03/12/19

Harrison Bergeron

Harrison Bergeron

Kurt Vonnegut

En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.

Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto confundía a la gente. Y en este mismo mes, húmedo y frío, los hombres de la oficina de impedidos se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años, hijo de George y Hazel Bergeron.

Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en eso. Hazel tenía una inteligencia perfectamente común, y por lo tanto era incapaz de pensar excepto en breves explosiones. Y George, como su inteligencia estaba por encima de lo normal, llevaba en la oreja un pequeño impedimento mental radiotelefónico, y no podía sacárselo nunca, de acuerdo con la ley. El receptor sintonizaba la onda de un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba algún ruido agudo para que las gentes como George no aprovechasen injustamente su propia inteligencia a expensas de los otros.

George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero ella ya no recordaba por qué. En ese momento unas bailarinas terminaban su número.

Una chicharra sonó en la cabeza de George y los pensamientos que tenía en ese instante huyeron como ladrones que oyen una campana de alarma.

– Era bonita esa danza, la que acaba de terminar – dijo Hazel.

– ¿Eh? – dijo George.

– Esa danza, era bonita – dijo Hazel.

– Ajá.

Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente muy buenas, y cualquiera hubiese podido hacer lo mismo. Todas llevaban contrapesos y sacos de perdigones, y máscaras además, para que nadie se sintiese triste viendo un gesto gracioso o una cara bonita. George había empezado a pensar vagamente que quizá las bailarinas no debieran tener ningún impedimento, pero no fue muy lejos en esta dirección, pues la radio transmitió otro ruido anonadador.

George torció la cara, junto con dos de las ocho bailarinas.

Hazel vio la mueca de George, y como ella no tenía radio tuvo que preguntar qué ruido había sido ése.

– Como si golpearan con un martillo en una botella de leche – dijo George.

– Debe ser interesante oír todos esos ruidos – dijo Hazel, con un poco de envidia —. Las cosas que inventan.

– Hum – dijo George.

– Pero si yo fuera Directora General de Impedidos, ¿sabes qué haría? – preguntó Hazel. Hazel en realidad era muy parecida a la Directora de Impedidos, una mujer llamada Diana Moon Glampers—.

Si yo fuese Diana Moon Glampers —dijo Hazel—usaría campanas los domingos. Sólo campanas. Una especie de homenaje a la religión.

– Yo podría pensar, si fuesen sólo campanas – dijo George.

– Bueno, quizá habría que hacerlas sonar realmente fuerte – dijo Hazel – . Creo que yo sería una buena Directora de Impedidos.

– Tan buena como cualquiera – dijo George.

– ¿Quién mejor que yo puede saber lo que es ser normal? – dijo Hazel.

– Nadie – dijo George.

Empezó a pensar oscuramente en Harrison, su hijo anormal, que ahora estaba en la cárcel, pero una salva de veintiún cañonazos le sacudió la cabeza.

– ¡Caramba! – dijo Hazel – . Eso fue realmente ensordecedor, ¿no es cierto?

Había sido tan ensordecedor que George estaba pálido y tembloroso, y las lágrimas le asomaban a los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían caído al piso del estudio y se apretaban las sienes.

– De pronto pareces tan cansado – dijo Hazel – . ¿Por qué no te acuestas en el sofá y apoyas tu impedimento de plomo en los almohadones, mi querido? —Hazel hablaba de los veinte kilos de perdigones que George llevaba al cuello, en un saco de tela—. Sí, apoya ese peso. No me importa que no seas igual a mí durante un rato.

George sopesó el saco con las manos.

– No tiene ninguna importancia —dij —. Ya no lo noto. Es parte de mí mismo.

– Estás tan cansado en este último tiempo, hasta agotado diría yo —continuó Hazel—. Si hubiese algún modo de abrir un agujero en el fondo del saco y sacar unas bolas de plomo… Sólo unas pocas.

– Dos años de prisión y una multa de mil dólares por cada perdigón de menos – dijo George – . No me parece un buen negocio.

– Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo – dijo Hazel – . Quiero decir que no compites con nadie aquí. No haces nada.

– Si tratara de librarme de este peso – dijo George – otra gente tendría derecho a hacer lo mismo, y muy pronto estaríamos de nuevo en la época del oscurantismo, cuando todos rivalizaban con todos. ¿No te gustaría, no es verdad?

– Me sentiría horrorizada.

– Precisamente – dijo George – . Si la gente no cumpliera las leyes, ¿qué sería de la sociedad?

Si Hazel no hubiese podido responder a esta pregunta, George no hubiera podido ayudarla, pues en ese instante una sirena le traspasó el cerebro.

– Se haría pedazos.

– ¿Qué cosa? – dijo George desconcertado.

– La sociedad – dijo Hazel, insegura – . ¿No hablabas de eso?

– ¿Quién puede saberlo? – dijo George.

Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. No se pudo saber muy bien en un principio qué noticia era, pues el anunciador, como todos los anunciadores, tenía un serio impedimento en la lengua. Durante medio minuto, y muy excitado, el hombre trató de decir:

– Señoras y señores…

Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.

– Muy bien – dijo Hazel – . Hizo lo que pudo. Hizo lo que pudo con lo que Dios le dio. Debieran aumentarle el sueldo por haberse esforzado tanto.

– Señoras y señores – dijo la bailarina leyendo el boletín.

Debía ser una muchacha extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era horrible.

Y era fácil advertir también que tenía más fuerza y más gracia que ninguna de las otras bailarinas. El saco de impedimento que le colgaba del cuello era tan grande como el de un hombre de cien kilos.

Y la bailarina tuvo que pedir perdón en seguida por su voz. Era verdaderamente injusto que una mujer usara una voz así: cálida, luminosa, una melodía que no era de este mundo.

– Perdón – dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez con una voz absolutamente incompetente—. Harrison Bergeron —graznó—, de catorce años, acaba de escaparse de la cárcel. Se lo acusaba de intentar derribar al gobierno. Es un genio y un atleta, favorecido por el impedimento, y extremadamente peligroso.

Una foto de Harrison tomada por la policía apareció en la pantalla: cabeza abajo, de costado, cabeza abajo otra vez, y derecha al fin. La fotografía mostraba a Harrison de pie sobre un fondo dividido en metros y centímetros. Medía exactamente dos metros diez.

Por lo demás, Harrison parecía un montón de fierros. Nadie había llevado nunca impedimentos más pesados. Había crecido superando todos los impedimentos tan rápidamente que la Dirección de Impedidos no había tenido tiempo de imaginar otros. En vez de un pequeño receptor de radio en la oreja, como impedimento mental, llevaba un par de tremendos auriculares, y además unos anteojos de vidrios gruesos y ondulados. Estos anteojos habían sido concebidos no sólo para que no viera casi nada, sino también para provocarle terribles dolores de cabeza.

Los pesos metálicos le colgaban de todo el cuerpo. Comúnmente había una cierta simetría, una disposición verdaderamente militar en los impedimentos inventados para los individuos demasiado fuertes, pero Harrison parecía un montón de chatarra ambulante. En la carrera de la vida, Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.

Y para afearlo, los hombres de los impedimentos lo obligaban a usar continuamente una pelota roja en la nariz, a afeitarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y regulares con pedazos de película negra.

—Si ven a este muchacho —dijo la bailarina—no intenten, repito, no intenten discutir con él.

Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.

Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. El retrato de Harrison Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla como sacudido por un terremoto.

George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le fue difícil, pues su propia casa había sido sacudida del mismo modo, muchas veces.

— ¡Dios mío! —dijo—. ¡Tiene que ser Harrison!

En ese mismo momento el ruido de un choque de automóviles le barrió la idea de la cabeza.

Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había desaparecido y Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.

Estaba de pie en medio del estudio, balanceando la cabeza de payaso, y los fierros que le colgaban del enorme cuerpo se sacudían y tintineaban. Tenía aún en la mano el pestillo de la puerta que acababa de arrancar. Las bailarinas, los técnicos, los músicos y los anunciadores habían caído de rodillas ante él, sintiendo que les había llegado la hora y que pronto serían masacrados.

— ¡Soy el emperador! —gritó Harrison—. ¿Me oyen todos? ¡Soy el emperador! ¡Todos deben obedecerme en seguida!

Golpeó el piso con el pie y el estudio tembló.

—Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí —rugió—, ¡soy el más grande de todos los gobernantes de todos los tiempos! Y ahora miren en lo que puedo convertirme.

Harrison se arrancó las correas que sostenían el metal como si fueran de papel de seda, esas correas garantizadas para sostener dos mil quinientos kilos.

Los pedazos de chatarra que habían sido los impedimentos de Harrison se aplastaron contra el suelo.

Harrison pasó los pulgares bajo la barra que sostenía las guarniciones de la cabeza, y la barra se quebró como una brizna de paja. Aplastó los lentes y los audífonos contra la pared, y se arrancó la nariz de goma descubriendo el rostro de un hombre que hubiera estremecido a Thor, el dios de trueno.

– ¡Ahora elegiré a mi emperatriz! – dijo Harrison mirando el grupo arrodillado a sus pies—. Que la primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo y su trono.

Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose como un sauce.

Harrison sacó el impedimento mental de la oreja de la bailarina y luego los impedimentos físicos con asombrosa delicadeza. En seguida le quitó la máscara.

La bailarina era de una cegadora belleza.

—Bien —dijo Harrison tomándole la mano—. Ahora le mostraremos a la gente lo que significa la palabra «danza». ¡Música!

Los músicos se treparon a sus sillas, y Harrison les quitó también los impedimentos.

—Toquen como mejor puedan —les dijo—y les haré barones y duques y condes.

La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero Harrison alzó a dos músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas, mientras cantaba la música. Luego los dejó caer otra vez en los asientos.

La música comenzó de nuevo, mucho mejor que antes.

Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente, como esperando a que los latidos de sus propios corazones concordaran con la música.

Luego se alzaron en puntas de pie, y Harrison tomó entre sus manazas el talle de la bailarina, haciéndole sentir esa ligereza que pronto sería la ligereza de ella.

Y al fin, en una explosión de alegría y gracia, saltaron en el aire.

No sólo abandonaron entonces las leyes de la Tierra sino también las leyes de la gravedad y las leyes del movimiento.

Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y revolotearon.

Saltaron como ciervos en la Luna.

Cada nuevo salto acercaba más a los bailarines al cielo raso, que estaba a diez metros de altura.

Pronto fue evidente que pretendían tocar el cielo raso.

Lo tocaron.

Y luego neutralizando la gravedad con el amor y el deseo se quedaron suspendidos en el aire a unos pocos centímetros por debajo del cielo raso y allí se besaron mucho tiempo.

En ese instante Diana Moon Glampers, la Directora de Impedidos, entró en el estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó, dos veces, y el emperador y la emperatriz murieron antes de llegar al suelo.

Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y les dijo que tenían diez segundos para ponerse otra vez los impedimentos.

En ese mismo momento el tubo del aparato de TV de los Bergeron osciló y se apagó.

Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto, pero George había ido a la cocina en busca de una lata de cerveza.

George volvió con la cerveza, deteniéndose un instante cuando una señal de impedimento lo sacudió de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.

— ¿Has estado llorando? —le preguntó a Hazel mirando como ella se enjugaba las lágrimas.

—Sí —dijo Hazel.

— ¿Por qué? —dijo George.

—Me olvidé. Hubo algo realmente triste en la televisión.

— ¿Qué era? —preguntó George.

—No lo sé, tengo la cabeza confundida —dijo Hazel.

—Hay que olvidar las cosas tristes.

– Es lo que hago siempre – dijo Hazel.

– Magnífico – dijo George.

Torció la cara. Un cañón le retumbó en la cabeza.

– Caramba. Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor – dijo Hazel.

– Así es realmente, puedes repetir esa verdad.

– Caramba – dijo Hazel – . Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor.

03/12/19

Guardianes del tiempo

Guardianes del tiempo

Poul Anderson

El trabajo es, como usted comprende, un tanto inusitado —dijo Gordon —y confidencial. ¿Puedo contar con su discreción?

—Normalmente, si —repuso Manse Everard —. Claro que depende de la clase de secreto.

Gordon sonrió con una curiosa sonrisa, una curvatura de labios que no se parecía a ninguna otra que Everard hubiese visto. Hablaba fácil y fluidamente el americano común, y vestía un traje corriente, pero había en su porte un aire extranjero, que consistía en algo más que en la tez morena, las mejillas imberbes y la incongruencia de unos ojos mongólicos sobre una nariz caucásica. Era difícil de clasificar.

—No somos espías, si es eso lo que está pensando —aclaró.

Everard hizo un guiño.

—Lo siento. Le ruego que no piense que me he vuelto tan histérico como el resto del país. Nunca he tenido acceso a datos confidenciales de ninguna clase. Pero usted ha hablado de trabajos ultramarinos y, tal como están las cosas, me gustaría conservar mi pasaporte.

Era un hombre grande, de pétreos hombros y cara un tanto estropeada bajo los cabellos cortos y negros. Su documentación estaba extendida ante él: licencia absoluta, informes de su trabajo en varios destinos como ingeniero mecánico… Gordon los había ojeado a la ligera.

La oficina era corriente: un bufete, un par de sillas, un archivador y una puerta que daba a las habitaciones interiores. Una ventana abierta sobre el estrepitoso tráfico de Nueva York que se percibía seis pisos más abajo.

—Espíritu independiente —murmuró —. Me gusta eso. ¡Vienen tantos adulando como si estuvieran dispuestos a agradecer un puntapié! Naturalmente, con su preparación, usted no está todavía desesperanzado. Puede aún obtener trabajo… Creo que la palabra es… contrato aleatorio.

—Me interesó el anuncio —explicó Everard —. He trabajado en el extranjero, como puede usted ver, y volvería allá con gusto. Pero, francamente, no tengo aún la más leve idea de lo que hace su equipo.

—Hacemos muchísimas cosas —aclaró Gordon —. Pero… veamos; ha estado usted en la guerra. Francia, Alemania…

Everard pestañeó; sus papeles contenían la mención de una serie de medallas, mas hubiera jurado que su interlocutor no había tenido tiempo de leerlos. Gordon prosiguió:

— ¿Le importaría agarrar los mandos que hay en los brazos de su silla? Gracias. Ahora, ¿cómo reacciona usted ante el peligro físico?

Everard se irguió.

—Óigame, eso. —dijo.

—No importa.

Y los ojos de Gordon se fijaron en un instrumento que tenía sobre la mesa, que no era sino una caja con unas agujas indicadoras y un par de cuadrantes. Preguntó luego:

— ¿Cuál es su criterio en cuestiones de política internacional?

—Pues, teniendo en cuenta…

—Comunismo… Fascismo… Feminismo… ¿Sus ambiciones personales?… No tiene que responder si no quiere.

— ¿Qué diablos es todo esto? —estalló Everard.

—Un amago de prueba psicológica. Olvídelo. No me interesan sus opiniones políticas, salvo en cuanto reflejen su orientación emocional básica.

Y Gordon se echó atrás, entrelazando los dedos. Luego siguió:

—Hasta el momento, son muy prometedoras. Pues bien: el trabajo que estamos haciendo es totalmente confidencial. Estamos… Bueno…, planeando dar una sorpresa a nuestros competidores —y se rió por lo bajo —. Puede, si quiere, denunciarme al F.B.I., que, por lo demás, ya ha investigado sobre esto. Tenemos una patente inmaculada. Descubrirá usted que realizamos verdaderas operaciones universales, financieras y técnicas. Pero hay otro aspecto de la cuestión, que es el que nos hace buscar hombres. Le abonaré cien dólares si va a esa habitación de atrás y se somete a una serie de pruebas. Todo ello durará unas tres horas. Si no las supera, se acabó. Si lo hace, firmaremos con usted, le contaremos los hechos y empezaremos a adiestrarle. ¿Conformes?

Everard vacilaba. Teñía la sensación de ser engañado. En aquella empresa había algo más que una oficina y un extranjero cortés. Se aventuró:

—Firmaré con ustedes después que me cuente los hechos.

—Como quiera —aceptó míster Gordon —. De acuerdo. Las pruebas dirán si le admitimos o no, ya lo sabe. Usamos algunas técnicas muy adelantadas (lo cual, por lo menos, resultó enteramente cierto).

Everard ya sabía algo de psicología moderna: encefalógrafos, pruebas de asociación, perfil de Minnesota…, pero no reconoció ninguna de las enfundadas máquinas que silbaron y parpadearon ante él. Las preguntas que el ayudante técnico le dirigía resultaban completamente anodinas. El ayudante era un hombre de piel blanca, completamente calvo, de edad indefinible, duro acento y rostro inexpresivo. Pero ¿qué significaba el casco de metal que le cubría la cabeza? ¿Para qué servían los alambres que de él arrancaban?

Echó furtivas ojeadas a los cuadrantes métricos, pero las letras y números de ellos no se parecían a nada de lo que había visto. No eran ingleses, franceses, rusos, griegos, chinos ni nada que correspondiese al año de gracia de 1954. Quizá ya empezaba a darse cuenta de la cosa.

Un curioso autoconocimiento se despertó en él durante el desarrollo de las pruebas. Manson Emmert Everard, de treinta años de edad, antes lugarteniente de ingenieros militares del Ejército de los EE. UU., con experiencia de planeamiento y ejecución de obras en América, Suecia, Arabia…, soltero aún, aunque a veces le acometían anhelosos pensamientos acerca del matrimonio; sin novia actualmente ni lazos estrechos de clase alguna, un poco bibliófilo, empedernido jugador de póquer, aficionado a los botes de vela, caballos y rifles; montañero y pescador en sus vacaciones…

Sabía todo eso de sí mismo, claro está, pero solo fragmentariamente. Era extraña aquella súbita sensación íntima de ser un organismo complejo; esa comprensión de que cada una de sus facetas era solo una parte de su carácter total.

Salió de la prueba agotado y chorreando sudor. Gordon le ofreció un cigarrillo y ojeó unas cuartillas escritas en clave. De cuando en cuando murmuraba una frase:

—Zeth —20 cortical… Aquí, valoración indiferenciada…, reacción psíquica a las antitoxinas…, debilidad en la coordinación central.

Se observaba en su acento la satisfacción delatada por una pronunciación de las vocales, desconocida para Everard, que, no obstante, poseía amplia experiencia de los diversos modos de estropear el idioma inglés.

Pasó media hora larga antes que Gordon levantara la cabeza. Everard estaba intranquilo, levemente irritado por aquella conducta altiva, pero el interés le mantenía inmóvil en su asiento.

Gordon exhibió una dentadura blanquísima, al hacer una mueca de amplia satisfacción, y habló:

— ¡Ah, por fin! ¿Sabe usted que he tenido que rechazar a veintidós candidatos? Pero usted sirve. Definitivamente, usted sirve.

— ¿Para qué?

Y Everard, al decir esto, se echó hacia adelante, sintiendo que su pulso se aceleraba.

—Para la Patrulla. Va a ser una especie de policía.

— ¿Sí? ¿Dónde?

—Por doquier. Y en todo momento. Prepárese; va a tener peleas. Mire usted: nuestra compañía, aunque bastante legal, es solo un frente de batalla y una fuente de ingresos. Nuestra verdadera ocupación es patrullar el tiempo.

2

La Academia estaba en el Oeste americano y en el período Oligoceno; una edad cálida de selvas y herbazales, cuando los reptiles antecesores del hombre habían esquivado la senda de los grandes mamíferos gigantescos. Había sido erigida hacía miles de años v se mantendría durante medio millón más el tiempo suficiente para adiestrar a tantos hombres como necesitara la Patrulla, y luego sería cuidadosamente demolida hasta que no quedara ni rastro de ella. Más tarde vendría el período glacial, aparecería el hombre, y en el año 19352 después de Jesucristo (7841 del Triunfo Morenniano) los humanos hallarían el modo de viajar a través del tiempo, volverían al período Oligoceno v reedificarían la Academia.

Esta estaba formada por largos y achaparrados edificios, de curvas suaves y varios colores, diseminados por el césped, entre enormes árboles. Más allá, colinas y arboledas parecían precipitarse en un gran río de aguas oscuras, en cuyas orillas podían oírse, por la noche, los bramidos de los mastodontes y el lejano maullar del megaterio de dientes como sables.

Everard salió de la lanzadera del tiempo —una grande y disforme caja de metal —, y, al hacerlo, notó que se le secaba la garganta. Experimentaba, como el primer día de su entrada en el Ejército, hacía doce años (o quince o veinte millones de años después, a elegir) soledad, desesperanza y deseo de hallar una disculpa honrosa para volverse a casa. Era un pobre consuelo ver a las demás lanzaderas arrojar un total aproximado de otros cincuenta jóvenes, de uno u otro sexo. Los reclutas se movían lentamente juntos, formando un grupo desmañado.

