héroes favoritos a la misma hora y en diferentes emisoras, tras haber presentado sus respetos a Hop Harrigan y Tank Tinker, giró el botón de la radio con toda rapidez y sintonizó la ABC, donde oí el sonido de un gong, la salvaje cacofonía del parloteo chino sin sentido y al presentador que gritaba:

«¡T—e—e—rry y los piratas!».

Me quedé allí, sentado en el último escalón, escuchando a Terry y a Connie y a Flip Corkin y, que Dios me ayude, a Agnes Moorehead como la Dama del Dragón, todos ellos en una nueva aventura que se desarrollaba en una China Roja que no existía en los tiempos de la versión de Miltón Caniff, de 1937, sobre el Oriente, con piratas fluviales y Chiang Kai—chek y los señores de la guerra y el ingenuo imperialismo de la diplomacia norteamericana de los barcos de guerra.

Permanecí sentado, escuchando todo el espectáculo, y aún me quedé sentado más tiempo para escuchar Supermán y una parte de Jack Armstrong, el chico norteamericano, y otra parte de Capitán Medianoche; y John Kinzer regresó a casa y ni él ni Leona subieron la escalera para saber qué me había pasado o dónde se encontraba Jeffty, y yo aún estuve sentado allí más tiempo y descubrí que había empezado a llorar y que no podía contenerme. Simplemente, me quedé allí sentado, y dejé que las lágrimas resbalaran por mis mejillas y llegaran hasta las comisuras de mis labios. Sentado allí y llorando, hasta que Jeffty me oyó, abrió su puerta y me vio. Entonces, se acercó a mí y me miró lleno de una gran confusión infantil mientras yo oía cómo la emisora conectaba con la Red de Mutualidades y comenzaban a transmitir el tema musical de Tom Mix, «Cuando ha llegado el buen tiempo a Texas y todo ha florecido». Jeffty me tocó en el hombro, sonrió, y me dijo:

—Hola. Donny. ¿Quieres entrar y escuchar la radio conmigo?

Hume negó la existencia de un espacio absoluto en el que cada cosa tiene su lugar; Borges negó la existencia de un solo tiempo en el que todos los acontecimientos están entrelazados.

Jeffty recibía programas de radio de un lugar que no podía existir, en buena lógica, dentro del esquema natural del universo espacio—tiempo, tal y como Einstein lo concibió. Pero no era eso todo lo que recibía. También recibía premios por correo: objetos que nadie fabricaba ya.

Leía tebeos que habían dejado de publicarse tres décadas antes. Veía películas con actores que habían muerto hacía veinte años. Era la terminal de recepción de innumerables juguetes y placeres del pasado que el mundo había ido dejando caer en su camino. En su vuelo suicida hacia Nuevos Mañanas, el mundo había saqueado su casa de los tesoros de simples cosas felices; había vertido cemento sobre sus terrenos de juegos, abandonado sus rezagados elementos mágicos, y todo eso, de un modo imposible, estaba siendo milagrosamente maniobrado hacia atrás, desde el presente, a través de Jeffty. Revivificado, puesto al día; con tradiciones mantenidas pero contemporáneas. Jeffty era el Aladino libre cuya propia naturaleza formaba la lámpara mágica de su realidad.

Y él me introdujo en su mundo.

Porque confiaba en mí.

Tomábamos un desayuno de trigo machacado cuáquero y bebíamos Ovaltine caliente de «ese» año en las tazas irrompibles de la huerfanita Annie, íbamos al cine, y mientras que todo el mundo veía una comedia protagonizada por Goldie Hawn y Ryan O’Neal, Jeffty y yo disfrutábamos de Humphrey Bogart, dando vida al ladrón profesional Parker en la brillante adaptación de John Huston de la novela de Donald Westlake Tierra de asesinos. El segundo protagonista era Spencer Tracy, acompañado por Carole Lombard y Laird Cregar en la película producida por Val Lewton, Leiningen contra las hormigas.

Dos veces al mes, acudíamos al nuevo quiosco y comprábamos los números de El Hombre Enmascarado, Doc Savage e Historias Asombrosas. Entonces, nos sentábamos juntos y yo le leía las revistas. Le gustó, en particular, la nueva novela corta de Henry Kuttner Los sueños de Aquiles, y la nueva serie de Stanley G. Weinbaum de historias cortas situadas en el universo de partícula subatómica de Redurna. En septiembre, disfrutamos de la primera publicación de la nueva novela de Conan, escrita por Robert E. Howard, La isla de los negros, en «Weird Tales»; y en agosto nos sentimos suavemente desilusionados por la cuarta novela de Edgar Rice Burroughs perteneciente a la serie de «Júpiter». Pero el editor de «Historias Semanales» prometía que habría dos aventuras más en la serie, y eso fue una revelación tan inesperada para Jeffty y para mí que amortiguó nuestra desilusión por la calidad de la narración que acabábamos de leer.

Leíamos juntos los tebeos, y Jeffty y yo decidimos —por separado, antes de que ambos lo discutiéramos—que nuestros personajes favoritos eran Dolí Man, Airboy y The Heap. También adorábamos las aventuras de George Carlson en los tebeos Jingle Jangle; sobre todo, las historias del Príncipe de Cara de Pastel del Viejo Pretzleburg, que leíamos juntos y que nos hacían reír, aun cuando tuve que explicarle a Jeffty algunos de los sutiles juegos de palabras, puesto que él era demasiado niño para comprender la sutileza de aquellas bromas.

¿Cómo explicarlo? Estudié suficiente Física en la universidad como para hacer algunas conjeturas sin pensármelas mucho, pero lo más probable es que esté equivocado. En ocasiones, se rompen las leyes de la conservación de la energía. Se trata de leyes que los físicos denominan «débilmente violadas». Quizá Jeffty era un catalizador para la débil violación de las leyes de la conservación que sólo ahora empezamos a darnos cuenta de que existen. Traté de leer algo sobre el tema —deterioro de la clase «prohibida»; deterioro gamma que no incluye el neutrino muon entre sus productos—, pero no descubrí nada; ni siquiera los últimos escritos del Instituto Suizo para la Investigación Nuclear, cerca de Zurich, pudieron darme una explicación de lo que sucedía. Me vi arrojado hacia una vaga aceptación de la filosofía según la cual el verdadero nombre de la «ciencia» es «magia».

No había explicaciones, pero sí momentos muy buenos.

La época más feliz de mi vida.

Yo tenía el mundo «real», el mundo de mi tienda, de mis amigos y de mi familia; el mundo de los beneficios y las pérdidas; de los impuestos; de las noches con mujeres jóvenes que hablaban de ir de compras o de las Naciones Unidas; del coste creciente del café y de los hornos de microondas. Y tenía el mundo de Jeffty, en el que existía sólo cuando me encontraba junto a él. Las cosas del pasado que él conocía como algo fresco y nuevo, yo las experimentaba en su compañía. Y la membrana de separación entre los dos mundos se fue haciendo más tenue, más luminosa y transparente. Yo disfrutaba de lo mejor de ambos mundos. Y, de algún modo, sabía que no podía traspasar nada de uno al otro.

Al olvidarme de eso, sólo por un momento, al traicionar a Jeffty por olvidarlo, puse fin a todo.

El hecho de disfrutar tanto como yo disfrutaba me hizo llevar cada vez menos cuidado, y no llegué a considerar lo frágil que era la relación entre el mundo de Jeffty y mi propio mundo. He aquí una razón por la que el presente tiene envidia de la existencia del pasado. En realidad, yo nunca llegué a comprenderlo. En ninguno de los libros donde se muestra la lucha por la supervivencia en batallas entre la garra y el colmillo, entre el tentáculo y el saco de veneno, existe reconocimiento alguno de la ferocidad con que el presente se arroja siempre sobre el pasado. En ninguna parte se ofrece una detallada afirmación de qué forma miente el presente en espera de lo que sea, en espera de que eso se convierta en el aquí y el ahora para desgarrarlo con sus despiadadas mandíbulas.

