03/11/19

El ruido de un trueno

El ruido de un trueno

Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLI, USTED LO MATA.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

— ¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

—No garantizamos nada —dijo el oficial—, excepto los dinosaurios. —Se volvió—. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

— ¡Infierno y condenación! —murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado—. Una verdadera máquina del tiempo. —Sacudió la cabeza—. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

—Sí —dijo el hombre detrás del escritorio—. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es…

Eckels terminó la frase:

—Matar mi dinosaurio.

—Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces. Eckels enrojeció, enojado.

— ¿Trata de asustarme?

—Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

—Buena suerte —dijo el hombre detrás del mostrador—. El señor Travis está a su disposición.

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día—noche—día—no—che—día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

— ¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? —se oyó decir a Eckels.

—Si da usted en el sitio preciso —dijo Travis por la radio del casco—. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

—Dios santo —dijo Eckels—. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

El sol se detuvo en el cielo.

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

—Cristo no ha nacido aún —dijo Travis—. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler… no han existido.

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

—Eso —señaló el señor Travis—es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

—Y eso —dijo—es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

— ¿Por qué? —preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

—No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

—No me parece muy claro —dijo Eckels.

—Muy bien —continuó Travis—, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

—Entiendo.

— ¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!

—Bueno, ¿y eso qué? —inquirió Eckels.

— ¿Eso qué? —gruñó suavemente Travis—. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

—Ya veo —dijo Eckels—. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

—Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

— ¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?

—Están marcados con pintura roja —dijo Travis—. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

— ¿Para estudiarlos?

—Exactamente —dijo Travis—. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?

—Pero si ustedes vinieron esta mañana —dijo Eckels ansiosamente—, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?

Travis y Lesperance se miraron.

—Eso hubiese sido una paradoja —habló Lesperance—. El tiempo no permite esas confusiones…, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

Eckels sonrió débilmente.

—Dejemos esto —dijo Travis con brusquedad—. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

— ¡No haga eso! —dijo Travis.— ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma…

Eckels enrojeció.

— ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

—Lesperance miró su reloj de pulsera.

—Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

Se adelantaron en el viento de la mañana.

—Qué raro —murmuró Eckels—. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

— ¡Levanten el seguro, todos! —ordenó Travis—. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

—He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza —comentó Eckels —. Tiemblo como un niño.

—Ah —dijo Travis.

—Todos se detuvieron.

Travis alzó una mano.

—Ahí adelante —susurró—. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

Silencio.

El ruido de un trueno.

De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

—Jesucristo —murmuró Eckels.

— ¡Chist!

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

— ¡Dios mío! —Eckels torció la boca—. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

— ¡Chist! —Travis sacudió bruscamente la cabeza—. Todavía no nos vio.

—No es posible matarlo. —Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido—. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

— ¡Cállese! —siseó Travis.

—Una pesadilla.

—Dé media vuelta —ordenó Travis—. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

—No imaginé que sería tan grande —dijo Eckels—. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

— ¡Nos vio!

— ¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

—Sáquenme de aquí —pidió Eckels—. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

—No corra —dijo Lesperance—. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.

—Si.

Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

— ¡Eckels!

Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.

— ¡Por ahí no!

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

El trueno se apagó.

La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.

En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.

Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

—Límpiense.

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

—Ahí está—Lesperance miró su reloj—. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.

Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?

— ¿Qué? —No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.

Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

—Lo siento —dijo al fin.

— ¡Levántese! —gritó Travis.

Eckels se levantó.

— ¡Vaya por ese sendero, solo! —agregó Travis, apuntando con el rifle—. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

Lesperance tomó a Travis por el brazo. —Espera…

— ¡No te metas en esto! —Travis se sacudió apartando la mano—. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

—Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

— ¿Cómo podemos saberlo? —gritó Travis—. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

Eckels buscó en su chaqueta.

—Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

—Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

— ¡Eso no tiene sentido!

—El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

—No había por qué obligarlo a eso —dijo Lesperance.

— ¿No? Es demasiado pronto para saberlo. —Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.

—Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. —Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance—. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.

Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

—No me mire —gritó Eckels—. No hice nada.

— ¿Quién puede decirlo?

—Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

—Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

—Soy inocente. ¡No he hecho nada!

1999, 2000, 2055.

La máquina se detuvo.

—Afuera —dijo Travis.

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

Travis miró alrededor con rapidez.

— ¿Todo bien aquí? —estalló.

—Muy bien. ¡Bienvenidos!

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

—Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

Eckels no se movió.

— ¿No me ha oído? —dijo Travis—. ¿Qué mira?

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran… eran… Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio…, se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco…

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

—No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

— ¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! —gritó Eckels.

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

— ¿Quién… quién ganó la elección presidencial ayer?

El hombre detrás del mostrador se rió.

— ¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! —El oficial calló—. ¿Qué pasa?

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

— ¿No podríamos —se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,—no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos… ?

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

El ruido de un trueno.

03/8/19

El reino de las hormigas

El reino de las hormigas

H. G. Wells

 

Cuando el capitán Guérilleau recibió orden de conducir, el Beniamín Constant cañonero de su nuevo mando a lo largo del río Batemo para socorrer a los indígenas de Badama amenazados por una invasión de hormigas, sospechó que las autoridades navales trataban, por venganza, de ponerle en ridículo. En su reciente ascenso había influido de una manera novelesca y eficaz, para alterar la regularidad del escalafón, la azul languidez de sus ojos y el capricho de cierta noble dama brasileña; y con tal motivo O Diario, y O Futuro insinuaron capciosas ironías, cuyo recuerdo sólo estimulaba en él la decisión de evitar el menor pretexto a nuevas burlas. En su calidad de criollo, el capitán Guérilleau tenia de la etiqueta y de la disciplina una concepción exclusivamente portuguesa; y con el único que se franqueaba a bordo era con el ingeniero Holroyd, venido de Inglaterra para entregar el buque. Estas confidencias le permitían, de paso, practicar el idioma inglés con una pronunciación que siempre fue de lo más turbia. —Si me envían a esa comisión es para ponerme en ridículo —le dijo, arrugando colérico la orden—. ¿Qué puede hacer un hombre contra las hormigas sinodejarlas venir y marcharse cuando se les antoje?

—Parece ser —respondió Holroyd—, que éstas vienen y no se van. Ese marinero que me ha dicho usted que es un zambo…

—Sí, hijo de india y negro, mestizo.

—Pues ése asegura que no serán las hormigas sino los hombres, los que cedan el terreno esta vez. El capitán fumó durante algunos instantes nerviosamente, y luego opinó:

— ¡Quién sabe si tenga razón! Nadie puede saber lo que se propone Dios con esas invasiones de hormigas. Ya en la Trinidad hubo una, pero fueron hormigas pequeñas de esas que cortan y trasportan hojas; y sin embargo todos los naranjos y manglares quedaron en esqueleto. ¿No es extraño ese poder de destrucción? A veces, verdaderos ejércitos de hormigas de una especie que pudiéramos llamar belicosa, han invadido aldehuelas enteras, y al volver los expulsados habitantes las hallaron limpias de todo insecto. ni pulgas, ni cucarachas, ni nada…

—El mestizo —replicó el ingeniero—asegura que estas son de una especie mucho más terrible.

Guérilleau se encogió de hombros y, taconeando irascible, se quedó contemplando su cigarrillo. No tardó mucho en expresar de nuevo su idea fija:

— ¿Me quiere usted decir, mi querido Holroyd, qué puedo yo hacer contra hormigas más o menos infernales? Y tras nueva reflexión, ratificó:

—Nada. ¡Es absurdo… absurdo! A mediodía se puso el uniforme de gala y bajó a tierra, de donde no tardaron en llegar, precediéndole, toda suerte de bultos. Sentado bajo la toldilla para disfrutar del frescor vesperal, el ingeniero fumaba, absorto en la contemplación del paisaje. Estaban a seis días de la desembocadura del Amazonas y no muy lejos del opuesto océano, cuya vasta anchura recordaba muchas veces el gigantesco río; al sur divisábase una isla arenosa de escasísirna vegetación, y el agua corría continuamente espesa, turbia, como si viniera de una esclusa monstruosa perdida entre las dos filas de árboles milenarios… De una esclusa en la que por raro y poderoso capricho hubiesen puesto caimanes y toda suerte de fauna fluvial. El vasto silencio penetraba el espíritu, y la aldea de Lemquer, sobre la cual destacábase la iglesuca junto a ruinas delatoras de un pasado próspero, parcela entre la fronda lujuriante una moneda de plata caída en el desierto… El ingeniero inglés, que veía los trópicos por vez primera, recordaba el paisaje nativo donde vallas, fosos y canales reducen la naturaleza a la más perfecta sumisión. En los seis días que llevaban remontando el río, el esplendor indomado de aquel rincón del mundo habíale sugerido una idea hasta entonces no presentida: la insignificancia del hombre. Durante el viaje, apenas hablan encontrado rastros humanos; un día se cruzaron con una canoa, otro entrevieron en un repecho de la orilla un puesto de vigilancia, y otros, casi todos, nada… nadie. Holroyd comprendió durante este viaje que el hombre es un animal poco frecuente, cuyo dominio terrenal se reduce a una ínfima parte del globo. A medida que se prolongaba la sinuosa navegación hacia Badama, se daba más profunda cuenta de aquellas verdades. El pintoresco capitán, preocupado tan pronto de las hormigas como de la recomendación recibida de economizar las municiones del cañón de proa, no lograba apartar ambas ideas de su meditación. A pesar de aplicarse al estudio del castellano para entretenerse, en la práctica estaba constreñido aún a conjugar todos los verbos en presente y a emplear escueto el sustantivo, y la sola persona capaz de comprender el inglés, fuera de Guérilleau, era un fogonero negro, que mas que hablarlo lo tartamudeaba con fatigosa angustia; así que Holroyd no podía expansionarse mucho. El segundo comandante, Da Cunha, aseguraba hablar francés, pero debía ser un francés diferente del aprendido por el ingeniero en el colegio de Southport, y esto hacia que sus relaciones se limitaran a un cambio de cortesías y de breves observaciones sobre el tiempo que, como tantas otras cosas en el desconcertante Nuevo Mundo, carecía de cambios familiares, y era día y noche tórrido, saturado de humedad, surcado apenas por bocanadas caliginosas portadoras de miasmas de pútridas vegetaciones; y árboles, pájaros, insectos, imanas, serpientes y monos, en terrible variedad, parecían preguntar al hombre con monotonía hostil qué venia a buscar a aquellos parajes en cuyo cielo los soles carecían de júbilo y las noches de frescas brisas. Aún cuando los vestidos pesaban horriblemente sobre el cuerpo, era imposible desnudarse, a causa del calor durante el día y de los mosquitos por la noche. Sobre el puente, deslumbraba la luz, mientras en los camarotes sentíase un principio de asfixia. Moscas sutiles, ligeras y dañinas, picaban en los tobillos y en los puños; y el capitán Guérilleau, única y pintoresca compensación para Holroyd de tantas incomodidades físicas, habíase tornado fastidioso, repitiendo día tras día sus vulgares aventuras cual si desgranara un rosario. A veces, Da Cunha proponía una partida de caza, y disparaban algunos tiros contra los caimanes; de vez en cuando se detenían junto a los caseríos agazapados bajo los árboles e improvisaban festejos cuyos dos únicos números eran el baile y la bebida. Estas escalas constituían oasis momentáneos en la aridez tediosa del viaje sobre las aguas rápidas, aturdidos por el trepidar de los motores; y como nopodían llevar a bordo a mujer alguna, contentábanse con reverenciar la damajuana, obesa y seductora deidad prodigadora de entusiasmos y olvidos, que erguíase a popa como sobre un altar.

Holroyd pensaba con complacencia que debía haber otra divinidad de repuesto en el fondo de la bodega. A cada escala, Guérilleau recogía nuevos pormenores acerca de la invasión de las hormigas, y concluyó interesándose por su misión.

—Se trata de una nueva especie —decía, al volver de interrogar a algún indígena—. Una especie desconocida que seremos los primeros en estudiar, pues vamos a convertirnos en… ¿cómo se llaman los que estudian bichejos? Entomólogos, sí… Dicen que son enormes, que algunas tienen cinco centímetros y aun más… ¿Verdad que es grotesco? ¡Eso de convertirnos en destructores de hormigas! … Lo malo es que, según dicen, éstas lo devoran todo y están arrasando la comarca. Y, agitado de patriótica preocupación, prosiguió: —Supongamos que estalla inopinadamente una guerra con cualquier país de Europa y me coge a mi aquí, a seis días de viaje… Figúrese. ¡’Un cañón menos al servicio de la patria! Y, dándose palmaditas en la rodilla, volvió a su idea dominante,sin fijarse en la sonrisa irónica de¡ ingeniero.

—Esas gentesen cuyo campamento bailamos ayer, son fugitivos, obligados a huir de sus hogares sin poder coger siquiera muebles ni ropa. Las hormigas llegaron un mediodía y fue preciso desalojarles el terreno inmediatamente y escapar; una sola hora de retraso habría bastado para que losdevorasen. ¿Comprende? Por lo general, en cuanto se comen los granos y los insectos, vuelven a irse; pero esta vez no ha sido así. Y cuando trataron de ir a explorar y ver si tenían ya permiso para volver a ocupar sus casas, sucedió una cosa espantosa. El primero que se atrevió a entrar fue un mozo, y las hormigas lo atacaron.

—Pero, ¿cómo? ¿En grupos? ¿A picotazos? ¿A mordiscos?

—No sé. Sus parientes lo vieron salir despavorido de la casa, pasar como un loco junto a ellos y tirarse de cabeza al río para ahogar las hormigas, que le daban un aspecto negro y horrible. Y acercando a la cara de Holroyd sus ojos límpidos y oprimiéndole las rodillas, terminó en voz baja y emocionada:

—Por la noche el muchacho murió como si lo hubiera mordido una serpiente.

— ¿Envenenado por las hormigas?

— ¡Quién sabe! Acaso las mordeduras fueran tan tremendas que no hiciese falta veneno… ¡No nos debían mandar para esto! … Yo estudié la carrera para luchar con hombres, no con bichos… Eso no debía de ser cosa nuestra. A partir de ese día, el capitán habló con frecuencia de las hormigas; y cada vez que la casualidad les deparaba el encuentro con un ser humano en aquella inmensidad de agua, de sol y de inmensos bosques distantes, Holroyd oía que la palabra indígena «sauba» (hormiga) se repetía como un leit motiv inquietante en las conversaciones. El interés crecía a medida que se aproximaban a la zona invadida. Esta curiosidad general hizo que el capitán depusiese su gesto autoritario para aceptar la conversación del segundo, que conocía acerca de las especies de hormigas comunes curiosas particularidades, reveladas a Holroyd a través de la traducción nada fluida de Guérilleau. Da Cunha habló del ejército anónimo de obreras que pululan y combaten guiadas por otras hormigas mayores, reinas al parecer, que cuando ya el enemigo está casi vencido trepan hasta su cuello, infligiendo picaduras de las cuales brota la sangre; explicó también con qué habilidad cortan las hojas para protegerse con ellas, y aseguró haber visto en Caracas hormigueros de más de cien metros… Durante tres días discutieron los tres si las hormigas tenían o no ojos; y la discusión llegó a exaltarse tanto, con peligro del respeto a la jerarquía, que Holroyd creyó oportuno ir a tierra en busca de una hormiga para decidir experimentalmente la duda. En efecto, capturó varias de distintas especies, y tras largos exámenes creyeron comprobar que unas tenían ojos y otras no. Entonces la discusión volvió a encresparse, so pretexto de si las hormigas mordían o picaban.

—Estas que vamos a combatir —dijo el capitán, que aseguraba haber visto algunas en un rancho—, no sólo no carecen de ojos, sino que los tienen grandísimos, y en lugar de correr a ciegas como las comunes, permanecen quietas en un rincón y observan desde él antes de atacar.

—Pero,¿pican? —preguntó Holroyd.

—SI, pican e infiltran la ponzoña en la picada… Mientras más pienso, menos me explico qué podremos hacer contra ellas. Acabarán por irse según han venido, y en paz.

— ¿Y si no se van? —Alguna vez han de irse, ¡qué caramba! —respondió Guérilleau.

Pasado Tamandú, el río dilatábase en una solitaria extensión de ochenta millas, para estrecharse luego y confundirse con otro río aun más caudaloso. En la confluencia, tupidos bosques parecían querer encerrar la corriente; el aspecto no era ya el mismo: troncos y vegetaciones flotaban a la deriva, y por primera vez el BenjamínConstant pudo amarrarse aquella noche a los troncos seculares de árboles cuyo ramaje llegaba casi, hasta la borda. Holroyd y Guérilleau permanecieron despiertos hasta muy tarde, disfrutando de la deliciosa sensación de estar sumidos en una de las bellezas más grandes de la Naturaleza. Entre cigarro y cigarro, elcapitán hablaba, sin lograr librarse de la obsesión de las hormigas; ya muy tarde, temeroso del calor, mandó tender una colcheta sobre el puente. Sus últimas palabras antes de dormirse fueron de medrosa perplejidad:

— ¿Qué vamos a hacer contra esas endiabladas hormigas? ¡Es absurdo, absurdo! Ya solo, Holroyd, clavándose de vez en cuando la uña para mitigar el dolor en la picadura de algún mosquito, se puso a meditar, sentado bajo la toldilla, mientras escuchaba la respiración intranquila de Guérilleau. Rumores extraños partían tan pronto del río como de la selva, y la misma impresión de grandeza que lo había. empequeñecido al ponerse por primera vez en contacto con el trópico, apoderóse de nuevo de él. Sólo una luz fulgía sobre la sombría masa del cañonero; la brisa traía de proa un bisbiseo de conversación, y luego volvía a quedar todo en calma. Sus ojos iban desde la obra muerta del buque a las aguas, que parecían muertas también,y a la masa profunda del bosque que dijérase deseoso de penetrar en el río. Entre la fronda, de tiempo en tiempo, palpitaba la llamita fosfórica de algún gusano de luz, y sin turbar el vasto silencio percibíanse crujidos, susurros, signos de esa actividad misteriosa y profunda que palpitaba durante la noche en los bosques. La selvática inmensidad del paraje lo conmovía. Como todo hombre, Holroyd sabia que los cielos son inmensos y el océano desmesurado e indomable; pero esta noción abstracta había sido modificada por la vida en su país natal, donde todo parece indicar que el mundo pertenece al hombre… Y esta afirmación orgullosa, en Inglaterra no era mentira: allí los animales no domésticos viven por tolerancia y crecen según contrato; por doquieralos caminos, las cercas, las precauciones, hablan de una seguridad establecida por el hombre a su exclusivo servicio; y desde la escuela, en los mapas, adquiérese la noción de que la Tierra pertenece al hombre, que colorea con agradables tintas las porciones ocupadas por cada pueblo, mientras deja en un azul monótono la amplia inmensidad de los mares… De este modo Holroyd, al igual de tantos, había aceptado sin casi pararse a considerarla la idea de que un día no habría sitio del globo en donde el arado no hubiese hecho surco, ni humano agrupamiento en que llanos caminos y ágiles tranvías no facilitasen el tráfico, llevando a todas partes la seguridad organizada. Mas ahora, ante la inmensidad americana, empezaba a dudar. El bosque rumoroso parecía responder a su duda diciéndole: «Soy invencible; si tolero la presencia del hombre es a titulo de intruso inofensivo a quien impongo la disyuntiva de abandonarme o perecer». Milla tras milla, enmarañándose, los troncos gigantescos, los tupidos arbustos y las enredaderas parásitas unen su barrera a las flores cuyo aroma pujante hace desfallecer las cabezas más fuertes; y a cada paso la tortuga, la serpiente, la variedad infinita de pájaros, insectos y fieras, parecen también decir al hombre: «Estamos en nuestros dominios; nada tienes que hacer aquí».

La menor victoria sobre la selva cuesta tremendos sacrificios; hay que combatir la vegetación y los animales; hay que exponerse a sucumbir por la picadura, la garra y la fiebre… Y como prueba de la realidad de su meditación, aquí y allá una cabaña abandonada y un ajuar derruido decían a Holroyd la lección del hombre derrotado en su intento de conquistar los intrincados reinos del jaguar y del tigre. Pero, ¿eran los terribles felinos los verdaderos dueños? Holroyd pensó que selva adentro, a muy pocas millas, debía de haber más hormigas que hombres hay en el mundo; y tuvo de súbito esta idea absolutamente nueva y terrible: «Si en algunos millares de años el hombre ha pasado del estado bárbaro a un grado de civilización que le permite creerse dueño del porvenir soberano de la tierra, ¿quién impedirá a las hormigasevolucionar de manera análoga? Las conocidas por él vivían en pequeños grupos, sin esfuerzo alguno coordinado contra las fuerzas hostiles; mas si es innegable que poseen un lenguaje y no carecen de inteligencia, ¿por qué habrían de detenerse en su estado actual más de lo que se detuvo el hombre en el estado de barbarie? … Supongamos que las hormigas comenzaran a metodizar sus conocimientos y que, así como nosotros centuplicamos nuestro poder merced a la tradición y a la escritura, inventaran armas, fundaran imperios y sostuvieran guerras organizadas estratégicamente …¿Porque no pensar en la posibilidad de todo esto?… El ingeniero recordó los detalles recogidos por el capitán acerca de aquellas hormigas misteriosas y formidables contra las cuales iban a luchar. Según todos los testimonios, disponían de un veneno tan mortífero como el de las peores serpientes, y obedecían a jefes más aptos por lo visto que las hormigas cortadoras y acarreadoras a que se habla referido Da Cunha. Y por si esto fuese poco, eran carnívoras, valerosas, y en lugar de partir despuésde haber limpiado las casas de granos e insectos, permanecían irreductiblemente fieras, igualmente dispuestas a no compartir con el hombre ningún dominio. Nada turbaba la quietud de la noche. El agua susurraba contra los costados del navío, y en lo alto, en torno de la luz del mástil, agitábase un zumbar de falenas. De pronto, la voz somnoliente de Guérilleau dijo en la oscuridad, mientras el cuerpo daba una vuelta para en seguida inmovilizarse de nuevo:

— ¿Qué podemos hacer contra esas hormigas? Y Holroyd fue rescatado del horror de su siniestro ensueño por el clarinear de un mosquito que giraba en torno de su frente, dispuesto a clavar su aguijón.

II

Cuando supo Holroyda la mañana siguiente que estaban a menos de cuarenta kilómetros de Badama, las riberas más próximas atrajeron su atención. A cada rato subía al puente para observar los alrededores; pero no advirtió el menor signo de vida humana, excepto las ruinas de alguna casa y la fachada musgosa del abandonado convento de Mojú, por una de cuyas ventanas, como legoría del triunfo de la Naturaleza, asomaba un árbol su ramaje, mientras enredaderas tupidísimas casi cubrían las desconchadas paredes. Extrañas mariposasamarillas, de alas casi translúcidas, cruzaban el río e iban de vez en cuando a posarse en cubierta, donde los marineros se entretenían en cazarlas… Próximamente a mediodía fue cuando vieron a lo lejos el lanchón arrastrado por la corriente. A primera vista no creyeron que navegase sin rumbo, pues las velas fláccidas parecían esperar la brisa y una forma humana divisábase a proa, sentada junto a los dos grandes remos. A popa también otra silueta semejaba dormir apoyada contra el extremo del puente central; pero pronto las oscilaciones del timón y la tendencia a ser atraída por la estela del cañonero, demostraron que algo insólito ocurría a su bordo. Guérilleau, que se puso a observarla con los gemelos, se asombró de la extraña negrura del rostro del hombre sentado a proa; y por más que graduó el anteojo, no pudo distinguir la nariz en la mancha negro—rojiza de la cara. El cuerpo parecía más desplomado que sentado, y a medida que se aminoraba la distancia, el capitán sentía nacer y crecer en si una especie de repugnancia hacia aquel misterio, del que, sin embargo, no podía apartar la atención. Cuando ya estuvo algo más cerca, llamó a Holroyd, y ordenó una maniobra para acortar aún más la distancia. Ya a simple vista veíase el nombre de la lancha —Santa Rosa—escrito a ambos lados de la proa que cada vez parecía buscar más decididamente la estela del Benjamín Constant.

Al girar el cañonero para acercarse, la Santa Rosa oblicuó bruscamente; y la silueta del hombre sentado a proa se desplomó, como si todas sus articulaciones se hubiesen aflojado de súbito; el sombrero rodó por el puente y dejó al descubierto una cabeza de aspecto repugnante:

— ¡Caramba! ¿Ha visto usted? —exclamó Guérilleau saliendo al encuentro de Holroyd, que subía la escalerilla del puente.

—Sin duda está muerto —contestó Holroyd—. Creo que lo mejor será arriar uno de nuestros botes e ir a ver. Algo raro pasa en ese lanchón.

— ¿Se ha fijado usted en la cara del hombre?

—No. ¿Cómo la tiene?

—No sé cómo —dijo el capitán, contrayendo la boca en un gesto de asco.

Y volviendo bruscamente la espalda al inglés gritó varias órdenes… El cañonero volvió a virar para seguir una dirección paralela a la de la barca; se arrió un bote y embarcaron en él tres hombres al mandodel segundo. Devorado por la curiosidad, el capitánmaniobró para colocar su navío lo más cerca posible de la Santa Rosa, y mientras los remeros bogaban hacia ella, él y Holroyd eran todo ojos… Sin duda alguna sólo estaban a bordo los dos hombres, que parecían cadáveres; y aun cuando no podían distinguirse bien sus caras, la crispatura de las manos y la tumefacción de todos los miembros demostraban que habían sido sometidos a algún extraño proceso de descomposición. Durante un instante el interés de Guérilleau y Holroyd concentróse en los hatillos de ropas, extrañamente sucios a primera vista; luego, fue a fijarse en el entrepuente, donde apilábanse cajas y baúles. La puertecilla de la camareta estaba inexplicablemente abierta, y a medida que la distancia era menor comprobaron aquí y allá grandes manchas negras, movibles.

Aquel vaivén oscuro los fascinó en seguida, y al verlo ensancharse en torno de los hombres caídos, les vino a la imaginación, sin necesidad de esforzarse, la imagen de las multitudes saliendo de la plaza al concluir una corrida de toros. Holroyd, que había cambiado de sitio para ver mejor, dióse cuenta de que el capitán estaba junto a él, y le dijo:

— ¿Tienes sus gemelos ahí? Fíjese bien en el aspecto de las manchas. Guérilleau miró con insistencia, balbuceó algunas frases y le tendió los anteojos al ingeniero, quien después de mirar otro rato repuso:

—Son las hormigas, no cabe duda. Ya ve que salen a recibirnos. Se pusieron de nuevo a observarlas, y al pronto creyeron estar viendo hormigueros semejantes a los de la especie común; mas no tardaron en notar que las hormigas eran mayores, y que algunas de ellas llevaban una especie de manto grisáceo. El examen era tan dificultoso, a causa de la oscilación de la lancha, que no podían percibir los detalles. De pronto, la cabeza del segundo apareció tras la borda de la Santa Rosa, y entabló con el capitán un breve coloquio:

—Suba a bordo —dijo el capitán. Como el teniente objetase que la barca estaba llena de hormigas, Guérilleau arguyó:

— ¿No tiene usted botas? Unos cuantos pisotones le bastarán para abrirse camino. Desviando la conversación, gritó el segundo:

— ¿Cómo habrán muerto estos pobres hombres? El capitán extendióse en hipótesis, que Holroyd no pudo seguir, y empezó luego a discutir con vehemencia creciente, mientras el ingeniero, tomando de su mano los anteojos, tornó a examinar las hormigas y el cadáver tendido sobre la cubierta central. He aquí la minuciosa descripción que más de una vez ha hecho de aquel examen,

«Las hormigas eran mayores que las de todas las demás especies conocidas, y se movían con rapidez y precisión nada semejantes a los ciegos tanteos con que suele proceder la hormiga común. De cada veinte o veinticinco destacábase una más grande, cuya cabeza, sobre todo, tenía un tamaño desmesurado y viéndolas reunirse en torno a las otras, como si coordinaran su esfuerzo, pensé en seguida en capataces que capitanearan un grupo. Estas hormigas mayores recogían el cuerpo extrañamente antes de avanzar, al modo de minúsculos felinos, cual si quisieran servirse mejor de sus patas anteriores. Y más de una vez tuve la idea extraña, imposible de verificar por la distancia y la movilidad de la lancha y del cañonero, de que la mayor parte tenía, tanto en derredor del cuerpo como en la extremidad de sus patas, algo artificial, añadido para ampliar su poder de acción, algo que brillaba corno metal blanco.»