Al principio no hablaron; permanecieron mirándose a la cara unos a otros. Everard reconoció, entre las vestiduras que llevaban, un cuello Hoover y una zamarra de punto; los estilos de peinado e indumentaria eran de 1954 en adelante. ¿De dónde procedería aquella chica de los ceñidos calzones policromos, los labios pintados de verde y el cabello amarillo, fantásticamente peinado?

Un hombre de unos veinticinco años se detuvo ante él; era evidentemente un inglés, a juzgar por su raído traje de lana y su rostro largo y delgado. Parecía ocultar una cruel amargura bajo su cortés apariencia.

— ¡Hola! —saludó Everard, y luego añadió —: Podríamos presentarnos.

Dijo su nombre y procedencia, a lo que el otro replicó, tímidamente:

—Charles Whitcomb. Londres, 1947. Acababan de desmovilizarme de la R.A.F., y esto parecía una buena probabilidad. Ahora me pregunto si…

—Puede serlo —repuso Everard, pensando en el salario —. ¡Mil quinientos al año, para empezar! Pero ¿cómo cuentan los años? Tal vez de acuerdo con el sentido individual de la duración.

Un hombre venía en dirección a ellos. Era un tipo joven y delgado, que vestía un ajustadísimo uniforme gris y una capa azul oscuro que parecía brillar como si llevara cosidas estrellas. Su cara era agradable, sonriente, y les habló con afabilidad:

— ¡Hola! ¡Bien venidos a la Academia! Supongo que todos conocen el inglés.

Everard se fijó en un hombre envuelto en los maltratados restos de un uniforme alemán, en otro tipo hindú y en algunos otros que, probablemente, acudirían de diversos países extranjeros.

—Usaremos el inglés hasta que hayan aprendido el Temporal todos ustedes.

El hombre los contemplaba tranquilamente, con las manos en las caderas. Prosiguió:

—Me llamo Dard Kelm. Nací en (déjenme recordar) el año 9573 de la Era Cristiana, pero me he especializado en el período de ustedes, que consideraremos entre 1850 y 1975, aunque todos ustedes pertenecen a los años intermedios. Soy oficialmente, para ustedes, el Muro de las Lamentaciones, si algo marcha mal. Este lugar se gobierna por reglas distintas a las que, probablemente, imaginan: no formamos a nuestros hombres en masa, por lo que la minuciosa disciplina de un aula o un ejército no es necesaria aquí. Cada uno de ustedes recibirá instrucción particular y también general. No castigamos las faltas de aplicación, ya que las pruebas que han sufrido nos dan la seguridad de que no ha de haberlas, y de que es mínima la posibilidad de faltas en el trabajo. Cada uno de ustedes tiene un elevado coeficiente de madurez respecto a su específica formación cultural. Sin embargo, la variación que ha de introducirse en sus aptitudes hasta desarrollarlas a satisfacción significa, en su caso, la necesidad de ser guiados personalmente.

Aquí se observan pocas formalidades, salvo la cortesía usual. Tendrán oportunidades de diversión y de estudio. No se espera de ustedes más de lo que puedan dar. He de añadir que la caza y la pesca son en estos sitios abundantes, y (si vuelan unos centenares de kilómetros) llegan a ser fantásticas. Ahora, si no tienen preguntas que formular, hagan el favor de seguirme y los instalaré.

Dard Kelm le mostró los muebles de una habitación sui generis. Eran de la clase que cabría esperar en el año 2000: no estorbaban y se amoldaban perfectamente a sus fines: refrigeradoras, pantallas de proyección que podían utilizar los materiales de una extensa colección de discos y películas destinados al adiestramiento. Nada demasiado adelantado, en resumen. Todos los cadetes tenían su propia estancia en el edificio de «dormitorios»; las comidas se hacían en un refectorio común, pero se podía conseguir comer en privado. Everard sintió que su tensión intensa cedía.

Se celebró un banquete de bienvenida. Los manjares eran los corrientes, pero no así las silenciosas máquinas rodantes que los servían. Hubo vino, cerveza y un amplio suministro de tabaco. Quizá habían mezclado algo al alimento, porque Everard acabó por sentirse tan eufórico como los demás. Terminó interpretando al piano un boogie—woogie, mientras media docena de personas atronaban el aire intentando cantar.

Solo Charles Whitcomb se mantuvo aparte. Bebía melancólico en su vaso, aislado en un rincón. Dard Kelm era hombre de tacto y no intentó forzarle a unírseles.

Everard decidió que aquello iba gustándole. Pero el trabajo, la organización y la finalidad continuaban siendo un misterio para todos.

* * *

—El viaje a través del tiempo —empezó Kelm en el salón de lectura —se descubrió cuando se iniciaba la Gran Herejía Corita; ya estudiarán después los detalles, pero tienen mi palabra de que aquel fue un período turbulento> en que la rivalidad comercial y genética se resolvía a zarpazos y dentelladas entre gigantescas camarillas. Entonces algo sucedió, y los Gobiernos se vieron lanzados a una guerra galáctica. El efecto tiempo fue casual producto de una investigación que buscaba medios para el transporte instantáneo, y, como algunos de ustedes comprenderán, requiere, para su demostración matemática, una serie infinita de funciones discontinuas, como ocurría en los viajes del pasado. No voy a entrar en su teoría (ya se la explicarán en las clases de Física), sino, simplemente, afirmaré que supone el concepto de unas relaciones de valor infinito, en un continuo de 4n dimensiones, en el que u es el número total de partículas que existen en el Universo.

—Naturalmente, el grupo que descubrió esto, los Nueve, se dio cuenta de las posibilidades que ello encerraba, y que no solo eran comerciales (tráfico, minería y otras empresas, que pueden imaginar fácilmente), sino que procuraban la probabilidad de asestar un golpe de muerte a sus enemigos. Ya comprenden: el tiempo es variable; se puede cambiar el pasado…

— ¿Puedo hacer una observación? Saltó la muchacha de 1972 Elizabeth Gray, que en su época había sido una joven y destacada autoridad en Física.

—Claro —dijo cortésmente Kelm.

—Creo que está usted describiendo una situación lógicamente imposible. Concedo la posibilidad de viajar en el tiempo, puesto que estamos aquí; pero un hecho no puede, a la vez, haber ynohaber ocurrido. Eso es contradictorio en sí mismo.

—Solo si usted insiste en una lógica no valorada de acuerdo con el Aleph—sub—Aleph —repuso Kelm —. Pero aquí lo que sucede es algo como esto: supongamos que vuelvo atrás el tiempo y evito que su padre de usted conozca a su madre. Entonces, no habría usted nacido. Esa parte de la Historia Universal sería distinta, aunque yo conservara memoria del estado original del asunto.

— ¿Y si hiciese lo propio con usted mismo? ¿Dejaría de existir?

—No, porque pertenecería va a la sección de la Historia anterior a mi propia intervención. Apliquémoslo a usted misma. Si usted retrocediera, supongamos, a 1946, y trabajase para evitar el matrimonio de sus padres, en 1947, pese a ello usted habría existido en ese año; no podría salir de la existencia, puesto que había influido en los sucesos. Y lo mismo se aplicaría si usted hubiese existido, en 1946, una milésima de segundo antes de disparar un tiro contra el hombre que, de no producirse tal hecho, hubiera sido su padre.

—Pero entonces —protestó ella — ¡yo existiría sin origen! ¡Tendría vida y memoria… y todo, aunque nada lo hubiese producido!

— ¿Y por qué no? —opuso Kelm, encogiéndose de hombros —. Insiste usted en que la ley de causalidad, o, mejor dicho, la 4e conservación de la energía, supone solo funciones continuas. Hoy día, la discontinuidad es totalmente posible.

Se echó a reír y se apoyó en el atril, añadiendo:

— ¡Claro que hay imposibilidades! Usted no puede ser su propia madre, debido a la genética pura. Si retrocediendo en el tiempo se casara con el que había de ser su padre, ninguno de sus hijos sería usted misma, porque todos ellos tendrían solo la mitad de sus cromosomas.

Y aclarándose la garganta, prosiguió:

—No nos salgamos del tema. Aprenderán los detalles en otras clases. Estoy únicamente dándoles una noción general. Prosigamos: los Nueve vieron la posibilidad de retroceder en el tiempo y evitar que sus enemigos de siempre les tomaran la delantera, y aun impedir que naciesen. Mas entonces surgieron los Danelianos.

Por primera vez, su tono intrascendente y semihumorístico desapareció, quedando absorto, como un hombre que está en presencia de lo incognoscible. Siguió:

—Los Danelianos son parte del Futuro, nuestro Futuro (más de un millón de años después de mí); época en que el hombre habrá evolucionado, llegando a ser algo… indescriptible. Nunca, probablemente, verán ustedes a un Daneliano, y si lo vieran… les… produciría, sin duda, un choque terrible. No son malignos… ni benignos… Están tan lejos de cuanto podemos conocer o sentir como nosotros de los seres insectívoros antepasados nuestros. No es bueno enfrentar cara a cara una cosa como esa. Se ocupan nada más que de defender su propia existencia. El viaje por el tiempo era ya cosa antigua cuando aparecieron; había habido incontables oportunidades para que retoñaran la estupidez, la ambición y la locura, y trastornaran la Historia de cabo a rabo. No deseaban impedir los viajes (que, al fin, eran parte del complejo que nos había llevado hasta ellos), sino regularlos. Se evitó que los Nueve llevaran a cabo sus planes y se creó la Patrulla, para vigilar los callejones extraviados del Tiempo. Trabajará cada uno de ustedes, principalmente, en su Era propia, a menos que se gradúe para actuar intertemporalmente. Vivirán ustedes su vida ordinaria con sus familiares, amigos, etcétera, como es corriente. La parte de su vida privada tendrá las satisfacciones de la buena paga, protección, vacaciones ocasionales en sitios interesantísimos y un trabajo de suma importancia. Pero han de estar siempre alerta. A veces trabajarán ayudando a los viajeros del Tiempo que se vean envueltos en dificultades de este o aquel orden. Otras, se los empleará en misiones de aprehensión de los que habrían de ser en el futuro conquistadores políticos, militares o económicos. En ciertos casos, la Patrulla aceptará los hechos consumados y se ocupará en contrarrestar las influencias que, en períodos posteriores, pudieran desviar a la Historia del cauce anhelado. ¡Les deseo suene a todos ustedes!

* * *

La primera parte de la instrucción fue física y psicológica. Everard no había comprobado cómo la vida que hasta entonces llevara le había disminuido en cuerpo y espíritu, haciéndole solo la mitad del hombre que podía ser. Se le hizo duro, pero al final tuvo la alegría de sentir el poder de sus músculos, totalmente controlados; el aumento de intensidad en las emociones al disciplinarías, la rapidez y precisión de un pensamiento consciente.

Llegó un momento de su formación en que se halló totalmente en condiciones de no revelar nada sobre la Patrulla a nadie no autorizado para saberlo, aunque en ello le fuera la vida; le era simplemente tan imposible hacerlo como le sería saltar a la Luna. También aprendió a conocer los recovecos de su personalidad pública en el siglo XX.

El temporal, idioma artificial con el que los Patrulleros de todos los siglos podían comunicarse sin que les entendieran los extraños, era un milagro de expresividad lógicamente organizada.

Creía saber algo sobre la lucha, pero tuvo que aprender las estratagemas y el uso de las armas de cincuenta mil años antes; recorrer todo el camino que va desde el arma de la Edad del Bronce hasta el último explosivo cíclico capaz de aniquilar un continente. Mientras actuase en su propia era, su arsenal sería reducido; pero en caso de ser llamado a otros períodos, raras veces se le consentiría un flagrante anacronismo.

Le hacían estudiar historia, ciencia, arte y filosofía de cada país y época; se le adiestraba en minuciosos detalles sobre dialectos y maneras. Esto último solo para el período 1850—1975; si tenía que actuar en otro cualquiera, recibiría instrucción especial por medio de un acondicionador hipnótico. Eran estas máquinas las que hacían posible el adiestramiento en tres meses.

Aprendió también la organización de la Patrulla. Arriba, en cabeza, estaba el misterio, que era la civilización daneliana, pero tenían poco contacto con ella. La Patrulla estaba organizada medio militarmente, con grados, aunque sin formalidades. La Historia se dividía para su estudio en medios sociales, con una oficina principal situada en una ciudad importante (seleccionada por períodos de veinte años), y disfrazadas estas actividades por medio de otras ostensibles—comerciales, por ejemplo —y con sucursales. En esta época había tres de ellas: el mundo occidental, con su cuartel general, en Londres; Rusia, en Moscú; Asia, en Peiping; todas de la época 1890—1910, ya que la ocultación era más fácil que en décadas posteriores, en las que se montaron pequeñas oficinas, como la de Gordon. Un agente ordinario vivía en su propia época, y a menudo con una verdadera ocupación. Las comunicaciones se efectuaban por medio de diminutas cajas—robots o por correo, mediante contactos que, automáticamente, extraían estos mensajes de un montón de cartas.

La organización total era algo tan vasto que no le resultaba aún posible abarcar el hecho íntegramente. Había dado con un hecho tan nuevo y excitante que llenaba todos los estratos de su conciencia.

Sus instructores eran amigables, dispuestos a la charla. El maduro veterano que le enseñaba a manejar las naves espaciales había luchado en la guerra marciana del año 3890. Decía:

—Muchachos: aprenden ustedes bastante rápidamente, aunque es un infierno esto de enseñar a gentes de una época preindustrial. A algunos hemos tenido que renunciar a enseñarles hasta los rudimentos. Hubo aquí una vez un romano, de los tiempos de Cesar, al que no le cabía en la cabeza que no podía tratarse a una máquina como a un caballo. Y a los babilonios tuvimos que presentarles el viaje a través del tiempo como si fuera esa historia de una batalla entre dioses. No entraba de otro modo en su visión del mundo.

—Y a nosotros, ¿qué historia nos está colocando? —preguntó Withcomb.

El hombre del espacio le miró fijamente y repuso:

—La verdad…, hasta donde ustedes pueden comprenderla.

— ¿Y cómo asumió usted este cargo?

— ¡Oh!… Me dispararon desde Júpiter. No quedó mucho de mí. Me recogieron, me hicieron un cuerpo nuevo, y, como nadie de mi mundo quedaba vivo y a mí se me daba por muerto, no tenía objeto el volver a la patria. No es divertido vivir bajo la férula del Cuerpo de Guías; por eso acepté un puesto aquí. Buena gente, vida fácil y licencia por un montón de Eras.

Y el hombre del espacio gruñó:

— ¡Esperen a ver el período decadente del Tercer matriarcado! ¡No saben lo divertido que es!

Everard no dijo nada. Estaba demasiado absorto por el espectáculo del giro de la enorme Tierra entre los demás astros.

Hizo amistades entre sus camaradas. Era un grupo que congeniaba, como es natural, por ser del mismo tipo; todos los escogidos para Patrulleros eran audaces e inteligentes. Hubo, incluso, un par de noviazgos, pues el matrimonio era enteramente posible y la pareja podía escoger el año que le conviniera para establecer su hogar. A él mismo le gustaban las chicas, pero no perdió el juicio.

Por extraño que parezca, fue con el silencioso Withcomb con quien trabó más estrecha amistad; había algo atrayente en aquel inglés tan culto, tan verdadero buen camarada y también algo despistado. Un día, cabalgaban ambos; Everard llevaba un rifle con la esperanza de cazar uno de aquellos mastodontes que había visto. Los dos vestían el uniforme de la Academia: traje gris claro, fresco y sedoso, bajo el cálido sol amarillo.

—Me admiro de que nos permitan cazar —observó el americano —. Supongamos que mato a un megaterio cuyo destino era devorar a un insectívoro prehumano. ¿No cambiaría esto el futuro?

—No —replicó el inglés, más adelantado en el estudio de la teoría del viaje en el tiempo —. Mire: es como si el continuo fuera parecido a una red de bandas de caucho. No es fácil torcerla; su tendencia es siempre retornar a su ¡hum! primitiva forma. Un insectívoro aislado no cuenta; es el total conjunto genético de la especie el que conduce hasta el hombre. Análogamente, si yo mato una res de la Edad Media, no eliminaré a todos sus ulteriores descendientes, sino que estos permanecerán inmutables, como sus mismos genes, a despecho de proceder de distinto progenitor, ya que, en tan largo período de tiempo, todos los hombres y las reses son descendientes, respectivamente, de todos los primitivos hombres y reses. Compensación, ¿comprende? En algún punto de la línea, otro antepasado suministra los genes que usted creyó haber eliminado.

—Razonando así, supongamos que retrocedo en el tiempo para evitar el asesinato de Lincoln. A menos que tomase minuciosísimas precauciones, habría probablemente ocurrido que algún otro disparase y se culpara a Booth, de todos modos.

—Esa elasticidad del tiempo es la razón de que se permita el viaje a través de él. Si usted quiere cambiar las cosas, tiene que ir derecho a ellas y trabajar con ahínco, generalmente.

Torció el gesto y prosiguió:

— ¡Adoctrinamiento! Se nos dice, una y otra vez, que si interferimos sin que se nos ordene, habrá un castigo para nosotros. No se me permite volver atrás y matar a ese rubiucho bastardo de Hitler en la cuna. Debo dejarle crecer, como lo hizo; desencadenar la guerra y matar a mi novia.

Everard cabalgó en silencio durante un rato. Solo oyó el crujido de la silla de cuero y el susurro de la alta hierba.

—Lo siento —dijo al fin —. ¿Quiere usted hablar de ello?

—Sí; aunque no hay mucho que contar. Ella servía en la W.A.A.F.; se llamaba Mary Nelson; íbamos a casarnos después de la guerra. Le cogió en Londres el 17 de noviembre del 44. Nunca olvidaré esa fecha. La mataron las bombas. Había salido a visitar a una vecina que vivía en Streatham, pues se hallaba de permiso, ¿comprende?, viviendo con su madre. La casa aquella fue derruida; la suya propia no sufrió ni un arañazo.

Las mejillas de Whitcomb estaban lívidas. Miraba ante él vagamente. Pero siguió, hablando para sí mismo:

—Va a resultar extraordinariamente duro… no retroceder unos años para verla por última vez… Solo verla nuevamente… No, no me atrevo…

Everard le puso una mano en el hombro, y ambos siguieron cabalgando en silencio.

***

En la clase progresaba cada uno a su ritmo, pero a un razonable término medio de marcha; así, pues, se graduaron todos juntos en una breve ceremonia, seguida de una gran fiesta en la que se concertaron muchas citas sensibleras para ulteriores reuniones. Después, cada uno regresó al mismo año de que había salido, al mismo día y a la misma hora. Everard aceptó la enhorabuena de Gordon, recibió una lista de agentes de su tiempo (algunos de los cuales desempeñaban puestos en sitios tales como las oficinas de información militar) y regresó a sus habitaciones. Más tarde pudo encontrar trabajo especialmente dispuesto para él, pero que —aunque a efectos del impuesto sobre la renta se denominaba «Consultor especial de la Compañía de Estudios de Ingeniería» —consistía tan solo en leer diariamente una docena de papeles, descifrando las indicaciones para un viaje en el tiempo (que le habían enseñado a interpretar) y en mantenerse dispuesto para una llamada.

Y entonces le llegó su primera tarea.

 

3

Despertaba una sensación especial leer los titulares de los periódicos y saber, poco más o menos, lo que iba a ocurrir. Aquel sistema, si quitaba crudeza a las impresiones, las hacía más tristes, porque se vivía una Era trágica. Everard llegó a compartir el deseo de Withcomb: retroceder y cambiar la Historia. Pero, naturalmente, el hombre es harto limitado; no puede mejorarse a si mismo, excepto raras veces; la mayoría de ellos lo echaría todo a perder. Aunque, volviendo atrás, se suprimiese a Hitler y a los jefes japoneses 37 soviéticos, quizá alguien más solapado ocuparía su lugar. Tal vez se renunciase al uso de la energía atómica, y acaso el espléndido Renacimiento en Venus no llegase a ocurrir. ¡El diablo que lo supiera!

Miró por la ventana. Brillaban luces en un cielo pálido; en la calle pululaban los automóviles v una apresurada multitud anónima; no podía distinguir desde allí las torres de Manhattan, aunque sabía que se alzaban, arrogantes, hacia las nubes. Y todo ello le parecía barrido por un torbellino que, procedente del pacífico paisaje prehumano donde había estado él, fluía hacia un inimaginable futuro Daneliano.

¡Cuántos billones de criaturas humanas vivían, reían, lloraban, trabajaban, esperaban y morían en su corriente!

Bueno… Suspiró, llenó la pipa y se volvió de espaldas. Un largo paseo no había calmado su inquietud; la mente y el cuerpo estaban impacientes por hacer algo. Pero ya era tarde y…

Se dirigió a su biblioteca y tomó un volumen al azar. Era una colección de relatos victorianos y eduardianos. Empezó a leer.