¿Quién podría saber tal cosa… a cualquier edad, y desde luego no a la mía…? ¿Quién podría comprender tal cosa?

Trato de justificarme. Y no puedo. Fue error mío.

Era otro sábado por la tarde.

— ¿Qué vamos a ver hoy? —le pregunté cuando nos dirigíamos hacia el centro de la ciudad en el coche.

Él me miró desde el otro extremo del asiento delantero y me sonrió.

—Ken Maynard en La justicia del látigo y El hombre demolido.

Siguió sonriendo como si realmente me hubiera engañado. Le miré con incredulidad.

— ¡Es una broma! —le dije, encantado—. ¿El hombre demolido, de Bester?

Asintió con un gesto de cabeza, contento por el hecho de que yo también lo estuviera. Sabía que ése era uno de mis libros favoritos.

— ¡Oh, estupendo!

— ¡Estupendo, estupendo! —coreó él.

— ¿Quiénes actúan?

—Franchot Tone, Evelyn Keyes. Lionel Barrymore y Elisha Cook, Jr.

Él tenía muchos más conocimientos de los que yo había tenido jamás sobre actores de cine. Podía citar a los intérpretes principales de cualquiera de las películas que había visto. Incluso de las escenas de multitudes.

— ¿Y dibujos animados? —pregunté.

—Proyectan tres: uno de la Pequeña Lulú,uno del Pato Dónald y otro de Bugs Bunny. Y una Especialidad de Pete Smith y una titulada Los monos son la gente más loca, de Lew Lehr.

— ¡Vaya, muchacho! —dije, con una sonrisa de oreja a oreja.

Y entonces bajé la mirada y vi el talonario de órdenes de compra en el asiento. Se me había olvidado dejarlo en la tienda.

—Tengo que pasar por el Centro –dije—. Debo dejar algo. Sólo tardaré un momento.

—Muy bien —repuso Jeffty—. Pero no llegaremos tarde, ¿verdad?

—No te preocupes, muchacho —le tranquilicé.

Cuando entré en el aparcamiento situado detrás del Centro, él decidió acompañarme y estuvimos hablando del cine. No es una gran ciudad la nuestra, íbamos al Utopía, que sólo estaba a tres manzanas de distancia del Centro.

Entré en la tienda con el talonario de pedidos y la encontré llena. David y Jan estaban atendiendo cada uno a un cliente, y había otras personas de pie, en espera de ser atendidas. Jan me dirigió una mirada y la expresión de su rostro era una máscara de ruego. David estaba corriendo del almacén a la sala de proyección y todo lo que pudo murmurar al pasar junto a mí fue:

— ¡Socorro!

—Jeffty —dije, inclinándome hacia él—. Escucha, dame unos pocos minutos más. Jan y David tienen problemas con toda esta gente. Te prometo que no llegaremos tarde. Sólo déjame atender a un par de estos clientes.

Él pareció nervioso, pero asintió con un gesto.

—Siéntate un momento y en seguida estaré contigo.

Y le indiqué una silla.

Se dirigió hacia ella, portándose con gran amabilidad, aunque sabía lo que estaba sucediendo, y se sentó.

Empecé a ocuparme de los clientes que querían ver unos televisores en color. Era la primera remesa sustancial de unidades que habíamos conseguido —la televisión en color estaba alcanzando unos precios razonables y era la primera promoción de la Sony—, y una época estupenda para mí. Ya me imaginaba con el préstamo pagado y ponerme por primera vez a la cabeza con el Centro. Era un buen negocio.

En mi mundo, los buenos negocios tienen prioridad.

Jeffty se quedó allí sentado, con la mirada fija en la pared. Permítanme que les diga algo sobre esa pared.

Estaba cubierta de estanterías metálicas, desde el suelo hasta unos sesenta centímetros del techo. Los televisores en color se habían colocado artísticamente contra la pared. Un total de treinta y tres televisores. Todos ellos encendidos al mismo tiempo. En blanco y negro, en color, pequeños y grandes, todos funcionando al unísono.

Jeffty se sentó y contempló treinta y tres aparatos de televisión en la tarde de un sábado. Nosotros disponemos de un total de trece canales, incluidas las emisoras educativas en UHF. En un canal se retransmitía un campeonato de golf; béisbol en otro; juego de bolos en otro; un seminario religioso en el cuarto; en el quinto había un espectáculo de danza de niños pequeños; en el otro la reposición de una comedia; en el séptimo, una película policíaca; el octavo era un programa sobre la naturaleza en el que se mostraba a un hombre volando continuamente; en el noveno había noticias y conversación; el décimo, una carrera de coches antiguos; en el undécimo, un hombre hacía unos logaritmos sobre una pizarra; el duodécimo mostraba a una mujer vestida con leotardos haciendo ejercicios; y en el canal decimotercero se proyectaban unos malos dibujos animados en castellano. Todos los espectáculos, excepto seis, se repetían en tres televisores. Jeffty se sentó y contempló aquella pared de televisión en la tarde de un sábado, mientras yo vendía con toda la rapidez y seguridad que podía para devolverle el préstamo a tía Patricia y para mantenerme en contacto con mi mundo. Era el negocio.

Debería haberme dado cuenta, haber comprendido lo del presente y la forma en que éste mata el pasado. Pero estaba vendiendo a manos llenas. Y cuando eché un vistazo hacia Jeffty, media hora después, él parecía haberse convertido en otro niño.

Sudaba. Con ese terrible sudor febril que le coge a uno cuando tiene gripe. Estaba pálido, tan pastoso y pálido como un gusano, y sus pequeñas manos se agarraban con fuerza a los brazos del sillón, tanto que yo veía el relieve de los nudillos a la perfección. Me apresuré a acercarme a él, disculpándome ante la pareja de edad media que miraba un nuevo modelo Mediterráneo de 21 pulgadas.

— ¡Jeffty!

Él me miró, pero sus ojos no me distinguieron. Estaba absolutamente aterrorizado. Le arranqué del sillón y me dirigí con él hacia la puerta principal, pero los clientes a quienes había abandonado me gritaron.

— ¡Eh! —dijo el hombre—. ¿Quiere usted venderme esto o no?

Yo miré a Jeffty, después al hombre y de nuevo a Jeffty, que parecía un zombie. Había llegado hasta donde yo le había llevado. Sus piernas parecían de goma y arrastraba los pies. Él pasado, que estaba siendo comido por el presente, el sonido de algo que sufría dolor.

Me saqué algún dinero del bolsillo del pantalón y lo apelotoné en la mano de Jeffty.

—Muchacho…, escúchame…. ¡vete ahora mismo de aquí!

Él seguía sin poder enfocar la mirada.

— ¡Jeffty! —grité, tanto como pude—. ¡Escúchame!

La pareja de mediana edad caminaba hacia nosotros.

—Escucha, muchacho, márchate de aquí ahora mismo. Vete al Utopía y compra las entradas. Te seguiré en seguida.

La pareja de mediana edad estaba casi a nuestro lado. Empujé a Jeffty a través de la puerta y le vi alejarse, tambaleante, en la dirección equivocada. Entonces, se detuvo, como si se acordara de algo, y volvió sobre sus pasos, cruzando ante la tienda y tomando el camino correcto hacia el Utopía.

—Sí, señor —dije, enderezándome y volviéndome hacia ellos—. Sí, señora. Ése es un modelo estupendo con unas características sensacionales. Si quiere situarse aquí, donde estoy yo, podrá verlo mejor…

Oí un terrible sonido de algo que se rompía; pero no pude saber de qué canal ni de qué aparato procedió.

Me enteré más tarde de la mayor parte de lo sucedido, por la taquillera del cine y por algunas personas a las que conocí y que se me acercaron para contarme lo ocurrido. Cuando llegué al Utopía, unos veinte minutos después, Jeffty ya había sido golpeado hasta quedar convertido en una piltrafa, y llevado al despacho del director.