El conflicto de disciplina elevábase entre el capitán y su segundo con acres caracteres, y arrancó al ingeniero de su contemplación. Guérilleau vociferaba, crispando los puños:

— ¡Su deber es cumplir la orden y subir a la lancha! El teniente no parecía participar de esta opinión ypara buscar testigos y apoyo volvía la vista hacia las cabezas cobrizas de los marineros mulatos que tenia cerca. Holroyd, para desviar la cuestión, dijo en inglés:

—Me parece que esos pobres hombres han sido devorados por las hormigas. Pero, sin responderle, el capitán siguió interpelando colérico a Da Cunha:

— ¡Le intimo por última vez a subir, y si no cumple la orden incurre en el delito de insubordinación! ¿Lo oye? De insubordinación y cobardía…¿Es ése el valor que se le supone en la hoja de servicios? ¡Si tarda un minuto más en subir, lo meteré en el calabozo, le formaré consejo de guerra y hasta lo fusilaré si es preciso; sí, señor!

Siguió lanzando un torrente de injurias, con los puños agarrotados y los pies trémulos, mientras el teniente, silencioso, lívido, lo miraba sin decidirse, pintada la angustia en los ojos. Toda la marinería se había reunido a proa, estupefacta… De pronto, en un instante en que el capitán se detuvo para tomar aliento, el segundo pareció adoptar una heroica resolución, y alzándose merced auna flexión de sus membrudos brazos, subió a la Santa Rosa. El capitán contuvo un nuevo alud de imprecaciones y cerró la boca en un «iah!» satisfecho. Holroyd vio a las hormigas retirarse ante los pesados pasos de Da Cunha, que, al llegar junto al cadáver caído en el puente, titubeó, se inclinó sobre él, y asiéndolo por la chaqueta le dio una vuelta para verlo de cara. Una verdadera oleada negra salió de¡ traje, y el teniente retrocedió con rapidez y pateó tres o cuatro veces violentamente. El ingeniero volvió a coger los anteojos, y pudo ver en torno a las recias botas del intruso dispersarse las hormigas y proceder de manera opuesta a la de sus hermanas de la especie común: En vez de perder terreno y tiempo en locas idas y venidas, apartábanse en línea recta y, agrupándose a poca distancia, parecían considerar a Da Cunha como lo haría un grupo de hombres ante un gigantesco monstruo que acabara de derrotarles.

— ¿De qué ha muerto? —gritó el capitán. Holroyd adivinó que el teniente explicaba que el cuerpo estaba demasiado desfigurado para darse cuenta de la causa de la defunción. La voz del capitán volvió a preguntar:

— ¿Qué hay en la camareta de proa?

Da Cunha avanzó algunos pasos y comenzó a responder en portugués; de pronto se detuvo, sacudió con brusco ademán una pierna en movimientos extraños, como si tratara de pisotear objetos invisibles, y se encaminó de prisa hacia el bote; pero, dominado otra vez por el sentimiento del deber, dio media vuelta y después de bajar a la bodega se le vio escalar la proa e inclinarse un instante sobre el otro cadáver. Casi en seguida lanzó un gemido y volvió a desandar su camino a pasos rígidos, hasta que se detuvo y en tono respetuoso y frío, que contrastaba con la excitación anterior, se puso a dialogar con el capitán. Holroyd, no pudiendo comprenderlo bien, no abandonaba los gemelos, y observó que las hormigas habían desaparecido de todos los sitios visibles; pero en los rincones sombríos le pareció distinguir el brillo de innumerables ojuelos brillantes en acecho.

Entre el capitán y el teniente decidióse que la Santa Rosa, demasiado llena de hormigas para consentir la permanencia de un destacamento, debía ser remolcada; y Da Cunha marchó de nuevo a proa para recibir el cable y amarrarlo, mientras los marineros, de pie en el bote del Benjamín Constant, miraban curiosos, sin poder prestarle ayuda.

Cada vez mas impresionado, Holroyd dábase cuenta de que una actividad al mismo tiempo unánime y furtiva agitaba a los misteriosos Por lo pronto, descubrió que gran número de hormigas gigantes, no menores de tres o cuatro centímetros, iban de una zona obscura a otra arrastrando objetos no identificables. No marchaban en columnas compactas, sino en líneas que evocaban los avances, alternados de carreras y ocultaciones, de la moderna infantería bajo el fuego; y como hace ésta en cada trinchera o montículo, deteníanse en los accidentes favorables de la cubierta antes de ir a reunirse en multitud innúmera junto a la escalerilla de la bodega por donde indefectiblemente tenía Da Cunha que pasar al regreso. Holroyd, no las vio asaltar al teniente, pero tuvo la certeza de que el ataque había sido ejecutado con terrible método. El grito de Da Cunha fue tan repentino, tan angustioso, que les heló la sangre:

— ¡Me han picado, me han picado! Un instante le vieron volver hacia ellos su cara dolorida y rencorosa, correr a pasos inciertas hacia la borda y lanzarse al agua con tal violencia, que suscitó un gran remolino. Los marineros lo izaron al bote y lo condujeron a bordo, donde murió pocas horas después.

III

Al salir del camarote donde el cuerpo del desventurado Da Cunha yacía inflado y contorsionado por la terrible muerte, Holroyd y el capitán dirigiéronse a popa y permanecieron un rato contemplando la barca siniestra que seguía las aguas del Benjamín Constant. Las tinieblas de la noche sólo eran interrumpidas de tiempo en tiempo por relámpagos estivales azulosos y trémulos, y la barca de la muerte —vago triángulo obscuro—deslizábase tras ellos con su velamen fláccido sobre el cual el humo de las chimeneas del cañonero ponía un palio de sombra que a veces surcaban rojas chispas… El pensamiento de Guérilleau iba a posarse en el recuerdo del agrio coloquio sostenido por la mañana con su segundo, y en las palabras acusadoras proferidas por éste en el delirio de la fiebre postrera.

—Es absurdo que haya dicho que yo lo asesiné… No le parece ¡Alguno tenla que subir a la lancha!…, ¿Es que no va a quedar otro remedio que dejarles el campo libre a esas condenadas hormigas en cuantose presenten? Holroyd, sin responder, pensaba en el disciplina asalto de los diminutos e innumerables monstruos sobre la cubierta desnuda, bajo el fuego del sol. El capitán insistió aún:

—Era a él a quien correspondía ir: yo no podía abandonar el mando. ¿Puede un militar quejarse de morir cumpliendo su deber? … ¡Asesinado! Lo que pasa es que estaba… ¿cómo diré yo?. . ., loco, loco, si… quizá por el efecto del veneno. ¿No cree usted? Siguió un largo silencio a esta pregunta, e interpretándola como respuesta favorable el capitán prosiguió:

— ¡Hay que hundir esa maldita barca! … Voy a mandar ahora mismo que le prendan fuego.

— ¿Para qué?

La pregunta pareció irritarlo, y encogiéndose de hombros y cruzándose de brazos, preguntó a su vez:

— ¿Qué para qué]? Para hacer algo. Lo que es esas hormigas no volverán a matar a ningún hombre. Holroyd no tenía ganas de conversación y no contradijo a Guérilleau. Lejana algarabía de monos llenó de gritos agoreros la densa noche al acercaré la cañonera a la orilla frondosa y suscitar el croar áspero de las ranas. Después de un largo intervalo, durante el cual el capitán repitió varias veces sus propias palabras, para buscar la controversia, le invadió una cólera activa que se tradujo en blasfemias y órdenes. Toda la tripulación pareció alegrarse como si un deseo de venganza multiplicara su celo. Se cortó el cable, volvieron a arriar el bote, y brazos fornidos lanzaron a la barca siniestra pedazos de estopa saturados de petróleo y luego mechas encendidas. Poco después surgió detrás del cañonero una llama alegre y crujiente; y Holroyd veía la lanza de oro elevarse en la sombra e iluminar el agua, el buque, la ribera, con luz tan pronto amarilla como verdosa. Hasta los maquinistas subieron a ver el espectáculo… Detrás de Holroyd, la voz del mulato dijo, después de una gran esfuerzo filológico:

—»Sauba» hacer crá crá… ¡Oh, yo contento, contento!

Y estalló en una ancha risa, que no logró comunicar al ingeniero, quien, recordando el drama de la mañana, pensaba en que las innumerables hormigas abrasadas en la hoguera flotante, tenían también ojos para ver y cerebro para pensar. La interrogación desesperada de Guérilleau: «¿Que hacer contra ellas?»,habíase también incrustado en su mente y se la repetía a si mismo todavia cuando el cañonero fondeó delante de Badama. El caserío con sus techos de palma seca, sus establos, su quieto molino verdecillo de enredaderas y su paseo ribereño orillado de rosales que se inclinaban para mirarse en la corriente, dormía en la quietud matinal; y a medida que el sol iba subiendo, parecía muerto en vez de dormido. En cuanto a las hormigas, su pequeñez y la distancia impedían comprobar su presencia.

—Todos los habitantes deben haber huido —dijo Guérilleau—: pero como hay que hacer algo, pitaremos con la sirena por si queda alguno.

Holroyd tiró del alambre del silbato, y un lamento agudo y tembloroso llenó el aire, suscitando ecos en el bosque. Cuando se extinguió, el capitán tuvo una idea laboriosamente concebida:

—Podemos hacer una cosa —dijo.

—Usted dirá.

—Tocar la sirena otra vez. Y mientras el alarido volvió a vibrar en la quietud del día naciente, Guérilleau medía a grandes zancadas la cubierta, agitado por pensamientos múltiples que, a veces, temerosos de romper la prisión del cerebro, asomaban a los labios en fragmentos discordes, ya en español, ya en portugués. Parecía dirigirse a un tribunal invisible y justificar ante él su conducta; Holroyd percibió algunas frases referentes a las municiones y se puso a mirarlo extrañado. Entonces, Guérilleau le habló en inglés:

— ¿Quiere usted decirme, mi querido ingeniero, qué puede hacerse?

Embarcaron en un bote y fueron acercándose a la playa para examinar minuciosamente con los anteojos “al enemigo». Poco a poco, las formidables hormigas fueron apareciendo en posturas inmóviles, con los ojos alerta, fijos en el botecillo que se aproximaba. Y cuando estuvieron cerca, ya una multitud estaba belicosamente apiñada junto al embarcadero en donde era necesario atracar, dispuestas sin duda a cerrarles el paso. Guérilleau sacó el revólver, y con cólera estéril se puso a dispararles tiros. Holroyd, apretándose contra las cavidades oculares los gemelos, creyó percibir que de casa a casa iban extrañas zanjas llenas de una actividad incansable. Cuando estuvieron a pocos metros, pudieron ver del otro lado del muelle un esqueleto perfectamente mondado y reluciente, cubierto a medias por los harápos del vestido … Los marineros habían dejado de bogar para hablar mejor, y el capitán dijo, desesperad:

— ¡Y la nota del almirante me dice que todas las vidas de Badama están a mi cargo, ya ve usted!

Y como también están las de la tripulación, no puedo mandar un destacamento a tierra: serian atacados y envenenados como Da Cunha; y a la vuelta los veríamos hincharse e insultarme lo mismo que él, para morir retorciéndose en contorsiones espantosas… No, no, es imposible. Caso de desembarcar alguien, debo ser yo… Iré con botas fuertes y decidido a todo. . Aunque me parece que tampoco yo debo desembarcar… ¡No sé, no sé! … Holroyd comprendió que en estas dudas estaba implícita la decisión sensata de no exponerse, y nada dijo.

La cólera del capitán volvió a recaer sobre su manía primitiva:

—Esta comisión no ha tenido otro objeto que ponerme en ridículo. Anduvieron de aquí para allá, sin acercarse mucho, examinando el esqueleto desde diferentes lugares, y luego volvieron a bordo. La incertidumbre del capitán se exacerbaba por momentos. A mediodía levantaron presión y el cañonero dirigióse velozmente río abajo, como si fuese en busca de algo urgente, para girar a las pocas horas y volver a anclar al caer la tarde frente al caserío destruido, con su quietud hostil su muellecillo orlado de rosales, sus zanjas amenazadoras y su esqueleto que hablaba con muda elocuencia del dolor, la impotencia y la muerte. Una enorme turbonada agitó la atmósfera y tras la lluvia y los truenos vino la noche fresca, profunda, espléndida de astros; y tanto en el pueblo como en el buque pareció dormir todo, excepto Guérilleau, que paseaba como una fiera enjaulada, por el puente. Holroyd despertó con el alba, y dirigiéndose al insomne le preguntó:

— ¿Hay algo nuevo? —Nada, nada… pero ya he decidido.

— ¿Va usted a desembarcar?

Había en la pregunta del ingeniero una alegría maligna; mas Guérilleau no pareció percibirla, y poniendo a prueba la ansiedad del ingeniero, dijo:

—He decidido, pero no eso… He decidido tirarles con el cañón de proa. Así lo hizo; y Dios sabe lo que las terribles hormigas pensaron de tan madura decisión. Dos veces, con belicosa solemnidad, mandó en persona el fuego, y toda la tripulación hubo de ponerse algodones en los oídos y formar en zafarrancho de combate, como si se tratase de una batalla. Al primer cañonazo, el antiguo molino de azúcar cayó a tierra, y al segundo, el almacén situado cerca del muelle se derribó con sordo estrépito. Sólo entonces tuvo lugar en el ánimo colérico del capitán la reacción razonable:

—Todo es inútil, ‘inútil —suspiró—.

No nos queda mas que volver a pedir instrucciones precisas. ¡Y por si no era bastante, ahora me reñirán también por el despilfarro de municiones! … ¡Han querido ponerme en ridículo! … No me cabe duda, mi querido Holroyd. Todavia un momento, antes de decidir, permaneció con los ojos fijos en el vacío, presa de infinita perplejidad, y volvió a su estribillo doloroso:

— ¿Qué puede hacer el hombre contra las hormigas? ¡Nada, nada! Durante el día, el cañonero descendió perezosamente por el río, y a media tarde un destacamento fue a enterrar bajo los copudos árboles, en un lugar libre aún de la invasión, el cuerpo terriblemente desfigurado de Da Cunha.

IV

Holroyd mismo me contó, aún no hará tres semanas, la historia transcrita anteriormente; y luego se la he oído referir también a otros. Llena la imaginación del recuerdo de las hormigas invencibles, ha regresado a Inglaterra con la idea, según dice, de concitar al país contra las invasoras antes de que sea demasiado tarde. Asegura que ya amenazan la Guayana, apenas separada por mil millas de su presente zona de acción y que el ministro de Colonias debe ocuparse sin tardanza del asunto. Si alguien sonríe al oírlo, se exalta y argumenta así:

— ¿Ha pensado usted en que se trata de hormigas inteligentes? Medite en lo que este hecho significa, y suponga que puedan, como nosotros, llegar a servirse de utensilios, a descubrir el fuego y los metales, y a ejecutar por verdaderos prodigios de mecánica, maravillas superiores a cuantas la ignorancia europea desconoce aún. ¿No saben ustedes que las Saubas en 1841 horadaron bajo el Parayba un túnel no menos ancho que el Támesis a su paso por Londres? Estoy seguro que se sirven de sus maravillosos medios actuales con un método lógico y minucioso, sin despreciar ninguna lección de la práctica, lo que equivale a nuestros libros guardadores y propulsores de cultura. Hasta ahora su acción se limita a una invasión progresiva, que fuerza a perecer o a huir a todo ser humano; pero su número aumenta formidablemente, y estoy persuadido de que pronto el hombre habrá tenido que abandonarles íntegra la América del Sur…

—Usted no habla en serio; usted no cree…

—Creo más. ¿Por qué han de detenerse en la América del Sur? En 1915 o poco más tarde habrán llegado, si no aumenta la velocidad de su avance, a las primeras estaciones del ferrocarril, y entonces los capitalistas europeos no tendrán otro remedio que ocuparse de ellas. Hacia 1920 poseerán de seguro la mitad de la cuenca del Marañón; y no me parece aventurado vaticinar para el 1950 o 60 la fecha de su descubrimiento de Europa.

03/8/19

El país de los ciegos

El país de los ciegos

Herbert George Wells

 

Próximamente a trescientas millas del Chimborazo y a cien de las nieves del Cotopaxi, en la región más desierta de los Andes ecuatoriales, ábrese el valle misterioso donde existe el país de los ciegos. Hace cuatro siglos todavía era el valle asequible, aun cuando siempre insondables precipicios y peligrosos ventisqueros lo rodearon casi totalmente. Y tal vez entonces fue cuando algunas familias de indígenas peruanos se refugiaron en él para huir de la tiranía de los colonizadores españoles. Sobrevino después la terrible erupción del Mindovamba que hundió durante diecisiete días a Quito en las tinieblas; y desde los manantiales hervorosos de Yaguaxi hasta Guayaquil, flotar—on sobre todos los ríos peces muertos. No hubo parte en la vertiente del Pacifico donde no se registraran desprendimientos formidables, súbitos deshielos que originaran inundaciones; y la antigua cúspide montañosa del Arauca rodó por la vertiente de la cordillera con ruido infinitamente multiplicado de catarata, cegó los caminos, y formó para siempre una barrera infranqueable entre el país de los ciegos y el resto del inundo.

En el momento de producirse este horror geológico, uno de los primeros colonos del valle había partido hacia las lejanas comarcas habitadas, con una delicada misión; y como al regreso no pudiera encontrar el camino ni abrirse ruta alguna, vióse forzado a dar por muertos a su mujer, a su hijo y a cuantos había dejado en la montaña, y a crearse una existencia nueva; pero las dolencias y la ceguera lo envejecieron en pocos años, y al cabo fue a terminar sus días obscuramente en una mina. ¿Por qué causa abandonó el refugio adonde fuera transportado muy niño, envuelto en harapos, sobre el lomo de una llama? La versión que dio de su peregrinación y de la vida de sus compañeros en el retiro inaccesible, constituyó el origen de una leyenda perpetuada hasta nuestros días en toda la cordillera andina.

El valle, según él, gozaba de un clima benigno y contenía cuanto puede necesitar el hombre: agua dulce, jugosos pastos, abundantes repechos de tierra rica en materias azoadas y cubierta de coposos frutales. De un lado, contenían los aludes vastos pinares; y de los otros, altas murallas rocosas, siempre crestadas de nieve, defendían el valle. Los torrentes del deshielo no llegaban a él, precipitándose hacia las llanuras por otros declives; sin embargo, a largos intervalos, enormes masas arborescentes, desprendidas de las cimas, pasaban cerca del vallecito donde nunca nevaba ni llovía, a pesar de lo cual su vegetación estaba siempre regada por canales dispuestos por el sabio capricho de la naturaleza. Todo esto hacía que los rebaños se multiplicaran v que los hombres vivieran en aquel oasis una vida próspera; pero una honda preocupación nublaba su dicha: una plaga extraña no sólo hacía nacer sin vista a todos sus hijos, sino que se la hacía perder a cuantos niños de edad tierna habían traído con ellos en su éxodo. Y fue precisamente en busca de un ensalmo o una droga contra tan terrible enfermedad, por lo que el viajero a quien se debe la leyenda afrontó las fatigas, las zozobras y los riesgos de aventurarse por gargantas y desfiladeros hacia la llanura.

En aquellos tiempos los hombres ignoraban aún la existencia de los microbios y el poder contagioso de la infección, y creían que sus grandes males eran castigo a sus pecados. Según el cándido emisario, aquella aflictiva ceguera provenía de que los primeros fugitivos, privados de la compañía y el consejo de un sacerdote, omitieron al tornar posesión del valle, erigir un altar a la divinidad; y el objeto de su viaje era adquirir uno que, no siendo demasiado caro, satisficiese la exigencia divina; también quería comprar reliquias, medallas y cuantos talismanes pudieran contribuir a mitigar el celestial enojo. En su bolso de viaje llevaba, para pago del santo remedio contra la ceguera, una barra de plata virgen, cuyo origen se negó a explicar; y aunque con la tozudez de un mentiroso torpe aseguró al principio que ni vestigios del precioso metal existían en el remoto vallecito, acosado, declaró al fin, con falsía evidente, que sus compañeros de retiro y él, que para nada necesitaban allá de las cifras de riqueza tan ambicionadas por los demás hombres, habían fundido cuantas monedas les quedaban, para fabricar aquel lingote, a través del cual debían recibir el favor del cielo.

Basta un leve esfuerzo de imaginación para figurarse al pobre enviado de la montaña con los ojos ya casi obscurecidos, calcinados del sol y de los reflejos de la nieve, inquieto y torpe entre los hombres comunes, extraños y ya casi nuevos para él, mientras torpemente, volteando entre las manos su sombrero, contaba la historia a un sacerdote que lo escuchaba con atención en que la sorpresa iba venciendo a la incredulidad. Nos lo figuramos anheloso de emprender otra vez la ascensión hacia su país, lleno el saco de las piadosas panaceas; y después, cuando estaba ya a medio camino, feliz con el resultado de su misión, imaginamos el desencadenamiento de la catástrofe y su horrendo drama al ver cerrados inexorablemente por el cataclismo cuantos caminos lo podían llevar al lugar donde sus compañeros lo aguardaban ansiosamente. Nada volvió a saberse de sus infortunios, a no ser su muerte después de haber rondado en tentativas varias y estériles el edén de donde no había sido expulsado por la espada flamígera del ángel, sino por las nieves infranqueables.

El torrente que antaño que bajaba a la llanura en anchurosa vena desciende hoy repartido por entre rocosas hendiduras, y el recuerdo, transmitido de generación a generación, de las palabras torpes v sugeridoras del desterrado, creó la leyenda de que una raza de hombres ciegos existía en un lugar arcano de la montaña; leyenda que se hubiera convertido en mito si una casualidad milagrosa no la hubiese, hace poco, revelado en todo su horror. Mientras tanto, la misteriosa enfermedad siguió el curso terrible de sus estragos afligiendo a los habitantes de la aislada colonia.

La vista de los ancianos se debilitó hasta obligarlos a ayudarse con el tacto para todos sus menesteres; la de los jóvenes fue decreciendo Y tornándose confusa, y los recién nacidos vinieron ya al mundo sin vista. Sin embargo, la vida era fácil en el solitario vallecito: orillado de nieves y desprovisto de espinosos arbustos e insectos venenosos, sólo pastaban en él las apacibles llamas que, traídas por los primeros moradores, se habían multiplicado y circunscripto a vivir en la planicie, cercadas por los enhiestos hielos y asustadas por las insondables torrenteras. La lenta gradación del mal impedía casi a los desventurados darse cuenta de su infortunio; y estos primeros atacados de la plaga sirvieron de guía a los niños ciegos, quienes merced a ellos conocieron hasta los más recónditos repliegues del valle. Y cuando, muertos los ancianos, no quedó ni uno solo que pudiese ver el esplendor del mundo, la vida de la remota colonia no siguió por eso un curso menos plácido y laborioso.

El fuego fue conservado y transmitido de padres a hijos en hornillos de piedra. Aunque al principio los ciegos fueron gentes de tosco entendimiento, apenas pulidos con un tenue barniz de civilización ibérica, conservaron puro el idioma y vivas las tradiciones y el sentido de la inmemorial filosofía peruana. Si bien olvidaron muchas costumbres, crearon otras; y en su aislamiento llegaron por completo a perder la noción del mundo, que pasó a ser un ensueño cada vez más borroso, hasta abolirse en su conciencia. Para toda labor que no exigiese de insustituible modo el sentido de la vista, eran habilísimos; y al cabo surgió entre ellos un hombre emprendedor, inteligente y persuasivo, que impuso las primeras normas de una organización acomodada a la nueva naturaleza; más tarde nació y creció otro, que murió también cual su predecesor, y merced a los continuos esfuerzos de los superiores y a la disciplina de todos, la colmena ciega se multiplicó rigiéndose en las cosas fundamentales por principios justos, de modo que, al comenzar la quincuagésima generación a contar desde el antepasado que, habiendo partido hacia las llanuras con una barra de plata para comprar el socorro de Dios, fue bloqueado por el cataclismo y no pudo volver, el mundo ignoraba por completo la existencia de aquella agrupación humana sin vista perdida entre los hielos.

Y fue entonces cuando desde el mundo exterior, por azar, llegó al país de los ciegos el hombre cuyas aventuras vamos a referir. Núñez era nativo de los alrededores de Quito. Andariego y emprendedor, había leído libros y recorrido todo el país hasta el mar, sacando de viajes y lecturas un caudal de perspicaz osadía. Varios ingleses que iban a intentar la excursión a diversos picos de los Andes lo contrataron para sustituir a uno de sus tres guías suizos que cayó enfermo; y envalentonados por el éxito de algunas ascensiones bastante peligrosas, decidieron acometer la del altísimo Parascotopetl, durante la cual desapareció Núñez.

El relato del accidente se ha escrito lo menos una docena de veces, y en la versión de Pointer, superior sin duda a las otras, tiene un acento dramático y verídico. El narrador dice que, después de una subida casi vertical con riesgo constante de caer en e abismo, llegaron al borde de la última y más honda de las simas que los separaban de la cúspide y edificaron para pasar la noche una especie de cabaña en un saliente de la roca. De pronto, se dieron cuenta de que Núñez no estaba junto a ellos y, llenos de presentimientos pavorosos, lo llamaron a grandes voces, que se alejaban en el vasto silencio sin hallar respuesta… Durante toda la noche renovaron sus inútiles tentativas, unas veces gritando y otras silbando para ser oídos por el ausente; y sólo cuando la luz del alba les permitió descubrir las huellas de la caída, comprendieron que toda esperanza era vana. Núñez había resbalado en el declive de la vertiente patinando durante una extensión enorme y oblicua, en la cual el peso de su cuerpo imprimió un hondo surco y suscitó un alud.

La estela iba a perderse en una sima tras la cual la vista ya no podía distinguir nada; y en el fondo, después de largo y fatigoso escrutar a causa de las reverberaciones, creyeron entrever, indeterminadas por la bruma, las copas de unos árboles emergiendo de una caída angosta: el país de los ciegos. Mas como ignoraban la proximidad y aun casi la existencia de esta comarca legendaria, apenas se fijaron en aquel accidente del paisaje y, decepcionados por el revés, renunciaron el mismo día a la ascensión.

Pointer hubo de regresar a su patria sin acometer nuevas empresas; todavía hoy el Parascotopetl yergue hasta el cielo su cabeza inconquistada, y la choza edificada por los exploradores debió desaparecer bajo las nieves sin que jamás ningún otro hombre volviese a refugiarse en ella. Y, sin embargo, el guía que todos dieran por muerto, sobrevivió al resbalar, se sintió caer envuelto en torbellinos de nieve por un plano inclinado de más de mil pies hasta el borde de un precipicio, desde el cual volvió a rodar por otra pendiente, aturdido y casi insensible; y de caída en caída llegó al cabo a un lugar donde su cuerpo se detuvo, adolorido pero milagrosamente ileso, envuelto en la bola de nieve que lo habla acompañado y salvado convirtiéndose en su vehículo. Cuando recobró el conocimiento, tuvo la ilusión de estar enfermo, acostado en su cama; pero pronto su larga experiencia de alpinista le impuso, aunque confusamente, la realidad.

Poco a poco, para reponerse se fue librando de su tutelar envoltura y vio en lo alto rutilar las estrellas. Durante mucho tiempo quedó inmóvil, preguntándose en qué región apartada de la tierra se hallaba; luego continuó sus investigaciones, y palpándose los miembros comprobó que su chaqueta, algunos de cuyos botones hablan saltado en la violencia de la calda, habíasele arrollado al cuello envolviéndole casi la cabeza. El bolsillo donde guardaba la navaja estaba vacío y también había perdido el pico y el sombrero, a pesar, de llevarlo atado con un barboquejo. Esta última circunstancia le recordó que en el momento de resbalar estaba sacando pedazos de roca para construir el techo de la cabaña. Sólo entonces dióse exacta cuenta de su caída; y alzando la cabeza miró, bajo el pálido calor de la luna naciente, que amplificaba las distancias, parte del largo camino recorrido. Sus ojos extáticos contemplaron la inmensa y blanca montaña que de instante en instante, según avanzaba la luna hacia el cenit, destacaba en las tinieblas su masa formidable; y la belleza fantástica y misteriosa del paisaje y el recuerdo y la soledad y la desesperanza, le oprimieron tanto el corazón que un acceso convulso de sollozos y de risa se apoderó de él.