Una frase leída al acaso le llamó la atención. Era algo referente a una tragedia en Addleton y al singular contenido de una antigua tumba bretona. Nada más. ¡Hum!

¿Un viaje a través del tiempo? Sonrió para sus adentros.

Aún…

«No —pensó —. Eso es descabellado. »

No haría ningún daño el comprobar. El incidente se daba como ocurrido en el año 1894, en Inglaterra. Podía buscar la noticia en las columnas del Times. No tenía que hacer otra cosa. Probablemente era por eso por lo que le sorprendió tanto la noticia de aquel libro; por ello, su mente, nerviosa de aburrimiento, quería husmear en todo rincón admisible.

Cuando se abrió la biblioteca pública, ya estaba él esperando. El relato estaba allí; con fecha de 25 de junio de 1894 y días siguientes. Addleton era un pueblo de Kent, notable tan solo por una finca de estilo gótico perteneciente a lord Wyndham y por una tumba bretona de época ignorada.

El aristócrata, arqueólogo entusiasta, había hecho excavaciones en dicha tumba, asociado con cierto James Rotherhithe, un experto del Museo Botánico, que resultó ser pariente suyo. Lord Wyndham había descubierto una cámara funeraria, más bien mísera; unos pocos utensilios casi mohosos, v carcomidos huesos de hombres y de caballos.

Había también un arca en bastante buen estado, que contenía lingotes de un metal desconocido, que se suponía que era una aleación de plata o plomo. Cayó el lord mortalmente enfermo, con síntomas cíe un envenenamiento fatal; Rotherhithe, que apenas había mirado el arca, no fue afectado, y este indicio circunstancial sugirió la idea de que había suministrado a su noble pariente una dosis de algún misterioso brebaje asiático. Scotland Yard detuvo al hombre cuando, el día 25, murió el lord. La familia Rotherhithe contrató los servicios de un conocido detective privado, quien pudo demostrar por medio de hábiles razonamientos, seguidos de pruebas con animales, que el acusado era inocente y que una «emanación mortal» procedente del arca había sido la que causó la muerte. Arca y contenido fueron arrojados al canal. Enhorabuenas por doquier y todo se desvaneció en un final dichoso.

Everard permaneció sentado en la larga y silenciosa estancia. El relato no decía más. Pero era altamente sugestivo, por lo menos.

— ¿Por qué, pues, la Patrulla victoriana no había husmeado en el asunto? ¿O acaso lo había hecho?

Claro que no publicarían nunca los resultados. Era mejor enviar un memorándum.

Cuando volvió a su habitación tomó una de las pequeñas cajas mensajeras que le habían dado, escribió un informe y lo colocó dentro de la caja para enviarlo al puesto de control de la oficina de Londres en 25 de junio de 1894. Cuando, por último, pulsó el botón que hacía el envio, la caja se desvaneció a sus ojos con un leve murmullo del aire a su partida.

A los pocos minutos, regresó. La abrió Everard y sacó de ella una hoja limpiamente mecanografiada (pues por aquel entonces se había inventado ya la máquina de escribir); la deletreó con la rapidez que le habían enseñado. Decía:

«Muy señor mío: Respondiendo a la suya de 6 de septiembre de 1954, le acusamos recibo y elogiamos su diligencia. En efecto, el asunto no ha hecho sino comenzar, pero estamos muy ocupados actualmente en evitar el asesinato de S.M., así como con la cuestión balcánica, el comercio de opio (1890—22.370) con China, etc. Mientras no podamos arreglar estos asuntos y volver—al motivo de esta carta, interesa no despertar curiosidades que surgirían al estar en dos sitios a la vez, lo que podría ser notado. Por ello, apreciaríamos mucho que usted y otro calificado agente inglés vinieran en nuestra ayuda. Salvo noticia en contrario, los esperaremos en el 14 B de Oíl Osborne Road, el 26 de junio de 1894, a las doce de la noche. Créame, señor, su más humilde affmo. y obediente servidor.

  1. Mainithethering.»

A esto seguía la indicación de las coordenadas espacio—temporales, un poco incoherentes tras tanta floritura.

Everard llamó a Gordon, obtuvo su conformidad y pidió un saltatiempos en el almacén de la Compañía. Luego envió una nota a Charlie Withcomb, que inmediatamente replicó, «¡Seguro!», y salió a recoger su vehículo.

Este recordaba un poco a las motocicletas, pero sin ruedas ni manillar. Tenía dos asientos y una unidad de propulsión antigravitatoria. Everard puso los cuadrantes para la Era de Withcomb, pulsó el botón principal y se halló en otro almacén. Estaba en Londres, en 1947. Permaneció sentado un momento recordando que, en aquellas fechas, él mismo, siete años más joven, aún estudiaba en los Estados Unidos. Después, Withcomb ocupó el sitio del conductor y estrechó la mano a Everard.

— ¡Me alegra verte de nuevo, muchacho! exclamó, y en su cara macilenta se encendió la sonrisa, curiosamente encantadora, que Everard había llegado a conocer tan bien —. Conque lo de Victoria ,¿eh?

— ¡Justo y cabal! ¡Anda, arranca! —y Everard se volvió a sentar. Poco después se encontraban de nuevo en otra oficina muy particular.

Miraron parpadeando en torno suyo. Hacía un efecto inesperado e imponente el mobiliario de roble, la gruesa alfombra, los flameantes reverberos de gas… Ya podía usarse la luz eléctrica, pero la importante casa Dalhousie & Roberts era conservadora y sólida. El propio Maínwethering se levantó de su asiento para saludarles. Era un hombre grande y pomposo, con pobladas patillas y monóculo. Pero tenía aspecto forzudo y un acento de Oxford tan cerrado que Everard apenas podía entenderle.

—Bien venidos, caballeros. Han tenido un excelente viaje, ¿no? ¡Oh, sí!… Lo siento. Ustedes, caballeros, son nuevos en el negocio. Un poco desconcertante, al principio. Me acuerdo lo que me chocó una visita que hice al siglo XXI. Aquello no era inglés, en absoluto. Sin embargo, solo es una res naturae, otra faceta del siempre sorprendente Universo. Deben excusar mi falta de hospitalidad, pero en este instante estamos tremendamente ocupados. Un fanático alemán que en 1817 aprendió d secreto del viaje en el tiempo de labios de un incauto antropólogo, robó una máquina y ha venido a Londres a asesinar a la reina. Tenemos una labor del demonio para descubrirle.

— ¿Y lo lograrán ustedes? —preguntó Whitcomb.

— ¡Oh, sí! Pero es un trabajo del diablo, caballeros, y aún más porque debemos operar secretamente. Me gustaría contratar a un investigador privado, pero el único disponible ahora es demasiado listo. Opera sobre la base de que, cuando se ha eliminado lo imposible, cualquiera que sea lo que quede, aunque parezca improbable, debe ser la verdad. Y el viaje por el tiempo no debe de parecerle demasiado improbable.

—Apostaré —replicó Everard —que es el mismo hombre que trabaja en el caso Addleton o que lo hará mañana. No importa; sabemos que probará la inocencia de Rotherhithe. Lo importante es que he estado husmeando en los antiguos tiempos bretones.

—Sajones, dirás —corrigió Withcomb, que había comprobado los datos por su cuenta —. Mucha gente confunde a los bretones con los sajones.

—Casi tanto como a los sajones con los de Jutlandia —arguyó, suavemente, Mainwethering —.

Kent fue invadido por Jutlandia, creo… ¡Ah! ¡Hum! Aquí están los papeles. Y fondos y vestidos…, todo preparado. A veces pienso que ustedes, los agentes del campo de batalla, no se dan cuenta del trabajo que nos toca hacer en las oficinas, hasta para la menor operación. ¡Ah, perdón! ¿Tienes ustedes plan de campaña?

—Sí —repuso Everard, empezando a despojarse de sus ropas del siglo XX —. Eso creo. Ambos conocemos bastante la Era Victoriana para salir con nuestro empeño. Yo, desde luego, seguiré como americano; ya veo que lo ha consignado usted en mis papeles.

Mainwethering parecía melancólico. Explicó:

—Si el incidente de la tumba dio lugar a una famosa obra literaria, vamos a tener aquí una lluvia de memorándums. El de ustedes fue el primero. Luego han llegado otros dos: uno de 1920 y otro de 1960. ¡Dios mío, cuánto desearía que me asignaran un robot secretario!

Everard luchaba con el embarazoso vestido. Le estaba bastante bien, pues sus medidas constaban en los ficheros de la oficina, pero hasta entonces no había apreciado la relativa comodidad de sus propias ropas. ¡Maldito chaleco aquel!

—Creo —dijo —que este asunto puede ser totalmente inofensivo, y, en realidad, así debió de ser, puesto que estamos aquí. ¿Eh?

—Así parece —replicó Mainwethering —. Mas supongamos que ustedes dos, caballeros, retornan a los tiempos de los jutlandeses y encuentran al merodeador. Pero fracasan al cogerlo. Quizá dispara antes que ustedes y quizá acecha a los que enviamos después. Entonces sigue adelante con su plan de hacer la revolución industrial o lo que sea que intente. La Historia cambia. Si ustedes, volviendo aquí antes de producirse tal cambio, vuelven como cadáveres, es como si no hubiésemos estado nunca juntos; como si esta conversación no se hubiera producido. Como dice Horacio..

— ¡No importa! —rió Whitcomb —. Investigaremos la tumba primero, y luego volveremos acá a ver qué conviene hacer.

Se inclinó para empezar a transferir su equipo de una maleta del siglo XX a un mamotreto gladstoniano de paño florido. Llevaba un par de pistolas, unos cuantos aparatos de Física y Química, no inventados aún en su tiempo, y una diminuta radioemisora para comunicar con la oficina en caso de emergencia.

Mainwethering consultó su guía de ferrocarriles Bradshau, y propuso.

—Pueden ustedes tomar el tren de las ocho y veintiocho; estarán en Charing—Cross mañana por la mañana. Se tarda cosa de media hora en llegar de aquí a la estación.

—Bien.

Everard y Withcomb volviéronse a su vehículo y desaparecieron. Mainwethering suspiró, bostezó, dejó instrucciones a su dependiente y se fue a casa.

A las siete y cuarenta y cinco ya estaba allí otra vez el dependiente, cuando volvió el saltador.

 

4

Aquella era la primera vez que Everard percibía la realidad del viaje en el tiempo. Ya lo había apreciado mentalmente y su impresión fue honda, pero para los sentidos resultaba nada más que exótica. Ahora, recorriendo un Londres para él desconocido, en un simón (no una trampa anacrónica para turistas, sino un vehículo polvoriento y maltratado), aspirando un aire que contenía más humo que el de una ciudad del siglo XX (aunque no de gasolina), viendo las multitudes (caballeros de levita y sombrero de copa, mugrientos peones, mujeres con faldas largas, y no simulados, sino personas reales que hablaban, sudaban y reían, atendiendo a sus ocupaciones), se convenció de que verdaderamente estaba allí. En tal momento, su madre aún no había nacido; sus abuelos eran dos jóvenes parejas que acababan de someterse al yugo: Grover Cleveland era presidente de los Estados Unidos, y Victoria, reina de Inglaterra; Kipling escribía sus obras, y las últimas revueltas indias en América aún no habían surgido. Para él, la impresión fue como un golpe en la cabeza. Withcomb lo tomó con más calma; pero sus ojos no se cansaban de contemplar la gloria de Inglaterra.

—Empiezo a comprender —murmuraba —. Nunca ha habido acuerdo sobre si esta época fue un período de innatural y asfixiante aglomeración y brutalidad ligeramente disimulada, o, por el contrario, la última flor de la civilización occidental antes que empezase a granar. Solo el ver a este pueblo me hace comprender que era todo lo bueno y lo malo que han dicho de él, porque su vida no era la que pudiese ocurrirle a un individuo aislado, sino a millones de vidas individuales.

—Seguro —admitió Everard —. Eso debe de ser cierto en todos los siglos.

El tren les fue casi familiar; no difería mucho de los vagones empleados por los ferrocarriles ingleses en 1954, lo que dio pie a Withcomb para una serie de observaciones sardónicas acerca de lo inviolable de las tradiciones. En un par de horas los dejó en una soñolienta estación pueblerina, entre jardines de flores esmeradamente cultivadas.

Allí tomaron una calesa para que los llevara a la hacienda de Wyndham.

Un guardia municipal cortés les admitió tras unas cortas preguntas. Los dos se hacían pasar por arqueólogos; Everard, de América, y Withcomb, de Australia, ansiosos de entrevistarse con lord Wyndham e impresionados por su trágico fin. Mainwethering, que parecía tener tentáculos por doquier, les había dado cartas de presentación procedentes de una bien conocida autoridad del Museo Británico. El inspector de Scotland Yard les permitió examinar la sepultura, diciendo: «EI caso está resuelto, caballeros; no hay más pistas, aunque mi colega no está conforme!… ¡Bah, bah!»

El detective particular sonrió agriamente y los vigiló con atención cuando se aproximaron al montón de tierra; era un hombre alto, delgado, de facciones aguileñas y al que acompañaba un individuo fornido, bigotudo y cojo, que parecía ser una especie de amanuense.

La sepultura era larga y profunda, cubierta de hierba, salvo en un lugar en que un profundo surco marcaba la entrada de la cámara mortuoria, cuyas paredes habían estado cubiertas de troncos groseramente escuadrados, y que hacía mucho tiempo empezaron a deshacerse; fragmentos de lo que fue madera yacían aún en el polvo.

—Los periódicos mencionaban algo sobre una arquilla de metal. ¿Podríamos echarle una ojeada?

El inspector asintió, complaciente, y los llevó a un anexo del edificio, donde estaban depositados sobre una mesa los hallazgos del comandante.

Excepto la caja, lo demás eran solo fragmentos de metal mohoso y huesos averiados.

— ¡Hum! —dijo Withcomb; y echó una mirada reflexiva a la lisa y desnuda superficie de la reducida arca, donde relucía con azulado reflejo alguna aleación indestructible aún no conocida, y añadió —: Muy inusitado. No tiene nada de primitiva. Casi se pensaría que ha sido hecha a máquina.

Everard se aproximó a ella con cautela. Tenía una idea bastante clara de lo que pudiese contener, y toda precaución era natural en un ciudadano de la llamada Era Atómica respecto a tales asuntos. Sacó un contador de su maletín y lo aproximó al artefacto; la aguja del cuadrante osciló, aunque no mucho, pero…

— ¡Interesante utensilio este! —exclamó el inspector —. ¿Puedo preguntar qué es?

—Un electroscopio experimental —mintió Everard, bajando la tapa del arca y poniendo el contador sobre ella.

¡Dios! Había allí radiactividad suficiente para matar a un hombre en un día. Una ojeada le mostró los pesados lingotes de apagado brillo antes de volver a echar la corredera.

— ¡Tengan cuidado con eso! —advirtió, trémulo —. Gracias al cielo, quienquiera que trajese tan diabólico cargamento pertenece a una Edad en que sabrán cómo cerrar el paso a las radiaciones.

El detective particular se les había acercado por detrás, silenciosamente.

Una mirada de cazador pareció observarse en sus agudas facciones.

—Así que ¿reconoce el contenido, señor? —preguntó con acento tranquilo.

_—Sí, así lo creo —repuso Everard. Y recordó que Becquerel no descubriría la radiactividad hasta dos años después, y que los mismos rayos X pertenecerían al futuro todavía un año. Prosiguió —: Sucede que… en territorio indio he oído hablar de un mineral como este y decir que es venenoso.

— ¡Interesantísimo!

Y al hablar así el detective comenzó a llenar una pipa de gran cazoleta, y añadió:

—Como los vapores de mercurio, ¿no?

—Así que Rotherhithe colocó esta arca en la sepultura, ¿no? —indagó el inspector.

— ¡No sea ridículo! Tengo tres clases de pruebas decisivas de que Rotherhithe es, en absoluto, inocente. Lo que me tiene perplejo ahora es la causa del fallecimiento de su señoría. Pero ¿y si, como dice este caballero, resultara que existía un veneno mortal enterrado en la ……. para escarmentar a los ladrones de tumbas? Me pregunto, sin embargo, cómo llegó hasta los viejos sajones un mineral americano. Quizá haya algo de cierto en esas teorías sobre viajes de los fenicios primitivos a través del Atlántico. He investigado un poco sobre una idea mía de que existen elementos caldeos en el lenguaje de los galeses, y esto parece confirmarla.

Everard se sentía culpable de lo que estaba haciendo con la disciplina arqueológica. Bueno; el arca iba a ser echada al canal y olvidada. El y Withcomb darían una excusa para marcharse lo antes posible.

Al regresar a Londres, cuando ya estaban solos en su departamento, el inglés sacó un mohoso pedazo de madera y explicó:

—Me eché esto al bolsillo en el túmulo. Nos ayudará a fechar el suceso. Alcánzame ese contador de radiocarbono, ¿quieres?

Metió el pedazo de madera en el aparato, giró unos mandos y leyó, en voz alta, la respuesta:

—Mil cuatrocientos treinta años, diez más o menos. El túmulo se hizo…, ¡hum! en el año 464, cuando los jutlandeses acababan de establecerse en Kent.

—Si estos lingotes resultan así de infernalmente activos después de tanto tiempo, me pregunto cómo serían en su origen —exclamó Everard —. Es difícil creer cómo puede compaginarse tanta actividad con una vida tan larga; pero más tarde, en el futuro, se harán descubrimientos sobre el átomo y su empleo que, en este período mío, ni se sueñan.

Cuando volvieron de informar a Mainwethering se entretuvieron haciendo visitas y recorridos, mientras aquel enviaba mensajes a través del tiempo y activaba la gran máquina que era la Patrulla.

A Everard le interesaba el Londres victoriano, le atraía a pesar de ser sucio y pobre. Withcomb captó una mirada abstraída en sus ojos y le oyó decir:

— ¡Me gustaría haber vivido aquí!

— ¿Sí? —le preguntó —. ¿Con la medicina y la odontología de estos tiempos?

—Ysin que cayesen bombas…

—Withcomb le miró, desconfiado.

Mainwethering lo tenía ya todo dispuesto cuando volvieron a la oficina. Allí, haciendo humear un puro, daba zancadas de uno a otro lado, con las manos a la espalda de su levita. Les leyó el informe:

—«Metal; ha sido identificado con gran probabilidad. Combustible isotópico, aproximadamente siglo XXX. Comprobación revela que un mercader del Imperio mg estuvo visitando, el año 2987, para permutar sus materias primas por síntrope, secreto que se había perdido en el Interregno. Naturalmente, tomó precauciones: se hizo pasar por un comerciante del Sistema Saturnino, pero desapareció, no obstante, como así mismo su lanzadera del tiempo. Cabe suponer que alguien, en el año 2987, descubrió su identidad y lo asesinó para robarle su máquina. La Patrulla fue informada, pero no encontró ni rastro de aquella. Finalmente, fue recobrada, de la Inglaterra del siglo XV, por dos patrulleros llamados…, ¡hum! Everard y Withcomb. »

—Si ya hemos triunfado, ¿por qué molestarnos más? —gruñó el americano.

Mainwethering pareció disgustado. Protestó:

—Pero ¡querido camarada, no han triunfado aún! La tarea está todavía sin terminar, según su sentido de la duración y el mío. Y, por favor, no tenga el éxito por logrado, simplemente porque la Historia habla de él. El Tiempo no es rígido; el hombre tiene libre albedrío. Si usted fracasa, la Historia cambiará y no registrará nunca su triunfo, ni yo le habré hablado de él. Eso es indudablemente lo que sucedió (si puedo decir «sucedió») en los pocos casos en que la Patrulla ha tenido un fallo. Tales cosas se están investigando aún, y si logra el triunfo, la Historia cambiará y siempre habrá habido éxito. Tempus non nascitur, fit, si puedo permitirme una ligera parodia.

—De acuerdo; no hacía más que bromear —se disculpó Everard —. Dejemos eso. Tempus fugit.

Y añadió una g de más, con premeditación maliciosa. Mainwethering dio un respingo.

Resultó que incluso la Patrulla sabía poco sobre el oscuro período en que los romanos habían abandonado Inglaterra, la civilización anglorromana se cuarteaba y los ingleses progresaban. Esto nunca había parecido tener importancia. La oficina de Londres para el año 1000 envió cuanto material poseía, además de una serie de vestidos que pudo recoger. Everard y Withcomb pasaron una hora inconscientes bajo la influencia del instructor hipnótico, para despertar hablando correcta y fácilmente el latín y varios dialectos sajones y jutlandeses, y con un conocimiento muy amplio de las costumbres.