— ¿Ha visto usted a un niño pequeño, de unos cinco años de edad, con grandes ojos pardos y cabello liso… que me esperaba?

— ¡Oh! Creo que es el niño pequeño a quien han golpeado esos muchachos.

— ¿Qué? ¿Dónde está ahora?

—Le han llevado al despacho del director. Nadie sabía quién era ni dónde encontrar a sus padres…

Una joven, con uniforme de acomodadora, le estaba colocando una toalla de papel húmedo en el rostro cuando llegué.

Le quité la toalla de papel y le ordené que saliera del despacho. Ella pareció sentirse insultada y me replicó algo brusca, pero se marchó. Me senté en el borde del sofá y traté de limpiarle la sangre que surgía de las laceraciones, sin abrir las heridas allí donde la sangre ya se había coagulado. Tenía los dos ojos hinchados. La boca estaba gravemente desgarrada. El cabello, manchado de sangre seca.

Se había puesto en la cola, detrás de dos chicos jóvenes. Empezaron a vender las entradas a las doce y media y la película empezaba a la una. Las puertas no se abrieron hasta la una menos cuarto. Él había estado esperando y los chicos que tenía delante llevaban una radio portátil. Escuchaban el partido de fútbol. Jeffty quiso oír algún programa que sólo Dios sabe cuál sería, Gran Estación Central, La Tierra Perdida…, cualquiera.

Pidió si le podían prestar la radio para escuchar el programa un minuto, y todo fue como un intercambio comercial o algo así. Los chicos le dejaron la radio, tal vez impulsados por una especie de maliciosa cortesía que después les permitiera abusar de él y destrozar al niño. Él había cambiado la emisora…. y los chicos no pudieron volver a encontrar la que retransmitía el partido de fútbol. La radio había quedado apresada en una emisora que retransmitía un programa que ya no existía para nadie, excepto para Jeffty.

Le pegaron con todas sus fuerzas…, mientras todos los demás observaban.

Después, echaron a correr, alejándose de allí.

Yo le había dejado solo, le había abandonado para que luchara contra el presente, sin disponer de armas suficientes. Le había traicionado por la venta de un televisor de veintiuna pulgadas del modelo Mediterráneo. Por eso, su rostro era una amasijo de carne golpeada. Gimió algo inaudible y sollozó suavemente.

—Chist, todo va bien ahora, muchacho. Soy Donny. Estoy aquí. Te llevaré a casa y te pondrás bien.

Hubiera debido llevarle al hospital directamente. No sé por qué razón no lo hice. Tendría que haberlo hecho así. Debería haberlo hecho.

Cuando crucé la puerta, con él en brazos, John y Leona Kinzer se me quedaron mirando fijamente. No se movieron para cogerle ellos. Jeffty llevaba colgando uno de sus brazos. Estaba consciente, pero apenas. Ellos nos miraron, allí, en la semioscuridad de la tarde de un sábado, en el presente.

—Un par de chicos le golpearon en el cine —dije, al tiempo que le elevaba un poco en mis brazos y le extendía hacia adelante.

Ellos me observaron con fijeza, los dos, sin ninguna expresión en su mirada, sin hacer movimiento alguno.

— ¡Por Jesucristo! –grité—. ¡Le han golpeado! ¡Es su hijo! ¿Ni siquiera quieren tocarle? ¿Qué clase de personas son ustedes?

Entonces, Leona empezó a moverse hacia mí, con gran lentitud. Permaneció frente a nosotros durante unos segundos y había un plomizo estoicismo en su rostro que era algo terrible de ver. Con él, estaba diciendo: «He estado en este lugar antes, muchas veces, y no puedo soportar el volver a estar, pero aquí estoy ahora».

Así es que le entregué a Jeffty. Que Dios me ayude, se lo entregué a ella.

Y se lo llevó arriba, para lavarle la sangre y aliviarle el dolor.

John Kinzer y yo nos quedamos de pie, separados, en el oscuro saloncito de su casa, mirándonos fijamente. Él no tenía nada que decirme.

Pasé por su lado y me dejé caer en un sillón. Las piernas me temblaban.

Escuché el correr del agua en el baño, arriba.

Después de lo que pareció un largo rato. Leona bajó, enjugándose las manos en el delantal. Se sentó en el sofá y, al cabo de un momento, John se acomodó junto a ella. Entonces, escuché, arriba, el sonido de la música rock.

— ¿Te gustaría tomar un trozo de pastel? —preguntó Leona.

No le contesté. Sólo escuchaba el sonido de aquella música. Música rock. En la radio. Sobre la mesita situada junto al sofá había una lámpara de mesa. Arrojaba una luz débil e inútil sobre el saloncito en penumbra. ¿Música rock del presente, en una radio, arriba? Empecé a decir algo y, entonces, lo «supe»…

Me levanté de un salto en el momento en que un terrible crujido hacía desaparecer el sonido de la música, y en que la lámpara de la mesita se debilitaba más, y más y vacilaba. Grité algo, no recuerdo el qué, y eché a correr escalera arriba.

Los padres de Jeffty no se movieron. Se quedaron allí, sentados, con las manos plegadas, en el mismo lugar en el que habían permanecido durante tantos años.

Me caí dos veces subiendo la escalera a toda velocidad.

Por la televisión no retransmiten muchas cosas capaces de despertar mi interés. Compré una enorme radio Philco en una tienda de segunda mano y sustituí todas las partes dañadas, utilizando los componentes originales de otras radios viejas que pude localizar y que aún funcionaban. No utilizo transistores, ni circuitos impresos. Esos componentes no funcionarían. A veces, me he pasado horas y horas, sentado frente a ese receptor, manejando el botón de un lado a otro, con toda la lentitud que uno pueda imaginar, tanto que en ocasiones parecía como si la aguja no se moviera en absoluto.

Pero no puedo encontrar al Capitán Medianoche, ni La Tierra Perdida, ni El Hombre Enmascarado, ni Tranquilidad, por favor.

Así es que ella le quería un poco, todavía, después de todos aquellos años. No puedo odiarles: sólo querían volver a vivir en el presente. Y eso no es nada tan terrible.

Teniendo en cuenta todas las cosas, no deja de ser un mundo bueno. Es mucho mejor de lo que era, en muchos sentidos. La gente no muere de las viejas enfermedades. Ahora muere a causa de enfermedades nuevas; pero eso es el progreso, ¿verdad?

¿No es cierto?

Díganmelo. Que alguien me lo diga, por favor.

04/18/19

Hola y adiós

Ray Bradbury

Pues claro que se iba, qué otra cosa podía hacer, el tiempo se había agotado y se iba, se iba muy lejos. Tenía ya hecha la maleta, había sacado brillo a los zapatos; se había cepillado el pelo y se había lavado expresamente detrás de las orejas. Tan sólo faltaba bajar las escaleras, salir por la puerta y subir la calle hasta la estación del pueblo, donde el tren se detendría exclusivamente para recogerle a él; entonces Fox Hill, Illinois, quedaría atrás, muy atrás en su pasado. Y él proseguiría su camino, quizá a Iowa, tal vez a Kansas, quién sabe si a California; un chiquillo de doce años, en cuya maleta un certificado de nacimiento acreditaba que lo había hecho hacía cuarenta y tres.

–¡Willie! –exclamó una voz en la planta baja.

–¡Ya voy! –Alzó del suelo la maleta. Vio en el espejo de su cómoda un rostro formado por dientes de león de junio, manzanas de julio y leche de cálida mañana de verano. Allí, como siempre, se reflejaban el ángel y el inocente, aquella efigie que tal vez nunca, en todos los años de su vida, llegase a cambiar.

–Casi es la hora –llamó la voz de mujer.

–¡Ahora mismo! –Y descendió por la escalera, al tiempo gruñón y sonriente. En la sala de estar, sentados, Anna y Steve, las ropas dolorosamente pulcras.

–¡Aquí estoy! –exclamó Willie desde el umbral de la sala.

