03/8/19

El niño feo

El niño feo

Isaac Asimov

 

Edith Fellowes se alisó la bata de trabajo como hacía siempre antes de abrir la compleja cerradura de la puerta y cruzar la invisible línea divisoria que separaba el es del no es. Llevaba la libreta y el bolígrafo, aunque ya no tomaba notas excepto cuando consideraba absolutamente necesario hacer algún informe.

En esta ocasión llevaba también una maleta. («Juguetes para el niño», había dicho ella, sonriente, al vigilante, que desde hacía tiempo había dejado de hacerle preguntas y que le indicó que podía pasar.)

Como siempre, el niño feo supo que ella había entrado y se acercó corriendo.

— ¡Señorita Fellowes! ¡Señorita Fellowes! —gritó con su blanda e indistinta voz.

—Timmie… —dijo ella, y pasó la mano por el tupido cabello castaño que cubría la desfigurada cabecita—. ¿Qué ocurre?

— ¿Volverá Jerry para jugar otra vez? Siento lo que pasó.

—Eso no importa ahora, Timmie. ¿Por eso llorabas?

El niño bajó los ojos.

—No sólo por eso, señorita Fellowes. He soñado otra vez.

— ¿El mismo sueño?

Los labios de la señorita Fellowes se fruncieron. Claro, el incidente con Jerry había hecho volver el sueño.

El niño asintió. Sus dientes, demasiado grandes, asomaron cuando intentó sonreír, y los labios de su sobresaliente boca se estiraron al máximo.

— ¿Cuándo seré bastante grande para salir, señorita Fellowes?

—Pronto —dijo ella en voz baja, sintiendo que se le partía el corazón—. Pronto.

La señorita Fellowes dejó que el niño le tomara la mano y gozó con el cálido tacto de la gruesa y seca piel de la palma. El niño la llevó por las tres habitaciones que formaban el conjunto de la Sección Uno de Estasis; acogedoras, cierto, pero una prisión eterna para el niño feo durante los siete años (¿eran siete?) que llevaba de vida.

El niño la condujo a la única ventana, con vistas a un boscoso fragmento lleno de matorrales del mundo deles (en aquel momento oculto por la noche), donde una valla e instrucciones pintadas prohibían a cualquier hombre adentrarse sin permiso.

El niño apretó la nariz contra la ventana.

— ¿Afuera, señorita Fellowes?

—Mejores lugares. Lugares más bonitos —dijo tristemente ella, mientras contemplaba la pobre cara encarcelada perfilada en la ventana.

La frente del niño se hundía planamente, y su cabello caía en mechones sobre ella. La nuca sobresalía y parecía un peso excesivo para la cabeza, de forma que ésta se inclinaba hacia delante y obligaba al cuerpo a adoptar una postura encorvada. Óseos bordes habían provocado ya un abultamiento en la piel de los ojos. La ancha boca sobresalía más que la amplia y achatada nariz, y el niño carecía de barbilla propiamente dicha; sólo tenía una mandíbula de lisas curvas. Era bajo para su edad, y tenía las piernas cortas, gruesas y torcidas.

Era un niño terriblemente feo, y Edith Fellowes lo amaba intensamente.

La cara de la enfermera quedaba fuera de la línea de visión del niño, por lo que permitió a sus labios el lujo de un temblor.

No lo matarían. Ella haría cualquier cosa para impedirlo. Cualquier cosa. Abrió la maleta y empezó a sacar la ropa que contenía.

Edith Fellowes había cruzado por primera vez el umbral de Estasis, Inc., hacía poco más de tres años. Entonces no tenía la menor idea sobre el significado de Estasis y la tarea de la sociedad. Nadie lo sabía entonces, excepto las personas que trabajaban allí. De hecho, sólo un día después de la llegada de la enfermera se dio la noticia al mundo.

En aquel entonces, fue simplemente un anuncio de Estasis solicitando una mujer con conocimientos de fisiología, experiencia en química clínica y amor a los niños. Edith Fellowes era enfermera en una sala de maternidad y creía satisfacer dichos requisitos.

Gerald Hoskins, en cuyo escritorio figuraba una placa que indicaba su título de doctor, se rascó la mejilla con el pulgar y miró fijamente a la aspirante.

La señorita Fellowes se irguió automáticamente y notó que se le crispaba el rostro, de nariz levemente asimétrica y cejas una pizca gruesas.

«Él tampoco es guapo —pensó ella resentida—. Está engordando, se está quedando calvo y tiene una boca horrible…» Pero el salario mencionado en el anuncio era mucho más elevado de lo que la señorita Fellowes esperaba, y por eso se limitó a aguardar.

—Bien, ¿realmente adora a los niños? —dijo Hoskins.

—No lo afirmaría si no fuera cierto.

— ¿O simplemente le encantan los niños guapos? ¿Los encantadores, regordetes, con lindas naricillas y voces de jilguero?

—Los niños son niños, doctor Hoskins —dijo la señorita Fellowes—, y los que no son guapos son precisamente los que pueden necesitar más ayuda.

—Entonces supongo que podemos aceptarla…

— ¿Pretende decir que me da el empleo ahora mismo?

Él sonrió brevemente, y durante un momento su ancha cara tuvo un distraído rasgo de encanto.

—Tomo decisiones rápidas —dijo—. Pero de momento la oferta es provisional. Puedo tomar una decisión igualmente rápida para dejarla marchar. ¿Está dispuesta a correr el riesgo?

La señorita Fellowes aferró su bolso y calculó con la máxima rapidez posible. Luego ignoró los cálculos y se dejó llevar por su impulso.

—De acuerdo.

—Magnífico. Vamos a formar Estasis esta noche y creo que será mejor que esté allí para empezar de inmediato. Eso será a las ocho de la noche, y me gustaría que usted estuviera a las siete y media.

—Pero, ¿qué…?

—Magnífico. Magnífico. Eso es todo por ahora.

Tras una señal, una risueña secretaria entró y acompañó fuera a la enfermera.

La señorita Fellowes contempló un instante la cerrada puerta del doctor Hoskins. ¿Qué era Estasis? ¿Qué relación tenía con los niños aquel gran edificio de aspecto de granero, con empleados provistos de placas de identificación, con improvisados pasillos, con un inconfundible ambiente de ingeniería?

Se preguntó si debía volver por la noche o quedarse en casa y dar una lección al arrogante individuo. Pero sabía que iba a volver, aunque sólo fuera por pura frustración. Tenía que averiguar lo de los niños.

La señorita Fellowes volvió a las siete y media y no tuvo que anunciarse. Uno tras otro, hombres y mujeres parecían conocerla y saber su trabajo. Le parecía ir sobre ruedas cuando la llevaron adentro.

El doctor Hoskins estaba allí, pero se limitó a mirarla con aire distante.

—Señorita Fellowes… —murmuró.

Ni siquiera le sugirió que tomara asiento, pero ella arrastró tranquilamente una silla hasta la barandilla y se sentó.

Se hallaban en una galería, contemplando un enorme foso lleno de instrumentos que parecían un cruce entre el tablero de mandos de una nave espacial y el teclado de una computadora. A un lado había separaciones que formaban un piso sin techo, una gigantesca casa de muñecas cuyas habitaciones podían verse desde arriba.

La señorita Fellowes vio una cocina electrónica y un frigorífico en una habitación, y un improvisado lavabo en otra. Y el objeto que distinguió en otra habitación sólo podía ser parte de una cama, de una cama pequeña.

Hoskins estaba hablando con otro hombre, y ambos, junto con la señorita Fellowes, eran los únicos ocupantes de la galería. Hoskins no quiso presentar al desconocido, y la enfermera lo miró furtivamente. Era delgado, y tenía cierto atractivo como hombre de edad madura. Tenía un pequeño bigote y penetrantes ojos, al parecer atareados con todo.

—Ni por un momento fingiré que entiendo todo esto, doctor Hoskins —estaba diciendo—. Es decir, entiendo tanto como puede esperarse de un lego, de un lego razonablemente inteligente. Con todo, si hay algo que entiendo menos, es la cuestión de la selectividad. Usted sólo puede alcanzar cierta distancia. Eso parece lógico, las cosas se hacen más vagas al aumentar la distancia, se requiere más energía… Pero luego me dice que no puede llegar muy cerca. Ésa es la parte enigmática.

—Puedo hacerlo parecer menos paradójico, Deveney, si me permite utilizar una analogía.

(La señorita Fellowes identificó al desconocido en cuanto oyó su nombre, y se impresionó aun sin quererlo. Se trataba obviamente de Candide Deveney, el redactor científico de Telenoticias, que acudía notoriamente al escenario de cualquier importante avance científico. La enfermera incluso reconoció la cara de Deveney, ya que la había visto en la notiplaca cuando se anunció el aterrizaje en Marte… De modo que el doctor Hoskins debía tener algo importante allí.)

—Desde luego, use una analogía —dijo Deveney con aire pesaroso—, si cree que eso servirá de algo.

—Bien, pues. Es imposible leer un libro con caracteres de imprenta ordinarios si se lo sostiene a dos metros de los ojos, pero es posible leerlo a un palmo de distancia. Hasta aquí, cuanto más cerca mejor. Pero si pone el libro a cinco centímetros de sus ojos, vuelve a estar perdido. Existe el hecho de la excesiva proximidad, como ve.

—Hummm —dijo Deveney.

—O considere otro ejemplo. Su hombro derecho está a setenta centímetros de la punta de su dedo índice, y puede apoyar este dedo en su hombro derecho. Su codo derecho está sólo a la mitad de la distancia de la punta de su dedo índice. De acuerdo con la lógica ordinaria, sería más fácil hacer lo mismo, y sin embargo usted no puede poner el dedo índice de su mano derecha en el codo del mismo lado. De nuevo, existe el hecho de la excesiva proximidad.

— ¿Puedo usar estas analogías en mi relato? —preguntó Deveney.

—Naturalmente. Me encantaría. He esperado mucho tiempo a que alguien como usted tenga un relato. Le ofreceré cualquier otra cosa que desee. Es hora, por fin, de querer que el mundo mire por encima de nuestro hombro. La gente verá algo.

(A pesar suyo, la señorita Fellowes admiraba la serena certeza del doctor. Había fuerza allí.)

— ¿Cuán lejos va a llegar? —dijo Deveney.

—Cuarenta mil años.

La señorita Fellowes contuvo la respiración bruscamente.

¿Años?

Había tensión en el ambiente. Los encargados de los controles apenas se movían. Un hombre hablaba ante un micrófono con suave monotonía, pronunciando breves frases que no tenían sentido para la señorita Fellowes.

Deveney se apoyó en la barandilla de la galería con la mirada fija.

— ¿Veremos algo, doctor Hoskins? —preguntó.

— ¿Qué? No. Nada hasta que se complete el trabajo. Detectamos de forma indirecta, algo parecido al principio del radar, con la excepción que utilizamos mesones en lugar de radiación. Los mesones buscan retrocediendo en el tiempo en las condiciones apropiadas. Algunos se reflejan, y debemos analizar los reflejos.

—Eso parece difícil.

Hoskins sonrió de nuevo brevemente, como siempre.

—Es el producto final de cincuenta años de investigación, cuarenta de ellos antes de mi entrada en el campo… Sí, es difícil.

El hombre del micrófono alzó una mano.

—Hemos estado fijos en un momento particular de tiempo desde hace semanas. Hemos roto la conexión, la hemos rehecho tras calcular nuestros movimientos en el tiempo, nos hemos asegurado de poder maniobrar el flujo temporal con suficiente precisión. Esto debe dar resultado ahora.

Pero su frente relucía.

Edith Fellowes notó que se había levantado de la silla y estaba en la barandilla de la galería, pero no había nada que ver.

—Ahora —dijo en voz baja el hombre del micrófono.

Hubo un lapso de silencio suficiente para respirar una vez y luego el sonido del chillido de un aterrorizado niño en las habitaciones de la casa de muñecas. ¡Terror! ¡Penetrante terror!

La cabeza de la señorita Fellowes se volvió en la dirección del grito. Un niño estaba involucrado. Lo había olvidado.

El puño de Hoskins golpeó la barandilla, y el doctor, con voz tensa y temblorosa, con voz de triunfo, dijo:

— ¡Conseguido!

La señorita Fellowes fue forzada a bajar el corto tramo espiral de escalera por la dura presión de la palma de Hoskins aplicada a sus omoplatos. El doctor no le dio explicaciones.

Los hombres de los controles estaban de pie en aquel momento, sonrientes, fumando, observando a los tres que llegaban a la planta principal. Un zumbido muy tenue surgía de la casa de muñecas.

—Es totalmente seguro entrar en Estasis —dijo Hoskins a Deveney—. Lo he hecho mil veces. Se produce una sensación extraña que dura un momento y no significa nada.

Hoskins cruzó un abierto umbral en muda demostración, y Deveney, con rígida risa y tras respirar con obvia profundidad, le siguió:

— ¡Señorita Fellowes! ¡Por favor! —dijo Hoskins.

El doctor torció el dedo índice impacientemente.

La señorita Fellowes asintió y entró muy rígida. Fue como si un escarceo, un hormigueo interno recorriera su cuerpo.

Pero una vez dentro todo pareció normal. Se percibía el olor de la madera nueva de la casa de muñecas y…, y de…, de tierra.

Se había hecho el silencio, ninguna voz por fin, pero había un seco arrastrar de pies y, quizá, una mano que rascaba madera…, y luego un suave gemido.

— ¿Dónde está? —preguntó angustiada la señorita Fellowes.

¿Por qué no se preocupaban aquel par de necios?

El niño se hallaba en el dormitorio; o por lo menos, en la habitación que tenía la cama.

Estaba de pie, desnudo, con el pequeño pecho, manchado de barro, subiendo y bajando irregularmente. Un montón de tierra y áspera hierba se extendía en el suelo alrededor de sus descalzos pies morenos. El olor a tierra procedía de allí, igual que el vestigio de algo fétido.

Hoskins siguió la aterrorizada mirada de la enfermera.

—Es imposible arrancar limpiamente a un niño del tiempo, señorita Fellowes —dijo en tono de disgusto—. Hemos tenido que recoger parte de los alrededores por cuestión de seguridad. ¿O habría preferido que el niño llegara aquí con una pierna menos, o con sólo media cabeza?

— ¡Por favor! —repuso la señorita Fellowes, abrumada por el asco—. ¿Vamos a quedarnos con los brazos cruzados? La pobre criatura está asustada. Y muy sucia.

Tenía mucha razón. El niño tenía manchas de barro incrustado y grasa, y un arañazo en el muslo, que estaba enrojecido e inflamado.

Cuando Hoskins se aproximó, el niño, que aparentaba tener tres años, se agachó y retrocedió rápidamente. Alzó el labio superior y gruñó sibilantemente, igual que un gato. Con rápido gesto, Hoskins tomó al niño por ambos brazos y lo levantó del suelo, pese a que se revolvía y chillaba.

—Sosténgalo —dijo la señorita Fellowes—. Lo primero que necesita es un baño. Hay que limpiarlo. ¿Tiene lo preciso? Si es así, ordene que lo traigan aquí. Y al principio necesitaré ayuda para agarrar al niño. Luego, por el amor del cielo, ordene que recojan toda esta suciedad.

Ella estaba ya dando órdenes, y se la veía a sus anchas. Y puesto que era una enfermera eficaz, y no una confusa espectadora, la señorita Fellowes examinó al pequeño con ojo clínico…, y dudó durante unos instantes de sobresalto. Lo examinó más allá del barro y los gritos, más allá del agitar de extremidades y el inútil retorcimiento. Vio al niño propiamente dicho.

Era el niño más feo que había visto nunca. Horriblemente feo desde la deforme cabeza hasta las torcidas piernas.

La señorita Fellowes lavó al niño con ayuda de tres hombres, mientras otros iban de un lado a otro intentando limpiar la habitación. La enfermera actuó en silencio y con una sensación de atropello, irritada por el continuo desasosiego y los chillidos del pequeño, y por los indecorosos salpicones de jabonosa agua a que se veía sometida.

El doctor Hoskins había intuido que el niño no sería guapo, pero eso no implicaba ni con mucho que la criatura estaría repulsivamente deformada. Y el hedor del pequeño era tal que el jabón y el agua sólo lo aliviaban muy poco a poco.

La señorita Fellowes sintió el intenso deseo de echar al niño, enjabonado como estaba, en brazos del doctor y marcharse. Pero estaba el orgullo profesional. Ella había aceptado una tarea, al fin y al cabo… Y estaba la mirada de los ojos del doctor, una fría mirada que decía: «¿Sólo niños guapos, señorita Fellowes?»

Hoskins se mantenía apartado, observando fríamente a cierta distancia con un asomo de sonrisa en el semblante. En un momento dado se fijó en los ojos de la enfermera, y pareció divertirse con la indignación de la mujer.

La señorita Fellowes decidió que aguardaría un rato antes de renunciar. Hacerlo al instante sería rebajarse.

Luego, cuando el niño tuvo un soportable tono rosado y olor a perfumado jabón, la enfermera se sintió mejor a pesar de todo. Los chillidos se transformaron en gimoteos de agotamiento, y el niño miró alrededor atentamente; sus ojos se movieron con veloz y asustado recelo de uno a otro de los ocupantes de la habitación. La limpieza acentuaba su delgada desnudez, mientras se estremecía de frío tras el baño.

— ¡Traigan una bata para el niño! —dijo vivamente la señorita Fellowes.

Al momento apareció una bata. Todo parecía preparado y sin embargo nada estaba disponible a menos que ella diera la orden; como si deliberadamente dejaran el asunto en sus manos sin ayudarla, para ponerla a prueba.

El reportero, Deveney, se acercó.

—Yo lo sostendré, señorita —dijo—. Usted sola no podrá ponérsela.

—Gracias —dijo ella.

Ciertamente hubo una batalla, pero la bata quedó puesta, y cuando el niño hizo ademán de desgarrarla, la enfermera le dio una brusca palmada en la mano.

El niño enrojeció, pero no lloró. Miró fijamente a la mujer y los torcidos dedos de una de sus manos se deslizaron lentamente por la franela de la prenda, palpando su extrañeza.

La señorita Fellowes, desesperada, pensó: «Bueno, y ahora, ¿qué?»

Todo el mundo parecía estar en animación suspendida, aguardando la reacción de la enfermera…, incluso el niño feo.

— ¿Tienen comida? ¿Leche? —preguntó bruscamente.

La tenían. Trajeron una unidad móvil, y en el compartimiento de refrigeración había un litro de leche; había también un calentador y diversos fortificantes en forma de pastillas vitamínicas, jarabe de cobre, cobalto y hierro, y otras cosas que la enfermera no tenía tiempo para examinar. Había varios envases de comida infantil que se auto calentaba.

La señorita Fellowes usó leche, solamente leche para empezar. La unidad de radiaciones calentó el líquido hasta la temperatura apropiada en cuestión de segundos y se desconectó, y la enfermera puso un poco de leche en un plato. Estaba segura del salvajismo del niño. Él no sabría usar una taza.

La señorita Fellowes bajó la cabeza y dijo al pequeño:

—Bebe. Bebe.

Hizo un gesto como si se llevara el plato a la boca. Los ojos del niño siguieron el movimiento, pero nada más.

De pronto, la enfermera recurrió a medidas directas. Tomó con una mano el brazo del niño y metió la otra en la leche. Le mojó los labios con el líquido, y éste cayó goteando por las mejillas y la contraída barbilla.

Durante un instante el niño lanzó un agudo grito, y acto seguido su lengua se movió sobre sus mojados labios. La señorita Fellowes retrocedió.

El niño se acercó al plato, se agachó, miró bruscamente hacia arriba y hacia atrás, como si esperara ver a un agazapado enemigo, se agachó de nuevo, y lamió ansiosamente la leche, igual que un gato. Sorbió el líquido haciendo mucho ruido. No utilizó las manos para levantar el plato.

La señorita Fellowes dejó que asomara en su rostro parte de la repugnancia que sentía. No pudo evitarlo.

Deveney captó el detalle, quizá.

— ¿Lo sabe la enfermera, doctor Hoskins? —dijo.

— ¿El qué? —preguntó la señorita Fellowes.

Deveney dudó, pero Hoskins intervino, de nuevo con su aire de indiferente diversión en el rostro.

—Bien, infórmela —dijo.

Deveney se volvió hacia la señorita Fellowes.

—Tal vez no lo sospeche, señorita, pero el azar ha querido que sea la primera mujer civilizada de la historia que cuida a un joven de Neandertal.

La enfermera volvió la cabeza hacia Hoskins con dominada ferocidad.

—Debió informarme, doctor.

— ¿Por qué? ¿Qué importancia habría tenido?

—Habló de un niño.

— ¿No es eso un niño? ¿Alguna vez ha tenido un perrito o un gatito, señorita Fellowes? ¿Están esos animales más cerca de lo humano? Si ese niño fuera una cría de chimpancé, ¿le produciría asco? Usted es enfermera, señorita Fellowes. Su expediente afirma que estuvo en una sala de maternidad durante tres años. ¿Alguna vez se negó a cuidar a un bebé deforme?

La señorita Fellowes pensó que estaba quedándose sin argumentos.

—Podía haberme informado —dijo, con mucha menos decisión.

— ¿Y habría rechazado el empleo? Bien, ¿lo rechaza ahora?

Hoskins la observó fríamente, mientras Deveney miraba al otro lado de la habitación, y el niño de Neandertal, tras acabar la leche y lamer el plato, contempló a la enfermera con su mojada cara y sus anhelantes ojazos.

El niño señaló la leche y de repente empezó a emitir una breve serie de sonidos reiterados; sonidos guturales y complejos chasquidos de la lengua.

— ¡Vaya, habla! —dijo la señorita Fellowes, sorprendida.

—Naturalmente —dijo Hoskins—. El Homo neanderthalensis no es una especie totalmente distinta, sino más bien una subespecie del Homo sapiens. ¿Por qué no había de hablar? Probablemente está pidiendo más leche.

De forma mecánica, la señorita Fellowes buscó la botella de leche, pero Hoskins la tomó por la muñeca.

—Bien, señorita Fellowes, antes que vayamos más lejos, ¿acepta el empleo?

La señorita Fellowes se soltó bruscamente, irritada.

— ¿No piensa darle de comer si yo no lo hago? Me quedaré con él…, algún tiempo.

La enfermera echó leche en el plato.

—Vamos a dejarla con el niño, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Ésta es la única entrada de Estasis Número Uno, y está completamente cerrada y vigilada. Quiero que se entere de los pormenores de la cerradura, la cual, por supuesto, estará programada para aceptar sus huellas digitales, como ya lo está para las mías. En los espacios superiores —prosiguió, alzando los ojos hacia los inexistentes techos de la casa de muñecas—también hay vigilancia, y se nos informará en cuanto algo inconveniente suceda aquí.

— ¿Pretende decir que estaré sometida a control visual? —dijo la señorita Fellowes, indignada.

Pensó de pronto en su propio examen de las habitaciones interiores desde la galería.

—No, no —repuso seriamente Hoskins—. Se respetará totalmente su intimidad. La vigilancia se efectuará únicamente mediante símbolos electrónicos, que sólo una computadora interpretará. Se quedará con el chico esta noche, señorita Fellowes, y todas las noches hasta nuevo aviso. Se la relevará durante el día según el horario que le parezca más conveniente. Le permitiremos arreglar ese detalle.

La enfermera contempló la casa de muñecas con asombrada expresión.

—Pero, ¿por qué todo esto, doctor Hoskins? ¿Es peligroso el niño?

—Es cuestión de energía, señorita Fellowes. Al niño no se le debe permitir la salida de estas habitaciones. Nunca. Ni un instante. Por ningún motivo. Ni para salvarle la vida. Ni siquiera para salvar su propia vida, señorita Fellowes. ¿Está claro?

La enfermera levantó la barbilla.

—Entiendo las órdenes, doctor Hoskins, y en mi profesión estamos acostumbradas a poner el deber por delante de la seguridad personal.

—Perfecto. Si necesita ayuda de alguien, hágalo saber.

Y los dos hombres se fueron.

La señorita Fellowes se volvió hacia el niño. Él estaba observándola, y todavía quedaba leche en el plato. Trabajosamente, la enfermera trató de enseñarle a levantarlo y llevárselo a los labios. El pequeño se resistió, pero se dejó tocar sin más gritos.

Los asustados ojos del niño siempre estaban fijos en ella, vigilantes, atentos al primer movimiento en falso. La enfermera tuvo que tranquilizarle, se esforzó en mover muy despacio la mano hacia el pelo del pequeño, dejándole ver cada milímetro del recorrido, para que viera que no iba a sufrir daño.

Y logró acariciarle el pelo un instante.

—Tendré que enseñarte a usar el cuarto de baño —dijo—. ¿Crees que podrás aprender?

Habló en voz baja, apaciblemente, sabiendo que él no entendería las palabras pero confiando en que respondiera al sosiego de su tono.

El niño inició de nuevo una frase con chasquidos de su lengua.

— ¿Me dejas tomarte la mano? —dijo la enfermera.

Tendió la suya y el niño la miró. La señorita Fellowes dejó su mano extendida y aguardó. La mano del pequeño se deslizó hacia la suya.

—Eso está bien —dijo ella.

La mano se acercó a dos centímetros y entonces el valor del niño decayó. Apartó la mano bruscamente.

—Bien —dijo tranquilamente la señorita Fellowes—, lo intentaremos más tarde. ¿Te gustaría sentarte aquí?

Dio unas palmadas al colchón de la cama.

Las horas transcurrieron con lentitud, y el progreso fue escaso. La enfermera no obtuvo satisfacción ni con el cuarto de baño ni con la cama. De hecho, a pesar de dar inconfundibles muestras de somnolencia, el pequeño se echó al suelo y a continuación, con un rápido movimiento, se metió debajo de la cama.

La señorita Fellowes se agachó para mirar al niño, y los ojos de éste la observaron relucientes mientras la lengua chasqueaba.

—Muy bien —dijo ella—, si te sientes más seguro ahí, duerme ahí.

Cerró la puerta del dormitorio y se retiró a la cama que le habían preparado en la habitación más espaciosa. Tras insistir, habían puesto un improvisado dosel sobre la cama. La señorita Fellowes pensó: «Esos estúpidos tendrán que poner un espejo y una cómoda más grande en esta habitación, y otro cuarto de baño, si esperan que yo pase las noches aquí.»

Le resultó difícil dormir. La señorita Fellowes se esforzó en oír posibles ruidos en la habitación contigua. El niño no podía escapar, ¿no? Las paredes eran rectas e increíblemente altas, pero…, ¿y si el pequeño trepaba como un mono? Bien, Hoskins había hablado de la existencia de dispositivos de observación que vigilaban el techo.

De repente, la enfermera pensó: «¿Es posible que el niño sea peligroso? ¿Físicamente peligroso?»

No, Hoskins no podía haberse referido a eso. No la habría dejado sola si…

Trató de reírse de sí misma. Sólo era un niño de tres o cuatro años. Sin embargo, ella no había conseguido cortarle las uñas. Si la atacaba con uñas y dientes mientras dormía…

Respiró agudamente. Aquello era ridículo, pero de todas maneras…

Prestó penosa atención, y esta vez oyó el sonido.

El niño estaba llorando.

No eran chillidos de miedo o de enfado; no eran gritos, no eran alaridos. El niño estaba llorando en silencio. Era el angustiado sollozo de un niño que se sentía solo, muy solo.

Por primera vez, la señorita Fellowes pensó con zozobra: «¡Pobre criatura!»

Naturalmente, era un niño. ¿Qué importaba la forma de su cabeza? Era un niño que se había quedado huérfano como ningún otro niño antes que él. No sólo habían desaparecido su madre y su padre, sino también toda su especie. Arrancado insensiblemente de su tiempo, era la única criatura de su especie en el mundo. La última. La única.

La señorita Fellowes sintió que su pena crecía, y al mismo tiempo se avergonzó de su propia insensibilidad. Tras ceñirse la bata a las pantorrillas (incongruentemente, pensó: «Mañana tendré que traer un albornoz»), salió de la cama y entró en la habitación del niño.

—Pequeño —llamó en un susurro—. Pequeño.

Estuvo a punto de meter la mano por debajo de la cama, pero pensó en un posible mordisco y no lo hizo. Encendió la lamparilla y movió la cama.

La pobre criatura estaba acurrucada en un rincón, con las rodillas bajo la barbilla, y miraba a la enfermera con borrosos y desconfiados ojos.

Con la escasa iluminación, la enfermera no percibió el aspecto repulsivo del niño.

—Pobre niño —dijo—, pobre niño. —Notó que el pequeño se ponía rígido mientras le acariciaba el pelo, y que luego se relajaba—. Pobre niño. ¿Me dejas tomarte?

Se sentó en el suelo cerca del niño y, poco a poco, rítmicamente, le acarició el cabello, la mejilla, el brazo. En voz baja, la señorita Fellowes comenzó a entonar una canción lenta y suave.

El niño levantó la cabeza al oírla y contempló su boca en la penumbra, como si el sonido le maravillara.

La enfermera fue aproximándose mientras el niño la escuchaba. Poco a poco acercó hacia sí la cabeza del pequeño, hasta que ésta quedó apoyada en su hombro. Le pasó un brazo por debajo de los muslos y lo alzó hasta su regazo con un movimiento pausado y suave.

La señorita Fellowes siguió cantando, el mismo verso sencillo una y otra vez, mientras mecía al pequeño.

El niño dejó de llorar y al cabo de un rato el rítmico zumbido de su respiración indicó que se había dormido.

Con infinito cuidado, la enfermera empujó la cama hacia la pared y puso encima al niño. Lo tapó y lo miró. Su cara era tan pacífica y tan de niño pequeño mientras dormía… Ciertamente, no tenía tanta importancia que fuera muy feo.

La señorita Fellowes empezó a alejarse de puntillas, pero después pensó: «¿Y si se despierta?»

Retrocedió, luchó indecisa consigo misma, suspiró y, lentamente, se metió en la cama con el pequeño.

La cama era demasiado pequeña para ella. Se sentía entorpecida e incómoda sin el dosel, pero la mano del niño se deslizó hacia la suya y, sin saber cómo, la enfermera se durmió en esa postura.

Despertó sobresaltada y con el alocado impulso de chillar, que logró ahogar en un gorjeo. El niño estaba mirándola, con los ojos muy abiertos. La enfermera tardó un largo momento en recordar que se había acostado con él; después, poco a poco, sin apartar la mirada de aquellos ojos, sacó una pierna, tocó el suelo, y luego sacó la otra.

Lanzó una rápida y recelosa mirada hacia el abierto techo, y tensó los músculos dispuesta a ponerse en pie.

Pero en ese momento los rechonchos dedos del niño se movieron y tocaron los labios de la enfermera. El pequeño dijo algo.

La señorita Fellowes retrocedió con el contacto. El niño era terriblemente feo a la luz del día.

El niño habló otra vez. Abrió la boca e hizo un gesto con la mano, como si algo brotara de sus labios.

La señorita Fellowes supuso el significado del gesto y dijo trémulamente:

— ¿Quieres que cante?

El niño no dijo nada, sólo miró fijamente la boca de la mujer.

Con voz ligeramente desafinada a causa de la tensión, la señorita Fellowes inició la misma cancioncilla de la noche anterior y el niño feo sonrió. Su cuerpo se bamboleó torpe, burdamente, siguiendo el ritmo de la música, y de su boca brotó un gorgoteo que quizá fuera un asomo de risa.

La señorita Fellowes suspiró mentalmente. La música posee encantos que calman al corazón salvaje. Quizá fuera una ayuda…

—Aguarda —dijo la enfermera—. Déjame que me arregle. Sólo será un momento. Luego te prepararé el desayuno.

Actuó con rapidez, siempre consciente de la falta de techo. El niño siguió en la cama, contemplando a la mujer cuando estaba a la vista. Ella le sonreía en esas ocasiones, y agitaba su mano. Finalmente, el niño agitó también su mano, y a la señorita Fellowes le encantó el detalle.

— ¿Te apetecerían gachas de avena con leche? —dijo ella por fin.

Tardó sólo unos instantes en preparar el desayuno, y luego llamó por señas al niño. Bien porque entendió el gesto, o bien porque siguió el aroma (la señorita Fellowes no podía saberlo), el pequeño salió de la cama.

Trató de enseñarle a usar la cuchara, pero el niño se apartó del utensilio, asustado. («Hay tiempo de sobra», pensó ella.) Insistió en que él levantara el tazón con las manos. El niño lo hizo con bastante torpeza e increíble chapucería, pero buena parte del desayuno llegó a su estómago.

La señorita Fellowes intentó darle la leche en un vaso en esta ocasión, y el pequeño gimió al descubrir que la pequeñez del agujero le impedía meter la cara de modo conveniente. La enfermera le tomó la mano y se la puso en torno al vaso, le obligó a inclinarlo un poco y le empujó los labios hacia el borde.

De nuevo un desastre, pero el niño aprovechó casi todo el líquido, y la señorita Fellowes ya estaba acostumbrada a los desastres.

Para sorpresa y alivio de la enfermera, el cuarto de baño fue un problema menos frustrante. El niño entendió lo que se esperaba de él.

—Buen chico. Chico listo —dijo ella, y reparó en que estaba dándole palmaditas en la cabeza.

Y con sumo placer por parte de la señorita Fellowes, el niño sonrió.

Ella pensó: «Cuando sonríe, es un niño bastante soportable.»

Ese mismo día, más tarde, llegaron los caballeros de la prensa.

La enfermera tomó en brazos al niño y éste se aferró a ella alocadamente mientras al otro lado de la abierta puerta las cámaras comenzaban a funcionar. La conmoción asustó al niño, que se puso a llorar, pero pasaron diez minutos antes que la señorita Fellowes tuviera autorización para retirarse y llevar al pequeño a la habitación contigua.

Después salió otra vez, ruborizada de indignación, cruzó la entrada de la casa de muñecas y cerró la puerta.

—Creo que ya han tenido suficiente. Me costará un rato calmar al niño. Váyanse.

—Claro, claro —dijo el caballero del Times—Herald—. Pero, ¿realmente hemos visto a un Neandertal, o se trata de una tomadura de pelo?

—Les aseguro que no se trata de una tomadura de pelo —sonó de pronto la voz de Hoskins desde atrás—. El niño es auténtico. Homo neanderthalensis.

— ¿Es chico o chica?

—Chico —dijo lacónicamente la señorita Fellowes.

—El niño—mono —dijo el periodista del News—. Eso tenemos aquí. Un niño—mono. ¿Cómo actúa, enfermera?

—Actúa exactamente igual que un niño de corta edad —espetó la señorita Fellowes, irritada por tener que estar a la defensiva—. Y no es un niño—mono. Se llama… Timothy, Timmie…, y su conducta es perfectamente normal.

Había escogido el nombre, Timothy, a la buena ventura. Era el primero que se le había ocurrido.

—Timmie, el niño—mono —dijo el periodista del News.

Y con ese nombre, Timmie, el niño—mono, conoció el mundo al niño feo.

El periodista del Globe se volvió hacia Hoskins.

—Doctor, ¿qué piensa hacer con el niño—mono?

El aludido se alzó de hombros.

—Mi plan original se completó cuando demostré que era posible traerlo aquí. Sin embargo, los antropólogos estarán muy interesados, supongo, y los fisiólogos. No en balde tenemos aquí una criatura que está al borde del ser humano. Con él, podemos aprender mucho de nosotros mismos y de nuestros antepasados.

— ¿Cuánto tiempo piensa quedárselo?

—Hasta que llegue el momento en que necesitemos el espacio más que a él. Bastante tiempo, tal vez.

El periodista del News intervino de nuevo.

— ¿Podrá sacarlo al aire libre, para que podamos preparar equipo sub—etérico y montar todo un programa?

—Lo siento, pero el niño no puede salir de Estasis.

— ¿Qué es exactamente Estasis?

—Ah. —Hoskins cedió a una de sus breves sonrisas—. Eso precisaría una larga explicación, caballeros. En Estasis el tiempo tal como lo conocemos no existe. Estas habitaciones son en su interior una burbuja invisible que no forma exactamente parte de nuestro universo. Por eso pudimos arrancar del tiempo al niño.

—Alto, un momento —dijo el periodista del News, descontento—. ¿Pretende engañarnos? La enfermera puede entrar y salir de la habitación.

—Y lo mismo puede hacer cualquiera de ustedes —dijo Hoskins como si tal cosa—. Se desplazarían paralelamente a las líneas de la fuerza temporal y no habría grandes ganancias o pérdidas de energía. El niño, sin embargo, fue tomado en el remoto pasado. Cruzó las líneas y adquirió potencial temporal. Desplazarlo al universo y a nuestro tiempo absorbería la energía suficiente para quemar todas las líneas del lugar y, seguramente, para eliminar toda la energía de la ciudad de Washington. Hemos tenido que guardar en el local los residuos que el niño trajo consigo, y tendremos que eliminarlos poco a poco.

Los periodistas estaban atareados anotando frases mientras Hoskins les hablaba. Ellos no entendían, y seguramente sus lectores tampoco, pero aquello parecía científico y eso era lo importante.

En ese momento intervino el periodista del Times—Herald.

— ¿Estaría disponible esta noche para una entrevista en todos los circuitos?

—Creo que sí —dijo al instante Hoskins, y todos los periodistas se marcharon.

La señorita Fellowes los observó mientras salían. En cuanto a Estasis y fuerzas temporales, entendía tan poco como ellos, pero ella sabía algo. El encarcelamiento de Timmie (de pronto se dio cuenta que usaba ese nombre para pensar en el niño feo) era real, y no venía impuesto por el arbitrario mandato de Hoskins. Al parecer, sería imposible sacarlo de Estasis, nunca.

Pobre criatura. Pobre criatura.

Súbitamente, oyó que el niño lloraba y se apresuró a entrar para consolarlo.

La señorita Fellowes no tuvo oportunidad de ver a Hoskins en la red de circuitos, y aunque la entrevista fue transmitida a todas las partes del mundo e incluso a la estación lunar, las ondas no penetraron en el lugar donde vivían la enfermera y el niño feo.

Pero el doctor volvió a la mañana siguiente, radiante y alegre.

— ¿Fue bien la entrevista? —preguntó la señorita Fellowes.

—Sumamente bien. ¿Cómo está… Timmie?

La enfermera sintió que le complacía el uso de ese nombre.

—Se defiende bastante bien. Ven aquí, Timmie, este agradable caballero no te hará daño.

Pero Timmie permaneció en la otra habitación. Un mechón de su enmarañado cabello asomó detrás de la barrera de la puerta, y sólo en un par de ocasiones se vio el rabillo de uno de sus ojos.

—En realidad —dijo la señorita Fellowes—, el chico está adaptándose asombrosamente. Es muy inteligente.

— ¿Le sorprende?

Ella dudó un instante antes de responder.

—Sí, me sorprende. Supongo que pensé que era un niño—mono.

—Bueno, niño—mono o no, ha hecho mucho por nosotros. Ha hecho famoso a Estasis. Nos conocen, señorita Fellowes, nos conocen.

Parecía que Hoskins tenía que expresar su triunfo a alguien, aunque sólo fuera a la señorita Fellowes.

— ¿Ah, sí?

La enfermera le dejó hablar.

El doctor se metió las manos en los bolsillos.

—Llevamos diez años trabajando casi sin un céntimo, arañando fondos cuando podíamos, penique a penique. Temíamos que jugamos el todo por el todo en una gran demostración. Era todo, o nada. Y cuando digo el todo por el todo, hablo en serio. La tentativa de obtener un Neandertal se llevó hasta el último centavo que pedimos prestado o robamos, y parte del dinero fue de hecho robado: fondos para otros proyectos, usados para éste sin autorización. Si este experimento hubiera fracasado, yo estaría acabado.

— ¿Por eso no hay techos? —dijo bruscamente la señorita Fellowes.

— ¿Eh?

Hoskins alzó los ojos.

— ¿No había dinero para techos? —insistió ella.

—Ah. Bien, ésa no era la única razón. En realidad no sabíamos de antemano la edad exacta del Neandertal. Sólo podemos detectar vagamente en el tiempo, y él podía haber sido enorme y salvaje. Nos exponíamos a tener que tratarle a cierta distancia, como a un animal enjaulado.

—Pero puesto que no ha sido así, supongo que ahora construirán el techo.

—Ahora sí. Ahora tenemos abundante dinero. Nos han prometido subvenciones de todas las fuentes posibles. Es sencillamente maravilloso, señorita Fellowes.

Su ancha cara se iluminó con una sonrisa duradera, y cuando el doctor se fue, hasta su espalda parecía sonreír.

La señorita Fellowes pensó: «Un hombre muy agradable cuando baja la guardia y olvida que es un científico.»

Durante un momento de ocio, se preguntó si estaría casado, pero luego desechó la idea, avergonzada de sí misma.

— ¡Timmie! —gritó—. ¡Ven aquí, Timmie!

En los meses siguientes, la señorita Fellowes sintió que iba convirtiéndose en parte integral de Estasis, Inc. Le dieron un pequeño despacho con su nombre en la puerta, una oficina bastante cercana a la casa de muñecas (ella jamás dejaba de llamar así a la burbuja de Estasis donde estaba Timmie). Le concedieron un substancioso aumento de sueldo. La casa de muñecas quedó cubierta por un techo, hubo muebles nuevos y mejores, y añadieron un segundo cuarto de baño. Pese a todo eso, la enfermera obtuvo un piso para ella sola en terrenos del instituto y, de vez en cuando, no pasaba la noche con Timmie. Instalaron un sistema de comunicación entre la casa de muñecas y el piso, y Timmie aprendió a usarlo.

La señorita Fellowes fue acostumbrándose al niño. Incluso se percataba menos de la fealdad de Timmie. Un día vio a un niño ordinario en la calle y percibió un rasgo abultado y poco atractivo en su frente, alta y curvada, y en su prominente barbilla. Tuvo que sacudir la cabeza para romper el hechizo.

Más agradable fue acostumbrarse a las esporádicas visitas de Hoskins. Obviamente, el doctor se alegraba de huir de su cada vez más molesto papel de director de Estasis, Inc., y manifestaba un interés sentimental por el niño causante de su fortuna. Pero a la señorita Fellowes le parecía que Hoskins también disfrutaba hablando con ella.

(Además, la enfermera conocía ya algunos datos relacionados con Hoskins. Él era el inventor del método para analizar el reflejo del rayo mesónico que penetraba en el pasado; él había inventado el método para crear Estasis; su frialdad era un simple esfuerzo para ocultar un carácter apacible; y, ¡oh, sí!, estaba casado.)

Hubo una cosa a la que la señorita Fellowes no consiguió acostumbrarse: al hecho que formaba parte de un experimento científico. En contra de sus deseos, acabó viéndose comprometida personalmente hasta el punto de pelearse con los fisiólogos.

En cierta ocasión, Hoskins bajó y la encontró en pleno ataque de furia. Ellos no tenían derecho, no tenían derecho… Aunque el niño fuera un Neandertal, no era un animal.

La señorita Fellowes observaba la marcha de los fisiólogos con ciega rabia, mirando a la abierta puerta y atenta a los sollozos de Timmie, cuando se dio cuenta que Hoskins se hallaba de pie junto a ella. Quizá llevaba allí varios minutos.

— ¿Puedo pasar? —dijo él.

La enfermera asintió cortésmente y corrió hacia Timmie, que se abrazó a ella, aterrándola con sus torcidas piernecitas…, todavía delgadas, muy delgadas.