Largo rato permaneció así. Después, se dio cuenta de que su cuerpo había llegado hasta el límite de las nieves; y más abajo, al término de un suave declive practicable, percibió espacios obscuros que debían ser herbosas superficies. A pesar de tener dolorido el cuerpo y anquilosadas las articulaciones, hizo el esfuerzo de incorporarse trabajosamente, y dejándose deslizar llegó hasta el lecho vegetal; luego de sacar de su chaleco interior la cantimplora de agua y vaciarla de un trago, se acostó de nuevo y cayó casi enseguida en un sueño profundo.

El canto de los pájaros en la arboleda lo despertó muchas horas después, y trató de orientarse: encontrábase sobre una meseta triangular al pie de un vasto precipicio abierto en la última vertiente que había recorrido en su caída; ante él, una mole rocosa surcada por desfiladeros elevábase a gran altura de este a oeste; los rayos del sol doraban esa mole en toda su extensión. Del lado libre abríase un precipicio igualmente abrupto, pero, fijándose bien, Núñez descubrió entre las junturas de la roca una especie de túnel cubierto de nieve a medio deshelar, por el cual, arriesgándose a todo, emprendió el camino. El descenso fue menos difícil de lo que supuso v pronto se halló en otra segunda meseta, desde la cual, tras una corta ascensión, nada peligrosa, pudo llegar a una rápida pendiente cubierta de arbolado. Desde allí vio que todos los desfiladeros desembocaban en anchas y verdes praderas, en cuyo fondo distinguió claramente un caserío de extraña forma.

Muy poco a poco, pues su avance, dada la fatiga y las anfractuosidades del terreno, era lento, siguió avanzando, mas antes de llegar a la planicie el sol se ocultó, cesaron los cantos de los pájaros y el aire sopló ruidoso y frío por la pétrea garganta. Desde la gélida obscuridad, el valle parecía, a lo lejos, más luminoso con su ondulada fragancia y su grupo de viviendas; unos pasos después, el terreno aceleraba su descenso en empinados declives, y entre las hendiduras de las rocas, Núñez, buen observador, vio una gramínea para él desconocida.

Impulsado por el hambre, arrancó varias hojas y se puso a masticarlas con avidez. Seria ya mediodía cuando, reconfortado algo con el jugo de la planta y con la esperanza, encontróse al fin en el límite del desfiladero y pudo dilatar su vista por la llanura inundada de sol. Y como si de casi pronto todo, los dolores y las fatigas de su carne, suspensos en la zozobra, resurgiesen en el instante de salvación, sintió la necesidad de llenar en un manantial su cantimplora vacía y de acostarse un rato a reposar punto a un árbol, antes de dirigirse hacia las casas. Aquellas casas tenían un aspecto muy extraño, y a medida que Núñez observaba, dábase cuenta de que no eran las casas sólo, sino el valle entero lo que tenía un aire insólito. Todo él estaba dividido en parcelas lozanas, recamadas de flores y regadas con un cuidado que denotaba un método estricto. A media pendiente, rodeando el valle, erguíase un murallón, del que partía un canal, subdividido al llegar al llano en numerosas acequias. Más lejos, rebaños de llamas pastaban pacíficamente y, de tramo en tramo de la muralla, veíanse tejadizos que debían servir de refugio a los animales. Las acequias convergían en el centro del valle, para formar un canal más ancho orillado por barandales de piedra casi tan altos como un hombre; y tanto estos canales como los numerosos caminos de piedras blancas y negras y estrechas aceras muy cuidadas, daban en su entrecruzamiento geométrico un carácter extraordinariamente urbanizado al vallecito.

Las viviendas en nada recordaban las desordenadas aglomeraciones andinas familiares a Núñez: en fila a ambos lados de la calle central, limpia como un espejo, sorprendían por la total ausencia de ventanas y por la falta de armonía entre sus colores. Ya desde más cerca, pudo ver Núñez que estaban enjalbegadas con una especie de cal a veces gris, castaño y hasta de color pizarra y negro. Y ante esta ornamentación fantástica, acudió por primera vez la palabra ciego al pensamiento del extraviado, que se dijo:

—El pobre albañil que revoca aquí las fachadas debe ser más ciego que un topo. Descendió por el último repecho abrupto y se detuvo a cierta distancia de la muralla que circula la ciudadela, cerca del sitio donde las acequias desaguaban el sobrante de su caudal en una cascada trémula y espumosa que iba a perderse en las profundidades. Desde allí distingue en un sitio apartado del valle un grupo de hombres y mujeres que parecían dormir la siesta al amparo de altos haces de heno; a la entrada del pueblecillo algunos niños yacían también acostados sobre el césped; y no lejos del sitio desde donde Núñez los observaba, tres hombres cargados con cubos pendientes de una especie de yugo sujeto a los hombros, seguían un sendero que iba hasta el caserío.

Estos hombres iban vestidos de piel de llama, con botas y cinturones de cuero, y tocados con gorras de tela burda que les cubría la nuca y las orejas. Marchaban uno tras otro, despacio, bostezando, como si hubieran dormido poco; y producía su aspecto una sensación tan tranquilizadora de prosperidad y hombría de bien que, después de un instante de duda, Núñez, irguiéndose para ser mejor visto, reunió sus fuerzas y lanzó un grito que el eco multiplicó en las sinuosidades del valle. Los tres hombres se detuvieron, moviendo en gesto unánime las cabezas, como si quisieran ver en torno, mas sin detener la atención en el lugar en que Núñez gesticulaba anhelosamente. A pesar de la viveza de su mímica, no parecían verlo, pues mirando hacia las montañas le respondieron con tales gritos, que Núñez, sin dejar de llamarlos a su vez y de multiplicar sus ademanes, sintió que por segunda vez la palabra ciego acudía a su mente.

—Esos idiotas no deben ver —pensó. Y cuando, después de nuevas voces y una crisis de irritación, traspuso el canal por un puentecillo que daba a una puerta abierta en la muralla y se acercó a los tres hombres, comprobó que, en efecto, no veían. Entonces tuvo la certidumbre súbita de haber llegado al país legendario de los ciegos. Y junto con esta convicción penetró en su alma una irreflexiva alegría: la alegría del aventurero que se siente al principio de una nueva aventura. Aun cuando no podían verlo aproximarse, los tres hombres tendieron hacia él las cabezas, como si percibieran desde lejos el ruido de los pasos desconocidos, y se juntaron medrosamente.

Núñez contempló sus párpados espesos, cerrados casi, tras los cuales no debía existir ya el globo ocular, y pudo ver la inquietud pintarse en sus rostros.

— ¡Un hombre! … Es un hombre o un espíritu que desciende por el roquedo —dijo uno de ellos en castellano arcaico.

Núñez avanzaba a pasos confiados, como el hombre mozo seguro de sus fuerzas avanza por la vida. Todas las narraciones dispersas relativas al sepultado valle y al país de los ciegos, concentrábanse en su memoria, y como síntesis jovial acudió a sus labios el refrán: «En tierra de ciegos el tuerto es rey». Al llegar junto al grupo saludó con gran cortesía.

— ¿De dónde viene, hermano Pedro? —preguntó uno de los ciegos a otro.

—Del lado de allá de las montañas —respondió Núñez—; de las comarcas distantes donde todos los hombres ven… Vengo de Bogotá, ciudad que tiene miles y miles de habitantes; y he cruzado los altos montes que no os dejan ver el mundo.

— ¿Que es eso de ver?—murmuró Pedro—. ¿Qué quiere decir ver?

—Viene de las rocas —dijo el ciego que había interpelado a Pedro.

Estaba Núñez fijándose en la diversidad curiosa de las costuras que unían las pieles, cuando los tres ciegos tendieron hacia él las manos con un simultáneo ademán que, lo hizo retroceder inquieto ante los dedos ávidos.

—Deténgase —ordenó el ciego que no había aun hablado, avanzando hacia él y sujetándolo para palparle lentamente por todas partes, en silencio.

— ¡Cuidado! —dijo Núñez al sentir los dedos apoyarse duramente en uno de sus ojos. Sin duda este órgano, con sus párpados movibles, debió parecerles algo anormal, pues lo tocaron de nuevo atentamente, y el llamado Pedro comentó:

—Extraña criatura; fijaos en que tiene el cabello áspero como pelo de llama.

—Conserva aún la rudeza de las rocas de donde sale; pero quién sabe si se afinará después —respondió el segundo ciego, palpando con mano suave y viscosa que se adaptaba a las menores arrugas, la barbilla sin rasurar de Núñez, quien trataba en vano de esquivar los dedos tenaces.

— ¡Cuidado! —volvió a decir.

— ¡Y habla! Sin duda es un hombre.

—Sí —murmuró Pedro, luego de examinar la tela de la chaqueta; y volviéndose solemnemente a Núñez—: ¡Acabas de entrar en el mundo!

—De salir de él —rectificó el guía—. De este lado de los nevados picos se está fuera de la verdadera tierra y casi a medio camino del sol… Del otro lado es donde está el vasto mundo que va hasta el océano después de doce días de marcha. Los ciegos apenas escuchaban.

—Nuestros padres nos enseñaron que el hombre puede también ser creado por las fuerzas de la naturaleza —continuó el ciego más viejo—, por el calor, la humedad y aun por la podredumbre.

—Llevémoslo a donde están los ancianos —propuso Pedro.

—Gritemos primero —dijo el segundo ciego—, no Vayan los niños a asustarse. ¡Es un acontecimiento tan extraño!

Los tres ciegos comenzaron a gritar y, enseguida Pedro le cogió de la mano y abrió la marcha hacia el pueblecillo; Núñez, rechazando el ademán tutelar, indicó.

—No hace falta que me lleven: veo perfectamente.

— ¿Qué ves? …

—Si, veo todo cuanto me rodea —repuso, chocando sin querer al moverse con uno de los cubos que llevaban a hombros.

—Sus sentidos son todavía rudimentarios —dijo entonces el ciego más joven en tono de disculpa—. Fijaos como tropieza y dice palabras faltas de sentido. Vuélvalo a coger de la mano, Pedro.

—Como queráis —respondió Núñez sonriente, dejándose llevar convencido ya de que carecían hasta de la menor noción del supremo sentido de la vista. Y no deseando perder nada de la aventura, se dijo: «¡Bah!, cuando llegue la hora ya les explicaré».

Oyó voces y vio que la gente se agolpaba en la calle principal. A medida que se acercaba, el pueblecillo le parecía más importante y las fachadas de las casas se precisaban en toda su arbitrariedad decorativa. El primer contacto con los habitantes del país de los ciegos puso sus nervios y su paciencia a prueba. Una multitud de hombres y mujeres lo rodeó, palpándole con manos suaves y curiosas, oliéndolo, escuchando y repitiendo cada una de sus frases. Observó con placer que, a pesar de sus ojos muertos, la mayor parte de las mujeres tenían rostros agraciados. Los niños y las muchachas, amedrentados quizás, no osaban acercarse; y aun cuando él procuraba dulcificar su voz, no podía igualar las inflexiones cantarinas de los ciegos. Bien pronto el roce de tantas manos se le hizo intolerable. Sus tres guías permanecían junto a él como propietarios conscientes de la responsabilidad de exhibir un ser raro, y repetían cada vez que un nuevo ciego se aproximaba.

—Es un hombre salvaje que viene de las rocas.

—De Bogotá —dijo Núñez—; del otro lado de las montañas.

—Un hombre salvaje que dice palabras vacías —explicó Pedro—. ¿No lo oyen? «¡Bogotá!…» Su inteligencia no está aún formada y sólo posee rudimentos del lenguaje.

Un niño travieso lo pellizcó en una mano y dijo burlón. — ¡Bogotá! ¡Bogotá!

—Sí, Bogotá. Una ciudad inmensa en comparación a vuestra aldea… Vengo del vasto mundo de los hombres que tienen ojos y ven.

—Se llama Bogotá —repetían algunos en el grupo.

—Ha tropezado dos veces mientras veníamos.

—Llevémosle a que lo escuchen los ancianos. Y súbitamente lo empujaron hacia una puerta que daba entrada a una estancia totalmente oscura, en cuyo fondo brillaba débilmente un hornillo. La multitud agolpóse detrás de él, obstruyendo por completo la puerta; y antes que pudiera detenerse, Núñez tropezó con las piernas de un hombre que debía estar sentado, y sus brazos, al adelantarse en el movimiento instintivo de proteger el cuerpo en la caída, fueron a golpear un rostro en la sombra. Una interjección de cólera siguió al choque, y durante un momento trató de desasirse de las numerosas manos que lo aprisionaban. El combate era desigual y, comprendiéndolo, el viajero permaneció quieto y explicó: —Es que me he caído; como no se ve nada.

Sus palabras se desvanecieron en el silencio como si todos los seres invisibles en torno suyo se esforzaran en comprenderle. La voz de su conocido Pedro fue la primera en elevarse.

—Está aún tan tierno que tropieza al andar y mezcla a cuanto dice sílabas sin sentido. Y otras voces dijeron también cosas que no entendió completamente. Al fin, en un intervalo del diálogo, preguntó:

— ¿Puedo levantarme? os prometo no haceros mal. Después de una corta deliberación le consintieron levantarse. La voz de uno de los viejos inició un interrogatorio, y en poco tiempo Núñez expuso a los ancianos del país de los ciegos, sentados en la sombra, las maravillas del inmenso mundo: el cielo, las montañas, las flores… Mas ellos no quisieron aceptar ninguna de sus verdades, rechazándolas con obstinada incredulidad, que empezó a exasperar al guía. Ni siquiera comprendieron el sentido de gran número de sus palabras: separados por catorce generaciones del universo visible, cuantos vocablos tenían relación con el sentido abolido en ellos, hablan desaparecido de su léxico; y los recuerdos de la vida externa habíanse atenuado hasta convertirse primero en consejas infantiles y desaparecer al fin. El interés de aquellas gentes concluía en el cinturón de montañas que aprisionaba el valle; y los dos ciegos geniales nacidos en los primeros siglos de su aislamiento, comprendiendo que los vestigios de creencias y tradiciones heredadas de los primitivos colonos sembraban la duda y la incertidumbre en los espíritus, las reemplazaron con explicaciones que aunque ilusorias eran, sin embargo, más exactas para sus posibilidades de relacionarse con el mundo. Toda la parte de su poder imaginativo habíase atrofiado con la pérdida de los ojos y, en cambio, nuevos dones adaptados a su oído y a su tacto habían surgido en ellos.

Lentamente, comprendió Núñez que era necio esperar que su origen y la superioridad indudable de ver, le granjearan respeto y estimación. Al ver rechazar sus tentativas de demostrar que veía, como si fueran balbuceos torpes de un ser recién nacido, se resignó; y mitad triste, mitad irónico, dispúsose a escuchar la lección de los ciegos sin rebatirla. El más anciano explanó una teoría de la vida, de la filosofía y de la religión, según la cual el mundo, es decir el valle, sepulto en el anillo de las montañas, no fue en su génesis sino un hueco vacío entre las rocas, que comenzó a poblarse tras lenta gestación, primero de seres desprovistos de vida sensorial y luego de llamas y otras diversas criaturas poco inteligentes; hasta que más tarde los hombres y después los ángeles —cuyos cantos y alado paso percibían sin poder alcanzarlos jamás—aparecieron. Este último detalle intrigó vivamente a Núñez, y tardó mucho en comprender que el anciano se refería a los pájaros.

El sabio ciego le enseñó también que el tiempo se dividía en dos grandes porciones: el calor y el frío —equivalentes, según él coligió, al día y a la noche—; y que se debía reposar durante el calor y trabajar durante el frío, de tal modo que, de no haber él surgido inopinadamente, toda la población dormiría en aquel momento, mientras el sol flameaba esplendoroso en la altura. Finalmente, demostró que Núñez había sido creado para adquirir la sabiduría y observar sus reglas, por lo cual, a pesar de su incoherencia ideológica y su andar inseguro, debía no desmayar y tratar de instruirse cuanto antes… Al oír estas palabras, subió de la multitud, que había permanecido silenciosa, un murmullo de simpatía.

Entonces el viejo declaró que ya estaba muy entrado el calor, y que convenía a todos retirarse a dormir; luego, preguntó a Núñez si sabía dormir. Éste le respondió que si estaba iniciado en tan reparador misterio, pero que antes necesitaba comer algo. Trajéronle leche de llama en un cuenco y pan muy salado, y lo condujeron a un lugar fuera del caserío en donde pudiera comer y dormir solo, hasta que el frío, cayendo con la noche de las montañas, despertara a todos los habitantes del país de los ciegos para empezar la invertida de trabajo. Pero Núñez no pudo dormir: sentado en el mismo sitio donde lo dejaron, se puso, mientras reposaban sus miembros tronchados de fatiga, a meditar en las imprevistas circunstancias de su llegada; y tan pronto una sonrisa burlona entreabría sus labios como una arruga de contrariedad fruncía su ceño.

— ¿De modo que inteligencia informe y sentidos sin afinar? —se decía—. ¡No saben que han insultado al rey y al dominador que el cielo les manda! … Va a ser preciso recabar con un triunfo indiscutible la soberanía… Reflexionemos, reflexionemos…

Y cuando se puso el sol y empezó a removerse la vida la aldea, reflexionaba aún.

Núñez era sensible a la belleza de las cosas, y el reflejo de la luz en las pendientes nevadas y en los audaces picos de hielo que rodeaban el valle atraía su mirar como un espectáculo jamás contemplado.

Sus ojos iban, ya a las inaccesibles cumbres, ya al pueblecito y a las florestas circundantes, rápidamente desvanecidas en la penumbra crepuscular. Y de pronto, al totalizarse las sombras, una emoción férvida penetró en su ser y desde el fondo de su corazón dio gracias al creador, por haberle conservado el don de la vista. Una voz empezó a llamarle desde el limite del pueblecillo:

— ¡Eh, eh, Bogotá!.. . ¡Acérquese!

Al oírla, Núñez se levantó con burlona sonrisa. De una vez iba a enseñar a los ciegos la utilidad que los ojos reportan al hombre. Le bastaba esconderse para que no dieran con él.

— ¿Por qué no se mueve, Bogotá? —insistió la voz. Riendo en silencio, Núñez anduvo cuatro o cinco pasos de puntillas, y enseguida la voz le advirtió en tono acre:

— ¡Bogotá, está prohibido andar sobre la hierba! Ni siquiera él mismo había oído sus propios pasos; así que se detuvo de repente, asustado; y como el ciego que, lo interpelaba llegaba ya por el camino adonde también él había vuelto, le dijo: —Aquí estoy.

— ¿Por qué no vino cuando le llamé? —reconvino el ciego—. ¿Va a ser necesario llevarlo siempre como a un niño? ¿Es que no puede oír el camino cuando anda? Núñez repuso echándose a reír.

—Puedo verlo.

—Ver, ver… Esa no significa nada. Déjese de tonterías y siga el ruido de mis pasos.

Núñez obedeció contrariado, diciéndose: «Ya llegará mi hora.»

—Poco a poco se corregirá usted —dijo el ciego con benevolencia—. Tiene aún mucho que aprender en el mundo.

— ¿Es que nunca ha oído decir —le preguntó Núñez—que en tierra de ciegos el tuerto es rey?

— ¿Qué es eso de ciego? —preguntó el otro encogiéndose de hombros, con tal tono de tremenda ignorancia, que a Núñez le dio frío.

Cuatro días transcurrieron así, y todavía al alborear el quinto el titulado rey de los ciegos permanecía torpe e inútil entre sus súbditos. Ya se había convencido de que no era tarea fácil imponer su dominio; y mientras urdía un golpe de Estado para adueñarse del poder, iba sensiblemente habituándose a recibir y cumplir las órdenes de todos y adaptándose a sus costumbres. Como para él trabajar durante la noche y dormir de día era un sistema harto incómodo, decidió que en cuanto estuviese en el trono ese cambio constituiría su primer acto de gobierno.

Los «súbditos dominadores» vivían una existencia laboriosa y sencilla, desarrollando cuantos elementos de dicha y virtud están al alcance del hombre. Trabajaban, pero sin dar al trabajo carácter opresivo; poseían vestiduras y alimentos bastantes a satisfacer sus necesidades, dividían el tiempo en jornadas alternativas de labor y reposo, distraían los ocios con la conversación y el canto, no ignoraban los tiernos deleites del amor, y atendían al desenvolvimiento mental y físico de sus hijos.

Era maravilloso ver la confianza, la precisión con que todos seguían las normas establecidas; cada cosa se adaptaba en el valle a la idiosincrasia de aquella variedad humana que siendo secular era para Núñez tan nueva: los caminos que surcaban la planicie iban en continuo zig—zag y se diferenciaban por hendiduras de diversas formas abiertas en las aceras que los orillaban; los obstáculos e irregularidades de senderos y prados habían sido suprimidos desde hacía mucho tiempo, y los sentidos, agudizados con el uso impuesto por la carencia de la vista, permitíales a una docena de pasos no sólo oír, sino hasta colegir los gestos. Las inflexiones de la voz habían reemplazado a las expresiones de la fisonomía, y la sensibilidad infinita del tacto acrecentaba sus facultades. Manejaban la azada, la pala y demás instrumentos de labranza con soltura de expertos jardineros; y su olfato, prodigiosamente sutil, discernía las diferencias de olores relativos a personas y a cosas como puede distinguirlos un buen alano.

Pastoreaban con mucha pericia los rebaños de llamas que bajaban de las rocas durante la noche en busca de pastos y abrigo. Cuando Núñez decidió reivindicar su puesto de ser superior fue cuando se dio cabal cuenta del eficaz orden que presidía hasta las menores acciones de los ciegos. Antes de realizar tentativa alguna de violencia trató de persuadirlos renovando muchas veces sus fallidos intentos de hacerles comprender el sentido maravilloso y profundo de la palabra vista; y, les decía:

—Hay una cosa en mí que ustedes no pueden comprender. Pero no le prestaban oído. En varias ocasiones algunos parecieron interesarse por sus protestas, mas solo con efímera atención, cual si se tratara de un sueño pintoresco. Sentados, con la cabeza inclinada y vueltos hacia él para oírle mejor, atendían; y él entonces se esforzaba en rasgar las inteligencias tenebrosas con un rayo de luz. Durante una de estas tentativas reparó en una muchacha cuyos párpados, menos rojos, espesos y cóncavos que los de los otros, daban la ilusión de que hubiese bajo ellos ojos capaces aún de despertar del eterno letargo; y a ella le dedicaba sus mejores descripciones y argumentos, con la esperanza de convencerla antes. Hablábale de las infinitas bellezas sólo perceptibles merced a la vista, del espectáculo de las montañas, de los esplendores del cielo, de las fiestas fastuosas de colores que el sol realiza al nacer y al ponerse. Y los ciegos lo escuchaban con incredulidad divertida, que iba poco a poco trocándose en desaprobación. Enseguida cualesquiera de ellos, apoyado por todos, le explicaba que en realidad no existían esas cosas llamadas por él montañas, y que los bordes del enorme embudo de rocas donde iban las llamas a correr, marcaban el límite del mundo, pues desde allí se elevaba una especie de tapadera inmensa, techo del orbe, de donde caían el rocío y la lluvia.

Cuando Núñez sostenía exaltado que el universo era infinito, y que ellos no tenían sino una mezquina idea de él, los ciegos ponían caras tristes o irritadas, diciéndole que procurase apartar de sí esas ideas perversas. El cielo, las nubes y los astros descritos por Núñez, parecíanles incomprensible y espantoso vacío: toda su cosmología estribaba en la pequeñez de un mundo cerrado y pulido, según percibíalo su tacto.

Núñez se dio cuenta de que continuar las discusiones lo exponía a chocar con ellos, y renunció a explicarles la utilidad abstracta y estética de la vista, limitándose de vez en cuando a insistir acerca de las ventajas prácticas. Una mañana vio a Pedro venir hacia el poblado por el sendero número XVII, y antes de que estuviera lo bastante cerca para que el oído y el olfato de los demás pudieran percibirlo, profetizó:

—Dentro de algunos minutos Pedro estará aquí.

Uno de los viejos le reconvino asegurando que nada tenía que hacer Pedro a aquella hora en el término de la vereda número XVII, y en efecto, como si Pedro quisiera desconcertar su vista y dar la razón al anciano, torció por una de las sendas laterales y, alejándose por la vereda número X, dirigióse al muro de la ciudadela.

Fatigados de esperar la realización del vaticinio, los ciegos se burlaron de Núñez, quien para justificarse trató de interrogar a Pedro después, públicamente. Pero éste lo desmintió enfurruñado, y desde ese día le fue hostil. Tras muchas súplicas obtuvo de los ciegos el ser sometido a otra prueba: partió en compañía de uno de ellos a situarse sobre una eminencia del prado no lejos de la muralla, desde donde prometió descubrir lo que ocurriera en el caserío. Sin trabajo alguno pudo detallar cuántas evoluciones realizaron a la intemperie; mas como los hechos de trascendencia para ellos ocurrían en el obscuro interior de sus casas, obstináronse en que Núñez describiera gestos y hechos para él invisibles, y hubo de callar decepcionado, despechado, colérico…

Sólo después de esta abortada tentativa y de recibir los sarcasmos de todos, tomó Núñez el partido de la violencia y decidió armarse de una estaca y derribar en un dos por tres a los más discutidores, para convencerles de la ventaja de tener ojos. Pero en el momento de coger el palo descubrió en el fondo de su ser un sentimiento nuevo de hidalga ternura: le era imposible maltratar a un ciego a mansalva. Tuvo entonces un instante de duda, y con espanto advirtió que todos los ciegos estaban prevenidos, como si hubiesen visto su ademán: con las cabezas inclinadas y los puños crispados parecían esperarle, y uno de ellos le ordenó brevemente:

— ¡Deje ese leño! Núñez sintió un horror indecible debilitarle hasta la medula, y casi fascinado estuvo a punto de obedecer; mas, reaccionando de súbito, empujó violentamente al ciego más cercano y salió corriendo enloquecido hasta trasponer la muralla… Corrió, corrió a través de las afelpadas praderas, y al fin lo detuvo la fatiga y se desplomó al borde de un camino presa de esa excitación que se apodera de los hombres al principio de todo combate. Con lucidez instantánea comprendió que para no ser en lo futuro un esclavo, le era forzoso pelear, demostrar su fuerza; mas aumentando su perplejidad ocurríasele que ni siquiera era posible reír con gentes cuya base mental era tan diferente a la suya… En la lejanía aparecieron varios ciegos armados de garrotes, y bien pronto dejaron atrás las últimas casas, desplegándose en una fila envolvente por todos los senderos que llevaban a donde estaba el fugitivo. Avanzaban despacio, interpelándose con frecuencia y haciendo a cada rato simultáneas paradas para olfatear, como si rastreasen una pista. Al ver sus gestos, Núñez no pudo contener la risa; pero poco a poco la carcajada fue trocándose en preocupación. Uno de los ciegos descubrió su rastro en la hierba, agachándose para olerla mejor, marchó hacia él. Núñez observó durante cinco minutos el lento despliegue de aquel cordón humano que iba a poco a poco sitiándole, y su vago deseo de intentar la prueba decisiva convirtióse en frenesí perentorio.

Se puso pie y fue a pasos felinos hasta el muro; después anduvo cauteloso el camino y halló a todos los ciegos inmóviles, en acecho. Entonces, se detuvo, y durante un largo minuto de ansiedad, apretó con fuerza el leño homicida. ¿Iba a acometer? La sangre golpeaba rítmicamente sus sienes parecía acomodarse al tono de estas palabras que acudían de nuevo a su imaginación: «En tierra de ciegos, el tuerto es rey… Lanzó una mirada detrás de sí, convenciéndose de que era imposible rehuir el acoso y un surco vertical ahondó su frente. ¿Iba a acometer? Una nueva fila de ciegos más lejana y vasta cubría a la primera saliendo del caserío.¡No habla o remedio! … Y recogiendo el cuerpo para tomar pulso, replegada la cabeza y crispadas las manos, apercibió al ataque. Una voz detuvo su ímpetu: .

—Bogotá —llamó uno de los ciegos—. ¿Qué hace usted? … Entréguese. Núñez oprimió con más fuerza su arma y avanzó algunos pasos. Inmediatamente todos los ciegos convergieron hacia él. — ¡Al que me toque —juró—lo desnuco! … ¡Loco sin piedad!

Sin embargo, pasado un instante, juzgó útil parlamentar y dijo:

—Oíd… ¡Es necesario que me dejéis hacer lo que me venga en gana! … ¿Sabéis? Quiero proceder a mi antojo y pasearme por donde quiera sin que nadie se meta conmigo. Al oír su voz, los ciegos, sin responderle, adelantaron con los brazos tendidos, a pasos rápidos, como si se tratara de un juego a la vez terrible y paradójico en el que los faltos de vista cazaran al dotado de ella.