Daba la impresión de que Anna fuese a romper a llorar.

–¡Oh, Dios mío! No es posible que vayas a dejarnos, ¿verdad, Willie?

–La gente está empezando a murmurar –dijo Willie tranquilamente–. Hace ahora tres años que estoy aquí. Pero cuando la gente se pone a murmurar, sé que ha llegado la hora de ponerme los zapatos y sacar un billete de tren.

–Todo es tan extraño, no lo entiendo. ¡Y así, tan de pronto! –se lamentó Anna–. Willie, te vamos a echar muchísimo de menos.

–Yo os escribiré todas las Navidades. Por favor, ayudadme. No me escribáis vosotros.

–Ha sido un gran placer y una satisfacción –dijo Steve, allí sentado, demasiado ampulosas las palabras, palabras que cuadraban mal en su boca–. Es una vergüenza que esto haya de acabar así. Es una vergüenza que hayas tenido que contamos tu caso. Es una condenada vergüenza que no puedas quedarte.

–Vosotros sois los parientes más agradables que he tenido nunca –dijo Willie, desde su metro veinte de estatura, barbilampiño, radiante el sol en su rostro.

Y entonces Anna se echó a llorar.

–Willie, Willie –gimió. Se sentó. Parecía querer abrazarle, pero abrazarle le daba miedo ahora; le miró con sorpresa y desconcierto, vacías las manos, sin saber qué hacer.

–No resulta fácil irse –dijo Willie–. Se acostumbra uno a la situación. Desea uno quedarse, pero no puede ser. En una ocasión probé a quedarme después de que la gente comenzase a desconfiar. «¡Qué cosa más horrible!», decían. «¡Tantos años jugando con los inocentes de nuestros niños –decían–, y nosotros sin enterarnos!» «¡Qué espanto!», dijeron. Y al final, una noche tuve que huir de la ciudad. No resulta fácil, no. Sabéis perfectamente bien cuánto os quiero a ambos. ¡Gracias por estos tres años fabulosos!

Fueron todos juntos hasta la puerta delantera.

–Willie, ¿adónde piensas ir?

–No lo sé. Sencillamente, me pongo a viajar. Cuando veo una ciudad que promete ser verde y agradable, me quedo.

–¿Volverás algún día?

–Sí–dijo con toda formalidad su vocecilla aguda–. Dentro de unos veinte anos debería empezar a reflejarse la edad en mi rostro. Cuando así sea, pienso hacer un gran recorrido y visitar a todos los padres y madres que he tenido.

Permanecieron en pie en el fresco porche veraniego, reacios a decirse las últimas palabras. Steve tenía tozudamente clavada la mirada en un olmo.

–¿Con cuántas familias has estado, Willie? ¿Cuántas veces has sido adoptado?

Willie hizo el cálculo de bastante buen grado:

–Me parece que han sido unas cinco ciudades y cinco los matrimonios con quienes he estado. Han pasado más de veinte años desde que empecé mi peregrinaje.

–Bueno, no tenemos motivo para quejamos –dijo Steve–. Más vale tener un hijo durante treinta y seis meses que ninguno en absoluto.

–Bien… –dijo Willie. Se despidió de Anna con un beso rápido, asió el equipaje y se marchó calle arriba, penetrando en la verde luz del mediodía, bajo los árboles… un chiquillo muy joven en verdad, sin volver atrás la mirada, corriendo.

Los chicos estaban jugando en el verde diamante del parque cuando pasó. Permaneció un ratito bajo la sombra de los robles, observándoles lanzar la blanca, nívea bola de béisbol que hendía el aire cálido del verano; vio volar sobre la hierba, como un pájaro oscuro, la sombra de la bola; vio cómo se abrían las manos, como bocas voraces, para atrapar aquel raudo fragmento de estío que ahora parecía tan importante asir. Gritaron los chicos. La bola aterrizó en la hierba, cerca de Willie.

Al avanzar con la bola, saliendo de los árboles umbrosos, pensó en los tres últimos años, ahora gastados hasta el céntimo, y en los cinco años anteriores, y así, remontando el hilo de su vida, hasta el año en que cumplió verdaderamente los once años y los doce y los catorce; penso en las voces que decían: («¿Qué le pasa a Willie, señora?» «Señora B., ¿no está Willie retrasado en su crecimiento?» «Willie, ¿has estado fumando cigarros últimamente?» Los ecos se extinguieron en luz y colores veraniegos. La voz de su madre: «¡Willie cumple hoy los veintiuno!». Y un millar de voces repitiendo: «Hijo, vuelve cuando cumplas quince años; tal vez entonces podamos darte trabajo».

Se quedó mirando fijamente a la pelota de béisbol que sostenía en su mano temblorosa, imagen de su vida, una bola interminable de años bobinados y rebobinados una y otra vez, pero siempre conducentes a su duodécimo cumpleaños. Oyó a los chicos venir hacia él; sintió que le tapaban el sol, los vio mayores que él, rodeándole.

–¡Willie! ¿Adónde vas? –Le dieron una patada a su maleta.

¡Qué altos, allí plantados, en el sol! Era como si en aquellos últimos meses, el Sol hubiera pasado una mano sobre sus cabezas, reclamándoles, y ellos fueran cálido metal fundente atraído hacia lo alto; como si fueran trigo dorado halado hacia el cielo por una inmensa fuerza gravitatoria; ellos, con sus trece, catorce años, mirando a Willie desde las alturas, sonrientes todavía, pero ya comenzando a tenerle por un cero a la izquierda. Aquello había empezado hacía cuatro meses.

–¡Formemos equipos! ¿Quién quiere a Willie en el suyo?

–¡Bah!, Willie es demasiado pequeño; no queremos «niños» con nosotros.

Y le aventajaron en la carrera, atraídos por la Luna y el Sol y por la sucesión turnante de estaciones de hoja y de viento; él siguió teniendo doce años, pero ninguno de los otros volvió a tenerlos jamás. Y las voces, las otras voces comenzaron de nuevo a repetir el manido estribillo, frío y aterradoramente familiar: «Más vale que le des vitaminas a ese chico, Steve». «¿Qué pasa, Anna, es que en tu familia hay una rama de bajitos?» Y el frío puño que vuelve a golpearte el corazón, el conocimiento de que será preciso volver a arrancar las raíces después de tantos años buenos con los «parientes».

–¿Adónde vas, Willie?

Sacudió bruscamente la cabeza. Volvía a encontrarse en medio de aquellas torres humanas, de aquellos mocetones que le hacían sombra, que pululaban en torno a él, como gigantes inclinados a beber en la fuente de un parque.

–Me voy unos días a casa de un primo.

–Oh. –Hubo un día, hace un año, en que eso les hubiera importado mucho. Pero ahora tan sólo sentían curiosidad por su equipaje. No era más que la fascinación de los viajes y los trenes y los lugares distantes.

–¿Qué os parece si echamos un par de partidas rápidas? –dijo Willie.

Su aspecto era más bien dubitativo pero, dadas las circunstancias, accedieron. Dejó caer la bolsa y corrió; la blanca pelota de béisbol estaba allá en lo alto, en el sol, distante de sus figuras de blanco ardiente en la lejanía del prado, de nuevo en el sol, apresurada, la vida yendo y viniendo, como obedeciendo a un patrón. ¡Aquí, allí! ¡El señor y la señora Robert Hanlon, de Creek Bend, Wisconsin, 1932, la primera pareja, el primer año! ¡Aquí, allí! ¡Henry y Alice Boltz, Limeville, Iowa, 1935!¡Vuela, pelota! ¡Los Smith, los Eaton, los Robinson! ¡1939! ¡1945! Marido y mujer, marido y mujer, sin niños, sin niños. Una llamada a esa puerta, una llamada a esa otra.

–Disculpe usted. Me llamo William. Me pregunto si…

–¿Un bocadillo? Pasa, siéntate. ¿De dónde vienes, hijo?