Hoskins los observó antes de hablar.

—No parece muy feliz —dijo gravemente.

—No le culpo. Están encima de él todos los días con sus muestras de sangre y sus pruebas. Lo alimentan con dietas sintéticas que yo no le daría ni a un cerdo.

—Es algo que no pueden ensayar con un hombre, ya sabe.

—Y tampoco pueden ensayarlo con Timmie. Doctor Hoskins, insisto. Usted me dijo que la llegada de Timmie hizo famosa a Estasis, Inc. Si siente alguna gratitud por eso, mantenga a esa gente lejos de la pobre criatura, al menos hasta que tenga la edad suficiente para comprender un poco más las cosas. Después de una espantosa sesión con los científicos, el niño tiene pesadillas, no puede dormir. Se lo advierto. —La señorita Fellowes había llegado al punto culminante de su furia—. ¡No permitiré que vuelvan a entrar!

La enfermera se dio cuenta que estaba chillando, pero no había podido evitarlo.

—Sé que el niño es un Neandertal —prosiguió en voz más baja—, pero hay muchos detalles de esa raza que no apreciamos. He leído sobre el tema. El hombre de Neandertal tenía una cultura propia. Parte de los más importantes inventos de la Humanidad se produjeron en su época. La domesticación de animales, por ejemplo. La rueda. Técnicas para pulir la piedra. Hasta tenían anhelos espirituales. Sepultaban a los muertos y enterraban pertenencias con el cadáver, lo cual demuestra que creían en una vida después de la muerte. Equivale al hecho que inventaron la religión. ¿No significa eso que Timmie tiene derecho a un tratamiento humano?

Dio unas suaves palmaditas en las nalgas al niño y lo hizo ir al cuarto de jugar. Al abrirse la puerta, Hoskins sonrió un instante al observar la variedad de juguetes visibles.

—Esa pobre criatura merece tener juguetes —dijo a la defensiva la enfermera—. Es lo único que tiene, y se lo ha ganado, con todo lo que tiene que sufrir.

—No, no. No hay objeciones, se lo aseguro. Estaba pensando en lo mucho que ha cambiado usted desde aquel primer día, cuando se enfadó bastante porque le impuse el cuidado de un Neandertal.

—Supongo —dijo en voz baja la señorita Fellowes—, supongo que yo no…

Y su voz se apagó.

Hoskins cambió de tema.

— ¿Cuál diría que es la edad del niño, señorita Fellowes?

—No puedo asegurarlo, ya que desconocemos el desarrollo de esta raza. Por la altura, debería tener unos tres años, pero los individuos de su especie eran más bajos en general, y con todas las manipulaciones que están haciéndole, lo más probable es que no esté creciendo. De todas formas, por la rapidez con que aprende nuestro idioma, yo diría que tiene más de cuatro años.

— ¿De verdad? En los informes no he leído nada al respecto.

—El chico no habla con nadie excepto conmigo. De momento, por lo menos. Tiene un miedo terrible a cualquier otra persona, y no es de extrañar. Pero sabe pedir comida, indica prácticamente cualquier necesidad, y entiende casi todo lo que le digo. Naturalmente —añadió la enfermera, mirando astutamente a Hoskins, tratando de valorar si era la ocasión oportuna—, su desarrollo podría interrumpirse.

— ¿Por qué?

—Todos los niños necesitan estímulos, y éste lleva una vida de confinamiento en soledad. Yo hago lo que puedo, pero no estoy siempre con él, y no soy todo lo que él necesita. Lo que pretendo decir, doctor Hoskins, es que Timmie necesita jugar con otro niño.

Hoskins asintió lentamente.

—Por desgracia, sólo hay un niño como él, ¿no? —comentó—. Pobre criatura.

La señorita Fellowes sintió instantánea simpatía por el doctor.

—A usted le gusta Timmie, ¿no es cierto? —le dijo. Era maravilloso que otra persona sintiera lo mismo.

—Oh, sí —repuso Hoskins, y puesto que había bajado la guardia, la enfermera vio el cansancio en sus ojos.

La señorita Fellowes postergó al instante sus planes de insistir en el problema.

—Parece muy agotado, doctor Hoskins —dijo con verdadera preocupación.

— ¿En serio, señorita Fellowes? En ese caso, tendré que practicar para tener un aspecto más vital.

—Supongo que Estasis tiene mucho trabajo, y que eso le mantiene muy atareado.

Hoskins se alzó de hombros.

—Supone bien. Es un problema animal, vegetal y mineral por partes iguales, señorita Fellowes. Pero…, creo que no ha visto nuestras muestras.

—Es cierto, no las he visto… Pero no porque no me interesen. He estado tan atareada…

—Bien, ahora mismo no está tan atareada —dijo Hoskins, con impulsiva decisión—. Vendré a buscarla mañana a las once y haremos juntos el recorrido. ¿Qué me dice?

La enfermera sonrió, muy contenta.

—Me encantaría.

Hoskins asintió, sonrió también y se fue.

La señorita Fellowes estuvo canturreando a intervalos durante el resto de la jornada. Sí, pensar eso era ridículo, claro, pero… aquello era lo más parecido a… una cita.

Hoskins llegó muy puntual al día siguiente, risueño y simpático. La señorita Fellowes había sustituido su uniforme de enfermera por un vestido. Un vestido de corte conservador, a decir verdad, pero ella no se había sentido tan femenina desde hacía años.

El doctor la lisonjeó con sobria formalidad al verla, y ella lo aceptó con gracia igual de formal. Un preludio realmente perfecto, pensó la enfermera. Y acto seguido tuvo otro pensamiento: preludio…, ¿de qué?

Reprimió el pensamiento apresurándose a decir adiós a Timmie y asegurándole que volvería pronto. Se aseguró que el niño sabía en qué consistía la comida y dónde estaba.

Hoskins la llevó a la nueva ala del edificio, que la enfermera no conocía. Aún había olor a nuevo, y los ruidos que se oían tenuemente eran indicación suficiente que el ala seguía en proceso de ampliación.

—Animal, vegetal y mineral —dijo Hoskins, igual que el día anterior—. Animal, aquí mismo. Nuestras muestras más espectaculares.

El espacio disponible estaba dividido en numerosas salas, distintas burbujas de Estasis. Hoskins condujo a la enfermera a la cristalera de una burbuja. La mujer vio algo que en principio le pareció un pollo con escamas y cola. Deslizándose con sus dos finas patas, el animal iba de pared a pared; tenía una delicada cabeza de pájaro, coronada por una quilla ósea igual que una cresta de gallo, que se movía sin cesar. Las garras de sus miembros delanteros se encogían y extendían constantemente.

—Es nuestro dinosaurio —dijo Hoskins—. Hace meses que lo tenemos. No sé cuándo podremos dejarlo marchar.

— ¿Dinosaurio? —se asombró ella.

— ¿Esperaba ver un gigante?

Se formaron hoyuelos en las mejillas de la señorita Fellowes.

—Es lo que se espera, supongo —dijo—. Sé que algunos dinosaurios eran pequeños.

—Uno pequeño es lo único que pretendíamos, se lo aseguro. Normalmente está sometido a examen, pero al parecer estamos en hora de descanso. Hemos descubierto cosas interesantes. Por ejemplo, este animal no es enteramente de sangre fría. Tiene un método imperfecto para mantener su temperatura interna más elevada que la del medio ambiente. Por desgracia, es macho. Desde que lo trajimos aquí hemos estado intentando encontrar otro que fuera hembra, pero aún no hemos tenido suerte.

— ¿Por qué una hembra?

Hoskins la miró burlonamente.

—Para tener una buena probabilidad de disponer de huevos fértiles y crías de dinosaurio.

—Ah, claro.

El doctor la llevó a la sección de trilobites.

—Ése es el profesor Dwayne, de la Universidad de Washington —dijo Hoskins—. Es químico nuclear. Si no recuerdo mal, está midiendo el porcentaje de isótopos en el oxígeno del agua.

— ¿Por qué?

—Se trata de agua primitiva, de al menos quinientos millones de años de antigüedad. La proporción de isótopos indica la temperatura del océano en aquella época. Resulta que Dwayne ignora los trilobites, pero otros científicos están fundamentalmente interesados en disecarlos. Son los más afortunados, porque sólo precisan escalpelos y microscopios. Dwayne debe instalar un espectrógrafo de masas distinto para cada experimento que realiza.

— ¿Por qué? ¿No podría…?

—No, no puede. No puede sacar nada de la sala si no es absolutamente imprescindible.

También había muestras de vida vegetal primitiva y trozos de formaciones rocosas. Los mundos vegetal y mineral. Y las muestras tenían distintos investigadores. Era igual que un museo, un museo resucitado, útil como superactivo centro de investigación.

— ¿Y tiene usted que supervisar todo esto, doctor Hoskins?

—Sólo indirectamente, señorita Fellowes. Tengo subordinados, gracias al cielo. Mi interés personal se centra por entero en los aspectos teóricos del asunto: la naturaleza del tiempo, la técnica de detección mesónica intertemporal, etc. Cambiaría todo esto por un método para detectar objetos situados a menos de diez mil años en el tiempo. Si pudiéramos llegar a épocas históricas…

Le interrumpió un alboroto en una de las cabinas más alejadas, una chillona voz quejumbrosamente alzada. Hoskins frunció el ceño.

—Discúlpeme —murmuró apresuradamente.

Y se alejó.

La señorita Fellowes le siguió tan de prisa como pudo sin echar a correr.

Un hombre entrado en años, rubicundo y de rala barba, estaba diciendo:

—Tengo que completar aspectos vitales de mis investigaciones. ¿No lo comprende?

—Doctor Hoskins —dijo un uniformado técnico que lucía en su bata de laboratorio el monograma EI (Estasis, Inc.)—, se acordó al principio con el profesor Ademewski que el espécimen sólo podría permanecer aquí dos semanas.

—Yo no sabía entonces cuánto tiempo iban a durar mis investigaciones. No soy un profeta —repuso acalorado Ademewski.

—Sabe, profesor, que disponemos de espacio limitado —dijo el doctor Hoskins—. Hay que mantener la rotación de los especímenes. Ese fragmento de calcopirita debe regresar. Hay personas que aguardan el siguiente espécimen.

—En ese caso, ¿por qué no puedo quedarme con él? Déjeme sacarlo de aquí.

—Usted sabe que no puede quedárselo.

— ¿Un trozo de calcopirita, un miserable trozo de cinco kilos? ¿Por qué no?

— ¡No podemos afrontar el gasto energético! —dijo bruscamente Hoskins—. Y usted lo sabe.

—La cuestión es, doctor Hoskins —interrumpió el técnico—, que él ha intentado sacar la roca en contra de las normas, y que yo he estado a punto de perforar Estasis mientras el profesor estaba ahí dentro, sin que yo lo supiera.

Se produjo un breve silencio, y el doctor Hoskins miró al investigador con fría formalidad.

— ¿Es cierto eso, profesor?

El aludido carraspeó.

—No creí que pasara nada si…

Hoskins alargó la mano hacia un tirador que colgaba junto a la cabina del espécimen en cuestión. Lo movió hacia abajo.

La señorita Fellowes, que estaba mirando el interior de la cabina, observando la indistinguible muestra de roca causante de la disputa, contuvo el aliento de repente al ver desaparecer el espécimen. El interior quedó vacío.

—Profesor —dijo Hoskins—, su autorización para investigar en Estasis queda anulada de forma permanente. Lo lamento.

—Pero…, aguarde…

—Lo lamento. Ha violado una norma estricta.

—Apelaré a la Asociación Internacional…

—Apele cuanto guste. En un caso como éste, descubrirá que nadie puede fallar en mi contra.

Dio media vuelta sin más y dejó que el profesor siguiera protestando.

— ¿Le gustaría comer conmigo, señorita Fellowes? —dijo a la enfermera, todavía pálido a causa del enojo.

Hoskins la llevó a la pequeña sala administrativa de la cafetería. Saludó a otras personas y presentó a la señorita Fellowes con suma naturalidad, aunque la enfermera se sentía lamentablemente cohibida.

«¿Qué opinarán los demás?», pensó ella, e hizo desesperados esfuerzos para adoptar un aire profesional.

— ¿Tiene a menudo esa clase de problemas, doctor Hoskins? —le preguntó—. Me refiero al que acaba de tener con el profesor…

Tomó el tenedor y empezó a comer.

—No —dijo enérgicamente Hoskins—. Ha sido la primera vez. Como es lógico, siempre tengo que estar disuadiendo a la gente para que no se lleve muestras, pero ésta es la primera vez que alguien intenta hacerlo.

—Recuerdo que una vez habló usted sobre la energía que eso consumiría.

—Cierto. Naturalmente, tenemos prevista esa posibilidad. Ocurrirán accidentes, y por eso disponemos de fuentes energéticas especiales para soportar la pérdida que ocasionaría sacar algo de Estasis por accidente, pero eso no significa que deseemos ver cómo desaparece un año de energía en medio segundo… Y no podríamos tolerarlo sin retrasar varios años los planes de expansión… Además, imagine que el profesor estuviera en la cabina un momento antes de la perforación de Estasis.

— ¿Qué le habría ocurrido?

—Bien, hemos experimentado con objetos inanimados y ratones, y desaparecieron… Es de suponer que viajaron hacia atrás en el tiempo, arrastrados, por así decirlo, por el tirón del objeto que simultáneamente regresaba a su época natural. Por tal motivo, tenemos que asegurar los objetos de Estasis que no deseamos trasladar, y el procedimiento es complicado. El profesor no estaba sujeto, y habría ido al momento del Plioceno en que sustrajimos la roca…, más las dos semanas que la roca estuvo aquí, en el presente, como es lógico.

—Qué espantoso habría sido.

—No por el profesor, se lo aseguro. Puesto que es lo bastante necio para hacer lo que ha hecho, se lo habría merecido. Pero suponga el efecto que ello habría causado en la gente si se hubiera divulgado el hecho. Bastaría con que la gente conociera los posibles riesgos para que las subvenciones quedaran anuladas en un momento. ¡Así!

Chasqueó los dedos y jugueteó malhumoradamente con su comida.

— ¿No habrían podido recuperar al profesor? ¿Igual que recogieron la roca?

—No, porque en cuanto se devuelve un objeto, se pierde la posición fijada en un principio, a menos que planeemos deliberadamente conservarla, y no había razón para hacerlo en este caso. Nunca lo hacemos. Localizar al profesor habría significado buscar de nuevo una posición concreta, y eso sería igual que echar el anzuelo en el abismo oceánico con el fin de encontrar un pez determinado… ¡Dios mío, cuando pienso en las precauciones que tomamos para evitar accidentes, ese incidente me pone furioso! Todas las unidades de Estasis disponen de dispositivo de perforación. Es imprescindible, porque todas se centran en una posición distinta y deben poder anularse independientemente. Pero la cuestión es que ningún dispositivo de perforación se acciona nunca hasta el último momento. Y entonces imposibilitamos deliberadamente la activación, sólo posible tirando de una cuerda cuidadosamente situada fuera de Estasis. El tirón es un vulgar movimiento mecánico que requiere un fuerte esfuerzo, no puede hacerse accidentalmente.

—Pero si se desplaza algo en el tiempo —dijo la señorita Fellowes—, ¿no se altera la historia?

Hoskins se encogió de hombros.

—En teoría sí. En realidad, excepto en casos anormales, no. Constantemente estamos sacando objetos de Estasis. Moléculas de aire. Bacterias. Polvo. Cerca del diez por ciento del consumo de energía se emplea en compensar micro—pérdidas de esa naturaleza. Pero trasladar en el tiempo objetos de mayor tamaño ocasiona cambios que van disminuyendo de importancia. Considere esa calcopirita del Plioceno. Dada su ausencia durante dos semanas, un insecto no encontró el cobijo que de otro modo habría encontrado y murió. Eso pudo iniciar una serie de cambios, pero los matemáticos de Estasis aseguran que se trata de una serie convergente. La importancia del cambio disminuye con el tiempo, y las cosas quedan como al principio.

— ¿Pretende decir que la realidad se cura a sí misma?

—Por así decirlo. Sustraiga a un hombre de su época, o envíelo hacia atrás en el tiempo, y la herida será mayor. Si el individuo es ordinario, la herida sanaría pese a todo. Naturalmente, hay muchas personas que nos escriben a diario pidiendo que traigamos al presente a Abraham Lincoln, Mahoma o Lenin. Eso es imposible, por supuesto. Aunque lográramos localizarlos, el cambio de la realidad al desplazar a un moldeador de la historia sería enorme, imposible de curar. Hay métodos para calcular cuándo un cambio puede resultar excesivo, y nosotros evitamos incluso la aproximación a dicho límite.

—En ese caso, Timmie… —dijo la señorita Fellowes.

—No, él no representa problema en ese sentido. La realidad está a salvo. Aunque… —Miró rápida, bruscamente a la enfermera y acto seguido añadió—: Pero no importa. Ayer dijo usted que Timmie necesitaba compañía.

—Sí. —La señorita Fellowes expresó su placer con una sonrisa—. No creí que usted prestaría atención a ese problema.

—Claro que sí. Estoy encariñado con el niño. Aprecio sus sentimientos hacia él, y estaba lo suficientemente preocupado para ofrecerle explicaciones. Ya lo he hecho. Ha visto lo que hacemos. Tiene cierta comprensión de las dificultades, y en consecuencia sabe por qué no podemos, ni con la mejor voluntad del mundo, ofrecer compañía a Timmie.

— ¿No pueden? —dijo la señorita Fellowes, con repentina angustia.

—Acabo de explicárselo. Es imposible esperar localizar otro Neandertal de su edad sin increíble suerte, y aunque fuera posible no sería sensato multiplicar los riesgos trayendo otro ser humano a Estasis.

La enfermera dejó la cuchara en el plato.

—Pero, doctor Hoskins —dijo con energía—, no me refería exactamente a eso. No deseo que traiga a otro Neandertal al presente. Sé que eso es imposible. Pero no es imposible traer a otro niño para que juegue con Timmie.

Hoskins la miró fijamente, alarmado.

— ¿Un niño humano?

—«Otro» niño —dijo la señorita Fellowes, totalmente hostil—. Timmie es humano.

—Ni en sueños podría imaginar tal cosa.

— ¿Por qué no? ¿Por qué no podría? ¿Qué tiene de malo la idea? Usted arrancó a ese niño del tiempo y lo convirtió en eterno prisionero. ¿No le debe nada? Doctor Hoskins, si existe en este mundo algún hombre que pueda ser padre del niño en todos los aspectos salvo en el biológico, ese hombre es usted. ¿Por qué no puede hacerle ese pequeño favor?

— ¿Su padre? —dijo Hoskins. Se levantó con cierta vacilación—. Señorita Fellowes, creo que debe regresar ahora, si no le importa.

Volvieron a la casa de muñecas en un completo silencio, que ninguno de los dos rompió.

Pasó mucho tiempo antes que la enfermera viera de nuevo a Hoskins, aparte de fugaces apariciones del doctor. El hecho apenaba a veces a la señorita Fellowes; pero en otras ocasiones, cuando Timmie mostraba más melancolía que la habitual o pasaba las horas silencioso ante la ventana con su perspectiva de poco más que nada, la enfermera pensaba furiosamente: «¡Hombre estúpido!»

Timmie iba hablando cada vez mejor y con más precisión, sin llegar a perder el blando balbuceo que la señorita Fellowes consideraba bastante cautivador. En momentos de excitación, el niño recurría de nuevo a los chasquidos de su lengua, pero tales momentos eran cada vez más escasos. Debía estar olvidando los días anteriores a su llegada al presente…, excepto en sueños.

Con el paso del tiempo, los fisiólogos perdieron interés y los psicólogos se sintieron más interesados. La señorita Fellowes no estaba segura respecto a qué grupo le gustaba menos, el primero o el segundo. Desaparecieron las agujas, acabaron las inyecciones, las extracciones de fluido, las dietas especiales… Pero obligaron a Timmie a superar barreras para llegar a la comida y al agua. Tuvo que levantar paneles, apartar barras, agarrar cuerdas. Y las moderadas descargas eléctricas le hacían llorar y volvían loca a la señorita Fellowes.

Ella no deseaba apelar a Hoskins, no quería recurrir a él, porque siempre que pensaba en el doctor veía su cara en la mesa de la cafetería aquella última vez. Los ojos de la enfermera se humedecían y su mente decía: «¡Estúpido, estúpido!»

Y un día la voz de Hoskins sonó de forma inesperada en la casa de muñecas.

—Señorita Fellowes…

La enfermera salió con aire de frialdad, se alisó el uniforme y se detuvo, confusa al encontrarse en presencia de una mujer pálida, delgada y de mediana estatura. Su cabello rubio y su tez conferían aspecto de fragilidad a la desconocida. De pie, detrás de ella, agarrado a su falda, había un niño de cuatro años, de redondeada cara y llamativos ojos.

—Querida —dijo Hoskins—, ésta es la señorita Fellowes, la enfermera que cuida del niño. Señorita Fellowes, le presento a mi esposa.

(¿Su esposa? No era como la había imaginado la señorita Fellowes. Aunque…, ¿por qué no? Un hombre como Hoskins tenía que elegir a una débil criatura como contraste. Si eso era lo que quería…)

La señorita Fellowes pronunció un forzado y prosaico saludo.

—Buenas tardes, señora Hoskins. ¿Es este su…, su pequeño?

(Aquello era una sorpresa. La enfermera había imaginado a Hoskins como marido, pero no como padre, salvo, por supuesto… De pronto, vio la grave mirada del doctor y se ruborizó.)

—Sí, éste es mi hijo, Jerry —dijo Hoskins—. Di «hola» a la señorita Fellowes, Jerry.

(¿No había acentuado un poco la palabra «éste»? ¿Estaba diciendo que su hijo era «éste» y no…?)

Jerry se acurrucó más en los pliegues de la maternal falda y murmuró un «hola». La mirada de la señora Hoskins pasó sobre los hombros de la enfermera, y recorrió la habitación en busca de algo.

—Bien, entremos —dijo Hoskins—. Vamos, querida. Al entrar hay una ligerísima molestia, pero pasajera.

— ¿Quiere que entre también Jerry? —preguntó la señorita Fellowes.

—Naturalmente. Será el compañero de juegos de Timmie. Usted dijo que Timmie necesitaba un compañero. ¿O lo ha olvidado?

—Pero… —La enfermera le miró con colosal, sorprendida extrañeza—. ¿Su hijo?

—Bien, ¿y el de quién, si no? —repuso quisquillosamente Hoskins—. ¿No era eso lo que deseaba? Entremos, querida. Entremos.

La señora Hoskins tomó a Jerry en brazos con obvio esfuerzo y, vacilante, cruzó el umbral. Jerry se retorció al entrar; no le gustaba la sensación.

— ¿Está aquí la criatura? —preguntó la señora Hoskins, con débil voz—. No la veo.

— ¡Timmie! —gritó la señorita Fellowes—. ¡Sal!

Timmie asomó la cabeza por el borde de la puerta y contempló al pequeño que le visitaba. Los músculos de los brazos de la señora Hoskins se tensaron visiblemente.

—Gerald —dijo a su esposo—, ¿estás seguro que no es peligroso?

—Si se refiere a Timmie —dijo al instante la enfermera—, naturalmente que no. Es un pequeño apacible.

—Pero es un sal… salvaje.

(¡Los artículos sobre el niño—mono de los periódicos!)

—No es un salvaje —respondió categóricamente la señorita Fellowes—. Es tan tranquilo y razonable como cualquier niño de cinco años y medio. Muy generoso por su parte, señora Hoskins, aceptar que su hijo juegue con Timmie, pero no debe tener miedo.

—No estoy segura de aceptar —dijo la señora Hoskins, con moderado ardor.

—Ya lo decidimos afuera, querida —dijo Hoskins—. No planteemos más discusiones. Deja a Jerry en el suelo.

La señora Hoskins obedeció, y el niño se apretó a ella, mirando fijamente el par de ojos que le miraban de igual forma en la otra habitación.

—Ven aquí, Timmie —dijo la señorita Fellowes—. No tengas miedo.

Lentamente, Timmie se acercó. Hoskins se agachó para soltar los dedos de Jerry de la falda de su madre.

—Apártate un poco, querida. Que los niños tengan una oportunidad.

Los jovencitos se contemplaron. Aunque era el más joven, Jerry era empero un par de centímetros más alto, y los rasgos grotescos de Timmie, ante el recto cuerpo y la cabeza erguida y bien proporcionada del otro niño, quedaron de pronto casi tan acentuados como en los primeros días.

Los labios de la señorita Fellowes temblaron.

El pequeño Neandertal fue el primero que habló, con un atiplado tono infantil.

— ¿Cómo te llamas?

Y Timmie echó la cabeza hacia delante, como si quisiera examinar más atentamente las facciones del otro niño.

Sobresaltado, Jerry respondió con un vigoroso empujón que hizo tambalearse a Timmie. Los dos se pusieron a llorar ruidosamente y la señora Hoskins se apresuró a tomar a su hijo, mientras la señorita Fellowes, con la cara encendida a causa de su reprimido enfado, hizo lo mismo con Timmie y lo consoló.

—El instinto de ambos es de aversión —dijo la señora Hoskins.

—No más aversión que la de dos niños que no simpatizan —dijo cansadamente su esposo—. Ahora deja a Jerry en el suelo y que se acostumbre a la situación. En realidad sería mejor que nos fuéramos. La señorita Fellowes llevará a Jerry a mi despacho dentro de un rato y yo lo mandaré a casa con alguien.

Los dos niños pasaron la hora siguiente muy conscientes el uno del otro. Jerry llamó llorando a su madre, pegó a la señorita Fellowes y, por fin, se dejó consolar con un caramelo. Timmie chupó otro y, al cabo de una hora, la enfermera consiguió que los dos niños jugaran con la misma construcción, aunque en lados opuestos de la habitación.

La señorita Fellowes se sentía agradecida, casi al borde de las lágrimas, cuando llevó a Jerry con su padre.

Pensó formas de dar las gracias a Hoskins, pero la misma formalidad del doctor suponía un rechazo. Quizás él no la perdonaba por haberle hecho sentir como un padre cruel. Quizás el hecho de haber traído a su hijo era una simple tentativa de demostrar que era un buen padre con Timmie y, al mismo tiempo, que no era su padre. ¡Las dos cosas al mismo tiempo! Y de este modo, lo único que pudo decir la enfermera fue:

—Gracias. Muchas gracias.

Y lo único que pudo responder él fue:

—No tiene importancia. No hay de qué.

Aquello se convirtió en una rutina establecida. Dos veces por semana, Jerry acudía a jugar una hora, que con el tiempo fueron dos. Los niños aprendieron los nombres y hábitos respectivos, y jugaron juntos.

Y pese a todo, tras la primera oleada de gratitud, la señorita Fellowes acabó comprendiendo que Jerry no le gustaba. Era más alto, más pesado, y dominaba en todo, forzaba a Timmie a desempeñar un papel totalmente secundario. Lo único que hacía resignarse a la enfermera era el hecho que Timmie, pese a sus dificultades, aguardaba ansiosamente, cada vez con más deleite, las periódicas apariciones de su compañero de juegos.

Era lo único que tenía el pequeño, pensaba pesarosa la señorita Fellowes.

Y en cierta ocasión, mientras contemplaba a los niños, la enfermera pensó: «Los dos hijos de Hoskins, uno de su esposa y otro de Estasis.»

Mientras que ella…

«¡Cielos! —pensó mientras se llevaba los puños a las sienes, avergonzada—. ¡Estoy celosa!»

—Señorita Fellowes —dijo Timmie (con sumo tacto, la enfermera no le permitía que la llamara de otra forma)—, ¿cuándo iré a la escuela?

Miró los ansiosos ojos castaños alzados hacia ella y pasó suavemente la mano por los tupidos rizos del niño. Era la parte más desaliñada del aspecto físico del pequeño, porque la misma enfermera tenía que cortarle el pelo mientras Timmie se removía inquieto bajo las tijeras. La señorita Fellowes no deseaba ayuda profesional, puesto que la torpeza del corte servía para ocultar la hundida parte delantera y la sobresaliente parte trasera del cráneo.

— ¿Cuándo has oído hablar de la escuela? —preguntó la enfermera.

—Jerry va a la escuela. Guar—de—ría —lo dijo muy despacio—. Jerry va a muchos sitios. Afuera. ¿Cuándo podré ir afuera, señorita Fellowes?

Un suave dolor se alojó en el corazón de la enfermera. Lógicamente, y ella lo sabía, era imposible evitar que Timmie fuera enterándose de más y más cosas del mundo exterior, que él jamás pisaría.

— ¡Caramba! —dijo ella, intentando reflejar alborozo—. ¿Y qué harías en la guardería, Timmie?

—Jerry dice que juegan, tienen películas. Dice que hay muchísimos niños. Dice…, dice… —Un pensamiento, un triunfante alzamiento de ambas manitas con los dedos separados—. Dice que todos éstos.

— ¿Te gustaría ver películas? —dijo la señorita Fellowes—. Yo puedo conseguirlas. Muy bonitas. Y también música.

De este modo, Timmie se sintió temporalmente consolado.

El niño devoraba películas en ausencia de Jerry, y la señorita Fellowes le leía libros sencillos de vez en cuando.

Había tanto que explicar incluso en el relato más simple, tantos detalles fuera de la perspectiva de las tres habitaciones… Timmie empezó a tener más sueños en cuanto empezó a conocer el mundo exterior.

Los sueños siempre eran iguales, relacionados con el exterior. El vacilante Timmie se esforzaba en describirlos a la señorita Fellowes. En sueños, estaba afuera, en un «afuera» vacío pero muy grande, con niños y raros e indescriptibles objetos mal digeridos por su pensamiento, resultado de novelescas descripciones no muy bien comprendidas, o de distantes recuerdos del Neandertal medio recordados.

Pero los niños y los objetos se desentendían de él, y aunque él estaba en el mundo, jamás formaba parte del mismo; se encontraba solo, igual que si estuviera en su habitación… Y despertaba llorando.

La señorita Fellowes trataba de restar importancia a los sueños, pero algunas noches, en su piso, también ella lloraba.

Un día, mientras la enfermera leía, Timmie puso su mano bajo la barbilla de la mujer y la alzó suavemente, de tal modo que los ojos de la señorita Fellowes abandonaron el libro y se encontraron con los del niño.

— ¿Cómo sabes lo que debes decir, señorita Fellowes?

— ¿Ves estas marcas? Ellas me indican lo que debo decir. Estas marcas forman palabras.

El niño las miró mucho tiempo, con curiosidad, tras tomarle el libro de las manos.

—Algunas son iguales.

La enfermera se echó a reír, complacida con aquella muestra de sagacidad.

—Es cierto. ¿Te gustaría que te enseñara a distinguir las marcas?

—Sí. Sería un juego bonito.

La señorita Fellowes no había imaginado que el niño podía aprender a leer. Hasta el mismo momento en que Timmie le leyó un libro, no imaginó que él podía aprender a leer.

Luego, semanas más tarde, la enormidad de lo que había hecho la dejó atónita. Timmie, sentado en su regazo, siguiendo palabra por palabra el texto de un libro infantil, leyendo para ella… ¡Él le leía a ella!

Se puso trabajosamente en pie, asombrada.

—Bien, Timmie, volveré más tarde. Quiero ver al doctor Hoskins.

Excitada, casi frenética, la enfermera creyó tener una respuesta a la infelicidad de Timmie. Si el niño no podía salir y entrar en el mundo, el mundo vendría a las tres habitaciones del niño. El mundo entero en forma de libros, películas y sonido. Había que educarlo hasta el límite de su capacidad. Era lo mínimo que le debía el mundo.

Encontró a Hoskins con un humor curiosamente análogo al de ella: triunfo y gloria, algo así. Las oficinas estaban anormalmente activas, y por un momento la señorita Fellowes pensó que no podría ver al director, mientras permanecía cohibida en el vestíbulo.

Pero él la vio, y una sonrisa se extendió por su ancho rostro.

—Señorita Fellowes, entre.

Habló con rapidez por el intercomunicador y después lo desconectó.

— ¿Se ha enterado?… No, claro, es imposible. Lo hemos conseguido. Sí, lo hemos conseguido. Podemos efectuar detección intertemporal de corto alcance.

— ¿Pretende decir —repuso la señorita Fellowes, esforzándose en separar su pensamiento de las buenas noticias de las que era portadora—que puede traer al presente a una persona de épocas históricas?

—Eso precisamente. Ahora mismo tenemos determinada la posición de un individuo del siglo catorce. Imagínese. ¡Imagínese! Si supiera cuánto me alegra huir de la eterna concentración en el Mesozoico, sustituir a los paleontólogos por historiadores… Pero usted desea decirme algo, ¿no? Bien, adelante, adelante. Me encuentra de buen humor. Cualquier cosa que quiera la tendrá.

La señorita Fellowes sonrió.

—Me alegro. Porque estoy preguntándome si no podríamos preparar un sistema de enseñanza para Timmie.

— ¿Enseñanza? ¿De qué tipo?

—Bien, general. Una escuela. Para que él aprenda…

—Pero, ¿puede aprender?

—Ciertamente, ya está aprendiendo. Sabe leer. Le he enseñado yo misma.

Hoskins permaneció inmóvil, al parecer repentinamente deprimido.

—No lo sé, señorita Fellowes.

—Acaba de decir que cualquier cosa que yo quisiera…

—Lo sé, y no he debido decirlo. Mire, señorita Fellowes, seguramente comprenderá usted que no podemos mantener para siempre el experimento de Timmie…

Ella le miró con repentino horror, sin comprender realmente lo que el doctor había dicho. ¿Qué significaba «no podemos mantener»? En una dolorosa oleada de recuerdos, la enfermera recordó al profesor Ademewski y el espécimen mineral devuelto al cabo de dos semanas.

—Pero estamos hablando de un niño, no de una roca…

—Ni siquiera un niño merece más importancia de la debida, señorita Fellowes —repuso muy nervioso Hoskins—. Ahora que esperamos individuos de épocas históricas, necesitamos espacio en Estasis, todo el espacio disponible.

La enfermera no lo entendió.

—Pero es imposible. Timmie… Timmie…

—Bien, señorita Fellowes, por favor, no se altere. Timmie no se irá ahora mismo, quizá pasen meses. Mientras tanto, haremos todo cuanto podamos.

Ella aún estaba mirándole fijamente.

—Permítame pedir algo para usted, señorita Fellowes.

—No —musitó ella—. No necesito nada.

Se levantó en medio de una especie de pesadilla y se fue. «Timmie —pensó la señorita Fellowes—, no morirás. ¡No morirás!»

Estaba muy bien aferrarse tensamente a la idea que Timmie no moriría, pero, ¿cómo conseguirlo? Durante las primeras semanas, la señorita Fellowes se aferró a la esperanza que la tentativa de traer a un hombre del siglo catorce fracasara por completo. Las teorías de Hoskins podían ser erróneas, o su práctica podía resultar defectuosa. De ese modo, las cosas seguirían como hasta entonces.

Ciertamente, no era esa la esperanza del resto del mundo, y por dicha razón la señorita Fellowes odiaba al mundo. El «Proyecto Edad Media» alcanzó un clímax de ardiente publicidad. Prensa y público anhelaban algo así. Estasis, Inc., carecía del impacto necesario desde hacía tiempo. Otra roca u otro pez antiguo no excitaban a la gente. Pero aquello sí.

Un ser humano histórico, un adulto que hablara un idioma conocido, alguien que abriera una nueva página de la historia a los eruditos.

La hora cero se acercaba, y en esta ocasión no habría tres espectadores en la galería. Esta vez habría una audiencia mundial. Esta vez los técnicos de Estasis, Inc., desempeñarían su papel ante prácticamente la Humanidad entera.

La señorita Fellowes estaba simplemente enloquecida con la espera. Cuando llegó Jerry Hoskins para el programado período de juego con Timmie, la enfermera apenas le reconoció. Ella no estaba esperándole a él.

(La secretaría que trajo al niño se fue apresuradamente tras un formalísimo saludo a la señorita Fellowes. Corrió a buscar un buen sitio para observar el clímax del Proyecto Edad Media… Y lo mismo habría hecho la señorita Fellowes, pensó ella con amargura, si aquella estúpida chica hubiera llegado.)

Jerry Hoskins se acercó poco a poco a la enfermera, avergonzado.

— ¿Señorita Fellowes?

Jerry sacó del bolsillo la reproducción de una nota periodística.

— ¿Sí? ¿Qué pasa, Jerry?

— ¿Es de Timmie esta foto?

La señorita Fellowes miró fijamente al niño y luego le quitó el papel de la mano. La excitación del Proyecto Edad Media había provocado el pálido resurgimiento del interés hacia Timmie por parte de la prensa.

Jerry miró atentamente a la enfermera antes de hablar.

—Dice que Timmie es un niño—mono. ¿Qué significa eso?

La señorita Fellowes tomó al jovencito por la muñeca y contuvo sus deseos de zarandearlo.

—Entra y juega con Timmie. Él quiere enseñarte un nuevo libro.

Y entonces, por fin, llegó la chica. La señorita Fellowes no la conocía. Ninguna de las sustituías a que había recurrido cuando el trabajo la obligaba a estar en otra parte se halla disponible en ese momento, no con el Proyecto Edad Media en su punto culminante, pero la secretaria de Hoskins había prometido que vendría alguien y aquella debía ser la chica.

La señorita Fellowes se esforzó para que su voz no sonara quejumbrosa.

— ¿Eres la designada para la Sección Uno de Estasis?

—Sí, soy Mandy Terris. Usted es la señorita Fellowes, ¿verdad?

—Exacto.

—Lamento llegar tarde. Hay tanta excitación…

—Lo sé. Ahora quiero que…

—Usted lo verá, supongo.

Su delgada cara, vagamente bonita, se llenó de envidia.

—No te preocupes por eso. Quiero que entres y conozcas a Timmie y a Jerry. Estarán jugando dos horas, así que no te causarán problemas. Tienen leche a mano y muchos juguetes. De hecho, sería preferible que los dejaras solos mientras sea posible. Ahora te enseñaré dónde están las cosas y…

— ¿Timmie es el niño—mo…?

—Timmie está sometido a experimentación en Estasis —dijo con firmeza la señorita Fellowes.

—Quiero decir que él… es el que se supone que debe irse, ¿no?

—Sí. Bueno, entra. No hay mucho tiempo.

Y cuando la enfermera consiguió irse por fin, Mandy Terris le dijo:

—Espero que consiga un buen sitio y, ¡Dios mío!, que la prueba sea un éxito.

La señorita Fellowes no confiaba en sí misma para dar una respuesta razonable. Se apresuró a salir sin mirar atrás.

Pero el retraso significó que no consiguió un buen sitio. No pasó de la pantalla mural de la sala de reuniones. Lo lamentó amargamente. Si hubiera estado allí mismo, si hubiera tenido acceso a alguna parte sensible de los instrumentos, si hubiera podido hacer fracasar el experimento…

Hizo acopio de fuerzas para sofocar su locura. La simple destrucción no habría servido de nada. Los técnicos lo habrían reconstruido y reparado todo y reanudado el esfuerzo. Y a ella no le habrían permitido volver con Timmie.

Todo era inútil. Todo, salvo que el experimento fallara, que fracasara irreparablemente.

La enfermera se mantuvo a la espera durante la cuenta regresiva, observó los movimientos en la pantalla gigante, escudriñó los rostros de los técnicos mientras la cámara pasaba de uno a otro, aguardó el gesto de preocupación e incertidumbre indicando que algo iba inesperadamente mal, observó, observó…

No hubo tal gesto. La cuenta llegó a cero y el experimento, en silencio, discretamente, fue un éxito.

En la nueva Estasis instalada allí apareció un barbudo campesino de hombros caídos, edad indeterminada, vestido con prendas raídas y sucias y zuecos, que contemplaba con reprimido terror el brusco y violento cambio que se había precipitado sobre él.

Y mientras el mundo se volvía loco de alegría, la señorita Fellowes quedó paralizada por la pena. La empujaron, le dieron codazos, prácticamente la pisotearon. Estaba rodeada de triunfo y doblegada por el fracaso.

Así, cuando el altavoz pronunció su nombre con estridente fuerza, la señorita Fellowes no respondió hasta el tercer aviso.

—Señorita Fellowes, señorita Fellowes. Preséntese inmediatamente en la Sección Uno de Estasis. Señorita Fellowes, señorita Fello…

— ¡Déjenme pasar! —gritó, sofocada, mientras el altavoz repetía sin pausa el aviso.

Se abrió paso entre el gentío con alocada energía, dando golpes y puñetazos, revolviéndose, avanzando hacia la puerta con una lentitud de pesadilla.

Mandy Terris estaba llorando.

—No sé cómo ha sucedido. Salí al borde del pasillo para ver una minipantalla que habían puesto allí. Sólo un momento. Y antes que pudiera moverme o hacer algo… —Y añadió, con repentino tono de acusación—: ¡Usted dijo que no me causarían problemas, dijo que los dejara solos!

La señorita Fellowes, desgreñada y sin poder dominar sus temblores, la miró furiosa.

— ¿Dónde está Timmie?

Una enfermera estaba limpiando con desinfectante el brazo del gimoteante Jerry, y otra preparaba una inyección antitetánica. Había sangre en la ropa de Jerry.

—Me ha mordido, señorita Fellowes —gritó Jerry, rabioso—. Me ha mordido.

Pero la señorita Fellowes ni siquiera lo veía.

— ¿Qué has hecho con Timmie? —gritó.

—Lo he encerrado en el cuarto de baño —dijo Mandy—. He metido a ese pequeño monstruo allí y lo he encerrado con llave.

La enfermera corrió hacia la casa de muñecas. Manoseó torpemente la puerta del cuarto de baño. Le costó una eternidad abrirla y ver al niño feo agazapado en un rincón.

—No me des latigazos, señorita Fellowes —musitó el niño. Tenía los ojos enrojecidos. Le temblaban los labios—. Yo no quería hacerlo.

—Oh, Timmie, ¿quién te ha hablado de latigazos?

Se acercó a él y lo abrazó impetuosamente.

—Lo dijo ella, con una cuerda larga —repuso trémulamente Timmie—. Ella dijo que tú me pegarías mucho.

—No es cierto. Ella ha sido muy mala al decir eso. Pero, ¿qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?

—Él me llamó niño—mono. Dijo que yo no era un niño de verdad. Que era un animal. —Timmie se deshizo en un torrente de lágrimas—. Dijo que ya no jugaría más con un mono. Yo dije que no era un mono, ¡que no era un mono! Él dijo que yo era muy raro. Dijo que era horrible y feo. Lo dijo muchas veces y le mordí.

Ambos estaban llorando.

—Pero eso no es cierto —dijo la sollozante señorita Fellowes—. Tú lo sabes, Timmie. Eres un niño de verdad. Un niño encantador, y el mejor del mundo. Y nadie, nadie volverá a separarte de mí.

Fue fácil decidirse, fácil saber qué hacer. Pero había que actuar con rapidez. Hoskins no esperaría mucho más tiempo, teniendo a su hijo magullado…

No, había que hacerlo esa noche, esa misma noche, con cuatro quintas partes del personal dormido y la restante quinta parte intelectualmente embriagada por el Proyecto Edad Media.

Sería una hora anormal para volver, pero había precedentes. El vigilante la conocía perfectamente, y no soñaría en hacerle preguntas. No sospecharía si la veía con una maleta. La señorita Fellowes ensayó la evasiva frase «Juguetes para el niño» y una tranquila sonrisa.