— ¡Cogedle! —mandó uno. Núñez se encontró cercado del todo y gritó con voz que en vano quería mostrar imperio:

— ¿Pero no comprendéis que vosotros sois ciegos y, yo veo y puedo trituraros? … ¡Dejadme en paz!

—Bogotá, suelta ese leño y no andes sobre el césped —le respondió uno de los viejos, imperturbable. Esta orden a la que el tono familiar añadía algo burlesco, desencadenó en Núñez la ira:

— ¡Voy a descrismaros! —dijo, sollozando de emoción—. ¡No me obliguéis a romperos el alma!

No sabiendo en qué sentido huir, echó a correr al acaso, sin lograr sobreponerse a la repugnancia de golpear a los ciegos. Decidido no obstante, a escapar, bajó la cabeza y en carrera brusca dirigióse hacia el espacio más ancho entre dos de sus perseguidores; pero instantáneamente la fila de ciegos estrechóse para cerrarle el paso; y viendo que iba a ser cogido, alzó el arma y dejándola caer sobre uno, que recibiendo el golpe en los brazos dio de bruces en tierra, siguió su carrera… ¡Había escapado! Pero había escapado sólo a la primera fila de enemigos: otra hilera de ciegos armados de cayadas y aperos de labranza desplegábase ya con metódica rapidez para cortarle la retirada, y por si esto fuera poco sintió que uno de los más ágiles y fornidos le iba al alcance. Entonces, perdió todo escrúpulo, y de un colérico mandoble derribó al nuevo antagonista, y huyó otra vez, exasperado, loco, sin rumbo, esforzándose en ver a la vez todos los peligros, hasta que en una de esas vueltas tropezó y cayó sobre la hierba. Los ciegos oyeron su caída.

Una de las puertas del muro ofreciósele a lo lejos como entrada de un cielo de salvación y, levantándose, enderezó hacia ella su carrera. Escaló un puente, gateó por las escarpadas rocas espantando a una llama que se alejó a saltos fantásticos, y al fin, sin aliento, pero libre, se dejó caer en tierra. Así terminó su tentativa de golpe de Estado. Durante dos días y dos noches estuvo sin aliento y sin abrigo fuera del murado recinto; y en la inquieta soledad meditó mucho sobre las sorpresas de su aventura. Durante el curso de estos soliloquios repetíase con frecuencia y cada vez en un tono de burla más amargo, el proverbio ilusorio cuyo recuerdo le hiciera sonreír el primer día orgullosamente: «En tierra de ciegos, el tuerto es rey». Reflexionaba sobre todo en la dificultad de hallar medios para combatir y someter a sus opresores, y poco a poco iba viendo que no disponía de ninguno practicable, pues carecía de armas y estaba en la imposibilidad de fabricárselas por sí mismo. Además, los escrúpulos morales volvían poco a poco, cual pájaros asustados, al nido de su mente: ¡No, no podía resolverse a asesinar a seres marcados por el infortunio! La plaga de la civilización le habla contaminado…A no ser por esto —pensaba—y por la falta de armas, acaso el problema no fuera irresoluble: bastaba asesinar a tres o cuatro para dictar condiciones a los otros, bajo la amenaza de una carnicería sistemática e impune; pero como también de matar se fatiga el hombre, y al cabo sería vencido por el sueño … Exploró el bosque de abetos en busca de algún fruto y de abrigo contra las heladas nocturnas; trató, sin lograrlo, de atrapar una llama para matarla contra algún saliente de roca y comerla, pero dijérase que también las llamas desconfiaban de él, pues parecían espiarlo desde lejos con sus ojos femeniles, prontas a huir lanzando estornudos, en cuanto intentaba acercarse.

Al fin, tomó el partido de regresar al valle para discutir los términos de su capitulación. Bordeó el canal con muchas precauciones, y a sus llamadas dos ciegos acudieron a una de las puertas del muro.

— ¡Estaba loco! —les dijo Núñez humildemente—. Como hace tan poco que he llegado…

Los ciegos declararon que aquel tono de mansedumbre era el mejor para reanudar las amistades, y Núñez aseguró que la cordura había vuelto a su espíritu y que estaba arrepentido de las anteriores violencias. Una súbita crisis de lágrimas, que lo debilitó aun más, redujo los últimos recelos de los dos emisarios, quienes le preguntaron si volvía ya curado de aquella pretensión monomaniaca de ver.

—Sí —dijo él—. Era una insensatez… La palabra ver no significa nada… ¡Menos que nada!

— ¿Qué hay sobre nuestras cabezas? —preguntó uno de los ciegos para probarle.

Y Núñez dijo:

—Próximamente a la altura de cien hombres hay un techo: el techo del mundo… hecho de rocas muy pálidas y muy suaves… ¡tan suaves! …

Nuevos sollozos convulsivos lo sacudieron, y en un susurro suplicó:

—Antes de seguir preguntándome, dadme algo de comer… ¡Estoy desfallecido! … ¡No puedo más!

Sin duda su mísero estado movió a los ciegos a clemencia; en vez de los castigos crueles que temía, sólo le dieron algunos latigazos, considerando la rebelión como otra prueba de su idiotez y su inferioridad general. En cambio, le distribuyeron los trabajos más sencillos y rudos, de tal modo que al terminar cada jornada apenas tenía tiempo de acariciar la esperanza de salir algún día de su resignada servidumbre. Poco después cayó enfermo, y lo cuidaron con solicitud; a pesar de ello, la forzosa permanencia en el lecho, sin luz alguna, hízole más triste la enfermedad. Un filósofo ciego vino a sermonear junto a su cabecera, recriminándole la pasada locura y reprochándole, sobre todo, con acento tan conmovido las dudas acerca de la tapa que protegía la gigantesca marmita, imagen total para ellos de su mundo, que Núñez concluyó por preguntarse si su claro recuerdo del cielo era realidad o producto de una alucinación.

Fue así como Núñez convirtióse en un ciudadano más del país de los ciegos. Poco a poco los habitantes del valle dejaron de constituir un grupo impersonal y adquirieron caracteres individuales, con los cuales se fue familiarizando, mientras esfumábanse las remembranzas del mundo que se expandía del otro lado de los montes. Distinguió entre todos a Jacob, su dueño, viejo bondadoso cuando no se le contrariaba; a Pedro, sobrino de éste y su más antiguo conocido, y a la más joven de sus hijas, Medina, una muchacha poco apreciada por los demás ciegos a causa de que su rostro, vigorosamente delineado, no tenía aquel aire achatado y fofo considerado por los habitantes del valle como el ideal de la belleza femenina. Desde el comienzo, Núñez la juzgó simpática y no tardó en considerarla el ser más perfecto de la creación. Medina se diferenciaba de los otros en que sus párpados no eran cóncavos ni rojizos, consintiendo a Núñez la ilusión de verlos abrirse alguna vez; además, tenia largas pestañas, detalle reputado por todos como grave deformidad, y su voz —tan acariciadora para él—no satisfacía, sin duda, la exigencia auditiva de los ciegos, por lo cual ninguno la cortejaba… Llegó un momento en que el desterrado se dijo a sí mismo que si lograba hacerse amar de la muchacha se resignaría a concluir su vida en el valle.

Durante muchos días espió las ocasiones de serle útil en menudos menesteres, y pronto tuvo la convicción de que notaba su preferencia. Una tarde, sentado junto a ella en una de las asambleas con que celebraban las fiestas, bajo la penumbra estelar, impelido por la insinuante dulzura de la música, su mano se atrevió a estrechar una mano que respondió con suave ternura a su presión; y otra, estando comiendo en la obscuridad, Medina rozó también su mano, y como el fuego del hornillo alzase por casualidad en aquel instante una llama, Núñez pudo ver retratada la pasión en la fisonomía dulce de la ciega. Esto lo decidió a confesarle su amor una noche en que, sentada junto a la puerta, hilaba un copo con tal lentitud meditativa, que parecía a la luz de la luna misteriosa una estatua de plata. Él se sentó a sus pies y le declaró su amor en palabras sencillas, exaltadas y sinceras, con voz acariciadora, en un tono a la vez apasionado y respetuoso que ella nunca había oído y que, turbándola deliciosamente, le impidió dar una respuesta inmediata.

Pero Núñez comprendió que sus palabras habían llegado al fondo de su alma y despertado ecos. A partir de ese día hablaban siempre al encontrarse y eran felices; y el valle convirtióse para él por virtud del amor en su Universo; y el mundo del otro lado de los montes, en donde vivían los hombres una vida de luz, llegó a parecerle una fábula cada vez más borrosa.

Tímidamente, después de muchos titubeos, se atrevió a hablar de la vista a su novia. La muchacha creyó sus palabras una nueva quimera del amor: sin rebatar ni intentar resolver el enigma, las aceptó como otra fantasía poética; y con indulgencia de enamorada cómplice, escuchó, por ser el amado quien las decía, las descripciones de los astros, de las montañas y la de su misma serena y pálida belleza.

Y Núñez imaginábase, ante el arrobado silencio, que Medina animaba y alumbraba en las negruras de su mente, las esplendorosas maravillas descritas por él. Poco a poco el enamorado adquirió confianza y su amor tornóse menos tímido, hasta el punto del proponerle pedirla en matrimonio a Jacob y al tribunal de ancianos que regía el valle; pero ella mostró gran sobresalto y le rogó aplazara la demanda. La primera en notar sus amores fue una de las hermanas de Medina, quien los delató a su padre. El proyecto de matrimonio encontró en principio una oposición general, no porque los ciegos tuviesen en gran estima a la muchacha, sino porque juzgaban a Núñez inferior al nivel mínimo de lucidez necesario a todo hombre. Las demás hermanas protestaron, arguyendo que el descrédito de semejante unión las alcanzaría; y el viejo Jacob, a pesar del afecto que había llegado a cobrar a su siervo a causa de su humildad y aun de su misma torpeza, movió la cabeza denegando.

Los mozos se irritaron ante la idea de aquel matrimonio como ante una presunta aberración; y uno de ellos excitóse tanto, que llegó a injuriar y a golpear a Núñez, quien le devolvió con creces los golpes, demostrando por primera vez que, aun en la penumbra, el don de la vista entrañaba una seria ventaja. Después de esta pelea, nadie volvió a levantarle la mano; pero todos se obstinaron en considerar imposible la boda.

El viejo Jacob, que la adoraba, enterneciese cuantas veces Medina venia a apoyar sobre su pecho la cabeza con callado pesar, y la consolaba diciéndole:

—Compréndelo bien, hija mía… Es un idiota…Padece alucinaciones y no sabe hacer nada a derechas.

—Lo sé, lo sé —murmuraba ella… —Pero ya no es como al principio; se nota que mejora y llegará a ponerse bien del todo; es fuerte, padre mío, y es también muy bueno… Más fuerte y más bueno que ninguno de aquí… Y me adora, papá… ¡Y yo también! … El pobre viejo, hondamente afligido por la desolación de su hija y por su creciente afecto hacia Núñez, fue al fin a interceder cerca del tribunal de ancianos; y sin atreverse abiertamente a defender la causa, halló medio de insinuar esta frase:

—Sin duda mejora, y es muy posible que un día llegue a estar tan sano como cualesquiera de nosotros. Poco tiempo después, uno de los ancianos más doctos halló la solución anhelada. Era el gran doctor, el que curaba los males del cuerpo y del alma a su pueblo; y en su espíritu inventiva y filosófico, la idea de anular en Núñez el influjo de aquellas protuberancias extrañas que lo impelían al extravió, debió germinar y medrar como un halago. En una de las siguientes reuniones acercóse a Jacob y le dijo:

—He examinado a Núñez y me parece que su curación no es difícil.

—Es lo que yo digo —exclamó jubiloso el padre de Medina.

—Su cerebro está dañado —aseguró el doctor. Los ancianos acogieron con un murmullo admirativo el diagnostico; y el sabio, preguntándose a sí mismo para dar más valor a su respuesta, añadió:

— ¿Pero de qué mal está dañado?

—No lo sé —dijo Jacob, de nuevo melancólico.

Y el otro concluyó triunfalmente:

—Yo sí. Esas protuberancias nocivas que él llama ojos y que en los seres perfectos sólo existen para ahondar una bella depresión en la cara, las tiene Núñez tan enfermas, que la dolencia le ha penetrado hasta los sesos. Reparad en que están enormemente distendidas, tienen una doble fila de pelos y además se abren y se mueven. No es preciso añadir más para demostraros cómo su cerebro ha de estar en un estado fluctuante entre la irritación y el idiotismo, sin parar nunca en el fiel de la sensatez.

—Claro —respondió Jacob. —Para curarlo es preciso intentar una operación a la vez sencilla y radical; hay que extirparle esos dos cuerpos excitantes.

— ¿Y sanará?

—Seguramente; y haremos de él un modelo de ciudadano.

— ¡Dios te bendiga por tu generosidad y tu sabiduría! sollozó el viejo.

Y partió sin demora a anunciar a Núñez la esperanzada nueva; pero el modo con que fue acogido por éste debió parecerle frío e injusto, pues murmuró decepcionado:

— ¡Bien se conoce que no quieres a mi pobre hija como ella a ti! Fue Medina quien, armada del amor, decidió a su novio a aceptar la intervención de los cirujanos ciegos:

— ¿Y eres tú —protestaba él—la que me propone renunciar al don de la vista?

Ella insistía con lánguida tenacidad; y cada vez que estaba a punto de rendirse, Núñez encontraba en el fondo de su ser esta frase de rebelión:

— ¡Pero si mi universo es la vista… si porque te he visto te he querido! Y como ella bajara la cabeza sin responder, confiando ya más en la elocuencia de su gesto que en la de sus frases, Núñez continuó:

— ¡Existen tantas cosas bellas en el mundo! La más menuda de las flores es una inmensa maravilla; y los colores y las formas acarician la vista como las cosas sedosas acarician la piel… Los líquenes que brotan en las rocas, los reflejos aterciopelados, el cielo hondo con sus nubes, muelles como almohadas de pluma, las puestas del sol, las astros, todo, entra por la vista hasta el alma. ¿Por qué me pides ese sacrificio, cuando sólo por dejar de verte como ahora, con las dos manos juntas, debe ser una desgracia horrible ser ciego? ¡No, Medina, si es verdad que me quieres no me exijas eso! … ¿Verdad que ya no me lo exiges?

Se detuvo; el dejo interrogativo de sus últimas palabras acababa de suscitar en su propia alma una duda lancinante. Ella insinuó:

— ¡No te exaltes así! A veces desearía…

Dejó en suspenso la frase; él la instó:

—Dilo, dilo…

—… desearía dejar de oírte hablar de este modo.

— ¿De qué modo?

—De ese que hablas cuando me cuentas tus sueños de la vista. Tienes una gran fantasía, que me hechiza, que me embriaga, pero…

— ¿Pero qué? —dijo Núñez con voz ronca, mientras un escalofrío le recorría la medula.

Medina permaneció inmóvil, sin responder; él, para convencerse, aclaró:

—Quieres decir que debo decidirme a que me saquen los ojos, ¿no es así?

Y al descubrir por completo el pensamiento de la muchacha sobrevino en su alma un huracán de cólera; de cólera contra el destino, no contra la enamorada infeliz que no le pedía comprender, y que en su desventurado mutismo le inspiraba una simpatía profunda, tierna, hecha casi toda de piedad.

— ¡Alma mía, no sufras! —susurró apasionadamente. La lividez de Medina decíale claramente cuán oportuno era este consuelo; y atrayéndola contra su pecho, jadeante, la besó en las mejillas, prolongando durante un minuto de angustiada emoción aquel brazo casto y silencioso.

— ¿Y si yo hiciera por ti ese sacrificio? —le dijo después —con voz dulcísima, para saber toda la verdad.

Medina entonces lo apretó contra su corazón y suspiró convulsivamente, entre sollozos:

— ¡Ah, si tú fueras tan bueno, tan bueno que hicieras eso por mí! … Durante la semana anterior a la operación que debía redimirlo de su inferioridad y elevarlo al rango de verdadero ciudadano del país de los ciegos, Núñez no pudo reposar ni dormir. En las horas vibrantes de sol, mientras todos dormían, permanecía sentado o errabundo, sin lograr distraer el pensamiento del sacrificio cada momento menos lejano. Lo había aceptado ya, había creído más de una vez estar resignado, resuelto, y sin embargo… Al fin la postrera noche de labor transcurrió, y el sol volvió a dorar las nevadas crestas más fastuosamente que nunca, como si quisiera decirle con su magnificencia: «Esta es la última vez que podrás contemplarme». Antes de ir a dormir, a fingir dormir, tuvo una breve conversación con su novia:

—Mañana —le dijo—no veré ya.

Y ella, oprimiéndole ambas manos con toda la fuerza de su gratitud y de su amor: — ¡Elegido de mi corazón, no te harán sufrir..,! ¡Y si sufres un poco será por mí, por mí que te lo pagaré toda la vida con mi cariño!

Lleno de compasión por si mismo y por ella, Núñez la abrazó, la besó en la boca; y luego, sin dejar de estrecharla, separó la cabeza para contemplar también por ultima vez su dulce rostro dolorido. Sin poder contenerse, murmuró, despidiéndose de la visión amada:

— ¡Adiós… adiós! Después, en silencio, se fue. Y Medina sintió repercutir en su corazón el ruido de los pasos que se alejaban con un ritmo tan penetrante de angustia, que sin poderse contener rompió en sollozos.

Núñez marchó en línea recta para llegar lo antes posible a un sitio apartado desde donde se dominaban las praderas salpicadas de blancos narcisos, y esperar allí la hora suprema de su abnegación. Pero mientras andaba alzó la vista, y al contemplar la mañana que descendía del Oriente como un ángel en armadura de oro, le pareció que el mundo ciego del valle, y él mismo, y la inmolación proyectada, no eran sino una infernal pesadilla. Sin detenerse en la colina elegida continuó avanzando, traspuso el muro y se aventuró por las pendientes, fija la vista en los picachos rosados por la aurora. Y la belleza infinita del paisaje, como un imán, lo atrajo; y sintió como si cada una de las flores, cada uno de los reflejos, cada una de las cosas bellas y vivas, le reprochara el haberse resignado, aunque solo fuera durante unas horas, a vivir sin ellas. Pensó en el mundo vasto y libre, en su verdadero mundo, y sintió la visión y el aguijón de los países lejanos.

En la distancia creyó entrever a Bogotá con sus calles anchas serpeadas de luces, animadas bajo la claridad gloriosa del día y vivas aún, sin tinieblas absolutas, bajo el luminoso misterio de las noches. Y pensó en los palacios, en las fuentes, en las estatuas, en las casas blancas, y se dijo que nada significaban tres o cuatro días de ascensiones cruentas por montañas casi inaccesibles, con tal de aproximarse siquiera algo a la ciudad querida. Siguiendo el hilo de su ensueño se puso a imaginar un viaje fluvial de muchos días desde Bogotá al mundo múltiple lleno de ciudades inmensas, de desiertos, de bosques, de mares por donde los buques trazaban una espumosa estela, pasando entre la bruma dorada ante islas más pequeñas aún que el valle de donde se alejaba, pero desde las cuales veíase no la tapa rocosa imaginada por la fantasía execrable de los ciegos, sino la expansión azul en la cual los astros marchan hacia el infinito. Sus ojos escrutaron el circulo de montañas, y sin atreverse a formular del todo su secreto designio, se dijo: —Entrando por ese barranco hasta aquella brecha, iré a salir a los pinos achaparrados que contienen la nieve y podré trepar hasta el borde de las primeras cimas. ¿Y una vez allí? … ¡Quién sabe! Los otros obstáculos podrán también ser vencidos y llegaré a donde empiezan los ventisqueros… ¿Y después? Después serán precisas nuevas y penosas ascensiones hacia las crestas magníficamente desoladas y casi invisibles… ¡Y si tengo suerte… ! Antes de seguir volvióse a mirar el vallecillo y lo contempló largamente, cruzado de brazos, tratando de aislar en su recuerdo la dulce imagen de Medina, que era ya algo menudo e irreal en la esperanza y la distancia.

Con decisión súbita encaminóse hacia la cordillera, envuelta en el esplendor diurno, y comenzó la ascensión sin detenerse… Al caer el sol ya habla traspuesto tres picachos y estaba muy lejos del valle terrible. Las pieles de su traje aparecían rotas en más de un sitio por las rocas ingentes, y al través de las desgarraduras velase la carne también desgarrada. Pero cuando cayó por completo el día y se vio seguro sobre una abrigada meseta, una sonrisa feliz alumbró su rostro. Desde el sitio donde reposaba apenas adivinábase el valle, perdido en el fondo de un lejano y gigantesco barranco. Las brumas primero y la sombra enseguida fueron haciéndolo desaparecer, y cuando aun los altos picachos tenían un postrer oro de sol, ya el país de los ciegos donde había querido ser rey, era en la lejanía una sombra sin límites.

Sombra sin limites allá abajo, en las cimas oro de sol, y en torno de él una semiclaridad límpida, incomparable. Vetas verdes jaspeaban la masa gris de la roca, y refulgentes cristales de hielo contrastaban con los tonos anaranjados de unos líquenes a la vez minúsculos magníficos. Lentamente, profundas y misteriosas tinieblas penetraban en el desfiladero. Masas de obscuridad violácea iban ensombreciéndose hasta tornarse purpúreas y transformarse luego en lechosas opacidades. Sobre su cabeza extendíase la infinita bóveda azul… Cesó de admirar el espectáculo y se tendió tranquilo, sonriente, como si la sola dicha de haber escapado del país de los ciegos bastase para llenar su vida. Un rato después los últimos fulgores de luz fueron vencidos por la noche; y Núñez reposó dulcemente, bajo el rutilar innumerable de las estrellas.

03/8/19

El orinal florido

El orinal florido

Alfred Bester

 

—Concluiremos este primer semestre de Antigüedades —dijo el profesor Paul Muni—con una reconstrucción de la jornada habitual de un habitante de los Estados Unidos de América (nombre que se daba hace quinientos años al Gran Los Angeles) a mediados del siglo veinte.

»Nos referiremos a él como Jukes, uno de los nombres más ilustres de la época, inmortalizado en la epopeya de las luchas entre Kallikak y Jukes. Se acepta hoy generalmente que las misteriosas letras JU, halladas en los listines de Hollywood Este, o en la ciudad de Nueva York como se decía entonces (por ejemplo, JU6—0600 o JU2—1914), indican de algún modo una relación genealógica con la poderosa dinastía Jukes.

»Estamos en el año de 1950. El señor Jukes, un típico «solitario» (es decir, «soltero»), vive en un pequeño rancho a las afueras de Nueva York. Se levanta al amanecer, se pone sus botas con espuelas, sus vaqueros, su camisa de cuero, un chaleco gris de franela y un lazo negro. Se arma con un revólver y sale al Bar—B—Q a prepararse un desayuno de Plancton con curry o algas elaboradas. Puede sorprender a delincuentes juveniles o pieles rojas en su rancho, linchando una víctima o robándole automóviles, de los que tiene un rebaño de unos ciento cincuenta.

»A estos delincuentes los dispersa tras singular combate a puñetazos. Como todos los norteamericanos del siglo veinte, Jukes es un individuo de fuerza extraordinaria, capaz de aguantar y asestar golpes terribles. Pocas veces utiliza su revólver para estosfines; reserva normalmente su uso para los ritos ceremoniales.

»El señor Jukes acude a su trabajo en la ciudad de Nueva York montado en un coche deportivo (una especie de automóvil abierto), o en un tranvía eléctrico. Lee su periódico matinal, en el que aparecerán noticias como: «El descubrimiento del Polo Norte», » El hundimiento del Titanic», «Una cápsula espacial dirigida por el hombre logra orbitar Marte» o «La extraña muerte del presidente Harding».

»Jukes trabaja en una agencia de publicidad situadaen la Avenida Madison (hoy Bulevar Crepúsculo Este), que, en aquella época, era un fangoso y áspero camino, cruzado por diligencias, en el que se alineaban garitos llenos de camorristas, cadáveres y bellas artistas de variedades de someros vestidos. Jukes se dedica a la orientación del gusto, la mejora de la cultura, la elección de los funcionarios públicos y la selección de héroes nacionales.

»Su oficina, situada en la planta vigésima de un gigantesco rascacielos, está decorada al estilo característico de mediados del siglo veinte. Tiene un muro de fuelle, un sillón gravedad nula, o caída libre, y una escupidera de latón. Está iluminado con bombillas Maser. Grandes ventiladores colgados del techo la refrescan en verano, y una estufa Franklin de rayos infrarrojos la calienta en invierno.

»Las paredes están decoradas con extrañas pinturas ejecutadas por artistas tan famosos como Miguel Angel, Renoir y Domingo. En la mesa hay un magnetofón, que él usa para dictar. Sus palabras las escribe luego una secretaria utilizando una pluma y papel carbón. (Se ha demostrado de modo irrefutable que la máquina mecanográfica no se creó hasta el apogeo de la Era de la Computadora, a finales del siglo veinte.)

»El trabajo del señor Jukes consiste en crear las consignas espirituales que animan a la mitad consumidora de la nación. Algunas de estas consignas han llegado hasta nosotros de modo más o menos fragmentaria, y aquellos de ustedes que hayan seguido el curso del profesor Rex Harrison, lingüistica 916, ya saben de las extraordinarias dificultades que se plantean en su interpretación: «Bueno hasta la última gota» (¿Debemos leer «Dios» donde dice «bueno»?); «¿Lo hace o no lo hace?» (¿El qué?); y ‘»Soñé que iba al circo con mi sostén Maidenform» (incomprensible).

»A mediodía, el señor Jukes toma una segunda comida, normalmente en forma comuntaria con otros miles de individuos en un estadio gigantesco. Regresa a su oficina y reanuda el trabajo, pero, como han de tener en cuenta que las condiciones no eran ideales para la concentración, se veía obligado a trabajar hasta cuatro y seis horas al día. En aquellos tristes tiempos había una repetición constante de asaltos a mano armada, robos, guerras de bandas y otras brutalidades. El aire estaba lleno de los cuerpos de los agentes de bolsa desesperados que se tiraban por las ventanas de sus oficinas.

»En consecuencia, es muy natural que el señor Jukes busque paz espiritual al final del día. Y la encuentra en un ritual llamado «fiesta de cocktail». El y otros creyentes más se encierran en una pequeña habitación, rezando en voz alta, y llenando el aire con residuos sagrados de marihuana y mescalina. Los creyentes suelen llevar atuendos denominados «trajes de cocktail», conocidos también como «negro básicon».

»Después, el señor Jukes puede tomar su última comida del día en un club nocturno, un centro de diversión subterráneo donde se ofrecen diversos espectáculos. Va acompañado a menudo por su «cuenta de gastos», frase difícil de interpretar. El doctor David Niven afirma que esto puede relacionarse con »una mujer de vida fácil», pero el profesor Nelson Eddy afirma que esto no hace más que aumentar las dificultades, pues nadie sabe hoy lo que era una «mujer de vida fácil».

»Por último, el señor Jukes regresa a su rancho en una especie de coche de vapor en el que juega juegos de azar con los jugadores profesionales que infectan todos los sistemas de transportes de la época. Ya en su casa, hace una hoguera al aire libre, calcula los gastos del día con su ábaco, toca música triste con su guitarra, hace el amor con una de las miles de extrañas mujeres que tienen la costumbre de irrumpir a horas extrañas ante las hogueras, se enrolla en una manta y se echa a dormir.

»Tal era la barbarie de aquella época tan histérica que pocos hombres vivían más de los cien años. Y sin embargo los románticos de ahora añoran aquella era monstruosa de agitación y terror. La América del siglo veinte está de moda.

En fecha muy reciente, un solo ejemplar de Life, una especie de catálogo postal, fue vendido en subasta por el famoso coleccionista Clifton Webb por 150.000 dólares. He de decir, de pasada, que en el análisis que hago de esta pieza en el Phit Trans actual planteo dudas sobre su autenticidad. Ciertos anacronismos del texto indican una posible falsificación.

»Y ahora unas últimas palabras sobre vuestros exámenes. Se ha hablado mucho de parcialidad por parte de la computadora. Se ha sugerido que cuando este departamento recibió la Multi—III de Bioquímica, se pasaron por alto varios circuitos, dejándose en situación operativo, con lo que se inclinó a la computadora en favor del enfoque matemático. Esto es un completo absurdo. Nuestro psiquiatra de computadoras asegura que la Multi—III ha recibido un curso completo de readoctrinación y un lavado de cerebro minucioso. Detalladas comprobaciones han mostrado que todos los errores se debieron a torpeza y descuido de los estudiantes.