El bocadillo, el vaso largo de leche fresca, la sonrisa, el gesto acogedor, la conversación cómoda, distendida.

–Hijo, das la impresión de haber estado viajando. ¿Te has escapado de algún sitio?

–No.

–Chico, ¿eres huérfano?

Otro vaso de leche.

–Siempre quisimos tener hijos, pero nunca hemos podido. Jamás supimos por qué. Cosas que pasan. Bueno, bueno. Se está haciendo tarde, hijo. ¿No crees que sería mejor que te fueras a casa?

–No tengo casa.

–¿Un chico como tú? ¿Con lo limpias que tienes las orejas? Tu madre estará preocupada.

–No tengo casa ni parientes en todo el mundo. Me pregunto si… me pregunto… ¿me permitirían pasar aquí esta noche?

–Bueno, hijo, verás, no sé qué decir. Nunca habíamos pensado en admitir… –dijo el marido.

–Esta noche tengo pollo para cenar –dijo la mujer–, y hay bastante para repetir, bastante para las visitas…

Y los años que pasan, que vuelan; las voces, y los rostros, y las gentes; las primeras conversaciones, siempre las mismas. La voz de Emily Robinson, en su mecedora, en la oscuridad de la noche veraniega, la última noche que estuvo con ella, la noche en que ella descubrió su secreto, su voz, al decir:

–Miro las caras de todos los niñitos que pasan. Y a veces pienso: ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza que todas esas flores hayan de ser cortadas, que sea preciso extinguir el fulgor de esos fuegos! Qué vergüenza que éstos, todos esos que vemos en las escuelas o correteando por ahí hayan de tornarse altos y desagradables; que luego lleguen las arrugas, la sal y la pimienta en el pelo, o la calvicie, para luego, finalmente, puros huesos y resuellos, tener que morir, enterrados y olvidados. Cuando oigo reír a los niños, me resulta imposible creer que hayan de recorrer la misma senda por la que yo camino. Y sin embargo, ¡vienen! Aún recuerdo aquel poema de Wordsworth: «…cuando de pronto vi una multitud, una hueste de dorados lirios, cerca del lago, bajo los árboles, lirios que se agitan y se mecen en la brisa». Eso es lo que a mí me parecen los niños, pese a lo crueles que son a veces, a pesar de saber cuán malvados pueden ser. Pero no les asoma todavía la maldad en torno a los ojos, aún no se lee la malicia en su mirada, sus ojos aún no se han saturado de cansancio. ¡Es tanta el ansia que sienten por todo! Me imagino que eso es lo que más echo a faltar en las personas mayores, que en nueve de cada diez casos han perdido ese ansia, esa frescura, a quienes se les ha escurrido desagüe abajo tanta de su energía vital… Adoro ver cómo salen cada día los niños de la escuela; es como si sus puertas lanzasen florecillas a la calle. ¿Qué se siente, Willie? ¿Qué siente uno al ser eternamente joven? ¿Cómo es parecer una moneda de plata recién acuñada? ¿Eres feliz? ¿Te encuentras tan estupendamente como dice tu aspecto?

La bola de béisbol llegó zumbando desde el cielo azul; le dio a su mano un picotazo, como un gran insecto pálido. Mientras se la .acariciaba, Willie oyó a su memoria decir:

«Trabajé con lo que tenía. Después de morir mis parientes, tras descubrir que no podía encontrar en ningún sitio trabajo de adulto, probé suerte en las ferias, pero sólo conseguí que se rieran de mí. «Hijo –me dijeron–, no eres un enano, e incluso aunque lo seas, ¡tu aspecto es de un chico normal! Queremos enanos con cara de enanos. Lo siento, hijo, lo siento.» Así que me fui de casa, y eché a andar pensando: ¿Qué era yo? Un niño. Tenía aspecto de niño, tenía voz de niño, así que podría perfectamente seguir siendo un niño. De nada valía luchar contra ello. De nada serviría gritar. ¿Qué podía hacer, pues? ¿Qué trabajo tenía a mi alcance? Y un buen día vi a un hombre en un restaurante mirar las fotografías que de sus hijos le enseñaba otro hombre. «Claro que me gustaría tener hijos –decía–, ya lo creo que me gustaría.» No hacía más que mover con desánimo la cabeza. Y yo sentado allí, a unos pocos asientos de él, con una hamburguesa entre las manos. Me quedé allí sentado, ¡helado! En aquel mismo instante supe cuál iba a ser mi trabajo durante el resto de mi vida. Sí, había trabajo para mí, después de todo: hacer felices a gentes solitarias. Mantenerme ocupado. Jugar eternamente. Me di cuenta de que tendría que jugar eternamente. Repartir unos cuantos periódicos, hacer recados, segar unos cuantos céspedes. quizá. Ahora, ¿trabajos pesados? Jamás. Todo cuanto tendría que hacer consistiría en ser hijo de una madre y orgullo de un padre. Me dirigí al hombre que se encontraba un poco más abajo que yo en la barra. «Discúlpeme», le dije, y le sonreí…»

–Pero Willie –le había dicho hacía mucho la señora Emily–, ¿nunca te has sentido solo? ¿Nunca has querido… esas cosas que los adultos desean?

–Esa batalla la tuve que librar yo solo –dijo Willie.

«Soy un chiquillo –me dije–, tendré que vivir en un mundo de chiquillos, leer libros para niños, jugar a juegos de niños, desconectarme de todo lo demás. No puedo ser las dos cosas. Yo sólo tengo que ser una cosa: joven. Así que hice mi papel. ¡Oh, no fue fácil! Hubo momentos…» Se interrumpió y se sumió en el silencio.

«Y la familia con la que vivías, ¿no llegó a saberlo nunca?»

«No. Decírselo hubiera estropeado todo. Les conté que me había escapado; les dejé comprobarlo por conducto oficial, por la policía. Después, cuando no apareció ninguna ficha ni denuncia, dejé que solicitasen mi adopción. Eso era lo mejor de todo, siempre y cuando no sospechasen nada. Pero, entonces, después de tres años, o de cinco, se imaginaban lo que pasaba, o llegaba un viajante que me conocía, o me tropezaba con un feriante, y aquello se acababa. Siempre tenía que acabar.»

«¿Y tú eres muy feliz? ¿Es agradable seguir siendo niño durante cuarenta años?»

«Como suele decirse, es una forma de ganarse la vida. Y cuando uno hace felices a otras personas, casi se es feliz también. Sea como fuere, dentro de unos cuantos años estaré ya en mi segunda infancia. Habré doblado el cabo de las tormentas, habré olvidado las insatisfacciones y casi todos los sueños. Tal vez entonces pueda comportarme con naturalidad y representar mi papel hasta el final.»

Lanzó una última vez la bola de béisbol y rompió el ensueño. Corrió a coger su equipaje. Tom, Bill, Jamie, Bobb, Sam; sus nombres se movieron sobre sus labios. Percibió el embarazo de los muchachos al irles estrechando la mano.

–Bueno, Willie, después de todo no es como si te fueras a China o a Tombuctú.

–Así es, ¿verdad? –Willie no se movió.

–Hasta pronto, Willie. Nos veremos la semana que viene.

–Hasta pronto, hasta pronto.

Y fue alejándose con la maleta, mirando a los árboles, alejándose de los muchachos y de la calle en la que había vivido. Al doblar una esquina aulló el silbato de un tren, y echó a correr.

Lo último que vio y oyó fue una blanca bola de béisbol lanzada a lo alto de un tejado, atrás y adelante, atrás y adelante, los gritos de dos voces (la bola lanzada hacia arriba, y luego abajo y otra vez a través del cielo). «¡Annie, Annie, basta! ¡Basta, Annie, basta!», gritos como los de los pájaros al volar hacia el lejano sur.