¿Por qué no iba a creerlo el vigilante?

Así fue. Cuando la enfermera entró de nuevo en la casa de muñecas, Timmie aún estaba despierto, y ella mantuvo una exasperante normalidad, a fin de no asustar al pequeño. Hablaron de los sueños de Timmie, y la señorita Fellowes oyó al niño interesarse ansiosamente por Jerry.

Escasas personas la verían después, nadie recelaría del bulto que llevaría. Timmie se estaría muy quieto, y finalmente todo sería un hecho consumado. Un hecho consumado, sería inútil querer repararlo. Ellos la dejarían en paz. Los dejarían en paz a los dos.

La señorita Fellowes abrió la maleta, sacó el abrigo, la gorra de lana con orejeras y las demás prendas.

— ¿Por qué me pones esta ropa, señorita Fellowes? —dijo Timmie, con muestras de alarma.

—Voy a llevarte afuera, Timmie. Al lugar de tus sueños.

— ¿Mis sueños?

Su rostro se contrajo con repentino anhelo, aunque también el miedo estaba allí.

—No temas. Estarás conmigo. No tendrás miedo si estás conmigo, ¿verdad, Timmie?

—No, señorita Fellowes.

Se apretó la deforme cabecita contra el costado y escuchó los sordos latidos del corazoncito del niño bajo su brazo.

Era medianoche. La señorita Fellowes tomó al niño en brazos. Desconectó la alarma y abrió suavemente la puerta.

Y lanzó un grito, porque al otro lado de la abierta puerta estaba Hoskins, mirándola.

Había otros dos hombres con el doctor, y él miraba fijamente a la enfermera, tan asombrado como ella.

La señorita Fellowes tardó un segundo menos en recobrarse y trató rápidamente de cruzar el umbral. Pero a pesar del segundo de retraso, Hoskins tuvo tiempo. La tomó bruscamente y la lanzó contra una cómoda. Llamó a los otros dos hombres y miró a la enfermera sin abandonar el umbral.

—No esperaba esto. ¿Está completamente loca?

Ella había conseguido interponer el hombro, para que fuera su cuerpo, y no el de Timmie, el que golpeara la cómoda.

— ¿Qué daño puedo hacer si me lo llevo, doctor Hoskins? —dijo la señorita Fellowes, suplicante—. No puede poner una pérdida de energía por encima de una vida humana…

Con firmeza, Hoskins le quitó el niño de los brazos.

—Una pérdida de energía de esta magnitud significaría tres millones de dólares para los bolsillos de los accionistas. Significaría un terrible revés para Estasis, Inc. Significaría publicidad sobre una enfermera sentimental que destruye todo eso en provecho de un niño—mono.

— ¡Niño—mono! —dijo la señorita Fellowes con impotente furia.

—Así lo llamarán los periodistas —dijo Hoskins.

Apareció un hombre que estaba pasando un cordel de nylon por los resquicios de la parte alta de la pared.

La señorita Fellowes recordó la cuerda de la cabina que contenía la muestra rocosa del profesor Ademewski, la cuerda de la que Hoskins había tirado hacía mucho tiempo.

— ¡No! —chilló.

Pero Hoskins dejó a Timmie en el suelo y le quitó amablemente el abrigo que llevaba.

—Quédate aquí, Timmie. No te pasará nada. Nosotros estaremos fuera sólo un momento. ¿De acuerdo?

Timmie, pálido y mudo, logró asentir con la cabeza.

Hoskins condujo a la enfermera fuera de la casa de muñecas. De momento, la señorita Fellowes había superado el límite de la resistencia. Vagamente, vio que ajustaban el tirador junto a la casa de muñecas.

—Lo siento, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Me habría gustado evitarle esto. Planeé hacerlo por la noche para que usted se enterara cuando ya estuviera hecho.

—Por la herida de su hijo —dijo la enfermera en un fatigado susurro—. Porque su hijo atormentó a este niño y lo provocó.

—No. Créame. Me he enterado del incidente de hoy y sé que la culpa fue de Jerry. Pero el incidente se ha filtrado al exterior. Así debía ser, con la prensa acosándonos precisamente este día. No puedo arriesgarme a que un relato distorsionado sobre negligencias y Neandertales salvajes perjudique el éxito del Proyecto Edad Media. De todas formas, Timmie tenía que regresar pronto. Si regresa ahora mismo, los sensacionalistas tendrán el mínimo pretexto posible para volcar su basura.

—No es como devolver una roca. Va a matar a un ser humano.

—No habrá asesinato. No habrá sensación. Simplemente, el niño será un niño Neandertal en un mundo Neandertal. Dejará de estar prisionero, no será un extraño. Tendrá la posibilidad de vivir en libertad.

— ¿Qué posibilidad? Sólo tiene siete años, está acostumbrado a que le cuiden, le alimenten, le vistan, le protejan. Estará solo. Quizá su tribu no esté ya en el lugar donde él la abandonó hace cuatro años. Y aunque esté en el mismo sitio, no reconocerán a Timmie. Tendrá que cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a hacerlo?

Hoskins sacudió la cabeza en un gesto de desesperada negativa.

— ¡Dios mío, señorita Fellowes! ¿Cree que no he pensado en eso? ¿Cree que habríamos traído a un niño de no haber sido porque se trataba de la primera localización de un humano o cuasi humano que hacíamos, y porque no nos atrevimos a correr el riesgo de perder su posición y hacer otra localización tan perfecta? ¿Por qué supone que hemos mantenido tanto tiempo aquí a Timmie, sino porque éramos reacios a devolver al niño al pasado? —Su voz cobró exasperada urgencia—. Pero no podemos esperar más. Timmie es un obstáculo en el camino de la expansión. Una fuente de posible mala publicidad. Estamos a punto de hacer grandes cosas y, lo lamento, señorita Fellowes, pero no podemos permitir que Timmie nos estorbe. No podemos. No podemos. Lo lamento, señorita Fellowes.

—Bien, en ese caso —dijo tristemente la enfermera—, déjeme decirle adiós. Concédame cinco minutos para despedirme. Concédame tan sólo eso.

Hoskins vaciló.

—Adelante.

Timmie corrió hacia ella. Corrió hacia ella por última vez y la señorita Fellowes, por última vez, lo estrechó entre sus brazos.

Durante un instante, lo abrazó ciegamente. Empujó una silla con la punta del pie, la puso junto a la pared y se sentó.

—No tengas miedo, Timmie.

—No tengo miedo si estás aquí, señorita Fellowes ¿Está buscándome ese hombre loco, ese hombre que está afuera?

—No, no temas. Él no nos comprende… Timmie, ¿sabes qué es una madre?

— ¿Como la de Jerry?

— ¿Te habló él de su mamá?

—Algunas veces. Creo que una madre es una señora que te cuida y se porta muy bien contigo y hace cosas buenas.

—Exacto. ¿No te gustaría tener una madre, Timmie?

Timmie apartó la cabeza del cuerpo de la enfermera para poder mirarla. Poco a poco, pasó su manita por la mejilla y el pelo de la señorita Fellowes y la acarició igual que ella, hacía mucho, mucho tiempo, le había acariciado.

— ¿Tú no eres mi madre? —preguntó el niño.

—Oh, Timmie.

— ¿Te enfadas porque te lo pregunto?

—No. Claro que no.

—Porque yo sé que te llamas señorita Fellowes, pero…, pero a veces te llamo «mamá» sin decirlo. ¿Te parece bien?

—Sí. Sí. Me parece bien. Y ya no te abandonaré más y no sufrirás más. Estaré siempre contigo para cuidarte. Llámame «mamá», que yo lo oiga.

—Mamá —dijo Timmie muy contento, y apretó su mejilla a la de la enfermera.

La señorita Fellowes se levantó y, sin soltar al niño, se subió a la silla. Hizo caso omiso del repentino inicio de un grito en el exterior y, con la mano libre, tiró con todas sus fuerzas de la cuerda que colgaba entre dos resquicios.

Perforó Estasis y la habitación quedó vacía.

03/8/19

El mejor amigo de un muchacho

El mejor amigo de un muchacho

Isaac Asimov

 

—Querida, ¿dónde está Jimmy? —preguntó el señor Anderson.

—Afuera, en el cráter —dijo la señora Anderson—. No te preocupes por él. Está con Robutt… ¿Ha llegado ya?

—Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quince años…, dejando aparte los de las películas, claro.

—Jimmy nunca ha visto ninguno —dijo la señora Anderson.

—Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna.

—Sí, su precio lo demuestra —dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.

—Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida —dijo el señor Anderson.

Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y sus piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre podría hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro su padre siempre acababa quedándose atrás.

El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra —que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar donde estaba siempre vista desde Ciudad Lunar—, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por su claridad.

La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna gravedad contra la que luchar.

— ¡Vamos, Robutt! —gritó Jimmy.

Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrásde él.

Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dió una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.

—No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte —le ordenó Jimmy.

Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba «Sí».

—No confío en ti, tunante —exclamó Jimmy.

Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior.

La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad acegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era la emitida por las estrellas.

En realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que había en él.

Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo el rato dónde estaba Jimmy jamás podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.

La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.

—Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.

Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estabainmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de

boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.

—Tranquilo, Robutt —dijo el señor Anderson, y sonrió—. Bien,

Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.

— ¿Algo de la Tierra, papi?

—Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad…, un cachorro de terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna… Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño. —El señor Anderson parecía estar esperando a que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría la boca siguió hablando—. Ya sabes lo que es un perro,

Jimmy. Es de verdad, está vivo… Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.

Jimmy frunció el ceño.

—Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.

—No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está

vivo.

—Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.

—No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.

—El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?

—Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciu—

dad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la diferencia.

Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy ex—

tendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un solo salto.

— ¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? —preguntó Jimmy.

—Es difícil de explicar —dijo el señor Anderson—, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te quisiera, ¿en tiendes?

—Pero papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que también finja.

El señor Anderson frunció el ceño.

—Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la diferencia.

Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicabaque no estaba dispuesto a cambiar de opinión.

—Pero si los dos se portan igual conmigo entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro robot —dijo Jimmy—. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.

Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes…, ladridos de pura felicidad.

 

 

03/8/19

El lago

El lago

Ray Bradbury

 

Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.

Subí corriendo por la playa.

Mamá me frotó con una esponjosa toalla.

—Quédate aquí y sécate —dijo.

Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.

—Hace viento —dijo mamá—. Ponte el suéter.

—Espera que vea mi carne de gallina —dije.

—Harold —dijo mamá.

Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.

Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.

Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua.

Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.

Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.

Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.

—Mamá, quiero correr por la playa.

—De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.

Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.

Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.

De manera que yo estaba realmente solo.

Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora… un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.

Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:

— ¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!

Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió…

—El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.

Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.

Grité su nombre una y otra vez.

— ¡Tally! ¡Oh, Tally!

El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.

— ¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!

Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.

— ¡Tally!

Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.

Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.

—Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.

Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.

No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.

Subí silenciosamente por la playa.

Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.

Salí en el tren al día siguiente.

Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.

Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.

Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.

Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.

El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.

Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.

¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.

Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.

Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.

Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.

Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.

La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.

Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.

—Quédate aquí, Margaret —dije, sin saber por qué lo decía.

—Pero ¿por qué?

—Quédate aquí, eso es todo…

Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.

— ¿Qué es eso? —le pregunté.

El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena —el agua murmuró a su alrededor—y retrocedió.

— ¿Qué es? —insistí.

—Está muerta —dijo el salvavidas tranquilamente.

Esperé.

—Raro —dijo él en voz baja—. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta… mucho tiempo.

Repetí sus palabras.

— ¿Mucho tiempo?

—Diez años, diría yo—. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es… agradable.

—Abra el saco —dije, sin saber por qué.

El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.

—Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir.

— ¡Vamos, ábralo! —grité.

—Es mejor que no lo haga —dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro—. Era una niña pequeña…

Abrió el saco lo justo.

La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.

Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.

— ¿Dónde la encontró? —pregunté.

—Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?

Sacudí la cabeza.

—Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.

Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.

El salvavidas ató el saco de nuevo.

Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.

—Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo —me dije a mí mismo.

Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.

Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo… y no retornaban nunca.

Entonces… me di cuenta.

—Te ayudaré a acabarlo —dije.

Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.

Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba, sonriendo…

03/8/19

El informe de la minoría

El informe de la minoría

Philip K. Dick

 

El primer pensamiento que tuvo Anderton al ver al joven fue: «Me estoy poniendo calvo, gordo y viejo». Pero no lo expresó en voz alta. En su lugar, echó el sillón hacia atrás, se incorporó y salió resueltamente al encuentro del recién llegado extendiendo rápidamente la mano en una cordial bienvenida. Sonriendo con forzada amabilidad, estrechó la manó del joven.

— ¿Señor Witwer?—Dijo, tratando de que sus palabras sonaran en el tono más amistoso posible.

—Así es—repuso el recién llegado—. Pero mi nombre es Ed para usted, por supuesto. Es decir, si usted comparte mi disgusto por las formalidades innecesarias.

La mirada de su rubio semblante, lleno de confianza en sí mismo, mostraba que la cuestión debería quedar así definitivamente resuelta. Serían Ed y John: todo iría sobre ruedas con aquella cooperación mutua desde el mismo principio.

— ¿Tuvo usted dificultad en hallar el edificio? —Preguntó a renglón seguido Anderton, con cierta reserva, ignorando el cordial comienzo de su conversación instantes atrás. Buen Dios, tenía que asirse a algo. Se sintió lleno de temor y comenzó a sudar.

Witwer había comenzado a moverse por la habitación como si ya todo le perteneciese, como midiendo mentalmente su tamaño. ¿No podría haber esperado un par de días como lapso de tiempo decente para aquello?

—Ah, ninguna dificultad—repuso Witwer, con las manos en los bolsillos. Con vivacidad, se puso a examinar los voluminosos archivos que se alineaban en la pared —. No vengo a su agencia a ciegas, querido amigo, ya comprenderá. Tengo un buen puñado de ideas de la forma en que se desenvuelve el Precrimen.

Todavía un poco nervioso, Anderton encendió su pipa.

— ¿Y cómo funciona? Me gustaría conocer su opinión.

—No mal del todo—repuso Witwer—. De hecho, muy bien.

Anderton se le quedó mirando.

— ¿Esa es su opinión particular?

—Privada y pública. El Senado está satisfecho con su trabajo. En realidad, está entusiasmado.—Y añadió —Con el entusiasmo con que puede estarlo un anciano.

Anderton sintió un desasosiego interior, que supo mantener controlado, permaneciendo impasible. Le costó, no obstante, un gran esfuerzo. Se preguntaba qué era realmente lo que Witwer pensaba, lo que se encerraba en aquella cabeza. El joven tenía unos azules y brillantes ojos… turbadoramente inteligentes. Witwer no era ningún tonto. Y sin la menor duda, debería estar dotado de una gran dosis de ambición.

—Según tengo entendido—dijo Anderton—usted será mi ayudante hasta que me retire.

—Así lo tengo entendido yo también—replicó el otro, sin la menor vacilación.

—Lo que puede ser este año, el próximo… o dentro de diez.—La pipa tembló en las manos de Anderton—. No tengo prisa por retirarme ni estoy bajo presión alguna en tal sentido. Yo fundé el Precrimen y puedo permanecer aquí tanto tiempo como lo desee. Es una decisión puramente mía.

Witwer aprobó con un gesto de la cabeza, con una expresión absolutamente normal.

—Naturalmente.

Con cierto esfuerzo Anderton habló con el tono de la voz algo más frío.

—Yo deseo solamente que las cosas discurran correctamente.

—Desde el principio—convino Witwer—. Usted es el Jefe. Lo que usted ordene, eso se hará.—Y con la mayor evidencia de sinceridad, preguntó—: ¿Tendría la bondad de mostrarme la organización? Me gustaría familiarizarme con la rutina general, tan pronto como sea posible.

Conforme iban caminando entre las oficinas y despachos alumbrados por una luz amarillenta, Anderton dijo:

—Le supongo conocedor de la teoría del Precrimen, por supuesto. Presumo que es algo que debe darse por descontado.

—Conozco la información que es pública —repuso Witwer—. Con la ayuda de sus mutantes premonitores, usted ha abolido con éxito el sistema punitivo post—criminal de cárceles y multas. Y como todos sabemos, el castigo nunca fue disuasorio, ni pudo proporcionar mucho consuelo a cualquier víctima ya muerta.

Ya habían llegado hasta el ascensor y mientras descendían hasta niveles inferiores, Anderton dijo:

—Tendrá usted ya una idea de la disminución del porcentaje de criminalidad con la metodología del Precrimen. Lo tomamos de individuos que aún no han vulnerado la Ley.

—Pero que seguramente lo habrían hecho—repuso Witwer convencido.

—Felizmente no lo hicieron… porque les detuvimos antes de que pudieran cometer cualquier acto de violencia. Así, la comisión del crimen por sí mismo es absolutamente una cuestión metafísica. Nosotros afirmamos que son culpables. Y ellos, a su vez, afirman constantemente que son inocentes. Y en cierto sentido, son inocentes.

El ascensor se detuvo y salieron nuevamente hacía otro corredor alumbrado con igual luz amarillenta.

—En nuestra sociedad no tenemos grandes crímenes—continuó Anderton—, pero tenemos todo un campo de detención lleno de criminales en potencia, criminales que lo serían efectivamente.

Se abrieron y cerraron una serie de puertas, hasta llegar al ala del edificio que se ocupaba del problema analítico. Frente a ellos surgían unos impresionantes bancos de equipo especializado, receptores de datos, y ordenadores que estudiaban y reestructuraban el material que iba llegando. Y más allá, de la maquinaria, los premonitores sentados, casi perdidos a la vista entre una red inextricable de conexiones y cables.

—Ahí están—dijo Anderton—. ¿Qué piensa usted de ellos?

A la luz incierta de aquella enorme habitación, los tres idiotas farfullaban palabras ininteligibles. Cada palabra soltada al azar, murmurada sin ton ni son en apariencia, era analizada, comparada, reajustada en forma de símbolos visuales y transcritos en tarjetas perforadas convencionales que se introducían en las ranuras de los ordenadores. A todo lo largo del día, aquellos idiotas balbuceaban entre sí o aisladamente, prisioneros en sus sillas especiales de alto respaldo, sujetados de forma especial en una rígida posición por bandas de metal, grapas y conexiones.

Sus necesidades físicas eran atendidas automáticamente. No tenían necesidades espirituales en ningún sentido. Al igual que vegetales, se movían, se retorcían y existían. Sus mentes permanecían nubladas, confusas, perdidas en las sombras. Pero no las sombras del presente. Las tres murmurantes criaturas con sus enormes cabezas y estropeados cuerpos estaban contemplando el futuro. La maquinaria analítica registraba sus profecías y los tres idiotas premonitores hablaban, mientras que las máquinas escuchaban cuidadosamente.

Por primera vez, la confiada cara de Witwer pareció perder seguridad. En sus ojos apareció una desmayada expresión de sentirse enfermo, como una mezcla de vergüenza y de shock moral.

—No es… agradable—murmuró—. Nunca pude imaginarme que fueran tan… —Luchó con su mente para encontrar la palabra adecuada—. Tan… deformes.

—Sí, deformes y retrasados —convino Anderton al instante—. Especialmente aquella chica, Dona. Tiene cuarenta y cinco años pero el aspecto de una niña de diez. El talento lo absorbe todo: su facultad especial de premonición del porvenir altera el equilibrio del área frontal. Pero, ¿para qué vamos a preocuparnos? Conseguimos sus profecías. Aquí tienen cuanto necesitan. Ellos no comprenden absolutamente nada de esto, pero nosotros sí.

Algo sobrecogido por el espectáculo, Witwer atravesó la habitación y se dirigió hacia la maquinaria. De un recipiente tomó un paquete de fichas.

— ¿Son éstos los nombres que han surgido?

—Desde luego que sí.—Y frunciendo el ceño, Anderton tomó las fichas de manos de Witwert —No he tenido aún la oportunidad de examinarlas—explicó guardándose para sí la preocupación que aquello le causaba.

Fascinado, Witwer observaba cómo las máquinas de tanto en tanto expulsaban una ficha sobre un recipiente. Después continuaban con otra y una tercera. De los discos que zumbaban con un murmullo constante, surgían fichas, una tras otra.

— ¿Los premonitores ven muy lejos en el futuro? —Preguntó Witwer.

—Sólo ven una extensión relativamente limitada —le informó Anderton—. Una semana o dos como mucho. Muchos de sus datos son inútiles para nuestro trabajo… simplemente sin importancia para nuestra investigación. Pasamos esas informaciones a otras agencias. Agencias, que a cambio nos pasan otros informes interesantes. Cada agencia importante tiene su subterráneo de «monos» guardados como un tesoro.

— ¿«Monos»?—Dijo Witwer mirándole con desagrado. Oh, sí, ya comprendo. Es una curiosa forma de expresarlo.

—Muy adecuada—automáticamente, Anderton recogió las últimas fichas expulsadas por los ordenadores—. Algunos de estos nombres, tienen que ser totalmente descartados. Y la mayor parte de los que quedan se refieren a delitos poco importantes, como los de evasión de impuestos, asalto o extorsión. Como estoy seguro que usted ya sabe, el Precrimen ha rebajado las fechorías en un 99 %. Apenas si se dan casos actualmente de traición o asesinato. Después de todo, el delincuente sabe que lo confinaremos en un campo de detención una semana antes de que tenga la oportunidad de cometer el crimen.

— ¿En qué ocasión se cometió el último asesinato? —Preguntó Witwer.

—Hace cinco años.

— ¿ Y cómo ocurrió?

—El criminal escapó de nuestros equipos. Teníamos su nombre…de hecho teníamos todos los detalles del crimen, incluido el nombre de la víctima. Sabíamos también el momento exacto y el lugar preciso del planeado acto de violencia que iba a cometerse. Pero a despecho nuestro y de todo, el criminal consiguió llevarlo a cabo. —Anderton se encogió de hombros —. Después de todo, resulta imposible cogerlos a todos. —Barajó las fichas con las manos —. Sin embargo, conseguimos evitar la mayoría.

—Un crimen en cinco años —murmuró Witwer, en cuya voz se advertía que retornaba la confianza perdida —. Es realmente un récord impresionante… algo para sentirse orgulloso.

—Yo me siento orgulloso —repuso con calma —. Hace treinta años descubrí la teoría… allá en aquellos días cuando los crímenes se producían abundantemente. Vi proyectado hacia el futuro algo de un incalculable valor social.

Alargó el paquete de tarjetas a Wally Page, su subordinado a cargo del equipo de «monos».

—Vea usted cuáles necesitamos —le dijo —. Utilice su propio criterio.

Mientras Page desaparecía con las fichas, Witwer dijo pensativamente:

—Pues creo que es una gran responsabilidad.

—Sí, lo es —convino Anderton —. Si dejamos que un criminal se escape —como ocurrió hace cinco años—tenemos una vida humana en nuestra conciencia. Nosotros somos los únicos responsables. Si fallamos, alguien puede perder la vida.

Amargamente, recogió tres nuevas fichas acabadas de surgir del ordenador

—Es una cuestión de confianza pública.

— ¿Y no se sienten ustedes tentados a… ? —Witwer vaciló —. Quiero decir, algunos de los hombres que ustedes detienen por este procedimiento tendrán que ofrecerles muchas posibilidades.

—En general enviamos un duplicado de las tarjetas del archivo al Cuartel General Superior del Ejército. Allí se comprueba cuidadosamente. Así pueden también seguir nuestro trabajo. —Anderton, lanzó un vistazo a la parte superior de una de las fichas recién salidas —. Así, aunque nosotros deseásemos aceptar un…

Se detuvo de repente, con los labios apretados.

— ¿ Ocurre algo? —Preguntó Witwer alarmado.

Cuidadosamente, Anderton dobló la ficha y la depositó en uno de sus bolsillos.

—Ah… nada —murmuró—. No es nada, nada en absoluto.

La dureza de la voz de Anderton puso alerta a Witwer.

—Con sinceridad, a usted le disgusto yo.

—Es cierto —admitió Anderton —. No me gusta. Pero…

En realidad no era aquél el motivo. No parecía posible; no era posible. Algo iba mal en todo aquello. Perplejo, trató de aclararse su mente confusa.

Sobre aquella ficha estaba escrito su nombre. En la primera línea. …¡ Y acusado de un futuro asesinato! De acuerdo con las señales codificadas, el Comisario del Precrimen John A. Anderton iba a matar a un hombre… y dentro de la próxima semana.

Con una absoluta y total convicción, él no podía creer semejante cosa.

* * *

En la oficina exterior, hablando con Page se hallaba la esbelta y atractiva joven esposa de Anderton, Lisa. Estaba enzarzada en una animada y aguda conversación de política y apenas sí miró de reojo cuando entró su marido acompañado de Witwer

—Hola, querida—saludó Anderton.

Witwer permaneció silencioso. Pero sus pálidos ojos se animaron al posar su mirada sobre la cabellera de la mujer vestida de uniforme. Lisa era un oficial ejecutivo del Precrimen, pero una vez había sido, según ya conocía Witwer, la secretaria de Anderton.

Dándose cuenta del interés que se reflejaba en el rostro de Witwer, Anderton se detuvo reflexionando. Colocar la ficha en las máquinas requeriría un cómplice del interior del Servicio, la ayuda de alguien que estuviese íntimamente conectado con el Precrimen y tuviese acceso al equipo analítico. Lisa era un elemento improbable. Pero la posibilidad existía.

Por supuesto que la conspiración podría hacerse en gran escala y de forma muy elaborada, implicando mucho más que el sencillo hecho de insertar una cartulina perforada en cualquier lugar del proceso. Los datos originales en sí mismos tendrían que ser deliberadamente cambiados. Por el momento, no había forma de decir de qué modo podría llevarse a cabo tal alteración. Un frío nervioso le recorrió la espalda, al comenzar a entrever las posibilidades del asunto. Su impulso original—abrir las máquinas decididamente y suprimir todos los datos—resultaba inútilmente primitivo. Probablemente los registros concordaban con la ficha: no haría sino incriminarse a sí mismo en el futuro. Disponía de aproximadamente veinticuatro horas. Después, la gente del Ejército desearía comprobar seguramente las fichas y descubrirían la discrepancia. Y encontrarían en sus archivos el duplicado de una ficha de la que él se habría apropiado. El sólo tenía una de las dos copias, lo que significaba que la ficha que se hallaba doblada en su bolsillo estaría a aquellas horas sobre la mesa de Page a la vista de todo el mundo.

Desde el exterior del edificio le llegó el tronar y los aullidos de una patrulla de coches de la policía. ¿Cuántas horas pasarían antes de que fueran a detenerse en la puerta de su casa?

— ¿Qué te ocurre, cariño?—Le preguntó Lisa inquieta—. Tienes el aspecto del que ha visto a un fantasma. ¿Te encuentras bien?

—Oh, sí, perfectamente.

Lisa se dio cuenta en el acto del escrutinio admirativo de que estaba siendo objeto por parte de Witwer.

— ¿Es este caballero tu nuevo colaborador, querido?—Preguntó.

Un poco distraído y confuso, Anderton se apresuró a presentar a su nuevo colega. Lisa sonrió en amistoso saludo. ¿Pasó entre ellos como un encubierto entendimiento? No pudo decirlo. Santo Dios, ya estaba empezando a sospechar de todo el mundo… no solamente de su esposa y de Witwer sino de una docena de miembros de su personal.

— ¿Es usted de Nueva York?,—preguntó Lisa.

—No—replico Witwer—. He vivido la mayor parte de mi vida en Chicago. Estoy en un hotel… . uno de esos grandes hoteles del centro de la ciudad. —Espere… tengo el nombre escrito en una tarjeta por aquí en cualquier parte.

Mientras se rebuscaba por los bolsillos, Lisa sugirió:

—Tal vez le gustaría cenar con nosotros. Tendremos que trabajar en íntima cooperación y pienso que realmente deberíamos conocernos mejor.

Asombrado, Anderton se sintió deprimido. ¿Qué oportunidades serían las que proporcionaría la actitud amistosa de su mujer? Profundamente conturbado se dirigió impulsivamente hacia la puerta.

— ¿Adónde vas?—Preguntó Lisa asombrada.

—Vuelvo con los «monos»—repuso Anderton—. Quiero hacer una comprobación relativa a unos datos desconcertantes, antes de que el Ejército los vea.

Ya estaba fuera en el corredor antes de que ella pudiese pensar en una forma razonable de detenerlo. Rápidamente se dirigió hacia la rampa del extremo opuesto. Estaba ya a punto de desaparecer de la vista cuando Lisa apareció jadeante de la carrera emprendida tras él.

—Pero, ¿ qué es lo que te ocurre, hombre de Dios? —Tomándole por una manga y tirando fuerte hacia ella, se sitúo a su lado —. Sabía que te marchabas—exclamo Lisa bloqueándole el camino—. ¿ Qué te pasal? Todo el mundo va a pensar que tú…… —Se contuvo controlándose para añadir: Quiero decir, que te estas comportando de una forma errática y extraña.

Una multitud de gente les envolvió, la muchedumbre usual de la tarde. Ignorando a todo el mundo, Anderton apretó el brazo de su mujer.

—Voy a salir fuera—dijo—, mientras que aún es tiempo.

—Pero, ¿por qué?

—Estoy siendo tratado de una forma deliberadamente maliciosa. Ese hombre ha venido a quedarse con mi trabajo. El Senado quiere echarme sirviéndose de él.

Lisa le miró asombrada.

—Pero si parece una persona encantadora…

—Sí, encantadora como una serpiente de agua.

Lisa reflejó en su rostro su desconcierto.

—No lo creo. Querido, creo que estás bajo los efectos de un exceso de trabajo.—Sonriendo inciertamente balbuceó—No resulta realmente creíble que Ed Witwer esté tratando de minarte el terreno. ¿Cómo podría hacerlo aunque quisiera? Seguramente que Ed…

— ¿Ed?

—Ese es su nombre, ¿no es así?

Los ojos de Lisa se dilataron de asombro y de desconcierto y brillaron en una muda protesta.

—Cielo santo, estás sospechando de todo el mundo. Parece como si creyeses que yo también estoy mezclada en alguna clase de conspiración contra ti, ¿verdad?

Su marido consideró un instante la cuestión.

—Pues… no estoy muy seguro.

Lisa se le aproximó con ojos acusadores.

—Eso no es cierto. Ni tú mismo lo crees. Tal vez deberías marcharte de vacaciones por un par de semanas. Necesitas desesperadamente un descanso. Toda esta tensión y este trauma producido por la llegada de un joven… Estás actuando como un paranoico. ¿Es que no puedes verlo? Dime, ¿tienes alguna prueba de lo que estás diciendo? :

Anderton sacó su billetera y extrajo de ella la ficha doblada.

—Examina esto cuidadosamente—le dijo a su mujer.

El color se escapó de las mejillas de Lisa, dejando escapar un sonido entrecortado.

—La trama es claramente evidente —le dijo Anderton—. Esto dará a Witwer un claro pretexto, legal al mismo tiempo, para suprimirme de aquí inmediatamente. No tendrá que esperar a que yo presente mi dimisión. Ellos saben que puedo prestar aún unos años más de servicio.

—Pero…

—Y eso acabará con el sistema de equilibrio y de comprobación. El Precrimen dejará de ser una agencia independiente. El Senado controlará la policía y después… —Su labios se apretaron en un rictus amargo—Absorberán igualmente al Ejército también. Bien, eso sería una consecuencia lógica. Naturalmente, siento hostilidad y resentimiento hacia Witwer, y por supuesto que tengo motivos para proceder así. A nadie le gusta ser reemplazado por un joven y puesto en la lista de los inútiles. En su día eso resultaría totalmente plausible, excepto que no tengo ni la más remota intención de matar a Witwer. Pero no puedo probarlo. Y así las cosas ¿Qué es lo que puedo hacer?

En silencio, con la cara blanca por una intensa palidez, Lisa sacudió la cabeza.

—Pues yo… yo no sé, querido. Si solo…

—Ahora mismo—declaró abruptamente Anderton—. Me voy a casa y empaquetaré mis cosas. Creo que es lo mejor que puedo hacer.

—Y vas realmente a… ¿Esconderte por ahí?

—Así voy a hacerlo Me iré aunque sea a las colonias lejanas del sistema de Centauro si es preciso. Ya se ha hecho antes con éxito y aún dispongo de veinticuatro horas para hacerlo.—Se volvió resueltamente—. Vuelve al interior. No hay nada que hablar de que vengas conmigo.

— ¿Imaginaste que lo haría?—Preguntó Lisa.

Sorprendido, Anderton la miró fijamente.

— ¿No lo hubieras hecho? No, ya veo que no me crees. Todavía piensas que estoy imaginando todo esto… —Y sacudió nerviosamente la ficha entre las manos—. Ni incluso con esta evidencia estás convencida.

—No—convino rápidamente Lisa—. No lo estoy. Creo que no has considerado bien de cerca la cuestión, querido. El nombre de Ed Witwer no esta en ella.

Incrédulo, Anderton tomó la ficha de manos de su mujer.

—Nadie dice que tú tengas que matar a Ed Witwer —continuó Lisa rápidamente en un tono vivaz—. La ficha debe ser verdadera, ¿comprendes? Pero nada tiene que ver con Ed Witwer. El no está intrigando contra ti, ni ninguna persona más tampoco.

Demasiado confuso para responder, Anderton permaneció sin quitar los ojos de la ficha de cartulina. Ella tenía razón. Ed Witwer no estaba catalogado como su víctima. Sobre la línea quinta, la máquina había estampado nítidamente otro nombre:

LEOPOLD KAPLAN

Aturdido, volvió a guardarse la ficha en el bolsillo. Jamás había oído ese nombre en toda su vida.

* * *

La casa se hallaba fría y solitaria y casi inmediatamente Anderton comenzó a hacer los preparativos para su viaje. Mientras empaquetaba las cosas, una serie de frenéticos pensamientos cruzaban su mente. Posiblemente estaba equivocado respecto a Witwer, pero, ¿cómo podía estar seguro? En cualquier caso, la conspiración contra él era mucho más compleja de lo que había creído a primera vista. Witwer sólo podría ser una marioneta animada por cualquier otro personaje, por algún distante y poderoso elemento oculto en la penumbra del fondo

Había sido un error haber mostrado la ficha a Lisa. Sin duda alguna, ella se lo contaría con todo con detalle al propio Witwer. Nunca había salido de la Tierra, ni comprobado qué clase de vida podría llevar en cualquier planeta fronterizo.

Mientras se hallaba así preocupado, el piso de madera crujió tras él. Se volvió rápidamente para enfrentarse con el cañón azulado de una pistola atómica.

—No le llevará mucho tiempo—dijo, mirando fijamente al hombretón cuadrado de hombros, de labios apretados, que, vistiendo un abrigo marrón oscuro, le apuntaba con el arma atómica— ¿Ni siquiera dudó ella un instante?

El rostro del intruso no pareció tener respuesta adecuada.

—No sé de lo que está usted hablando—dijo—Vamos, venga conmigo.

Paralizado, Anderton soltó una pesada chaqueta de pieles que sostenía en la mano.

—Usted no pertenece a mi agencia. ¿Es usted acaso un oficial de la policía?

Protestando y a empujones fue llevado a toda prisa hacia un coche cubierto que esperaba en la calle. La puerta se cerró con estrépito al arrancar el coche, habiendo entrado previamente tres hombres armados en el interior junto con él. El automóvil salió disparado hacia la autopista que salía alejándose de la ciudad. Impasibles y remotos, los rostros que le rodeaban permanecían inalterables con los movimientos del vehículo, al pasar los inmensos campos, oscuros y sombríos, que desfilaban rápidamente ante sus ojos.

Anderton aún trataba inútilmente de captar las implicaciones de lo sucedido, cuando de repente, el coche se desvió de la carretera general y descendió a un garaje de aspecto sombrío con la entrada semioculta. Alguien gritó una orden. La pesada puerta metálica de acceso se descorrió y unas luces brillantes iluminaron el recinto. El chofer apagó el motor.

—Lamentarán ustedes esto—protestó Anderton indignado—. ¿Sabe usted quién soy yo? —concluyó dirigiéndose al que parecía ser el jefe de la partida.

—Lo sabemos —repuso el hombre del abrigo marrón,

A punta de pistola, Anderton fue conducido por unas escaleras y después, por un corredor alfombrado. Se hallaba, al parecer, en una lujosa residencia privada, construida ocultamente en un área devastada por la guerra.

Al extremo del corredor se abría una habitación, más bien un estudio, provisto de gran cantidad de libros y ornamentado, por lo demás, con exquisito gusto. Dentro de un círculo de luz y con el rostro oculto parcialmente por las sombras, un hombre a quien jamás había visto permanecía sentado esperando su llegada.

Conforme se aproximaba Anderton, aquel hombre se quitó unos lentes sin aros, con cierto nerviosismo, y se humedeció los labios. Era de avanzada edad, tal vez unos setenta, y se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata. Su cuerpo era delgado y su actitud curiosamente rígida. Sus escasos cabellos grises los llevaba peinados muy pegados al cráneo. Sus ojos únicamente denotaban alarma.

— ¿Es Anderton? —Preguntó con cierta indiferencia al hombre del abrigo marrón—. ¿Dónde lo encontró usted al fin?

—En su casa—replicó el otro—. Estaba preparando el equipaje… según esperábamos.

El anciano del sillón se estremeció visiblemente

—Haciendo el equipaje… Mire—dijo dirigiéndose a Anderton—. ¿Qué es lo que le ocurre? ¿Es que se ha vuelto loco de remate? ¿Cómo podría usted matar a un hombre a quien no ha conocido nunca?

Aquel hombre anciano, según pudo deducir inmediatamente Anderton, era Leopold Kaplan.

—Primeramente, haré a usted una pregunta —repuso Anderton rápidamente—. ¿Se da usted cuenta de quién soy yo? Soy el Comisario de la Policía General. Puedo encerrarle durante veinte años por esto

Iba a continuar diciendo más cosas, pero una súbita idea le interrumpió.

— ¿Cómo lo descubrió usted? —Preguntó. Involuntariamente, su mano se dirigió hacia el bolsillo donde tenía escondida la ficha doblada—. No habrá sido por otra…

—No fui notificado por su agencia—dijo Kaplan interrumpiéndole, con visible impaciencia. —El hecho de que nunca haya oído hablar de mi no me sorprende demasiado. Leopold Kaplan, general del Ejército de la Alianza Federada del Bloque Occidental, está retirado desde el fin de la guerra anglochina y la abolición de la AFBO.

Aquello iba teniendo sentido, pensó Anderton, que siempre había sospechado que el Ejército poseía inmediatamente los duplicados de las fichas para su propia protección.

Sintiéndose más aliviado, preguntó:

—Bien, aquí me tiene usted. ¿Y ahora, qué?

—Evidentemente—repuso Kaplan—, no voy a destruirle, para librarme de lo que indica una de esas estúpidas fichas. Pero siento curiosidad acerca de usted. Me parece increíble que un hombre de su talla pudiese contemplar a sangre fría el asesinato de un extraño por completo a usted. Tiene que haber aquí algo más implicado en todo esto. Francamente me siento embrollado. Si esto representa alguna clase de estrategia de la Policía… se encogió de hombros—. Seguramente que usted no habría permitido que el duplicado de la ficha hubiera llegado a nosotros.

—A menos que tal ficha se haya introducido en los ordenadores deliberadamente —sugirió otro de los hombres.

Kaplan escrutó con sus brillantes ojos a Anderton.

— ¿Qué tiene usted que decir?

—Esa es exactamente la cuestión—repuso Anderton—. La predicción de tal ficha fue deliberadamente fabricada por algún grupo del interior de la agencia de la policía. La ficha ha sido preparada y a mi se me ha tendido una trampa. Así, he sido relevado automáticamente de toda mi autoridad… Mi asistente interviene entonces y afirma que ha prevenido el crimen en la forma usual y eficiente del sistema Precrimen. Ni que decir tiene que no hay crimen ni intento de tal crimen.

—Yo estoy por completo de acuerdo con usted en que no habrá tal asesinato—afirmó Kaplan autoritariamente—. Estará usted bajo custodia de la policía. Intento hallarme bien seguro de eso.

Horrorizado, Anderton protestó:

— ¿Va usted a devolverme allí? Si permanezco detenido, jamás estaré en condiciones de probar que…

—No me preocupa lo que usted intente probar o no—dijo Kaplan interrumpiéndole—. Todo mi interés radica en tenerle a usted fuera de combate.—Y fríamente añadió—Para mi propia protección.

—Ya estaba dispuesto a marcharse—comenta uno de los hombres.

—Así es—ratifico Anderton sudando—. Tan pronto como me echen el guante seré internado en uno de esos campos de detención. Witwer se pondrá al frente… y ya puedo considerarme perdido.—Su rostro se ensombreció—. Y mi esposa también. Están actuando todos de acuerdo, según las apariencias.

Por un momento Kaplan pareció vacilar.

—Es posible—concedió mirando a Anderton severamente. Después sacudió la cabeza—. No, no puedo correr ningún riesgo. Esto es una conspiración contra usted y lo lamento, créame. Pero es algo que no me concierne en absoluto.—Y dirigiéndose a sus hombres les dijo—Llévenlo al edificio de la Policía y entréguenlo a la más alta autoridad,

Y mencionó el nombre del comisario en funciones, esperando la reacción de Anderton.

— ¡Witwer!—Repitió Anderton incrédulo como en un eco.

Todavía sonriendo ligeramente, Kaplan se volvió y conectó la radio.

—Witwer ya ha asumido el mando. Ni que decir tiene que formará con todo esto un buen tinglado.

Se oyó un zumbido estático y después, de repente, la radio comenzó a sonar en la habitación a bastante volumen. Una voz profesional y bastante ruidosa leía un mensaje informativo.

—«…todos los ciudadanos tienen la orden estricta de no dar refugio por ningún concepto a ese individuo peligrosamente criminal. Las extraordinarias circunstancias de un criminal que ha escapado hacia la libertad en condiciones de cometer un acto de violencia, es un caso único en estos tiempos. Todos los ciudadanos quedan advertidos mediante este boletín informativo, de que las leyes en vigor implican que tanto individual como colectivamente tienen la obligación de cooperar totalmente con la policía para aprehender a John Allison Anderton, quien, por medio de la metodología del sistema precriminal es declarado de ahora en adelante un asesino potencial y por tal motivo ha perdido su derecho a la libertad y a todos sus privilegios. »

—Se ve que no ha perdido el tiempo—murmuró Anderton, abatido. Kaplan tocó un botón y la radio enmudeció.

—Lisa tiene que haber ido directamente a él —dijo Anderton especulando amargamente. .

— ¿Por qué tendría que esperar?—Preguntó Kaplan—. Usted expresó sus intenciones claramente.

El viejo general hizo una señal a sus hombres

—Llévenle a la ciudad. Me siento a disgusto con este hombre en mi proximidad. En ese aspecto, estoy de acuerdo con el Comisario Witwer. Quiero que sea neutralizado lo más pronto posible.

Una lluvia fina y helada se abatía sobre las calles mientras el coche atravesaba las oscuras avenidas de Nueva York hacia el edificio de la Policía.

—Puede usted ponerse en su lugar—dijo uno de los hombres a Anderton—. Si usted estuviese en su puesto habría actuado de igual forma.

Pensativo y resentido Anderton se mantenía callado mirando hacia adelante.

—De cualquier forma—continuo aquel hombre—usted sólo es uno entre muchos más. Miles de personas han ido a parar a esos campos de detención. No se encontrará solo.