Los vestidos eran engorrosos: pantalones, camisas y chaquetas de lana burda; capas de cuero y una interminable colección de encajes y cordones. Grandes pelucas de lino cubrirían sus modernos cortes de pelo; un afeitado minucioso pasaría inadvertido, aun en el siglo V. Withcomb llevaba un hacha, Everard, una espada; pero ambos confiaban más en las diminutas pistolas paralizadoras del siglo XXVI que llevaban ocultas bajo sus ropas. No les habían dado armaduras, pero el saltatiempos llevaba en una alforja un par de sólidos cascos de motorista, que no llamarían mucho la atención en una época de utensilios hechos en casa, y serían mucho más fuertes y cómodos que los verdaderos yelmos.

También los habían provisto de una merienda de viaje y un par de jarros de buena cerveza victoriana.

— ¡Excelente! —aprobó Mainwethering; y sacando un reloj de bolsillo, lo consultó —. Espero su vuelta a… ¿Les parece bien las cuatro? Tendré a mano unos guardias por si traen ustedes algún prisionero, y luego iremos a tomar el té.

Les estrechó la mano y termino:

— ¡Buena caza!

Everard montó en el saltatiempos y puso los controles en el año 464, en la tumba de Addleton y en una medianoche de verano. Luego dio marcha.

 

 

5

Había luna llena. El terreno aparecía enorme y solitario en una oscuridad selvática que ocultaba el horizonte. En algún lugar aullaba un lobo. El túmulo estaba aún allí; habían llegado tarde.

Elevándose por medio del mecanismo antigravitatorio, otearon a través del oscuro bosque. Había un caserío a algo más de un kilómetro de la tumba; una cerca de troncos rodeaba un puñado de pequeñas edificaciones en torno a un corral.

Bañado por la luz de la luna> aquello estaba muy tranquilo.

—Campos cultivados —observó Withcomb con voz apagada —. Los jutlandeses y sajones eran, principalmente, agricultores, ya lo sabes, y vinieron aquí buscando tierras. Puedes imaginar que los ingleses fueron expulsados de este terreno hace algunos años.

—Lo primero que hay que hacer —repuso Everard —es informarnos acerca de esta tumba. ¿Retrocedemos unos años más para localizar el momento en que fue construida? No; lo más seguro será investigar ahora, un poco más tarde, cuando haya pasado toda excitación. Puede ser mañana por la mañana.

Withcomb asintió y Everard hizo bajar el saltatiempo, escondiéndolo entre la maleza. Luego durmieron cinco horas.

Al despertar, el sol brillaba al Nordeste, el rocío relucía en las altas hierbas y los pájaros formaban una estrepitosa baraúnda.

Descendiendo de él, los agentes hicieron remontar su vehículo a fantástica velocidad, revoloteando a quince kilómetros del suelo, y luego lo hicieron regresar por medio de un diminuto transmisor de radio oculto en sus cascos.

Se aproximaron abiertamente al caserío, poniendo en fuga con la hoja de la espada y del hacha a los perros de aspecto salvaje que se les acercaban aullando.

Al entrar en el corral, lo encontraron sin pavimento, pero enteramente alfombrado de barro y estiércol. Un par de chiquillos pelirrojos y desnudos les miraron boquiabiertos, a la puerta de una cabaña de tierra y zarzas. Una muchacha que, sentada fuera, ordeñaba a una mísera vaquilla, lanzó un leve chillido; un labriego, fornido y cejudo, que alimentaba a sus cerdos, agarró una lanza.

Everard frunció la nariz; le hubiera gustado que algunos de los entusiastas del «Noble Nórdico» de aquel siglo hubieran podido ver a este ejemplar.

Un hombre de barba gris, con un hacha en la mano, apareció en la entrada del zaguán. Como todos sus contemporáneos, era varios centímetros más bajo que el promedio de los hombres del siglo XX. Los examinó con atención antes de darles los buenos días.

Everard sonrió cortésmente al decir:

—Me llamo Ufga Hundigsson y este es mi hermano Knubbi. Ambos somos mercaderes de Jutlandia y venimos aquí para comerciar en Canterbury (pero le dio su nombre de entonces: Cantwara—byrig). Vagando desde el sitio en que está fondeado nuestro barco, nos extraviamos, y tras caminar desorientados toda la noche, hallamos su casa.

—Me llamó Wulfnoth, hijo de Aelfred —dijo el labriego —. Entren y desayunen con nosotros.

El zaguán era grande, sombrío y humoso, lleno de una multitud charlatana: los hijos de Wulfnoth, las esposas e hijos de estos; los rústicos que les servían y sus esposas, hijos y nietos. El desayuno consistió en grandes escudillas de madera llenas de carne a medio guisar, acompañadas de vasos de cuerno colmados de amarga cerveza. No era difícil entablar conversación allí; aquella gente era tan habladora como en otra época lo fueron los siervos aislados. Lo difícil era inventar relatos verosímiles de lo que ocurría en Jutlandia. Una o dos veces, Wulfnoth, que no era tonto, les pilló en renuncio, pero Everard aseveró con firmeza:

—Ha oído usted noticias falsas. Las noticias toman extrañas formas cuando cruzan el mar.

Quedó sorprendido viendo cuánta relación había aún entre las viejas comarcas, pero las conversaciones acerca del tiempo y las cosechas no diferían mucho de las que él oyera, en el siglo XX, en el Oeste Medio. Solo más tarde pudo deslizar alguna pregunta acerca de la tumba. Wulfnoth enarcó las cejas y su rolliza y desdentada esposa hizo un ademán de conjuro hacia un tosco ídolo de madera.

—No es bueno hablar de esas cosas —murmuró el jutlandés —. Quisiera que el brujo no estuviera sepultado en mis tierras. Pero era amigo de mi padre, que murió el año pasado, y nunca quiso consentir en otro arreglo.

— ¿Brujo? —y Withcomb abrió bien los oídos —. ¿Qué cuento ese?

—Bueno; también usted puede saberlo —gruñó Wulfnoth —. Era un extranjero, llamado Stane, que apareció en Canterbury hará unos seis años. Debía de proceder de muy lejos, pues no hablaba la lengua inglesa ni la bretona, pero fue acogido por el rey Hengisto y enseguida las aprendió. Hizo al rey excelentes aunque extraños regalos, y como era hombre hábil, el rey confió en él cada día más. Nadie osaba enojarle, porque poseía una vara que lanzaba rayos; se le había visto hendir las rocas, y una vez, en una batalla con los bretones, abrasó a los enemigos. Hay quienes le creen Wotan, pero no podía serlo puesto que murió.

10h, claro! —admitió Everard, sintiendo la comezón de la ansiedad —. ¿Y qué hizo mientras vivió?

—Dio al rey sabios consejos. Opinaba que nosotros, los de Kent, debíamos dejar de combatir a los bretones y considerarlos para siempre parientes nuestros, procedentes de la vieja patria; que más bien deberíamos concertar paces con los nativos. Su criterio era que con nuestra fuerza y su civilización romana podíamos, juntos, constituir un poderoso reino. Tal vez tenía razón, aunque yo, por mi parte, le veo poco provecho a todos esos libros y baños, para no hablar de ese sobrenatural Dios crucificado que tienen. Bien; como quiera que sea, le asesinaron unos desconocidos hará tres años y lo enterraron aquí, previos sacrificios y con algunas cosas de su propiedad que sus enemigos no le habían quitado. Le hacemos una ofrenda dos veces al año, y puedo decir que su espíritu no nos ha hecho ningún mal. No obstante, me siento algo inquieto cerca de él.

—Tres años, ¿eh? —suspiró Withcomb —. Claro.

Les costó una hora larga la despedida y Wulfnoth insistió en darles un muchacho para que les guiara hacia el río.

Everard, a quien no le agradaba andar tanto, gruñó e hizo bajar su vehículo. Al montar en él, junto con Withcomb, dijo gravemente al muchacho, que los miraba con ojos desorbitados:

—Sabe que has hospedado a Wotam y a Thor, los cuales velarán en adelante por tu pueblo y lo guardarán de mal.

Luego retrocedió tres años en el tiempo.

—Ahora viene lo más difícil —dijo, oteando el caserío, entre la noche. El túmulo aún estaba allí, pero el viejo brujo estaba vivo —. Es bastante fácil inventar un cuento de hadas para un niño, pero hemos de extraer su moraleja respecto a un pueblo grande y rudo para el cual nuestro hombre es la mano derecha del rey. Y además tiene un rayo destructor.

—Aparentemente, triunfamos o triunfaremos —dijo Withcomb.

— ¡Quia! Si fracasamos, Wulfnoth contará de nosotros otra historia dentro de tres años. Probablemente ese extranjero está aquí, y puede matarnos dos veces, con lo que Inglaterra, llevada de las Edades Oscuras a una civilización neoclásica, no llegará a evolucionar en nada que se parezca a 1894. Me pregunto qué juego es el del extranjero…

Elevó el aparato y lo lanzó en dirección a Canterbury. Un viento nocturno le daba en la cara. El caserío relucía cerca, en un soto. La luna blanqueaba sobre los muros romanos medio derruidos del antiguo Durovenum, moteados de negro por las paredes más nuevas de las guaridas jutlandesas de tierra y madera. Nadie osaría entrar allí tras la puesta del sol. El desayuno de hacía dos horas —tres años en el pasada —parecía no haberse tomado nunca; y Everard emprendió la ruta hacia la ciudad por una deshecha calzada romana. Por allí se hacía un animado tráfico, principalmente de granjeros que llevaban al mercado sus chirriantes carretas, tiradas por bueyes. Una pareja de guardias, de cruel aspecto, les daban el alto y les preguntaban sus propósitos. Esta vez eran agentes de un comerciante de Thanet, enviados allí para interrogar a los aldeanos. Los rufianes les miraban, impertinentes, hasta que Withcomb les alargó un par de monedas romanas; entonces envainaron las espadas y les permitieron pasar.

La ciudad se animaba y alborotaba en torno a ellos, pero de nuevo el olor de una pista impresionó a Everard. Entre los bulliciosos jutlandeses distinguía a ciertos anglo—romanos que desdeñosamente se abrían camino por la porquería y apartaban su raída túnica del contacto con aquellos salvajes. Habría sido cómico, si no fuese patético. Una posada, extraordinariamente sucia, ocupaba las ruinas, invadidas por el musgo, de lo que fue el hogar de un hombre rico.

Everard y Withcomb vieron que su dinero alcanzaba un gran valor allí, donde imperaba el cambio. Pagando varias rondas de bebidas consiguieron la información deseada. La sala de recepción del rey Hengisto estaba casi en medio del pueblo, y no era, en realidad, una sala, sino un viejo edificio, deplorablemente acondicionado bajo la dirección de Stane… «No es que nuestro bueno y valiente rey sea una marioneta…, no me interprete mal, extranjero… ; pero el mes pasado…»

Stane vivía en la casa próxima a dicha sala. Extraño personaje. Algunos decían que era un dios… Ciertamente, tenía un ojo para las muchachas…

Sí, se decía que era quien provocaba toda aquella charla de paz con los bretones. El que llegase tanto y tanto parásito cada día era para dejar a un hombre honrado sin gota de sangre.

—Claro que Stane es muy sabio, y yo no diría nunca nada contra él… Entiéndame: después de todo, puede lanzar el rayo.

* * *

—Así, pues, ¿qué hacemos? —preguntó Withcomb cuando volvían a su alojamiento —. ¿Ir a su casa y arrestarlo?

—No; dudo de que sea posible —confesó Everard, precavido —. He forjado una especie de plan, pero depende de que adivinemos lo que realmente se propone. Veamos de obtener una audiencia.

Mientras hablaba, sacó el jergón de paja que les servía de lecho y husmeó en él, para terminar diciendo:

— ¡Maldición! Lo que este período necesita no es literatura; ¡son polvos insecticidas!

La casa había sido cuidadosamente renovada; su blanco pórtico casi daba lástima, de limpio, entre la porquería que lo rodeaba. Dos guardias haraganeaban en la escalinata, vociferando, al llegar los dos agentes. Everard les largó unas monedas y una historia sobre un visitante que traía noticias de interés para el gran hechicero. Añadió:

—Dígale «El hombre de mañana». Es su santo y seña. ¿Entendido?

—No tiene sentido.

—Las contraseñas no necesitan tener sentido —replicó Everard con altivez.

El jutlandés juntó los talones y marchó, moviendo la cabeza tristemente. ¡Todas aquellas cosas nuevas!

— ¿Estás seguro de que eso es lo prudente? —preguntó Withcomb —. Ahora estará sobre aviso, ¿te das cuenta?

—También me la doy de que un V.I.P. no va a perder su tiempo charlando con un extraño. Hasta ahora no ha realizado nada permanente; ni aun se ha convertido en una leyenda durable. Pero si Hengisto hiciera una unión permanente con los bretones…

El guardia volvió, murmuró algo y los condujo escaleras arriba, cruzando el peristilo. Más allá estaba el atrium, habitación amplia, con modernas alfombras de piel curtida, solada de pedacitos de mármol y mosaicos descoloridos. Un hombre, en pie, esperaba ante un rudo lecho de madera. Al entrar ellos, levantó la mano, y Everard vio que empuñaba el delgado cañón de un aniquilador radiante del siglo XXX.

—Conserven sus manos a mi vista y no las acerquen a los costados —ordenó suavemente el hombre —. De lo contrario, tal vez tenga que despedazarlos con un rayo.

* * *

Withcomb hizo una aguda y aterrada aspiración, pero Everard se esperaba ya algo de esto. Aun así, sintió frío en el estómago.

El brujo Stane era un hombre pequeño, vestido con una hermosa túnica bordaba, que debía de proceder de alguna ciudad inglesa. Su cuerpo era delgado, su cabeza grande, y sus facciones de una fealdad más bien atrayente, bajo un mechón de cabellos negros. Un gesto de tensión contraía sus labios.

— ¡Regístrales Eadgard! —ordenó —. Saca todo cuanto lleven en sus vestiduras.

El cacheo del jutlandés fue torpe, pero encontró las armas que llevaban ocultas y las arrojó al suelo.

—Puedes marcharte —le mandó Stane.

— ¿No le ofrecen peligro, excelencia? —preguntó el soldado.

— ¿Con esto en la mano? —gruñó Stane —. No; vete.

«Por lo menos, nos quedan un hacha y una espada —pensó Everard —, aunque de poco van a servirnos cuando «eso» nos apunte.»

—Así, ¿que vienen ustedes del mañana? —murmuró Stane. Y un repentino y leve sudor brilló en su frente —. Denme noticias de él. ¿Hablan ustedes el inglés moderno?

Withcomb abrió la boca para responder; pero Everard, jugándose la vida, improvisó la contestación.

— ¿De qué lengua habla?

—De esta.

Y Stane rompió a hablar en un inglés con un acento peculiar, pero cuyos giros se reconocían como del siglo XX.

—Yo necesito saber de dónde y de cuándo vienen ustedes; qué «intenciones» traen y todo lo demás. Denme esos datos o, de lo contrario, los condenaré a muerte.

Everard movió negativamente la cabeza.

—No —repuso en jutlandés —no le entiendo a usted.

Withcomb le echó una ojeada y luego se calmó, dispuesto a seguir la conducta del americano, cuya mente galopaba con el brío que le prestaba la desesperación, pues sabía que la muerte le acechaba al primer yerro que cometiera.

—En nuestros días —prosiguió —hablamos así. Y farfulló un párrafo en lengua hispanomejicana, estropeándolo cuanto se atrevió.

—Así que… una lengua romance.

Los ojos del brujo relucieron. El aniquilador tembló en su mano. Preguntó:

— ¿De cuándo son ustedes?

—Del siglo XX de la Era Cristiana, y nuestro país se llama Lyonnese y está situado más allá del océano occidental.

— ¡América! —pronunció entrecortadamente —. ¿La han llamado, siempre América?

—No; ni sé de qué me habla.

Stane temblaba inconteniblemente. Dominándose, preguntó:

— ¿Conocen la lengua romana?

Everard asintió. Stane rió nerviosamente y pro puso:

— ¡Hablémosla! ¡Si supieran ustedes lo cansado que estoy de este perruno lenguaje local!

Su latín era algo defectuoso, pero bastante fluido; evidentemente, lo había aprendido en su siglo. Balanceó su arma y añadió:

—Perdón por mi descortesía. Pero he de tomar precauciones.

— ¡Naturalmente! —confirmó Everard —. ¡Ah! Me llamo Mencius, y mi amigo, Juvenalis. Venimos del futuro, como ya ha sospechado usted. Somos historiadores y se acaba de inventar el viaje por el tiempo.

—Hablando con verdad, mi nombre es Rozher Schtein, del año 2987. ¿Han oído ustedes… hablar de mi?

— ¿Y a quién? —replicó Everard —. Nosotros volvemos del futuro buscando a ese misterioso Stane, que parece ser una de las figuras señeras de la Historia. Sospechábamos que pudiera ser un viajero del tiempo, «Peregrinator temporis», esto es. Ahora sabemos…

— ¡Tres años! —Schtein empezó a pasearse febrilmente, balanceando el aniquilador en su mano —. Tres años llevo aquí. Si supieran con cuanta frecuencia me he desvelado, preguntándome si triunfaría… Díganme: su mundo, ¿vive unido?

—El mundo y los planetas —contestó Everard —. Ya hace mucho tiempo.

Interiormente, se estremeció. Su vida pendía de su capacidad para adivinar los planes de Schtein. Este preguntó:

— ¿Y son ustedes un pueblo libre?

—Lo somos. Es decir, el emperador preside, pero el Senado hace las leyes y es elegido por el pueblo.

Había en la cara de gnomo de Schtein una expresión casi santa, que la transfiguraba. Exclamó:

— ¡Como yo lo he soñado! Gracias.

—Así, pues —aventuró Everard —, ¿volvió usted de su período a crear Historia?

—No —replicó Schtein —. A cambiarla.

Las palabras salían violentamente de sus labios, como si hubiera deseado hablar, sin atreverse a ello, durante muchos años.

—Yo también —prosiguió —era historiador. Por casualidad me encontré con un hombre que se hacía pasar por mercader, procedente de las lunas saturninas. Pero como yo había vivido ya allí, vi en seguida el fraude. Investigando, supe la verdad. Se trataba de un viajero del tiempo, procedente de un lejanisimo futuro. Deben comprenderme: la Edad en que yo viví fue terrible, y, como historiador psicográfico, comprobé que la guerra, la pobreza y la tiranía que, como maldiciones, nos abrumaban, no se debían a la innata maldad del hombre, sino a una simple relación de causa a efecto. La tecnología mecánica había surgido en un inundo encizañado, y las guerras se hicieron cada vez más destructoras. Habían surgido períodos de paz, y aun bastante largos, pero el mal estaba demasiado arraigado; los conflictos eran ya parte de nuestra civilización. Mi familia fue exterminada en un ataque venusiano. Yo no tenía nada que perder. Tomé la máquina del tiempo después de… disponer… de su dueño. La gran equivocación, a mi juicio, había sido retroceder a las Edades oscuras. Roma había unido un gran imperio en paz, y por la paz puede siempre surgir la justicia. Pero Roma se agotó con el esfuerzo y ahora se la apartaba. Los bárbaros invasores podían hacer mucho, porque eran fuertes…, pero se corrompieron rápidamente. Mas existe Inglaterra. Ha vivido aislada de la podrida estructura que fue la sociedad romana. Los germanos invasores son sucios y torpes, pero fuertes y deseosos de aprender. En mi historia se limitaron a exterminar la civilización británica, y luego, estando intelectualmente desamparados, se los tragó la nueva y deplorable civilización llamada occidental. Deseo que suceda algo mejor. No ha sido fácil. Les sorprendería a ustedes saber cuán duro resulta sobrevivir en una Edad diferente hasta abrirse camino, aunque se posean modernas armas y se hagan interesantes regalos al rey. Pero ahora el rey me respeta y crece la confianza que me otorgan los bretones. Puedo unir a los dos pueblos en guerra contra los pictos. Inglaterra será un reino, con la fuerza sajona y la cultura romana, lo bastante poderoso para rechazar a todos los invasores. El cristianismo es inevitable, pero velaré para que se mantenga en su verdadero sitio: el de educar y civilizar a los hombres sin encadenar sus inteligencias. En su momento, Inglaterra ocupará una posición que le permitirá posesionarse del Continente. Por último, creará un mundo. Yo permaneceré aquí lo bastante para poner en marcha la alianza contra los pictos y luego desapareceré, con promesa de volver. Reapareceré, con intervalos de unos cincuenta años, en los próximos siglos; seré una leyenda, un dios, para asegurar que continúen en el camino recto.

—He leído mucho sobre San Stanius —dijo Everard lentamente.

— ¡Y vencí! —gritó Schtein —. Di la paz al mundo.

Y había lágrimas en sus mejillas.