Se despertó de madrugada, una madrugada con olor de la neblina y del frío metal, envuelto en el olor ferroso del tren que le rodeaba, los huesos sacudidos, entumecidos los miembros por toda una noche de viaje. Se despertó con olor de sol tras el horizonte; su vista se tendió sobre una pequeña villa recién surgida del sueño. Se estaban encendiendo las primeras luces, murmuraban quedas las voces; una señal roja oscilaba adelante y atrás, atrás y adelante, en el aire frío de la mañana. Había ese silencio somnoliento en el cual los ecos están dignificados por la claridad, en el cual los ecos se encuentran desnudos, nítidos y solitarios. Pasó un mozo de tren, una sombra entre las sombras.

–Señor –dijo Willie.

El mozo se detuvo.

–¿Cómo se llama esta ciudad? –susurró el chico desde la oscuridad.

–Valleyville.

–¿Cuántos habitantes tiene?

–Diez mil. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te bajas aquí?

–Parece verde. –Willie permaneció largo rato escrutando la ciudad sumida en la madrugada–. Parece agradable y tranquila –añadió.

–Hijo –dijo el mozo–, ¿de verdad sabes a dónde vas?

–Aquí –respondió Willie. Y se levantó tranquilamente en la madrugada tranquila, fría, saturada de olor a hierro, en la oscuridad del tren, con un rozar de ropas, perturbando el silencio.

–Chico, confío en que sepas lo que te haces –dijo el mozo de tren.

–Sí, señor, sé lo que me hago. –Y descendió al oscuro andén, con el equipaje en pos, en manos del mozo; salió a la mañana que recibía las primeras luces, la mañana humeante y fría que condensaba el aliento. Permaneció un instante con la vista alzada hacia el mozo y hacia el negro tren de metal, contra el fondo de las pocas estrellas que aún quedaban. El tren exhaló un gran soplido aullante en su silbato, los mozos del tren gritaron a lo largo de toda la hilera de vagones, los coches saltaron, y su mozo sonrió y ondeó la mano en señal de saludo al chico que allí se quedaba, a aquel chico pequeñín con su maletón que le estaba gritando algo, a pesar de que la máquina volvía a soltar su silbido.

–¿Qué? –gritó el mozo, con la mano haciendo pabellón en la oreja.

–¡Deséeme suerte! –gritó Willie.

–¡La mejor del mundo, hijo! –exclamó el mozo, saludando, sonriendo–. ¡Muchacho, la mejor del mundo!

–Gracias –dijo Willie en mitad del estrépito del tren, en el vapor y el rugido.

Permaneció mirando al negro tren hasta que se fue completamente y se perdió de vista en la lejanía. No se movió durante todo el tiempo que tardó en irse. Allí se estuvo, quietecito en el fatigado andén de madera, doce años de chiquillo, y sólo después de pasados tres minutos completos se volvió para, por fin, encararse con las calles desiertas.

Después, mientras el sol se alzaba, echó a andar a toda prisa para guardar el calor, bajando de la estación, entrando en la nueva ciudad.

04/10/19

Crónica del X evento Espacio Abierto 2019, contada por un tunero

Del 28 de marzo al 2 de abril tras más de un año y algo, par de premios sin recoger y la promesa incumplida de ir a la Feria del Libro de este año, por fin logré ir a mi primer evento del Espacio Abierto. Debo confesar que estaba muy emocionado y alegre de poder ir (no solo porque iba a faltar al trabajo 4 días ;), sino porque iba a ver muchas amistades viejas y nuevas, además de, por supuesto, participar en el evento con una conferencia. Así que ahora que regresé, decidí hacer una crónica (algo larga, pero no quería dejar detalles fuera) sobre lo que me pareció el evento.

Un poco a modo de introducción les omitiré mi viaje de Las Tunas a la Habana, la llovizna que me recibió y mojó mi mochila, así como la escapada al Submarino Amarillo. Sino, que les hablaré sobre el Espacio Abierto y sus eventos.

Para quiénes les gusta la literatura fantástica y de ciencia ficción nacional, el nombre Espacio Abierto debe sonarles bastante, en especial a los escritores. Pues, Espacio Abierto es el nombre del taller literario más grande del género fantástico en el país, ya este año con más de diez años de creado, aunque se han ido expandiendo y ahora posee una revista propia (la Korad) y estos eventos que se realizan una vez al año.

A diferencia de talleres anteriores, este no solamente cuenta con participantes habaneros, que siempre han sido los que han tenido la suerte de ser quiénes podían ir a sus reuniones, sino, también, gracias a la tecnología, da cobertura a escritores de todo el país. Aquí debo incluir mi experiencia personal, que desde el 2015 les envío mis cuentos y obtengo una buena retroalimentación. Además, pienso que el taller es una de las principales fuentes de la que salen los autores jóvenes del país. Así que si eres un autor de ciencia ficción, fantasía y eres de provincia como yo y quieres integrarte a un buen taller del género, te recomiendo que te unas al taller.

Día uno

Bien, hora de entrar de lleno en el tema antes que se me duerman leyendo. El primer día del evento del taller Espacio Abierto fue el sábado 30 de abril en el Centro Hispanoamericano de convenciones,[1] un lugar espacioso y con muy buenas condiciones técnicas para exponer las presentaciones y dar los paneles que se realizarían.

Más o menos guiándome por la cartelera (bastante cargada de actividades como podrán notar), les iré contando lo que me pareció cada actividad.

10:00 – 10:15 Palabras de Apertura Daniel Burguet

Las palabras de apertura corrieron a cargo de este muchacho (aunque sea más viejo que yo), que ha sido el premio Calendario de CF y que con su voz de locutor nos hizo una breve introducción a la cartelera de lo que sería el evento esa jornada y más o menos nos animó a que disfrutáramos del evento.

10:15 – 10:50 La conjetura de Turing-Merlin sobre la computabilidad universal de la magia. Fernando Rodríguez y Oscar Luis Vera.

Para ser la primera conferencia del evento, debo admitir que con su mezcla de humor, genialidad y lógica informática fue una de las más ingeniosas que presencie en todo el evento. La presentación la hizo uno de estos dos autores, ahora no recuerdo cuál y me disculpan los dos si están leyendo este artículo. La conferencia abordó un tema muy interesante: La magia y las computadoras no son muy diferentes, sino que su principio es el mismo.

A grosso modo y obviamente, metiendo una pifia que otra en la teoría. En esta conferencia sus autores plantean que cualquier sistema de magia es una máquina de Turing (entiéndase por este cualquier sistema capaz de ejecutar un algoritmo, o sea, una serie de pasos de manera lógica). De ahí, fueron desglosando y mostrando varias conjeturas que se derivaban de esta relación, como por ejemplo, que debía existir un sistema de magia universal, que cualquier sistema de magia podía ser replicado, entre otras cosas.

Hasta ahora esto te puede sonar como algo abstracto, pero el presentador se las arregló para que con nombres humorísticos, como el teorema PP (Pérez-Potter), ir mostrando al público que los distintos tipos de magia podían ser vistos como los lenguajes de programación de computadoras mágicas. Idea que nos dejó a muchos pensando en posibles usos para cuentos.

10:50 – 11:25. Las infinitas arenas de la melange. Yoss

A esta conferencia le siguió una de Yoss sobre Frank Herbert y su saga de Dune, la cuál no pudimos disfrutar completamente por cuestiones de tiempo (creo que dada con el ritmo que llevaba, tomaría hora y algo). Pero que aun así, gracias a las imágenes y las habilidades de Yoss como presentador nos mostró a los conocedores y no, de Dune, datos interesantes sobre su concepción, la vida de su autor, la continuación de la saga por su hijo y los temas que esta trataba. (Sí eres lector de ciencia ficción y todavía no te has leído esta saga, ve ahora mismo y descárgala, no solo es una de las mayores obras maestra del género, sino de la literatura).

Expuso de manera general la complejidad del mundo de Dune, como a medida que pasan los libros (en especial los de la tetralogía original), se nota que Herbert es un maestro a la hora de tejer tramas dentro de tramas. Además de mostrar que grandes temas como la eugenesia, el poder, las dinámicas de los grupos políticos y que tener el poder de ver el futuro, no te convierte en un dios.