Abrumado por las circunstancias, Anderton miraba a los transeúntes apresurándose a lo largo de las aceras mojadas por la lluvia. Sólo se daba cuenta de la tremenda fatiga que sentía. Mecánicamente iba comprobando los números de las casas calculando la proximidad a la estación de Policía.

—Ese Witwer se ve que sabe aprovechar las oportunidades y sacar ventaja de cualquiera de ellas—observó uno de los hombres—. ¿Le conoce usted?

—Muy poco

—Deseaba su puesto… y por eso ha conspirado contra usted. ¿Está usted seguro?

— ¿Importa mucho eso ahora?—Repuso Anderton con un gesto.

—Era por pura curiosidad.—Y el hombre suspiró lánguidamente—. Entonces, ahora es usted el ex Comisario jefe de la Policía. La gente que se encuentra en esos campos estará deseando verle. Y conocer cómo es su cara.

—Sin duda.

—Witwer seguramente que no perderá el tiempo. Kaplan tiene suerte… con un personaje así al frente de la policía.—Y el hombre miró a Anderton casi con lástima—. Pero usted está seguro de que es un complot, ¿verdad?

—Por supuesto que sí.

— ¿No habría usted tocado ni un solo cabello de Kaplan, verdad? Por primera vez en la historia, el Precrimen se ha equivocado. Un hombre inocente perseguido por culpa de una de esas fichas… Tal vez haya muchas otras personas inocentes, ¿no es verdad?

—Es muy posible—repuso Anderton.

—Tal vez la totalidad de ese sistema se venga abajo. Seguramente que usted no va a cometer ningún crimen… y tal vez ninguno de los otros tampoco. ¿Es ésa la razón por la que dijo a Kaplan que quería marcharse? ¿Deseaba usted probar tal vez que el sistema es falso? Sepa que soy un hombre de amplia mentalidad si quiere hablarme de ello.

Otro de los hombres se inclinó sobre él y preguntó:

—Entre usted y yo, ¿existe realmente algún complot? ¿Ha sido usted falsamente acusado?

Anderton suspiró. Hasta tal punto vacilaba en su interior. Tal vez se hallaba atrapado en un circuito sin salida, sin motivo, sin principio y sin fin De hecho, estaba casi dispuesto a conceder que era la víctima de una fantasía neurótica, excitada por la creciente inseguridad que le rodeaba. Sin lucha, estaba punto de renunciar a todo. Un enorme peso le aplastaba dejándole sofocado y sin energías para nada. Estaba luchando contra algo imposible… y todas las cartas estaban en su contra.

Un repentino chirrido de los neumáticos le llamó la atención. Frenéticamente el conductor trataba de controlar el coche en aquel momento, dando golpes de volante y usando el freno, al mismo tiempo que un enorme camión cargado de pan, surgido de la niebla, se le venia encima. De haber acelerado, tal vez habría salvado la situación. Pero era demasiado tarde para corregir el error. El coche patinó, y dio unos bandazos para ir a estrellarse contra la delantera del camión.

Bajo Anderton, el asiento actuó como un resorte empujándole hacia la puerta. Sintió un dolor súbito e intolerable en el cerebro como si fuera a estallarle, encontrándose de rodillas sobre el pavimento. Cerca de él creyó oír el crepitar de unas llamas y unas fajas de luz serpentear entre la niebla dirigiéndose hacia el coche.

Unas manos acudieron en su ayuda. Poco a poco se dio cuenta de que iba siendo arrastrado lejos del automóvil

A lo lejos se oían las sirenas de los coches de patrulla.

—Vivirá usted—dijo una voz en su oído, en tono quedo y urgente. Era una voz que jamás había oído antes y le resultaba tan extraña como la lluvia que le batía el rostro—. ¿Puede oír lo que le estoy diciendo?

—Sí—repuso Anderton. Con la manga acudió en auxilio de un corte que ya le sangraba abundantemente de la mejilla. Confuso, trató de orientarse—. Usted no es…

—Deje de hablar y escuche.—El hombre que le hablaba era un tipo fornido, casi obeso. Sus enormes manos le sostenían ahora fuera de la calzada y contra la pared de ladrillo de una calle adyacente, lejos del fuego y del coche—. Tuvimos que hacerlo de esta forma. Era la única alternativa. No tuvimos mucho tiempo disponible. Creímos que Kaplan le retendría en su residencia por más tiempo.

—Entonces, ¿esto ha sido preparado previamente?—Preguntó Anderton parpadeando en su enorme confusión.

—Desde luego.—Y aquel hombretón soltó un juramento—. ¿Quiere usted decir que también ellos creían…?

—Yo pensé… —comenzó a decir Anderton y se detuvo al darse cuenta de que encontraba dificultades al hablar, uno de los dientes frontales lo había perdido en el accidente—. La hostilidad hacia Witwer… sentirme reemplazado, y luego mi esposa… el resentimiento natural…

—Deje de engañarse a sí mismo—le interrumpió el desconocido—. Lo sabe usted muy bien. Todo el asunto fue calculado meticulosamente. Tenían cada fase bajo control. La ficha fue colocada el día en que Witwer apareció. Y ya tienen cuanto desean. Witwer comisario y usted un criminal perseguido.

— ¿Quién hay detrás de todo eso?

—Su esposa.

Anderton sacudió la cabeza.

— ¿Está usted seguro?

Aquel individuo se puso a reír.

—Puede apostar por su esposa.—Miró rápidamente a su alrededor—. Aquí viene la policía. Siga por esa calle estrecha, tome un autobús, y váyase al barrio pobre de los suburbios, alquile una habitación y cómprese un puñado de revistas para tener algo en que estar ocupado. Ah, cómprese otras ropas. Es usted lo suficientemente listo como para ocuparse de sí mismo. No trate de salir de la Tierra. Controlan todos los sistemas de transporte. Si consigue escapar durante los próximos siete días estará usted salvado.

— ¿Quién es usted?—Preguntó Anderton.

—Mi nombre es Fleming

Aquel hombre se apartó y con cuidado comenzó a andar por la estrecha calle fuera de las luces. El primer coche de la policía ya había llegado a la calzada y sus ocupantes se lanzaron sobre el destrozado coche de Kaplan. En el interior, los ocupantes se movían débilmente comenzando a gemir dolorosamente a través de la maraña de acero, cristales y plástico bajo la lluvia.

—Considérenos como una sociedad protectora —dijo Fleming sin ninguna expresión especial en su rostro mojado por la lluvia—. Una especie de fuerza de policía que vigila a la policía. Queremos que las cosas marchen como deben.

Con su enorme manaza le dio un empujón hacia el interior del callejón. Anderton se sintió lanzado lejos de él, estando a punto de caer en medio de las sombras y escombros que medio llenaban aquella callejuela.

—Siga y no se detenga—le repitió Fleming—. Y no desprecie este paquete. —Y le arrojó un abultado sobre que Anderton recogió—. Estudie eso con cuidado y creo que podrá sobrevivir.

* * *

La carta de identidad le describía como Ernest Temple, electricista, de paso por Nueva York, con esposa y cuatro hijos en Buffalo. Un carnet manchado de sudor le daba autorización para trabajar en sitios distintos, viajando constantemente sin dirección fija. Un hombre que necesita trabajar, debe viajar

Mientras cruzaba la ciudad en un autobús casi vacío, Anderton estudió la documentación de Ernest Temple. Sin duda alguna aquellos documentos de identidad se habían hecho a tanteo por todas las medidas y datos que allí aparecían. Tras un rato se preguntó de quíén serían las huellas digitales y como habrían conseguido la longitud de onda de su cerebro. Sin duda no resistirían una comprobación rigurosa. Pero al menos era una documentación como principio. Era algo. Con los documentos, iban mil dólares en billetes. Se guardó el dinero y los documentos y después se volvió hacia lo escrito claramente en el sobre que había contenido los carnets. Al principio no le encontró el menor sentido. Durante algún tiempo, lo estuvo considerando, realmente perplejo.

La existencia de una mayoría implica lógicamente, una minoría correspondiente

El autobús ya había entrado en una vasta región de suburbios pobres de la ciudad en aquella jungla de hoteles baratos y tiendas humildes que habían surgido en aquella área tras las destrucciones de la guerra. Llegó a una parada y Anderton se preparó a salir.

Unos cuantos pasajeros observaron al paso su mejilla herida y sus ropas destrozadas. Ignorando a aquella gente, echó a andar por el borde de la acera bajo la persistente lluvia.

El conserje del hotel no le prestó la menor atención, después de haberle cobrado el dinero de la pensión. Anderton subió la escalera hasta el segundo piso y entró en una habitación reducida con olor humedad. Era pequeña, pero estaba limpia. Tenía cama, armario, tocador, un calendario, silla, lámpara y una radio con contador de tiempo mediante monedas.

Puso en la ranura una moneda de veinticinco centavos y se dejó caer pesadamente en la cama. Todas las emisoras importantes estaban transmitiendo el boletín de la policía. Era algo nuevo, excitante, desconocido para las generaciones actuales. ¡Un criminal escapado de la policía! El público estaba ávidamente interesado.

«…este hombre ha usado la ventajosa posición de la que gozaba para burlar a la policía —estaba diciendo el locutor con una indignación muy profesional—. Debido a su alto cargo, ha tenido acceso a los datos previos y la confianza depositada en él le ha permitido evadir el proceso normal de detención y localización. Durante el período de su mando, ha ejercitado su autoridad para enviar individuos sin cuento, potencialmente culpables, a los campos de confinamiento, desperdiciando así las vidas de esas inocentes víctimas. Este hombre, John Allison Anderton, fue el instrumento de creación del sistema Precriminal, la predicción profiláctica de la criminalidad a través del ingenioso uso de los mutantes premonitores, capaces de adivinar el futuro y transferir oralmente esos datos a la maquinaria analítica. Esos tres premonitores en sus funciones vitales…»

La voz disminuyó al entrar en el diminuto cuarto de baño de la habitación. Una vez allí se despojó de la chaqueta y la camisa y dejó correr el agua fresca del grifo del lavabo. En la pequeña vitrina encontró un poco de yodo, esparadrapo, una máquina de afeitar, peine y cepillo de dientes, amén de otras pequeñas cosas que podía necesitar. A la mañana siguiente, tendría que procurarse otras ropas de segunda mano y comprar otros objetos necesarios, adecuados a su nueva situación. Después de todo, ahora era un obrero electricista en busca de trabajo y no un comisario de policía víctima de un accidente.

En la otra habitación, la radio continuaba sonando. Sólo de forma subconsciente atento a ella, permaneció frente al espejo examinándose el diente roto por el choque.

«…el sistema de los tres premonitores mutantes tuvo su génesis a mediados de este siglo. ¿Cómo se comprueban los resultados en un ordenador electrónico? Alimentando la máquina con datos que se insertan en una segunda máquina de idéntico diseño. Pero dos ordenadores no son suficientes. Si cada uno ellos llega a una respuesta diferente es imposible decir a priori cuál es la correcta. La solución, basada en un cuidadoso estudio del método estadístico es utilizar un tercer ordenador que compruebe los resultados de los dos primeros. De esta forma, se obtiene lo que se llama el informe de la mayoría. Puede presumirse con gran probabilidad que el acuerdo de dos de los tres ordenadores indica cuál de los resultados de tal alternativa es el correcto. No sería verosímil que dos ordenadores llegasen a idénticas soluciones incorrectas… » Anderton arrojó la toalla que tenía en la mano y corrió hacia la otra habitación, volcándose literalmente sobre el aparato de radio para captar mejor la emisión.

«…la unanimidad de los tres premonitores es un fenómeno posible pero muy rara vez conseguido, según explica el comisario en funciones Mr. Witwer. Es mucho más corriente obtener un informe de mayoría de dos premonitores más un informe de minoría del tercer mutante, con una variación muy ligera, referida usualmente al tiempo y al lugar. Esto se explica por la teoría de los futuros múltiples. Si existiese solamente un sendero del tiempo, la información premonitora no tendría importancia, ya que no existiría ninguna posibilidad de alterar el futuro.

Anderton comenzó a recorrer frenéticamente la pequeña habitación de un lado a otro. El informe de la mayoría… sólo dos de los premonitores mutantes habían coincidido en el material anotado en la ficha, Aquél era el significado del mensaje del paquete que le habían entregado. El informe del tercer premonitor, esto es, el informe de la minoría, tenía también su importancia.

¿Por qué?

Consultó el reloj y vio que era ya pasada la medianoche. Page estaría libre de servicio. No estaría de vuelta en el bloque de los monos hasta la tarde siguiente. Era una débil oportunidad pero valía la pena aprovecharla. Tal vez Page quisiera encubrirle, o tal vez no. Tenía que arriesgarse a saberlo.

Tenía que ver el informe de la minoría.

* * *

Entre el mediodía y la una de la tarde, las calles hormigueaban de gente. Eligió esa hora, en el momento de más tráfago del día, para hacer su llamada. Eligió una cabina telefónica pública del interior de una tienda, marcó el número tan familiar de la policía y esperó la respuesta. Deliberadamente seleccionó sólo el canal del sonido, descartando el de la imagen, pues a despecho del cambio sufrido por las ropas y su atuendo general, podía ser reconocido.

La persona que recibió la llamada era nueva para Anderton. Con precaución deliberada, le dio la extensión de Page. Si Witwer estaba cambiando todo el personal y poniendo en su lugar a sus satélites, podría hallarse hablando con una persona totalmente extraña.

— ¿Sí?—sonó la voz de Page, al fin.

Sintiéndose aliviado, Anderton miró a su alrededor. Nadie estaba dedicándole la menor atención, los clientes de la tienda merodeaban alrededor de las mercancías en su rutina diaria.

— ¿Puede usted hablar?—Preguntó—. ¿O hay algo cerca que se lo impide?

Se produjo un momento de silencio. Tuvo la certeza de estar viendo al propio Page luchar con la incertidumbre de lo que tenía que hacer en aquel momento. Por fin, llegó la respuesta:

— ¿Por qué… me llama usted aquí?

Ignorando la pregunta, Anderton continuó:

—No reconocí la voz del recepcionista. ¿Hay nuevo personal?

—Sí, de nueva marca—repuso Page con voz ahogada—. Tenemos un gran maremágnum estos días.

—Así lo tengo entendido—repuso Anderton—. ¿Y su trabajo? ¿Continúa todavía en pie?

—Espere un momento.—El receptor fue puesto de forma que unos pasos que se aproximaban llegasen claramente a oídos de Anderton. Fueron seguidos por el ruido de una puerta que se cerraba. Page volvió al teléfono—. Ahora podemos hablar mejor. Dígame.

— ¿Cuánto mejor?

—No mucho. ¿Dónde está usted?

—Paseando por Central Park—repuso Anderton —. Disfrutando de la luz del sol.—Por lo que había supuesto, Page había ido a asegurarse de que la conversación se registraba en cinta magnetofónica. En aquel momento, con toda seguridad, una patrulla aérea estaría ya en su busca. Pero no tenía más remedio que aprovechar aquella oportunidad —. Ahora trabajo en un nuevo oficio. Soy electricista.

— ¿Ah, sí?—repuso Page asombrado.

—Pensé que tendría usted algún trabajo para mí. Si puede usted arreglarlo, podría dejarme caer por ahí y examinar el equipo básico de computación. Especialmente los datos y los bancos analíticos del bloque de los «monos».

Tras una pausa, Page contestó:

—Pues… creo que podría arreglarse, si es tan importante para usted.

—Lo es—le aseguró Anderton—. ¿Cuándo sería mejor para usted?

—Bien—contestó Page como luchando consigo mismo—. Espero a un equipo de reparaciones que viene a echar un vistazo al equipo de comunicaciones. El comisario en funciones quiere que sea mejorado, para que pueda operar con mayor rapidez. Podría usted venir entonces.

—Lo haré. ¿Hacia qué hora?

—Digamos a las cuatro de la tarde en punto. Entrada B, nivel 6. Allí… le encontraré a usted.

—Muy bien, gracias—dijo Anderton y comenzó ya a colgar—. Espero que todavía esté usted en su puesto cuando llegue.

Colgó y salió rápidamente de la cabina. Un momento después, se hallaba mezclado con la ingente muchedumbre que atestaba las calles y entró en una cafetería próxima. Nadie podría localizarle allí. Tenía por delante una espera de tres horas y media. Aquello podría ser demasiado tiempo. Sería la espera más larga de toda su vida.

Lo primero que Page le dijo al verlo fue:

—Está usted loco de remate. ¿Por qué diablos ha vuelto?

—No he vuelto por mucho tiempo.

Con cuidado, Anderton comenzó a deambular alrededor del bloque de los «monos» cerrando sistema automáticamente una puerta tras otra.

—No deje que entre nadie. No puedo correr ningún riesgo inútil.

—Tendría usted que haberse marchado cuando consiguió escapar—le dijo Page, siguiéndole con el rostro descompuesto y alterado—. Witwer ha revuelto el cielo y la tierra y ha conseguido que todo el país esté sobre su pista como un lobo rabioso.

Ignorándole, Anderton abrió el control principal del banco de la maquinaria analítica.

— ¿Cuál de los tres «monos» dio el informe de la minoría?

—No me pregunte a mí… Yo me marcho.

Page pasó junto a él, se detuvo un instante y se marchó cerrando la puerta de la habitación. Anderton se quedó solo.

El de en medio. Lo conocía bien. Era el de figura de enano que permanecía sentado entre cables y conexiones desde hacía quince años. Al aproximarse Anderton, ni siquiera levantó los ojos. Con la vista ausente contemplaba un mundo que no existía, ajeno a la realidad física que yacía a su alrededor.

«Jerry» tenía veinticuatro años. Originalmente había sido clasificado como un idiota hidrocefálico pero cuando llegó a los seis años de edad los análisis psicológicos determinaron su talento premonitor, enterrado bajo los tejidos alterados de sus circunvoluciones cerebrales. Llevado a la escuela especial de entrenamiento del Gobierno, su talento latente había sido ampliamente cultivado. A los nueve años, su talento premonitor había alcanzado un nivel utilizable. «Jerry», sin embargo, continuaba yaciendo en el caos sin meta de su idiotez congénita, su especial facultad promonitora había absorbido el resto de su personalidad.

Agachándose, Anderton comenzó a desarmar los escudos protectores que guardaban las cintas grabadas y almacenadas en la maquinaria analítica. Utilizando esquemas, fue siguiendo la pista de los diferentes circuitos de los ordenadores a los que «Jerry» y su equipo estaban conectados. Consultando el plano, a los pocos instantes estuvo en condiciones de seleccionar la sección del registro que se refería a su ficha en particular.

En sus proximidades, había montado un aparato magnetofónico. Conteniendo la respiración, insertó la cinta, activó la máquina y escuchó. Sólo le llevó un instante. Desde la primera declaración del informe, resultó claro lo ocurrido. Tenía lo que deseaba, podía dejar ya de buscar.

La visión de «Jerry» estaba desenfocada, desfasada. A causa de la naturaleza errática de la premonición, estaba examinando un área de tiempo ligeramente diferente de la de sus compañeros. Para él el informe de que Anderton cometería un asesinato era un suceso para ser integrado con todos los demás. Aquella afirmación—y la reacción de Anderton—era un dato más.

* * *

Sin duda alguna, el informe de «Jerry» reemplazaba al informe de la mayoría. Habiendo sido informado de que cometería un crimen, Anderton habría cambiado de parecer y no lo habría hecho. La previsión del crimen había evitado su comisión. La profilaxis había ocurrido simplemente al haber sido informado. Y se había creado un nuevo sendero del tiempo.

Temblando, Anderton volvió a rebobinar la cinta y pulsó el botón correspondiente. A gran velocidad, obtuvo una copia del informe. Allí tenia la prueba de que la ficha no era valida. Todo lo que tenía que hacer era mostrárselo a Witwer…

Su propia estupidez le dejó helado. Sin duda alguna, Witwer había visto el informe y a pesar de ello, había asumido el papel de comisario y dado ordenes a la policía. Witwer no se volvería atrás y le tendría sin cuidado la inocencia de Anderton.

Entonces, ¿qué podía hacer? ¿Quién más podía estar interesado?

— ¡ Estúpido loco!—Gritó con ansiedad una voz a su espalda.

Se volvió rápidamente. Su esposa permanecía de pie en una de las puertas, vestida con su uniforme de la policía y reflejando en los ojos una frenética desesperación.

—No te preocupes—repuso él brevemente—. Me voy ya.

Con el rostro distorsionado, Lisa se precipitó tras él

—Page me dijo que estabas aquí pero no podía creerlo. No debió haberte dejado entrar. ¿Es que no comprendes quién eres? ,

— ¿Quién soy?—Preguntó cáusticamente Anderton —. Antes de responder sería mejor que escucharas este registro.

— ¡ No quiero escucharlo! ¡ Quiero que te marches de aquí! Ed Witwer sabe que alguien anda por aquí. Page está tratando de mantenerlo ocupado… —Ella se interrumpió, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡Está aquí! Forzará la entrada para llegar hasta aquí.

— ¿No has logrado ninguna influencia? Vamos, sé graciosa y encantadora. Probablemente se olvide de mí.

Lisa le miró con un amargo reproche.

—Hay una nave aparcada en el techo del edificio. Si quieres marcharte lejos… —Su voz se entrecortó y quedó en silencio. Después, añadió—Yo me marcharé dentro de un minuto. Si quieres venir…

—Iré—dijo Anderton

No tenía otra elección. Se había asegurado aquel registro, su prueba; pero no había pensado en la forma de salir de allí. Contento, corrió tras la esbelta figura de su mujer, sorteando todos los obstáculos del bloque de los monos y después hacia una puerta y un corredor.

—Es una nave muy rápida—le dijo ella por encima del hombro—. Está provista de combustible para casos de emergencia… dispuesta a salir en el acto. Yo iba a supervisar algunos de los equipos.

* * *

Tras el volante del crucero ultrarrápido de la policía, Anderton resumió el contenido del informe de la minoría obtenido. Lisa escuchó sin hacer comentarios, con las facciones contraídas y las manos nerviosamente enlazadas en la falda. Bajo la nave discurría el terreno destruido por la guerra, en un vasto panorama de ruinas y desastre. Un espantoso paisaje lleno de cráteres, como un mapa lunar, moteado de tanto en tanto por algunas pequeñas granjas y fábricas.

—Me gustaría saber—dijo Lisa, cuando su marido hubo terminado—cuántas veces habrá ocurrido esto antes.

— ¿Un informe de la minoría? Muchísimas veces.

—Quiero decir, que uno de esos premonitores se haya desfasado. Usando el informe de los otros como datos…, y reemplazándolo.—Sus ojos se oscurecieron y añadió—Tal vez una enorme cantidad de personas de las que se encuentran en los campos de detención, están en tus mismas condiciones.

—No—insistió Anderton. Pero ya comenzaba a sentirse incómodo ante tal pensamiento—. Yo estaba en condiciones de ver la ficha, y poder leer el informe. Eso es lo que hice.

—Pero… —y Lisa hizo un gesto significativo—. Tal vez todos ellos habrían reaccionado de la misma forma. Podríamos haberles dicho a todos ellos la verdad.

—Habría sido un riesgo demasiado grande —repuso Anderton con testarudez.

Lisa soltó una nerviosa carcajada.

— ¿Riesgo? ¿Oportunidad? ¿Incertidumbre? ¿Con los premonitores a mano?

Anderton se concentró en la conducción de la nave.

—Este es un caso único—repitió—. Y tenemos ahora un problema inmediato. Ya discutiremos los aspectos teóricos más tarde. He de llevar este registro a las personas idóneas antes de que tu brillante amigo pueda demolerlo.

— ¿Quieres hablar de eso a Kaplan?

—Ciertamente que voy a hacerlo.—Y dio unas palmadas sobre el registro que yacía en el asiento entre ambos—. Estará muy interesado. Es la prueba de que su vida no está en peligro y eso debe tener una importancia vital para él.

Lisa sacó los cigarrillos del bolso.

—Y supones que querrá ayudarte…

—Puede que lo haga… o tal vez no. Es un riesgo que vale la pena correr.

— ¿Cómo te las arreglaste para desaparecer tan pronto? Un disfraz tan completo y efectivo es difícil de obtener.

—Con dinero se consigue todo—repuso Anderton evasivamente.

Mientras fumaba, Lisa insistió:

—Probablemente Kaplan te protegerá… Es muy influyente.

—Yo creí que sólo era un general retirado.

—Técnicamente, eso es lo que es. Pero Witwer se hizo con su expediente. Kaplan encabeza una extraña organización de veteranos. Actualmente, es como una especie de club, con un número restringido de miembros. Altos oficiales solamente… de varias nacionalidades, procedentes de ambos bandos de la guerra. Aquí en Nueva York mantienen una sede en una gran mansión, disponen de tres publicaciones y ocasionalmente de emisiones de televisión, todo lo cual les cuesta una pequeña fortuna.

— ¿Qué es lo que intentas decir? .

—Sólo esto. Me has convencido de que eres inocente. Es decir, resulta obvio que no cometerás ningún asesinato. Pero tienes que darte cuenta ahora de que el informe original, el informe de la mayoría no era una falsedad. Nadie lo falsificó. Ed Witwer no lo creó. No existe complot alguno contra ti y nunca lo hubo. Si aceptas ese informe de la minoría como genuino, habrás aceptado también el de la mayoría.

—Pues… supongo que sí—admitió Anderton de mala gana.

—Ed Witwer—continuó Lisa—está actuando con una completa buena fe. Él cree realmente que tú eres un criminal en potencia… ¿y por qué no? Tiene sobre la mesa de su despacho el informe de la mayoría y tú tienes la ficha en tu cartera.

—La destruí—repuso Anderton con calma.

Lisa se inclinó sobre su marido.

—Ed Witwer no ha actuado con la intención de ocupar tu puesto—dijo—. Ha actuado con la misma buena fe con que siempre actuaste tú. Él cree en el sistema Precrimen. Y desea que continúe. He hablado con él y estoy convencida de que dice la verdad.

— ¿Querrás entonces llevar este registro magnetofónico a Witwer?—Preguntó Anderton—. Si lo hiciera yo… lo destruiría.

—No tiene sentido, eso es absurdo —replicó Lisa—. Los originales han estado en sus manos desde el principio. Pudohaberlos destruido en cualquier momento en que lo hubiera deseado.

—Sí, eso es cierto—admitió Anderton—. Es muy posible que no lo supiera.

—Por supuesto. Fíjate en esto. Si Kaplan consigue hacerse con ese registro, la policía se desacreditará. ¿No puedes ver por qué? Si tú demuestras que el informe de la mayoría fue un error, el sistema está acabado. Tienes que continuar así… si queremos que el sistema Precrimen sobreviva. Tú sólo piensas en tu propia seguridad. Pero piensa por un momento sobre del sistema en sí ¿Qué significa más para tí, tu propia seguridad personal o la existencia del sistema?

—Mi seguridad—repuso Anderton, sin vacilar lo más mínimo.

— ¿Estás seguro?

—Si el sistema ha de sobrevivir encerrando a gente inocente, entonces merece ser destruido. Mi seguridad personal es importante porque yo soy un ser humano. Y además…

Del fondo del bolso Lisa sacó rápidamente una pistola. …

—Tengo—le dijo a su marido huraña—en este momento el dedo puesto en el gatillo. Jamás he usado un arma antes de ahora. Pero tendré que hacerlo si te opones.

Tras una pausa, Anderton preguntó:

— ¿Quieres que dé la vuelta al aparato? ¿Es eso lo que pretendes?

—Sí, hacia el edificio de la policía. Lo siento. Si pones tu propio egoísmo por encima del interés general y todo lo bueno del sistema…

—Guárdate el sermón—repuso Anderton—Volveré. Pero no voy a oír la defensa de un código de conducta que ningún hombre inteligente estaría dispuesto a suscribir.

Los labios de Lisa se contrajeron en una delgada línea. Sosteniendo la pistola frente a él, no le quitaba la vista de encima. Unos cuantos objetos de la guantera del aparato cayeron esparciéndose en el fondo de la cabina al dar la nave una vuelta en redondo para volver a la ciudad. Tanto Anderton como su mujer iban sujetos por los cinturones de seguridad. Pero no así el tercer miembro de la tripulación.

De reojo Anderton vio un cierto movimiento a su espalda. Un ruido le llegó simultáneamente, el choque de un hombretón que había perdido instantáneamente su equilibrio y chocaba contra la pared metálica del aparato. Lo que siguió, ocurrió rápidamente. Fleming se incorporó con una increíble rapidez, desarmando en un abrir y cerrar de ojos a Lisa. Anderton se hallaba demasiado asombrado para reaccionar. Lisa se volvió… vio a aquel hombre y soltó un chillido histérico. La pistola le fue arrebatada de un zarpazo, y empuñada por el desconocido viajero.

—Lo siento—dijo Fleming—. Pensé que iba a hablar más. Eso es lo que yo esperaba.

—Entonces, estaba usted aquí cuando… —comenzó a decir Anderton, y se detuvo.

Fleming y sus hombres le habían vigilado estrechamente. La existencia de la nave de Lisa habla sido anotada a su debido tiempo y tomada en cuenta y cuando Lisa se debatía con su marido entre marcharse o no para ponerse a seguro, Fleming había saltado al departamento posterior de la nave aérea.

—Tal vez sea mejor que me entregue usted ese registro —dijo Fleming, mientras que lo tomaba en sus enormes manos—. Tiene usted razón, Witwer lo habría reducido a cenizas

— ¿Entonces, Kaplan…?

—Kaplan está trabajando directamente con Witwer. Por eso su nombre aparece en la quinta línea de la ficha. Cuál sea el verdadero jefe actualmente es algo que ignoro. Posiblemente ninguno de los dos.—Fleming tiró la pistola a un lado y sacó su pesada arma del Ejército—. Hizo usted una completa tontería al salir con su mujer. Ya le dije que ella también se hallaba tras todo este asunto.

—No puedo creerlo—murmuró Anderton perplejo—. Si ella…

—No lo comprende bien. Esta nave se dispuso por orden de Witwer. Ellos deseaban que se marchase usted lejos del edificio para que nosotros no pudiéramos dar con su paradero. Con usted lejos, separado de nosotros, no habría tenido la menor oportunidad.

Una extraña mirada brilló en los ojos de Lisa.

—Eso es incierto—farfulló—. Witwer jamás vio este aparato. Yo iba a supervisar…

—Casi consigue usted huir con él—interrumpió Fleming inexorable—. Tendremos mucha suerte si las patrullas de la policía no se nos vienen encima. No hubo tiempo de comprobarlo.—Y se agachó directamente frente al asiento de Lisa—. Lo primero que debemos hacer es deshacernos de esta mujer. Page ha dado cuenta a Witwer de su nuevo disfraz y los detalles habrán sido radiados en todas direcciones.

Todavía agachado, Fleming agarró a Lisa. Arrojando su arma a Anderton, la cogió por la garganta. Horrorizada, Lisa intentó arañarle frenéticamente. Ignorándola, Fleming cerró sus manazas sobre el delicado cuello de la mujer, comenzando a ahogarla poco a poco.

—No habrá heridas de bala—explicó jadeante—. Tendrá que parecer… un accidente. Eso suele ocurrir a menudo. Pero en este caso, habrá que romperle el cuello primero.

Pareció extraño que Anderton hubiera esperado tanto. Pero conforme se hundían las manos de Fleming cruelmente en la suave piel de su mujer, Anderton cogió la pesada pistola por el cañón y asestó un golpe seco en el cráneo de Fleming por detrás de la oreja. Las monstruosas manos de Fleming se aflojaron. Abatido fulminantemente, la cabeza de Fleming cayó y todo su cuerpo chocó contra la pared de la cabina. Trató aún de recuperarse, pero Anderton volvió a golpearle y esta vez se desplomó como un fardo.

Jadeando fatigosamente por recobrar el aliento Lisa permaneció un momento inclinada, con el cuerpo estremecido. Después, gradualmente, el color volvió a su rostro

— ¿Puedes hacerte cargo de los controles?—Preguntó Anderton, sacudiéndola.

—Sí… creo que sí.—Casi mecánicamente se puso al volante—. Creo que lo haré bien. No te preocupes por mí.

—La pistola es un arma de reglamento del Ejército —comentó Anderton—. Pero no procede de la guerra. Es un último modelo. Creo que tenemos una oportunidad…

* * *

Saltó hacia la parte trasera del aparato donde Fleming yacía extendido por el suelo de la cabina. Sin tocar la cabeza del caído, le desabrochó la ropa y comenzó a registrarle todos los bolsillos. Un momento más tarde, la cartera manchada de sudor de Fleming estaba en sus manos.

Tod Fleming, de acuerdo con su identificación, era un mayor del Ejército agregado al Departamento de Inteligencia Militar. Entre varios otros, aparecía un documento firmado por el general Kaplan, estableciendo que Fleming se hallaba bajo la especial protección de su propio grupo, la Liga Internacional de Veteranos.

Fleming y sus hombres actuaban a las órdenes del general Leopold Kaplan. El camión cargado de pan, el accidente, todo había sido deliberadamente preparado.

Aquello significaba que Kaplan le había sustraído deliberadamente de las manos de la policía. El plan arrancaba desde el primer contacto en su propia residencia, cuando Kaplan le mandó capturar y le encontró preparando su equipaje. Con cierta incredulidad, Anderton comprendió lo que realmente había sucedido. Desde el principio, todo había sido una estrategia elaborada para tener la seguridad de que Witwer fracasaría en su intento de arrestarle.

—Ahora veo que me estabas diciendo la verdad —dijo Anderton a su esposa, al volver al asiento delantero—. ¿Podremos hablar con Witwer?

Ella hizo un gesto afirmativo, indicando el circuito de comunicaciones del tablero.

— ¿Qué… encontraste?

—A ver si conseguimos ver a Witwer. Quiero hablar con él tan pronto como pueda. Es muy urgente.

Lisa marcó rápidamente la llamada en el dial, por el canal privado de la policía y del Cuartel General de Nueva York. Al momento se iluminó la pequeña pantalla y las facciones de Ed Witwer aparecieron en ella.

— ¿Se acuerda de mí?—le preguntó Anderton.

Witwer se quedó mudo de asombro.

— ¡Buen Dios! ¿Qué ha ocurrido? Lisa, ¿le trae usted misma? —Enseguida se fijó en el arma que sostenía en sus manos y su rostro se endureció. —Mire—gritó furioso— ¡No vaya a hacerle daño! Sea lo que sea lo que usted piensa, ella no es responsable de nada.

—He descubierto algo importante—le contestó Anderton—. ¿Puede ayudarnos? Es posible que necesitemos ayuda a nuestro regreso.

— ¿Regreso?—Dijo Witwer mirándole sin dar crédito a lo que oía—. ¿Es que viene usted aquí tal vez? ¿Viene a entregarse por sí mismo?

—Así es, en efecto.—Y hablando rápidamente, Anderton añadió—Hay algo que tiene usted que hacer inmediatamente. Cierre absolutamente el bloque de los «monos». Tenga la certeza de que nadie entra, ni Page, ni nadie. Especialmente gente del Ejercito.

—Kaplan—repuso la imagen en miniatura.

— ¿Qué pasa con él?

—Estuvo aquí. Acaba… de marcharse.

Anderton creyó que se le detenía el corazón.

— ¿Qué estuvo haciendo?

—Recogiendo datos. Transcribiendo duplicados de los premonitores sobre usted. Insistió en que lo necesitaba solamente para su propia protección.

—Entonces ya lo tiene—dijo Anderton—. Es demasiado tarde.

Alarmado, Witwer casi gritó:

— ¿Qué es lo que quiere decir? ¿Qué está ocurriendo?

—Se lo diré a usted, cuando esté de vuelta en mi oficina.

* * *

Witwer salió a su encuentro en el tejado del edificio de la Policía. Mientras la pequeña nave tomaba contacto con la terraza, una escolta de policías mantenía una estrecha vigilancia. Anderton se aproximó inmediatamente al joven de cabellos rubios.

—Ya tiene lo que deseaba—le dijo—. Ahora puede encerrarme y enviarme a un campo de detención. Pero creo que no será suficiente.

Los pálidos ojos de Witwer parpadearon con incertidumbre.

—Me temo que no comprendo.

—Es culpa mía. Nunca debí abandonar el edificio de la Policía. ¿Dónde está Wally Page?

Ya le echamos el guante y está a buen recaudo—replicó Witwer—. No nos molestará más.

—Le ha detenido usted por una razón equivocada. Permitirme entrar en el bloque de los «monos» no era ningún crimen. Pero pasar información al Ejército, sí que lo es. Ha tenido usted a todo un regimiento trabajando para el Ejército.—Y se corrigió a sí mismo, añadiendo—Es decir, lo he tenido.

—He retirado la orden de captura hacia usted. Ahora los equipos están tras Kaplan.

— ¿Alguna suerte hasta ahora?

—Se marchó de aquí en un camión blindado del Ejército. Le seguimos, pero el camión entró en unos barracones militarizados. Ahora tienen una gran cantidad de tanques gigantes R3 del tiempo de la guerra bloqueando la calle. Será toda una guerra civil el poder abrirse paso.

Con lentitud y vacilante, Lisa salió del aparato. Aún aparecía pálida y estremecida, mostrando claramente las señales de violencia de Fleming en la garganta.

— ¿Qué le ha ocurrido a usted, Lisa?—le preguntó Witwer. Y enseguida advirtió la silenciosa e inerte figura de Fleming en el interior—. Bien, ahora supongo que ya habrá dejado de creer que yo conspiraba contra usted—concluyó mirando fijamente a Anderton.

—Sí.

—No pensará usted que yo… he intrigado para arrebatarle el puesto.

—Seguro que sí. Todo el mundo es culpable en este asunto. Y yo estoy conspirando para evitarlo. Pero hay algo más… de lo que usted no es responsable.

— ¿Por qué afirmaba usted que era demasiado tarde al volver para entregarse? Dios mío, tendremos que confinarle en un campo. La semana pasará y Kaplan todavía estará vivo.

—Estará vivo, sí—concedió Anderton—. Pero puede probar que estaría vivo aun si yo estuviera paseando por las calles libremente. Tiene la información que demuestra que el informe de la mayoría no es valido. Puede destruir el sistema Precrimen. Sí, con las dos caras de la moneda, cara o cruz, él gana… y nosotros perdemos. El Ejército nos desacredita, y su estrategia sale triunfante.

—Pero, ¿por qué arriesgan tanto? ¿Qué es exactamente lo que quieren?

—Después de la guerra anglochina, el Ejército perdió mucha de su autoridad. Ya no era lo que fue en los días de la Alianza del Bloque Occidental, en que lo gobernaban todo, tanto los asuntos militares como los domésticos. Y tenían su propia policía.

—Como Fleming—murmuró Lisa.

—Terminada la guerra, el Bloque Occidental fue desmilitarizado. Los altos oficiales como Kaplan, fueron retirados y apartados del mando. Y a nadie le gusta eso.—Anderton hizo un gesto—. Yo puedo simpatizar con él a ese respecto. No ha sido el único.

—Dice usted que Kaplan ha vencido—dijo entonces Witwer—. ¿Hay algo que pueda hacerse?

—No voy a matarle. Nosotros lo sabemos y él también lo sabe. Probablemente vendrá hacia nosotros con algún arreglo especial. Continuaremos en nuestras funciones pero el Senado abolirá nuestra base real de apoyo. No creo que le gustase, ¿verdad?

—Pues yo diría que no, francamente—repuso Witwer—. Uno de estos días estaré a la cabeza de esta agencia.—Y se sonrojo un tanto—. No inmediatamente, por supuesto.

La expresión de Anderton se tornó sombría.

—Es una lástima que publicase usted a los cuatro vientos el informe de la mayoría. Si hubiera permanecido callado, lo hubiéramos retirado con cuidado. Pero todo el mundo lo sabe ahora. No podemos retractarnos ya.

—Supongo que no—contestó Witwer—. Tal vez yo… no realicé este trabajo tan bien como suponía

—Lo hará, con el tiempo. Será usted un gran oficial de la Policía. Usted tiene confianza en la bondad del sistema, pero tendrá que aprender a tomar las cosas con calma Anderton se apartó entonces de su interlocutor—. Voy a estudiar los datos de los registros del informe de la mayoría. Quiero descubrir exactamente de qué forma tenía que matar a Kaplan. Eso puede proporcionarme ideas interesantes.

Los datos de los registros del premonitor «Dona» y del premonitor «Mike» estaban separadamente archivados. Operando en la maquinaria responsable de los análisis de «Dona», abrió el escudo protector y extrajo el contenido. Como antes, el código le informó de que los registros eran importantes y en un momento, lo pasó por la copiadora.

Resultó aproximadamente lo que había sospechado. Aquél era el material utilizado por «Jerry», el desfasado, para hacer su propia premonición.

En él, los agentes de la Inteligencia Militar de Kaplan raptaban a Anderton de su domicilio. Llevado a la villa de Kaplan, donde estaba el Cuartel General de la Liga Internacional de Veteranos, a Anderton se le daba un ultimátum: o desmontar voluntariamente todo el sistema Precrimen o encararse con la hostilidad del Ejercito.

En aquella descartada línea del tiempo, Anderton, como comisario de policía, había acudido al Senado en busca de apoyo. Pero no lo había obtenido. Para evitar la guerra civil, el Senado había ratificado el desmembramiento del sistema de policía y decretado un retorno a la Ley Militar para Situaciones de Urgencia». Al mando de un grupo de policías fanáticos, Anderton había localizado a Kaplan y le había disparado lo mismo que a otros altos oficiales componentes de la Liga de Veteranos. Sólo Kaplan había muerto. Los otros habían sido detenidos. Y el golpe había tenido un completo éxito.

Luego, pasó la cinta con el material previsto por «Mike». Ambos debían ser iguales, ambos premonitores se habríancombinado para presentar una imagen unificada de los acontecimientos. «Mike» comenzó por donde «Dona»: Anderton se había dado cuente del complot de Kaplan contra la Policía. Pero algo estaba equivocado. Confuso, rebobinó el registro y lo volvió a pasar de nuevo desde el principio. Incomprensiblemente, algo no marchaba bien. De nuevo rebobinó el registro y escuchó atentamente. El informe de «Mike» era totalmente diferente del de «Dona».

Una hora más tarde había terminado su comprobación, dejó a un lado los registros y abandonó el bloque de los «monos». Tan pronto como salió de allí, le preguntó Witwer:

—Bien, ¿qué es lo que ocurre? Parece que hay algo que va mal.

—No—repuso lentamente Anderton—. No exactamente mal.—Y se encaminó hacia la ventana mirando al exterior.

Las calles estaban abarrotadas de gente. Marchando por el centro de la avenida principal, pasaba una masa de tropas uniformadas de cuatro en fondo, con armas automáticas, cascos; soldados en son de guerra, con sus uniformes de combate portando los estandartes de la Alianza del Bloque Occidental, que flameaban al frío viento de la tarde.

—Un golpe del Ejército—explicó Witwer con voz débil—. Yo estaba equivocado. No van a hacer ningún trato con nosotros. ¿Por qué tendrían que hacerlo? Kaplan va a hacerlo público.

— ¿Va a leer el informe de la minoría?—dijo Anderton sin sorpresa en la voz.

—Aparentemente. Irán a solicitar del Senado que seamos desmantelados y tomar nuestra autoridad. Van a afirmar que hemos estado arrestando a gente inocente, con los procedimientos usuales de la Policía: gobernar con el terror.