Everard se acercó. Schtein le apuntó al vientre con el aniquilador. No se fiaba de él aún por completo; Everard dio un rodeo y Schtein giró sobre sí mismo, para mantenerle cubierto. Pero estaba demasiado agitado por la aparente prueba de su triunfo para recordar a Withcomb. Everard lanzó una mirada a este por encima del hombro.

El inglés alzó su hacha. Everard se tiró al suelo. El aniquilador chirrió y Schtein gritó, porque el hacha le había destrozado un hombro. Withcomb dio un salto y se apoderó de su revólver. Schtein aulló, luchando por asestar su aniquilador sobre ellos. Everard saltó para evitarlo. Hubo un momento de confusión. Luego, el aniquilador funcionó de nuevo, y Schtein fue un peso muerto en los brazos de los otros. La sangre les empapaba las ropas al brotar de la horrible herida. Los dos guardias llegaron corriendo. Everard levantó su arma y accionó el disparador a toda intensidad. Una lanza arrojada le rozó el hombro. Hizo fuego dos veces, y dos corpulentas formas se abatieron. Estarían sin sentido varias horas.

Agachándose un momento, Everard escuchó. Un grito femenino surgió de las habitaciones interiores, pero nadie traspasó la puerta.

—Creo que nos lo hemos cargado —susurró.

—Sí —asintió Withcomb, mirando estúpidamente al cadáver tendido ante él. Ahora parecía patéticamente pequeño.

—Para él nada significa morir. Pero el modo es duro. Estaría escrito, supongo.

—Mejor ha sido así que comparecer ante un Tribunal de la Patrulla y ser desterrado del Planeta —dijo Withcomb.

—Técnicamente, al menos, era un ladrón y un asesino —comentó Everard —. Pero su sueño era algo grande…

—Y nosotros lo hemos desbaratado —terminó Withcomb.

—La Historia también lo habría hecho, probablemente. Un hombre solo nunca es lo bastante poderoso ni lo bastante sabio. Creo que la mayor parte de la miseria humana se debe a estos fanáticos bien intencionados.

—Y precisamente por eso los demás nos cruzamos de brazos y aceptamos las cosas como vienen.

—Piensa en todos tus amigos de 1947. No habrían existido nunca.

Withcomb se quitó la capa y trató de limpiar la sangre que cubría sus ropas.

— ¡Vámonos! —ordenó Everard dirigiéndose a la puerta trasera.

Una asustada concubina le observó con sus grandes ojos.

Tuvo que hacer saltar la cerradura de una puerta interior, que daba a una habitación en que había un modelo de lanzadera del tiempo tipo mg, unas pocas cajas con armas y repuestos, algunos libros… Everard lo cargó todo en la máquina, excepto el depósito de combustible. Debía dejarlo allí a fin de volver en el futuro y detener en su carrera al hombre deseoso de ser un dios.

— ¿Por qué no te llevas eso al almacén de 1894, en un par de horas? Yo montaré el saltador. Te espero en la oficina.

Withcomb, impasible, dirigió al otro una larga mirada. Luego, al ver que Everard le observaba, reaccionó:

—Conformes, viejo —sonrió y estrechó la mano a Everard —. Hasta luego. ¡Buena suerte!

Everard le contempló cuando entraba en el gran cilindro de acero. Resultaba extraño pensar que dentro de un par de horas estaría tomando el té en 1894.

Acuciado por la preocupación, salió al exterior y se mezcló con la gente. Charlie era un singular camarada.

Nadie le estorbó al dejar la ciudad y entrar en la espesura que la circundaba. Hizo retroceder y bajar el saltador del tiempo y, a despecho de la prisa por impedir que alguien viniera a investigar qué clase de pájaro había aterrizado, se bebió una jarra de cerveza. Lo necesitaba, en verdad. Luego echó una última ojeada a la vieja Inglaterra y saltó a 1894.

Mainwethering y sus guardias estaban allí, como prometiera aquel. El oficial pareció alarmado al ver a un hombre que llevaba en sus ropas sangre coagulada, pero Everard lo tranquilizó con una explicación. Le costó tiempo el lavarse, cambiar de ropa y entregar un informe completo al secretario. Por entonces debía haber llegado Withcomb en un simón, pero no había ni señales de él.

Mainwethering llamó al almacén por radio y se volvió a Everard frunciendo las cejas.

—No ha venido aún —dijo —. ¿Podría haber fallado algo?

—No creo. Esas máquinas están hechas a prueba de tontos.

Y Everard contrajo los labios, añadiendo:

—No sé qué puede ocurrir. Quizá entendió mal y, en vez de volver, se fue a 1947

Un cambio de notas reveló que Withcomb tampoco estaba allí. Everard y Mainwethering se fueron a tomar el té. Cuando volvieron, aún no había señales de Withcomb.

—Mejor será que llamemos a la agencia de operaciones. Ellos pueden encontrarlo.

—No. Espere.

Y Everard quedó un instante pensativo. La idea llevaba algún tiempo germinando en su mente. Era tremendo.

— ¿Se le ocurre algo?

—Sí. Una especie de… —y Everard comenzó a ponerse el traje de la Epoca Victoriana…—. Déme mi traje del siglo XX, ¿quiere? Yo puedo encontrarle por mí mismo.

—La Patrulla querrá un informe previo de su idea e intenciones —objetó Mainwethering.

— ¡Al diablo con la Patrulla! —barbotó Everard.

Londres, 1944. La noche del temprano invierno había cerrado y un sutil viento frío soplaba por las calles, que estaban sumidas en las tinieblas. Se oía el estallido de una explosión y se veía arder un gran fuego, cuyas llamas, como enormes banderas rojas, flameaban sobre los tejados.

Everard dejó su saltador junto a la acera (nadie salía a la calle cuando caían las bombas V), y se orientó en la oscuridad; su ejercitada memoria recordó la fecha del 17 de noviembre; en tal día como aquel había muerto Mary Nelson.

Halló la cabina de un teléfono público en la esquina y ojeó la guía. Encontró un montón de Nelson, pero solo una Mary, en Streatham. Aquella seria, seguramente, la madre. Pero la hija podía llevar el mismo nombre. Ni siquiera sabia la fecha del estallido de la bomba, pero existían medios de averiguaría.

El fuego y el trueno rugían cuando salió. Se tiró al suelo, mientras crujían los cristales de la cabina que había ocupado. 17 de noviembre de 1944. El entonces joven Manse Everard, teniente de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos, estaba aquel día en un lugar, más allá del Paso de Caíais, cerca de los cañones alemanes. No podía recordar exactamente dónde, ni se detuvo en ello. No importaba. Sabía que iba a sobrevivir a aquel peligro.

Un nuevo fulgor bailaba ante él cuando corrió hacia su vehículo. Subió a bordo y se lanzó hacia el cielo. Desde arriba, Londres semejaba una vasta oscuridad salpicada de llamas. «Noche de Walpurgis» y todo el infierno suelto sobre la Tierra. Recordaba bien Streatham; triste montón de ladrillos habitado por dependientes, verduleros y artesanos; la auténtica pequeña burguesía que luchara contra la fuerza que conquistaba Europa hasta conseguir detenerla. Allí había vivido una muchacha en 1943, que luego se casó con otro.

Deslizándose agachado, trató de encontrar la casa. Surgió un volcán no lejos de allí. Su vehículo se tambaleó en el aire con tal violencia, que casi le despidió del asiento. Al acercarse a la plaza vio un casa derruida, aplastada y llameante, a solo tres manzanas de la que habitaban los Nelson. Había llegado demasiado tarde. No. Comprobó el tiempo; las diez y media, y retrocedió dos horas. Aún era de noche, pero la casa, luego derruida, permanecía en pie en la oscuridad. Por un momento, deseó advertir a los de dentro. Pero no lo hizo. En torno suyo moría la gente y él no era Schtein para tomar la Historia sobre sus hombros. Suspiró amargamente, descendió de su vehículo y traspasó la verja. Tampoco era él un maldito daneliano. Llamó a la puerta y le abrieron. Una mujer de edad mediana le miró en la oscuridad, y él comprobó la extrañeza que le causaba ver allí a un americano sin uniforme militar.

— ¡Perdone! ¿Conoce a la señorita Mary Nelson?

—Pues… sí —repuso ella, dudosa —. Vive cerca de aquí. Volverá pronto. ¿Es usted amigo suyo?

Everard asintió, añadiendo:

—Me envía ella con un recado para usted, señora…

—Señora Enderby.

10h, sí! Señora Enderby. Soy terriblemente olvidadizo. Mire, señora Enderby: la señorita Nelson me encargó le dijera que lo siente mucho, pero que no puede venir. En cambio, los cita a ustedes y a toda su familia a las diez y media.

— ¿A todos, señor? Pero los niños…

—Los niños también. Todos ustedes. Les tiene preparada una sorpresa especial que solo puede mostrar a ustedes. Así que han de estar allí todos.

—Muy bien, señor. Conforme, si ella lo dice.

—Todos ustedes, a las diez y media sin falta. Los veré allí, señora Enderby.

Everard saludó y marchó a la calle.

Había hecho lo que podía. Cerca de allí vivían los Nelson. Llevó su saltador tres manzanas más allá, lo aparcó en la oscuridad de una avenida, y se dirigió a la casa. Ahora era también culpable. Tan culpable como Schtein. Se preguntó a qué se parecería el destierro del planeta.

No vio huellas de la lanzadera mg, y esta era demasiado grande para estar oculta. Así que Charlie no había llegado aún.

Mientras llamaba a la puerta se preguntó qué consecuencias tendría el haber salvado a la familia Enderby. Aquellos niños crecerían, tendrían hijos; ingleses de clase media, sin duda, pero en algún sitio, en los siglos venideros, un hombre importante nacería o dejaría de nacer. Claro que el tiempo no era demasiado inflexible. Excepto en raros casos, el abolengo no importaba; solo eran decisivos el total conjunto de los genes humanos y la sociedad de los hombres. Aunque aquel día podía ser uno de los casos excepcionales.

Una joven le abrió la puerta. Era una linda chica, no llamativa, pero de aspecto agradable; llevaba un ajustado uniforme.

— ¿Señorita Nelson?

—Sí.

—Me llamo Everard. Soy amigo de Charlie Withcomb. ¿Puedo entrar? Tengo unas cuantas noticias algo sorprendentes para usted.

—Iba a salir —dijo ella, excusándose.

—No, no iba usted a hacerlo.

Aquello fue una equivocación. La chica se irguió indignada.

El rectificó:

—Lo siento. Por favor, ¿puedo explicarle?…

Ella le condujo a una desordenada y oscura sala,     y le invitó:

— ¿Quiere sentarse? Le ruego no hable muy alto. Toda mi familia está durmiendo. Se levantan temprano.

Everard se acomodó. Mary se sentó en el borde del sofá, mirándole con sus grandes ojos. El se preguntaba si entre sus ascendientes no estarían Wrnfnoth y Eadgar. Sí; indudablemente lo estaban, después de tantos siglos. Quizá estuviese también Schtein.

— ¿Está usted en la aviación? —preguntó ella —. ¿Es ahí donde conoció a Charlie?

—No; estoy en Información. ¿Puedo preguntar cuándo le vio por última vez?

—Hace unas semanas. El está ahora destinado en Francia. Espero que la guerra acabará pronto. ¡Es tan estúpido por parte del enemigo obstinarse, cuando debían reconocer que están vencidos! ¿No es así?

Irguió la cabeza con curiosidad, añadiendo:

—Pero ¿qué noticias son las que usted tiene?

El comenzó a divagar, tanto como se atrevía, hablando de las condiciones de vida más allá del Canal. Era extraño estar allí sentado, charlando con un fantasma. Y sus juramentos le prohibían decirle la verdad. Quería hacerlo, pero cuando lo intentaba la lengua se le helaba en la boca.

…. y lo que cuesta conseguir una botella de tinto corriente…

— ¡Por favor! —le interrumpió ella —. ¿No le importaría ir al grano? De veras que tengo un compromiso esta noche.

— ¡Oh, lo siento! ¡Lo siento mucho! ¡Seguro! Ya ve usted, de este modo…

Una llamada a la puerta le salvó.

—Excúseme —murmuró ella, y salió a abrir más allá de las cortinas de oscurecimiento.

Everard la siguió. Ella retrocedió con un pequeño grito:

— ¡Charlie!

El la estrechó entre sus brazos, sin reparar en que la sangre del jutlandés le manchaba aún el traje. Everard entró en el vestíbulo. El inglés le miró con cierto horror. Solo dijo:

— ¡Tú!

Y echó mano a las armas. Pero Everard estaba ya alerta. Le dijo:

— ¡No seas tonto! Soy tu amigo. Quiero ayudarte. ¿Qué loco proyecto traías?

—Pues… impedirle a ella que saliera a la calle.

— ¿Y no crees que ellos tienen medios sobrados de localizarte?

Y Everard empezó a hablar en temporal, la única lengua posible delante de la asustada Mary.

—Cuando me separé de Mainwethering, este estaba ya entrando en vivas sospechas. A menos que hagamos esto bien, todas las unidades de la Patrulla van a ser avisadas. Tu error se rectificará, probablemente, matándola a ella y mandándote a ti al destierro.

—Yo.. .—Withcomb tragó saliva. Su cara era la estampa del miedo —. ¿Tú te irías, dejando que la mataran?

—No. Pero hay que ir con más cuidado.

— ¡Nos fugaremos…, retrocederemos, si es preciso, a la época del dinosaurio…, a un período alejadísimo!

Mary escapó de los brazos de su prometido. Abrió la boca para gritar. Everard le previno:

— ¡Cállese! Corre usted un gran peligro y estamos tratando de salvarla. Si no confía en mí, fíese de Charlie.

Y volviéndose hacia Charlie, prosiguió, en temporal:

—Mira, camarada: no hay sitio ni época en donde podáis ocultaros. Mary Nelson murió esta noche. Esto es historia. No existía en 1947. También es historia. La familia a quien ella iba a visitar estará fuera de su casa cuando caiga la bomba. Si tratas de escapar con ella, te pescarán. Es pura suerte que no haya llegado ya una fracción de la Patrulla.

Withcomb se esforzó en recobrar la serenidad.

—Supongamos que salto a 1948 con ella. ¿Cómo sabes que no ha reaparecido súbitamente? Quizá eso también es historia.

— ¡Hombre, no puedes! Inténtalo. Anda, dile que vas a hacerla saltar cuatro años al futuro.

Withcomb gimió:

— ¡Una indiscreción! Y he prometido bajo juramento…

—Sí; eres libre de abrir esa posibilidad ante ella, pero al proponérselo tendrás que mentir, porque no puedes evitarlo. Además, ¿cómo se las va a arreglar? Si permanece siendo Mary Nelson, se convierte en desertora de la W.A.A.F. Y si toma otro nombre, ¿dónde están su partida de nacimiento, registro escolar, libreta de racionamiento…, cualquiera de esos papelitos a que son tan aficionados los gobiernos del siglo XX? Eso no tiene arreglo, hijo.

—Entonces, ¿qué hacer?

—Enfrentarse con la Patrulla y desafiarla. Espera aquí un minuto.

Everard obraba con fría calma, sin tiempo para temer ni para vacilar. Ya en la calle, localizó su saltador, lo preparó para aparecer cinco años después, a pleno mediodía, en Picadilly Circus. Impulsó el mando principal, vio partir la máquina y volvió a la habitación. Mary sollozaba y temblaba en brazos de Charlie. ¡Pobres niños perdidos en el bosque!

Everard se los llevó al vestíbulo. Se sentó y preparó su arma.

—Bien. Esperemos algo más.

No tardó mucho en aparecer un saltador con dos hombres, que vestían uniforme gris de la Patrulla y llevaban las armas en las manos.

Everard los detuvo con el disparo de un débil rayo de su arma.

— ¡Ayúdame a atarlos, Charlie!

Mary temblaba, muda, en un rincón.

Cuando los hombres se despertaron, Everard estaba junto a ellos con una helada sonrisa.

— ¿De qué se nos acusa, muchachos? —preguntó en temporal.

—Creo que ya lo saben —dijo uno de los prisioneros calmosamente —. La oficina principal nos encargó de descubrirlos. Comprobando la próxima semana, encontramos que usted había salvado una familia destinada a morir. El registro de Withcomb indicó que había venido aquí a cooperar en el salvamento de esta mujer, que también había de fallecer esta noche. Es mejor que nos suelte, o será peor para usted.

—No ha cambiado la Historia. Los danelianos están aún allá arriba, ¿o no?

—Sí, claro; pero…

— ¿Cómo sabían ustedes que la familia Enderby tenía que morir?

—Su casa fue bombardeada y nos dijeron que la habían abandonado, porque…

— ¡Ah, pero el caso es que la abandonaron! Está escrito. Ahora bien: usted quiere cambiar el pasado.

—Pero esta mujer aquí…

— ¿Están ustedes seguros de que no es la Mary Nelson que vivió en Londres en 1850 y que murió, ya anciana, en 1900?

—Está usted intentando algo difícil. Pero no le valdrá. No puede usted luchar con toda la Patrulla.

— ¿Creen ustedes eso? Puedo dejarles a ustedes aquí para que los Enderby los encuentren. He preparado mi vehículo para surgir, en público, en un momento que solo yo conozco. ¿ Cuál va a ser entonces la Historia?

—La Patrulla tomará medidas correctivas…, como ya lo hizo usted en el siglo V.

— ¡Quizá! Pero yo puedo hacérselo mucho más fácil, sin embargo, si quieren escuchar mi apelación. Quiero ver a un daneliano.

— ¿Quée?

—Ya me han oído. Si es preciso, montaré ese saltador de ustedes y avanzaré un millón de años. Les haré ver cuánto más sencillo sería para ellos concedernos una tregua.

—No será necesario.

Everard giró sobre sí, ahogando un grito. El aniquilador se escapó de sus manos. No podía mirar a la forma que resplandecía ante sus ojos.

—Su apelación era ya conocida y estaba juzgada siglos antes que usted naciera. Sin embargo, era usted un eslabón necesario en la cadena del tiempo. Si usted hubiera fallado esta noche, no habría habido perdón. Para nosotros era cosa decidida que un Charlie y una Mary Wíthcomb vivieran en la época victoriana de Inglaterra. También lo estaba que esta Mary Nelson muriese con la familia Enderby, a quien visitaba en 1944, y que Charlie Withcomb había de vivir soltero y, por último, ser muerto en servicio activo con la Patrulla. La discrepancia fue advertida, y como la más ligera paradoja es una peligrosa debilidad en la textura espacio—tiempo, ha de ser rectificada eliminando uno u otro hecho, que no habrán existido jamás. Y ya he decidido cuál ha de ser.

Everard supo, allá en su agitado cerebro, que los patrulleros estaban súbitamente libres. Supo que su saltador había sido…, estaba siendo…, seria… arrebatado invisiblemente fuera de aquel momento que ahora se vivía. Supo que la Historia diría ahora: la W.A.A.F. Mary Nelson desapareció, probablemente muerta por una bomba cuando se dirigía a casa de los Enderby, muertos con ella al ser destruida; que Charlie Withcomb desapareció en 1947, probablemente ahogado. Supo que a Mary le fue revelada la verdad, juramentándola para no descubrirla a nadie, y que se la envió, con Charlie Withcomb, a 1850. Supo que ambos se abrirían paso en la vida, dentro de su propia clase media, pero se sentirían siempre extraños bajo el reinado de Victoria; que Charlie tendría siempre el recuerdo nostálgico de haber estado en la Patrulla, pero que, volviéndose a mirar a su mujer y a sus hijos, pensaría que él abandonarla no había sido un sacrificio tan grande, después de todo. Todo eso supo, así como que el daneliano se había ido.

Sin embargo, cuando se desvaneció la vertiginosa oscuridad de su cabeza v miró con clara percepción a los patrulleros, no sabía aún cuál iba a ser su destino.

—Venga —dijo uno de ellos —. Salgamos de aquí, antes que alguien se despierte. Le daremos un impulso hacia su año 1954, ¿no?

—Y luego, ¿qué?

El patrullero se encogió de hombros. Bajo su descuidada actitud se advertía la impresión que le produjo la presencia del daneliano.

—Diríjase al jefe de su sector. Se ha mostrado usted incapaz de una tarea fija.

—Entonces…, ¿estoy despedido?

—No se ponga dramático. ¿Creía usted que su caso era único en un millón de años que lleva trabajando la Patrulla? Para casos como el suyo hay un procedimiento habitual. Necesita usted más adiestramiento. Su tipo de personalidad va mejor con el servicio de agente libre; para cualquier siglo y lugar, doquiera y cuando quiera que se le necesite. Creo que le gustará.

Everard subió cansinamente al saltador. Cuando se apeó de nuevo, habían pasado diez años.