»Les pido que se atengan a los procedimientos normales de esterilización antes de realizar su examen. Comprueben sus gorras, batas, máscaras y guantes quirúrgicos y procuren que estén perfectamente ajustados. Asegúrense también de que los instrumentos estén esterilizados. Recuerden que una mota de contaminación en su tarjeta de respuesta puede invalidar su examen. La Multi—III no es una máquina, es un cerebro, y exige el mismo cuidado y consideración que dispensan a sus propios cuerpos. Gracias, buena suerte, y espero verles de nuevo el próximo semestre.

Al salir del aula, el profesor Muni fue abordado en el atestado pasillo por su secretaria, Ann Sothern. Vestía ella un bikini de punto, llevaba una bandeja con bebidas en una mano y en la otra un bañador del profesor. Muni hizo un gesto agradecido, tomó un trago rápido y frunció el ceño al oír el número de comedia musical tradicional con el que los estudiantes pasaban de clase a clase. Comenzó a estructurar sus notas mientras salían apresuradamente del edificio. —No hay tiempo para darse un chapuzón, señorita Sothern—dijo—. Tengo que acudir a ver un descubrimiento revolucionario esta tarde en el Edificio de Artes Médicas.

—Eso no figura en su programa, doctor Muni.

—Lo sé. Lo sé. Pero Raymond Massey está enfermo, y tengo que hacerlo por él. Ray dice que me sustituirá la próxima vez que tenga que aconsejar a un joven genio que abandone la poesía.

Salieron del Edificio de Sociología, pasaron ante la piscina en forma de lágrima, ante la biblioteca que tenía forma de libro, ante la Clínica cardiaca que tenía forma de corazón, y llegaron al Edificio Facultad que tenía forma de facultad. Estaba en un bosquecillo de palmas reales a través del cual serpeaba una pista de golf diminuta, cuyos acondicionadores de aire emitían un rumor silbante. Dentro del Edificio Facultad, altavoces ocultos radiaban el último éxito—ruido.

— ¿Qué es… «Niágara» de Caruso?—preguntó con aire ausente el profesor Muni.

—No, es «Johnstown Flood», de la Callas—contestó la señorita Sothren, abriendo la puerta de la oficina de Muni—. Qué extraño. Juraría que dejé las luces encendidas.

Intentó localizar el interruptor.

—Alto—murmuró el profesor Muni—. Aquí hay algo más de lo que parece, señorita Sothern.

— ¿Qué quiere decir…?

— ¿Quién suele planear un encuentro por sorpresa en una habitación a oscuras?

— ¿Los… Ios Malos?

—Exactamente.

—Tiene razón—dijo una voz nasal—, mi querido profesor pero le aseguro que se trata sólo de una cuestión privada de negocios.

—Doctor Muni —murmuró la señorita Sothern—. Hay alguien en su oficina.

—Vamos, entre, profesor—dijo la voz nasal—. Es decir si me permite usted que le invite a entrar en su propia oficina. No intente encender las luces, señorita Sothern. Han sido… preparadas.

— ¿Qué significa esta intrusión? —preguntó el profesor Muni.

—Entre. Vamos, entre. Boris, lleva al profesor hasta una silla. El individuo que le coge de un brazo, profesor Muni, es mi implacable guardaespaldas, Boris Karloff. Yo soy Peter Lorre.

—Exijo una explicación —gritó Muni—. ¿Por qué ha invadido mi oficina? ¿Por qué han estropeado las luces? ¿Qué derecho tienen a. . . ?

—Las luces están apagadas porque es mejor que la gente no vea a Boris. Es un hombre muy útil, pero no una delicia estética, todo ha de decirse. Y el motivo de que haya invadido su oficina se le hará saber después de que haya contestado a una o dos preguntas.

—No haré nada de eso. Señorita Sothern, busque al decano.

—Usted se quedará donde está, señorita Sothern.

—Haga lo que se le dice, señorita Sothern. No permitiré esto.

—Boris, enciende algo.

Algo se encendió. La señorita Sothern lanzó un grito. El profesor Muni quedó sobrecogido.

—Ya está bien, Boris, apaga. Ahora, mi querido profesor, vayamos al asunto. En primer lugar, permítame que le informe de que si contesta honradamente a mis preguntas no se arrepentirá de ello. ¿Sería tan amable de extender la mano?—el profesor Muni extendió la mano; alguien posó en ella un fajo de billetes—. Son 10.000 dólares; por la consulta. ¿Quiere usted contarlos? ¿Quiere que Boris encienda algo?

—Le creo —murmuró Muni.

—Muy bien. Profesor Muni, ¿Dónde y durante cuánto tiempo estudió usted historia norteamericana?

—Es una pregunta extraña, señor Lorre.

—Se le ha pagado para que conteste, profesor Muni.

—Está bien. Bueno… estudié en el Instituto Hollywood, Instituto Harvard, Instituto Yale y en la Universidad del Pacífico.

—Qué es «Universidad»?

—El nombre antiguo de Instituto. En el Pacífico son tradicionalistas… Obstinados reaccionarios.

—Y, ¿Durante cuánto tiempo estudió?

—Unos veinte años.

— ¿Cuánto tiempo lleva enseñando aquí en el Instituto Columbia? —Quince años.

—Eso significa treinta y cinco años de experiencia. ¿Diría usted que posee un amplio conocimiento de los méritos y capacidad de los diversos historiadores actuales?

—Entonces, ¿Quién es, en su opinión, la autoridad máxima en la historia Norteamérica del siglo veinte?

—Bueno. Es una pregunta interesante. Harrison, por supuesto, es el que más sabe de publicidad, titulares de periódicos y pies de fotos. Taylor de ciencia doméstica, me refiero a la doctora Elizabeth Taylor. Gable probablemente sea el mejor en transportes. Clark está en el Instituto Cambrige ahora, pero…

—Perdóneme, porfesor Muni. Planteé mal la pregunta. Debería haber preguntado: ¿Quién es la máxima autoridad en objetos históricos del siglo veinte? Antigiiedades, cuadros, muebles, objetos curiosos, piezas artísticas, etcétera.

— ¡Ah! En cuanto a eso no hay duda, señor Lorre. Soy yo.

—Muy bien. Excelente. Ahora escúcheme bien, profesor Muni. Un pequeño grupo de hombres poderosos me ha encargado que contrate sus servicios profesionales. Se le pagarán a usted 10.000 dólares por adelantado. Usted dará su palabra de mantener la transacción en secreto. Y quedará entendido que si su misión fracasa, no haremos nada por ayudarle.

—Eso es mucho dinero—dijo lentamente el profesor Muni—. ¿Cómo puedo estar seguro de que esta oferta viene de los Buenos?

—Tiene mi palabra de que es en defensa de la libertad y la justicia del hombre de la calle, de los desheredados y del sistema de vida del Gran Los Angeles. Por supuesto puede usted rechazar esta peligrosa misión, y no se le tendrá en cuenta, pero piense que es el único hombre de todo el Gran Los Angeles que puede realizarla.

—Bueno —dijo el profesor Muni—, dado que no tengo nada mejor que hacer hoy, salvo estudiar una cura de cáncer, aceptaré.

—Sabía que podríamos contar con usted. Es usted de esa clase de hombres que hacen grande a Los Angeles. Boris, canta el himno nacional.

—Gracias, pero sus elogios son inmerecidos. No hago más que lo que haría cualquier ciudadano leal, honrado y patriota del Gran Los Angeles.

—Muy bien, pues. Le recogeré a media noche. Llevará usted traje de tweed, sombrero de fieltro muy bajo y zapatos gruesos. Llevará usted treinta metros de soga de escalador, prismáticos y un revólver de fisión de cañón corto. Su número de identificación será el 369.

—Aquí—dijo Peter Lorre—369. 369, tengo el placer de presentarle a X, Y, y Z. —Buenas noches, profesor Muni—dijo el caballero de aspecto italiano—. Yo soy Vittorio de Sica. Esta es la señorita Garbo.Este Edward Everett Horton. Gracias, Peter. Váyase ya.

El señor Lorre salió. Muni miró a su alrededor. Se hallaba en un suntuoso apartamento todo decorado de blanco. Incluso el fuego que ardía en la estufa, por algún milagro de la química, se componía únicamente de llamas de un blando lechoso. El señor Horton paseaba nervioso ante el fuego. La señorita Garbo estaba lánguidamente tendida sobre una piel de oso polar, con una boquilla de marfil en la mano.

—Permítame que coja yo esa soga, profesor—dijo De Sica—. Supongo que trae usted también la pistolade cañón corto y los prismáticos habituales. También me los llevaré. Usted póngase cómodo. Perdone que estemos vestidos de etiqueta, nuestras identidades encubiertas, compréndalo. Nosotros controlamos el infierno del fuego. Actualmente estamos…

— ¡No! —gritó alarmado el señor Horton.

—A menos que tengamos fe plena en el profesor Muni y seamos completamente sinceros, no iremos a ningún sitio, mi querido Horton. ¿No estás de acuerdo, Greta?

La señorita Greta asintió.

—En realidad—continuó De Sica—, somos un pequeño grupo de poderosos comerciantes en arte.

—En… entonces —balbució Muni—, son ustedes los famosos De Sica, Garbo y Horton…

—Esos somos.

—Pe… pero… pero todo el mundo dice que ustedes no existen. Todo el mundo cree que la organización conocida como el Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte es en realidad propiedad de «Los Treinta y Nueve Pasos», con el control oculto de Cosa Vostra. Es decir que…

—Sí, sí—interrumpió De Sica—. Eso es lo que nosotros queremos hacer creer; de ahí nuestra identidad oculta como trío siniestro que controla este sindicato de juego. Pero somos nosotros tres quienes controlamos el arte en el mundo, y por eso está usted aquí.

—No comprendo.

—Enséñale la lista—dijo la señorita Garbo.

De Sica sacó una hoja de papel y se la entregó a Muni.

—Tenga la bondad de leer esta lista de artículos, profesor. Estúdiela detenidamente. Depende casi todo de las conclusiones que usted extraiga.

Horno parrilla automático.

Plancha de vapor.

Batidora eléctrica velocidad 12.

Cafetera automática de seis tazas.

Sartén de aluminio eléctrica.

Horno de gas con cuatro quemadores y tapadera.

Nevera de once pies cúbicos más congelador de 170 bras.

Aspiradora eléctrica, tipo lata, con tope de vinilo.

Máquina de coser con bobinas y agujas

Candelabro rueda de carro, de pino y arce. Lámpara de techo de cristal opalino.

Lámpara de cristal claveteado estilo provincial.

Lámpara de bronce abatible con pantalla de cristal.

Despertador con timbre doble.

Cubertería de cincuenta piezas para ocho.

Cubertería de dieciséis piezas para cuatro, modelo Du

Alfombra de nailon, 9X12, beige espiga.

Alfombra colonial, oval, 9×12, verde helecho.

Felpudo de cáñamo «Bienvenido», 18X30.

Sofá cama y sillón, verde salvia.

Almohadón redondo de goma—espuma.

Silla abatible de espuma con mecanismo de tres posturas.

Mesa plegable, ocho plazas.

Cuatro sillones con soporte.

Armario de roble colonial de soltero, tres cajones.

Armario doble de roble colonial, seis cajones.

Cama con dosel estilo provincial francés, cincuenta y cuatro pulgadas de anchura.

Después de estudiar la lista durante diez minutos el profesor Muni dejó el papel y lanzó un profundo suspiro—parece el tesoro enterrado más fabuloso de la historia.

—Oh, profesor, no está enterrado. Muni se incorporó. — ¿Quiére decir que realmente existen esos objeto?

—Desde luego que sí. Ya hablaremos más de eso. Primero, dígame, ¿Tiene usted una idea clara de este conjunto de objetos?

— ¿Los ha retenido con los ojos de su mente?

—Sí, los he retenido.

—Entonces podrá usted contestar a esta pregunta: ¿Corresponden todos estos tesoros a un tipo, un estilo, un

—No hablas claramente, Vittorio—masculló la señorita Garbo.

—Lo que queremos saber —intervino Edward Everett Horton—es si un hombre podría…

—Por favor, mi querido Horton. Cada pregunta a su tiempo. Profesor, quizás haya sido oscuro. Lo que quiero decirle es esto: ¿Representan estos tesoros el gusto de un hombre? Es decir, ¿Podría el hombre que, digamos, colecciona la batidora eléctrica, ser el mismo del felpudo de cáñamo «Bienvenido»?

—Si podía permitirse ambos—gorjeó Muni.

—Supondremos, en principio, que él puede permitirse todos los artículos de esta lista.

—Ni siquiera un gobierno nacional podría permitírselo a todos—contestó Muni—. Sin embargo, déjeme pensar…

Se echó hacia atrás en su asiento y clavó los ojos en el techo, apenas consciente de que el Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte le observaba con gran interés. Tras mucha concentración, Muni abrió los ojos y miró su alrededor.

—Bien, díganos—pidió Horton con ansiedad.

—He estado visualizando esos tesoros en una habitación—dijo Muni—. Se compaginan admirablemente. En realidad, compondrían una de las habitaciones más bellas impresionantes del mundo. Si uno entrase en una habitación así, querría saber inmediatamente quién era el genio que la había decorado.

— ¿Entonces…?

—Sí. Yo diría que corresponde al gusto de un hombre.

— ¡Ajá! Entonces nuestra sospecha era fundada, Greta. Estamos tratando con un tiburón solitario.

—No, no, no. Es imposible.—Horton arrojó al fuego el vaso, y luego se encogió de hombros ante el estruendo—No puede ser un tiburón solitario. Tienen que ser muchos hombres, de todo tipo, que operan independientemente. Os aseguro…

—Mi querido Horton, sírvete otro trago y cálmate. No haces más que confundir al buen doctor. Profesor Muni le dije que los artículos de esta lista existían. Así es. Pero no le dije que no sabemos dónde están actualmente. No lo sabemos por una buena razón: todos han sido robados.

— ¡No! No puedo creerlo.

—Pues sí, y por lo menos una docena de antigüedades más, que no nos molestamos en incluir porque son de mucho menos valor.

—No debían de pertenecer a una sola colección… yo habría tenido noticia de su existencia.

—No. Una colección como ésa nunca existió y nunca existirá.

—No lo permitiríamos —dijo la señorita Garbo.

— ¿Cómo los robaron entonces? ¿Dónde?

—Independientemente —exclamó Horton, agitando su vaso. Por docenas de ladrones distintos. No puede ser obra de un solo hombre.

—Según el profesor corresponden al gusto de un hombre.

—Es imposible. ¿Cuarenta audaces robos en quince meses? No puedo creerlo.

—Los objetos de esa lista—continuó De Sica dirigiéndose a Muni—los robaron en un período de quince meses a coleccionistas, museos, comerciantes e importadores todo en el área Hollywood Este. Si, como dice usted, los objetos representan el gusto de un hombre…

—Así es.

—Entonces no hay duda de que tenemos en nuestras manos una rara avis, un delincuente muy listo que es además especialista en arte, o, lo que sería aún más peligroso, un especialista que se ha hecho delincuente.

— ¿Pero por qué particularizar?—preguntó Muni—. ¿Por qué ha de ser un especialista? Cualquier comerciante normal en arte podría decirle a un ladrón el valor de las obras de arte antiguas. La información se podría obtener incluso en una biblioteca.

—Digo un especialista—contestó De Sica—porque ninguno de los objetos robados ha vuelto a verse. Ninguno se ha ofrecido a la venta en las cuatro órbitas del mundo, a pesar de que cualquiera de ellos valdría el rescate de un rey. Por tanto, estamos frente a un hombre que roba para aumentar su colección.

—Basta, Vittorio—dijo la señorita Garbo—. Hazle la siguiente pregunta.

—Profesor, supongamos ahora que estamos tratando con un hombre de gusto. Ya ha visto la lista de lo que ha robado hasta ahora. Le pregunto, como historiador: ¿Puede usted sugerirnos algún objeto que evidentemente se integre en su colección? Si pudiésemos llamar su atención con un nuevo objeto, algo que fuese bien en esa hipotética habitación que usted visualizó. .. dígame,qué objeto podría ser? ¿Qué podría tentar al coleccionista que hay en el delincuente al delincuente que hay en el coleccionista ? añadió Muni.

De nuevo clavó los ojos en el techo mientras los otros le observaban con ansiedad. Al final murmuró:

—Sí… sí… eso es. Eso mismo. Sería el punto focal de toda la colección. — ¿El qué?—gritó Horton—. ¿De qué habla?

—El orinal florido —respondió solemnemente Muni.

Tan perplejo parecíanlos tres comerciantes que Muni se vio obligado a ampliar:

—Es una jardinera azul de porcelana de función incierta, decorada con una banda de margaritas en blanco y oro. Un intérprete francés lo descubrió en Nigeria hace un siglo. Lo llevó a Grecia, donde lo ofreció a la venta, pero fue asesinado y el cuenco desapareció. Apareció luego en poder de una prostituta del Uzbek que viajaba con pasaporte de Formosa y que se lo dio a un charlatán en Civitavechia a cambio de un supuesto afrodisíaco.

El charlatán contrató a un suizo, un desertor de la guardia vaticana, para que le sirviese de guardaespaldas hasta Quebec, donde esperaba vender el cuenco a un magnate de uranio canadiense, pero desapareció en el viaje. Diez años después un acróbata francés con pasaporte coreano y acento suizo vendió el cuenco en París. Lo compró el noveno duque de Startford por un millón de francos oro, está desde entonces en poder de la familia Olivier.

— ¿Y esto —preguntó ansioso De Sica—podría ser el punto focal de toda la colección de nuestro amigo?

—Sin duda alguna. Pongo en juego mi reputación.

— ¡Magnífico! Entonces nuestro plan es de lo más simple. Debemos anunciar una supuesta venta del orinal florido a un importante coleccionista de Hollywood Este. Quizás señor Clifton Webb sea la persona más adecuada. Debemos dar abundante publicidad al envío de este raro tesoro al señor Webb. Y luego tender una trampa al ladrón en casa del señor Webb y… ¡Creo que vamos a atraparlo!

— ¿Querrán cooperar el duque y el señor Webb?—preguntó Muni. —Cooperarán. No tienen más remedio.

— ¿No tienen más remedio? ¿Por qué?

—Porque les hemos vendido tesoros artísticos a ambos, profesor Muni. —No comprendo.

—Mi buen doctor, hoy las ventas se hacen enteramente en una base residual. Del cinco al cincuenta por ciento de la propiedad, el control y el valor de reventa de todas las obras de arte lo retenemos nosotros. Nosotros tenemos derechos residuales sobre todos esos objetos robados también, por eso debemos recuperarlos. ¿Comprende ahora?

—Sí, comprendo, y veo que me he equivocado.

—Así es. ¿Le ha pagado ya Peter?

— ¿Le ha prometido usted guardar secreto?

—Di mi palabra.

—Grazie. Entonces, habrá de disculparnos, tenemos mucho trabajo. Mientras De Sica entregaba a Muni la soga, los prismáticos y la pistola de cañón corto, la señorita Garbo se acercó a él.

—No—dijo.

De Sica le lanzó una mirada inquisitiva

— ¿Hay algo más, cara mía ?

—Tú y Horton id a hacer vuestro trabajo fuera de aquí —masculló—. Peter quizás le haya pagado, pero yo no. Queremos estar solos.—Le hizo una seña al profesor Muni indicando la piel de oso.

En la elegante biblioteca de la mansión de Clifton Webb en el Camino de Skouras, el inspector detective Edward G. Robinson presentó a sus hombres al Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte. Su equipo se alineaba ante las estanterías exquisitamente simuladas, con sus uniformes de criados, domésticos

—Sargento Eddie Brophy, criado—dijo el inspector Robinson—. Sargento Eddie Albert, segundo criado. Sargento Ed Begley, cocinero. Sargento Eddie Mayhoff ayudante de cocina. Detectives Edgar Kennedy, chófer y Edna May Oliver, criada.

El inspector Robinson llevaba un uniforme de mayor.

—Ahora, damas y caballeros, la trampa está tendida y el subcomisario Eddie Fisher, el mejor especialista, al cargo de todo.

—Le felicitamos —dijo De Sica.

—Como todos ustedes saben muy bien —continuó Robinson—, todo el mundo cree que el señor Clifton Webb ha comprado el orinal al duque de Startford por dos millones de dólares. Se sabe perfectamente que se envió en secreto a Hollywood Este escoltado por una guardia armada y que en este mismo instante el tesoro artístico se encuentra en una caja de caudales oculta en la biblioteca del señor Webb.

El inspector señaló una pared en la que la combinación de lacaja estaba hábilmente enmascarada en el ombligo de un desnudo de Amadeo Modigliani (2381—2431), e iluminada por un punto de luz oculto.

— ¿Dónde está ahora el señor Webb?—preguntó la señorita Garbo.

—Después de cedernos su gran mansión, a petición nuestra—contestó

Robinson—ha emprendido un crucero de placer por el Caribe con su familia y

su servidumbre. Como saben muy bien éste es un secreto muy bien guardado. —Y el orinal —preguntó nervioso Horton—. ¿Dónde está?

—En esa caja de caudales señor.

—Quiere usted decir… ¿Quiere usted decir que realmente lo trajo hasta aquí? ¿Está ahí? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué? ¿Por qué?

—Teníamos que transportar el tesoro artístico, señor Horton. ¿Cómo podíamos hacer si no que se filtrase el secreto estrechamente guardado a la Associated Press, a Televisión Unida, a la Reuters y al Sindicato de Satélites, permitiéndoles sacar fotografías?

—Pe… ro… pero, pueden robarlo realmente… ¡Oh, Dios mío! es horrible.

—Damas y caballeros—dijo Robinson—. Mis ayudante y yo, losmejores policías de Hollywood Este, y el señor comisario Edmund Kean, estaremos aquí, teóricamente cumpliendo las tareas propias del servicio doméstico, en realidad vigilando sin cesar; y no se preocupen. Nadie cogerá el orinal florido, y cogeremos al Chico de las Antigüedades.

— ¿A quién? —preguntó De Sica.

—Ese delincuente coleccionista, señor. Así es como llamamos en el Escuadrón Bunco. Y ahora, si ustedes fuesen tan amables de salir al amparo de la oscuridad, utilizando una puerta poco conocida del patio posterior, mis colaboradores y yo podremos empezar nuestro trabajo, simulando realizar las tareas domésticas. Tenemos un soplo según el cual nuestro hombre actuará… esta noche.

El Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte se alejó al amparo de la oscuridad; el escuadrón Bunco comenzó las tareas domésticas de la noche para convencer a todo posible observador suspicaz que la vida transcurría normalmente en la mansión Webb. Había que ver al inspector Robinson, paseando ante los ventanales del salón con una bandeja de plata en la que estaba pegado un vaso de vino, con el interior ingeniosamente pintado de rojo para simular clarete.

Los sargentos Brophy y Albert, criados, se abrían alternativamente la puerta de la calle con gran ceremonia cuando acudían por turnos a echar las cartas al correo. El detective Kennedy pintaba el garaje. La detective Edna May Oliver colgaba las ropas de cama de las ventanas superiores para airearlas. Y a intervalos frecuentes, el sargento Begley (cocinero) perseguía al sargento Mayhoff (ayudante de cocina) por toda la casa con un cuchillo de cortar carne.

A las 23 horas, el inspector Robinson posó su bandeja y bostezó prodigiosamente. Sus hombres entendieron la señal, y toda la casa se llenó de bostezos. En el salón, el inspector Robinson se desvistió, se puso un pijama y un gorro de dormir, encendió una vela y apagó las luces. En la biblioteca sólo quedaba el punto de luz que enfocaba el marcador de la caja de caudales. Luego el inspector subió al piso de arriba. En el resto de la casa, sus ayudantes se pusieron también los pijamas y luego se unieron a él. La mansión Webb quedó oscura y silenciosa.

Pasó una hora; un reloj dio las veinticuatro. Sonó por el Camino de Skouras un ruido sordo.

—La verja principal—murmuró Ed.

—Alguien entra —dijo Ed.

—Es nuestro hombre—anadió Ed.

—Hablen más bajo.

—Está bien, jefe.

Se oyó un rumor de pisadas sobre grava

—Viene por la senda central—murmuró Ed.

—Es un tipo listo—dijo Ed.

El rumor de la grava se convirtió en un ruido suave.

—Está cruzando el seto de flores—dijo De Sica.

Se oyó un golpe sordo, y una maldición.

—Ha metido el pie en un tiesto—dijo Ed.

Se oyó una serie de ruidos sordos a intervalos irregulares.

—No puede sacarlo—dijo Ed.

Se oyó un crac y un repiqueteo.

—Ahora lo ha conseguido—dijo Ed.

—Oh, que hábil es—dijo Ed.

Se oyeron unos golpecitos exploratorios en el cristal.

—Es en la ventana de la biblioteca—dijo Ed.

— ¿La dejaste abierta?

—Creí que lo haría Ed, jefe.

— ¿Lo hiciste, Ed?

—No, jefe. Creí que tenía que hacerlo Ed.

—No podrá entrar. Ed, mira a ver si puedes abrirla sin que te vea…

Ruido de cristales rotos. —Da lo mismo, ya ha abierto. Un profesional es un profesional.

Chirrió la ventana; hubo roces y gruñidos mientras el intruso saltaba por ella. Cuando por fin asentó los pies en la biblioteca, su silueta frente al rayo de luz que señalaba hacia la caja era simiesca. Miró a su alrededor inseguro un rato, y al fin empezó a buscar desordenadamente por armarios y cajones.

—Nunca la encontrará—murmuró Ed—. Dije que debíamos poner una señal debajo del marcador, jefe, y tenía razón.

—No, confía en un profesional. ¿ves? ¿Qué te decía yo? Ya la ha localizado. ¿Todo preparado ya?

— ¿No quiere esperar a que la abra, jefe?

— ¿Por qué?

—Para cogerle con las manos en la masa.

—Por amor de Dios, esa caja está hecha a prueba de ladrones. Vamos ya. ¿Preparados? ¡Adelante!

La biblioteca se llenó de luz. El ladrón se apartó de la caja oculta consternado, y se vio rodeado de siete hoscos detectives, que le apuntaban a la cabeza con las armas. El hecho de que estuviesen en pijama no les hacía parecer menos decididos. Los detectives, por su parte, vieron a un ladrón ancho de hombros, con cuello de toro y grandes quijadas. El hecho de que aún no se hubiese sacudido los restos del tiesto, y llevase una violeta de Parma (Viola Pallida Plena) en el zapato derecho, no le hacía parecer peligroso.

—Y ahora, amigo, por favor—dijo el inspector Robinson con la exagerada cortesía que hacía que sus admiradores le llamasen el     Beau Brummel del Escuadrón Bunco.

Se llevaron al malhechor a la comisaría en triunfo.

Cinco minutos después de que los detectives saliesen con su prisionero un caballero vestido de etiqueta se plantó ante la puerta principal de la mansión Webb. Llamó al timbre. Del interior salía la música del principio del Bolero de Ravel interpretado por una orquesta completa a ritmo de vals. Mientras el caballero parecía esperar tranquilamente, su mano derecha se deslizó por el forro de su capa y rápidamente probó una serie de llaves en la cerradura. Luego volvió a llamar el timbre. Hacia la mitad del bolero, encontró una llave que servía.

Giró la llave, empujó la puerta unos centímetros con el pie, y habló suavemente, como si hubiese dentro un criado invisible

—Buenas noches. Creo que llego un poco tarde. ¿Están todos dormidos, o aún me esperan? Oh, muy bien. Gracias.

El caballero entró en la casa, cerró la puerta tras de si suavemente, miró a su alrededor en el oscuro y vacío vestíbulo, y rió entre dientes.

—Como quitarle un caramelo a un niño —murmuró—. Debería avergonzarme. Localizó la biblioteca, entró y encendió todas las luces. Se quitó la capa, prendió un cigarrillo, advirtió el bar y se sirvió un trago de una de las botellas más atractivas. Probó y escupió.

— ¡Ah! un nuevo horror, y creí que los conocía todos. ¿Qué demonios es?—metió la lengua en el vaso—. Whisky, sí; pero whisky con qué…—probó de nuevo—. Dios mío, es zumo de coliflor.

Miró a su alrededor, descubrió la caja, se acercó a ella y la inspeccionó.

— ¡Santo cielo!—exclamó—.Toda una clave con tres números… Veintisiete combinaciones posibles. Absolutamente a prueba de robos. Realmente estoy impresionado.

Se acercó al marcador, alzó la vista, se encontró con la difusa mirada del desnudo y sonrió disculpándose.