— ¿Y supone usted que el Senado cederá?

—No quisiera suponerlo.

—Pues yo sí. Lo harán. Lo que estoy viendo concuerda con lo que me había imaginado, con lo que he sabido. Estamos metidos en una trampa y sólo hay una dirección que tomar. Tanto si nos gusta como si no, tendremos que hacerlo.—Y sus ojos relampaguearon vivamente.

Witwer se sintió sobrecogido por una repentina aprensión.

— ¿ Hacer qué?

—Una vez que se lo diga, se preguntará que por qué no se le ocurrió a usted. Sencillamente, voy a matar a Kaplan. Es la única salida que nos queda para evitar que nos desacredite.

—Pero… —balbuceó Witwer—el informe de la mayoría ha sido reemplazado.

—Yo puedo hacerlo—le informó Anderton. ¿Está usted familiarizado con las leyes que tratan del asesinato en primer grado?

—Cadena perpetua.

—Por lo menos. Probablemente, usted podrá influir y conmutarla por el exilio. Yo sería enviado a uno de los planetas alejados de las colonias, a la buena y vieja frontera.

— ¿Y prefiere usted eso?

— ¡Diablos, no! Pero sería en todo caso, el menor de los males. Y tiene que hacerse. —No veo de qué forma podría usted matar a Kaplan.

Anderton sacó el imponente revólver atómico de Fleming

—Usaré esto.

— ¿Y supone que no le detendrán antes?

— ¿Porqué tendrían que hacerlo? Ellos tienen el informe de la minoría que dice que yo he cambiado de opinión.

—Entonces, ¿el informe de la minoría es incorrecto?

—No—repuso Anderton—. Es absolutamente correcto. Pero voy a matar a Kaplan de todos modos.

* * *

Nunca había matado a ningún hombre. Incluso jamás había visto a un hombre asesinado, aún habiendo sido comisario de policía durante treinta años. Para aquella generación, el asesinato deliberado era algo que no existía en la memoria de las gentes. Sencillamente, es que nunca había ocurrido.

Un coche de la policía le llevó al bloque en que estaba formado el pelotón del Ejército. Allí, en las sombras, examinó con todo cuidado el funcionamiento de su arma, provista por Fleming sin quererlo. Parecía intacta. Ya no tenía dudas de cuál había de ser su papel y estaba absolutamente seguro de lo que iba a ocurrir dentro de media hora. Se guardó cuidadosamente oculta la pistola y abrió la portezuela del coche.

Nadie le dedicó la menor atención. Imponentes masas de gente cruzaban en todas direcciones, tratando de ponerse cerca para escuchar lo que el Ejército iba a hacer público. Los uniformes del Ejército predominaban en la zona dispuesta al efecto y una línea de tanques desplegados ponía su formidable nota de fuerza en el ambiente.

El Ejército había erigido una plataforma con micrófonos, a la que se subía por unas escaleras. Tras el sitial del locutor, flameaban al viento los orgullosos estandartes de la Alianza del Bloque Occidental con el emblema de los poderes combinados que habían tenido en tiempos de guerra. Por una curiosa deformación del curso del tiempo, la Liga Internacional de Veteranos reunía en su seno a altos oficiales del campo enemigo. Pero un general era un general y las sutiles distinciones se habían desvanecido con el curso de los años.

Ocupando las primeras filas de asientos aparecía el Estado Mayor del mando de la Alianza. Tras ellos, venían los más jóvenes elementos de la organización militar. Las banderas regimentales ondeaban en una gran variedad de colores y símbolos. De hecho, aquello parecía más bien una exhibición festiva. Rodeados por un cordón de policías, más a distancia, aparecían muchos de paisano, manteniendo el orden, aunque más bien como informadores. Si el orden tenía que ser mantenido, sería el Ejército el que se ocuparía de hacerlo.

Un murmullo atronador rodeó por todas partes a Anderton mientras se esforzaba por introducirse entre la densa muchedumbre. Un vivo sentimiento de anticipación le mantenía rígido y tenso, a punto de explotar. La multitud parecía presentir que algo muy importante iba a suceder. Con grandes dificultades, Anderton fue pasando una fila tras otra hasta llegar a la parte delantera donde se hallaban sentados los altos oficiales de la Liga.

Kaplan estaba entre ellos. Pero, ahora, era de verdad el general Kaplan. El traje, el reloj de oro de bolsillo, el bastón de plata, sus ropas de estilo conservador… todo había desaparecido. Para la ocasión, Kaplan se había vestido con su antiguo uniforme de los días de gloria y de poder. Rígido e impresionante, estaba rodeado por todos aquellos otros generales que formaban su Estado Mayor. Sobre su uniforme brillaban un sinnúmero de condecoraciones y las estrellas de su rango. Sus botas relucían como espejos y llevaba al cinto su decorativa espada corta, y sobre la cabeza su gorra de dorada visera.

Dándose cuenta de la presencia de Anderton, el general Kaplan se apartó del grupo de generales y se dirigió hacia él. Su expresión denotaba cuán alegremente agradecía allí la presencia del comisario de policía.

—Esto es una grata sorpresa—dijo saludándole y estrechándole la mano—. Tenía la impresión de que había sido arrestado por el comisario en funciones.

—Todavía estoy fuera de su alcance—comentó Anderton, indicando el paquete que le había sido entregado por Fleming la noche del accidente.

A despecho de sus nervios, el general Kaplan parecía de buen humor.

—Esta es una gran ocasión para el Ejército—le dijo—. Creo que le agradará oír lo que voy a manifestar en público, al relatar los espurios cargos esgrimidos contra usted.

—Me parece magnífico—repuso Anderton.

—Quedará bien claramente establecido que fue usted injustamente acusado—continuó Kaplan, repitiendo lo que ya sabia Anderton—. ¿Tuvo Fleming la oportunidad de explicarle la situación?

—Hasta cierto punto. ¿ Va usted a dar lectura al informe de la minoría?

—Voy a compararlo con el de la mayoría—repuso Kaplan, haciendo una señal a un ayudante que se aproximó en el acto con una cartera—. Todo está aquí… toda la evidencia que necesitábamos. ¿No le importará a usted servir de ejemplo, verdad? Su caso simboliza los arrestos injustos de incontables individuos. —Con cierto nerviosismo, Kaplan se miró al reloj de pulsera—. He de empezar ya. ¿Quiere venir conmigo a la plataforma?

— ¿Por qué?

Fríamente, pero con cierta reprimida vehemencia, Kaplan dijo de nuevo

—Así el pueblo puede ver la prueba viviente. Usted y yo juntos… la víctima y el asesino. Permaneciendo uno junto a otro, demostrando la falsedad del sistema, el enorme fraude con que la policía ha estado actuando.

—Bien, con mucho gusto—repuso Anderton—. ¿A qué estamos esperando?

Desconcertado, el general Kaplan se dirigió hacia la plataforma. De nuevo, miró algo inquieto a Anderton, como preguntándose en el fondo, por qué había aparecido por allí y qué es lo que sabría. Su incertidumbre aumentó al subir a lo alto de la plataforma y colocarse en el pódium del locutor.

— ¿Comprende usted en su totalidad qué es lo que voy a decir?—le dijo Kaplan—. La exposición de los hechos tendrá unas repercusiones considerables. Hará que el Senado reconsidere la validez básica del sistema Precrimen.

—Lo comprendo—afirmó Anderton con los brazos cruzados—. Adelante.

Un sordo rumor cayó sobre la muchedumbre señalando el silencio. Mientras, Kaplan sacaba de la cartera los papeles y los disponía frente a él.

—El hombre que está a mi lado—comenzó Kaplan—es familiar a todos ustedes. Se hallarán sorprendidos de verle, ya que hasta hace pocas horas la Policía le había señalado como un criminal peligroso.

Los ojos de la multitud se concentraban en Anderton. Ávidamente, escrutaron a aquel hombre denunciado como asesino potencial, ocupando un lugar tan destacado junto a los generales.

—Hace unas pocas horas, sin embargo—continuó Kaplan con voz más fuerte—, la Policía canceló la orden de arresto. ¿Suponen ustedes que ha sido porque el ex comisario Anderton ha querido entregarse por sí mismo? No, eso no es exactamente cierto. Está aquí conmigo. No se ha entregado pero la policía tampoco tiene ya interés en su captura. John Allison Anderton es inocente de todo crimen pasado, presente y futuro y las alegaciones contra él fueron fraudes patentes, diabólicas distorsiones de un falso sistema penal basado en una falsa premisa, corrompido, absurdo y desacreditado, una vasta e impersonal maquinaria de destrucción que conduce a hombres y mujeres hacia la condenación.

Fascinada, la multitud miraba alternativamente a Kaplan y a Anderton. Todos estaban familiarizados con la situación básica.

—Muchos hombres—continuó Kaplan—han sido detenidos y encarcelados bajo la estructura del sistema llamado Precrimen, acusados no de crímenes cometidos, sino de crímenes que habrían de cometer. Y se aseguraba como dogma de fe que esos hombres, si se les permitía vivir en libertad, cometerían en el futuro las felonías predichas. Pero es mentira que exista ningún conocimiento cierto del futuro. Tan pronto como se obtiene cualquier información premonitora, queda cancelada por sí misma. La afirmación de que este hombre iba a cometer un crimen, es una pura paradoja. El simple hecho de poseer él mismo los datos, lo hace totalmente falso. En cualquier caso, sin excepción, el informe de los tres premonitores ha invalidado sus propios datos. Si no se hubiesen hecho esos arrestos, es seguro que no se habría cometido ningún delito.

Anderton escuchaba ociosamente aquella sarta de argumentos, dedicando apenas atención al discurso del viejo general. La muchedumbre, no obstante, estaba atenta con el mayor interés. El general Kaplan continuó haciendo un resumen del informe de la minoría, explicando en qué consistía y de qué forma se había obtenido.

Del interior de la chaqueta Anderton sacó la pistola y la empuñó firmemente. Kaplan estaba ya terminando con el material recogido de «Jerry». Con sus delgados dedos, iba a tomar los informes de «Dona» y después de «Mike».

—Este fue el informe de la mayoría —explicó—. La afirmación, hecha por el primero de los dos premonitores de que Anderton cometería un asesinato. Y ahora voy a mostrar a ustedes el material automáticamente invalidado.—Se detuvo un instante, se afirmó las lentes sobre la nariz y comenzó lentamente a leer los informes.

Una extraña expresión apareció repentinamente en su rostro. Se detuvo, vaciló y dejó caer los papeles de la mano. Como un animal acorralado, dio media vuelta, se agachó y quiso apartarse del lugar del locutor.

Por un instante, Anderton observó su faz distorsionada. Levantó el arma, dio rápidamente unos pasos hacia adelante e hizo fuego. Los ocupantes de la primera fila se lanzaron súbitamente en socorro de Kaplan, atónitos por lo que estaba sucediendo. Kaplan se estremeció un instante y como un pájaro destrozado, dio vacilante un paso y cayó desde la plataforma hasta el suelo. Kaplan, como afirmaba el informe de la mayoría, estaba muerto. Su delgado pecho era un espantoso agujero humeante, una terrible cavidad llena de cenizas y vísceras quemadas en un cuerpo que aún se retorcía en su agonía.

Anderton, enfermo de angustia, corrió entre las paralizadas filas de los altos oficiales. La pistola que aún sostenía en la mano le garantizaba momentáneamente el paso, entre el terrible desconcierto sembrado en la tribuna. Bajó rápidamente la plataforma y se mezcló entre la gente, demasiado perpleja para darse cuenta de nada. El incidente ocurrido ante sus mismos ojos resultaba incomprensible. Les llevaría tiempo la comprensión que reemplazaría lo que en aquel momento era solamente un terror ciego.

En la periferia de la multitud, Anderton fue detenido por la policía.

—Tiene suerte de haber escapado—le dijo uno, mientras el coche salía disparado de la zona.

—Supongo que sí —repuso Anderton, remotamente. Se sentó tratando de rehacerse. Estaba tembloroso y agitado. De repente, se inclinó hacia adelante sintiéndose invadido de unas terribles náuseas.

—Pobre diablo—murmuró con simpatía uno de los policías.

A través del vértigo y las náuseas, Anderton fue incapaz de determinar si el comentario del policía iba dirigido a él o a Kaplan.

* * *

Cuatro corpulentos policías atendían a Lisa y a John Anderton en sus preparativos de marcha, empaquetando sus enseres y propiedades. En cincuenta años, el ex comisario de policía había acumulado una vasta colección de objetos materiales. Sombrío y pensativo miraba desfilar el equipaje dirigiéndose a los camiones que aguardaban.

Con los camiones, se fueron directamente al aeropuerto… y desde allí irían a Centauro X, por el sistema de transporte interestelar. Un viaje demasiado largo para un hombre ya viejo. Un viaje que jamás tendría regreso posible.

Lisa se preocupó de que cargaran con cuidado todos sus utensilios.

—Supongo que podremos hacer uso de todos estos aparatos electrónicos. Todavía siguen empleando la electricidad en Centauro X.

—Espero que no tengas que preocuparte demasiado—repuso su marido.

—Pronto nos acostumbraremos —replicó Lisa, dirigiéndose una leve sonrisa—. ¿No lo crees, querido?

—Así lo espero. Con toda seguridad no tendrás que lamentarlo. Si yo hubiera pensado…

—Nada de lamentaciones —le aseguró Lisa—. Bien, ayúdame a cargar todo esto.

En el último instante, Witwer llegó en un coche patrulla.

—Antes de que se marche—dijo a Anderton—tendrá que darme una explicación sobre lo ocurrido con los premonitores. El Senado me está pidiendo aclaraciones sobre el particular. Quieren saber si el informe de la minoría fue un error… o qué ha sido.—Y confusamente concluyó—Todavía no puedo explicármelo. El informe de la minoría estaba equivocado, ¿no es cierto?

— ¿Qué informe de la minoría?—preguntó Anderton, divertido.

Witwer parpadeó confuso.

—Vaya, debí habérmelo figurado. Entonces, ahí está la cuestión…

—Hubo tres informes de minoría—dijo Anderton al joven, divirtiéndose con su azoramiento—. Los tres informes fueron consecutivos—siguió explicando—. El primero fue el de «Dona». En aquella línea temporal, Kaplan me dijo lo del complot y según eso, yo lo habría matado inmediatamente. «Jerry» en fase ligeramente por detrás de «Dona», usó su informe como datos. Integró mi conocimiento del informe. En él, en el segundo sendero del tiempo, todo lo que yo deseaba era conservar mi puesto. No era a Kaplan a quien quería matar. Era mi propia posición y mi vida lo único que me interesaba.

— ¿Y el informe de «Mike» fue el tercero? ¿Llegó después del informe minoritario?—Y Witwer se corrigió a sí mismo—. Quiero decir, ¿llegó el último?

—Sí, el de Mike» fue el último de los tres. Encarado con el conocimiento del primer informe, yo había decidido no matar a Kaplan. Eso produjo el informe número dos. Pero de cara a ese informe, se produjo la situación que Kaplan deseaba crear. La consecuencia fue recrear la posición número uno. Yo había descubierto lo que Kaplan estaba haciendo. El tercer informe invalidaba el segundo en la misma forma que el segundo invalidaba al primero. Aquello nos llevaba a la posición en que habíamos comenzado.

—Bien, vamos, todo está dispuesto—dijo Lisa jadeante.

—Cada uno de los informes era distinto—concluyó Anderton—. Cada uno de ellos era único. Pero dos de ellos concordaban en un punto. Si se me dejaba en libertad, yo mataría a Kaplan. Eso creaba la ilusión de un informe de la mayoría. Y eso es ahora… una ilusión. «Dona» y «Mike» previeron el mismo acontecimiento pero en dos períodos del tiempo diferentes, ocurriendo bajo situaciones totalmente distintas. «Dona» y «Jerry» se equivocaron y el llamado informe de la minoría se insertó en medio del de la mayoría. De los tres, «Mike» estaba en lo correcto, ya que no se produjo informe después del suyo para invalidarlo. Eso lo resume todo.

Ansiosamente Witwer, en los últimos momentos, mostró una extremada preocupación.

— ¿Podría ocurrir eso de nuevo? ¿Deberíamos entonces repasar todo el equipo?

—Puede ocurrir sólo en una circunstancia, explicó Anderton—. Mi caso fue único, puesto que yo tenía acceso a los datos. Podría ocurrir de nuevo pero sólo al próximo comisario de Policía. Por lo tanto, pise con cuidado.

Brevemente se estrecharon las manos por última vez.

—Será mejor que mantenga los ojos bien abiertos—informó al joven Witwer—. Recuerde que podría ocurrirle a usted mismo en cualquier ocasión.

03/8/19

El infierno es eterno

El infierno es eterno

Alfred Bester

 

I

Eran seis y lo habían probado todo.

Habían comenzado con bebidas y bebido hasta que habían agotado el sentido del gusto. Vinos: Amontillado, Beaune, Kirshwasser, Bordeaux, Hock, Burgundy, Medoc y Chambertin; whisky: escocés, irlandés, usquebaugh y Schnapps; brandy, gin y ron. Bebieron separada y juntamente;mezclaron los alcoholes acéticosylossaboresen estupendosponches,enmilesdesinfoníasdegusto;experimentaron,crearon, inventaron, destruyeron… y finalmente se aburrieron.

Siguieron con las drogas. Las suaves primero, las más potentes luego. Desecado y moreno opio parecido al regaliz, tostado y enrollado en bolitas para fumar en largas pipas de marfil; espeso ajenjo verde sorbido amargo y fuerte, sin azúcar o agua; heroína y cocaína en crujientes cristales de nieve; marihuana enrollada libremente en cigarrillos de papel marrón; hachís dentro de blanca leche cuajada o tabletas de aceite de marihuana, que mascaban y teñían sus labios de color canela oscuro… y otra vez se aburrieron.

La búsqueda de sensaciones se hizo frenética y con muchos de sus sentidos ya disipados. Alargaron sus fiestas y las transformaron en festivales de horror. Danzarines exóticos y esotéricos seres semihumanos se agolparon en el amplio y estrecho salón y lo llenaronconsusincreíblesactuaciones.Dolor,miedo,deseo,amoryodiofueron apartados y exhibidos hasta en sus mínimos y estremecedores detalles, tal como se hace con muchos especímenes de laboratorio.

Elempalagosoolordelperfumesemezclóconelagudosudordeloscuerpos excitados; los gritos de angustia de los seres torturados simplemente interrumpían su rápida e incesante charla… y algunas veces esto, también, cansaba. Redujeron sus fiestas a los seis originales y volvieron cada semana a sentarse, aburridos y aún hambrientos por nuevas sensaciones. Ahora, lánguidamente y sin ningún entusiasmo, estánjugandoconlooculto;hanconvertidoalsalóndefiestasenunacámarade nigromante.

De repente, uno hubiera pensado que era un refugio para bombardeos. El salón era amplio y cuadrado, las paredes tenían un recubrimiento insonoro que imitaba la fibra de la madera, el cielorraso era de vigas bajas. A la derecha había una puerta embutida, muy pesada y asegurada con una enorme cerradura de hierro forjado. No había ventanas, pero las hendeduras de los respiraderos habían sido moldeadas como las ranuras de un monasterio gótico. Lady Sutton las había cubierto con vitrales y colocado pequeñas lamparillas eléctricas tras ellos. Así arrojaban una lluvia de tenebrosos colores por el salón.

El suelo era de nogal antiguo, muy lustrado y brillante como el metal. Sobre él estaban esparcidas un buen número de deslumbrantes alfombras orientales. Un diván enorme, cubierto con batik indio, corría contra la pared a todo lo ancho del refugio. Sobre él había hileras de estantes con libros, y enfrente una larga mesa de caballete con los restos de un banquete. El resto del refugio estaba amueblado con amplias y seductoras sillas, de aspecto blando, acolchado e invitador.

Durante siglos este había sido el mas profundo de los calabozos del Castillo Sutton, a decenas de metros bajo la tierra. Ahora… secado, calentado, con respiraderos y amueblado, era el escenario de las sensacionales fiestas de Lady Sutton. Más aún… era el lugar de reunión oficial de la Sociedad de los Seis. Los Seis Decadentes, tal como se denominaban ellos mismos.

—Somos los últimos descendientes espirituales de Nerón… los últimos de aristócratas gloriosamente diabólicos —diría Lady Sutton—. Hemos nacido algunos siglos demasiado tarde, amigos. En un mundo que ya no es el nuestro no tenemos nada porqué vivir, excepto nosotros mismos. Somos una raza aparte… los seis.

Y cuando un imprecedente bombardeo sacudió a Inglaterra, tan catastróficamente que los temblores hasta llegaron al refugio Sutton, ella miraría hacia arriba y reiría.

—Dejémoslos luchar unos contra otros, esos cerdos. No es nuestra guerra. Nosotros tenemos nuestro propio camino, siempre, ¿en? Pensad, amigos, qué alegría emerger de nuestro refugio una brillante mañana y encontrar que todo Londres está muerto… todo el mundo muerto.

Y entonces reiría otra vez, con ese profundo y ronco bramido tan suyo.

Bramaba ahora, con su enorme y gordo cuerpo medio despatarrado sobre el diván como un sapo decorativo, riendo ante el programa que Digby Finchley le había alcanzado, había sido escrito por el mismo Finchley… un diseño exquisito de demonios y ángeles en grotesco y amoroso combate enmarcando las letras cabalísticas en las que se leía:

LOS SEIS PRESENTAN ASTAROTH ERA UNA DAMA de Christian Braugh

Reparto

(por orden de aparición)

Un NigromanteChristian Braugh

Un Gato NegroMerlín

(por cortesía de Lady Sutton)

AstarothTheone Dubedat Nebiros, un Demonio AsistenteDigby Finchley VestuarioDigby Finchley Efectos sonorosRobert Peel MúsicaSidra Peel

 

—Una pequeña comedia es un cambio, ¿no? —dijo Finchley. Lady Sutton se sacudió con risa incontrolada.

— ¡Astaroth era una dama! ¿Estás seguro de que lo has escrito tú, Chris?

No hubo respuesta de Braugh, sólo el zumbido de preparaciones en el extremo alejado del salón, donde se había erigido un pequeño escenario cubierto por un telón.

— ¡Eh, Chris! ¡Eh, allí…! —bramó ella con su tono bajo y quebrado.

Se descorrió el telón y Christian Braugh proyectó su cabeza albina a través de él. Su rostroestabacubiertoparcialmenteporcejasybarbapelirrojas,yteníaprofundas sombras oscuras alrededor de los ojos.

— ¿Me llamaba, Lady Sutton? —dijo.

Ante la vista de su cara ella rodó sobre el diván como una montaña de gelatina. Sobre el cuerpo inerme, Finchley sonrió, a Braugh, sus labios apretados como mueca de gato. Braugh movió su blanca cabeza en una respuesta imperceptible.

—Dije si en verdad tú has escrito esto, Chris… ¿o has empleado de nuevo algún escritor a sueldo?

Braugh la miró con enojo, luego desapareció detrás del telón.

—Oh, no lo creo —gorgoteó Lady Sutton—. Es mejor que un galón de champagne. Y, hablando de eso… ¿quién está más cerca de los burbujeantes? ¿Bob? Ponme más. ¡Bob! ¡Bob Peel!

Un hombre desplomado en la silla que se hallaba junto al cubo de hielo permaneció inmóvil. Estaba echado sobre la nuca, los pies proyectados en forma de V ante él, su camisa ceñida bajo la barba. Finchley cruzó la habitación y lo miró.

—Está frito.

— ¿Tan temprano? Bien, no importa. Pásame una copa, Dig, sé un buen chico.

Finchley llenó de champagne una copa de cristal prismático y la llevó a Lady Sutton. De un pequeño camafeo facetado en forma de botellita, ella agregó tres gotas de láudano, agitó la mezcla centelleante una vez y luego la bebió a sorbitos mientras leía el programa.

—Un nigromante… ése eres tú, ¿eh Dig? El asintió.

— ¿Y qué es un nigromante?

—Una especie de mago, Lady Sutton.

— ¿Un mago? Oh, qué bien… ¡eso está muy bien! —Se derramó champagne sobre su vasto pecho lleno de manchas y golpeteó fútilmente con el programa.

Finchley levantó una mano para retenerla y dijo:

—Debéis ser cuidadosa con ese programa, Lady Sutton.

Hice una sola impresión y luego destruí la plancha. Es único y sin duda será valioso.

— ¿Un artículo de coleccionista, eh? ¿Es obra tuya, por supuesto, Dig?

—Sí.

—Sin demasiados cambios de la pornografía usual, ¿eh? —Explotó en otra tormenta de risas que degeneraron en un acceso de tos seca e irregular. Al mismo tiempo dejó caer la copa. Finchley enrojeció, luego retiró la copa y la devolvió al buffet, pasando cuidadosamente en puntillas sobre las piernas de Peel.— ¿Y quién es ese Astaroth? —volvió a la carga Lady Sutton.

Desde atrás del telón, se escuchó la voz de Theone Dubedat:

— ¡Yo! ¡I! ¡Ich! ¡Moi! —su voz era ronca. Poseía una cualidad de humo gris.

—Querida, ya sé que eres tú, pero qué eres tú?

—Un demonio, eso creo.

—Astaroth —dijo Finchley—es una especie de archidemonio legendario… un demonio de alto rango, por decirlo así.

— ¿Theone un demonio? No dudo de eso… —Exhausta de arrobamiento, Lady Sutton yacía inmóvil y pensativa sobre el diván modelado. Y por último levantó un enorme brazo y examinó su reloj. La carne colgaba de sus codos en pliegues elefantinos, y ante su gesto el brazo se sacudió y una pequeña lluvia de lentejuelas rotas brilló sobre la manga.

—Será mejor que tú sigas con esto, Dig. Yo tengo, que partir a medianoche.

— ¿Partir?

—Ya me has oído.

El rostro de Finchley se contorsionó. Se inclinó sobre ella con emoción no suprimida, observándola con ojos tristes.

— ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que no funciona?

—Nada.

—Entonces…

—Algunas cosas han cambiado, eso es todo.

— ¿Qué ha cambiado?

El rostro de ella se volvió con dificultad mientras le devolvía su mirada. Sus rasgos hinchados parecían tallados en obsidiana.

—Es demasiado pronto para decírtelo… ya lo descubrirás bastante pronto. Ahora no quiero que me molestes más, Dig, amor.

Los rasgos de espantajo de Finchley mantuvieron algo de su control. Comenzó a hablar, pero antes de que pudiera musitar una palabra, Peel asomó la cabeza fuera del gabinete que se hallaba junto al escenario, donde se encontraba emplazado el órgano.

— ¡Ro—bert! —llamó.

—Bob está otra vez frito, Sidra —dijo Finchley, con voz constreñida.

Ella emergió del gabinete, caminó con brusquedad a través de la habitación y se detuvo a contemplar el rostro de su marido. Sidra Peel era pequeña, delgada y morena. Su cuerpo era como un cable de alta tensión con demasiada corriente, casi coruscado, descolorido y herrumbrado por demasiada exposición a la pasión. Las profundas cuencas oscuras de sus ojos eran frígidos carbones con brillantes puntos blancos. Retorcía sus largos dedos mientras contemplaba a su marido; luego, de repente, su mano abofeteó el rostro inerte.

— ¡Cerdo! —susurró.

Lady Sutton se echó a reír y toser al mismo tiempo. Sidra Peel le arrojó una mirada venenosa y se dirigió al diván, las afiladas puntas de sus tacones sonaban como pistoletazos sobre el suelo de nogal. Finchley hizo un rápido gesto de atención que la detuvo. Vaciló, luego retornó al gabinete y dijo:

—La música está lista.

—Y yo también —dijo Lady Suttort—. Con el show y todo eso, ¿eh? —Se desparramó sobre el diván como un tumor reptante, mientras Finchley sostenía su cabeza con almohadones color grana.—Es realmente hermoso que representes esta pequeña comedia para mí, Dig. Lo malo es que esta noche sólo estamos los seis de siempre. Debería haber una audiencia, ¿eh?

—Vos sois la única audiencia que deseo, Lady Sutton.

— ¡Ah! ¿Así todo queda en familia?

—Es una forma de decir.

—Los Seis… la Feliz Familia del Odio.

—Eso no es así, Lady Sutton.

—Noseastonto,Dig.Todossomosodiosos.Nosglorifica.Debosaberlo.Soyla Contable del Disgusto. Algún día dejaré que todos vosotros veáis los registros. Pronto.

— ¿Qué tipo de registros?

— ¿Ya te sientes curioso, eh? Oh, nada espectacular. Sólo la forma en que Sidra ha estado tratando de asesinar a su marido… y Bob la ha estado torturando porque la tiene bien agarrada. Y tú, haciendo una fortuna con sucias ilustraciones… y devorando tu podrido corazón por esa frígida diablesa, Theone…

—Por favor, Lady Sutton.

—YTheone—sededicóaellaconplacer—utilizandosugélidocuerpocomoel verdugo utiliza su escalpelo para torturar… y Chris… ¿Cuántos libros piensas que ha robado de esos pobres diablos de la calle Grub?

—No podría decirlo.

—Lo sé. Todos. Una fortuna con cerebros de otros. Oh, somos un bonito y repulsivo grupo, Dig, Es lo único de lo que debemos enorgullecemos… lo único que nos diferencia de los miles de millones de vulgares que han heredado nuestra tierra. Es por eso que tenemos que sostenernos como una feliz familia de odios mutuos.

—Yo lo llamaría mutua admiración —murmuró Finchley. Se inclinó cortesanamente y fue hacia el telón, pareciendo más espantajo que nunca con sus negras ropas de noche. Era extremadamente alto —unos milímetros por encima del uno ochenta—y extremadamente delgado. Los tubos de sus brazos y piernas parecían espigas retorcidas, y su chata faz caballuna parecía haber sido pintada sobre un cojín de carne.

Finchley cerró el telón tras él. Al momento de desaparecer hubo un murmullo de conversación y las luces disminuyeron. En la vasta y baja habitación no hubo sonidos, excepto el respirar catarral de Lady Sutton. Peel, aún echado pesadamente en su hondo sillón, estaba inmóvil e invisible, salvo por el desgarbado ángulo de sus piernas.

Desde una distancia infinita llegó una ligera vibración… casi un temblor. Al principio parecía que un siniestro remedo del infierno había explotado sobre Inglaterra, a decenas de metros sobre sus cabezas. Luego el temblor se aquietó y en etapas imperceptibles cobró fuerza, transformándose en los graves tonos del órgano. Sobre el trasfondo de los pulsantes diapasones, un extraño trémolo de cuartas, vacuo y estremecedor, comenzó a desgranarse del teclado en escalas cromáticas.

Lady Sutton cloqueó desmayadamente.

—Palabra —dijo—que es realmente horrendo, Sidra. Espantoso.

El tétrico trasfondo de la música la inundó. Llenó el refugio con gélidos zarcillos de sonido que eran algo más que tonos. El telón se abrió lentamente, revelando a Christian Braugh con vestiduras negras; su rostro era una horrenda y distorsionada masa de rojo y azul—cárdeno que contrastaba notablemente con el cabello de un blanco albino. Braugh estaba de pie en el centro de un escenario rodeado de mesas con patas en forma de araña, cubiertas con aparatos nigrománticos. Prominente era Merlín, el gato negro de Lady Sutton, majestuosamente posado sobre un volumen encuadernado en hierro.

Braugh cogió una tiza negra de una mesa y dibujó en el suelo un círculo de tres metros y medio que se extendía a su alrededor. Inscribió la circunferencia con caracteres y pentáculos cabalísticos. Luego cogió una hostia y la exhibió con un rápido movimiento de su muñeca.

—Esta es —declaró con tono sepulcral—una hostia consagrada robada de una iglesia a medianoche.

Lady Sutton aplaudió satíricamente, pero se detuvo casi de inmediato. La música parecía perturbarla. Se movió con torpeza en el diván y observó alrededor de ella con mirada insegura.

Mascullando imprecaciones blasfemas, Braugh levantó una daga y la hundió en la hostia.Luegodispusounplatodecobrebatidosobreunallamaazuldealcoholy comenzó a remover allí polvos y cristales de colores brillantes. Levantó una redoma llena con un líquido púrpura y vertió el contenido en un cuenco de porcelana. Hubo una ligera detonación y una espesa nube de vapor se elevó hasta el cielorraso.

El órgano se hizo presente. Braugh musitaba encantamientos en voz baja y realizaba curiosos y sugestivos ademanes. El refugio nadaba envuelto en aromas y bruma, nieblas violetas y vapores espesos. Lady Sutton echó un vistazo hacia la silla que se hallaba frente a ella.

—Espléndido, Bob —exclamó—. Maravillosos efectos… verdaderamente. —Trató de que su voz sonara jovial, pero todo lo que pudo emitir fue un cloqueo enfermizo. Peel permaneció inmóvil.

Con un ademán salvaje, Braugh arrancó tres pelos negros de la cola del gato. Merlín profirió un aullido de ira y saltó, al mismo tiempo, desde el libro hasta la parte superior de un gabinete entarimado que se hallaba en la parte trasera. Sus gigantescos ojos amarillos destellaban ominosamente a través de la niebla y los vapores. Los pelos fueron a parar al plato de cobre y un nuevo aroma llenó la habitación. En rápida sucesión, le siguieron las uñas de un buho, polvo de víboras y una raíz de mandrágora de extraña forma humana.

— ¡Ahora! —gritó Braugh.

Colocó la hostia, traspasada por la daga, en el cuenco de porcelana que contenía el fluido púrpura, y luego vertió toda la mezcla en el plato de cobre batido.

Hubo una violenta explosión.

Una columna de humo blanco llenó el escenario y se esparció por el refugio. Se fue disipando con lentitud, revelando débilmente la alta figura de un demonio desnudo; el cuerpo exquisitamente formado, la cabeza convertida en una máscara aterradora. Braugh había desaparecido.

A través de la bruma que flotaba, el demonio habló con el ronco acento de Theone Dubedat.

—Saludos, Lady Sutton.

Avanzó fuera del vapor. Bajo la pulsante luz que surgía del escenario, su cuerpo relucía con un. destello nacarino propio. Las uñas de los dedos de pies y manos eran largas y gráciles. El color flagelaba su torso redondeado. Y a pesar de todo ese cuerpo era frío y sin vida… tan irreal como la grotesca máscara de papier—máché que le cubría la cabeza.

—Saludos… —repitió Theone.

— ¡Hola, mi vieja! —interrumpió Lady Sutton—. ¿Cómo andan las cosas por el infierno? Hubo una risita en elgabinetedondeSidra Peeltocabaconsuavidadelórgano.

Theone posaba como una estatua y levantaba un poco su cabeza al hablar.

—Os traigo…

— ¡Querida!—chilló LadySutton—,¿porquénomedijeronqueharíanalgoasí?

¡Hubiera vendido entradas!

Theone alzó un brazo reluciente en forma imperativas Comenzó otra vez:

—Os traigo las gracias de los cinco que… —y entonces se detuvo abruptamente.

En el espacio de cinco latidos hubo una pausa de asombro, mientras el órgano murmuraba y las últimas brumas de humo negro se disipaban, formando hongos contra el cielorraso. En medio del silencio se oyó cómo el rápido y agitado respirar de Theone crecía histéricamente… luego llegó un espantoso y taladrante grito.

Los otros se arrojaron fuera del escenario, lanzando exclamaciones de sorpresa… Braugh, las ropas de nigromante arrojadas sobre el brazo, su maquillaje quitado; Finchley, como unas tijeras animadas con hábito y capucha negros, el guión en la mano. El órgano tartamudeó, luego se detuvo con estrépito y Sidra Peel salió disparada del gabinete.

Theone trató de volver a gritar, pero su voz se estranguló y quebró. En medio del consternado silencio se escucharon los gritos de Lady Sutton:

— ¿Qué sucede? ¿Algo funciona mal?

Theone musitó un gemido y apuntó al centro del escenario.

—Mire… allí —Las palabras brotaron de su garganta como el chirrido de uñas sobre una pizarra. Retrocedió asustada contra la mesa, derribando un aparato. Este se estrelló y los fragmentos tintinearon en el suelo.

— ¿Qué sucede? Por el amor de…

—Funcionó —gemía Theone—. ¡El ritual… funcionó!

Todos miraron a través de la penumbra, luego comenzó. Una enorme Cosa en forma de espada surgía lentamente del centro del círculo del nigromante… una forma vaga y amorfaquecrecíahacialoalto,emitiendounapagadosonidosiseanteparecidoal murmullo de un caldero.

— ¿Qué es eso? —gritó con fuerza Lady Sutton.

La Cosa se proyectó hacia adelante como una extrusión malsana. Al llegar al borde del círculo negro se detuvo. El sonido hirviente había crecido en forma ominosa.:

— ¿Es uno de nosotros? —gritó Lady Sutton—. ¿Es una broma estúpida? Finchley… Braugh… Ellos le lanzaron ciegas miradas de terror.

—Sidra… Robert… Theone… No, están todos aquí. Entonces, ¿quién es ése? ¿Cómo entró aquí?

—Es imposible —susurró Braugh, retrocediendo. Sus piernas chocaron contra el borde del diván y se desplomó desgarbadamente.

Lady Sutton lo golpeó con manos inertes y le gritó:

— ¡Haz algo! ¡Haz algo…!

Finchley trató de controlar su voz.

—Es… estamos a salvo mientras el círculo no se rompa.; No puede salir…

Sobre el escenario, Theone lloriqueaba, haciendo gestos i de alejar con las manos. Súbitamente, se desplomó. Uno de sus brazos proyectados borró un segmento del círculo de tiza negra. La Cosa se movió con rapidez, saliendo a través de la rotura del círculo y descendiendo de la plataforma como un fluido negro. Finchley y Sidra Peel retrocedieron tambaleantes, lanzando chillidos aterrorizados. Hubo un creciente espesamiento que invadió la atmósfera del refugio. Pequeños chorros de vapor danzaban alrededor de la cabeza de la Cosa mientras se movía lentamente hacia el diván.

— ¡Todos estáis bromeando! —gritó Lady Sutton—. No es real. ¡No puede serlo! —Se levantó del diván y se balanceó sobre sus pies. Su rostro empalideció al volver a contar a sus invitados. Uno… dos», y cuatro hacían seis… y la figura hacían siete. Pero debería haber sólo seis…

Retrocedió y comenzó a correr. La Cosa la estaba siguiendo cuando ella alcanzó la puerta. Lady Sutton tiró de la manilla, pero la cerradura estaba candada. Con rapidez, a pesar de su figura opulenta, corrió alrededor del refugio, golpeando las maderas. Mientras la Cosa se expandía y llenaba la habitación con su sibilante siseo, ella agarró su bolso y lo rompió, escudriñando en busca de la llave. Las manos temblorosas desparramaron el contenido del bolso por la habitación.

Un profundo bramido surgió de la oscuridad. Lady Sutton se sacudió y miró a su alrededor con desesperación, haciendo pequeños ruidos animales. Como si la Cosa intentara engullirla en sus infinitas profundidades negras, un grito brotó de su cuerpo y cayó pesadamente al suelo.

Silencio.

El humo derivaba en nubes sombrías.

El reloj chino marcó una secuencia de delicados períodos.

—Bien —dijo Finchley con tono de conversación—. Eso es todo.

Se dirigió a la figura inerte que se hallaba en el suelo. Se arrodilló por un momento, probando y revisando, sus facciones vacilantes plenas de salvaje apetito. Luego miró hacia arriba y sonrió con una mueca.

—Está muerta, eso es. Justo como lo presumimos. Fallo cardíaco. Estaba demasiado gorda.

Permaneció sobre las rodillas, absorbiendo el momento de muerte. Los otros se apiñaron alrededor del cuerpo con forma de sapo, respirando con distensión. El momento difícil había acabado; luego la lasitud del aburrimiento infinito volvería a extenderse sobre sus facciones.

La Cosa Negra agitó sus brazos unas pocas veces mas. La ropa se abrió por último, revelando una complicada estructura y la sudorosa y barbada cara de Robert Peel. Dejó caer la ropa a su alrededor, salió de ella y se aproximó a la figura que se hallaba en la silla.

—La condenada idea era perfecta —dijo. Sus brillantes ojitos destellaron por un momento. Parecía una sádica miniatura de Eduardo VII—. Nunca lo hubiera creído si un séptimo desconocido no entra en escena. —Contempló a su esposa.—La bofetada fue un toque de genio, Sidra. De un realismo maravilloso…

—Eso me proponía.

—Lo sé, mi bienamada, pero gracias por nada.

Theone Dubedat se había levantado e ido en busca de una bata blanca. Bajó los escalonesycaminósobreelcuerpo,quitándoselaespantosamáscarademoníaca. Reveló su hermoso rostro cincelado, frígido y encantador. Su rubio cabello relucía en la oscuridad.

—Tu actuación fue soberbia, Theone —dijo Braugh. Sacudió su cabeza albina con aprobación.

Por un momento ella no respondió. Se quedó allí, contemplando el informe montón de carne, una expresión de desesperanza extendiéndose por su rostro; pero no fue nada más que la mirada de impersonal curiosidad de un espectador echando un vistazo a través de la ventana de una cocina. Menos.

Por último, Theone suspiró.

—No fue merecedor de elogio, después de todo.

— ¿Qué? —Braugh buscaba un cigarrillo.

—El número… toda la actuación. Ya estamos de vuelta en lo mismo, Chris.

Braugh raspó un fósforo.Lallamaanaranjadasurgió,aleteandosobrelosrostros disgustados. Encendió su cigarrillo, luego elevó la llama y los contempló. La iluminación distorsionaba sus facciones convirtiéndolos en caricaturas, enfatizando sus cansancios, su infinito aburrimiento.

—Yo… yo… —dijo Braugh.

—No sirve, Chris. Todo este asesinato fue un fracaso… tan excitante como un vaso de agua.

Finchley se encogió de hombros y caminó de un lado a otro como si estuviera sobre zancos.

—Sufrí una sacudida cuando pensé que sospechaba. No duró mucho, creo.

—Deberías estar agradecido por un hecho así.

—Lo estoy.

Peel hizo chasquear su lengua con exasperación, luego se arrodilló como un barbado Humpty—Dumpty, la calva brillante, y hurgó en el contenido desparramado del bolso de Lady Sutton. Dobló los billetes de banco y los puso en su bolsillo. Cogió la gorda mano muerta y la levantó hacia Theone.

—Tú siempre admiraste su zafiro, Theone. ¿Lo quieres?

—No podrás sacarlo, Bob.

—Creo que podré —dijo, tirando con fuerza.

—Oh, al infierno con el zafiro.

—No… está saliendo.

El anillo se deslizó, luego se encajó en los pliegues de carne del nudillo. Peel tomó aire y tironeó, retorciendo el dedo. Hubo un sonido succionante como de algo cediendo, y todo el dedo se desprendió de la mano. Un débil olor a putrefacción alcanzó las fosas nasales, mientras todos observaban con vaga curiosidad.

Peel se encogió de hombros y dejó caer el dedo. Se levantó, frotando sus manos suavemente.

—Se pudre rápido —dijo—. Es curioso… Braugh frunció su nariz y dijo:

—Estaba demasiado gorda.

Theone se dio vuelta con frenética desesperación, las manos aferradas a sus hombros.

— ¿Qué haremos? —gritó—. ¿Qué? ¿Queda alguna sensación nueva sobre la tierra que no hayamos probado?

Con un seco zumbido, el reloj chino comenzó a repicar sus campanas. Medianoche.