03/12/19

Fuera de este mundo

Fuera de este mundo

Alfred Bester

Cuento esto exactamente del modo que sucedió, porque yo comparto un vicio con todos los hombres: aunque disfruto de un matrimonio feliz y sigo enamorado de mi esposa, continúo enamorándome de mujeres con las que me cruzo. Me paro en un semáforo rojo, miro a la chica del taxi de al lado, y me enamoro desesperadamente de ella. Subo en un ascensor y quedo cautivado por una chica que lleva un paquete en la mano. Cuando sale en el décimo piso, se lleva con ella mi corazón. Recuerdo que en una ocasión me enamoré de una modelo en un autobús. Llevaba una carta al correo e intenté leer el remite y aprenderlo de memoria.

Las que se confunden por teléfono son siempre la tentación más fuerte. Suena el teléfono, lo descuelgo, una chica dice:

— ¿Puedo hablar con David, por favor?

No hay ningún David en nuestra casa y yo sé que es una voz extraña, pero emocionante y tentadora. A los dos segundos he tejido la fantasía de citarme con la extraña, tener una aventura con ella. Abandonar mi casa, huir a Capri y vivir en glorioso pecado. Luego digo:

— ¿A qué número llama, por favor?

Y luego, tras colgar, apenas si puedo mirar a mi mujer, de lo culpable que me siento.

Así que cuando sonó aquella llamada en mi oficina, en Madison 509, caí en la misma vieja trampa. Tanto mi secretaria como mi contable estaban fuera comiendo, así que tomé la llamada directamente en mi mesa. Una voz emocionante comenzó a hablar a cien por hora.

— ¡Hola, Janet! Conseguí el trabajo, querida. Tienen una oficina encantadora justo a la vuelta de la esquina del viejo edificio de Tiffany en la Quinta Avenida, y el horario es de 9 a 4. Tengo una mesa y un despachito con una ventana, para mí sola…

—Lo siento —dije, tras concluir mi fantasía—. ¿A qué número llama?

— ¡Dios mío! Desde luego no pretendía hablar con usted.

—Me lo imagino.

—Siento muchísimo haberle molestado.

—No ha sido molestia. La felicito por el nuevo trabajo.

—Muchísimas gracias —contestó ella riendo.

Colgamos. Me pareció tan encantadora que decidí que esta vez sería Tahití en vez de Capri. Entonces volvió sonar el teléfono. Era la misma voz.

—Janet, querida, soy Patsy. Me ha pasado una cosa terrible. Te llamé y marqué mal el número y empezé a hablar y de pronto una voz de lo más sugestiva dijo…

—Gracias, Patsy, pero has vuelto a marcar mal el número.

— ¡Oh, Dios mío! ¿De nuevo usted?

—Eso parece.

— ¿No es ahí Prescott 9—3232?

—Ni mucho menos. Aquí es Plaza 9—5000.

—No entiendo cómo pude marcar eso. Debo de estar especialmente tonta hoy.

—Quizás sólo especialmente excitada.

—Perdóneme, por favor.

—No se preocupe —dije—. Creo que tiene usted también una voz muy sugestiva, Patsy.

Colgamos y me fui a comer, reteniendo en la memoria Prescott 9—3232… Marcaría y preguntaría por Janet y le diría… ¿Qué? No sabía. Sabía además que no iba a hacerlo nunca; pero persistió aquel resplandor de ensueño que se prolongó hasta que volví a la oficina para enfrentar los problemas de la tarde. Luego lo sacudí y volví a la realidad.

Pero estaba engañándome, pues cuando volví a casa aquella noche, no le hablé de ello a mi mujer. Trabajaba para mí antes de que nos casáramos y aún se toma mucho interés por todo lo que pasa en mi oficina. Dedicamos más o menos una agradable hora cada noche a discutir y analizar el día de trabajo. Lo hicimos aquella noche, pero yo oculté la llamada de Patsy. Me sentía culpable.

Tan culpable que me fui a la oficina al día siguiente más temprano de lo normal, intentando aplacar mi conciencia con trabajo extra. Aún no habían llegado las chicas, así que la línea telefónica daba directamente a mi mesa. Hacia las ocho y media sonó mi teléfono y lo descolgué.

—Plaza 9—5000—dije.

Al otro lado no se oía nada, lo cual me enfureció. Odio a esas telefonistas que te llaman y luego te dejan colgado mientras atienden otras llamadas.

— ¡Escuche, monstruo! —dije—. Espero que pueda oírme. Haga el favor de no llamarme a menos que piense comunicarme inmediatamente con quien sea. ¿Quién se cree que soy? ¿Un lacayo? ¡Váyase al cuerno!

Cuando estaba a punto de colgar el teléfono, una voz

—Perdone.

— ¿Qué? ¿Patsy? ¿Usted de nuevo?

—Sí—dijo ella.

Mi corazón dio un vuelco porque sabía… sabía que aquello no podía ser un accidente. Ella había aprendido de memoria el número. Quería hablar conmigo otra vez.

—Buenos días, Patsy—dije.

—Vaya, veo que tiene usted un carácter terrible.

—Siento haber sido tan áspero…

—No. Es culpa mía. No debía molestarle. Pero cuando llamo a Jan sigue saliendo su número. Deben de estar cruzadas las líneas.

—Oh. Qué decepción. Pensaba que había llamado usted para oír mi sugestiva voz.

Se echó a reír.

—No es tan sugestiva.

—Eso es porque antes fui grosero. Deseo compensarla. La convidaré a comer hoy.

—No, gracias.

— ¿Cuándo empieza con el nuevo trabajo?

—Esta mañana. Adiós.

—Mucha suerte, Patsy. Llame a Jan esta tarde y cuéntemelo todo.

Colgué y me pregunté si no habría ido a la oficina aquel día más temprano que de costumbre con la esperanza de recibir aquella llamada, más que por deseo de hacer trabajo extra. No podía acallar mi conciencia. Cuando uno se encuentra en una posición insostenible, todo lo que hace resulta sospechoso e inútil. Estaba irritado contra mí mismo e hice pasar a las chicas una mañana espantosa.

Cuando volví de comer, le pregunté a mi secretaria si había llamado alguien estando yo fuera.

—Sólo el supervisor telefónico del distrito—dijo—. Tienen problemas con las líneas.

Pensé: “Entonces esta mañana fue un accidente. Patsy no quería volver a hablar conmigo”.

A las cuatro en punto dejé irse a mis dos chicas en compensación por mi actitud de la mañana… al menos eso fue lo que me dije. Anduve vagando por la oficina de cuatro a cinco y media, esperando que llamase Patsy, construyendo fantasías hasta que me avergoncé de mí mismo.

Tomé una copa de la última botella que quedaba de la fiesta de Navidad de la oficina, cerré y me dispuse a irme a casa. Cuando pulsaba el botón del ascensor, oí que sonaba el teléfono en la oficina. Volví como un rayo, abrí la puerta (aún tenía la llave en la mano) y cogí el teléfono… sintiéndome un imbécil. Intenté cubrirme con un chiste.

—Prescott 9—3232 —dije, casi jadeando.

—Perdone—dijo mi mujer—. Me he equivocado de número.

Tuve que dejarla colgar. No podía explicárselo. Esperé a que llamase de nuevo, intentando determinar qué tipo de voz usaría para que ella supiese que era yo y no pudiese al mismo tiempo relacionarme con la voz que acababa de oír. Utilicé la técnica de mantener el teléfono a cierta distancia de la boca y di varias instrucciones con voz áspera a la oficina vacía. Luego aproximé la boca y hablé.

— ¿Sí?

—Vaya, que voz tan distinguida. Como la de un general.

— ¿Patsy?—mi corazón dio un vuelco.

—Eso me temo.

— ¿Me llama a mí o a Jan?

—A Janet, por supuesto. Estas líneas son una lata, ¿No cree? Lo hemos comunicado a la compañía.

—Lo sé. ¿Cómo le ha ido hoy en su nuevo trabajo?

—Muy bien… supongo. Hay un jefe de oficina que ladra exactamente igual que usted. Me asusta.

—Le daré un consejo, Patsy. No se asuste. Cuando un hombre grita así, suele ser para cubrir su propia conciencia de culpa.

—No comprendo.

—Bueno… puede estar desempeñando un cargo que es demasiado grande para él y él lo sabe. Así que intenta cubrirse haciéndose el duro.

—Oh, no creo que fuese eso.

—O quizás se siente atraído por usted y teme que eso pueda restarle eficacia en el trabajo. Así que le da voces para no caer en la tentación de ser demasiado atento.

—Tampoco podría ser eso.

— ¿Por qué? ¿No es usted atractiva?

—No soy la persona adecuada para contestar a esa pregunta.

—Tiene usted una voz maravillosa.

—Gracias, señor.

—Patsy —dije—, yo puedo darle muchos consejos sabios y prudentes. No hay duda de que Alexander Graham Bell ha querido juntarnos, ¿Quiénes somos nosotros para oponernos al destino? Comamos juntos mañana.

—Oh, lo siento, no puedo…

— ¿Va a comer mañana con Janet?

—Sí.

—Entonces, ¿Por qué no conmigo? Aquí me tiene, haciendo la mitad del trabajo de Jan… atendiendo sus llamadas; y ¿qué saco de eso? Una queja del supervisor de teléfonos. ¿Es esto justicia, Patsy? Podremos hacer la mitad de la comida juntos. Luego puede envolver la otra mitad y llevársela a Jan

Se rió. Fue una risa deliciosa

—Eres un encanto. ¿Cómo te llamas?

—Howard.

— ¿Howard qué?

— ¿Patsy qué?

—Tú primero.

—No quiero correr riesgos. O te lo digo en la comida o le mantengo anónimo.

—Muy bien—dijo ella—. Mi hora es de una a dos. ¿Dónde nos encontramos?

—Plaza Rockefeller. La tercera bandera empezando por la izquierda.

—Qué bonito.

—Tercera bandera por la izquierda. ¿De acuerdo?

—Sí.

— ¿A la una en punto mañana?

—A la una en punto—repitió Patsy.

—Me reconocerás por el hueso que llevo atravesado en la nariz. No tengo apellido. Soy un aborigen.

Nos reímos y colgamos. Yo salí apresuradamente de la oficina para evitar la llamada de mi mujer. No fui un hombre honesto en casa aquella noche, pero estaba nervioso. Apenas si podía dormir. Al día siguiente, a la una en punto, yo estaba esperando frente a la tercera bandera empezando por la izquierda en la plaza Rockefeller, preparando frases ingeniosas y procurando mantenerme lo más erguido posible. Sabía que Patsy probablemente me miraría un rato antes de decidirse a acercarse a mí.

Me dediqué a observar a todas las chicas que pasaban intentando imaginar cuál sería. En la plaza Rockefeller durante la hora de la comida, se ven centenares de mujeres que pueden figurar entre las más encantadoras del mundo. Yo tenía grandes esperanzas. Esperé y esperé pero ella no apareció. A la una y media comprendí que no debía haber aprobado el examen. Me había mirado sin duda, y había decidido olvidarse de todo. Nunca en mi vida me sentí tan furioso y tan humillado.

Mi contable se despidió aquella tarde, y en lo profundo de mi corazón no podía reprochárselo. Ninguna chica con dignidad podría haberme soportado. Tuve que quedarme hasta tarde, y pedir a la agencia de colocaciones otra chica.

Poco antes de las seis sonó mi teléfono. Era Patsy.

— ¿Me llamas a mí o a Jan?—pregunté furioso.

—Te llamo a ti—dijo ella, igual de furiosa.

— ¿Plaza 9—5000?

—No. No existe tal número, y tú lo sabes. Eres un mentiroso. Llamé a Jan con la esperanza de que las líneas siguiesen cruzadas y que salieses tú.

— ¿Qué es eso de que no hay tal número?

—No entiendo que clase de sentido del humor te crees que tienes, Sr. Aborigen, pero lo que sí sé es que me has jugado una mala pasada hoy… haciéndome esperar una hora sin aparecer. Deberías de estar avergonzado.

— ¿Que esperaste una hora? Eso es mentira. No apareciste por allí.

—Estuve allí y tú no te presentaste.

—Patsy, eso es imposible. Te esperé hasta la una y media ¿Cuándo llegaste allí?

—A la una en punto.

—Entonces ha sido un terrible error. ¿Estás segura de que me entendiste bien? Tercera bandera por la izquierda…

—Sí. Tercera bandera por la izquierda.

—Debimos confundirnos de bandera. No sabes cuánto lo siento.

—No te creo.

— ¿Qué puedo decir? Creí que tú me habías dado un plantón. Estaba tan furioso esta mañana que mi contable se fue. ¿No serás contable, por casualidad?

—No. Y no estoy buscando trabajo.

—Patsy, comeremos mañana, y esta vez nos encontraremos donde no haya posibilidad de error

—No sé si…

—Por favor. Y quiero aclarar ese asunto de que no hay Plaza 9—5000. Eso es absurdo.

—No existe tal número

—Entonces, ¿Cuál es este que estoy utilizando? ¿Un teléfono de cuerda?

Se rió.

— ¿Cuál es tu número, Patsy?

—Oh, no. Es como los apellidos. No te Io daré si no me das el tuyo.

—Pero tú conoces el mío.

—No, no lo conozco. Intenté llamarte esta tarde y la operadora me dijo que no existía. Ella…

—Tiene que estar loca. Lo discutiremos mañana. ¿Otra vez a la una en punto?

—Pero no enfrente de una bandera

—Muy bien. ¿Le decías a Jan que trabajabas a la vuelta de la esquina del viejo edificio de Tiffany?

—Así es.

— ¿En la Quinta Avenida?

—Sí.

—Estaré en esa esquina a la una en punto

—Como no estés…

—Patsy…

— ¿Sí, Howard?

—Tu voz es aún más maravillosa cuando estás enfadada

Al día siguiente llovió a cántaros. Yo fui a la esquina sureste de la Treinta y Siete y la Quinta, donde está el viejo edificio de Tiffany, y esperé bajo la lluvia desde las doce cincuenta a la una cuarenta. Patsy no apareció. Era increíble. Era increíble que alguien fuese tan miserable como para gastar una broma como aquélla. Recordé luego su encantadora voz y deseé que la lluvia le hubiese impedido salir de casa aquel día. Esperé que hubiese llamado a la oficina para decírmelo después de irme yo.

Volví en taxi a la oficina y pregunté si alguien me había llamado por teléfono. Nadie. Tan disgustado y desilusionado estaba que me fui al bar del Hotel Madison Avenue y tomé unas copas para quitarme el frío y la humedad. Allí me quedé, bebiendo y soñando, y llamando de hora en hora a la oficina para mantenerme en contacto. Pero de pronto no pude reprimirme y marqué Prescott 9—3232 para hablar con Janet. Respondió una telefonista.

— ¿Qué número ha marcado, por favor?

—Prescott 9—3232.

—Lo siento. Ese número no figura en la lista. ¿Quiere usted consultar de nuevo su agenda, por favor?

Así que también aquello. Colgué, bebí unas copas más, vi que eran las cinco y media y decidí ir a dar una última ojeada a la oficina y luego marcharme a casa. Marqué el número de mi oficina. Hubo un clic y un rumor y luego Patsy contestó al teléfono. Su voz era inconfundible.

— ¡Patsy!

— ¿Quién es?

—Howard. ¿Qué demonios haces en mi oficina?

—Estoy en mi casa. ¿Cómo diste con mi número?

—Yo no sé tú número. Llamaba a mi oficina y sales tú. Al parecer las líneas cruzadas funcionan en ambos sentidos.

—No quiero hablar contigo.

—Deberías avergonzarte.

— ¿Qué quieres decir?

—Escucha, Patsy, fue una faena darme un plantón como éste. Si querías vengarte podrías haber…

—Yo no te di ningún plantón. Me lo diste tú a mí.

—Oh por amor de Dios, no empecemos otra vez. Si no te intereso, ten la honradez de decirlo. Me he puesto perdido en aquella esquina esperándote. Aún estoy empapado.

— ¿Seguro? ¿Qué quieres decir?

— ¡La lluvia!—grité—. ¿Qué otra cosa iba a querer decir?

— ¿Qué lluvia? —preguntó Patsy sorprendida.

—No te burles. Lleva todo el día lloviendo. Aún gotea.

—Debes de estar loco dijo ella, con voz apagada—. Ha hecho sol todo el día.

— ¿En la ciudad?

—Claro.

— ¿Fuera de tu oficina?

—Desde luego.

— ¿Sol todo el día en la esquina de la calle Treinta y Siete y la Quinta Avenida?

— ¿Por qué calle Treinta y Siete y Quinta Avenida?

—Porque allí es donde está el viejo edificio Tiffany —dije, exasperado—. Tú estás a la vuelta de la esquina de

—Estás asustándome—murmuró ella—. Creo… creo que es mejor que cuelgue inmediatamente.

— ¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa ahora?

—El viejo edificio Tiffany está en calle Cincuenta y Siete y Quinta Avenida.

— ¡No, tonta! Ese es el nuevo

—Ese es el viejo. Sabes muy bien que se cambiaron, en

— ¿Que se cambiaron?

—Sí. No podían reconstruir por culpa de las radiaciones.

— ¿Qué radiaciones? ¿Qué demonios…?

—Del cráter de la bomba.

Sentí un escalofrío, y no por la humedad y el frío.

—Patsy—dije lentamente—. Hablo en serio, querida. Creo que puede que se haya cruzado algo más que una línea telefónica. ¿Cuál es tu clave telefónica? No necesito que me digas el número. Dime sólo tu clave.

—América 5.

Miré la lista que tenía en la cabina ante mí: Academy 2, Adrondack 4, Algonquin 4, ALgonquin 5, Atwater 9… America 5 no existía.

— ¿Es aquí en Manhattan?

—Por supuesto, aquí en Manhattan. ¿Dónde si no?

—En el Bronx—contesté—. O en Brooklyn o en Queens.

— ¿Cómo iba a vivir en campos de ocupación?

Se me cortó el aliento.

—Patsy, querida, ¿Cómo te apellidas? Creo que es mejor que seamos sinceros en esto porque creo que estamos metidos en algo fantástico. Yo me llamo Howard Carnp.

Ella guardó silencio.

— ¿Cómo te apellidas, Patsy?

—Shimabara—dijo al fin.

— ¿Eres japonesa?

—Sí. ¿Tú eres yanqui?

—Sí ¿Naciste aquí, Patsy?

—No. Vine en 1945… con la unidad de ocupación.

—Entiendo, nos rendimos la guerra… donde tu

dará arreglada. Y quedaremos separados para siempre.

Dile que cargue el importe a tu número Patsy.

—Lo siento, señor dijo la telefonista—. No podemos hacerlo. Puede usted colgar y llamar otra vez.

—Patsy, sigue llamándome, ¿Lo harás? Llama a Janet. Volveré a mi oficina y esperaré.

—Su tiempo ha terminado, señor.

— ¿Cómo eres, Patsy? Dímelo. Deprisa, querida. Yo…

El teléfono quedó muerto, y mi moneda cayó en la caja de las monedas.

Volví a mi oficina y esperé hasta las ocho en punto.

No telefoneó, o no pudo telefonear. Mantuve durante una semana una línea directa abierta con mi mesa y contesté personalmente todas las llamadas. Nunca volví a oír su voz. En algún sitio, aquí o allí, habían reparado aquel cable cruzado.

Nunca olvidé a Patsy. Nunca se borró en mí el recuerdo de su voz encantadora. No pude hablar a nadie de ella. Y no te lo diría a ti ahora si no hubiese perdido la cabeza por una chica de maravillosas piernas que patina sobre el hielo dando vueltas y vueltas mientras suena la música en la Plaza Rockefeller.

03/12/19

Exilio

Exilio

Edmond Hamilton

¡Lo que daría ahora por no haber hablado de ciencia ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no estaría obsesionado con esa bizarra e imposible historia que nunca podrá ser comprobada ni refutada.

Sin embargo, tratándose de cuatro escritores profesionales de relatos fantásticos, supongo que el tema resultaba ineludible. A pesar de que logramos posponerlo durante toda la cena y los tragos que tomamos después, Madison, gustoso, contó a grandes rasgos su partida de caza, y luego Brazell inició una discusión sobre los pronósticos de los Dodgers. Más tarde me vi obligado a desviar la conversación al terreno de la fantasía.

No era mi intención hacer algo así. Pero había bebido un escocés de más, y eso siempre me vuelve analítico. Y me divertía la perfecta apariencia de que los cuatro éramos personas comunes y corrientes.

—Camufiaje protector, eso es —anuncié—. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como chicos buenos, normales y ordinarios!

Brazell me miró, un poco molesto por la abrupta interrupción.

— ¿De qué estás hablando?

—De nosotros cuatro —respondí—. ¡Qué espléndida imitación de ciudadanos hechos y derechos! Pero no estamos contentos con eso… ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la Tierra y con todas sus obras; por eso nos pasamos la vida creando, uno tras otro, mundos imaginarios.

—Supongo que el pequeño detalle de hacerlo por dinero no tiene nada que ver —inquirió Brazell, escéptico.