—Le ruego que me perdone—dijo, y empezó a marcar la combinación: 1—1—1, 1—1—2, 1—1—3, 1—2—1, 1—2—2, 1—2—3, y así sucesivamente, tanteando cada vez la palanca de la caja, disfrazada hábilmente como dedo índice del desnudo. Al llegar al 3—2—1, la palanca descendió con un breve clic. La puerta de la caja se abrió, destripando, como si dijésemos, el hermoso vientre del desnudo. El ladrón metió la mano y sacó el orinal florido. Lo contempló durante un minuto.

—Notable, ¿verdad?—dijo una voz grave.

El ladrón alzó la vista rápidamente. En la puerta de la biblioteca había una chica que le miraba despreocupadamente. Era alta y delgada, con el pelo castaño y los ojos de un azul oscuro muy intenso. Llevaba una túnica blanca casi transparente, y su piel clara brillaba bajo las luces.

—Buenas noches, señorita Webb… ¿O señora?

—Señorita. —Hizo un gesto con el tercer dedo de su mano izquierda. —Creo que no la oí entrar.

—Ni yo a usted.—Entró en la biblioteca—. Le parece notable, ¿No es así? Quiero decir, espero que no le desilusione.

—No, no me desilusiona, es único.

— ¿Quién cree usted que lo diseñó?

—Nunca lo sabremos.

— ¿Cree usted que no haría muchos? ¿Qué por eso es tan raro?

—Sería inútil especular, señorita Webb. Sería como preguntarse cuántos colores utilizó un pintor en un cuadro o cuantas notas utilizó un compositor en una ópera.

Ella se acercó hasta un canapé.

— ¿Un cigarrillo, por favor? ¿Por casualidad está mostrándose condescendiente?

—En absoluto. ¿Fuego?

—Gracias.

—Cuando contemplamos la belleza debemos ver sólo la Ding en sich, la cosa en sí. Sin duda sabe usted de qué se trata, señorita Webb.

—Sospecho que es usted un poco engreído.

— ¿Yo? ¿Engreído? En modo alguno. Cuando la contemplo, también veo sólo la belleza en sí. Y aunque es usted una obra de arte, no es, en absoluto, una pieza de museo.

—Así que es usted también especialista en halagos.

—Usted podría convertir en especialista a cualquier hombre, señorita Webb. —Y ahora que ha abierto usted la caja de caudales de mi padre, ¿Qué va a hacer?

—Me propongo pasar varias horas admirando esta obra de arte. —Considérese en su casa.

—No tenía ninguna intención de molestar. Me lo llevaré conmigo. —Así que va usted a robarlo.

—Le ruego que me perdone.

—Hace usted una cosa muy cruel, sabe.

—Estoy avergonzado de mí mismo.

— ¿Sabe usted lo que ese cuenco significa para mi padre?

—Desde luego. Una inversión de dos millones de dólares.

— ¿Cree usted que él comercia en belleza como los agentes de bolsa con acciones?

—Por supuesto. Todos los coleccionistas ricos lo hacen. Compran para vender con beneficio.

—Mi padre no es rico.

—Oh, vamos, señorita Webb. ¿Y los dos millones de dólares?

—Pidió prestado el dinero.

—Tonterías.

—Es cierto.—Hablaba con gran pasión, y sus ojos azul oscuro se achicaron—. El no tiene dinero, de veras. Sólo tiene crédito, debía usted saber cómo manejan esto los financieros de Hollywood. Pidió prestado el dinero y ese cuenco es la garantía.—Se levantó del sofá—. Si lo roban será un desastre para él… y para mí.

—Señorita Webb, yo…

—Se lo ruego, no se lo lleve. ¿Cómo puedo convencerle?

—Por favor, no se acerque más.

—Oh, no llevo armas.

—Está usted provista de armas mortíferas que está utilizando implacablemente.

—Si ama usted esta obra de arte sólo por su belleza, ¿Por qué no la comparte con nosotros? ¿O pertenece usted a esa misma clase de hombres a los que odia, los que necesitan poseer?

—Estoy recibiendo lo peor de esto.

— ¿Por qué no puede dejarlo aquí? Si usted lo deja ahora, habrá ganado un poder perpetuo sobre él. Tendrá libertad para ir y venir a su antojo. Se habrá ganado la estimación de nuestra familia… de mi padre, mía, de todos nosotros…

—iAy! ¡Dios mío! Me ha convencido. Muy bien, quédese su maldito… —se interrumpió.

— ¿Qué pasa?

Miraba fijamente el brazo izquierdo de ella.

— ¿Qué es eso que tiene en el brazo?—preguntó lentamente.

—Nada.

— ¿Qué es?—insistió él.

—Una cicatriz. Me caí cuando era niña y…

—Eso no es una cicatriz. Eso es la señal de una vacuna.

Ella no contestó.

—Es la señal de una vacuna—repitió él sobrecogido. Hace cuatrocientos años que no se vacuna… al menos así.

— ¿Cómo lo sabe?—dijo ella mirándole fijamente.

En respuesta, él se subió la manga izquierda y mostró su cicatriz de la vacuna. — ¿También usted?—exclamó ella asombrada.

Él asintió.

—Entonces ambos venimos. .

— ¿De entonces? Sí.

Se miraron desconcertados. Empezaron a reír con incrédulo gozo. Se abrazaron y se dieron palmadas en la espalda, como turistas del mismo pueblo que se encuentran inesperadamente en la cúspide de la Torre Eiffel. Por último se separaron.

—Es la coincidencia más fantástica de la historia—dijo— ¿verdad que sí? —dijo ella moviendo la cabeza con asombro—. Aún no puedo creérmelo del todo. ¿Cuándo naciste?

—En mil novecientos cincuenta. ¿Y tú?

—Eso no se pregunta a una dama.

— ¡Vamos, vamos !

—En mil novecientos cincuenta y cuatro.

— ¿Cincuenta y cuatro? —él rió entre dientes—. Entonces tienes quinientos diez años.

— ¿Ves? Nunca se debe confiar en un hombre.

—Así que no eres hija de los Webb. ¿Cómo te llamas?

—Dugan. Violet Dugan. —Es un nombre muy bonito y muy sencillo.

— ¿Cómo te llamas tú?

—Sam Bauer.

—Es aun más sencillo y más bonito. ¡Vaya, vaya!

—Esa mano, Violet.

—Encantada de conocerte, Sam.

—Es un placer.

—Lo mismo digo, de veras.

—Yo trabajaba en las computadoras en el Proyecto Denver en mil novecientos setenta y cinco—. Dijo Bauer tomando un sorbo de su ginebra con jengibre, la combinación menos espantosa del bar de Webb.

— ¿Ese fue el que estalló en el setenta y cinco?—exclamó Violet.

—No lo sé. Compraron una de las nuevas IBM 1709, e IBM me envió como ingeniero de instalación para enseñar el funcionamiento de la máquina al personal del ejército. Recuerdo que la noche de la explosión… por lo menos yo creo que fue una explosión. Lo único que sé es que yo estaba enseñándoles a programar nuevos algoritmos para la computadora cuando…

— ¿Cuándo qué?

—Alguien apagó las luces. Cuando desperté, estaba en un hospital de Filadelfia (Santa Mónica Este, le llaman) y me enteré de que había sido lanzado a cinco siglos más tarde en el futuro. Me habían recogido desnudo, medio muerto y sin documentación.

— ¿Les explicaste quién eras realmente?

—No. ¿Quién iba a creerme? Así que me curaron, me dieron de alta y anduve vagando por ahí hasta que encontré un trabajo.

— ¿Cómo ingeniero de computadoras?

—Oh, no; no por lo que pagan. Calculo probabilidades para uno de los mayores tenedores de apuestas del Este. ¿Y tú?

—Prácticamente la misma historia. Yo estaba en Cabo Kennedy haciendo ilustraciones para una revista sobre el primer cohete que iba a Marte. Soy artista de profesión…

— ¿A Marte? Eso estaba programado para el setenta y seis, ¿verdad? No me digas que fallaron.

—Debieron de fallar, pero no he podido encontrar gran cosa en los libros de historia.

—Son muy vagos respecto a nuestra época. Creo que la guerra debió arrasarlo casi todo.

—De cualquier forma, lo cierto es que yo estaba en el centro de control haciendo bocetos y coloreando durante la cuenta atrás, cuando… bueno, tal como tú dijiste, alguien apagó las luces.

— ¡Dios mío! El primer despegue atómico, y fallaron.

—Desperté en un hospital de Boston Burbank Norte ahora, exactamente igual que tú. Después salí de allí, y conseguí un trabajo.

— ¿Cómo artista?

—Algo así. Soy falsificadora de antigüedades. Trabajo para uno de los traficantes en arte más importantes del país.

—Así que aquí estamos, Violet.

—Aquí estamos, sí. ¿Qué crees que pasó, Sam?

—No tengo ni idea, pero no me sorprende. Cuando se juega con la energía atómica a una escala tan gigantesca, puede suceder cualquier cosa. ¿Crees que hay más como nosotros?

— ¿Más lanzados hacia el futuro?

—Sí, eso.

—No podría asegurarlo. Tú eres el primero que encuentro.

—Si supiese que había más, los buscaría. Dios mío, Violet, tengo tanta nostalgia del siglo veinte.

—También yo.

—Es tan grotesco todo esto; es como una película mala—dijo Bauer—. Un tópico de Hollywood. Todo es igual, los nombres, las casas, la forma de hablar. Cómo se comportan. Todo parece sacado del peor mundo del cine.

—Así es. ¿No lo sabías?

— ¿Saber? ¿Saber qué? Cuéntame.

—Yo lo leí en sus libros de historia. Al parecer, después de aquella guerra casi todo quedó barrido. Cuando empezaron a construir una nueva civilización, no teníanmás punto de referencia que los restos de Hollywood. Quedó relativamente marginado de la guerra.

— ¿Por qué?

—Supongo que nadie pensó que valiese la pena bombardearlo. — ¿Quiénes eran las dos partes, nosotros y Rusia ?

—No sé. Sus libros de historia sólo les llaman los Buenos y los Malos.

—Típico. Dios mío, Violet, son como niños idiotas. No, son como extras de una mala película. Y lo que me mata es que son felices. Están viviendo esta especie de vida sintética de espectáculo Cecil B. De Mille, y los muy estúpidos están encantados. ¿viste el funeral del presidente Spencer Tracy? Llevaban el ataúd en una esfinge de tamaño natural.

—Eso no es nada. ¿viste la boda de la princesa Joan ?

— ¿Fontaine?

—Crawford. Se casó anestesiada.

—Bromeas.

—De verás que no. Ella y su marido fueron unidos en santo matrimonio por un cirujano plástico.

Bauer se estremeció.

—Vaya, vaya. ¿Has estado en un partido de fútbol?

—No juegan al fútbol; sólo se dan dos horas de descanso.

—Como los desfiles de bandas; no hay músicos, sólo majorettes con bastones. —Lo tienen todo aireacondicionado, incluso al aire libre.

—Con altavoces que transmiten música en cada árbol.

—Piscinas en cada esquina.

—Luces Kleig en cada tejado.

—Comisarios para restaurantes.

—Máquinas automáticas que venden autógrafos.

—Y diagnósticos médicos. Les llaman Medic—Matones. —Grabados de piernas femeninas en las aceras.

—Y aquí estamos, atrapados en el infierno —gruñó Bauer—. Por cierto, eso me recuerda… ¿No crees que deberíamos salir de esta casa? ¿Dónde está la familia Webb?

—En un crucero. Tardarán días en volver. ¿Dónde están los policías?

—Me libré de ellos con un sustituto. Tardarán horas en volver. ¿Otra copa?

—Está bien. Gracias.—Violet miró a Bauer con curiosidad—. ¿Robas por eso, Sam, porque odias este mundo? ¿Es venganza?

—No, nada de eso. Es porque tengo nostalgia… prueba esto, creo que es ron y ruibarbo… he conseguido una casa en Long Island (Catalina Este, debería decir) e intento convertirla en un hogar del siglo veinte. Naturalmente tengo que robar las cosas. Paso los fines de semana allí, y es una bendición, Violet, es mi único escape.

—Comprendo.

—Lo cual me recuerda de nuevo una cosa. ¿Qué demonios haces tú aquí, disfrazada de la hija de Webb?

—También yo buscaba el orinal florido.

— ¿Venías a robarlo?

—Claro. Me sorprendió mucho descubrir que alguien se me había adelantado. —Y con ese cuento de pobre niñita rica… estabas intentando birlármelo… —Así es. De hecho, lo hice.

—Lo hiciste realmente. ¿Por qué?

—No por la misma razón que tú. Yo quiero emprender negocios por mi cuenta. — ¿Cómo falsificadora de antigüedades?

—Y traficante también. Estoy reuniendo existencias, pero no he tenido tanto éxito como tú.

— ¿Entonces fuiste tú quien robó el espejo Vanidad de tres cuerpos con marco de oro simulado?

—Sí.

— ¿Y aquella lámpara de lectura de bronce, para la cama, con extensión graduable?

—Fui yo también.

—Que lástima; yo realmente quería eso. ¿Y qué me dices de la chaise longue con adornos de borlas tapizada de estambre?

—Yo también —dijo ella—. Casi me rompí la espalda para llevármela. — ¿No puedes conseguir ayuda?

— ¿Cómo confiar en nadie? ¿No trabajas tú solo?

—Sí—dijo Bauer pensativo—. Hasta ahora, sí; pero no veo ninguna razón para seguir haciéndolo. Violet, hemos estado trabajando uno contra otro sin saberlo.

Ahora que nos hemos encontrado, ¿Por qué no establecemos un acuerdo?

— ¿Qué acuerdo?

—Trabajaremos juntos, amueblaremos mi casa juntos y la convertiremos en un maravilloso santuario. Y al mismo tiempo tú puedes aumentar tus reservas de antigüedades. Quiero decir, si deseas vender la silla, no me opondré. Siempre podremos coger otra.

— ¿Quieres decir compartir tu casa juntos?

—Claro.

— ¿No podríamos establecer turnos?

— ¿Cómo turnos?

—Algo así como fines de semana alternados…

— ¿Por qué?

—Tú sabes por qué.

—No lo sé. Dímelo.

—Oh, vamos…

—No, dime por qué.

— ¿Cómo puedes ser tan estúpido? —ella se ruborizó—. Sabes perfectamente bien por qué. ¿Crees que soy el tipo de chica que pasa fines de semana con hombres?

Bauer se sintió desconcertado.

—Pero yo no pensaba en ninguna proposición de esa clase, te lo aseguro. La casa tiene dos dormitorios. Estarás perfectamente segura. Lo primero que haremos será robar una cerradura Yale para tu puerta.

—De eso ni hablar—dijo ella—. Conozco a los hombres.

—Te doy mi palabra, será una relación puramente amistosa. Se observará el mayor decoro.

—Conozco a los hombres—repitió ella con firmeza.

— ¿No estás siendo un poco irrealista?—preguntó él—. Aquí estamos los dos, refugiados en esta pesadilla hollywoodiana; deberíamos estar ayudándonos y consolándonos mutuamente; y tú permites que un estúpido problema moral nos separe.

— ¿Eres capaz de mirarme a los ojos y decirme que tarde o temprano esa ayuda y ese consuelo noacabarán en la cama?—contestó ella—. ¿Eres capaz?

—No, no lo soy—contestó él honestamente—. Eso sería negar el hecho de que eres una chica condenadamente atractiva. Pero yo…

—Entonces eso queda fuera de cuestión, a menos que quieras legalizarlo; y no estoy prometiendo que acepte.

—No—dijo Bauer con viveza—. Ahí yo trazo una línea, Violet. Habría que hacerlo a la manera que se hace aquí. Siempre que una pareja quiere mantener una relación de una noche van al Bodamatón, entran en un cuarto y quedan conectados. A la mañana siguiente van al Renomatón y allí les desconectan, y su conciencia queda limpia. ¡Eso es hipocresía! Cuando pienso en las chicas que me han hecho pasar por esa humillación: Jane Russell, Jane Powell, Jayne Mansfield, Jane Withers, Jane Fonda, Jane Talzan… ¡Ay Dios mío!

— ¡Oh! ¡Tú! —Violet Dugan se puso en pie de un salto llena de furia—. Así que, después de tanta charla sobre lo espantoso que es esto, también tú has ido a Hollywood.

—Es imposible discutir con una mujer—dijo Bauer exasperado—. Yo sólo dije que no quería hacerlo tal como lo hacen aquí, y ella me acusa de aceptar Hollywood. ¡Lógica femenina!

—No intentes imponerme tu supremacía masculina—chilló ella—. Cuando te escucho, me parece volver a los viejos tiempos, y eso me pone enferma.

—Violet… Violet… no nos peleemos. Debemos mantenernos unidos. Mira, lo arreglaremos a tu modo. Qué demonios, es sólo un cuarto. Pero pondremos esa cerradura en tu puerta de todos modos. ¿De acuerdo?

— ¡Oh! ¡Vaya! ¡Sólo un cuarto! Eres repugnante.—Cogió el orinal florido y le dio la vuelta.

—Sólo un minuto—dijo Bauer—. ¿Adónde crees que vamos?

—Yo voy a casa.

—Entonces, ¿No formamos equipo?

—No. Por mí puedes ir a consolarte con esas tramposas, llamadas Jane. Buenas noches.

—Tu no te vas Violet.

—Claro que me voy, señor Bauer.

—No con el orinal. Es mío.

—Lo robé yo.

—Y yo te lo quité a ti.

—Déjalo, Violet.

—Tú me lo diste. ¿Recuerdas?

—Te lo repito, déjalo.

—No lo dejaré. ¡No te acerques a mí!

—Ya conoces a los hombres. ¿Recuerdas? Pero no lo sabes todo sobre ellos. Ahora deja ese orinal como una buena chica, o sabrás algo más sobre la supremacía masculina. Te lo advierto, Violet… muy bien, querida, así.

La pálida aurora brillaba en la oficina del inspector Edward G. Robinson, lanzando rayos azules a través del denso humo de los cigarrillos. La Brigada Bunco formaba un círculo amenazador alrededor de la figura simiesca derrumbada en una silla. El Inspector Robinson hablaba pesadamente.

—Está bien. Oigamos de nuevo su historia.

El hombre de la silla se estremeció e intentó alzar la cabeza.

—Me llamo William Bendix—murmuró—. Tengo cuarenta años. Soy escalador—colocador de la empresa Groucho, Chico, Harpo y Marx, ingenieros civiles, 122 03 Goldwin Terrace.

— ¿Qué es un escalador—colocador?

—Un escalador colocador es un especialista que, por ejemplo, si la empresa construye un edificio en forma de zapato, para una zapatería, es el que ata los cordones arriba; pone las pajas encima de un puesto de helados. También. .. — ¿Cuál fue su último trabajo?

—El Instituto de la Memoria del Bulevar Louis B. Mayer 30449.

— ¿Y qué hizo usted?

—Puse las venas en el cerebro.

— ¿Tiene usted antecedentes policiales?

—No, señor.

— ¿Qué estaba haciendo usted en la elegante residencia de Clifton Webb sobre la media noche pasada?

—Como dije, estaba tomando un vaso de vodka y espinacas en un bar, la taberna moderna, donde yo puse la espuma de la cerveza arriba cuando lo construimos, y apareció ese tipo, se acercó a mí y empezó a hablarme. Me habló de esetesoro artístico que acababa de importar un tipo muy rico. Me explicó que también él era coleccionista, pero que no podía permitirse comprar ese tesoro, y el coleccionista rico estaba tan celoso de él que ni siquiera le dejaría verlo. Me dijo que me daríacien dólares sólo por poder echarle una ojeada.

—Quiere usted decir robarlo…

—No, señor, nada de eso. Él dijo que si yo podía sacarlo a la ventana para poder verlo, me pagaría cien dólares.

— ¿Y cuánto le pagaría si se lo entregaba?

—No, señor, sólo mirarlo. Luego yo debía ponerlo otra vez donde estaba, y ése era el trato.

—Describa a ese hombre.

—Tenía unos treinta años. Bien vestido. Hablaba un poco raro, como un extranjero, y no hacía más que reírse, como si tuviese un chiste que quisiese contar. Era de estatura media, quizás algo más. Los ojos oscuros. Y el pelo también oscuro y ondulado; quedaría muy bien en el tejado de una barbería.

Hubo un repiqueteo urgente en la puerta de la oficina. Entró el detective Edna May Oliver, con aire alterado.

— ¿Qué pasa?—preguntó el inspector Robinson.

—Su historia parece cierta, jefe—informó el detective Oliver—. Fue visto en ese bar anoche… La Vieja Taberna.

—No, no, no. Es la Taberna Moderna.

—Es igual, jefe. La renovaron para hacer otra gran inauguración esta noche.

— ¿Quién colocó la botella en el tejado?—quiso saber Bendix. Nadie le hizo caso.

—Al parecer le vieron hablando con el hombre misterioso que describe—continuó el detective Oliver—. Salieron juntos.

—Era nuestro hombre.

—Sí, jefe.

— ¿Podría identificarle alguien?

—No, jefe.

— ¡Maldita sea!—el inspector Robinson aporreó la mesa exasperado—. Tengo la impresión de que nos ha engañado.

— ¿Cómo, jefe?

— ¿Es que no comprendes, Ed? Al parecer se dio cuenta de que estábamos preparándole una trampa.

—No entiendo, jefe.

— ¡Piensa, Ed, piensa! Quizás fuese él el informador que nos dio el soplo de que nuestro hombre actuaría esta noche.

— ¿Quiere decir que se denunció a sí mismo?

—Exactamente.

—Pero, ¿Por qué, jefe?

—Para engañarnos y hacernos detener a otro. Te aseguro que es diabólico.

—Pero, ¿Y qué adelanta con eso, Jefe? Usted ya se ha dado cuenta del engaño.

—Tienes razón, Ed. El plan de nuestro hombre debe de ir más allá que todo eso. Pero, ¿Cómo? ¿Cómo?

El inspector Robinson se levantó y empezó a pasear, intentando determinar con su poderosa mente las tortuosas maquinaciones del astuto ladrón.

— ¿Y qué me pasará a mí?—preguntó Bendix.

—Usted puede irse—dijo Robinson—. Amigo mío no es usted más que un peón en un juego mucho más importante.

—No, lo que yo quiero saber es si puedo cerrar el trato, con ese hombre. Probablemente esté aún esperando fuera de la casa.

— ¿Cómo ha dicho? ¿Esperando?—exclamó Robinson—. ¿Quiere decir que él estaba allí cuando le detuvimos a usted?

—Debía de estar, claro.

— ¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!—gritó Robinson—. Ahora lo veo todo claro. — ¿El qué, jefe?

— ¿No te das cuenta, Ed? El estaba viéndonos cuando nos llevamos a este idiota. Luego, en cuanto desaparecimos, él entró en la casa.

— ¿Quiere decir que…?

—Probablemente esté ahora mismo allí, intentando abrir esa caja. — ¡Dios mío!

—Ed, avisa a la Brigada Volante y a la Brigada Antisubversiva.

—Muy bien, Jefe.

—Ed, quiero que se bloqueen todas las carreteras y caminos que van a dar a la casa.

—Está bien, jefe.

—Ed, tú y Ed venid conmigo.

— ¿Adónde vamos, jefe?

—A la mansión Webb.

—No puede hacer eso, jefe. Es una locura.

—Debo hacerlo. Esta ciudad no es lo bastante grande para nosotros dos. Esta vez será él… o yo.

La noticia ocupó la primera plana de los periódicos: cómo la Brigada Bunco había descubierto el diabólico plan del famoso ladrón de antigüedades y llegado a la fabulosa mansión Webb sólo momentos después de salir éste de allí con el orinal florido; cómo había encontrado a su inconsciente víctima, la bella Audrey Hepburn, fiel ayudante de la misteriosa dama del juego Greta «Ojos de Serpiente» Garbo; cómo Audrey, sospechando intuitivamente que algo fallaba, había decidido investigar por su cuenta; cómo el astuto ladrón había practicado un siniestro juego de ratón y gato con ella hasta que tuvo la oportunidad de derribarla con un golpe brutal.

Entrevistada por los sindicatos de noticias, la señorita Herburrn dijo:

—Fue sólo intuición femenina. Sospeché que algo iba mal y decidí investigar por micuenta. El astuto ladrón practicó un siniestro juego del ratón y el gato conmigo hasta que tuvo la oportunidad de derribarme con un golpe brutal.

Recibió diecisiete proposiciones de matrimonio por Bodamatón, tres ofertas de pruebas cinematográficas, veinticinco dólares del Fondo de la Comunidad de Hollywood Este, el premio Darryl F. Zanuck de interés humano y una riña de su jefe.

—Deberías haber dicho que te habían violado, Audrey—dijo la señorita Garbo—. Eso habría mejorado la historia.

—Lo siento, señorita Garbo. Procuraré acordarme la próxima vez. Me hizo una proposición indecente.

Sucedía esto en el estudio secreto de la señorita Garbo, donde Violet Dugan (Audrey Hepburn) se dedicaba afanosamente a falsificar un calendario del Corn Exchange Bank del año 1943, mientras los miembros del Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte conferenciaban.

—Cara mía—preguntó De Sica a Violet—. ¿Puedes darnos una descripción más completa del ladrón?

—Ya he dicho todo lo que puedo recordar, señor De Sica. El único detalle que parece ayudar es el hecho de que calcula probabilidades para uno de los tenedores de apuestas más importante del Este.

— ¡Bah! Hay centenares de esa especie. Eso no ayuda nada. ¿No dijo algo relacionado con su nombre?

—No, señor; al menos, no del nombre que usa ahora.

— ¿El nombre que usa ahora? ¿Qué quiere decir con eso?

—Bueno… quiero decir… el nombre que utiliza cuando no es el Chico de las Antigüedades.

—Comprendo. ¿Y su casa?

—Habló de un sitio en Catalina Este.

—Hay doscientos kilómetros de casas en Catalina Este —dijo Horton irritado.

— ¿Y qué quiere que haga yo, señor Horton? —Audrey—ordenó la señorita Garbo—, deja ese calendario y mírame. —Sí, señorita Garbo.

—Tú te has enamorado de ese hombre. Para ti es una imagen romántica, y no quieres entregarlo a la justicia. ¿No es así?

—No, señorita Garbo—contestó Violet con vehemencia—. Si hay algo en el mundo que deseo es que le detengan.

—Se acarició la mandíbula—. ¿Enamorada de él? ¡Le odio!

—Bueno—dijo De Sica con un suspiro—. Esto es un desastre. Sencillamente, estamos obligados a pagar dos millones de dólares si no se recupera el original.

—En mi opinión —intervino Horton—la policía jamás lo encontrará. ¡Son unos idiotas! Casi tanto como nosotros por habernos metido en esto.

—Entonces es un caso para un agente privado. Con nuestras conexiones con el hampa, no deberíamos tener ningún problema para contratar al hombre adecuado. ¿Alguna sugerencia?

—Nero Wolfe—dijo la señorita Garbo.

—Excelente, Cara mía. Un caballero de cultura y erudición.

—Mike Hammer—propuso Horton.

—Se anota la candidatura. ¿Qué os parece Perry Mason?

—Ese tipo es demasiado honesto—contestó Horton.

—Pues queda tachado. ¿Más sugerencias?

—La señorita North—dijo Violet.

— ¿Quién, querida? Oh, sí, Pamela North, la dama detective. No… No, creo que no. No es un caso para una mujer.

— ¿Por qué, señor de Sica?

—Porque hay perspectivas de violencia que parecen poco adecuadas para el sexo débil, mi querida Audrey.

—No estoy de acuerdo—dijo Violet—. Lasmujeres son muy capaces de cuidarse de sí mismas.

—Ella tiene razón—gruñó la señorita Garbo.

—No lo creo, Greta; y su experiencia de anoche lo prueba. —Él me derribó con un golpe brutal cuando yo no miraba—protestó Violet. —Quizás. ¿Queréis que votemos? Yo voto por Nero Wolfe.

— ¿Por qué no por Mike Hammer?—preguntó Horton—. Consigue resultados sin preocuparse cómo.

—Pero esa falta de tacto puede significar que recobremos el original en piezas. — ¡Dios mío! No se me ocurrió pensar eso. Está bien, votaré por Wolfe.

—Yo por la señorita North—dijo la señorita Garbo.

—Pierdes, cara mía. Y queda elegido Wolfe. Bene. Creo que es mejor que vayamos a visitarle sin Greta, Horton. Resulta notablemente antipático a las mujeres. Señoras, arrivederchi.

Después de salir dos de los tres poderosos comerciantes en arte, Violet miró enfurecida a la señorita Garbo.

— ¡Machistas!—gruñó—. ¿Por qué tenemos que soportarlos?

— ¿Y qué podemos hacer, Audrey?