—Podríamos volver a las drogas —dijo Finchley.

—Son tan inútiles como este miserable asesinato.

—Pero hay otras sensaciones. Nuevas.

— ¡Nómbrame una! —dijo Theone con exasperación—. Sólo una.

—Podría nombrar varias… si se sentaran y me permitieran… De repente, Theone interrumpió.

—Eres tú el que habla así, ¿no, Dig?

—N… no —respondió Finchley con voz peculiar—. Pensé que era Chris.

—Yo no era —dijo Braugh.

— ¿Tú Bob?

—No.

—En… entonces… La vocecita dijo:

—Si las damas y caballeros fueran lo suficientemente amables…

Provenía del escenario. Había algo allí… algo que hablaba con esa tranquila y suave voz; pues Merlín se movía adelante y atrás, arqueando su negro lomo contra una pierna invisible.

—… para sentarse —continuó la voz, con persuasión.

Braugh era el más valiente. Se movió hacia el escenario con lentos y tranquilos pasos, el cigarrillo firmemente aferrado a sus labios. Se apoyó contra el proscenio y espió. Por un momento sus ojos examinaron el escenario; luego dejó que una espuma de humo brotara de sus fosas nasales y declaró:

—No hay nadie aquí.

Y en ese momento el humo azul remolineó bajo las luces y envolvió una figura de vacío. No fue más que un vislumbre de un contorno… de un negativo, pero suficiente para que Braugh lanzara un grito y brincara hacia atrás. Los otros empalidecieron, sentándose temblorosos.

—Lo siento —dijo la tranquila voz—. No volverá a suceder. Peel se recompuso y dijo:

—Simplemente por el amor a…

— ¿Sí?

Trató de controlar los espasmos de sus facciones.

—Simplemente por el amor a la curiosidad cien… científica, el…

—Cálmate, amigo mío.

—El ritual… ¿Funcionó?

—Por supuesto que no. Amigos míos, no hay necesidad de invocarnos con una ceremonia tan fantástica. Si realmente nos queréis, venimos.

— ¿Y tú?

— ¿Yo? Oh… sabía que habíais estado pensando en mí por un tiempo. Anoche me queríais… realmente me queríais, y vine.

El último vestigio de humo del cigarrillo tuvo una convulsión cuando esa terrible figura de vacío pareció detenerse y sentarse informalmente al borde del escenario. El gato vaciló y luego comenzó a frotar su cabeza, con pequeños maullidos de placer, bajo una mano que lo acariciaba.

Aún tratando desesperadamente de controlarse, Peel dijo:

—Pero todas esas ceremonias y rituales son sin duda…

—Meramente simbólicos, señor Peel. —Peel se sobresaltó ante el sonido de su nombre.—Usted ha leído, sin duda, que aparecemos sólo si cierto ritual es realizado, y si es realizado al pie de la letra. No es verdad, por supuesto. Aparecemos si la invitación es sincera —y sólo entonces—, con o sin ceremonia.

Pálida y al borde de la histeria, Sidra susurró:

—Me voy de aquí. —Intentó levantarse.

—Un momento, por favor —dijo la voz gentil.

— ¡No!

—La ayudaré a librarse de su marido, señora Peel.

Sidra parpadeó, luego volvió a dejarse caer en su silla. Peel cerró los puños y abrió la boca para hablar. Antes de que pudiera comenzar, la voz gentil continuó:

—Y a pesar de todo usted no perderá a su esposa, si en realidad desea conservarla, señor Peel. Se lo garantizo.

El gato fue levantado en el aire y luego colocado confortablemente en un lugar a unos treinta centímetros del suelo. Pudieron ver cómo la espesa pelambre del lomo era alisada y desalisada por la suave caricia.

— ¿Qué nos ofrece? —dijo Braugh al poco tiempo.

—Os ofrezco a cada uno lo que vuestro corazón desee.

— ¿Y qué es?

—Una nueva sensación… todas sensaciones nuevas.

— ¿Qué sensaciones nuevas?

—La sensación de realidad. Braugh se echó a reír.

—Dudo que eso sea lo que el corazón de cada uno desee.

—Lo será, pues os ofrezco cinco diferentes realidades… realidades que vosotros podréis modelar, cada uno por sí mismo. Os ofrezco mundos hechos por vosotros, donde la señora Peel puede ser feliz asesinando a su marido en el suyo… y el señor Peel, sin embargo, puede conservar a su mujer en otro. Al señor Braugh le ofrezco el mundo onírico del escritor, y al señor Finchley la creación del artista…

—Esos son sueños —dijo Theone—, y los sueños son baratos. Todos los tenemos.

—Pero todos despiertan de sus sueños y deben pagar el amargo precio de la realización. Yo os ofrezco un despertar del presente en una realidad futura que podréis modelar según vuestros propios deseos… una realidad inacabable.

—Cinco realidades simultáneas es una contradicción de términos —dijo Peel—. Es una paradoja… imposible.

—Entonces os ofrezco lo imposible.

— ¿Y el precio?

— ¿Perdón?

—El precio —repitió Peel con creciente coraje—. No somos tan ingenuos. Sabemos que siempre hay un precio.

Hubo una larga pausa; luego la voz dijo con acento de reproche:

—Temo que hay muchas malas interpretaciones y muchas cosas que vosotros no lográis comprender. No puedo explicarlo con exactitud, pero créanme cuando les digo que no hay precio.

—Ridículo. Nadie da nada por nada.

—Muy bien, señor Peel, si debemos utilizar la terminología del mercado, permítame decirle que nunca aparecemos hasta que el precio de nuestros servicios ha sido pagado por anticipado. El vuestro ya ha sido pagado.

— ¿Pagado? —Todos lanzaron un vistazo simultáneo al descompuesto cuerpo que se hallaba sobre el suelo del refugio.

—Por completo,

— ¿Entonces?

—Estáis dispuestos, lo veo. Muy bien…

El gato fue nuevamente levantado en el aire y depositado en el suelo con una última y gentil palmadita. Los remanentes de la bruma que colgaban del cielorraso se hendieron y agitaron cuando el invisible dador avanzó. En forma instintiva, los cinco se pusieron de pie y aguardaron, tensos y temerosos, pero ya con una creciente sensación de realización.

Una llave voló desde el suelo por el aire en dirección a la puerta. Se detuvo ante la cerradura un instante, luego se insertó en ella y giró. La pesada cerradura de hierro forjado se elevó y la puerta se abrió por completo. Más allá debería haber estado el corredor de mazmorra que se dirigía hacia los niveles superiores del Castillo Sutton… un largo y estrecho pasaje, pavimentado con lajas y revestido de bloques de piedra caliza. Ahora, a pocos centímetros más allá de la jamba de la puerta, colgaba un velo de llamas.

Pálido, increíblemente hermoso, era un tapiz flamígero, la trama y urdimbre de un arco iris de colores. Esas hebras de color pastel se enlazaban y desenlazaban, flotaban, enhebradas y tejidas como muchas líneas de vidas individuales. Había infinitud de llamas, emociones, la aterciopelada serenidad del tiempo, la piel turbulenta del espacio… Eran todas las cosas para todos los hombres, y por encima de todo, eran hermosas.

—Para vosotros —dijo la voz tranquila—la vieja realidad toca a su fin en esta habitación…

— ¿Tan simple como eso?

—Más.

—Pero…

—Aquí estáis —interrumpió la voz—en el último meollo el último núcleo por así decirlo, de eso que alguna vez fue real para vosotros. Atravesad la puerta… atravesad el velo, y entraréis en la realidad que os he prometido.

— ¿Qué encontraremos más allá del velo?

—Cada uno de vuestros deseos. Nada hay más allá de ese velo ahora. No hay nada allí…nadasalvotiempoyespacioqueesperansermoldeados.Nohaynadayel potencial de todo.

— ¿Un tiempo y un espacio? —dijo Peel en voz baja—.

¿Será eso suficiente para todas las distintas realidades?

—Todos los tiempos, todos los espacios, amigo mío —respondió la voz tranquila—. Pasad a través de él y encontraréis la matriz de los sueños.

Habían estado agrupados, de pie uno junto a otro, como compartiendo algún tipo de tensa compañería. Ahora, en medio del silencio siguiente, se fueron separando con suavidad, como si cada uno delimitara para sí mismo una realidad propia… una vida enteramente divorciada del pasado y los compañeros de los viejos tiempos. Fue un gesto de total separación.

Mutuamente impulsados, a pesar de la motivación independiente, se movieron hacia el velo rutilante…

II

Soy un artista, pensó Digby Finchley, y un artista es un creador. Crear es ser como dios, y así será. Seré el dios de mi mundo y de la nada crearé todo… y todo lo mío será bello.

Fue el primero en llegar al velo y el primero en pasar a través de él. El aluvión de colores tembló ante su rostro como un rocío frío. Parpadeó por un momento cuando los brillantes púrpuras y escarlatas lo enceguecieron. Cuando volvió a abrir los ojos había dejado atrás el velo y se encontraba de pie en la oscuridad.

Pero no era oscuridad.

Era un surtidor negro en la blanca vacuidad infinita. Impresionaba sus ojos como una mano pesada y parecía apretarle los globos oculares dentro de su cráneo como si éstos fueran de plomo. Estaba aterrorizado y sacudió la cabeza, contemplando la impenetrable nada, confundiendo por realidad los efímeros flashes de luz retinal.

Ni estaba de pie.

Pues dio una apresurada zancada y sintió como si estuviera suspendido fuera de todo contacto con masa y materia. Su terror adquirió un matiz de horror cuando advirtió que se encontraba totalmente solo; no había nada que ver, nada que oír, nada que tocar. Lo asaltó una amarga sensación de soledad y en ese instante comprendió cuánta verdad había en la voz que había escuchado en el refugio, y qué terriblemente real era su nueva realidad.

Ese instante, también, fue su salvación.

—Pues —murmuró Finchley con una amarga sonrisa en dirección a la negrura—la esencia de la divinidad es la soledad… ser único.

Luego se sintió muy tranquilo y colgó en reposo en el tiempo y el espacio, mientras congregaba sus pensamientos para la creación.

—Primero —dijo Finchley al fin—debo tener un trono celestial propio de un dios. También debo tener un reino celestial y ángeles guardianes; pues ningún dios está completo sin su entorno.

Vaciló, cuando su mente escogió rápidamente entre la gran variedad de reinos celestiales que había conocido a través de las artes y las letras. No había necesidad, pensó, de ser especialmente original con este tipo de cosas. La originalidad jugaría un papel importante en la creación de su universo. Ahora lo único esencial era asegurarse un razonable grado de dignidad y lujuria… y para eso bastaría el mobiliario de segunda mano del viejo Yavé.

Elevó una mano con un gesto autoconsciente y ordenó. De modo instantáneo, las tinieblas fueron invadidas por la luz y ante él se erguía una escalera de mármol veteado de oro que conducía a un trono rutilante. El trono era alto y mullido. Brazos, patas y respaldo de plata brillante, y almohadones de púrpura imperial. Y sin embargo… el conjunto era horroroso. Las patas eran demasiado largas y delgadas, los brazos destartalados de un marrón oscuro y enfermizo.

—Ufff —dijo Finchley, y trató de remodelarlo. No importaba cómo alteraba las proporciones, el trono seguía siendo horrible. Y en cuanto a los escalones, también eran desagradables, pues la monstruosa creación de venas de oro se retorcían y curvaban a través del mármol, formando dibujos de formas obscenas que recordaban las pinturas eróticas que Finchley había dibujado en su existencia pasada.

Por último comenzó a subir los escalones, sentándose con dificultad en el trono. Sintió como si estuviera sentado en las rodillas de un cadáver, los brazos muertos en equilibrio para rodearlo en fantasmal abrazo. Se encogió de hombros ligeramente y dijo:

—Oh, infiernos, nunca fui un diseñador de mobiliario…

Finchley miró alrededor de sí, luego levantó su mano otra vez. El surtidor de nubes que se apiñaban alrededor del trono retrocedió para revelar altas columnas de cristal, un desmesurado techo arqueado y un suelo pavimentado con bloques pulidos. El salón se extendía cientos de metros como una catedral inacabable, lleno de filas y filas de sus guardias.

La mayor parte eran ángeles: delgados seres alados, con toga blanca, cabezas rubias y brillantes, azules ojos de zafiro y sonrientes bocas escarlatas. Detrás de los ángeles estaba arrodillada la orden de los querubines: gigantescos toros alados con flancos leonados y pezuñas de metal batido. Sus cabezas asirías ostentaban pesadas barbas con lustrosos rizos azabaches. En tercer lugar estaban los serafines: filas de enormes serpientes de seis alas cuyas enjoyadas escamas brillaban con silenciosa flama.

En tanto Finchley estaba sentado y contemplándolos con admiración por su artesanía, entonaron al unísono con unción:

—GloriaaDios.GloriaalSeñorFinchley,elTodo—poderoso…GloriaalSeñor Finchley…

Sentado y los ojos fijos como si lentamente hubieran adquirido la distorsión del astigmatismo, advirtió que era una catedral más demoníaca que celestial. Las columnas estaban talladas con imágenes grotescas que giraban en los capiteles y bases, y como el salón se extendía hacia la oscuridad, semejaban sombras de personas retozantes que gesticulaban y danzaban.

Y a lo lejos, hasta donde se extendían las columnas y cubiertas por ellas, se veían pequeñas escenas que lo asombraban. Aún mientras cantaban, los ángeles observaban porelrabillodelojoalosquerubines;ytrasunacolumnaviocómounseralado alcanzaba y atrapaba a un encantador ángel rubio de lujuria para apretarlo contra él.

En completa desesperación, Finchley alzó su mano otra vez y una vez más hubo un remolino de oscuridad alrededor de él…

—Demasiado —dijo—para un Reino de los Cielos…

Meditó por otro inefable período, a la deriva en la nada, apresado por el más estupendo problema artístico que alguna vez hubiera encarado.

Hasta ahora, pensó Finchley con un estremecimiento por los horrores que había elaborado, había estado meramente jugando —probando mi fuerza—, entrando en calor, por así decirlo, como el artista juega con la pintura al pastel y un bloque de papel de fibra. Ahora es hora de ponerme a trabajar.

Solemnemente, tal comopensóqueseríaconvenienteparaundios,condujouna laboriosa conferencia consigo mismo en el espacio.

¿Cómo ha sido, se preguntó, la creación en el pasado? Se podía denominarla naturaleza.

Muy bien, la llamaremos naturaleza. Ahora bien, ¿cuáles son las objeciones a la creación de la naturaleza?

Pues… la naturaleza nunca ha sido artista. La naturaleza simplemente se equivoca debido a su estilo experimental. Cualquier belleza existente es tan sólo un subproducto. La diferencia entre…

La diferencia, se interrumpió a sí mismo, entre la vieja naturaleza y el nuevo dios Finchley debe ser ordenada. El mío será un cosmos ordenado, privado de lo superfluo y dedicado a la belleza. Nada quedará librado al azar. No habrá tropezones.

Primero, el lienzo.

— ¡Habrá un espacio infinito! —gritó Finchley.

En la nada, su voz rugió a través de la estructura de huesos de su cráneo y produjo ecos sordos y discordantes en sus oídos; pero al instante de su orden, la opaca oscuridad fue filtrada, transformándose en límpido azabache. Finchley no podía aún ver nada, pero sintió el cambio.

Pensó: ahora en el viejo cosmos hay simplemente estrellas y nebulosas, vastos y fieros cuerpos dispersos a través de los dominios del cielo. Nadie sabe su propósito… nadie sabe su origen o destino.

En el mío tendrán propósito, pues cada cuerpo servirá para sostener una raza de seres cuya única función será servirme…

—Gritó: —Que hasta cien universos llenen el espacio. Mil galaxias integrarán cada universo y un millón de soles serán la suma de cada galaxia. Diez planetas circundarán cada sol. y dos lunas cada planeta. ¡Que todas se revuelvan alrededor de su creador! Que todo suceda, ¡ahora! Finchley gritó cuando lo rodeó un estallido de luz en medio de un cataclismo insonoro. Estrellas, cercanas y calientes como soles, distantes y frías como cabezas de alfiler… Aparte, dos vastas nubes borrosas… Carmesí deslumbrante… amarillo… verde intenso y violeta… La suma de sus brillos era un tumulto de luz que constreñía su corazón y lo llenaba con el devorador miedo a los poderes latentes que yacían en su interior.

—Ya es —lloriqueó Finchley—suficiente creación por el momento…

Cerró los ojos con determinación y ejercitó sus deseos una vez más. Hubo una sensación de solidez bajo sus pies y cuando abrió los ojos cautelosamente se hallaba de pie en una de sus tierras con cielo azul y sol blanco—azulado que se ponía con velocidad hacia el horizonte occidental.

Era una tierra ocre y desnuda… Finchley lo había previsto… era una vasta esfera de rudimentariamateriaesperandoqueéllamoldeara,pueshabíadecididoquedela primera de todas sus creaciones formaría una buena tierra verde para sí mismo… un planeta de belleza donde Finchley, Dios de todo lo Creado, residiría en su Edén.

Trabajó durante todo ese atardecer, con rápida y artística delicadeza. Un vasto océano verde y con blanca y destellante espuma se extendió sobre la mitad del globo; alternando cientos de millas de espacio acuático con núcleos de cálidas islas. El continente fue dividido en dos por una columna vertebral de aserradas montañas que se extendían de un polo nevado al otro.

Trabajó con infinito cuidado. Utilizó óleos, acuarelas, carbones y bocetos de grafito, planeando y ejecutando todo su mundo. Montañas, valles, planicies; despeñaderos, precipicios y simples peñascos fueron todos diseñados con la fluida congruencia de las masas perfectamente equilibradas.

Todo su espíritu de artista realizó una límpida dispersión de lagos que semejaron otras muchas joyas destellantes; y los graciosos arabescos de los serpenteantes ríos que trazaban intrincados diseños sobre el planeta. Se entregó a la selección de colores: gravas grises, arenas rosadas, blancas y negras; fértiles tierras marrones, ocre oscuro y sepia; esquistos jaspeados, micas brillantes y piedras de sílice… Y cuando el sol se desvaneció al fin sobre el primer día de labor, su Edén era un paraíso de piedra, tierra y metal, listo para la vida.

Mientras el cielo se oscurecía sobre su cabeza, apareció la pálida giba de una luna con rostro de muerte recorriendo la bóveda del cielo; y mientras Finchley la contemplaba con desasosiego, una segunda luna con un disco rojo sangre asomó su devastador semblante sobre el horizonte oriental y comenzó su fantasmal marcha a través de los cielos. Finchley apartó los ojos de ellas y contempló las estrellas titilantes.

Obtuvo mucha más satisfacción de su contemplación.

“Sabía exactamente cómo eran algunas de ellas —pensó complacido—. Se multiplica cien por mil y por un millón y allí está la respuesta… ¡Y sucede que ésa es mi idea del orden!”

Se echó en un pedazo de cálida y blanda tierra y colocó sus manos bajo la nuca, mirando hacia arriba.

“Y sé exactamente para qué están todas allí… para sostener vidas humanas… los incontables miles de millones de millones de vidas que diseñaré y crearé sólo para servir y adorar al Señor Finchley… ¡Ese es vuestro propósito!”

Y sabía a dónde iban cada una de esas chispas azules y rojas color índigo, pues una vez en los vastísimos límites del espacio continuaban tonantes un curso circular, cuyo pivot era ese punto en los cielos que él había abandonado. Algún día, retornaría a ese lugar y allí construiría su castillo celestial. Luego podría sentarse allí durante toda la eternidad, contemplando el rodar de sus mundos por el cielo.

Hubo un peculiar manchón rojizo en el cénit del cielo. Finchley lo observó distraídamente primero, luego con concentrada atención cuando parecía ramificarse. Se expandió lentamente como una mancha de tinta, y al momento se tiño de anaranjado y luego de blanco intenso. Y por primera vez Finchley fue inconfortablemente consciente de una sensación de calor.

Pasó una hora, y luego dos y tres. El puño de la expansión blanquirojiza se extendió por el cielo hasta que fue una fiera nube brumosa. Un delgado y tenue borde se aproximó gentilmenteaunaestrella,luegolatocó.Instantáneamentehubounesplendor enceguecedor de radiación y Finchley fue bañado por una cauterizante luz que iluminó el panorama con el espectral brillo del flash de magnesio. La sensación de calor creció en intensidad y diminutas gotas de transpiración aguijonearon su piel.

Con la medianoche, un inenarrable infierno llenaba la mitad del cielo, y las brillantes estrellas, una tras otra, estallaban silentes. La luz era enceguecedoramente blanca y el calor sofocante. Finchley se tambaleó sobre sus pies y comenzó a correr, buscando en vano sombra o agua. Fue sólo entonces cuando advirtió que su universo estaba corriendo su amor.

— ¡No! —gritó con desesperación—. ¡No!

El calor lo apaleó. Cayó y rodó sobre rocas filosas que lo desgarraron y anclaron de espaldas, el rostro vuelto hacia arriba. Pasando a través de sus manos apretadas, de sus párpados fuertemente cerrados, la intolerable luz y el calor presionaban.

— ¿Qué puede haber funcionado mal? —gritó Finchley —. ¡Había mucho espacio para todo! ¿Por qué tuvo que…?

En medio del delirio generado por el calor, sintió un atronador sacudimiento que le hizo pensar que su Edén comenzaba a despedazarse.

— ¡Detenerse! ¡Detenerse! ¡Que todo se detenga!—gritó. Se golpeó las sienes con puños inermes y por último suspiró—. Está bien… si he cometido otro error, entonces… está bien…

—Agitó su mano débilmente.

Y otra vez los cielos fueron negros y blancos. Sólo las dos escabrosas lunas giraban sobre su cabeza, comenzando el largo camino hacia el oeste. Y en el este un apagado destello anunciaba el amanecer.

—De modo —murmuró Finchley—que se debe ser más matemático y físico que artista para fabricar un cosmos. Soy un artista y nunca pretendí saber todo eso. Pero… soy un artista, y aquí aún está mi buena tierra verde para la gente… Mañana… Veremos… mañana…

Y en ese momento se durmió.

El sol estaba alto cuando despertó, y su ojo diabólico lo llenaba de inquietud. Observó con atención el paisaje que había construido el día previo, y se sintió aún más inseguro, pues había una sutil distorsión en todo. Los suelos del valle se veían sucios, como cubiertos del pálido lustre de las escaras leprosas. Los riscos de las montañas formaban curiosas formas de sugestivo terror. Hasta en los lagos había un indicio del horror contenido bajo sus serenas e inmóviles agua.

No ocurría, advirtió, cuando miraba directamente a esas creaciones, sino sólo cuando su mirada era lateral. Contemplado con ojos abiertos y fijos todo parecía estar bien. La proporción era buena, la línea excelente, la coloración perfecta. Y a pesar de todo… Se encogió de hombros y decidió que tendría que realizar algún tipo de boceto previo. No había duda que existía algún sutil error de diseño en su obra.

Caminó hasta un diminuto curso de agua y de las orillas extrajo una masa de húmeda arcilla roja. La amasó alisándola, humedeciéndola más, hasta aplanarla y estirarla. Después de haberla secado un poco bajo el calor del sol, dispuso un pesado bloque de piedra como pedestal y se dispuso a trabajar. Sus manos aún eran prácticas y seguras. Con dedos hábiles modeló su idea de un gran conejo peludo. Cuerpo, piernas y cabeza; rasgos exquisitamente delineados… agazapado sobre la piedra estaba listo, parecía, para brincar al menor aviso.

Finchley sonrió cariñosamente a su obra, su confianza al fin restaurada. Dio una palmada sobre la cabeza redondeada y dijo:

—Vive, amigo mío…

Hubo un momento de indecisión mientras la vida invadía la forma de arcilla; luego arqueó la espalda con movimiento torpe e intentó brincar. Se movió hasta el borde del

pedestal, donde colgó enloquecido por un instante antes de caer pesadamente al suelo. Mientras se arrastraba torpe y zigzagueante, profirió horribles sonidos guturales y se dio vuelta para contemplar a Finchley. En la cara del animal había una expresión de malevolencia.

La sonrisa de Finchley se heló. Frunció el entrecejo, vaciló, luego recogió otro montón de arcilla y la colocó sobre la piedra. Trabajó por espacio de una hora, dando forma a un gracioso setter irlandés. Por ultimo le dio una palmadita y dijo:

—Vive…

Instantáneamente el perro se desplomó. Gimió desvalidamente y luego luchó sobre sus patas vacilantes como una enorme araña, los ojos distendidos y vidriosos. Se acercó al borde del pedestal, saltó y chocó con las piernas de Finchley Hubo un débil gruñido y la bestia clavó sus afilados colmillos en un pie de Finchley. Este saltó hacia atrás con un grito y pateó al animal con furia. Lloriqueando y aullando, el setter partió, una flaca figura que atravesó los campos como un monstruo jorobado.

Con un intento furioso, Finchley retornó a su labor. Modeló forma tras forma, a las cuales otorgó vida, y cada una de ellas —mono, simio, zorro, comadreja, rata, lagarto y sapo… peces, largos y cortos, gruesos y delgados… pájaros por el estilo —era una monstruosidad grotesca que nadaba, arrastraba las patas o aleteaba como una pesadilla. Finchley estaba perplejo y exhausto. Se sentó él mismo en el pedestal y comenzó a sollozar mientras sus dedos cansados aún se crispaban e hincaban en un montón de arcilla.

Pensó: “Todavía soy un artista… ¿Qué funcionó mal? ¿Qué es lo que convierte todo lo que hago en una horrible figura anormal?”

Sus dedos daban vuelta la arcilla, la moldeaban, y una cabeza comenzó a tomar forma en la masa.

Pensó: “Hice una fortuna con mi arte una vez. Todo el mundo no podía estar loco. Vendí mis obras por muchas razones… pero la más importante es que eran hermosas.”

Advirtió el montón de arcilla en sus manos. Había tomado parcialmente la forma de una cabeza de mujer. La examinó con atención por primera vez en horas; sonrió.

— ¡Sí, por supuesto! —exclamó—. No soy modelador de animales. Veamos cómo lo hago con una figura humana…

Con rapidez, con esa inerme porción de arcilla, construyó la subestructura de su figura. Piernas, brazos, torso y cabeza estuvieron formados. Canturreaba al trabajar. Pensaba. Será la más hermosa Eva alguna vez creada… y más… ¡sus hijos serán verdaderos hijos de un dios!

Con amorosas manos dio forma a las fuertes pantorrillas y torneados muslos, uniendo con destreza las delgadas rodillas a los graciosos pies. Las redondas caderas rodeaban un vientre plano, ligeramente combado. Cuando llegó a los fuertes hombros, se detuvo súbitamente y retrocedió un paso para contemplar su obra.

¿Es posible? se preguntó.

Caminó con lentitud alrededor de la figura a medio terminar.

¿La fuerza del hábito, quizá?

Quizás eso… y quizás el amor que había sentido por tantos años.

Retornó a la figura y redobló sus esfuerzos. Con una sensación de creciente júbilo, completó brazos, cuello y cabeza. Había algo dentro de sí que le decía que era imposible fallar. Había modelado esta figura demasiado frecuentemente como para no conocer hasta los detalles más ínfimos. Y cuando la hubo terminado, Theone Dubedat, magníficamente esculpida en arcilla, se encontraba sobre el pedestal de piedra.

Finchley estaba contento. Fatigado, se sentó con la espalda contra un peñasco, extrajo un cigarrillo del espacio y lo encendió. Estuvo sentado quizás un minuto, intentando que el humo aquietara su excitación. Y por último, con una sensación de anticipación caótica, dijo:

—Mujer…

Se atragantó y se detuvo. Luego comenzó de nuevo.

— ¡Vive… Theone!

El segundo de vida llegó y pasó. La figuradesnuda semovió ligeramente, luego comenzó a temblar. Como arrastrado por una fuerza magnética, Finchley se incorporó y caminó hacia ella, los brazos extendidos en muda súplica. Hubo un ronco suspiro de inhalación y los grandes ojos se abrieron lentamente y lo examinaron.

La joven viviente se enderezó y gritó. Antes de que Finchley pudiera tocarla, ella lo golpeó en la cara, sus largas uñas le arañaron la piel. Cayó de espaldas del pedestal, se puso de pie de un brinco y echó a correr a través de los campos como todos los otros… un loco ser jorobado que gritaba y aullaba. El bajo sol oscurecía su cuerpo y la sombra que proyectaba era monstruosa.

Mucho después que ella desapareció, Finchley continuó mirando fijamente en su dirección, mientras dentro de él todo ese amor inútil y amargo lo quemaba como si fuera una ola ácida. Al tiempo retornó al pedestal y con helada impasibilidad se puso una vez más a trabajar. No se detuvo hasta que la quinta de una sucesión de chocantes figuras se perdió gritando en la noche… Luego, y sólo entonces, se detuvo y permaneció un largo tiempo contemplando alternadamente sus manos y las demenciales lunas que se deslizaban sobre su cabeza.

Sintió una palmadita en el hombro y no se sorprendió demasiado de ver a Lady Sutton de pie junto a él. Aún usaba la toga con lentejuelas de aquella noche, y bajo la luz de las dobles lunas su rostro era tan vulgar y masculino como siempre.

—Oh… es usted —dijo Finchley.

— ¿Cómo estás, Dig, mi amor?

El pensó en todo, tratando de encontrar alguna razón en la absurda locura que impregnaba el cosmos.

—No muy bien, Lady Sutton.

— ¿Problemas?

—Sí… —se interrumpió y la encaró—. Me pregunto, Lady Sutton, ¿cómo demonios está usted aquí?

Ella se echó a reír.

—Estoy muerta, Dig. Deberías saberlo.

— ¿Muerta? Oh… yo… —se sintió invadido por el embarazo.

—Sin rencores. Yo hubiera hecho lo mismo, lo sabes.

— ¿Lo hubiera hecho?

—Todo por una nueva sensación. Eso fue siempre nuestro lema, ¿no? —Hizo una inclinación de cabeza y una mueca irónica en su dirección. Era la misma vieja mueca de absoluta diversión.

— ¿Qué está haciendo aquí? Quiero decir, cómo… —dijo Finchley.

—Dije que estoy muerta —interrumpió Lady Sutton—. Hay muchas cosas que tú no comprendes de este asunto de morir.

—Pero ésta es mi propia realidad personal y privada. Soy su poseedor.

—Pero yo sigo estando muerta, Dig. Puedo penetrar en cualquier mierdosa realidad que elija. Espera… ya lo verás.

—No lo veré —dijo él—, nunca… Eso es, no puedo porque nunca moriré.

—Oh, ¿no?

—No, no puedo. Soy un dios.

—Lo eres, ¿eh? ¿Y cómo te sientes?

—Yo… yo no lo sé. —Le faltaban las palabras—. Yo… eso es, alguien me prometió una realidad que yo podría moldear por mí mismo, pero no puedo, Lady Sutton, no puedo.

— ¿Y por qué no?

—No lo sé. Soy un dios, y cada vez que trato de dar forma a algo hermoso, esto se vuelve abominable.

— ¿Cómo, por ejemplo?

El le mostró sus retorcidas montañas y planicies, los malignos lagos y ríos, las distorsionadas y gruñentes criaturas que había creado. Lady Sutton examinó todo cuidadosamente y con mucha atención. Por último frunció los labios y caviló por un momento; luego contempló con agudeza a Finchley y dijo:

—Es curioso que nunca hayas hecho un espejo, Dig.

— ¿Un espejo? —repitió él—. No, no lo he hecho… nunca necesité uno…

—Adelante. Haz uno.

El le echó un vistazo de perplejidad y agitó una mano en el aire. Un espejo cuadrado de plata apareció en sus dedos y lo tendió hacia ella.

—No —dijo Lady Sutton—, es para ti. Mírate en él.

Sorprendido, levantó el espejo y se contempló. Un ronco grito se escapó de sus labios yacercóelrostroparaobservarmejor.Laimagenqueledevolvíaelespejoenla mortecina luz de la noche era el rostro diabólico de una gárgola. En los pequeños y rasgados ojos, la nariz ancha, los quebrados dientes amarillos, la retorcida ruina de su cara, él vio todo lo que había visto de feo en su horrible cosmos.

Vio la obscena catedral de los cielos y su non sancta jerarquía de lúbricos guardias, el girante caos de estrellas y soles en colisión, el chocante panorama de su Edén, cada aullante, fantasmal criatura que había creado, cada horror que su cerebro había engendrado. Arrojó el espejo por los aires y volvió a confrontar a Lady Sutton.

— ¿Qué?—ordenó—. ¿Qué es esto?

— ¿Acaso no eres un dios, Dig? —rió Lady Sutton—. ¿Acaso no sabes que un dios crea sólo a su propia imagen y semejanza. Sí… la respuesta es así de simple. Es una gran broma, ¿no lo crees?

— ¿Broma? —La suma de todos los eones cayeron como rayos sobre su cabeza. Una eternidad de vida con su propia abominación, sobre él, dentro de él… una y otra vez… repitiéndose en cada sol y cada estrella, cada ser viviente y cada cosa inerme, cada criatura, cada momento interminable. Un dios monstruoso que se alimenta de sí mismo y lenta e inexorablemente se vuelve loco.

— ¡Broma! —gritó.

Agitó sus manos y flotó una vez más, suspendido y fuera de todo contacto con masa y materia. Una vez más completamente solo, sin nada que ver, sin nada que oír, sin nada quetocar.Mientrasconsiderabaotroinefableperíododeinevitablefutilidadensu siguiente intento, escuchó muy nítidamente el grave bramido de una risa familiar.

De modo que así fue el Cielo de Finchley.

 

III

— ¡Dame fuerzas! ¡Oh, dame fuerzas!

Cruzó el delgado velo tras los talones de Finchley, esa pequeña y delgada mujer, y se encontró en el corredor de mazmorra del Castillo Sutton. Por un momento interrumpió sus rezos, casi desencantada de no encontrar la tierra de brumas y sueños. Luego, con una sonrisa amarga, recordó la realidad deseada.

Ante ella se encontraba una armadura: una fuerte y grácil figura de metal pulido bordeada por completo de estrías. Fue hacia ella. El brillante acero de la coraza le devolvió una reflexión ligeramente distorsionada. Mostraba el contraído y muy estirado rostro, los ojos y el cabello azabache cayendo sobre una ceja como el pico de un cuervo. Todo decía: ésta es Sidra Peel. Esta es una mujer cuyo pasado ha sido encadenado a un ser de torpe ingenio que se llamaba a sí mismo marido. Rompería la cadena ese día si sólo pudiera encontrar la fuerza…

— ¡Rómpete, cadena! —repitió con fiereza—y ese día le devolveré toda una vida de agonía. Dios… si hay un dios en mi mundo… ¡ayúdame a equilibrar la suma de todo! Ayúdame…

Sidraseinmovilizómientrassupulsobatíasordamente.Alguienhabíabajadoal solitario corredor y se encontraba de pie tras ella. Podía sentir el calor —el aura de su presencia—, la casi imperceptible presión de un cuerpo contra el suyo.

Se dio vuelta, gritando:

— ¡Ahhhh!

—Lo siento —dijo él—. Creí que estabas esperándome.

Los ojos de ella se fijaron en su rostro. El sonreía ligeramente de una manera afable, y hasta el matizado cabello rubio, los huecos y elevaciones, las pulsantes venas y las sombras de sus facciones eran un curioso panorama de desnudas emociones.

—Cálmate —dijo él, mientras Sidra se tambaleaba locamente e intentaba detener los gritos que brotaban de su interior.

—Pero qu… quién —logró decir y trató de tragar saliva.

—Creí que estabas esperándome —repitió él.

—Yo… ¿esperándolo?

El asintió y tomó sus manos. Las palmas de ella estaban frías y húmedas contra las suyas.

—Teníamos una cita.

Ella entreabrió los labios y sacudió la cabeza.

—A las doce y cuarenta. —Soltó una de las manos de ella y miró su reloj.—Y aquí estoy, en punto.

—No —dijo ella, zafándose y dando un paso atrás —. No, eso es imposible. No teníamos ninguna cita. Yo no lo conozco.

— ¿No me reconoces, Sidra? Bien… es curioso pero pensé que me reconocerías en poco tiempo.

— ¿Pero quién es usted?

—No puedo decírtelo. Tienes que recordarlo por si misma.

Un poco más calma, ella inspeccionó sus facciones con más detenimiento.

Como el embate de una cascada, una sensación combinada de atracción y repulsión surgió en ella. Ese hombre la alarmaba y la fascinaba. Se sentía llena de temor ante su sola presencia, y al mismo tiempo intrigada y atraída.

Por último, sacudió la cabeza y dijo:

—Todavía no lo comprendo. Nunca lo he llamado, señor Quien—quiera—que—sea, y no teníamos una cita.

—Por cierto que tú la hiciste.

— ¡Por cierto que no! —estalló, ultrajada por su insolente aseveración—. Quiero mi viejo mundo. El mismo viejo mundo que siempre he conocido…

— ¿Pero con una excepción?

—S… sí.—Su furiosa mirada se erizó y la ira brotó de ella.—Sí, con una excepción.

— ¿Y has rezado con todas tus fuerzas para producir esa excepción? Ella asintió.

El hizo una mueca sonriente y la tomó del brazo.

—Bien, Sidra, entonces me has llamado y hemos hecho una cita. Soy la respuesta a tus oraciones.

Ella sufrió al ser conducida a través de los estrechos y empinados escalones del corredor, incapaz de liberarse de ese magnético yugo. La presión sobre su brazo era algo atemorizador. Todo en ella gritaba contra el aturdimiento… y a pesar de todo otro alguien le daba la bienvenida ansiosamente.

Mientras pasaban bajo la luz de las infrecuentes lámparas, lo contempló de forma furtiva. Era alto y magníficamente construido. Fuertes tendones sostenían su muscular cuello al más ligero giro de su arrogante cabeza. Llevaba un traje de lana que tenía textura de arenisca, y de él brotaba un pungente y musgoso aroma. Su camisa estaba abierta en el cuello y dejaba ver un vello frondoso sobre el pecho.

No había sirvientes en la planta baja del castillo. El hombre la escoltó silenciosamente a través de las elegantes habitaciones hasta el vestíbulo, donde extrajo la chaqueta de ella del armario empotrado y la colocó sobre sus hombros. Luego presionó sus fuertes manos sobre los gráciles hombros de Sidra.

Volvió a zafarse y por último, una de sus tormentas de llanto se abatió sobre ella. En la tranquila penumbra del vestíbulo pudo ver que él aún continuaba sonriendo, y esto agregó combustible a su furia.

— ¡Ah! —gritó—. Qué tonta que he sido… haber dado por sentado que usted… Ha dicho que “yo he rezado por usted”, ¿qué clase de tonta se piensa que soy? ¡Quíteme las manos de encima!

Se quedó contemplándolo, respirando profundamente, y él no respondió. Su expresión permaneció impávida. Era como una serpiente, pensó ella, esas serpientes de ojos hipnóticos. Te enrollan en su belleza impávida y no puedes escapar de su mortal fascinación. Como esas torres desmesuradas que te invitan a brincar al vacío… como esas afiladas y deslumbrantes navajas que invitan a la suave carne de tu garganta. ¡No puedes escapar!

— ¡Vayase! —gritó ella con un esfuerzo desesperado—. ¡Fuera de aquí! Este es mi mundo. Todo lo que hago o elijo es mío. ¡No quiero compartirlo con ningún repulsivo y arrogante canalla!

Rápida y silenciosamente, él la cogió por los hombros y la atrajo contra su pecho. Mientras la besaba, Sidra luchó por librarse de las garras de sus dedos, intentando alejar sus labios de él. Y sin embargo sabía que si lograba librarse de sus brazos, no podría apartarse de ese beso salvaje.

Lloraba cuando él aflojó sus manos y dejó que la cabeza de ella cayera hacia atrás. Aún conservando el tono afable de una conversación ocasional, dijo el hombre:

—Tú quieres una sola cosa en este mundo tuyo, Sidra, y debes dejarme que te ayude a conseguirla.

—En el nombre del Cielo, ¿quién es usted?

—Soy la fuerza por la que rezabas. Ahora ven.

Afuera la noche era oscura como tinta, y después de que cogieron el coche de dos plazas de Sidra y emprendieron el viaje a Londres, el camino se hizo imposible de seguir. Como bordeaba el camino con cuidado, Sidra logró por último vislumbrar la línea blanca de cal que dividía la ruta, apenas iluminada por el débil resplandor aterciopelado que surgía del horizonte en medio de las tinieblas. Sobre sus cabezas, las estrellas de la Vía Láctea eran lejanas motas de polvo.

El viento sobre el rostro era agradable de sentir. Apasionada, imprudente y cabeza dura como siempre, presionó su pie sobre el acelerador, ansiosa de sentir crecer la fría brisa en sus mejillas. El viento hizo remolinear su pelo, que ondeó tras ella. Las ráfagas se deslizaban sobre el parabrisas y la rodeaban como una sólida corriente de agua fría. Aumentó su valor y confianza. Y lo mejor de todo, renovó su sentido del humor.

Sin volverse, preguntó:

— ¿Cómo se llama?

La respuesta llegó débil a través del ruido de la brisa.

— ¿Tiene importancia?

—Por cierto que la tiene. Suponga que tenga que llamarlo: ” ¡Ehh!” o “¿Cómo se llama…?” o “Querido señor…”

—Muy bien, Sidra. Llámame Ardis.

— ¿Ardis? Eso no es inglés, ¿no?

— ¿Tiene importancia?

—No sea tan misterioso. Por supuesto que importa. Intento identificarlo.

—Ya lo veo.

— ¿Conocía a Lady Sutton?

Alnorecibirrespuesta,lomiróysintióunligeroestremecimiento.Parecíatan misterioso con su cabeza delineada contra eloscurotrasfondodelcielocubiertode estrellas. Tenía los ojos fijos en un lugar vacío del vehículo.

— ¿Conocía a Lady Sutton? —repitió.

El asintió y Sidra devolvió su atención al camino. Habían salido del campo abierto y penetraban en los suburbios londinenses. Pequeñas casas agazapadas, todas iguales, todas de frentes chatos y colores sombríos, pasaban velozmente con el sordo dump, dump, dump producido por el desplazamiento del coche.

Todavía alegre, ella preguntó:

— ¿Hasta dónde va?

—Hasta Londres.

— ¿Londres dónde?

—Chelsea Square.

— ¿Square? Qué curioso. ¿Qué número?

—Ciento cuarenta y nueve. Ella se echó a reír con ganas.

—Su desfachatez es maravillosa —dijo recuperando el aliento, volviendo a contemplarlo—. Sucede que esa es mi dirección.

El asintió.

—Lo sé, Sidra.

Su risa se heló… no en su emisión, que apenas podía escuchar. Suprimiendo apenas otro gemido, volvió a mirar con fijeza el parabrisas, las manos temblorosas sobre el volante; sucedía que el hombre estaba sentado allí, en medio del torbellino, del viento, sin que se le moviera un pelo de la cabeza.

¡Por todos los Cielos! exclamó en su corazón. Qué tipo de oración he hecho… ¿quién es este monstruo?… Padre nuestro que estás en los Cielos, bendito sea tu… ¡Líbrame de él! No lo quiero. Si lo he pedido, conscientemente o no, ya no lo quiero. Quiero cambiar mi mundo. ¡Ahora! ¡Quiero que salga de aquí!

—Eso no funciona, Sidra —dijo él.