—Claro que sí —admití——. Todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? Incluso desde nuestra infancia, ¿no? Por eso no estamos a gusto aquí.

—Nos sentiríamos mucho peor en algunos de los mundos que describimos —replicó Madison.

En ese momento, Carrick, el cuarto del grupo, intervino en la conversación. Estaba sentado en silencio, como de costumbre, copa en mano, meditabundo, sin prestamos atención.

Carrick era raro en muchos aspectos. Sabíamos poco de él, pero lo apreciábamos y admirábamos sus historias. Había escrito algunos relatos fascinantes, minuciosamente elaborados en su totalidad sobre un planeta imaginario.

—Lo mismo me ocurrió a mí en una ocasión —dijo a Madison.

— ¿Qué? —preguntó Madison.

—Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí sobre un mundo imaginario y luego me vi obligado a vivir en él —contestó Carrick.

Madison soltó una carcajada.

—Espero que haya sido un sitio más habitable que los escalofriantes planetas en los que yo planteo mis embustes.

Carrick ni siquiera sonrió.

—De haber sabido que viviría en él, lo habría creado muy distinto —murmuró.

Brazell, tras dirigir una mirada significativa a la copa vacía de Carrick, nos guiñó un ojo y pidió, voz melosa:

—Cuéntanos cómo fue, Carrick.

Carrick no apartó la mirada de su copa, mientras la giraba entre sus dedos al hablar. Se detenía entre una frase y otra.

—Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la Gran Central de Energía. A primera vista, parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se vivía muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias.

»Me dispuse a trabajar en la nueva serie que había comenzado, una Colección de relatos que ocurrirían en aquel mundo imaginario. Empecé por crear detalladamente todas las características físicas de ese mundo, y del universo que lo contenía. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clic!

»Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita materialización. Me quedé allí, inmovilizado, al tiempo que me preguntaba si estaría enloqueciendo, pues tuve la repentina seguridad de que el mundo que yo había creado durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia concreta, en alguna parte.

»Por supuesto, ignoré esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del asunto. Pero al día siguiente sucedió de nuevo. Dediqué la mayor parte del tiempo a la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Sin duda los había imaginado humanos, aunque decidí que no fueran demasiado civilizados, pues eso imposibilitaría los conflictos y la violencia indispensable para mi trama.

»Así pues, había gestado mi mundo imaginario, un mundo de gente que estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Erigí sus bárbaras y pintorescas ciudades. Y, justo cuando terminé, aquel clic resonó de nuevo en mi mente.

»Entonces sí me asusté de verdad, pues sentí con mayor fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños se habían materializado para dar paso a una realidad sólida. Sabía que era una locura; sin embargo, en mi mente tenía la increíble certeza. No podía abandonar esa idea.

»Traté de convencerme de descartar tan loca convicción. Si en verdad había creado un mundo y un universo con sólo imaginarlos, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podría contener dos universos… completamente distintos el uno del otro.

Pero ¿y si este mundo y este universo de mi imaginación se habían concretado en la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos localizado en una dimensión diferente a la mía? ¿Uno que contuviera solamente átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las imágenes que yo había soñado?

»Medité esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no se habían vuelto realidad en ocasiones anteriores y sólo ahora habían empezado a hacerlo? Bueno, para eso había una explicación plausible. Vivía cerca de la Gran Central de Energía. Alguna insospechada corriente de energía emanada de ella dirigía mi imaginación condensada, como una fuerza superamplificadora, hacia un cosmos vacío donde conmocionó la masa informe y la hizo apropiarse de aquellas formas que yo soñaba.

»¿Creía en eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una gran diferencia entre el conocimiento y la creencia; como alguien dijo: «Todos los hombres saben que un día morirán y ninguno cree que llegará ese día». Pues conmigo ocurrió exactamente lo mismo. Me daba cuenta que no era posible que mi mundo fantástico hubiese adquirido una existencia física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era.

»Y entonces se me ocurrió algo que me pareció entretenido e interesante. ¿Y si me creaba a mí mismo en ese otro mundo? ¿También sería yo real en él? Lo intenté. Me senté ante mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno más entre los millones de individuos de ese mundo ficticio; pude crear todo un trasfondo familiar e histórico coherente para mí en aquel lugar. ¡Y algo en mi mente hizo clic!»

Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba la copa vacía que agitaba lentamente entre sus dedos.

Madison le incitó a continuar:

—Y seguro que despertaste allí y una hermosa muchacha se acercó a ti, y preguntaste: «¿Dónde estoy?»

—No sucedió así —respondió Carrick sombrío—. No fue así en absoluto. Desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.

»Seguía siendo yo. Pero, sin embargo, era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí… del mismo modo que sus antepasados. Verán, yo lo había creado todo.

»Y mi otro yo era tan real en ese mundo imaginario creado por mi como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad…»

Hizo una nueva pausa.

—Al principio, me resultó sumamente extraño. Caminé por las calles de aquellas bárbaras ciudades y miré los rostros de las personas con un imperioso y acuciante deseo de gritar en voz alta: «¡Yo los imaginé a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que yo los soñé!».

»Sin embargo, no lo hice. Sin duda, no me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían pensar que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían surgido súbitamente gracias a mi imaginación?.

»Cuando cesó mi turbación inicial, me desagradó el lugar. Resulta que lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan seductoras como material para la historia, eran aberrantes y repulsivas al vivir en mi propia carne. Sólo deseaba volver a mi mundo.

»¡Y no pude regresar! No había forma. Tuve la vaga sensación de, que podría imaginarme de vuelta en mi mundo así como había imaginado mi viaje a ese otro. Pero fue en vano. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en dirección contraria.

Lo pasé bastante mal al percatarme de que estaba atrapado en un mundo desagradable, extenuado y bárbaro. Primero pensé en suicidarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre se adapta a todo. Y me acoplé lo mejor que pude al mundo creado por mi.»

— ¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿qué función cumpliste? —preguntó Brazell.

Carrick se encogió de hombros.

—No dominaba las habilidades y destrezas del mundo que había creado. Sólo poseía mi propio oficio… el de contar historias.

Empecé a sonreír.

— ¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?

Él asintió, sombrío.

—No me quedó más remedio. Sin duda, aquello era lo único que podía hacer, dadas las circunstancias. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una imaginación desbordante… y les gustaron.

Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio.

Madison llevó la broma hasta sus últimas consecuencias.

— ¿Y cómo te las arreglaste para regresar finalmente a casa desde ese otro mundo que habías creado?

— ¡Nunca regresé a casa! —respondió Carrick con un amargo suspiro.

03/12/19

Esqueleto

Esqueleto

Ray Bradbury

Ya se le había pasado la hora de ver otra vez al doctor. El señor Harris se metió, desanimado, en el hueco de la escalera, y vio el nombre del doctor Burleigh en letras doradas y una flecha que apuntaba hacia arriba. ¿Suspiraría el doctor Burleigh cuando lo viese? En verdad, ésta era la décima visita en el año. Pero el doctor Burleigh no podía quejarse. ¡El señor Harris pagaba todas las consultas.

La enfermera miró por encima al señor Harris y sonrió, un poco divertida, mientras llamaba con las puntas de los dedos en la puerta de vidrio esmerilado, la abría y metía la cabeza. Harris pensó que le oía decir: — ¿Adivine quién está aquí, doctor? —Y en seguida le pareció que la voz del doctor replicaba, débilmente—: Oh, Dios mío, ¿otra vez?

Harris tragó saliva, nerviosamente, entró en el consultorio, y el doctor Burleigh gruñó:

— ¿Le duelen otra vez los huesos? ¡Ah! —Frunció el ceño y se ajustó los lentes—. Mi querido Harris, ha sido usted aderezado con los peines y cepillos más finos y antisépticos que conoce la ciencia. Usted está nervioso. Veamos los dedos. Demasiados cigarrillos. Olamos el aliento. Demasiadas proteínas. Mirémosle los ojos. Falta de sueño. ¿Mi receta? Váyase a la cama, menos proteínas, y no fume. Diez dólares, por favor.

Harris, enfurruñado, no se movió.

El doctor apartó brevemente los ojos de sus papeles.

— ¿Todavía ahí? ¡Es usted un hipocondríaco! Ahora, son once dólares.

—Pero, ¿por qué me duelen los huesos? —preguntó Harris.

El doctor Burleigh le habló como a un niño.

— ¿Nunca ha tenido un músculo cansado, y se pasó las horas irritándolo, pellizcándolo, frotándolo? Cuanto más lo toca, más lo empeora. Al fin, si lo deja tranquilo, el dolor desaparece, y usted descubre que la causa principal del malestar era usted mismo. Bueno, hijo, ése es su caso. Quédese tranquilo. Tómese’, una dosis de sales. Váyase y haga ese viaje a Phoenix con el que está soñando desde hace meses. ¡Le hará bien viajar!

Cinco minutos después, el señor Harris hojeaba una guía de teléfonos en el bar de la esquina. ¡Bonita comprensión la que uno obtenía de los cegatones idiotas como Burleigh! Recorrió con el dedo una lista de ESPECIALISTAS DE HUESOS, y encontró uno que se llamaba M. Munigant. Munigant no tenía título de médico, ni ningún otro; pero el consultorio estaba adecuadamente cerca. Tres manzanas más allá, una hacia abajo…

  1. Munigant, como el consultorio, era pequeño y oscuro. Como el escritorio, olía a cloroformo, yodo y otras cosas raras. Era un hombre que sabía escuchar, sin embargo, y mientras escuchaba, movía unos ojos brillantes y vivaces, y cuando le hablaba a Harris las palabras le salían como suaves silbidos, sin duda a causa de algún defecto en la dentadura.

Harris se lo contó todo.

  1. Munigant asintió. Había visto casos semejantes. Los huesos del cuerpo. Los hombres no tenía conciencia de sus propios huesos. El esqueleto. Dificilísimo. Algo que concernía al desequilibrio, a una coordinación inarmónica entre alma, carne y esqueleto. Muy complicado, silbó suavemente M. Munigant. Harris escuchaba fascinado. ¡Bueno, al fin había encontrado un doctor que lo entendía! Problema psicológico, dijo M. Munigant. Fue rápidamente, delicadamente, hacia una pared oscura y apareció con media docena de radiografías que flotaron en el cuarto como objetos fantasmales arrastrados por una antigua marea. ¡Mire, mire! ¡El esqueleto sorprendido! He aquí retratos luminosos de los huesos largos, cortos, grandes y pequeños. El señor Harris no prestaba atención a la actitud correcta, al verdadero problema. La mano de M. Munigant golpeó, matraqueó, raspó, rascó las tenues nebulosas de carne donde colgaban espectros de cráneos, vértebras, pelvis, calcio, médula. ¡Aquí, allí, esto, aquello, éstos, aquellos y otros! ¡Mire!

Harris se estremeció. Las radiografías y los cuadros volaron en un viento verde y fosforescente, que venía de un país donde habitaban los monstruos de Dalí y Fuseli.

  1. Munigant silbó quedamente. ¿Deseaba el señor Harris que le… trataran los huesos?

—Depende —dijo Harris.

Bueno, M. Munigant no podía ayudar a Harás si Harris no se encontraba dispuesto. Psicológicamente uno tiene que necesitar ayuda, o el médico es inútil. Pero, y se encogió de hombros, M. Munigant «trataría».

Harris se acostó en una mesa, con la boca abierta. Las luces se apagaron, las persianas se cerraron. M. Munigant se acercó a su paciente.

Algo tocó la lengua de Harris.

Harris sintió que le desencajaban las mandíbulas, Y le crujían y chirriaban. El cuadro de un esqueleto tembló y saltó en la pared. Harris sintió un estremecimiento, de pies a cabeza. Cerró involuntariamente la boca.

  1. Munigant gritó. Harris casi le había arrancado la nariz de un mordisco. ¡Inútil, inútil! ¡Todavía no era hora! Las persianas se abrieron susurrando. La decepción de M. Munigant era tremenda. Cuando el señor Harris sintiera que podía cooperar psicológicamente, cuando el señor Harris necesitara ayuda realmente y tuviese confianza en M. Munigant, entonces quizá podría hacerse algo. M. Munigant extendió’ la manita. Mientras tanto, los honorarios eran sólo dos dólares. El señor Harris debía ponerse a pensar. Le daría un dibujo para que el señor Harris se lo llevara a su casa y lo estudiase. Tenía que familiarizarse con su propio cuerpo. Tenía que ser temblorosamente consciente de sí mismo. Tenía que mantenerse en guardia. Los esqueletos eran cosas raras, imprevisibles. Los ojos de M. Munigant centellearon. Buenos días al señor Harris. Oh, ¿y no quería un palito de pan? M. Munigant le acercó al señor Harris un jarro de palitos de pan quebradizos y salados y se sirvió un palito él mismo diciendo que masticar palitos le servía para conservar… cómo decirlo…. la práctica. ¡Buenos días, buenos días al señor Harris! El señor Harris se fue a su casa.

Al día siguiente, domingo, el señor Harris se des~ cubrió dolores y torturas innumerables y nuevas en todo el cuerpo. Se pasó la mañana con los ojos clavados en la estampa del esqueleto, anatómicamente perfecta, que le había dado M. Munigant.

En el almuerzo, Clarisse, la mujer del señor Harris, se apretó uno a uno los nudillos exquisitamente delgados, y al fin el señor Harris se llevó las manos a las orejas y gritó:

— ¡Basta!

A la tarde, el señor Harris se enclaustró en sus ha’ bitaciones. Clarisse jugaba al bridge en el vestíbulo riendo y parloteando con otras tres señoras mientras

Harris, oculto, se acariciaba y pesaba los miembros del cuerpo con creciente curiosidad. Al cabo de una hora se incorporó de pronto y llamó:

— ¡Clarisse!

Clarisse entraba siempre como bailando, haciendo con el cuerpo toda clase de movimientos blandos y agradables para que los pies no tocaran ni siquiera la alfombra. Les pidió disculpas a sus amigas y fue a ver a Harris, animada. Lo encontró sentado en un extremo del cuarto y vio que clavaba los ojos en el dibujo anatómico.

— ¿Estás aún meditando, querido? —preguntó Por favor, deja eso.

Se sentó en las rodillas del señor Harris.

La belleza de Clarisse no alcanzó a distraer al señor Harris. Sintió la liviandad de Clarisse, le tocó la rótula. El hueso parecía moverse bajo la piel pálida y brillante.

— ¿Está bien que haga eso? —preguntó, sorbiendo el aliento.

— ¿Qué cosa? —rió Clarisse—. ¿Mi rótula, dices?

— ¿Es normal que se mueva así, alrededor?

Clarisse probó.

—Se mueve así, realmente —dijo, maravillada.

—Me alegra que la tuya se deslice, también —suspiró el señor Harris—. Empezaba a preocuparme.

— ¿De qué?

El señor Harris se palmeó las costillas.

—Mis costillas no llegan hasta abajo. Se paran aquí, ¡y he descubierto el aire!

Clarisse entrecruzó las manos bajo la curva de sus pequeños pechos.

—Claro, tonto. Las costillas de todos se detienen en un cierto punto. Y esas raras y cortas son las costillas flotantes.

—Espero que no se vayan flotando por ahí.

El chiste no era nada tranquilizador. El señor Harris deseaba ahora, sobre todas las cosas, quedarse¡ solo. Nuevos descubrimientos arqueológicos, cada vez más sorprendentes, estaban al alcance de sus manos temblorosas, y no quería que se rieran de él.

—Gracias por haber venido, querida —dijo.

—Cuando quieras.

Clarisse frotó dulcemente su nariz contra la de Harris.

— ¡Un momento! Espera… —El señor Harris extendió el dedo y tocó las dos narices, ¿Te das cuenta? El hueso de la nariz crece sólo hasta aquí. ¡El resto es tejido cartilaginoso!

Clarisse arrugó la nariz

— ¡Claro, querido!

Se fue bailando del cuarto.

Solo, sentado, Harris sintió que la transpiración se le acumulaba en los hoyos y arrugas de la cara y le fluía como una marea tenue mejillas abajo. Se humedeció los labios y cerró los ojos. Ahora…. ahora…. ¿qué seguía ahora? La columna vertebral, sí. Aquí. Lentamente, el señor Harris se examinó la columna , moviendo los dedos como cuando operaba los botones de la oficina, llamando a secretarias y mensajeros. Pero ahora, al apretar la columna vertebral, las respuestas, eran miedos y terrores que le entraban por un millón de puertas asaltando y sacudiendo la mente. La columna le parecía algo extraño…. horrible. Se tocó las vértebras nudosas. Como los huesitos quebradizos de un pescado recién comido, abandonados en un plato de porcelana fría.

— ¡Señor! ¡Señor!

Le castañetearon los dientes. Dios todopoderoso, pensó. ¿Cómo no me di cuenta en todos estos años? ¡Todos estos años he andado por allí con un… esqueleto… adentro! ¿Cómo es posible que lo aceptemos así como así? ¿Cómo es posible que nunca pensemos en nuestros cuerpos?

Un esqueleto. Una de esas cosas duras, nevosas y articuladas. Una de esas cosas quebradizas, espantosas, secas, frágiles, matraqueantes, de dedos temblorosos, cabeza de calavera, ojos biselados, y que cuelgan de unas cadenas entre las telarañas de una alacena olvidada; una de esas cosas que hay en los desiertos y están ahí en el suelo desparramadas como dados.

Se incorporó, muy tieso, pues ya no podía soportar la silla. Dentro de mí, ahora, pensó, tomándose el estómago y la cabeza, dentro de mi cabeza hay un… cráneo. Uno de esos caparazones curvos que guardan la jalea eléctrica del cerebro> ¡una de esas cáscaras rajadas con dos agujeros al frente como dos agujeros abiertos por una escopeta de dos caños! ¡Hay ahí grutas y cavernas de hueso, revestimientos y sitios para la carne, el olfato, la vista, el oído, el pensamiento! ¡Un cráneo que me envuelve el cerebro, con ventanitas abiertas al mundo exterior!

Harris tenía ganas de interrumpir la partida de bridge, entrar en la sala como un zorro en un gallinero y desparramar las cartas como nubes de plumas, todo alrededor. Se dominó trabajosamente, temblando. Vamos, vamos, hombre, tranquilízate. Has tenido una verdadera revelación, apréciala, disfrútala. ¡Pero un esqueleto!, le gritó el subconsciente. No lo aguanto. Es algo vulgar, terrible, espantoso. Los esqueletos son cosas horribles; crujen y rascan y traquetean en viejos castillos, colgados de vigas de roble, como largos péndulos susurrantes, indolentes, que se mueven al viento.

La voz de Clarisse llegó desde lejos, clara, dulce.

—Querido, ¿vienes a saludar a las señoras?

El señor Harris sintió que se mantenía en pie gracias al esqueleto. ¡Esa cosa interior, ese intruso, ese espanto, le sostenía los brazos, las piernas, la cabeza! Era como sentir a alguien detrás de uno, alguien que no debiera estar ahí. Adelantándose, comprendió con cada paso que daba hasta qué punto dependía de esa Cosa.

—Iré en seguida, querida —contestó débilmente.

¡Vamos, ánimo!, se dijo a sí mismo. Mañana tienes que volver al trabajo. El viernes tienes que ir a Phoenix. Es un viaje largo. Cientos de kilómetros. Tienes que estar en buena forma para hacer ese viaje o el señor Creldon no invertirá dinero en tu negocio de cerámica. ¡Arriba esa cabeza! ¡Coraje!

Un instante después estaba entre las señoras, y Clarisse le presentaba a la señora Withers, la señora, Abblematt y la señorita Kirthy, las que tenían, todas, esqueletos dentro, pero se lo tomaban con mucha calma, pues la naturaleza les había revestido cuidadosamente la calva desnudez de la clavícula, la tibia, el fémur, con pechos, muslos, pantorrillas, cejas y cabelleras satánicas, labios de aguijón, y.. ¡Dios!, gritó interiormente el señor Harris. Cuando hablan o comen muestran los dientes, ¡una parte del esqueleto! ¡Nunca se me había ocurrido!

—Excúsenme —jadeó, y salió corriendo del cuarto alcanzando apenas a arrojar la merienda por encima de la balaustrada del jardín, entre las petunias.

Esa noche, sentado en la cama, mientras Clarisse se desvestía, Harris se arregló cuidadosamente las uñas de los pies y las manos. Esas partes, también, revelaban el esqueleto, que asomaba impúdicamente. Debió de haber enunciado en voz alta parte de la teoría, pues Clarisse, ya acostada y en camisón, le echó los brazos al cuello canturreando:

—Oh, mi querido, las uñas no son huesos. ¡Son sólo epidermis endurecida!

El señor Harris dejó caer las tijeras.