—Señorita Garbo, quiero permiso para localizar a ese hombre yo sola. — ¿Hablas en serio?

—Desde luego.

—Pero, ¿Qué puedes hacer tú?

—Tiene que haber una mujer en su vida en alguna parte.

—Naturalmente.

herchez la femme.

— ¡Una idea muy inteligente!

—Él mencionó unos cuantos nombres probables, así que la encontraré, y le encontraré a él, ¿Puedo tomarme un permiso, señorita Garbo?

—Está bien, Audrey. Hazlo. Tráemelo vivo.

La vieja dama que llevaba sombrero galés, delantal blanco, gafas hexagonales y una masa de labor de punto con agujas, tropezó en la reproducción de las Escaleras Españolas que llevaban a la Residencia del Rey. La Residencia del Rey tenía la forma de una corona imperial, con una reproducción de quince metros del diamante Esperanza relumbrando en la cúspide.

— ¡Maldita sea!—murmuró Violet Dugan—. No debería haber sido tan auténtica con los zapatos. Son infernales.

Entró en la Residencia y subió hasta la décima planta, donde tocó una campanilla en una puerta flanqueada por un león y un unicornio que rugieron y relincharon respectivamente. La puerta sehizo nebulosa y luego se aclaró, mostrando a una Alicia en el País de las Maravillas de grandes ojos inocentes.

— ¿Lou?—dijo con ansiedad. Y luego su cara se desvaneció.

—Buenos días, señorita Powell—dijo Violet, sus ojos mirando por encima de la dama y examinando el apartamento.

—Represento al Servicio de Maledicencia, Ine. ¿Le interesan a usted las murmuraciones? ¿Se está perdiendo los escándalos más sabrosos? Nuestro equipo de cotillas expertos garantiza la última noticia a los cinco minutos de producirse; noticias difamatorias, noticias humillantes, noticias calumniosas, ofensivas, denigrantes…

—Flam —dijo la señorita Powell. La puerta se volvió opaca.

La marquesa de Pompadur, con una falda de brocado y un corpiño de encaje, su peluca empolvada elevándose por lo menos medio metro, entró en el enrejado pórtico de Descanso de los Pájaros, una casa privada en forma de jaula de pájaro. Una cacofonía de cantos de pájaros descendía de su dorada cúpula. Madame Pompadur sopló en el silbato de reclamo de pájaros que había en la puerta, que tenía forma de reloj de cuco. La puertecilla que había sobre la esfera del reloj se abrió y salió de allí una cámara de televisión con un alegre «¡Cu—cú!» que la inspeccionó.

Violet hizo una profunda reverencia.

— ¿Puedo ver a la señora de la casa, por favor?

Se abrió la puerta. Apareció Peter Pan que vestía transparencias verde Lincoln que revelaban su sexo femenino.

—Buenas tardes, señorita Withers. Avon la visita. Ignatz Avon, el mejor sastre, que diseña pelucas, transformaciones, tupés, moños, para representaciones, diversión, moda y…

—Fauf—dijo la señorita Withers. Hubo un portazo. La marquesa se desvaneció.

El artista de la Rivera Izquierda con boina y blusón de terciopelo llevaba su paleta y su caballete hasta la planta quince de La Pirámide. Justo bajo el ápice había seis columnas egipcias frente a una inmensa puerta de basalto. Cuando el pintor arrojó una limosna en el plato de un mendigo de piedra, la puerta giró sobre unos pivotes, mostrando una tumba sombría en la que había una mujer tipo Cleopatra vestida como una diosa serpiente cretense, con serpientes a juego.

—Buenos días, señorita Rusell. Tiffany tiene el placer de ofrecerle una nueva colección de joyería orgánica, las gemas dérmicas de Tiffany. Tatuadas en alto relieve, incorporan una fuente de radiación gamma, que se garantiza inofensiva por treinta días, con diamantes resplandecientes de la mejor agua.

— ¡Cholck! —dijo la señorita Rusell. La puerta giró de nuevo sobre sus pivotes cerrándose, al compás de los últimos acordes de Aida, suavemente entonados por un coro de armónicas.

La maestra, vistiendo un tailteur de encaje, el pelo tenso y apretado en un moño, los ojos ampliados por los gruesos cristales de las gafas, cruzaba con sus libros de texto elpuente levadizo de la Casa Solariega. Un almenado ascensor la llevó hasta la doceava planta, donde se vio obligada a saltar por encima de un pequeño foso antes de llegar al llamador de la puerta, que tenía forma de puño. La puerta se movió hacia arriba, como un rastrillo en miniatura, y apareció Goldilocks.

— ¿Louis?—rió ella. Luego su cara se desvaneció.

—Buenas noches, señorita Mansfield. Read—Eze ofrece un nuevo y espectacular servicio personalizado. ¿Por qué someterse a la monotonía de los lectores mecánicos cuando Read—Eze dispone de especialistas con voces adecuadas, capaces de matizar cada palabra individual, que pueden leerles en persona tebeos, revistas cinematográficas y sentimentales a cinco dólares la hora? Novelas de misterio, del oeste, y ecos de sociedad a…

El rastrillo descendió de nuevo.

—Primero Lou, luego Louis—murmuró Violet—. Me pregunto si…

La pequeña pagoda estaba emplazada en una reproducción exacta del paisaje de una lámina Willow Pattern, incluyendo las imágenes de tres culíes en el puente. La estrella de cine, con gafas de sol oscuras y una blusa blanca estirada sobre su poitrine de ciento diez centímetros, palmeó sus cabezas al pasar.

—Cuidado, muñeca—dijo el último.

— ¡Oh, perdóneme! Creí que eran estatuas.

—A cincuenta centavos la hora lo somos, pero sólo a efectos visuales.

Mamade Butterfly llegó a la arcada de la pagoda, riendo entre dientes e inclinándose como una geisha, pero extrañamente adornada con un parche negro en el ojo izquierdo.

—Buenos días, señorita Fonda. El Límite del Cielo está realizando una oferta introductoria de un concepto revolucionario en la regeneración del pecho. Una aplicación de Pecho—G, nuestro polvoantigravedad del color de la piel, bajo el busto hace milagros. Viene en tres tonos: rubio, tiziano y castaño; y tres alturas: uva, melón persa y…

—Yo no necesito ningún globo de ascensión—dijo secamente la señorita Fonda—. Fauf.

—Siento haberla molestado—Violet vaciló—. Perdóneme, señorita Fonda, pero ¿No desentona este parche en el ojo con el personaje?

—No es ningún adorno, querida; eso es sal. Ese Jourdan es un cabrón. —Jourdan—dijo Violet para sí, volviendo sobre sus pasos a través del puente—

.           Louis Jourdan. ¿Podría ser?

El hombre rana de goma negra, con todo el equipo de pesca submarina incluyendo máscara, tanque de oxígeno y arpón, cruzó el sendero selvático hasta la Colina de las Fresas, asustando a los chimpancés. A lo lejos trompeteó un elefante. El hombre rana tocó un gong de bronce que colgaba de un cocotero, y le respondieron tambores africanos. Apareció un watusi de más de dos metros de altura y condujo al visitante a la parte trasera de la casa, donde una mujer tipo Pocahontas agitaba sus piernas en una imitación del río Congo a pequeña escala.

— ¿Es Louis Bwana? —preguntó. Luego su cara se desvaneció.

—Buenas tardes, señorita Tarzán—dijo Violet—. Apchuck, con una experiencia de cincuenta años, garantiza el placer de nadar en agua esterilizada, sea en una piscina olímpica o simplemente en una vieja y anticuada. Con su sistema patentado de bomba de mercurio limpieza al vacío, Ap—Chuck elimina barro, arena, cieno, borrachos, heces, desperdicios…

El gong de bronce resonó, y de nuevo contestaron los tambores.

— ¡Oh! Ahora debe de ser Louis—gritó la señorita Tarzán—. Sabía que iba a cumplir su promesa.

La señorita Tarzán se acercó corriendo a la parte delantera de la casa. La señorita Dugan se colocó la máscara sobre la cara y se sumergió en el Congo. Al otro lado salió a la superficie tras una fronda de bambú, junto a un cocodrilo de aire muy real. Golpeó su cabeza una vez para asegurarse de que estaba disecado. Luego se volvió a tiempo justo de ver a Sam Bauer entrar en el jardín—selva, del brazo de Jane Tarzán.

Oculta en la cabina en forma de teléfono del otro lado de la calle, frente a la Colina de las Fresas, Violet Dugan y la señorita Garbo discutían acaloradamente.

—Fue un error llamar a la policía, Audrey. —No, señorita Garbo.

—El inspector Robinson lleva ya diez minutos en esa casa. Fallará otra vez. —Con eso cuento, señorita Garbo.

—Entonces yo tenía razón. Tu no quieres que ese… ese Louis Jourdan sea capturado.

—Sí quiero, señorita. ¡Claro que quiero! ¡Si me dejara!

—Te encandiló con su propuesta indecente.

—Escuche, por favor, señorita Garbo. Lo importante noes capturarle sino recobrar los objetos robados. ¿No es cierto?

— ¡Excusas! ¡Excusas!

—Si le detienen ahora, nunca nos dirá dónde está el orinal.

— ¿Sí?

—Por eso tenemos que obligarle a que nos indique dónde esta.

— ¿Pero cómo?

—Yo he cogido una hoja de su libro. ¿Recuerda cómo engañó a aquel individuo para despistar a la policía?

—Aquel idiota de Bendix.

—Bueno, pues ahora nosotros utilizamos igual al inspector Robinson. ¡Oh, mire! Algo pasa.

En la Colina de las Fresas se había organizado un auténtico pandemonio. Los chimpancés chillaban y saltaban de rama en rama. Apareció el watusi, corriendo a toda prisa perseguido por el inspector Robinson. El elefante empezó a trompetear. Un gigantesco cocodrilo se arrastraba veloz entre la hierba. Jane Tarzán apareció, corriendo a toda prisa, perseguida por el inspector Robinson. Sonaban los tambores africanos.

—Yo habría jurado que ese cocodrilo estaba disecado —murmuró Violet. — ¿Qué dices, Audrey?

—Ese cocodrilo… ¡Sí, tenía razón! Perdóneme, señorita Garbo. Tengo que irme.

El cocodrilo se había alzado sobre sus patas traseras y descendía ahora por el prado de la Colina de las Fresas. Violet salió de la cabina telefónica y empezó a seguirle sin prisa. El espectáculo de un cocodrilo andando sobre las patas traseras seguido, a discreta distancia, por un hombre rana no producía ningún interés particular a los transeúntes de Hollywood Este. El cocodrilo miró hacia atrás por encima del hombro una o dos veces y al final advirtió la presencia del hombre rana. Aceleró el paso. El hombre rana lo aceleró también. Empezó a correr. El hombre rana corrió, fue quedando atrás, abrió su tanque de oxígeno y empezó a reducir distancia. El cocodrilo dio un salto y se agarró a un tranvía atestado de gente que le condujo hacia el Este. El hombre rana gritó a un rickshaw que pasaba:

— ¡Siga a ese cocodrilo!—gritó en el auricular del robot.

En el zoo, el cocodrilo abandonó el tranvía y se perdió entre la multitud. El hombre rana abandonó el rickshaw y le siguió frenéticamente a través de la Casa Berlín, la Casa Moscú y la Casa Londres. En la Casa Roma, donde los curiosos arrojaban pizzas a los ejemplares que había tras la reja, Violet vio a uno de los romanos que estaba tendido, desnudo e inconsciente en una pequeña jaula de un rincón. A su lado había una piel de cocodrilo vacía. Violet miró a su alrededor y vio a Bauer que se deslizaba vestido con un traje de rayas y sombrero borsalino.

Corrió tras él. Bauer echó a un muchacho de un pony eléctrico de carrusel, saltó a su grupa y empezó a galopar hacia el Oeste. Violet saltó a la espalda de un lama que pasaba.

—Siga a ese carrusel—gritó. El lama empezó a correr.

—Ch—iao csi—fu nan tso mei mi chou—se quejaba—. Pero ése ha sido siempre mi problema.

En la Estación Hudson, Bauer abandonó el pony, fue encorchado en una botella y lanzado al río. Violet saltó al asiento de timonel de un bote de siete remos.

—Siga a esa botella—gritó.

En la orilla de Jersey (Nueva Este), Violet persiguió a Bauer por el Freeway y luego por Dodge em kar, hasta Old Newark, donde Bauer saltó a un trampolín y fue catapultado hasta el cilindro delantero del monorraíl Block Island & Nantucket. Violet esperó astutamente a que el monorraíl abandonase la estación, y entonces se subió al cilindro trasero.

Dentro, apunta de arpón, detuvo a una madame adolescente y la obligó a intercambiar la ropa con ella. Vestida con zapatillas de ópera, medias negras, falda a cuadros, blusa de seda y rulos, arrojó a la chillona madame del monorraíl en la estación de la calle VineEste y comenzó a observar más abiertamente lo que sucedía en el cilindro delantero. Bauer se apeó subrepticiamente en Montauk, el punto situado más al este de Catalina Este.

Esperó de nuevo a que el monorraíl comenzase a abandonar la estación para seguirle. En el andén inferior. Bauer se deslizó en el Cañón de trasbordo y fue lanzado al espacio. Violet corrió al mismo cañón, dejó cuidadosamente los indicadores de coordinación, tal como Bauer los había colocado, y fue lanzada menos de treinta segundos después de Bauer, y fue a caer en la red de aterrizaje justo cuando él subía por la escalerilla de cuerda.

— ¡Tú!—exclamó él.

—Yo.

— ¿Eras tú la que llevaba un traje de hombre rana?

—Creí que te había despistado en Newark.

—No, no lo conseguiste—dijo ella agriamente—. He conseguido alcanzarte, amigo.

Entonces ella vio la casa.

Tenía la misma forma que la casa que solían dibujar los niños en el siglo veinte: dos plantas; tejado picudo, cubierto con papel impermeabilizante; sucias tejas marrones, la mitad de ellas desprendidas; ventanas simples con cuatro paños de cristal en cada marco, chimenea de ladrillos rodeada de hiedra; porche delantero medio hundido a la derecha los restos carcomidos de un garaje para dos coches; una mata de desvaído zumaque a la izquierda. A la luz del crepúsculo parecía una casa encantada

—Oh, Sam —balbuceó ella—. ¡Es maravillosa !

—Es una casa—dijo él con sencillez. ¿Cómo es por dentro?

—Ven y lo verás.

Dentro, era una casa encargada por correo sin adulterar, llena de artículos baratos de segunda mano.

—Es magnífica—dijo Violet; recorrió con amoroso detenimiento el aspirador, tipo lata, con tope de vinilo.

—Es tan… tan agradable—añadió—. No me había sentido tan feliz en años.

— ¡Espera, espera!—dijo Bauer, reventando de orgullo. Se arrodilló ante la chimenea y encendió un fuego de troncos de abedul. Las llamas crepitaron en amarillo y naranja.

—Mira—añadió—. Auténtica madera y auténticas llamas. Y conozco un museo donde tienen un par de morillos a juego.

— ¡No! ¿De veras?

Él asintió.

—En el Peabodi, en Yale High.

Violet tomó una decisión.

—Sam, yo te ayudaré.

Él la miró fijamente.

—Te ayudaré a robarlos—dijo—. Yo… te ayudaré a robar todo lo que quieras. — ¿Hablas en serio, Violet?

—Fui una idiota. Nunca entendí… Yo… Tenías razón. Nunca debería haber permitido que una cosa tan estúpida se interpusiera entre nosotros.

— ¿No estás diciendo eso para engañarme, Violet?

—No, Sam. De veras.

— ¿O porque te gusta mi casa?

—Claro que me gusta, pero ése no es el único motivo.

— ¿Entonces somos socios?

—Sí.

—Esa mano.

Pero en vez de darle la mano ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra él. Minutos después, en la silla plegable de espuma con mecanismo de tres posiciones, ella murmuraba en el oído de él:

—Somos nosotros contra todos, Sam.

—Déjales que vigilen, es todo lo que tengo que decir.

—Y «todos» incluye a esas mujeres llamadas Jane.

—Violet, te juro que nunca tuve nada serio con ellas. Si pudieses verlas —Las he visto.

— ¿De verás? ¿Dónde? ¿Cómo?

—Ya te lo contaré otro día.

—Pero…

—Oh, cállate… Mucho más tarde él dijo:

—Si no colocamos un cierre en esa puerta del dormitorio, tendremos problemas.

—Al diablo con el cierre—dijo Violet.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN—clamó una voz.

Sam y Violet se levantaron de la silla, asombrados. Una luz blanquiazul penetraba por las ventanas de la casa. Llegó el excitado clamor de una muchedumbre preparada para el linchamiento, el galopante crescendo de la

Obertura de Guillermo Tell y efectos sonoros del Derby de Kentucky, una locomotora, destructores en estaciones de combate y ruidos de cataratas.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN —bramó de nuevo la voz.

Corrieron a una ventana y miraron. La casa estaba rodeada de cegadoras luces Kleig. Confusamente pudieron ver una hordade Jacqueries con una guillotina, televisión y cámaras de noticias, una orquesta de noventa instrumentos, una batería de mesa sonora manejada por técnicos con auriculares, un director con pantalones de montar que llevaba un megáfono, él inspector Robinson con un micrófono y un círculo de sillas de cubierta en las que se sentaban una docena de hombres y mujeres con atuendos teatrales.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. HABLA EL INSPECTOR EDWARD G. ROBINSON. ESTA RODEADO. NOSOTROS… ¿QUÉ? AH, TIEMPO PARA UN ANUNCIO… MUY BIEN. ADELANTE.

Bauer miró furioso a Violet.

—Así que era una trampa.

—No, Sam, te lo juro.

—Entonces, ¿Qué están haciendo esos aquí?

—No lo sé.

—Tú los trajiste.

—iNo, Sam, no! Yo… quizás no fuese tan lista como creí que era. Quizás me siguieron cuando yo te seguía a ti; pero te juro que no los vi.

—Mientes.

—No, Sam—empezó a llorar.

—Tú me vendiste.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. ATENCIÓN LOUIS JOURDAN. DEBE PONER EN LIBERTAD A AUDREY HEPBURN.

— ¿Quién?—Bauer estaba confuso.

—Soy yo—murmuró Violet—. Es el nombre que adopté, lo mismo que tú. Audrey Hepburn y Violet Dugan son la misma persona. Creen que tú me has raptado; pero yo no te vendí, Sam. No soy una traidora.

— ¿Estás de mi parte?

—Lo estoy.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. SABEMOS QUIÉN ERES. SAL CON LAS MANOS EN ALTO. DEJA LIBRE A AUDREY HEPBURN Y SAL CON LAS MANOS EN ALTO.

Bauer abrió bruscamente la ventana.

—Ven a cogerme, policía—gritó.

—ESPERA A QUE TERMINE EL PERÍODO DE ANUNCIOS, AMIGO. Hubo una pausa de diez minutos para identificación de la red. Luego se oyó una descarga. Minúsculas nubes en forma de hongo se alzaron donde cayeron los proyectiles de fisión. Violet lanzó un chillido. Bauer cerró de golpe la ventana.

—Utilizan las municiones con mucho cuidado—dijo—. Tienen miedoa estropear los objetos que hay aquí. Quizás tengamos una posibilidad, Violet.

— ¡No! por favor, querido, no intentes luchar con ellos.

—No puedo. No tengo nada para luchar.

Los disparos llegaban ahora de modo continuo. Cayó un cuadro de la pared.

—Sam escúchame —suplicó ella—. Entrégate. Sé que por robo te condenarán a noventa días, pero estaré esperándote cuando salgas.

Una ventana se estremeció.

— ¿Me esperarás, Violet?

—Te lo juro.

Comenzó a arder una cortina.

— ¡Pero noventa días! ¡Tres meses completos!

—Empezaremos una nueva vida juntos.

Fuera, el inspector Robinson lanzó un súbito gruñido y se llevó la mano al hombro.

—Esta bien—dijo Bauer—me entregaré. Pero mírales, convirtiendo todo esto en una película… «Los Intocables» y «Los Escandalosos Años Veinte». No les dejaré que recuperen nada de lo que conseguí. Espera un minuto…

— ¿Qué vas a hacer?

Fuera, la Brigada Bunco comenzó a toser, como por efecto de gases lacrimógenos.

—Volarlo todo—dijo Bauer. — ¿Volarlo todo? ¿Cómo?

—Tengo un pocode dinamita que cogí en Groucho, Chico, Harpo y Marx cuando andaba tras su colección de picos. No conseguí ningún pico, pero conseguí esto. —Mostró una pequeña vara roja con un marcador arriba. A un lado estaba escrito: TNT.

Fuera, Ed (Begley) se llevó la mano al corazón, sonrió con bravura y se derrumbó.

—No sé cuanto tiempo nos darán —dijo Bauer—. Así que cuando yo empiece, corre a toda prisa. ¿De acuerdo?

—Sí—dijo ella, temblando.

Accionó el marcador, que inició un tic—tac amenazador, y arrojó el TNT sobre el sofá—cama verde salvia.

— ¡Corre!

Salieron corriendo por la puerta principal bajo la cegadora luz con las manos en alto.

El TNT era tolueno termonuclear.

—Doctor Culpepper —dijo el señor Pepys—, éste es el señor Chistopher Wren. Este es el señor Robert Hooke.

Por favor, siéntese, caballero. Le hemos pedido que acuda a la Sociedad Real y nos dé asesoramiento como el más destacado físicoastrologo de Londres. Sin embargo, hemos de pedirle que guarde secreto sobre todo esto.

El doctor Culpepper asintió muy serio y miró a hurtadillas el misterioso cesto que había sobre la mesa frente a los tres caballeros. Estaba cubierto con un fieltro verde.

—Imprimís—dijo el señor Hooke—, los artículos que le mostraremos fueron enviados a la Sociedad Real desde Oxford, donde fueron requeridos a varios artífices, los diseños fueron suministrados por el comprador. Obtuvimos estos ejemplares de los citados artesanos por robo. Secundo la fabricación de los objetos fue encargada en secreto por ciertas personas que han alcanzado gran poder y riqueza en las facultades universitarias a través de conjuros, predicciones, augurios, y premoniciones. ¿Señor Wren?

El señor Wren alzó delicadamente el paño de fieltro como si temiese una infección. Desplegados en el cesto había: una pila de servilletas de papel, doce astillas de madera, sus puntas curiosamente empapadas en azufre, un par de gafas de montura de concha con lentes de un color oscuro y humoso, un extraño alfiler, doblado sobre sí mismo de modo que la punta encajaba en un cierre; y dos grandes telas blandas de franela, una bordada con EL y otra con ELLA.

—Doctor Culpepper —preguntó con tono sepulcral el señor Pepys— ¿Son éstos los amuletos de brujería?

03/8/19

El nuevo acelerador

El nuevo acelerador

Herbert George Wells

 

En verdad que si alguna vez un hombre encontró una guinea buscan­do un alfiler, ese fue mi buen amigo el profesor Gibberne. Yo había oído hablar ya de investigadores que sobrepasaban su objeto; pero nunca hasta el extremo que él lo ha conseguido. Esta vez, al menos, y sin exageración, Gibberne ha hecho un descubrimiento que revolu­cionará la vida humana.

Y esto le sucedió sencillamente buscando un estimulante nervioso de efecto general para hacer recobrar a las personas debilitadas las energías necesarias en nuestros agitados días.

Yo he probado ya varias veces la droga, y lo único que puedo hacer es describir el efecto que me ha producido. Pronto resultará evidente que a todos aquellos que andan al acecho de nuevas sensaciones les están reservados experimentos sorprendentes.

El profesor Gibberne, como es sabido, es convecino mío en Folkes­tone. Si la memoria no me engaña, han aparecido retratos suyos, de diferentes edades, en el Strand .Magazine, creo que a fines del año 1899; pero no puedo comprobarlo, porque he prestado el libro a al­guien que no me lo ha devuelto. Quizá recuerde el lector la alta frente y las negras cejas, singularmente tupidas que dan a su rostro un aire tan mefistofélico.Ocupa una de esas pequeñas y agradables casas aisladas, de estilo mixto, que dan un aspecto tan interesante al extre­mo occidental del camino alto de Sandgate. Su casa es la que tiene el tejado Flamenco y el pórtico árabe, y en la pequeña habitación del mirador es donde trabaja cuando se encuentra aquí, y donde nos he­mos reunido tantas tardes a fumar y conversar. Su conversación es animadísima; pero también le gusta hablarme acerca de sus traba­jos. Es uno de esos hombres que encuentran una ayuda y un estrmulan­te en la conversación, por lo que a mí me ha sido posible seguir la concepción del Nuevo Acelerador desde su origen. Desde luego, la mayor parte de sus trabajos experimentales no se verifican en Folkestone, sino en Gower Street, en el magnífico y flamante labo­ratorio continuo al hospital, laboratorio que él ha sido el primero en usar.

Como todo el mundo sabe o por lo menos todas las personas inteli­gentes, la especialidad en que Gibberne ha ganado una reputación tan grande como merece entre los fisiólogos ha sido en la acción de las medicinas sobre el sistema nervioso. Según me han dicho, no tie­ne rival en sus conocimientos sobre medicamentos soporíferos, sedan­tes y anestésicos. También es un químico bastante eminente, y creo que en la sutil y completa selva de los enigmas que se concentran en las células de los ganglios y en las fibras nerviosas ha abierto pe­queños claros, ha logrado ciertas elucidaciones que, hasta que él juz­gue oportuno publicar sus resultados, seguirán siendo inaccesibles para los demás mortales. Y en estos últimos años se ha consagrado con especial asiduidad a la cuestión de los estimulantes nerviosos, en los que ya había obtenido grandes éxitos antes del descubrimiento del Nuevo Acelerador. La ciencia médica tiene que agradecerle, por lo menos, tres reconstituyentes distintos y absolutamente efica­ces, de incomparable utilidad práctica. En los casos de agotamiento, la preparación conocida con el nombre de Jarabe B de Gibberne ha salvado ya más vidas, creo yo, que cualquier bote de salvamento de la costa.

—Pero ninguna de estas pequeñas cosas me deja todavía satisfecho —me dijo hace cerca de un año —. O bien aumentan la energía central sin afectar a los nervios, o simplemente aumentan la energía disponible, aminorando la conductividad nerviosa, y todas ellas cau­san un efecto local y desigual. Una vivifica el corazón y las vísceras, y entorpece el cerebro; otra, obra sobre el cerebro a la manera del champaña, y no hace nada bueno para el plexo solar, y lo que yo quiero, y pretendo obtener, si es humanamente posible, es un esti­mulante que afecte todos los órganos, que vivifique durante cierto tiempo desde la coronilla hasta la punta de los pies, y que haga a uno dos o tres veces superior a los demás hombres. ¿Eh? Eso es lo que yo busco.

—Pero esa actividad fatigaría al hombre.

—No cabe duda. Y comería doble o triple, y así sucesivamente. Pero piense usted lo que eso significaría. Imagínese usted en posesión de un frasquito como éste —y alzó una botellita de cristal verde, con la que subrayó sus frases —, y que en este precioso frasquito se en­cuentra el poder de pensar con el doble de rapidez, de moverse con el doble de celeridad, de realizar un trabajo doble en un tiempo dado de lo que sería posible de cualquier otro modo.

— ¿Pero es posible conseguir una cosa así?

—Yo creo que sí. Si no lo es, he perdido el tiempo durante un año. Estas diversas preparaciones de los hipofosfitos, por ejemplo, pare­cen demostrar algo como eso. Aun si sólo se tratara de acelerar la vi­talidad con un ciento por ciento esto lo conseguiría.

—Puede que sí—dije yo.

—Si usted fuera por ejemplo, un gobernante que se encontrara ante una grave situación y tuviera que tomar una decisión urgente, con los minutos contados. ¿qué le parece…?

—Se podría suministrar una dosis al secretario particular—dije yo.

—Ganaría usted… la mitad del tiempo. O suponga usted, por ejemplo, que quiere acabar un libro.

—Por regla general —dije yo—suelo desear no haberlos empezado nunca.

—O un médico que quiere reflexionar rápidamente ante un caso mortal. O un abogado… o un hombre que quiere ser aprobado en un examen.

—Para esos hombres valdría una guinea cada gota, o más—dije yo.

—También en un duelo—dijo Gibberne —, en donde todo depende de la rapidez en oprimir el gatillo.

—O en manejar la espada—añadí yo.

—Mire usted —dijo Gibberne —: si lo consigo gracias a una droga de efecto general, esto no causará ningún daño, salvo que puede hacerlo envejecer más pronto en un grado infinitesimal. Y habrá vivido el do­ble que los demás.