Sus labios se crisparon, pero aún continuó rezando: ¡Sacadlo de aquí! Cambiad todo… todo… sólo sacadlo de aquí. Que se desvanezca. Que las tinieblas lo devoren. Que se consuma, que se evapore…

—Sidra —gritó él—, ¡acaba con eso! —Le habló con severidad.— ¡No puedes quitarme del medio… es demasiado tarde!

Ella detuvo sus rezos, mientras el pánico la poseía y congelaba sus pensamientos.

—Una vez que has decidido cuál será tu mundo —le explicó cuidadosamente Ardis, como si fuera una niña—debes someterte a él. No puedes hacer cambios o alteraciones con tu mente. ¿No te lo han dicho?

—No —susurró—, no me lo dijeron.

—Bien, ahora lo sabes.

Estaba muda, entumecida y torpe. No tan torpe como endurecida. Siguió sus instrucciones sin una palabra, conduciendo hasta un pequeño, parque que se encontraba detrás de la casa, y aparcó allí. Ardis le explicó que deberían entrar a la casa por la puerta de servicio.

—No se entra abiertamente cuando se va a cometer un crimen. Sólo los criminales astutos de los libros lo hacen. En la vida real se descubre que es mejor ser cauteloso.

¡La vida real! pensó Sidra histéricamente cuando salían del coche. ¡Realidad! Esa Cosa en el refugio…

—Pareces tener experiencia —dijo ella en voz alta.

—A través del parque —respondió él, tocándole ligeramente un brazo—. No seremos vistos.

El sendero a través de los árboles era estrecho, y la hierba y los arbustos espinosos estaban muy crecidos. Ardis retrocedió y luego la siguió cuando ella atravesó el portal de hierro y entró. Se mantuvo unos pocos pasos tras ella.

—En cuanto a la experiencia —dijo—, sí… tengo bastante. Pero entonces, tú debes saber, Sidra.

Ella no sabía. No respondió. Arboles, matorrales y hierba eran espesos a su alrededor, y a pesar de que había atravesado ese parque cientos de veces, había allí algo de extraño y grotesco. No había vida… no, gracias a Dios por ello. No estaba todavía imaginando cosas, pero por primera vez advirtió qué esqueléticos y fantasmales se veían los árboles; como si cada uno de ellos hubiera participado en algún sórdido asesinato o suicidio todos estos años.

En medio del parque, una niebla húmeda la hizo toser y, tras ella, Ardis le palmeó comprensivamente la espalda. Sidra se estremeció como si hubiera un trozo de acero suplementario bajo la mano de él, y cuando dejó de toser y la mano aún permanecía sobre su hombro, supo que podría ser asaltada allí, en la oscuridad.

Se sacudió con rapidez. Logró desprender el brazo y corrió por el sendero, tambaleándose sobre sus tacones altos. Hubo una apagada exclamación de Ardis, y escuchó el amortiguado ruido de sus pasos persiguiéndola. El sendero conducía a una ligera depresión y atravesaba un pequeño estanque fangoso. La tierra se volvió húmeda y chupaba sus pies. En medio de la calidez de la noche su piel comenzó a cubrirse de sudor, pero el sonido de pasos estaba muy cerca tras ella.

Su aliento se hizo ahogado, y cuando el sendero se desvió y comenzó a descender, sintió que los pulmones le explotaban. Le dolían las piernas y le pareció que en cualquier instante rodaría por el suelo. Borrosamente, vio a través de los árboles el portal de hierro del otro extremo del parque, y con la poca fuerza que aún le quedaba, redobló los esfuerzos por alcanzarlo.

¿Pero qué, se preguntó con aturdimiento, qué después de eso? El me atrapará en la calle… quizás antes de la calle… Debería haber vuelto hacia el coche… Podría haber conducido… Yo…

La aferró por los hombros cuando pasaba el portal y ella a podría haberse entregado entonces. Luego oyó voces y vio figuras en el otro lado de la calle.

— ¡Eh,ustedes!—gritó,ycorrióhaciaellos,suszapatostaconeandosobreel pavimento. Al acercarse, aún libre por el momento, las personas se dieron vuelta.

—Lo siento —balbuceó—. Creí haberlos reconocido… Estaba atravesando el parq… Se detuvo bruscamente. Finchley, Braugh y Lady Sutton la estaban contemplando.

— ¡Sidra, querida! ¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le preguntó Lady Sutton. Irguió su gorda cabeza para examinar el rostro de Sidra, luego dio un ligero codazo a Braugh y Finchley—. La chica ha estado corriendo a través del parque. Atiende a mis palabras, Chris, está un poco loca.

—Parece como si la hubieran perseguido —respondió Braugh. Se movió a un costado y espió por encima del hombro de Sidra, su cabeza blanca brillando bajo la luz estelar.

Sidra contuvo la respiración y por último miró a su alrededor. Ardis estaba junto a ella, calmo y afable como siempre. Está allí, pensó desconsoladamente, no tiene sentido tratar de explicar. Nadie la creería. Nadie la ayudaría.

—Tan sólo un poco de ejercicio —dijo—. Es una noche tan hermosa.

— ¡Ejercicio! —resopló Lady Sutton—. Ahora sé que estás chiflada.

— ¿Por qué te has largado así, Sidra? Bob estaba furioso.

Recién acabamos de traerlo a casa.

—Yo… —Era una locura. Ella había visto a Finchley desvanecerse a través del velo de fuego hacía menos de una hora… desvanecerse en un mundo de su propia elección. Y a pesar de. todo aquí estaba él haciendo preguntas.

—Finchley está en su mundo —murmuró Ardis—. Y también aquí.

—Pero eso es imposible —exclamó Sidra—, No puede haber dos Finchley.

— ¿Dos Finchley? —repitió Lady Sutton—. ¡Ahora sé dónde has estado y qué te ha pasado, muchacha! Estás borracha. Total y desagradablemente borracha. ¡Corriendo a través del parque! ¡Ejercicio! ¡Dos Finchley!

¿Y Lady Sutton? Pero ella estaba muerta. ¡Tenía que estarlo! La habían asesinado hacía menos de…

—Ese era otro mundo, Sidra —murmuró Ardis—. Este es tu nuevo mundo, y Lady Sutton pertenece a él. Todos pertenecen a él… excepto tu marido,—Pero… ¿aún cuando ella esté muerta?

— ¿Quién está muerta? —preguntó Finchley, sobresaltado.

—Creo —dijo Braugh—que es mejor que la subamos y la metamos en la cama.

—No —dijo Sidra—. No… es necesario… ¡en verdad! Ya estoy bien.

—Oh, dejémosla —gruñó Lady Sutton. Recogió su chaqueta alrededor del tonel de su cintura y se alejó—. Ya conocéis nuestro lema, amigos míos: “No interferir.” Te veremos a ti y a Bob en el refugio la semana próxima, Sidra. Buenas noches…

—Buenas noches…

FinchleyyBraughsealejarontambién…lastresfigurasseintrodujeronenlas sombras, desvaneciéndose en medio de la niebla. Mientras desaparecían, Sidra oyó que Braugh decía:

—El lema debería ser “Desvergüenza”.

—No tiene sentido —respondió Finchley—. La vergüenza es una sensación que buscamos tanto como las otras. Es redund…

Luego se fueron.

Y con el retorno de ese escalofrío atemorizador, Sidra advirtió que ellos no habían visto a Ardis… ni lo habían oído… ni siquiera habían advertido su…

—Naturalmente —interrumpió Ardis.

— ¿Cómo naturalmente?

—Lo comprenderás más tarde. Ahora tenemos un asesinato ante nosotros.

— ¡No!—gritó ella, retrocediendo—. ¡No!

— ¿Qué es esto, Sidra? Y pensar que has estado deseando este momento por tantos años. Lo has planeado, festejado…

—Estoy… demasiado trastornada… nerviosa.

—Te calmarás. Vamos.

Caminaron juntos unos pocos pasos por la estrecha calle, doblaron por el sendero de grava y atravesaron el portal que conducía a la parte trasera. Cuando Ardis estiró la mano para coger el pomo de la puerta de servicio, vaciló y se volvió hacia ella.

—Este —dijo—es tu momento, Sidra. Comienza ahora. Llegó el momento de romper la cadena y cobrar el precio de una vida llena de agonía. Este es el día en que equilibrarás la cuenta. El amor es bueno… el odio es mejor. El olvido es una virtud frívola… ¡la pasión lo consume todo y es el fin de toda la vida!

Él empujó la puerta abierta, la aferró de un codo y la arrastró a la despensa. Estaba oscura y llena de curiosos recovecos. Se movieron en la oscuridad cautelosamente, alcanzaron la puerta giratoria que daba a la cocina y la empujaron, entrando en ésta. Sidra lanzó un gemido ahogado y aflojó su cuerpo contra el de Ardis.

Había sido la cocina alguna vez. Ahora los hornos y fregaderos, estantes y mesas, sillas, armarios empotrados, todo se veía muy amenazador y entremezclado, como el laberinto de una jungla enloquecida. Una chispa de azul intenso brillaba en el suelo, y a su alrededor retozaban un buen número de sombras cantarinas.

Eran humo solidificado… gas semilíquido. Sus interiores traslúcidos se retorcían e interactuaban con el nauseabundo bullir del estiércol viviente. Era como mirar a través de un microscopio, pensó Sidra, esas criaturas de fétidos cuerpos sanguinolentos que cubren una corriente de agua estancada, que llenan un pantano con emanaciones fétidas… y lo más asqueroso de todo, era que cada una de ellas formaba una ondeante y borrascosa imagen de su marido. Veinte Robert Peel, gesticulando obscenamente y cantando un coro susurrante:

Quis multa gracilis te puer in rosa Perfusus liquidis urget odoribus Grato, Sidra, sub antro?

— ¡Ardis! ¿Que es esto?

—No lo se, Sidra.

—Pero estas formas…

—Encontraremos la salida.

Veinte emanaciones saltarinas apiñadas alrededor de ellos, aún cantando. Sidra y Ardis fueron conducidos hacia adelante y quedaron de pie en el borde de esa chispa con forma de zafiro que ardía en el aire a unas pulgadas del suelo. Dedos gaseosos empujaban y tanteaban a Sidra, pellizcándola y pinchándola mientras las figuras azules hacíancabriolasylanzabanrisassiseantes,palmeándoselasnalgasdesnudascon éxtasis espectrales.

Un latigazo sobre el brazo de Sidra la hizo sobresaltar y lanzar un grito, y cuando miró hacia abajo vio incontables puntos de sangre brotar de la blanca piel de su muñeca. Y mientras contemplaba aturdida los encantamientos descorporizados, Ardis le levantó la muñeca hasta los labios. Luego levantó su propia muñeca hasta los labios de Sidra y esta sintió el gusto salobre de la sangre de él.

— ¡No! —jadeó—. No lo creo. Usted me está haciendo ver todo esto.

Se dio vuelta y corrió hacia la habitación auxiliar de la cocina. Ardis se mantuvo detrás y cerca de ella. Y las formas azules aún siseaban un coro monótono:

Qui nunc te fruitur credulus áurea

Qui semper vacuam, semper amabilem, Sperat, nescius aurae Fallacia…

Cuando alcanzaron el pie de las envolventes escaleras que conducían a los pisos superiores,Sidraseaferróalabalaustradaparasostenerse.Conlamanolibrese restregó la boca para quitar el gusto salobre que le revolvía el estómago.

—Creo que tengo una idea de qué era todo eso —dijo Ardis. Ella lo contempló.

—Una especie de ceremonia de compromiso —dijo con tono indiferente—. ¿Has leído sobre algo parecido antes, no? Curioso, ¿no lo has hecho? Hay algunas influencias poderosas en esta casa. ¿Reconoces a aquellos fantasmas?

Ella sacudió la cabeza cansadamente. ¿Qué sentido tenía pensar… hablar?

— ¿No, eh? Tenemos que ver ese asunto. Nunca me preocupo por aparecidos no solicitados. No tendremos ninguno de estos disparates en el futuro… —Calló por un momento, luego señaló hacia las escaleras.—Tu marido está allí arriba, eso creo. Continuemos.

Ascendieron trabajosamente por las retorcidas y tenebrosas escaleras, y los últimos vestigios de sanidad de Sidra se esforzaron, paso a paso, con ella.

Uno: Subes las escaleras. ¿Escaleras que se dirigen a dónde? ¿A más locuras? ¡Esa maldita Cosa en el refugio!

Dos: Esto es el infierno, no la realidad.

Tres: O una pesadilla. ¡Sí! una pesadilla. La langosta de anoche. ¿Dónde estuvimos anoche, Bob y yo?

Cuatro: Querido Bob. ¿Por qué yo siempre…? Y este Ardis. Sé porqué me es tan familiar. Porque casi lee mis pensamientos. El es probablemente algún…

Cinco: …joven simpático que juega tenis en la vida real¿Distorsionado por un sueño. Sí.

Seis… Siete…

—No te apresures —dijo Ardis con cautela.

Ella se detuvo en donde se encontraba y miró fijamente. No había más gritos o estremecimientos en ella. Simplemente contempló la cosa que colgaba con cabeza retorcida desde el madero sobre la plataforma de la escalera. – Era su marido, fláccido y volátil, suspendido en el extremo final de una cuerda para tender la ropa.

Lafláccidafigurasebalanceabasiempremuyligeramente,comoeldelicado movimiento de un péndulo mayúsculo. La boca estaba contorsionada en una mueca sardónica y los ojos saltaban de sus órbitas y miraban hacia ella con impúdico humor. Vagamente, Sidra fue consciente de que los escalones ascendentes conducían a través de la forma retorcida.

—Unid las manos —dijo el despojo con tono sacrosanto.

— ¡Bob!

— ¿Tu marido? —exclamó Ardis.

—Queridos amigos —comenzó el despojo—, nos hemos reunido bajo el signo de Dios y de cara a esta compañía para unir a este hombre y esta mujer en sagrado matrimonio; que es… —La voz retumbó una y otra vez.

— ¡Bob! —dijo Sidra con voz ronca.

— ¡Arrodillaos! —ordenó el despojo.

Sidra se hizo a un lado y corrió pesadamente escaleras arriba. Tropezó un instante sin resuello, luego las fuertes manos de Ardis la aferraron. Tras ellos el sombrío despojo entonaba:

—Os declaro marido y mujer.

— ¡Ahora debemos ser rápidos! —susurró Ardis—. ¡Muy rápidos! Pero en la parte superior de las escaleras Sidra hizo su último intento por liberarse. Abandonó toda esperanza de sanidad, de comprensión. Todo lo que quería era libertad y un lugar donde poder sentarse en soledad, libre de las pasiones que la cercaban, consumiendo sus entrañas. No se dijo una palabra, ningún gesto fue hecho. Se alzó hasta arriba y encaró a Ardis. Era una de esasocasiones,comprendió,enqueunoluchacontrapetroglifos tallados en roca prehistórica.

Por unos minutos estuvieron parados, contemplándose uno al otro en la sala oscura. A su derecha estaba el pozo descendente de las escaleras; a la izquierda, el dormitorio de Sidra; detrás de ellos el corto pasillo que conducía al estudio de Peel… hacia la habitación donde él tan inconscientemente esperaba la muerte. Sus ojos se encontraron, chocaron y batallaron en silencio. Y a pesar de que Sidra sostenía esa profunda y brillante mirada, sabía —con un agonizante sentido de desesperación—que sería derrotada.

Ya no había voluntad ni fuerza ni valor en ella. Peor, por alguna espectral osmosis parecía haberse vaciado en el hombre que la encaraba. Mientras luchaba advirtió que su rebelión era similar a la de una mano o un dedo contra el cerebro guía.

Sólo pronunció una frase:

— ¡Por el amor de Dios! ¿Quien es usted? Y otra vez él respondió:

—Lo descubrirás… pronto. Pero creo que ya lo sabes. Creo que lo sabes.

Inerme,ellasediovueltaypenetróensudormitorio.Allíhabíaunrevólvery comprendió que debía conseguirlo. Pero cuando abrió de un tirón el cajón e hizo a un lado los montones de ropas de seda para cogerlo, sintió que éstas eran pastosas y húmedas. Al vacilar, Ardis estiró un brazo por detrás de ella y cogió el arma. Aferrado a la culata, un dedo fuertemente enganchado en el gatillo, había una mano, el muñón de la muñeca coagulado y desgarrado.

Ardis chasqueó la lengua y trató de arrancar la mano perdida. No pudo hacerlo. Apretó y retorció un dedo al mismo tiempo y entonces ese desecho de mano repugnante apretó el arma con más fuerza aún. Sidra estaba sentada en el borde de la cama como una niña, contemplando el espectáculo con ingenuo interés, notando cómo los quebradizos músculos y tendones del muñón se flexionaban ante el esfuerzo de Ardis.

Había una serpiente carmesí brotando por debajo de la puerta del baño. Se retorcía a través del suelo de madera, espesándose en un riacho cuando tocó suavemente su falda. Cuando Ardis arrojó con ira el arma al suelo, advirtió el cauce. Caminó con rapidez hacia el baño y abrió la puerta de un empujón, la cerró de un portazo un segundo más tarde. Sacudió la cabeza de Sidra y dijo:

— ¡Vamos!

Ella asintió mecánicamente y se incorporó, indiferente a la falda empapada que se pegaba contra sus tobillos. En el estudio de Peel, dio vueltas el picaporte de la puerta cuidadosamente, hasta que un débil chasquido le advirtió que la cerradura estaba abierta, luego empujó la puerta. La hoja se abrió por completo para revelar el estudio de su marido en penumbras. El escritorio se hallaba ante las altas cortinas de la ventana y Peel estaba sentado ante él, de espaldas a ellos. Estaba encorvado sobre un candelero o una lámpara o alguna fuente de luz que formaba un halo alrededor de su cuerpo y lanzaba flujos oscilantes. En ningún momento se movió.

Sidra avanzó de puntillas, luego hizo una pausa. Ardis se llevó un dedo a los labios y se movió como un rápido gato hacia el hogar apagado, donde levantó un pesado atizador de bronce. Lo llevó hasta Sidra y se lo ofreció con gestos de urgencia. Los dedos de ella lo aferraron como si hubieran sido hechos para matar.

Venciendo lo que le impedía avanzar, dio unos pasos y alzó el atizador sobre la cabeza de Peel, mientras algo débil y enfermizo dentro de ella lloraba y rezaba; lloraba, rezaba y gemía como los quejidos de un niño con fiebre. Como agua derramada, las últimas pocas gotas de autodominio temblaron antes de desaparecer al unísono.

Luego Ardis la tocó. Sus dedos se apretaron contra la región lumbar y una carga de bestialidad sacudió su columna con crueles y punzantes estímulos. Al brotar todo el odio, la rabia y la lívida reivindicación, elevó el atizador y lo descargó sobre la aún inmóvil cabeza de su marido.

Toda la habitación estalló en una explosiónsilenciosa. Las luces fulguraron y las sombras hicieron remolinos. Sin misericordia, aporreó y machacó el cuerpo caído que había sido derribado de la silla al suelo. Lo golpeó una y otra vez su aliento escapaba como un silbido histérico—hasta que la cabeza quedó aplastada, convertida en una masa sangrienta. Sólo entonces dejó caer el atizador y retrocedió tambaleante.

Ardis se arrodilló junto al cuerpo y lo dio vuelta.

—Está totalmente muerto. Este es el momento por el cual has rezado, Sidra. ¡Eres libre!

Ella miró hacia abajo con horror. Torpemente, desde la alfombra ensangrentada, un rostro muerto miraba hacia atrás. Mostraba el contraído y muy estirado rostro, los ojos y el cabello azabaches cayendo sobre una ceja como el pico de un cuervo. Gimió cuando la comprensión llegó a ella. El rostro dijo:

—Esta es Sidra Peel. En este hombre que has matado te has asesinado a ti misma… asesinado la única parte de ti que podía salvarse.

— ¡Ayyy…! —gritó ella y se abrazó a sí misma, rodando en agonía.

—Mírame bien —dijo el rostro—. Pues mi muerte ha roto una cadena… sólo para encontrar otra.

Y ella supo. Comprendió. Pues a pesar de que aún rodaba y gemía en una agonía inacabable, vio que Ardis se incorporaba y avanzaba hacia ella con los brazos extendidos. Sus ojos brillaban como horribles estanques y sus brazos eran zarcillos de su propia pasión insatisfecha, anhelante, que la inundaba. Una vez abrazados, ella supo que allí no habría escape… escape de este matrimonio enfermizo que su propia lujuria nunca dejaría de acariciar.

Así sería por siempre jamás el nuevo mundo feliz de Sidra. IV

Después de que los otros habían pasado el velo, Christian Braugh aún permanecía en el refugio. Encendió otro cigarrillo con una simulación de aplomo perfecto, arrojó la cerilla y luego llamó:

—Ehh… ¿Señor Cosa?

— ¿Qué ocurre, señor Braugh?

Braugh no pudo evitar un ligero sobresalto ante esa voz que surgía de ninguna parte.

—Yo… bien, el hecho es que me he demorado para charlar.

—Pensé que lo haría, señor Braugh.

—Lo pensó, ¿eh?

—Su hambre insaciable de material fresco no es un misterio para mí.

— ¡Oh! —Braugh miró a su alrededor nerviosamente—. Ya veo.

—No hay ningún motivo de alarma. Nadie podrá oírnos. Su mascarada permanecerá sin descubrir.

— ¿Mascarada?

—Usted no es en realidad un mal tipo, señor Braugh. Nunca perteneció a la camarilla del refugio Sutton.

Braugh rió sardónicamente.

—Y no es necesario continuar su farsa ante mí —continuó la voz de manera amistosa—. Sé que la historia de sus muchos plagios es simplemente otra maquinación de Christian Braugh.

— ¿Lo sabe?

—Por supuesto. Usted creó esa leyenda para lograr entrar en el refugio. Durante años ha estado jugando el rol del falso pícaro, a pesar de que su sangre corre fría algunas veces.

— ¿Y sabe por qué hice eso?

—Ciertamente. Como hecho práctico, señor Braugh, yo lo sabía casi todo, pero debo confesar que hay algo en usted que me desconcierta.

— ¿Qué es?

— ¿Porqué,coneseapetitoinsaciablepormaterialfresco,noestácontentocon trabajar como los otros autores, con lo que conocía? ¿Por qué ese enfermizo deseo de material único… de campos absolutamente vírgenes? ¿Por qué deseaba pagar un precio tan amargo y exorbitante por unos pocos gramos de originalidad?

— ¿Por qué? —Braugh tragó el humo y lo exhaló entre sus dientes apretados.—Lo comprendería si fuera humano. ¿Supongo que usted no…?

—Esa pregunta no puede ser respondida.

—Entonces le diré el porqué. Es algo que ha estado torturándome toda la vida. Un hombre nace con imaginación.

—Ah… imaginación.

—Si la imaginación es ligera, un hombre siempre encontrará en el mundo una fuente de profunda e inagotable maravilla, un lugar de muchos deleites. Pero si su imaginación es fuerte, vivida, incansable, considerará al mundo como un lugar penoso… ¡un diamante sin pulir ante las maravillas de sus propias creaciones!

—Hay maravillas que sobrepasan todas las imaginaciones.

— ¿Para quiénes? No para mí, mi invisible amigo; ni para ninguna criatura apegada a la tierra, a la carne. El hombre es algo penoso. Nace con la imaginación de los dioses y por siempre pegado a un redondo terrón de arcilla y saliva. Yo tengo dentro de mí lo único, el ego, la fértil greda de un espíritu intemporal… ¡y toda esa riqueza está envuelta en una parcela de piel que pronto se corrompe!

—Ego… —musitó la voz—. Eso es algo que, ¡ala!, ninguno de nosotros puede comprender. En ningún lugar del cosmos conocido, salvo vuestro planeta, se lo puede encontrar, señor Braugh. Es algo atemorizador y a veces me convence que la suya es una raza que puede… —la voz se quebró abruptamente.

— ¿Qué puede…? —interrogó Braugh, atento.

—Vamos —dijo la Cosa enérgicamente—, hay menos obligación con usted que con los otros, y le concederé el beneficio de mi experiencia. Déjeme ayudarlo a seleccionar una realidad.

Braugh hizo hincapié en la palabra:

— ¿Menos?

Y otra vez fue ignorada su pregunta.

— ¿Elegirá alguna otra realidad de su propio cosmos o está satisfecho con la que ya tiene? Puedo ofrecerle mundos vastos y mundos diminutos; grandes seres que sacuden el espacio y llenan los vacíos con sus truenos; seres diminutos de encanto y perfección en los que su percepción apenas roza el timbre sensitivo de sus pensamientos. ¿Le apetece el terror? Puedo darle una realidad de estremecimientos. ¿Belleza? Puedo mostrarle realidades de éxtasis infinito. ¿Dolor? ¿Tortura? Cualquier sensación. Nombre una, muchas, todas. Diseñaré para usted una realidad que superará esos enormes conceptos suyos.

—No —respondió Braugh un momento después—. Los sentidos son siempre, cuando mucho, sentidos… y con el tiempo se aburren de todo. No puede satisfacer la imaginación con crema batida, con formas y sabores nuevos.

—Entonces puedo enviarlo a mundos extradimensionales que pasmarán a su imaginación.Conozcounsistemaqueloentretendráparasiempreconsu incongruencia… donde, si se tiene pena uno se rasca una oreja, o su equivalente, donde si se ama uno se toma un refresco, si se muere uno se ríe a carcajadas… He visto una dimensión en la cual se puede realizar seguramente lo imposible; donde los sentidos cotidianos rivalizan en la composición de paradojas animadas, y donde el simple hecho de la propia introspección es llamado “chrythna”, es decir “cursi” en la jerga norteamericana.

“¿Desea probar las emociones de orden clásico? Puedo llevarlo a un mundo de n dimensiones donde, una por una, puede consumir los intrincados matices de veintisiete emociones primarias —siempre tomando notas, por supuesto—y entonces pasar a combinaciones y permutaciones de la suma de veintisiete elevado a la veintisiete. Matemáticamente se diría: 27 x 1027. Vamos, ¿no cree que podría gozarlas?

—No —dijo Braugh con impaciencia—. Es obvio, mi amigo, que usted no comprende el ego de un hombre. El ego no es un niño que pueda ser entretenido con juegos, y sin embargo es un niño que anhela lo que no puede obtener.

—Usted parece ser del tipo animal que no ríe, señor Braugh. Se ha dicho que el hombre es el único animal que ríe de la tierra. Apartad el humor y sólo queda el animal. No tiene usted sentido del humor, señor Braugh.

—El ego —continuó intentándolo Braugh—desea sólo lo que no espera obtener. Una vez poseído algo, ya no se lo desea. ¿Puede usted garantizarme una realidad en la que pueda tener algo que desee porque no tengo posibilidad de obtenerlo, y esa misma posesión no romper la calidad de mi deseo? ¿Puede usted hacer eso?

—Me temo —respondió la voz con un ligero tono divertido—que las razones de su imaginación son demasiado tortuosas para mí.

—Ah —musitó Braugh, casi para sí mismo—. Temía eso. ¿Por qué la creación parece estar hecha para individuos de segunda categoría, ni siquiera la mitad de listos que yo?

¿Por qué esa mediocridad?

—Usted busca obtener lo inobtenible —argumentó la voz con tono razonable—y por medio de ese acto no lo obtiene. La contradicción está en su interior. ¿Le gustaría ser cambiado?

—No… no, no me cambien. —Braugh sacudió la cabeza. Se quedó ensimismado en sus pensamientos, luego hizo un gesto y aplastó su cigarrillo.—Hay una única solución para mi problema.

— ¿Y es?

—Una sustitución. Si no se puede satisfacer un deseo, se debe explicar cómo funciona. Si un hombre no puede encontrar amor, escribe un tratado psicológico sobre la pasión. Haré cuando mucho lo mismo…

Se encogió de hombros y se movió en dirección al velo. Hubo una especie de risita tras él y la voz preguntó:

— ¿Adonde te conduce tu ego, oh ser humano?

—A la verdad de las cosas —gritó Braugh—. Si no puedo satisfacer mis ansias, al menos encontraré la causa de mis ansias.

—Sólo encontrará la verdad en el infierno o en el limbo, señor Braugh.

— ¿Por qué?

—Porque la verdad es siempre infernal.

—Y el infierno es verdadero, no hay duda. No importa, iré allí… infierno o limbo, donde pueda encontrar la verdad.

—Puede que encuentres satisfactorias las respuestas, oh ser humano.

—Gracias.

—Y puede que aprendas a reír.

Pero Braugh ya no oía, pues había pasado el velo.

Se encontró de pie ante una gran mesa de despacho —casi un pupitre de juez—tal alta como su cabeza. Alrededor de él no había nada más. Una niebla sulfurosa lo llenaba todo, encubriendo todo excepto ese imponente pupitre. Braugh echó la cabeza hacia atrás y espió por encima. Contemplándolo desde el otro lado había una cara diminuta, vieja como el pecado, con grandes patillas y ojos bizcos. Se alzaba sobre una pequeña cabeza arrugada cubierta con un bonete. Como el bonete de mago.

O un bonete de burro, pensó Braugh.

Tras la cabeza, distinguió vagamente estantes de libros en fila con etiquetas que decían: A—AB, AC—AD y así sucesivamente. Algunos tenían etiquetas curiosas: # —, & —1/ 4, * —c. Incomprensible. Habían también un brillante pote de tinta y un tintero con pluma de ave. Un enorme reloj de arena completaba el cuadro. Dentro del reloj una mosca que había perdido un ala se arrastraba vacilante sobre la arena.

— ¡S—orprendente! ¡AS—ombroso! ¡IN—creíble! —dijo el hombrecillo con voz ronca. Braugh se sintió fastidiado.

El hombrecillo se encorvó hacia él como Quasimodo y acercó todo lo posible su rostro de clown al de Braugh. Estiró un dedo lleno de bultos y punzó a Braugh cuidadosamente. Estaba estupefacto. Se reclinó hacia atrás y vociferó:

— ¡THAMM—uz! ¡DA—gon! ¡TIMM—son!

Hubo un bullicio invisible y otros tres hombrecillos se asomaron tras el pupitre y atisbaron a Braugh. La inspección duró unos minutos. Braugh estaba irritado.

—Muy bien —dijo—. Es suficiente. Decid algo. Haced algo.

— ¡Habla! —exclamaron con incredulidad—. ¡Está vivo!

—Juntaron sus naricesyparlotearonconrapidez—.Quécosa—sorprendenteDagon habla Riminon puede estar vivo y ser humano Belial debe haber una razón para esto Thammuz si piensas eso yo no lo puedo afirmar.

Luego se detuvieron.

Una inspección posterior.

—Averigüemos cómo llegó aquí —dijo uno.

—Eso no es todo. Averigüemos qué es. ¿Animal? ¿Vegetal? ¿Mineral?

—Averigüemos de dónde viene —dijo un tercero.

—Hay que ser cuidadosos con los extraños, ya lo sabéis.

— ¿Por qué? Somos absolutamente invulnerables.

— ¿Eso crees? ¿Qué me dices de una visita del Ángel de Azrael?

— ¿Quieres decir el áng…?

— ¡No lo digas! ¡No lo digas!

Estallóunaferozdiscusión,mientrasBraughgolpeteabaelsueloconunpie, impaciente. Aparentemente llegaron a una conclusión. El hechicero N° 1 extendió un dedo acusador hacia Braugh y dijo:

— ¿Qué está haciendo aquí?

—El asunto es, ¿dónde estoy? —replicó con brusquedad Braugh.

El hombrecillo se volvió hacia sus hermanos Thammuz, Dagon y Rimmon.

—Quiere saber dónde está —dijo sonriendo con afectación.

—Entonces díselo, Belial.

—Adelante, Belial. No podemos continuar así eternamente.

— ¡Tú! —Belial se volvió en dirección a Braugh—. Esta es la Administración Central, el Control Central Universal; Belial, Rimmon, Dagon y Thammuz, actuando en nombre de El Supremo.

— ¿Que sería Satán?

—No se permite tanta familiaridad.

—He venido aquí a ver a Satán.

— ¡Quiere ver al Señor Lucifer! —Estaban consternados. Luego Dagon golpeó a los otros con sus agudos codos y se colocó un dedo sobre la nariz con mirada astuta.

—Espía —dijo. Para redondear, hizo un gesto significativo hacia arriba.

— ¡No digas eso, Dagon! ¡No lo digas!

—Se sabe que sucede —dijo Belial, haciendo pasar las hojas de un gigantesco libro mayor—. En verdad no está registrado aquí. No hay declaraciones inventariadas para…—Hizo girar el reloj de arena, irritando a la mosca.—…para seis horas.

Noestámuertoporquenohiede.Noestávivoporquesólosonconvocadoslos muertos. La cuestión es: ¿Qué es y qué debemos hacer con él?

—Adivinación. Absolutamente infalible —dijo Thammuz.

—Gran mente, ese es Thammuz.

— ¿Nombre? —Belial dirigió su mirada a Braugh.

—Christian Braugh.

— ¡El lo dijo! ¡El dijo! ¡No fuimos nosotros!

—Probemos la Onomancia —dijo Dagon—. C, tercera letra. H, octava letra. R, decimoctava letra, y etcétera. Es correcto, Belial; deletrear no es lo mismo que decir. Haz la suma total. Dóblala y agrégale diez. Divídela por dos y medio, luego sustráela al total original.

Contaron, sumaron, dividieron y restaron. Las plumas de ave crujieron sobre el pergamino; se escuchó un sonido zumbante. Por último Belial interrumpió su escritura y lo escrutó dubitativamente. Todos se escrutaron entre ellos. Como un solo hombre, se encogieron de hombros y rompieron las cuentas.

—No puedo entenderlo —se quejó Rimmon—. Siempre nos da cinco.

—No importa. —Belial fijó en Braugh una mirada severa.— ¡Tú! ¿Cuándo has nacido?

—Diciembre dieciocho, mil novecientos treinta.

— ¿Hora?

—Doce y cuarto de la tarde.

— ¡Cartas estelares! —ordenó Thammuz—. ¡Lo genetlíaco nunca falla!

Nubes de polvo hicieron toser a Braugh mientras exploraban a fondo los estantes que se hallaban tras ellos y extraían pesadas hojas de pergamino que desenrollaron como cortinillas. Esta vez tardaron quince minutos en obtener sus resultados, que volvieron a examinar cuidadosamente y volvieron a romper.

—Es curioso —dijo Rimmon.

— ¿Por qué siempre resulta haber nacido bajo el signo de la Marsopa? —dijo Dagon.

—Quizá es una marsopa.

—Es mejor que lo llevemos al laboratorio para una revisión. El se irritará mucho si hacemos una chapuza.

Se apoyaron sobre el pupitre y le hicieron señas. Braugh resopló y obedeció. Rodeó el costado del pupitre y se encontró ante una puertecita enmarcada en libros. Los cuatro pequeños Administradores Centrales brincaron del escritorio y lo escoltaron. Tuvo que inclinarse para poder verlos; apenas si le llegaban a la cintura.

Braugh entró en el laboratorio infernal. Era una habitación circular con techo bajo, suelo y paredes de azulejos, alacenas y estantes repletos de cristalería polvorienta, artefactos de alquimia, libros, huesos y botellas, ninguna de ellas etiquetada. En el centro había una larga y chata piedra de molino. El agujero eje tenía un aspecto chamuscado, pero no había ninguna chimenea sobre él.

Belial hurgó en un rincón, moviendo paraguas y hierros de herrar, y extrajo un puñado de palillos secos.

—Fuegos de altar —dijo y tropezó. Los palillos volaron por los aires. Braugh comenzó a levantar los pedazos de madera con aire solemne.

— ¡Sortilegio! —chilló Rimmon. Extrajo de un tirón un reluciente lagarto de una caja y comenzó a escribir en su lomo con un trozo de carbón, advirtiendo el orden en el cual Braugh levantaba los fuegos de altar.

— ¿Hacia dónde es el este? —preguntó Rimmon, arrastrándose tras el lagarto, que parecíaentregadoasupropiosasuntos.Thammuzseñalóhaciaabajo.Rimmon agradeció con la cabezaycomenzóunaenvolventecomputaciónsobreellomodel lagarto. Gradualmente su mano se movió con más lentitud. Por ese entonces Braugh habíaapiladolamaderasobreelaltar.Rimmonsosteníaellagartoporlacola, sorprendido de sus notaciones. Por último lo levantó y lo empujó bajo las maderas. Encendió el fuego de inmediato.

—Salamandra —dijo Rimmon—. ¿No está mal, eh? Dagon estaba inspirado.

— ¡Piromancia! —corrió hacia las llamas, introdujo la nariz a una pulgada del fuego y cantó—. Aleph, beth, gimel, daleth, he, vau, zayin, cheth…

Belial se movió inquieto y musitó a Thammuz:

—La última vez que intentó eso cayó dormido.

—Es el hebreo —dijo Thammuz, como si pensara que eso era una explicación.

El canto se desvaneció y Dagon, los ojos arrobadoramente cerrados, se deslizó hacia las llamas crepidantes.

—Lo hizo de nuevo —dijo Belial entre dientes.

Arrastraron a Dagon fuera del fuego y le abofetearon el rostro hasta que sus bigotes dejaron de arder. Thammuz olfateó el hedor del pelo quemado, luego señaló el humo que flotaba sobre sus cabezas.

—Capnomancia —dijo—. No puede fallar. Por fin podremos descubrir qué es.

Los cuatro juntaron las manos e hicieron cabriolas alrededor del humo, soplándolo con labios fruncidos. Este desapareció en un momento. Thammuz parecía irritado.

—Falló.

—Sólo porque eso no se ligó. Contemplaron agriamente a Braugh.

— ¡Tú tienes la culpa!

—No del todo —dijo Braugh—. No estoy ocultando nada. Por supuesto, no creo ni una pizca de lo que sucede aquí, pero eso no tiene importancia. Tengo todo el tiempo del mundo.

— ¿No tiene importancia? ¿Qué quieres decir con eso de que no crees?

—Vosotros no podéis hacerme creer que cuatro payasos tienen algo que ver con la verdad… y mucho menos con Su Majestad, el Padre Satán.

— ¿Qué?, so asno, nosotros somos Satán.

Luego bajaron las voces y buscaron oídos invisibles.

—Era una forma de decir. Sin ofensa. Una reverencia al valor del apoderado. —Sus indignaciones revivieron.—Pero tenemos el poder para indagar sobre ti. Te seguiremos las pisadas. Desgarraremos el velo, romperemos el sello, quitaremos la máscara, conoceremos todo con la Sideromancia. ¡Traed el hierro!

Dagon hizo rodar una pequeña carretilla llena de trozos de hierro, todos burdas imágenes de peces.

—Esta adivinación nunca falla —dijo a Braugh—. Coge una carpa… cualquiera de ellas.

Braugh seleccionó un pez de hierro al azar y Dagon se lo arrebató con irritación, arrojándolo en un diminuto crisol. Colocó éste en el fuego y Thammuz manejó un fuelle de mano hasta que el hierro estuvo al rojo vivo.

—No puede fallar —bufaba—. La sideromancia nunca falla.

Los cuatro esperaron y esperaron; Braugh nunca supo qué. Por último suspiraron.

—Falló —dijo Braugh.

—Probemos la Molibdomancia —sugirió Belial.

Asintieron y arrojaron el hierro en un caldero de plomo sólido. Este siseó y echó humo como si hubiera sido echado en agua. Al momento el plomo se fundió. Belial dio un golpecito sobre el caldero y el líquido plateado reptó sobre el suelo. Braugh quitó su pie delcamino.Belialformulósu“A”:“Mí—mí—mí—mí—mí—mí—Mííííííííí”,peroantesdeque pudiera comenzar su encantamiento hubo un chasquido similar al disparo de una pistola. Uno de los azulejos del suelo se había quebrado. El plomo líquido desapareció con un siseo y al instante siguiente una fuente de agua surgió a través del agujero.

—Otra vez reventaron los caños —dijo Belial.

— ¡Pegomancia! —gritó Dagon ansiosamente. Se aproximó a la fuente con mirada reverente, se arrodilló ante ella y comenzó un salmodeo monótono:

—Alif, ba’, ta’, tha’, jim, ha’, kha’, dal…

En treinta segundos sus ojos se cerraron extáticamente y se desplomó en el agua.

—Es el arábigo —dijo Thammuz—. Sequémoslo o cogerá la muerte.

Thammuz y Belial sujetaron a Dagon por los brazo, y lo arrastraron al fuego de altar. Dieron vueltas a la brillante hoguera varias veces y cuando estaban a punto de detenerse fue cuando Dagon dijo con ahogo:

—Mantenedme en movimiento, Giromancia.

—No. Aún resta el griego. Hagamos círculos. ¡Alpha, beta, gamma, delta, huy!

—No, la siguiente es épsilon —dijo Thammuz, y luego—: ¡huy!

Braugh se dio vuelta para ver qué estaban contemplando y agregó un ¡huy! más.

Una joven acababa de entrar al laboratorio. Tenía cabellos cortos y pelirrojos, y un encantador lado derecho cubierto de plomo. Su cobrizo cabello estaba echado hacia atrás con un nudo griego. Exhibía una expresión de exasperación y furia, y nada más. Braugh musitó otro ¡huy!

— ¡Con que sí! —acusó la joven—. Y otra vez. Cuántas veces más… —se interrumpió, corrió hasta una pared, cogió una prodigiosa retorta de cristal y la arrojó con fuerza. Mientras los pedazos aún tintineaban, dijo:

— ¡Cuántas veces os he dicho que detengáis estas tonterías u os denunciaré!:

Belial trató de restañar sus cortes sangrantes e hizo el esbozo de una sonrisa inocente.

— ¿No irás a contárselo a El, Astarté, no es cierto?

—No permitiré que sigan destrozando mi techo y arrojando cosas en mi despacho. Primero plomo fundido, luego agua; cuatro semanas de trabajo arruinadas. Mi escritorio Sheraton arruinado. —Retorció su torso y exhibió una cicatriz roja que le bajaba desde un hombro.— ¡Doce pulgadas de piel arruinadas!

—Te pagaremos los daños, Astarté.

— ¿Y quién me pagará el dolor?

—Lo mejor es el ácido tánico —dijo Braugh con seriedad—. Hiérvase un té bien fuerte y hágase una cataplasma. Alivia el dolor.

La cabeza rubia giró y Astarté alanceó a Braugh con sus serenos ojos verdes.

— ¿Quién es éste?

—No lo sabemos —tartamudeó Belial—. Llegó hasta mi pupitre y… Es por eso que nosotros… Debe haber una causa…

Braugh dio un paso adelante y tomó la mano de la joven.

—Soy humano. Vivo. Enviado aquí por uno de vuestros colegas; nombre desconocido. Me llamo Braugh. Christian Braugh.

La mano de ella era fresca y firme.

—Debe de haber sido… No importa. Mi nombre es Astarté. Yo también soy cristiana. Los de la Administración Central se taparon los oídos con las palmas de las manos para bloquear aquella mala palabra.

— ¿Cristianos en el personal de Satán? —Braugh estaba sorprendido.

—Algunos lo somos. ¿Por qué no? Todos lo éramos antes de La Caída. No hubo respuesta a esto.

— ¿Hay algún lugar donde podamos estar lejos de estos chapuceros?

—Siempre está mi despacho.

—Me gustan los despachos.