— ¿Estás segura? Espero que tengas razón. Me sentiría más tranquilo. —Miró la curva del cuerpo de Clarisse, boquiabierto—. Ojalá toda la gente fuera como tú.

— ¡Condenado hipocondríaco! —Clarisse lo sostuvo estirando el brazo, Vamos, ¿qué te pasa? Díselo a mamá.

—Algo que siento dentro —dijo Harris—. Algo que… comí.

A la mañana siguiente y durante toda la tarde en la oficina del centro de la ciudad, el señor Harris investigó los tamaños, las formas y la posición de varios de sus propios huesos con un desagrado cada vez mayor. A las diez de la mañana le pidió permiso al señor Smith para tocarle el codo un momento. El señor Smith consintió, pero mirándolo de reojo. Después del almuerzo el señor Harris le dijo a la señorita Laurel que quería tocarle el omóplato, y la joven se apretó en seguida de espaldas contra el cuerpo del señor Harris ronroneando y entornando los ojos.

— ¡¡Señorita Laurel! —gritó el señor Harris—. ¡Basta!

Solo, meditó en sus neurosis. La guerra acababa de terminar, y la tensión del trabajo y el futuro incierto tenían mucha relación probablemente con aquel estado de ánimo. Pensaba a veces en dejar la oficina, instalarse por su propia cuenta; tenía un talento nada común para la cerámica y la escultura. Tan pronto como pudiese iría a Arizona, le pediría dinero al señor Creldon, compraría un horno y pondría una tienda. Cuántas preocupaciones. En verdad era todo un caso. Pero por suerte había conocido a M. Munigant, que parecía decidido a comprenderlo y ayudarlo. Lucharía un tiempo solo, no iría a ver a Munigant ni al doctor Burleigh, mientras pudiera resistirlo. La extraña sensación desaparecería. El señor Harris se quedó mirando el aire.

La extraña sensación no desapareció. Creció.

El martes y el jueves se desesperó pensando que la epidermis, el pelo y otros apéndices eran manifestaciones de un grave desorden, mientras que el esqueleto desprovisto de tegumentos era en cambio una estructura limpia y flexible, bien organizada. A veces, cuando al resplandor de ciertas luces, sintiendo el peso de la melancolía, se le bajaban morosamente las comisuras de la boca, creía ver el cráneo que le sonreía desde detrás de la cara.

¡Suelta!, gritaba. ¡Déjame! ¡Los pulmones! ¡Basta!

Jadeaba convulsamente, como si las costillas lo apretaran quitándole el aliento.

¡Mi cerebro! ¡No lo aprietes!

Y unos dolores de cabeza terribles le quemaban el cerebro reduciéndolo a cenizas apagadas.

¡Mis entrañas, déjalas, por amor de Dios! ¡Apártate de mi corazón!

El corazón se le encogía bajo las costillas que se abrían en abanico, como arañas pálidas que acechaban la presa.

Una noche descansaba acostado empapado en sudor. Clarisse estaba afuera, en una reunión de la Cruz Roja. Harris trataba de conservar la calma, pero era más y más consciente de aquel conflicto: afuera ese sucio exterior, y adentro esa cosa hermosa, fresca, limpia y de calcio.

La tez, ¿no era oleosa, no tenía arrugas de preocupación?

Observa la perfección de la calavera: impecable y nívea.

La nariz, ¿no era demasiado prominente?

Observa bien los huesecitos de la nariz en la calavera, antes que el monstruoso cartílago nasal formara la probóscide montañosa.

El cuerpo, ¿no era rollizo?

Bueno, examina el esqueleto, delgado, esbelto, la economía de las líneas y el contorno. ¡Marfil oriental exquisitamente tallado! ¡Perfecto, grácil como una manta religiosa blanca!

Los ojos, ¿no eran protuberantes, ordinarios, apagados?

Ten la amabilidad de examinar las órbitas en la calavera: tan profundas y redondas, sombrías, pozos de calma, sabias, eternas. Mira adentro y nunca tocarás el fondo de ese conocimiento oscuro. Toda la ironía, toda la vida, todo está ahí en esa copa de oscuridad.

Compara, compara, compara.

Harris rabió durante horas. Y el esqueleto, siempre un filósofo frágil y solemne, descansaba dentro, calmoso, sin decir una palabra, suspendido como un insecto delicado en el interior de una crisálida, esperando y esperando.

Harris se sentó lentamente.

— ¡Un minuto! ¡Espera! —exclamó—. Tú también estás perdido. Yo también te tengo. ¡Puedo obligarte a hacer lo que se me antoje! ¡No puedes impedirlo! Digo yo: mueve los carpos, los metacarpos y las falanges y, ssssss, ¡ahí se alzan, como si yo saludara a alguien! —Se rió—. Le ordeno a la tibia y al fémur que sean locomotoras y, jum, dos tres cuatro, jum, dos tres cuatro, allá vamos alrededor de la manzana. ¡Sí, señor!

Harris sonrió mostrando los dientes.

—Es una lucha pareja. Fuerzas iguales, y lucharemos, ¡los dos! Al fin y al cabo, ¡soy la parte que piensa! ¡Sí, Dios mío, sí! ¡Aunque no te domine; todavía puedo pensar!

Instantáneamente, una mandíbula de tigre se cerró de golpe, mordiéndole el cerebro. Harris aulló. Los huesos del cráneo apretaron como garras hasta que Harris tuvo horribles pesadillas. Luego, lentamente, mientras Harris chillaba, lbs huesos adelantaron el hocico y se comieron las pesadillas, una por una, hasta que la última desapareció y todas las luces se apagaron….

Al fin de la semana, Harris postergó el viaje a Phoenix por razones de salud. Pesándose en una balanza de la calle vio que la lenta flecha roja señalaba 75.

Gruñó. Cómo, he pesado ochenta kilos durante años y años. ¡He perdido cinco kilos! Se examinó las mejillas en el espejo sucio de moscas. Un miedo primitivo y helado le recorrió el cuerpo estremeciéndolo. ¡Tú, tú! ¡Sé muy bien qué te propones, tú!

Se amenazó con el puño la cara huesuda, hablándoles particularmente al maxilar superior, al maxilar inferior, al cráneo y a las vértebras cervicales.

— ¡Maldito! Crees que puedes matarme de hambre, hacerme perder peso, ¿eh? Sacarme la carne, no dejar nada, sólo huesos y piel. Tratas de echarme a la zanja, para ser el único dueño, ¿eh? ¡No, no!

Corrió a un restaurante.

Pavo, salsas, patatas en crema, cuatro ensaladas, tres postres. No podía tragar nada, se sentía enfermo del estómago. Se obligó a comer. Los dientes empezaron a dolerle. Mala dentádura, ¿eh?, pensó, furioso. Comeré aunque los dientes se sacudan, se golpeen y—crujan, y caigan todos en la sala.

Tenía fuego en la cabeza, respiraba entrecortadamente, sintiendo una opresión en el pecho, y un dolor en las muelas; pero ganó sin ¡embargo una pequeña batalla. Iba a beber leche cuando se detuvo y la derramó en un florero de capuchinas. Nada de calcio para ti, muchacho, nada de calcio para ti. Nunca jamás comeré algo que tenga calcio o cualquier otro mineral que tonifique los huesos. Comeré sólo para uno de nosotros, muchacho, sólo para uno.

—Setenta kilos —le dijo la semana siguiente a su mujer——. ¿Notaste cómo he cambiado?

—Noto que estás mejor —dijo Clarisse—. Siempre fuiste un poco gordito para tu altura, querido. —Le acarició la barbilla—. Me gusta tu cara. Es mucho más elegante. Las líneas son ahora tan firmes y fuertes…

—No son mis líneas, son sus líneas, ¡maldita sea! ¿Quieres decir acaso que él te gusta más que yo?

— ¿Él? ¿Quién es él?

En el espejo del vestíbulo, más allá de Clarisse, la calavera le sonrió al señor Harris desde detrás de una mueca carnosa de desesperación y odio.

Colérico, el señor Harris engulló unas tabletas de malta. Era un modo de ganar peso cuando uno no puede comer otras cosas. Clarisse vio las píldoras de malta.

—Pero, querido, realmente, yo no te pido que subas de peso —dijo.

— ¡Oh, cállate! —dijo Harris entre dientes.

Clarisse lo obligó a que se acostara. Harris se tendió con la cabeza en el regazo de Clarisse.

—Querido —dijo Clarisse—. Te he estado observando últimamente. Estás tan… lejos. No dices nada, pero parece que te persiguieran. Te agitas en la cama, de noche. Quizá debieras ver a un psiquiatra. Pero ya sé qué te diría, puedo adelantártelo. Te he oído mascullar, una vez y otra, y he sacado mis conclusiones. Pues bien, te diré que tú y tu esqueleto son una sola cosa: «una nación indivisible, con libertad y justicia para todos». Unidos triunfarán, divididos fracasarán. Si no se pueden entender entre ustedes como un viejo matrimonio, ve a ver al doctor Burleigh. Pero antes distiéndete, tranquilízate. Estás viviendo en un círculo vicioso; cuanto más te preocupas, más sientes los huesos y más te preocupas. Al fin y al cabo, ¿quién inició esta batalla? ¿Tú o esa entidad anónima que según dices está acechándote detrás del canal alimentario?

Harris cerró los ojos.

—Yo. Creo que fui yo. Adelante, Clarisse, sigue hablándome.

—Descansa ahora —susurró Clarisse dulcemente—. Descansa y olvida.

El señor Harris se mantuvo a flote un día y medio y luego empezó a hundirse otra vez. La imaginación podía tener su parte de culpa, sí, pero este esqueleto particular, Dios mío, devolvía los golpes.

En las últimas horas de la tarde, Harris buscó el consultorio de M. Munigant. Caminó media hora antes de encontrar la dirección y descubrir el nombre M. Munigant, escrito con iniciales de oro viejo y descascarado en un letrero de vidrio. En ese momento, le pareció que los huesos le estallaban rompiendo amarras, dispersándose en el aire en una erupción doloro sa. Enceguecido, Harris retrocedió. Cuando abrió de nuevo los ojos ya estaba del otro lado de la esquina El consultorio de M. Munigant había quedado atrás.

Los dolores cesaron.

  1. Munigant era el hombre que podía ayudarlo. Si la visión del letrero provocaba una reacción tan titánica, indudablemente M. Munigant era el hombre indicado.

Pero no hoy. Cada vez que Harris trataba de volver al consultorio reaparecían los terribles dolores. Transpirando, renunció al fin y entró tambaleándose en un bar.

Mientras cruzaba el vestíbulo oscuro se preguntó brevemente si M. Munigant no tenía una buena parte de culpa. ¡Al fin y al cabo era M. Munigant quien lo había incitado a que se observara el esqueleto, desencadenando un tremendo impacto psicológico! ¿No estarla utilizándolo M. Munigant para algún propósito nefasto? Pero ¿qué propósito? Era una sospecha tonta. Un pobre médico, y nada más. Trataba de ayudarlo. Munigant y sus palitos de pan. Ridículo, M. Munigant estaba muy bien, muy bien.

El espectáculo del salón del bar era alentador. Un hombre corpulento, gordo, redondo como una bola de manteca, bebía una cerveza tras otra en el mostrador. La imagen del éxito, realmente. Harris reprimió el deseo de ponerse de pie, palmearle el hombro al gordo y preguntarle cómo había hecho para ocultarse los huesos. Sí, el esqueleto del hombre estaba lujosamente tapizado. Había almohadones de tocino aquí, bultos elásticos allí, y varias golillas redondas bajo la barbilla. El pobre esqueleto estaba perdido; nunca podría salir de ese tembladeral de grasa. Podía haberlo intentado una vez, pero ya no. Los huesos, abrumados, no se insinuaban en ninguna parte.

No sin envidia, Harris se acercó al gordo como alguien que cruza ante la proa de un transatlántico. Harris pidió una bebida, se la tomó, y se atrevió a hablarle al gordo.

— ¿Glándulas?

— ¿Me habla usted a mí? —preguntó el gordo.

— ¿0 una dieta especial? —comentó Harris—. Perdóneme, pero vea usted, me cuelga la piel. No puedo aumentar de peso. Me gustaría tener un estómago

—Así es entonces —susurró, los ojos enrojecidos, las mejillas hirsutas—. De un modo o de otro me arrastras, me matas de hambre, de sed, acabas conmigo. —Tragó unas rebabas secas de polvo—. El sol me cocinará la carne para que puedas salir. Los buitres me almorzarán y tú quedarás tendido en el suelo,. sonriendo. Sonriendo victorioso. Un xilofón calcinado donde unos buitres tocan una música rara. Te gusta eso. La libertad.

Harris caminó por un escenario que temblaba y burbujeaba bajo la cascada de la luz solar. Tropezaba, caía de bruces y se quedaba tendido alimentándose con bocados de fuego. El aire era una llama azul de alcohol, y los buitres se asaban, humeaban y chispeaban volando en círculos y planeando. Phoenix. El camino. El coche. Agua. Un refugio.

— ¡Eh!

Otra vez el grito. Crujidos de pasos, rápidos.

Gritando, aliviado, incrédulo, Harris corrió y se derrumbó en brazos de alguien que llevaba uniforme.

El coche tediosamente remolcado, reparado. Ya en Phoenix. Harris se encontró en un estado de ánimo tan endemoniado que la operación comercial fue una apagada pantomima. Aun cuando consiguió el préstamo y tuvo el dinero en la mano, no se dio mucha cuenta. La cosa interior, como una espada dura y blanca dentro de un escarabajo, le teñía los negocios, la comida, le coloreaba el amor por Clarisse, le impedía confiar en su automóvil. La cosa, en verdad, tenía que ser puesta en su sitio. El incidente del desierto había pasado demasiado cerca, le había tocado los huesos, podía decir uno torciendo la boca en una mueca irónica. Harris se oyó a sí mismo agradeciéndole el dinero al señor Creldon. Luego dio media vuelta con el coche y se puso de nuevo en marcha, esta vez por el camino de San Diego, para evitar la zona desértica entre El Centro y Beaumont. Marchó hacia el norte a lo largo de la costa. No confiaba en el desierto. Pero… ¡cuidado! Las olas saladas retumbaban y siseaban en la playa de Laguna. La arena, los peces y los crustáceos podían limpiarle los huesos tan rápidamente como los buitres. Despacio en las curvas junto al mar.

Demonios, estaba realmente enfermo.

¿A quién recurrir? ¿Clarisse? ¿Burleigh? ¿Munigant? Especialistas de huesos. Munigant. ¿Bien?

— ¡Querido!

Clarisse lo besó. Harris sintió la solidez de los huesos y la mandíbula detrás del apasionado intercambio, y dio un paso atrás.

—Querida —dijo lentamente, enjugándose los labios con la manga, temblando.

—Pareces más delgado; oh, querido, el negocio…

—Salió bien, creo. Sí, todo marchó bien.

Clarisse lo besó de nuevo.

La cena fue morosa, trabajosamente alegre. Clarisse reía animándolo. Harris estudiaba el teléfono, y de cuando en cuando levantaba el auricular, indeciso, y lo colgaba otra vez.

Clarisse se puso el abrigo y el sombrero.

—Bueno, lo siento, pero tengo que irme. —Le pellizcó la mejilla a Harris—. Vamos, ¡ánimo! Volveré de la Cruz Roja dentro de tres horas. Tú descansa. Tengo que ir.

Cuando Clarisse desapareció, Harris marcó un número en el teléfono, nervioso.

— ¿M. Munigant?

Una vez que Harris hubo colgado el auricular, las explosiones y los malestares del cuerpo fueron extraordinarios. Harris sintió que tenía metidos los huesos en todos los potros de tormentos que había imaginado o que se le habían aparecido en pesadillas terribles, alguna vez. Tragó todas las aspirinas que,, encontró, pero cuando una hora más tarde sonó el timbre de la puerta no pudo moverse. Se quedó tendido, débil, agotado, jadeante, y las lágrimas le corrieron por las mejillas.

— ¡Entre! ¡Entre, por amor de Dios!

  1. Munigant entró. Gracias a Dios la puerta no estaba cerrada con llave.

Oh, pero el señor Harris tenia muy mala cara., M. Munigant se detuvo en el centro del vestíbulo, menudo y oscuro. Harris asintió con un movimiento de cabeza. Los dolores le recorrían todo el cuerpo, rápidamente, golpeando con ganchos y enormes martillos de hierro. M. Munigant vio los huesos protuberantes de Harris y le brillaron los ojos. Ah, era evidente, que el señor Harris estaba ahora psicológicamente, preparado. ¿No? Harris asintió de nuevo, débilmente, y sollozó. M. Munigant hablaba como silbando. Había algo raro en la lengua de M. Munigant y en esos silbidos. No importaba. Harris creía ver a través de las lágrimas que M. Munigant se encogía, se empequeñecía. Obra de la imaginación, por supuesto. Harris lloriqueó la historia del viaje a Phoenix. M. Munigant mostró su simpatía. ¡Ese esqueleto era un traidor! Lo arreglarían de una vez por todas.

—Señor Munigant —suspiró apenas Harris—. No… no lo noté antes. La lengua de usted. Redonda, corno un tubo. ¿Hueca? Mis ojos. Deliro. ¿Qué pasa?

  1. Munigant silbó suavemente, apreciativamente, acercándose. Si el señor Harris aflojaba el cuerpo y abría la boca… Las luces se apagaron. M. Munigant espió la mandíbula caída de Harris. ¿Más abierta, por favor? Había sido tan difícil, aquella primera vez, ayudar al señor Harris; el cuerpo y los huesos en rebelión abierta. Ahora en cambio la carne cooperaba, aunque el esqueleto protestara. En la oscuridad, la voz de M. Munigant se afinó, afinó, aflautándose, aflautándose. El silbido se hizo más agudo. Ahora. Aflójese, señor Harris. ¡Ahora!

Harris sintió que le apretaban violentamente las mandíbulas, en todas direcciones, le comprimían la lengua con un cucharón y le ahogaban la garganta. Jadeó, sin aliento. Un silbido. ¡No podía respirar! Algo le retorcía las mejillas y le rompía las mandíbulas. ¡Como un chorro de agua caliente algo se le escurría en las cavidades de los huesos, golpeándole los oídos!

— ¡Ahhh! ——chilló Harris, gagueando. La cabeza, el carapacho hendido, le cayó flojamente. Un dolor agónico le quemó los pulmones.

Harris respiró al fin, un momento, y los ojos acuosos le saltaron hacia adelante. Gritó. Tenía las costillas sueltas, como un flojo montón de leña. ¡Qué dolor ahora! Harris cayó al suelo, resollando fuego.

Las luces chispearon en los globos oculares de Harris. Los huesos se le soltaron rápidamente.

Los ojos húmedos miraron el vestíbulo.

No había nadie en el cuarto.

— ¿M. Munigant? En nombre de Dios, ¿dónde está usted, M. Munigant? ¡Ayúdeme!

  1. Munigant había desaparecido.

— ¡Socorro!

Y en ese momento Harris oyó.

Muy adentro, en las fisuras subterráneas del cuerpo, los ruidos minúsculos, inverosímiles: chasquidos leves, y torsiones, y frotamientos y hocicadas como si una ratita hambrienta allá abajo, en la oscuridad roja sangre, mordisqueara seriamente, hábilmente, algo que podía haber estado allí, pero no estaba…. un leño, sumergido…

Clarisse, alta la cabeza, iba por la acera directamente hacia su casa en Saint James Place. Llegó a la esquina pensando en la Cruz Roja y casi tropezó con,, el hombrecito moreno que olía a yodo.

Clarisse no le habría prestado atención, pero en ese momento el hombrecito sacó de la chaqueta algo blanco, largo y curiosamente familiar, y se puso a masticarlo, como si fuese una barra de menta. Se comió la punta, y metió la lengua ransima en la materia blanca, succionándola, satisfecho. Cuando Clarisse: llegó a la puerta de su casa, movió el pestillo y entró, el hombrecito estaba absorto aún en su golosina.

— ¿Querido? —llamó Clarisse, sonriendo y mirando alrededor——. Querido, ¿dónde estás? —Cerró la puerta, cruzó el pasillo y entró en el vestíbulo—. Querido…

Se quedó mirando el suelo durante veinte segundos, tratando de entender.

De pronto, se puso a gritar.

Afuera, a la sombra de los sicomoros, el hombrecito abrió unos agujeros intermitentes en el palo blanco y largo; luego, dulcemente, suspirando, frunciendo los labios, tocó una melodía triste en el improvisado instrumento, acompañando el canto agudo y terrible de la voz de Clarisse dentro de la casa.

Muchas veces, en la niñez, Clarisse había corrido por las arenas de la playa, y había pisado una medusa de mar, y había chillado entonces. No es tan horrible encontrar una medusa de mar gelatinosa en tu propio vestíbulo. Puedes dar un paso atrás.

Es terrible cuando la medusa te llama por tu propio nombre.