—Oiga —dije yo, reflexionando —: ¿sería eso leal en un duelo? —Esa es una cuestión que deberán resolver los padrinos —repuso Gibberne.

— ¿Y realmente cree usted que eso es posible? —repetí, volviendo a preguntas específicas.

—Tan posible —repuso Gibberne, lanzando una mirada a algo que pasaba vibrando por delante de la ventana—como un autobús. A de­cir verdad…

Se detuvo, sonrió sagazmente y dio unos golpecitos en el borde de la mesa con el frasquito verde.

—Creo que conozco la droga… He obtenido ya algo prometedor, ­terminó.

La nerviosa sonrisa de su semblante traicionaba la verdad de su re­velación. Gibberne hablaba raramente de sus trabajos experimenta­les a no ser que se hallara muy cerca del triunfo.

—Y puede ser…, puede ser…, no me sorprendería…, que la vitali­dad resultara más que duplicada.

—Eso será una cosa enorme —aventuré yo. —Será, en efecto, una cosa enorme—repitió él.

Pero, a pesar de todo, no creo que supiera por completo lo enorme que iba a ser aquello.

Recuerdo que después hablamos varias veces acerca de la droga. Gibberne la llamaba el Nuevo Acelerador, y cada vez hablaba de ella con más confianza. A veces hablaba nerviosamente de los resultados fisiológicos inesperados que podría producir su uso, y entonces se mostraba francamente mercantil, y teníamos largas y apasionadas discusiones sobre la manera de dar a la preparación un giro comer­cial.

—Es una cosa buena —decía Gibberne —, una cosa estupenda. Yo sé que voy a dotar al mundo de algo valioso, y creo que no deja de ser razonable esperar que el mundo la pague. La dignidad de la ciencia es una cosa muy bonita; pero de todos modos, me parece que debo re­servarme el monopolio de la droga durante unos diez años, por ejem­plo. No veo la razón de que todos los goces de la vida les estén reservados a los tratantes de jamones.

El interés que yo mismo sentía por la droga esperada no decayó, en verdad, con el tiempo. Siempre he tenido una rara propensión a la metafísica. Siempre ha sido aficionado a las paradojas sobre el espa­cio y el tiempo, y me parecía que, en realidad, Gibberne preparaba nada menos que la aceleración absoluta de la vida. Supóngase un hom­bre que se dosificara repetidamente con semejante preparación: este hombre viviría, en efecto, una vida activa y única; pero sería adulto a los once años, de edad madura a los veinticinco, y a los trein­ta emprendería el camino de la decrepitud senil.

Hasta este punto se me figuraba que Gibberne sólo iba a procurar a todo el mundo el que tomara su droga exactamente lo mismo que lo que la Naturaleza ha procurado a los judíos y a los orientales, que son hombres a los quince años y ancianos a los cincuenta, y siempre más rápidos que nosotros en el pensar y en obrar. Siempre me ha ma­ravillado la acción de las drogas; por medio de ellas se puede enlo­quecer a un hombre, calmarle, darle una fortaleza y una vivacidad increíbles, o convertirle en un leño impotente, activar esta pasión o moderar aquella; y ¡ahora venía a añadirse un nuevo milagro a este extraño arsenal de frascos que utilizan los médicos! Pero Gibberne estaba demasiado atento a los puntos técnicos para que penetrara mucho en mi aspecto de la cuestión.

Fue el siete o el ocho de agosto cuando me dijo que la destilación que decidiría su fracaso o su éxito temporal se estaba verificando mientras nosotros hablábamos, y el día diez cuando me dijo que la operación estaba terminada y que el Nuevo Acelerador era una reali­dad palpable. Este día lo encontré cuando subía la cuesta de Sandga­te, en dirección de Folkestone (creo que iba a cortarme el pelo); Gib­berne vino a mi encuentro apresuradamente, y supongo que se diri­gía a mi casa para comunicarme en el acto su éxito. Recuerdo que los ojos le brillaban de una manera insólita en la cara acalorada, y hasta noté la rápida celeridad de sus pasos.

—Es cosa hecha —gritó, agarrándome la mano y hablando muy de prisa —. Más que hecha. Venga a mi casa a verlo.

— ¿De verdad? — ¡De verdad! —gritó —. ¡Es increíble. Venga a verlo. — ¿Pero produce… el doble:?

—Más, mucho más. Me he espantado. Venga a ver la droga. ¡Pruébela! ¡Ensáyela! Es la droga más asombrosa del mundo. Me aferró el brazo, y marchando a un paso tal que me obligaba a

ir corriendo, subió conmigo la cuesta, gritando sin cesar. Todo un ómnibus de excursionistas se volvió a mirarnos al unísono, a la mane­ra que lo hacen los ocupantes de estos vehículos. Era uno de esos días calurosos y claros que tanto abundan en Folkestone; todos los colo­res brillaban de manera increíble, y todos los contornos se recortaban con rudeza. Hacía algo de aire, desde luego; pero no tanto como el que necesitaría para refrescarme y calmarme el sudor en aquellas condiciones. Jadeando, pedí misericordia.

—No andaré muy de prisa, ¿verdad? —exclamó Gibberne, redu­ciendo su paso a una marcha todavía rápida.

— ¿Ha probado usted ya esa droga? —dije yo, soplando.

—No. A lo sumo una gota de agua que quedaba en un vaso que en­juagué para quitar las últimas huellas de la droga. Anoche sí la tomé, ¿sabe usted? Pero eso ya es cosa pasada.

— ¿Y duplica la actividad? —pregunté yo al acercarme a la entrada de su casa, sudando de una manera lamentable.

— ¡La multiplica mil veces, muchos miles de veces! —exclamó Gib­berne con un gesto dramático, abriendo violentamente la ancha can­cela de viejo roble tallado.

— ¿Eh?—dije yo, siguiéndole hacia la puerta.

—Ni siquiera sé cuántas veces la multiplica —dijo Gibberne con el llavín en la mano.

— ¿Y usted…?

—Esto arroja toda clase de luces sobre la fisiología nerviosa; da a la teoría de la visión una forma enteramente nueva… ¿Sabe Dios cuán­tos miles de veces? Ya lo veremos después. Lo importante ahora es ensayarla droga.

— ¿Ensayar la droga?—exclamé yo mientras seguíamos el corre­dor.

— ¡Claro! —dijo Gibberne, volviéndose hacia mí en su despacho —. ¡Ahí está, en ese frasco verde! ¡A no ser que tenga usted miedo!

Yo soy, por naturaleza, un hombre prudente, sólo intrépido en teo­ría. Tenía miedo; pero, por otra parte, me dominaba el amor propio.

—Hombre —dije, cavilando —, ¿dice usted que la ha probado? —Sí; la he probado —repuso —, y no parece que me haya hecho da­ñe, ¿verdad? Ni siquiera tengo mal color, y, por el contrario, siento…

—Venga la poción —dije yo, sentándome —. Si la cosa sale mal, me ahorraré el cortarme el pelo, que es, a mi juicio, uno de los deberes más odiosos del hombre civilizado. ¿Cómo toma usted la mezcla:’

—Con agua —repuso Gibberne, poniendo de golpe una botella en­cima de la mesa.

Se hallaba en pie, delante de su mesa, y me miraba a mí, que esta­ba sentado en el sillón; sus modales adquirieron de pronto cierta afectación de especialista.

—Es una droga singular, ¿sabe usted?—dijo. Yo hice un gesto con la mano, y él continuó:

—Debo advertirle, en primer lugar, que en cuanto la haya usted bebido, cierre los ojos y no los abra hasta pasado un minuto o algo así, y eso con mucha precaución. Se sigue viendo. El sentido de la vis­ta depende de la duración de las vibraciones, y no de una multitud de choques; pero si se tienen los ojos abiertos, la retina recibe una espe­cie de sacudida, una desagradable confusión vertiginosa. Así que téngalos cerrados.

—Bueno; los cerraré.

—La segunda advertencia es que no se mueva. No empiece usted a andar de un lado para otro, puede darse algún golpe. Recuerde que irá usted varios miles de veces más de prisa que nunca; el corazón, los pulmones, los músculos, el cerebro, todo funcionará con esa rapidez, y puede usted darse un buen golpe sin saber cómo. Usted no notará nada, ¿sabe usted? Se sentirá lo mismo que ahora. Lo único que le pasará es que parecerá que todo se mueve muchos miles de veces más despacio que antes. Por eso resulta la cosa tan rara.

— ¡Dios mío! —dije yo —. ¿Y pretende usted…? —Ya verá usted —dijo él, alzando un cuentagotas. Echó una mirada al material de la mesa, y añadió:

—Vasos, agua, todo está listo. No hay que tomar demasiado en el primer ensayo.

El cuentagotas absorbió el precioso contenido del frasco.

—No se olvide de lo que le he dicho —dijo Gibberne, vertiendo las gotas en un vaso de una manera misteriosa —. Permanezca sentado con los ojos herméticamente cerrados y en una inmovilidad absoluta durante dos minutos. Luego me oirá usted hablar.

Añadió un dedo de agua a la pequeña dosis de cada vaso.

—A propósito —dijo —: no deje usted el vaso en la mesa. Téngalo en la mano, descansando ésta en la rodilla. Sí; eso es, Y ahora… Gibberne alzó su vaso.

— ¡Por el Nuevo Acelerador! —dije yo. — ¡Por el Nuevo Acelerador! —repitió él.

Chocamos los vasos y bebimos, e instantáneamente cerré los ojos. Durante un intervalo indefinido permanecí en una especie de nirva­na. Luego oí decir a Gibberne que me despertara, me estremecí, y abrí los ojos. Gilbberne seguía en pie en el mismo sitio, y todavía tenía el vaso en la mano. La única diferencia era que éste estaba vacío. — ¿Qué?—dije yo.

— ¿No nota nada de particular?

—Nada. Si acaso, una ligera sensación de alborozo. Nada más. — ¿Y ruidos?

—Todo está tranquilo —dijo yo —. ¡Por Júpiter, sí! Todo está tran­quilo, salvo este tenue Pat—pat, pat—,bat, como el ruido de la lluvia al caer sobre objetos diferentes. ¿Qué es eso?

—Sonidos analizados—creo que me respondió; pero no estoy segu­ro.

Lanzó una mirada a la ventana y exclamó:

— ¿Ha visto usted alguna vez delante de una ventana una cortina tan inmóvil como esa?

Seguí la dirección de su mirada y vi el extremo de la cortina, como si se hubiera quedado petrificada con una punta en el aire en el mo­mento de ser agitada vivamente por el viento.

—No —dije yo —; es extraño.

— ¿Y esto?—dijo Gibberne, abriendo la mano que tenía el vaso. Como es natural, yo me sobrecogí, esperando que el vaso se rompería contra el suelo. Pero. lejos de romperse, ni siquiera pareció moverse; se mantenía inmóvil en el aire

—En nuestras latitudes—dijo Gibberne—, un objeto que cae reco­rre, hablando en general, cinco metros en el primer segundo de su caí­da. Este vaso está cayendo ahora a razón de cinco metros por se­gundo. Lo que sucede, ¿sabe usted?, es que todavía no ha transcurri­do una centésima de segundo. Esto puede darle una idea de la activi­dad vital que nos ha dado mi Acelerador.

Y empezó a pasar la mano por encima, por debajo y alrededor del vaso, que caía lentamente. Por último, lo cogió por el fondo, lo atrajo hacia sí y lo colocó con mucho cuidado sobre la mesa.

— ¿Eh?—dijo riéndose.

—Esto me parece magnífico—dije yo, y empecé a levantarme del sillón con gran cautela.

Yo me encontraba perfectamente, muy ligero y a gusto y lleno de absoluta confianza en mí mismo. Todo mi ser funcionaba muy de prisa.

Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo; pero esto no me causaba el menor malestar. Miré por la ventana: un ciclista inmóvil con la cabeza inclinada sobre los manubrios y una nube iner­te de polvo tras la rueda posterior trataba de alcanzar a un ómnibus lanzado al galope, que no se movía. Yo me quedé con la boca abierta ante este espectáculo increíble.

—Gibberne —exclamé —, ¿cuánto tiempo durará esta maldita droga ~ — ¡Dios sabe! —repuso él —. La última vez que la tomé me acosté, y se me pasó durmiendo. Le aseguro que estaba asustado. En realidad, debió de durarme unos minutos, que me parecíeron horas. Pero en poco rato creo que el efecto disminuye de una manera bastante súbita.

Yo estaba orgulloso de observar que no estaba asustado, debido, tal vez, a que éramos dos los expuestos.

— ¿Por qué no salir a la calle? —pregunté yo. — ¿Por qué no:’

—La gente se fijará en nosotros. .

—De ningún modo. ¡Gracias a Dios! Fíjese usted en que iremos mil veces más de prisa que el juego de manos más rápido que se haya hecho nunca. ¡Vamos! ¿Por dónde salimos? ¿Por la ventana o por la puerta?

Salimos por la ventana.

Seguramente, de todos los experimentos extraños que yo he hecho o imaginado nunca, o que he leído que habían hecho o imaginado otros, esta pequeña incursión que hice con Gibberne por el parque de Folkestone ha sido el más extraño y el más loco de todos.

Por la puerta del jardín salimos a la carretera, y allí hicimos un mi­nuciosos examen del tráfico inmovilizado. El remate de las ruedas y algunas de las patas de los caballos del ómnibus, así como la punta del látigo y la mandíbula inferior del cochero, que en ese preciso ins­tante se puso a bostezar, se movían perceptiblemente; pero el resto del pesado vehículo parecía inmóvil y absolutamente silencioso, ex­cepto un tenue ruido que salía de la garganta de un hombre. ¡Y este edificio petrificado estaba ocupado por un cochero, un guía y once via­jeros! El efecto de esta inmovilidad mientras nosotros caminábamos, empezó por parecernos locamente extraño y acabó por ser desagrada­ble.

Veíamos a personas como nosotros, y, sin embargo, diferentes, pe­trificadas en actitudes descuidadas, sorprendidas a la mitad de un gesto. Una joven y un hombre se sonreían mutuamente, con una son­risa oblicua que amenazaba hacerse eterna; una mujer con una pa­mela de amplias alas apoyaba el brazo en la barandilla del coche y contemplaba la casa de Gibberne con la impávida mirada de la eter­nidad; un hombre se acariciaba el bigote como una figura de cera, y otro extendía una mano lenta y rígida, con los dedos abiertos, hacia el sombrero, que se le escapaba. Nosotros los mirábamos, nos reía­mos de ellos y les hacíamos muecas; luego nos inspiraron cierto desa­grado, y dando media vuelta, atravesamos el camino por delante del ciclista dirigiéndonos al parque.

— ¡Cielo santo! —exclamó de pronto Gibberne—. ¡Mire!

Delante de la punta de su dedo extendido, una abeja se deslizaba por el aire batiendo lentamente las alas y a la velocidad de un caracol excepcionalmente lento.

A poco llegamos al parque. Allí, el fenómeno resultaba todavía más absurdo. La banda estaba tocando en el quiosco, aunque el rui­do que hacía era para nosotros como el de una quejumbrosa carraca, algo así como un prolongado suspiro, que tantas veces se convertía en un sonido análogo al del lento y apagado tic tac de un reloj monstruoso. Personas petrificadas, rígidas, se hallaban en pie, y maniquíes ex­traños, silenciosos, de aire fatuo, permanecían en actitudes inesta­bles, sorprendidos en la mitad de un paso durante su paseo por el césped. Yo pasé junto a un perrito de lanas suspendido en el aire al saltar, y contemplé el lento movimiento de sus patas al caer a tierra.

— ¡Oh, mire usted! —exclamó Gibberne. Y nos detuvimos un instante ante un magnífico personaje vestido con un traje de franela blanca y rayas tenues, con zapatos blancos y sombrero panamá, que se volvía a guiñar el ojo a dos damas con vesti­dos claros que habían pasado a su lado. Un guiño, estudiado con el detenimiento que nosotros podíamos permitirnos, es una cosa muy poco atrayente. Pierde todo carácter de viva alegría, y se observa que el ojo que se guiña no se cierra por completo, y que bajo el párpado aparece el borde inferior del globo del ojo como una tenue línea blanca.

— ¡Como el Cielo me conceda memoria —dije yo —nunca volveré a guiñar el ojo!

—Ni a sonreír —añadió Gibberne con la mirada fija en los dientes de las damas.

—Hace un calor infernal —dije yo —. Vayamos más despacio. — ¡Bah! ¡Sigamos! —dijo Gibberne.

Nos abrimos camino por entre las sillas de la avenida. Muchas de las personas sentadas en las sillas parecían bastante naturales en sus actitudes pasivas; pero la faz contorsionada de los músicos no era un espectáculo tranquilizador. Un hombre pequeño, de cara purpúrea, estaba petrificado a la mitad de una lucha violenta por doblar un pe­riódico, a pesar del viento. Encontrábamos muchas pruebas de que todas las gentes desocupadas estaban expuestas a una brisa conside­rable, que, sin embargo, no existía por lo que a nuestras sensaciones se refería. Nos apartamos un poco de la muchedumbre y nos volvi­mos a contemplarla.

El espectáculo de toda aquella multitud convertida en un cuadro, con la rígida inmovilidad de figuras de cera, era una maravilla incon­cebible. Era absurdo, desde luego; pero me llenaba de un sentimien­to exaltado, irracional, de superioridad. ¡lmaginaos qué portento! Todo lo que yo había dicho, pensado y hecho desde que la droga ha­bía empezado a actuar en mi organismo había sucedido, en relación con aquellas gentes y con todo el mundo en general, en un abrir y ce­rrar de ojos.

—El Nuevo Acelerador… —empecé yo; pero Gibberne me inte­rrumpió.

—Ahí está esa vieja infernal. — ¿Qué vieja?

—Una que vive junto a mi casa. Tiene un perro faldero que no hace más que ladrar. ¡Cielos! ¡La tentación es irresistible!

Gibberne tiene a veces arranques infantiles, impulsivos. Antes que yo pudiera discutir con él, arrancaba al infortunado animal de la existencia visible y corría velozmente con él hacia el barranco del parque. Era la cosa más extraordinaria. El pequeño animal no ladró, no se debatió ni dio la más ligera muestra de vitalidad. Se quedó completamente rígido, en una actitud de reposo soñoliento, mientras Gibberne lo llevaba cogido por el cuello. Era como si fuera corriendo con un perro de madera.

— ¡Gibberne! —grité yo —. ¡Suéltelo!

Luego dije alguna otra cosa y volví a gritarle: —Gibberne, si sigue usted corriendo así, se le va a prender fuego la ropa—ya se le empe­zaba a chamuscar el pantalón.

Gibberne dejó caer su mano en el muslo y se quedó vacilando al borde del barranco.

—Gibberne —grité yo, corriendo tras él —. Suéltelo. ¡Este calor es ex­cesivo! ¡Es debido a nuestra velocidad! ¡Corremos a tres o cuatro kiló­metros por segundo! … ¡Y el frotamiento del aire! …

— ¿Qué? —dijo Gibberne, mirando al perro.

—El frotamiento del aire! —grité yo —. El frotamiento del aire. Va­mos demasido aprisa. Parecemos aerolitos. Es demasiado calor. ¡Gibberne! ¡Gibberne! Siento muchos pinchazos y estoy cubierto de sudor. Se ve que la gente se mueve ligeramente. ¡Creo que la droga se disipa! Suelte ese perro.

— ¿Eh? —dijo él.

—La droga se disipa —repetí yo —. Nos estamos abrasando, y la droga se disipa. Yo estoy empapado de sudor.

Gibberne se quedó mirándome. Luego miró a la banda, cuyo lento carraspeo empezaba en verdad a acelerarse. Luego, describiendo con el brazo una curva tremenda, arrojó a lo lejos al perro que se elevó dando vueltas, inanimado aún, y cayó, al fin, sobre las sombríllas de un grupo de damas que conversaban animadamente. Gibberne me cogió del codo.

— ¡Por Júpiter! —exclamó —. Me parece que sí se disipa. Una espe­cie de picor abrasador. . sí. Ese hombre está moviendo el pañuelo de una manera perceptible. Debemos marcharnos de aquí rápidamen­te.

Pero no pudimos marcharnos con bastante rapidez. ¡Y quizá fuera una suerte! Pues, de lo contrario, hubiéramos corrido, y si hubiéra­mos corrido, creo que nos hubiésemos incendiado. ¡Es casi seguro que nos hubiésemos prendido fuego! Ni Gibberne ni yo habíamos pensado en eso, ¿sabe usted?… Pero antes que hubiéramos echado a correr, la acción de la droga había cesado. Fue cuestión de una ínfi­ma fracción de segundo. El efecto del Nuevo Acelerador cesó como quien corre una cortina, se desvaneció durante el movimiento de una mano. Oí la voz de Gibberne muy alarmada: —Siéntese —exclamó.

—Yo me dejé caer en el césped, al borde del prado, abrasando el suelo. Todavía hay un trozo de hierba quemada en el sitio en que me senté. Al mismo tiempo, la paralización general pareció cesar; las vi­braciones desarticuladas de la banda se unieron precipitadamente en una ráfaga de música; los paseantes pusieron el pie en el suelo y continuaron su camino; los papeles y las banderas empezaron a agi­tarse; las sonrisas se convirtieron en palabras; el personaje que había empezado el guiño lo terminó y prosiguió su camino satisfecho, y to­das las personas sentadas se movieron y hablaron.

El mundo entero había vuelto a la vida y empezaba a marchar tan de prisa como nosotros, o, mejor dicho, nosotros no íbamos ya más de prisa que el resto del mundo.

Era como la reducción de la velocidad de un tren al entrar en una estación. Durante uno o dos segundos, todo me pareció que daba vueltas, sentí una ligerísima náusea, y eso fue todo. ¡Y el perrito, que parecía haber quedado suspendido un momento en el aire cuando el brazo de Gibberne le imprimió su velocidad, cayó con súbita celeri­dad a través de la sombrilla de una dama.

Esto fue nuestra salvación. Excepto un anciano corpulento, que es­taba sentado en una silla y que ciertamente se estremeció al vernos, lue­go nos miró varias veces con gran desconfianza y me parece que aca­bé por decir algo a su enfermera acerca de nosotros, no creo que ni una sola persona se diera cuenta de nuestra súbita aparición. ¡Plop! Debi­mos de llegar allí bruscamente. Casi en el acto dejamos de chamuscar­nos, aunque la hierba que había debajo de mí desprendía un calor desagradable. La atención de todo el mundo (incluso la de la banda de la .Asociación de Recreos, que por primera vez tocó desafinada­mente) había sido atraída por el hecho pasmoso, y por el ruido toda­vía más pasmoso de los ladridos y la gritería que se originó de que un perro faldero gordo y respetable, que dormía tranquilamente del lado Este del quiosco de la música, había caído súbitamente a través de la sombrilla de una dama que se encontraba en el lado opuesto, llevando los pelos ligeramente chamuscados a causa de la extrema velocidad de su viaje a través del aire. ¡Y en estos días absurdos, en que todos tratamos de ser todo lo psíquicos, lo cándidos y lo supersti­ciosos que sea posible! La gente se levantó atropelladamente, tirando las sillas, y el guardia del parque acudió. Ignoro cómo se arreglaría la cuestión; estábamos demasiado deseosos de desligarnos del asunto y de rehuir las miradas del anciano de la silla para entretenernos en hacer minuciosas investigaciones. En cuanto estuvimos lo suficiente­mente fríos y nos recobramos de nuestro vértigo, nuestras náuseas y nuestra confusión de espíritu, nos levantamos, y bordeando la muche­dumbre, dirigimos nuestros pasos por el camino del hotel de la metró­poli hacia la casa de Gibberne.Pero entre el tumulto oí muy dis­tintamente al caballero que estaba sentado junto a la dama de la sombrilla rota, que dirigía amenazas e insultos injustificados a uno de los inspectores de las sillas.

—Si usted no ha tirado el perro —le decía —, ¿quién ha sido?

El súbito retorno del movimiento y del ruido familiar, y nuestra natural ansiedad acerca de nosotros mismos (nuestras ropas estaban todavía terriblemente calientes, y la parte delantera de los pantalo­nes blancos de Gibberne estaba chamuscada y ennegrecida), me im­pidieron hacer sobre todas estas cosas las minuciosas observaciones que hubiera querido. En realidad no hice ninguna observación de al­gún valor científico sobre este retorno. La abeja, desde luego, se había marchado. Busqué al ciclista con la mirada; pero ya se había perdido de vista cuando nosotros llegamos al camino alto de Sandgate, o quizá nos lo ocultaban los carruajes; sin embargo, el ómnibus de los viajeros, con todos sus ocupantes vivos y agitados ya, marchaba a buen paso cer­ca de la iglesia próxima.

A1 entrar en la casa observamos que el antepecho de la ventana por donde habíamos saltado al salir estaba ligeramente chamuscado, que las huellas de nuestros pies en la grava del sendero eran de una profundidad insólita.

Este fue mi primer experimento del Nuevo Acelerador. Práctica­mente habíamos estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y ha­ciendo toda clase de cosas, en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido media hora mientras la banda había toca­do dos compases. Pero el efecto causado en nosotros fue que el mundo entero se había detenido, para que nosotros lo examináramos a gus­to. Teniendo en cuenta todas las cosas, y particularmente nuestra te­meridad al aventurarnos fuera de la casa, el experimento pudo muy bien haber sido mucho más desagradable de lo que fue. Demostró, sin duda, que Gibberne tiene mucho que aprender aún antes que su preparación sea de fácil manejo; pero su viabilidad quedó demostra­da ciertamente de una manera indiscutible.

Después de esta aventura, Gibberne ha ido sometiendo constante­mente a control el uso de la droga, y varias veces, y sin ningún mal resultado, he tomado yo bajo su dirección dosis medidas, aunque he de confesar que no me he vuelto a aventurar a salir a 1a calle mientras me encuentro bajo su efecto. Puedo mencionar, por ejemplo, que esta historia ha sido escrita bajo su influencia, de un tirón y sin otra inte­rrupción que la necesaria para tomar un poco de chocolate. La em­pecé a las seis y veinticinco, y en este momento mi reloj marca la me­dia y un minuto. La comodidad de asegurarse una larga e ininte­rrumpida cantidad de trabajo en medio de un día lleno de compro­misos, nunca podría elogiarse demasiado.

Gibberne está trabajando ahora en el manejo cuantitativo de su preparación, teniendo siempre en cuenta sus distintos efectos en ti­pos de diferente constitución. Luego espera descubrir un Retardador para diluir la potencia actual, más bien excesiva, de su droga. El Re­tardador, como es natural, causará el efecto contrario al Acelerador. Empleado solo, permitirá al paciente convertir en unos segundos muchas horas de tiempo ordinario, y conservar así una inacción apá­tica, una fría ausencia de vivacidad, en un ambiente muy agitado o irritante. Juntos los dos descubrimientos, han de originar necesaria­mente una completa revolución en la vida civilizada, éste será el principio de nuestra liberación del Vestido del Tiempo, de que habla Garlyle. Mientras, este Acelerador nos permitirá concentrarnos con formidable potencia en un momento u ocasión que exija el máximo rendimiento de nuestro vigor y nuestros sentidos, el Retardador nos permitirá pasar en tranquilidad pasiva las horas de penalidad o de te­dio. Quizá pecaré de optimista respecto al Retardador, que en reali­dad. no ha sido descubierto aún; pero en cuanto al Acelerador, no hay ninguna duda posible. Su aparición en el mercado en forma cómoda, controlable y asimilable es cosa de unos meses. Se le podrá adquirir en todas las farmacias y droguerías, en pequeños frascos verdes, a un precio elevado, pero de ningún modo excesivo si se consideran sus ex­traordinarias cualidades. Se llamará Acelerador Nervioso de Gibber­ne, y éste espera hallarse en condiciones de facilitará en tres distin­tas potencias: una de doscientos, otra de novecientos y otra de mil grados, y se distinguirán por etiquetas amarilla, rosa y blanca, res­pectivamente.

No hay duda de que su uso hace posible un gran número de cosas extraordinarias, pues, desde luego, pueden efectuarse impunemente los actos más notables y hasta quizá los más criminales, escurriéndo­se de este modo, por decirlo así, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las preparaciones potentes, ésta sería susceptible de abu­so.

No obstante, nosotros hemos discutido a fondo este aspecto de la cuestión, y hemos decidido que eso es puramente un problema de ju­risprudencia médica completamente al margen de nuestra jurisdic­ción. Nosotros fabricaremos y venderemos el Acelerador, y en cuanto a las consecuencias…, ya veremos.