11:25 – 12:00. Liu Cixin y la CF china: ¿una estrella (des)conocida? Raúl Piad

Para mí, una de las conferencias más esperadas, ya que me gusta variar los puntos de vista de la literatura que leo y siempre me he sentido atraído por el punto de vista asiático. Ya había obtenido una impresión bastante buena de su fantasía tras leer el primer libro de la trilogía de La Dinastía del Diente de León, pero con la ciencia ficción no me animaba. Sin embargo, tras esta conferencia he cambiado de idea y me he descargado la trilogía El problema de los Tres Cuerpos de Liu Cixin.

Raúl Piad mostró en su conferencia a través de una selección de autores que la ciencia ficción china no es una copia barata de ninguna otra, sino que posee un estilo narrativo por completo diferente al occidental y con China como el centro de toda ella. Las principales ideas giran en torno a lo malo que es la idea de es estar emitiendo nuestra posición al espacio, si nos encontramos con otra civilización, lo más seguro, es que esta será más avanzada que nosotros y terminemos siendo sus esclavos. Los ejemplos en nuestra historia bastan, el fuerte domina sobre el débil, es una ley universal, incluso para los extraterrestres. Además de que esta ciencia ficción trata otros temas como las consecuencias de la contaminación, el exceso de población y otros problemas actuales de la China moderna y sus consecuencias.

12.00 – 12:30. Presentación de libros de CF y F.

Ya casi a la hora del almuerzo no está de más también incentivar un poco la lectura por las publicaciones nacionales, tarea que asumió Yoss, quién presentó el Calendario de CF de 2018 ganado por Daniel Burguet y el premio Hydra en su segunda convocatoria ganado por Carlos Duarte. Ambos libros que les recomiendo comprar y leer si se los encuentran en las librerías, ya que les darán una noción de lo que mejor se escribe actualmente en el país.

12:30 – 13:00. Entrega de Premios Hydra y Juventud Ténica

Aprovechando la realización del evento, se hizo la entrega oficial de premios a los ganadores de los concursos del género fantástico Hydra y Juventud Técnica 2018.

Aquí vi dos tendencias que vienen a reafirmarse:

  1. Cada vez son los autores no habaneros quiénes están teniendo más presencia en los concursos del género a nivel nacional.
  2. Malena Salazar se consolida como la autora del fantástico más joven y prometedora del país, una raising star, como la llamara un buen amigo.

ALMUERZO

14:00 – 14:35 La figura del puñal en la literatura fantástica. Jorge Bacallao

Esta fue una de las conferencias más dinámicas de todo el evento, presentada por Jorge Bacallao, quién además de humorista es fan a las peleas de cuchillos y a Abercrombie nos mostró de manera práctica que se puede hacer en una pelea de cuchillos y que no. Pero antes de esto nos mostró una parte de su colección de cuchillos que había llevado con el, y por lo menos a mi, me impresionó la variedad de clases de cuchillos que existen y desconocía.

En una segunda parte de la conferencia hizo varias demostraciones prácticas de cosas que se pueden y no se pueden hacer con un cuchillo. Muchas cosas lógicas que a veces (bueno, admitámoslo, la mayoría de las veces) olvidamos no se pueden hacer. Además, mostró como deben sostenerse para luchar y cuáles son las mejores posturas para combatir en una pelea. Por lo menos a mí me dejó con las ganas de conseguirme un cuchillo y empezar a practicar.

14:35 – 15:10. Los comienzos de la CF en Cuba. 1964-1970. Rinaldo Acosta.

A este escritor y ensayista es una de las personas que más quería conocer desde que hace varios años me había leído su libro sobre la evolución de la ciencia ficción (buscar nombre de libro e incluir). Y a quién Yoss me presentó durante el almuerzo y de paso conocí Vicky, la correctora de mis traducciones de Limyaael. Rinaldo resultó ser un hombre de edad con un sólido conocimiento de la ciencia ficción como esperaba y una persona igual de agradable que mí correctora.

Su presentación, vale la pena decir, era más un artículo que una conferencia lo que quizás la hizo algo pesada, pero también, a esa hora de la tarde y tras la demostración práctica de Bacallao casi cualquier cosa lo parecerá. Pero fuera de esto, hace un análisis muy sólido de los orígenes de la ciencia ficción en nuestro país, en especial, en la figura de Ángel Arango (para quiénes no sepan de él, investiguen un poco, que nunca está de más).

15:10 – 16:10. Panel Desafíos de la CF ante la crisis del paradigma de los vuelos cósmicos. Moderador Yoss, Panelistas: Bruno Henríquez, Erick J.Mota y Raúl Aguiar.

Aunque no soy tan asiduo lector de ciencia ficción como de fantasía, sí he leído mucha de ella y una de las cosas que más comenzaba a ver era que cada vez había menos novelas que abordaban el tema de la exploración espacial. La ciencia ficción se mueve junto con la realidad y los escritores con ellas, y digamos que los últimos descubrimientos sobre las posibilidades de viajar por el espacio y sus peligros son desalentadores.

Sin embargo, como pusieron de manifiesto estos panelistas, esta es la visión americana y por tanto la que influencia la literatura anglosajona. Muchos otros países como Rusia, China y Emiratos Árabes Unidos tienen sus propios programas espaciales, algo que sin duda se refleja y su literatura. La discusión se extendió y animó bastante, y demostró una vez más que las cosas no suceden por un solo motivo, siempre hay varias razones tras lo que sucede. Y, especialmente, que la CF no está en crisis, por lo menos no toda, sino que se están escribiendo y forjando nuevos cánones que se adaptan a los tiempos que vivimos.

16:10 – 17:00 El video clip de ciencia ficción, Raúl Aguiar

Para finalizar el día, Raúl Aguiar, autor consagrado y veterano del género, además de gran aficionado del rock y los video clips mostró unos cuantos videos de las décadas del 70 y los 80, dónde el trasfondo principal eran temas de CF. Yo, como poco conocedor de los audiovisuales me quedé sorprendido de que hubiera tantos y de bandas tan famosas como Queen.

Fin del primer día

Luego de toda esta jornada cargada fue bueno relajarse, leer y descansar leyendo Se alquila un planeta, de Yoss (que me prestó su copia en papel) y el premio Calendario de Malena Salazar (que está muy bueno). Además de salir con los amigos fue suficiente para recargar las pilas y estar listo para un nuevo día.

Día dos

DOMINGO 31 DE MARZO

Sala ArtHause (San Lázaro, No 1216 e/M y N)

Último día de evento y con nueva localización, que para mi agradecimiento fue muy cerca de dónde me estaba hospedando, así que pude ser uno de los primeros en llegar a esta galería particular. Lo que me permitió compartir unas cuantas palabras con amigos y prepararme un poco para la que sería en la tarde, el lugar dónde daría mi conferencia.

10:00 – 10:15. Palabras de Apertura. Iris Rosales

Muchos de aquí del blog no la conocerán por ese nombre, pero es una asidua visitante, lo que siempre deja sus útiles y a veces extensos comentarios como Rixos. Para esta segunda jornada suya fue la tarea de dar las palabras de inauguración del evento y leer el programa del día, que al igual que el del día anterior estaría bastante cargado.

10:15 – 10:45. Proyección de cortos fantásticos. Alejandro Rojas

Esta fue la parte más visual del evento, dónde Alejandro (ganador del Calendario de CF en 2016 con Chunga Maya), nos mostró varios cortos independientes relacionados con la cf y f. Hubo un pequeño corto, pero con un gran presupuesto de La guerra de las galaxias, entre otros. Pero de todos, el que más no llamó la atención fue uno basado en un cuento de Jon Scalzi llamado algo así como “El cuento de los tres robots.” En este corto tres robots en un futuro no muy lejano dónde la Humanidad se ha extinguido van a hacer turismo a una ciudad devastada y se encontrarán con una sorpresa encarnada en mininos.

10:45 – 11:20. Creación de guiones para videojuegos RPG de mundo abierto. Roger Durañona

El autor de “La piedra ardiente,” además de escritor destaca por ser un desarrollador de juegos RPG, mundo de dónde salió su primera novela. En esta conferencia se esmeró y nos mostró a los que estábamos allí cuál era el proceso que hacia falta para escribir guiones para un juego. Para ello, ser escritor no vasta, sino que también se debe ser un jugador de rol para entender las dinámicas de lo que se escribe.

Otros puntos interesantes de esta conferencia fueron que existen distintos tipos de escritores en la concepción del mundo, las misiones secundarias y los diálogos. Además de que es un trabajo que requiere muchas, muchas horas de trabajo y es casi imposible hacer en solitario.

(Si quieres leer la crónica de Roger sobre el evento sigue este link)

11:20 – 11:55. El eterno dilema del huevo y la gallina: una clase práctica sobre worldbuilding. Alex Padrón

Para mí, una de las conferencias que más esperaba ya que me gusta mucho el tema del worldbuilding y Alex, es junto con Michel Encinosa creador del mundo onírico de Ofidia. Cuando comenzó la conferencia mis expectativas quedaron satisfechas, Alex comienza a detallar cuáles son las relaciones y diferencias que ocurren a la hora de hacer un worldbuilding para un juego de rol (mundo-personajes-historia) y para las historias dónde el orden se altera (mundo-historia-personajes).

Abordó también una serie de aspectos básicos que deben tenerse en cuenta a la hora de construir un mundo: Características físicas, geografía, clima, fauna, razas…, por solo mencionar los que recuerdo. Habló sobre que a la hora de tratar todos estos elementos se debía tener en cuenta su interrelación y como de manera lógica unos iban poniéndole limitaciones a los otros para obtener de esta forma el mundo. Una conferencia muy buena cuyo power point estuvo lleno de caricaturas de última hora bastante divertidas.

11.55 – 12:30. Borges como escritor de CF. Erick J.Mota

Hacia años, desde mi primer viaje a la Habana para cursar el Onelio había querido conocer a Erick J. Mota, para mi uno de los mejores escritores de fantasía y ciencia ficción nacional. Pues bien lo conocí en este evento y presencié su conferencia, dónde estudiaba algunos cuentos de Borges y mostraba algunas relaciones con la mecánica cuántica que podrían traer un poco a este gran autor al género de la CF.

Al igual que la conferencia de Rinaldo, esta se volvió algo densa, ya que mucho de los términos que se manejaban no los dominaba el público y los dejaba perdidos. En mi caso, gracias a mi ingeniería entendí un poco y noté la genialidad tras la idea y hubiera sido bueno que todos pudieran haber hecho lo mismo.

12:30 – 13:00. Homenaje a Michel Encinosa Fú y Jeffrey López Dueñas

Un modesto pero merecido homenaje recibieron estos dos grandes autores del fantástico nacional. Encinosa con una amplia y rica obra tanto en el ciberpunk con sus novelas Niños de Neón, Dioses de Neón y Vereda, así como Sol Negro: Crónicas de Sotreum (firmó la copia que yo tenía ^w^) y Sol Negro: La historia sin ti. Ambas obras, para mi, unos de los mejores libros escritos en el país.

Mientras que Jeffrey ha destacado por su labor como fundador del taller Espacio Abierto y antologador, junto con Elaine Vilar Madruga de la antología Axis Mundis. Además ha aparecido en varias antologías dentro y fuera del país, además de varias publicaciones.

ALMUERZO

14:00 – 14:35. Ya terminé con Sanderson, ¿ahora qué leo? José Cantallops

Bien, me llegó la hora y no me gusta tener que reseñarme yo mismo mi propia conferencia, que de paso, fue la primera en ser grabada por un Neozelandés fan al Yoss y que se encontraba haciendo un documental sobre el movimiento de cf y f nacional. Su contenido fue algo que muchos de los asiduos al blog saben que es una de mis pasiones que es cazar sagas y autores de fantasía desconocidos pero que merecen la pena ser leídos.

Además de mencionar y sugerir las obras de Steven Erikson, Brent Weeks, Glen Cook, David Gemmell y otros autores, expuse los resultados de dos de las encuestas que llevo corriendo en este blog desde hace año y algo que me sirvieron de base para crear el ciclo del lector cubano y otras cosas más. Culminé instándolos a leer y no quedarnos solo con los autores famosos, que hay mucha y buena fantasía allá afuera por leer.

(Si quieres leer una transcripción parcial de la conferencia la puedes ver aquí)

14:35 – 15:15. Espacio Abierto: Diez años apostando por la sinergia, Carlos A. Duarte

El diez es un número que tiende a celebrarse y no es para menos, mantener un proyecto como el Espacio Abierto durante diez años es toda una tarea de titanes. Así que Carlos A. Duarte, especie de coordinador principal hizo un resumen de estos diez años, desde los comienzos del taller, su recorrido, principales logros y eventos realizados.

Además mostró algunas estadísticas interesantes sobre la cantidad de autores que habían mandado cuentos al taller (más de 140 si la memoria no me falla). Un top ten de los autores que más cuentos han mandado y se han analizado con un primer lugar ocupado por el Yoss con más de 60 cuentos. Culminando con un pequeño análisis de lo que el piensa será el futuro cercano del Espacio Abierto que parece prometedor.

15:15 – 16:15. Panel Color Local contra Universalidad en la literatura fantástica cubana. Moderador Daniel Burguet. Panelistas: Erick J. Mota, Alejandro Rojas e Iris Rosales vs Yoss, Michel Encinosa

Esta panel giró en cuanto a un tema que tiene opiniones muy dispares entre los autores nacionales, apostar por el color local, creando una fantasía con fuertes elementos cubanos, o, apostar por la universalidad, buscando un reconocimiento en ultramar, escribiendo una fantasía y ciencia ficción con elementos extranjeros, pero comunes fuera del país.

El tema generó una buena controversia dónde se defendieron ambas perspectivas, así como problemas de traducción que trae traducir obras demasiado cubanas. Mientras que se concordó que se comparte una visión común, por lo menos dentro del Caribe, del oprimido y la no obediencia ciega al poder.

16:15 – 16:30. Premiación Concurso Oscar Hurtado

Para mí, el segundo concurso más importante del género en el país tras el Calendario, pero que abarca casi todas las categorías de la creación literaria. En este, un servidor, fue mención en el apartado de cuento de fantasía con el cuento “Leyenda empeñada.” Aunque no cuento con el acta oficial y no quiero pecar abusando de mi memoria, se repitió la tendencia que había visto el día anterior con las premiaciones del Juventud Técnica, una fuerte presencia de autores del resto del país y nuevos nombres.

16:30 – 17:00. Encuentro de Conocimientos

Me dijeron que este evento es el que da el cierre tradicional de cada evento. Dirigido por el Yoss, y con el público dividido en dos bandos, los jóvenes a un lado y los mayores al otro, se realizó el intercambio. Tras más de veinte rondas de preguntas de ciencia y ciencia ficción, la experiencia se impuso al ímpetu y se dio por terminado oficialmente así el evento.

17:00 – 23:00. FIESTA

El título lo dice todo, aunque yo solo estuve un momento, ya que tuve que retirarme temprano a ver si conseguía pasajes para regresar a mi tierra de Sunat.

Qué me pareció

Muy provechoso, tanto en conocimientos como en reencuentros con viejas y nuevas amistades, Yoss, Piad, Malena, Roger, Iris, Alejandro, Carlos y otros muchos más. Lo único que me llamó la atención fue la escasa asistencia (30-40 personas), pero me gustó la organización y puntualidad con que se hicieron las cosas.

Me quedé con ganas de más y ya desde ahora me estoy preparando para el próximo evento, que esperemos sea igual o mejor que este.


[1] No estoy seguro de que ese sea el nombre, pero después lo arreglaré de haber errores. No soy muy bueno memorizando direcciones.