También le gustaba Astarté; mucho más que gustarle. Ella lo condujo a su despacho en el piso inferior, muy grande, muy impresionante, quitó un montón de papeles de trabajo de una silla y lo invitó a sentarse. Se repantigó ante la ruina de su escritorio y, después de una mirada malevolente al cielorraso, le pidió que contara su historia. Lo escuchó con atención.

—Inusual —dijo—. Buscas a Satán, el Señor del mundo inferior. Bien, este es el único infierno que hay, y El es el único Satán que existe. Estás en el lugar indicado.

Braugh estaba perplejo.

— ¿Infierno? ¿El Infierno de Dante? ¿Fuego, azufre y demás? Ella sacudió la cabeza.

—Sólo otro poeta que usaba su imaginación. Los tormentos reales son freudianos. Puedes discutir el asunto con Alighieri cuando te encuentres con él. —Sonrió al ver la expresión solemne de Braugh.—Todo esto nos conduce a algo vital. ¿Seguro que no estás muerto? A veces se olvida.

Braugh asintió.

—Hummm… —Le hizo una inspección interesada.—Lo sobrellevas muy bien. Yo nunca tuve nada con los vivos. ¿Seguro que estás vivo?

—Muy seguro.

— ¿Y cuáles son tus intereses con el Padre Satán?

—La verdad —dijo Braugh—. Quería saber la verdad sobre todo, y fui enviado aquí por una innominada Cosa. Pues el Padre Satán podría ser el proveedor oficial de la verdad más que… —Vaciló.

—Puedes decirlo, Christian.

—Más que Dios en el Cielo, no lo sé. Pero para mí la verdad es lo único digno de valor que puede apaciguar este maldito anhelo que me tortura. Así que me agradaría mucho tener una entrevista.

Astarté arañó el escritorio con sus uñas brillantes y sonrió.

—Esto se está poniendo delicioso —dijo. Se incorporó, abrió la puerta del despacho y señaló el corredor lleno de vapores sulfurosos—. Sigue derecho —dijo a Braugh—. Luego coge el primero a la izquierda. Mantente en él y no puedes perderte.

— ¿Volveré a verla? —le preguntó cuando partía.

—Me volverás a ver —rió Astarté.

Todo esto es demasiado ridículo, pensaba Braugh mientras avanzaba a través de la niebla amarilla. Has pasado un velo en busca de la Ciudadela de la Verdad. Has sido agasajado por cuatro hechiceros absurdos y una divinidad pelirroja. Luego sales por un corredor lleno de niebla, giras a la izquierda y sigues adelante en busca de una entrevista con el Conocedor de Todas las Cosas.

¿Y qué de mis ansias por lo inalcanzable? ¿Qué verdades se pueden extraer de todo esteasunto?¿Esquenohaysolemnidad,nidignidad,niautoridadquesepueda respetar? ¿Por qué toda esta mala comedia, esta payasada saturniana que invade todo el Infierno?

Giró a la izquierda en la esquina y se mantuvo en línea recta. El breve corredor acababa en un par de puertas de bayeta verde. Casi tímidamente, Braugh las abrió empujándolas y ante su gran sorpresa se encontró simplemente sobre un puente de piedra… casi como el Puente de los Suspiros, pensó. Tras él se encontraba la enorme fachada del edificio que acababa de dejar; una pared de bloques de azufre se extendía a izquierda y derecha y hacia arriba y abajo hasta perderse de vista. Ante él había un pequeñísimo edificio con forma de globo.

Caminó con rapidez a través del puente, pues las brumas que lo rodeaban lo hacían peligroso. Sólo hizo una pausa para reunir coraje ante el segundo par de puertas de bayeta, luego trató de aparentar un aire confiado y las empujó. No se llega, se dijo, ante Satán con indiferencia, pero hay tal cantidad de locura en el infierno que ésta se me ha pegado.

Era una habitación gigantesca, una especie de archivador, y una vez más Braugh se sintió aliviado de posponer un poco la pasmosa entrevista. El despacho era redondo como un planetario y estaba completamente lleno con una máquina sumadora tan vasta y enorme que Braugh no podía creer en sus ojos. Había cinco niveles de andamiajes ante el teclado y un pequeño oficinista apergaminado, que usaba espejuelos del tamaño de binoculares, corriendo de un lado a otro, subiendo y bajando, apretando teclas con velocidad lumínica.

Una excusa más para retrasar la amenazante entrevista con el Padre Satán. Braugh contempló al resollanteoficinistatrotaranteesosteclados,presionándoloscontanta rapidez que éstos repiqueteaban como cien motores fuera de borda. Este hombrecito, pensó Braugh, ha sido colocado a computar eternamente pecados totales y muertes totales, y toda suerte de estadísticas totales. El mismo parecía un total.

— ¡Hola, allí! —dijo Braugh en voz alta.

— ¿Qué sucede? —dijo el oficinista sin detenerse. Su voz era más apergaminada que su piel.

—Esas cifras no pueden esperar un instante, ¿no?

—Lo siento. No pueden.

— ¡Quiere usted detenerse un momento! —gritó Braugh—. Quiero ver a su jefe.

El oficinista llegó a un punto muerto y se dio vuelta, quitándose los espejuelos binoculares muy lentamente.

—Gracias —dijo Braugh—. Mire, buen hombre, me gustaría ver a Su Majestad Negra, el Padre Satán. Astarté dijo…

—Ese soy yo —dijo el viejo hombrecito. Las palabras dejaron sin aliento a Braugh.

Por un breve instante una sonrisa flotó y se desvaneció por el rostro apergaminado.

—Sí, ese soy yo, hijo. Soy Satán.

Y a pesar de toda su vivida imaginación, Braugh tuvo que creer. Se desplomó en el peldaño más bajo de la escalera que conducía al andamiaje. Satán rió entre dientes suavemente y tocó una tecla de la gigantesca máquina de sumar. Hubo un ruido de engranajes y luego se escuchó que un mecanismo quedaba libre. La máquina comenzó a cloquear con suavidad mientras las teclas se movían de modo automático.

Su Majestad Diabólica bajó penosamente las escaleras y se sentó junto a Braugh. Extrajounraídopañuelodesedaycomenzóalimpiarsusgafas.Eratansóloun agradable hombrecito sentadoamigablementejuntoaunextraño,dispuestoparaun chismorreo en el portal trasero. Por último dijo:

— ¿Qué tienes en mente, hijo?

—B—bien, su Alteza… —comenzó Braugh.

—Puedes llamarme Padre, hijo mío.

—Pero ¿debería? Quiero decir… —Braugh se interrumpió con embarazo.

—Bien,adivinoqueestásunpocopreocupadoporestosnegociosdelcieloyel infierno, ¿eh?

Braugh asintió.

Satán suspiró y sacudió la cabeza.

—No sé qué decirte con respecto a esto —dijo—. El hecho es, hijo, que todo es lo mismo. Naturalmente, en algunos lugares dejo correr la idea de que hay dos lugares. Es una forma de mantener a algunos tipos en la raya. Pero la verdad es que eso no es real. Soytodoloqueexiste,hijo:DiosoSatánoSivaoelCoordinadorOficialdela Naturaleza… como quieras llamarme.

Con una efusión de buenos sentimientos hacia ese hombrecito amigable, Braugh dijo:

—Puedo decirle que es usted un anciano agradable. Me sentiré feliz de llamarlo Padre.

—Bien, es una amabilidad de tu parte, hijo. Me agrada que lo sientas así. Debes comprender, por supuesto, que no podemos dejar que nadie me considere de esa forma. El poder infunde respeto. Pero tú eres diferente. Especial.

—Sí, señor. Gracias, señor.

—Tener eficiencia. ¡Tsk! Tenerlos asustados ahora y entonces. Tener respeto, comprendes. No se puede hacer cosas sin respeto.

—Lo comprendo, señor.

—Tener eficiencia. No se puede recorrer la vida todo el día, todo el año, toda la eternidad sin eficiencia. No puede haber eficiencia sin respeto..

—Absolutamente, señor —dijo Braugh, mientras algo inciertamente espantoso crecía dentro de él. Era un viejito amable, pero también era un viejo gárrulo y divagante. Su Satánica Majestad era un ser obtuso, ni siquiera tan lúcido como Christian Braugh.

—Lo que siempre digo —continuó el viejo, frotándose reflexivamente la rodilla—del amor y la reverencia y todo eso… es que puedes tenerlos. Son bonitos, pero de cualquier manera prefiero la eficiencia… al menos para un ser en mi posición. Entonces veamos, hijo, ¿qué tenías en mente?

Mediocridad, pensó Braugh con amargura.

—La verdad —dijo—, Padre Satán. Vine a buscarla. Quiero saber por qué estamos, por qué vivimos, por qué ansiamos. Quiero saber todo eso.

—Bien, ahora… —el viejito lanzó una risita—. Eso es casi una orden, hijo. Sí, señor, en verdad casi una orden.

— ¿Puede decírmelo, Padre Satán?

—Un poco, Christian, sólo un poco. ¿Qué es lo que más quieres saber?

—Qué hay dentro de nosotros que busca lo inalcanzable. Qué son esas fuerzas que empujan y remolcan y sobrecargan en nuestros interior. Qué es este ego mío que no me deja descansar, que no busca reposo, que busca lo nuevo. ¿Qué es todo eso?

—Eso —dijo el Padre Satán, señalando su máquina sumadora—es ese aparato de allí. Lo hace todo.

— ¿Eso?

—Eso.

— ¿Lo hace todo?

—Todo lo que hago, y lo hago todo, está allí. —El viejo lanzó otra risita, luego se quitó los binoculares.—Eres un muchacho inusual, Christian. La primera persona que tiene la decencia de hacer una visita al Padre Satán… vivo, quiero decir. Te devolveré el favor. Aquí.

Sorprendido, Braugh aceptó los espejuelos.

—Póntelos —dijo el viejo—. Ve por ti mismo.

Y entonces la maravilla se combinó, pues en cuanto Braugh se deslizó los lentes sobre la nariz se encontró observando con los ojos del universo a todo el universo. Y el dispositivo de sumar ya no fue una máquina de sumar totales con adiciones y sustracciones; era un vasto y complejo madero de titiritero, del cual descendía un infinito número de rielantes filamentos de plata.

Y con ojos que todo lo veían, a través de los espejuelos de Padre Satán, Braugh vio cómo cada filamento estaba sujeto a la nuca de un ser, y cómo cada entidad viviente bailaba la danza de vida que la eficiente máquina de Satán le dictaba. Braugh trepó hasta el primer nivel de andamiaje y se estiró hacia la primera fila de teclas. Apretó una al azar y sobre un pálido planeta alguien padeció hambre y asesinó. Una segunda, y el ser sintió remordimiento. Una tercera, y lo olvidó. Una cuarta y, en otro continente lejano, otro alguien despertó cinco minutos más temprano y comenzó una cadena de acontecimientos que culminaron con el descubrimiento y doloroso castigo del asesino.

Braugh retrocedió, alejándose de la sumadora e hizo subir los lentes hasta las cejas. La máquina continuaba cloqueando. Casi ausente, casi sin sorpresa, advirtió que el meticuloso cronómetro que llenaba la parte superior de la cúpula había avanzando sus agujas un espacio que indicaba tres meses.

—Es una horrible respuesta, una cruel respuesta, y el Señor Cosa en el refugio tenía razón. La verdad es infernal. Somos títeres. Un poco mejor que las cosas muertas que cuelgan de una cuerda, simulando vida. Aquí arriba un viejo, amable pero no muy inteligente, aprieta unas pocas teclas y allí abajo nosotros lo consideramos libre elección, destino, karma, evolución, naturaleza, mil falsas cosas. Es un descubrimiento triste. ¿Por qué la verdad debe ser de tan mala calidad?

Miró hacia abajo. El viejo Padre Satán estaba aún sentado sobre los escalones, pero su cabeza se balanceaba un poco a un costado, los ojos semicerrados, y murmuraba inaudiblementeacercadesutrabajoyeldescanso,quejándosedequenotenía suficiente.

—Padre Satán…

— ¿Sí, hijo mío? —El viejo se despabiló un poco.

— ¿Es verdad? ¿Todos danzamos para su teclado?

—Todos vosotros, hijo mío. Todos vosotros. —Bostezó prodigiosamente.—Todos pensáis que sois libres, Christian, pero todos danzáis con mi música.

—Entonces, Padre Satán, concédame una cosa… Una cosa muy pequeña. Hay, en un pequeño rincón de su imperio celestial, un planeta muy pequeño, una mota diminuta que nosotros llamamos Tierra.

— ¿Tierra? ¿Tierra? No puedo decirlo así de improviso, hijo, pero puedo mirar si…

—No, no se moleste, señor. Está allí. Lo sé porque yo vengo de allí. Concédame este favor: rompa las cuerdas que la atan. Deje a la Tierra libre.

—Eres un buen muchacho, Christian, pero un muchacho tonto. Deberías saber que no puedo hacerlo.

—En todo vuestro reino —suplicó Braugh—hay tantas almas que son imposibles de contar. Hay demasiados soles y planetas que mensurar. Seguramente es una de estas diminutas motas de polvo… Usted que posee tanto seguramente puede dejar tan poco.

—No, muchacho, no puedo hacerlo. Lo siento.

—Usted que sólo conoce la libertad… ¿La negaría sólo a unos pocos? Pero el Coordinador de Todo dormitaba.

Braugh volvió a colocarse los lentes. Dejémoslo dormir, mientras Braugh, Satán pro tem, se hace cargo. Oh, seremos recompensados por esta frustración. Tendremos un tiempo vertiginoso para escribir novelas de carne y hueso. Y quizá, si podemos encontrar la cuerda colocada en mi cuello y buscar la llave, quizá podamos hacer algo para librar a Christian Braugh. Sí, aquí hay un desafío inalcanzable que debe ser alcanzado y conducido a nuevos desafíos.

Miró por encima de su hombro con sentimiento de culpa, para ver hasta qué punto el Padre Satán estaba al tanto de su intromisión. Debe haber un castigo consecuente. Mientras sus ojos recorrían la endeble figura del Regidor de Todo, se sintió anonadado, transfigurado. Le temblaron las manos, luego los brazos, y por último todo su cuerpo se sacudió incontrolablemente. Por primera vez en su vida se echó a reír. Era una risa genuina, no esa risa simbólica que frecuentemente se había visto obligado a falsificar en el pasado. Los accesos de carcajadas recorrieron toda la habitación en forma de cúpula y reverberaron.

El Padre Satán despertó con un respingo y gritó:

— ¡Christian! ¿Qué sucede, muchacho?

¿Posas de frustración? ¿Risas de pena? ¿Risas de infierno o limbo? No podía decir lo que sintió cuando vio la hebra de plata que brotaba de la nuca de Satán y lo convertía, también a él, en un títere… un zarcillo que subía cada vez más hacia perdidas alturas, hacia alguna otra vasta máquina operada por alguna otra vasta marioneta oculta en los aún desconocidos límites del cosmos…

El bendito y desconocido cosmos. V

En el comienzo todo era oscuridad. No había ni tierra ni mar ni cielo ni estrellas circundantes. No había nada. Luego llegó Yaldabaoth y dividió la luz de la oscuridad. Y El recogió la oscuridad y con ella formó la noche y los cielos. Y El recogió la luz y dio forma al sol y las estrellas. Luego, de la carne de Su carne y de la sangre de Su sangre Yaldabaoth formó la tierra y todas las cosas sobre ella.

Pero los hijos de Yaldabaoth eran jóvenes e inexpertos e ignorantes, y la raza no dio su fruto. Y como todos los hijos de Yaldabaoth disminuyeron en número, suplicaron a su Señor: “¡Concédenos una señal, Gran Dios, para que podamos saber cómo crecer y multiplicarnos! ¡Concédenos una señal, Oh Señor, de modo que Tu buena y poderosa raza no perezca sobre Tu tierra!”

Y ¡ya! Yaldabaoth se apartó a Sí mismo del rostro de Su infortunado pueblo y ellos sintieron pena en el corazón y tristeza, pensando que su Señor los había abandonado. Y sus senderos fueron senderos del mal hasta que un profeta cuyo nombre era Maart surgió entre ellos. Luego Maart juntó los niños de Yaldabaoth alrededor de él y les habló, diciéndoles; “Malos son estos caminos, Oh pueblo de Yaldabaoth, para desconfiar de Dios. Pues El ha colocado un signo de fe sobre vosotros.

Entonces ellos le respondieron, diciéndole: ¿Dónde está ese signo?

Y Maart fue a las altas montañas y con él fueron un gran número de gentes. Nueve días y nueve noches hasta la cumbre del Monte Sinar. Y una vez en la cima del Monte Sinar todos fueron golpeados por la sorpresa y cayeron sobre sus rodillas, gritando: “¡Dios es grande! ¡Grandes son sus obras!”

Pues ¡ya! Ante ellos ardía una cortina de fuego. LIBRO DE MAART; XII: 29—37

¿Atravesar el velo hacia qué realidad? No tiene sentido tratar de tomar una decisión. No puedo. Dios sabe que esa ha sido la agonía de mi vida… tomar decisiones. ¡Cómo podría hacerlo cuando —cuando la nada me toca—nunca pude sentir nada! Coger esto o aquello. Beber café o té. Comprar la toga negra o la plateada. Casarme con Lord Buckley o vivir con Freddy Witherton. Dejar que Finchley me haga el amor o, dejar de posar para él. No… no tiene sentido siquiera intentarlo.

¡Cómo ardía el velo en el umbral! Como un arco iris moiré. Allí fue Sidra. Cruzó a través de él como si pensara que no había nada allí. No parecía que doliera. Eso es bueno. Dios sabe que puedo soportar todo excepto el dolor. Sólo quedábamos Bob y yo… y él no parecía tener prisa. No, es Chris el destino oculto en el gabinete del órgano. Es mi turno ahora, supongo. Desearía que no lo fuera, pero no puedo permanecer aquí para siempre.

¿Dónde ir?

¿Hacia ninguna parte?

Sí, eso es. Ninguna parte.

En este mundo que dejo no había ningún lugar para mí; mi yo real. El mundo no quería nada de mí salvo mi belleza; nada de lo que estaba dentro mío. Quiero ser útil. Quiero ser aceptada. Quizá si fuera aceptada… si vivir tuviera algún sentido para mí, esta barra de hielo en mi corazón se derruiría. Si pudiera aprender a hacer cosas, sentir cosas, gozar cosas. Aún aprender a caer en el amor.

Sí, voy a ir a ninguna parte.

Dejad que la nueva realidad me necesite, me quiera, pueda usarme… Dejad que esa realidad hágala elección y me llame. Pues si debo elegir, sé que elegiré un lugar equivocado una vez más. Y si no se me necesita en ninguna parte, si voy a través de fuego para errar eternamente en el espacio oscuro… a pesar de todo estaré mejor fuera.

¿Qué otra cosa he hecho en toda mi vida?

¡Tomadme, vosotros que me queréis y necesitad!

Qué frío es el velo… como un rocío perfumado sobre la piel.

Y entonces mientras la multitud se arrodillaba y elevaba sus oraciones, Maart gritó con voz tonante: “Alzaos, hijos de Yaldabaoth, y contemplad!”

Entonces se alzaron y enmudecieron y temblaron. Pues a través de la cortina de fuego surgió una bestia que hizo estremecer los corazones de todos. Se alzaba hasta una altura de ocho codos y su piel era rosada y blanca. El pelaje de su cabeza era amarillo y su cuerpo era largo y curvado como un árbol enfermo. Y estaba toda cubierta con pliegues sueltos de blanca piel.

LIBRO DE MAART; XIII: 38—39

¡Dios de los Cielos!

¿Esta es la realidad que me llama? ¿Esta es la realidad que me necesita?

Ese sol… tan alto… con su diabólico ojo blanquiazul, como ese artista italiano… Cumbres de montaña. Parecen montones de fango y basura… Los valles de allí abajo… heridas supurantes. El olor del cuarto de enfermo. Todo podrido y arruinado.

Y estas abominables criaturas pupulando alrededor… como simios hechos de carbón. No animales. No humanos. Pensar en hombres hechos bestias no se ajusta demasiado… o bestias hechas hombres es aún peor. Tienen un aire familiar. El panorama parece familiar. En algún lado he visto todo esto antes. De algún modo he estado aquí antes. En sueños de muerte, quizá… quizá.

Esta es una realidad de muerte, y ¿me desean? ¿Me necesitan?

La multitud gritó de nuevo: “¡Gloria sea a Yaldabaoth!” y ante el sonido del nombre sagrado la bestia tornó hacia la cortina de fuego de donde había salido, y ¡contemplad! la cortina había desaparecido.

LIBRO DE MAART; XIII: 40

¿No hay retorno?

¿No hay forma de escapar?

¿De retornar a la salud?

Pero estaba tras de mí hace un momento, el velo. Sin escape. Escuchad los sonidos que emiten. Los gruñidos del cerdo. ¿Creerán que me están adorando? Esto no puede ser real. No hay realidad que pueda ser tan horrenda. Un truco sucio… como ese que le jugamos a Lady Sutton. Ahora estoy en el refugio. Bob Peel está interpretando un nuevo truco y nos ha dado algún nuevo tipo de droga. Secretamente. Estoy echada en el diván, soñando y gimiendo. Despertaré pronto.

O el fiel Dig me despertará… antes de que estos esperpentos vengan más cerca.

¡Debo despertar!

Con un fuerte alarido, la bestia del fuego corrió a través de las multitudes. A través de toda la multitud corrió y atronó cuesta abajo. Y los sonidos chillones de sus aullidos agregaban miedo al miedo provocado por el sonido golpeteante de sus caparazones de bronce.

Y mientras cruzaba bajo las bajas ramas de los árboles de la montaña, los hijos de Yaldabaoth gritaron nuevamente con alarma, pues la bestia dejaba caer su blanco pelaje de una manera horrible de contemplar. Y la piel permanecía colgando de los árboles. Y la bestia corría más ligero, una abominable advertencia rosa y blanca para todos los transgresores.

LIBRO DE MAART; XIII: 41—43

¡Rápido! ¡Rápido! Correr a través de ellos antes de que me toquen con sus sucias manos. Esto es una pesadilla, corriendo me despertaré. Si esto es real… pero no puede serlo. ¡Que algo tan cruel me suceda a mí! No. ¿Estarán los dioses celosos de mi belleza? No. Los dioses nunca están celosos. Son los hombres.

Mi vestimenta… Perdida.

No hay tiempo de volver por ella. Corre desnuda, entonces. Escúchalos aullar tras de mí… braman por mí. ¡Abajo! ¡Abajo! Rápido y abajo de la montaña. Esta tierra putrefacta. Succionante. Pegajosa.

¡Oh, Dios! Me siguen. No para adorarme.

¿Por qué no puedo despertar? Mi aliento… como cuchillos.

Cerca. Los escucho. ¡Cada vez más cerca!

¿POR QUE NO PUEDO DESPERTAR?

Y Maart exclamó en voz alta: “¡Atrapemos a esa bestia para ofrendarla a nuestro Señor Yaldabaoth!”

Entonces la multitud sintió aumentar su valor y ciñeron sus ijares. Con palos y piedras todos persiguieron a la bestia por las pendientes del Monte Sinar, muchos con el temor a flor de piel, pero todos entonando el nombre del Señor.

Y de pronto una hábil piedra arrojada hizo caer a la bestia sobre sus rodillas, aún aullando de forma horrible de oír. Luego los bravos guerreros la derribaron con fuertes palos hasta que por último sus gritos cesaron y la bestia quedó inmóvil. Y del fétido cuerpo surgió una roja agua venenosa que hizo descomponer a todo aquel que la contempló.

Pero cuando la bestia fue conducida al Gran Templo de Yaldabaoth y colocada en una jaula ante el altar, sus gritos una vez más resonaron, profanando las sagradas paredes. Y entonces el Gran Sacerdote se sintió turbado, y dijo: “¿Qué demoniaca ofrenda es ésta para colocarla ante Yaldabaoth, Señor de los Dioses?”

LIBRO DE MAART: XIII: 44—47

Dolor.

Quemaduras y escaldaduras. No puedo moverme.

Ningún sueño es tan largo… tan real. ¿Es esto entonces real? Real. ¿Y yo? Real también. Una extraña en una realidad de suciedad y tortura. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Siento la cabeza hecha un lío. Confundida. Revuelta.

Esto es tortura, y en algún lado… en algún lugar… He oído de este mundo antes. Tortura. Tiene un sonido placentero. ¿Tormento? No, tortura es mejor. El sonido de un madrigal. El nombre de una nave. El título de un príncipe. Príncipe Tortura. ¿Príncipe Tormento? La Belleza y el Príncipe.

Tan confusa mi cabeza. Grandes luces y sonidos ciegos que van y vienen sin sentido. Una vez en que la belleza torturó a un hombre… Dicen. Se dice.

¿Cuál era su nombre?

¿Príncipe Tormento? No. Finchley. Sí. Digby Finchley.

Digby Finchley, decían —se decía—amaba a una diosa de hielo llamada Theone Dubedat.

La diosa de hielo rosado.

¿Dónde está ella ahora?

Y mientras la bestia lanzaba gemidos amenazantes sobre el altar, el Sanedrín de Sacerdotes formó concilio, y al concilio llegó Maart, diciendo: “Oh vosotros, sacerdotes de Yaldabaoth, elevad vuestras voces en alabanza a nuestro Señor, pues El estaba enojado y había alejado su rostro de nosotros. Y ¡ya! Un sacrificio nos ha sido concedido de modo que podamos agradecer a El y hacer nuestras paces con El.”

Luego habló el Gran Sacerdote, diciendo: “¿Por qué ahora, Maart? ¿Podemos decir que éste es un sacrificio para nuestro Señor?”

Y Maart habló: “Si. Porque ésta es la bestia de fuego y a través del fuego sagrado de Yaldabaoth retornará por donde vino.”

Y el Gran Sacerdote preguntó: “¿Es esta ofrenda parecida al signo del Señor?” Entonces Maart respondió: “Todas las cosas proceden de Yaldabaoth. Por lo tanto todas las cosas parecen su signo. Tal vez a través de esta ofrenda Yaldabaoth nos entregue un signo de que Su pueblo no se desvanecerá de la tierra. Dejemos que la bestia sea ofrecida.

Entonces el Sanedrín estuvo de acuerdo, pues los sacerdotes temían dolorosamente que no hubiera más hijos del Señor.

LIBRO DE MAART; XIII: 48—52

Ved cómo los ridículos monos danzan. Danzan alrededor y alrededor y alrededor. Y gruñen.

Casi como si hablaran. Casi como…

Debo detener el canto en mi cabeza. El rin tin tin. Como los días en los cuales Dig trabajaba duro y yo debía adoptar esas poses de espalda quebrada y sostenerla hora tras hora con sólo cinco minutos de descanso cada tanto y yo me sentía mareada y caía del estrado y Dig arrojaba su paleta y venía corriendo con sus grandes y solemnes ojos dispuestos a llorar.

Los hombres no deberían llorar, pero sé que era porque él me amaba y yo quería amarlo a él o a alguien, pero entonces no tenía necesidad. No necesitaba nada, salvo encontrarme a mí misma. Esa es la caza del tesoro. Y ahora me he encontrado. Esto soy yo. Ahora tengo una necesidad y un ansia y una profunda soledad interior por Dig y sus grandes y solemnes ojos. Verlo todo ojos y miedo en los tímidos conjuros y danzando alrededor de mí con una taza de té.

Danzando. Danzando. Danzando.

Y golpeando sus pechos y gruñendo y golpeando.

Y cuando vociferan con la saliva babeante brillando sobre sus colmillos amarillos. Y esos siete con jirones de tela podrida sobre el pecho, marchando casi con altivez, casi como humanos.

Observad cómo danzan los ridículos monos.

Danzan alrededor y alrededor y alrededor y alrededor y…

Y sucedió que cuando transcurrió la gran festividad de Yaldabaoth era de noche. Y fue en ese día que el Sanedrín abrió los portales del templo y las muchedumbres de hijos de Yaldabaoth entraron. Luego hicieron que los sacerdotes quitaran a la bestia de la jaula y la arrastraran hasta el altar. Cada uno de los cuatro sacerdotes sostenía de un miembro a la bestia y la colocaron sobre el altar de piedra, y la bestia emitía malévolos y blasfemos sonidos.

Luego exclamó el profeta Maart: “Hagamos jirones de este ser, de modo que la hediondez de su malévola muerte pueda elevarse y complacer el olfato de Yaldabaoth.”

Yloscuatrosacerdotes,fuertesysagrados,colocaronrudasmanossobrelos miembrosdelabestiademodoquesussacudimientoseransorprendentesde contemplar, y la luz de la maldad de sus abominaciones ocultas llenó de terror a todos.

Y cuando Maart encendió el fuego del altar, un gran temblor sacudió el firmamento. LIBRO DE MAART; XIII: 55—59

¡Digby, ven a mí!

¡Digby, dondequiera que estés, ven a mí! Digby, te necesito.

Soy Theone. Theone.

Tu diosa de hielo.

Ya no más frígida, Digby.

Las ruedas giran más y más y más rápido.

Y mi cabeza cada vez más y más y más rápido… Digby, ven a mí.

Te necesito. Príncipe Tormento. Tortura.

Entonces las bóvedas del templo se abrieron en dos con un tronante rugido, y todos los allí reunidos fueron iguales en el miedo, y sus entrañas fueron como agua. Y todos contemplaron al divino Señor, Yaldabaoth, descender desde los oscuros cielos hacia el templo. Si, hasta el mismo altar.

Y por espacio de una eternidad el Señor Dios Yaldabaoth contempló fijamente a la bestia de fuego, y su sacrificada se retorcía y maldecía presa de los impolutos sacerdotes.

LIBRO DE MAART; XIII: 59—60

Es el horror final… la tortura final.

Este monstruo que baja flotando desde los cielos. Simio—Hombre—Bestia—Horror.

Es la broma final eso que baja del cielo, algo velludo, sedoso, peludo; algo luminoso y gozoso. Un monstruo en alas de luz. Un monstruo con piernas y brazos retorcidos y cuerpo repulsivo. La cabeza de un Hombre—Simio… retorcida y quebrada, aplastada y arruinada, con esos grandes, vidriosos y fijos ojos.

¿Ojos? ¿Dónde he visto…?

¡ESOS OJOS!

Esto no es locura. No. No es el rin tin tin. No. Conozco esos ojos… esos grandes y solemnes ojos. Los he visto antes. Hace muchos años. Hace minutos. ¿Enjaulados en un zoológico?

No. ¿Ojos de pez flotando en un tanque? No. Grandes y solemnes ojos llenos de amor desesperado y adoración.

No… Dejadme equivocar.

Esos grandes y solemnes ojos de él dispuestos a llorar. Llorar, pero los hombres no lloran.

No, no Digby. No puede ser. ¡Por favor!

Es allí donde he visto este lugar antes, donde he visto estos hombres—animales y este panorama infernal: en los dibujos de Digby. Esas monstruosas obras que dibujaba. Por gracia, decía, por diversión. ¡Diversión!

¿Pero por qué parecía gustarle esto? ¿Por qué es él tan abominable y horrible como los otros… como sus cuadros?

¿Es ésta tu realidad, Digby? ¿Tú me llamaste? ¿Tú me necesitabas, me querías?

¡Digby! Dig. Dig y Dig, rueda y rueda la rueda, que canta un…

¿Por qué no me escuchas? ¿Me oyes? ¿Por qué me miras de esa forma, como algo loco, cuando hace sólo un minuto estabas caminando de un lado a otro del refugio tratando de aclarar tu mente y fuiste el primero en pasar a través del velo ardiente y yo te admiré porque los hombres deberían ser siempre tan valientes no monstruosos hombres—simios…

Y con una voz que hacía añicos las montañas, el Señor Yaldabaoth habló a su pueblo, diciéndole: “¡Ahora alabad al Señor, hijos míos, pues alguien ha sido enviado a vosotros que será reina y consorte de Dios.”

Y con una sola voz, la muchedumbre exclamó: “Te alabamos oh Señor Yaldabaoth.”

Y Maart hizo penitencia ante el Señor y suplicó: “Una señal para Tus hijos del Señor

Dios, de modo que ellos puedan crecer y multiplicarse. ”

Entonces el Señor Dios estiró su mano hasta la bestia y la tocó, quitándola del altar de fuego y de las manos de los impolutos sacerdotes, y ¡contemplad! El demonio gritó por última vez y huyó del cuerpo de la bestia, dejando en su lugar sólo una suave melodía. Y el Señor habló a Maart, diciendo: “Os daré una señal.”

LIBRO DE MAART; XIII: 60—63

I

Dejadme morir.

Dejadme morir para siempre.

No dejéis que vea o escuche o sienta el…

¿El?

¿Qué?

Los bonitos monos danzan alrededor y alrededor y alrededor de forma tan bonita tan hermosa tan buena todo tan. bonito y hermoso y bueno mientras los grandes y solemnes ojos contemplan mi alma y querido Dig y Dig me tocas con manos tan extrañamente cambiadas tan bonitamente hermosamente cambiadas por la trementina quizás o el ocre o verde bilis u ocre encendido o sepia o amarillo cromo que siempre, parecían decorar sus dedos cada vez que dejaba caer la paleta y venía hacia mí cuando yo…

El amor lo cambia todo. Sí. Qué bueno es ser amada por el querido Digby. Qué cálido y qué confortante es ser amada y ser necesitada y querida una entre todas las millones y encontrarlo tan extrañamente hermoso caminando solemnemente flotando descendiendo en una realidad como la del Castillo Sutton cuando el refugio no puedo ver nada y se que los cerros corren bajo de mí con bonitos monos riendo y dando cabriolas y adorando tan gracioso tan gracioso tan hermoso tan bueno tan bonito tan gracioso tan…

Entonces los hijos de Yaldabaoth cogieron el signo del Señor en sus corazones y ¡alas! Desde entonces crecieron y se multiplicaron ante el ejemplo de su Señor Dios y Su Consorte en lo alto.

Así finaliza el LIBRO DE MAART VI

Y en el momento en que entró en el velo ardiente, Robert Peel se detuvo asombrado. Todavía no había aclarado sus pensamientos. Para él, un hombre de objetividad y lógica, ésta era una experiencia sorprendente. Era la primera vez en su vida que no había tomadounadecisiónfulmínea.Eralapruebadecuanprofundamentelohabía conmocionado la Cosa en el refugio.

Se quedó donde estaba, inmerso en la niebla de fuego que titilaba como ópalo y era mucho más espesa que cualquier velo. Lo rodeaba y aislaba, pues seguramente debió haber visto a los otros pasando a través, pero allí no había nadie. No era hermoso para Peel, pero era interesante. La dispersión de color era amplia, advirtió, y abarcaba cientos de finas gradaciones del espectro visible.

Peel hizo su composición. Con la poca información que tenía a mano, juzgó que estaba de pie en algún lado fuera del tiempo y el espacio o entre dimensiones. Evidentemente la Cosa en el refugio los había colocado en rapport con la matriz de existencia, de modo tal que cuando entraran en el velo pudieran gobernar la dirección que cogieran en una emergencia. El velo era más o menos un pivot sobre el cual podían girar hacia cualquier existencia deseada en cualquier espacio y cualquier tiempo; lo que conducía a Peel a la cuestión de su propia elección.

Cuidadosamente consideró, pesó y balanceó lo que él ya poseía con lo que podría recibir. Estaba muy satisfecho con su vida. Tenía mucho dinero, una profesión respetable como ingeniero consejero, una espléndida casa en Chelsea Square, una atractiva y estimulante esposa. Dejar todo en aras de las promesas no especificadas de un donante no identificado sería una idiotez. Peel había aprendido a no hacer nunca un cambio sin buenas y suficientes razones.

“No soy de naturaleza aventurera —pensó Peel con frialdad—. No es mi costumbre ser así. Lo novelesco no me atrae y desconfío de lo desconocido. Me gustaría mantener lo que tengo. El sentido adquisitivo es muy fuerte en mí, y no estoy avergonzado de ser un hombre posesivo. Ahora quiero conservar lo que tengo. Sin cambios. No puede haber otra decisión para mí. Dejemos que los otros tengan su aventura; mantendré mi mundo precisamente como es. Repito: sin cambios.”

La decisión le había llevado todo un minuto, un tiempo inusualmente largo para un ingeniero,peroestaeraunasituacióninusual.Diounazancadahaciaadelante,un preciso, franco, preciso martinete, y emergió en el corredor de mazmorra del Castillo Sutton.

A unos pocos pasos del corredor, una pequeña criada de cocina vestida de azul y gris se deslizaba directamente hacia él, una bandeja en las manos. Había una botella de cerveza y un enorme bocadillo en la bandeja.

Al oír los pasos de Peel, la mujer levantó los ojos, se detuvo con brusquedad y luego arrojó la bandeja por el suelo.

— ¿Qué demonios…? —Peel se sintió confundido por la reacción de ella.

— ¡S…señor Peel! —masculló. Luego comenzó a gritar—: ¡Ayuda! ¡Asesino! ¡Ayuda! Peel le pegó una bofetada.

— ¿Quiere cerrar la boca y explicarme qué diablos hace aquí abajo a esta hora de la noche?

La joven gimió y farfulló. Antes de que él pudiera volver a abofetear a la joven histérica, sintió una pesada mano sobre el hombro. Se dio vuelta y se sintió más confundido cuando se encontró de frente con el rostro rojo y rollizo de un policía. Había una expresión anhelante en esa cara. Peel tragó saliva, luego se serenó. Se dio cuenta de que estaba en el vórtice de un fenómeno desconocido. No tenía sentido esforzarse hasta conocer los hechos.

—Bien, señorr —dijo el policía—. No vuelva a golpearr a la chica, señorr.

Peel no respondió. Necesitaba más hechos. Una sirvienta y un policía. ¿Qué estaban haciendo allí? El hombre había llegado desde atrás de él. ¿Habría llegado a través del velo? Pero allí no había velo ardiente; tan sólo la pesada puerta del refugio.

—Si he escuchado bien, señorr, la chica lo ha llamado por su nombrre. ¿Podría repetírrmelo?

—Soy Robert Peel. Un invitado de Lady Sutton. ¿Qué significa todo esto?

—Señorr Peel —exclamó el policía—. Esto sí que es una suerrte. Me ganarré un ascenso. Lo cojo bajo custodia, señorr Peel. Está usted bajo arresto.

— ¿Arrestado? Usted está loco, hombre —Peel dio un paso atrás y miró sobre el hombro del policía. La puerta del refugio estaba medio abierta, lo suficiente para que realizara una inspección rápida. Toda la habitación estaba dada vuelta, como si estuviera sufriendo la limpieza de primavera. No había nadie dentro.

—Debo rogarrle que no se resista, señorr Peel. La joven lanzó un sollozo.

—Veamos —dijo Peel con enojo—. ¿Con qué derecho entra usted en una propiedad privada pavoneándose por realizar arrestos? ¿Quién es usted?

—Me llamo Jenkins, señorr. Policía del Condado de Sutton. Y no estoy pavoneándome, señorr.

— ¿Entonces habla en serio?

El policía señaló majestuosamente corredor arriba.

—Adelante, señorr. Le ruego que lo haga con rapidez.

— ¡Respóndame, idiota! ¿Es un arresto auténtico?

—Usted deberría saberrlo —respondió el policía con tono ominoso—. Venga conmigo, señor.

Peel se rindió y obedeció. Hacía mucho que había aprendido que cuando uno se enfrenta con una situación incomprensible, es tonto tomar una decisión sin esperar a tener la suficiente información. Precedió al policía por los corredores y las retorcidas escaleras, seguidos por la lloriqueante sirvienta de cocina. Todo lo que conocía eran dos cosas. Una: algo, en algún lado, había sucedido. Dos: la policía había intervenido. Todo era confuso, por decir algo, pero él mantendría la cabeza. Se preciaba de no haberla perdido nunca.

Cuando emergieron de los sótanos, Peel recibió otra sorpresa. La luz del sol brillaba afuera. Observó su reloj. Las, doce y cuarenta de la noche. Dejó caer su muñeca y parpadeó; la inesperada luz lo molestó un poco. El policía le tocó; el brazo y lo dirigió hacia la biblioteca. Peel fue de inmediato a las puertas corredizas y las abrió.

Labibliotecaeraalta,largaysombría,conunaestrechagaleríaquerecorríasu contorno justo debajo del cielorraso gótico. Había una gran mesa de caballete centrada en la habitación y en su extremo opuesto había tres figuras sentadas, las siluetas delineadas por la luz del sol que penetraba por una ventana baja. Peel entró, echó un vistazo a un segundo policía de guardia junto a las puertas,luego entrecerró los ojos y trató de distinguir los rostros.

Mientras observaba, un murmullo de exclamaciones y sorpresa lo recibió. Hizo este juicio: uno, la gente lo había estado buscando; dos, había estado desaparecido por algún tiempo; tres, nadie esperaba encontrarlo aquí, en el Castillo Sutton. Nota: ¿de dónde volvía él en realidad? Todo esto reconstituido por las voces de sorpresa. Luego sus ojos se acomodaron a la luz.

Uno de los tres era un hombre anguloso con una estrecha cabeza gris y facciones cubiertas de arrugas. Le pareció familiar. El segundo era pequeño y vigoroso, con lentes ridículamente frágiles montados sobre una nariz bulbosa. El tercero era una mujer, y otra vez Peel se sintió sorprendido al ver que era su esposa. Sidra usaba un vestido de tela escocesa y un sombrero de fieltro carmesí. El hombre anguloso tranquilizó a los otros y dijo:

— ¿Señor Peel?

Peel avanzó con rapidez.

—Soy el inspector Ross.

—Creí reconocerlo, inspector. Nos hemos encontrado antes, ¿no es así?

—Así es —asintió Ross cortésmente, luego indicó al hombre vigoroso—: El doctor Richards.

— ¿Cómo está usted, doctor? —Peel se volvió hacia su esposa y se inclinó, sonriendo.— ¿Sidra? ¿Cómo estás, querida?

—Bien, Robert —dijo ella con tono seco.

—Temo estar un poco confundido por todo esto —continuó Peel afable—. Parece que sucede algo, o ha sucedido.

Suficiente. Había dicho lo suficiente. Precaución. No comprometerse en nada hasta saber.

—Así es; sucede —dijo Ross.

—Antes de continuar, ¿puedo pedirles la hora? Ross fue tomado por sorpresa.

—Las dos.

—Gracias. —Peel acercó su reloj al oído, luego ajustó las agujas.—Mi reloj parece estar funcionando, pero de cualquier manera ha perdido algunas horas.—Examinó sus expresiones furtivamente. Debería navegar con exquisito cuidado, dada la expresión de sus semblantes. Luego advirtió el calendario de escritorio que se encontraba ante Ross, y fue como un puñetazo en los riñones.— ¿Es esa fecha correcta, inspector?

—Por supuesto, señor Peel. Domingo veintitrés.

Su mente exclamó: ¡Tres días! ¡Imposible! Peel controló su shock. Tranquilo… tranquilo… de acuerdo. En algún lado había perdido tres días; pues había entrado en el velo ardiente el jueves, treinta y ocho minutos después de medianoche. Sí. Pero mantente frío. Hay algo más que tres días perdidos. Debe haberlo, de otro modo ¿para qué la policía? Esperar por más información.

—Lo hemos estado buscando estos últimos tres días, señor Peel —dijo Ross—. Desapareció súbitamente. Estamos bastante sorprendidos de encontrarlo de regreso en el castillo? — ¿Eh? ¿Por qué? —Sí, ¿por qué demonios? ¿Qué sucedió? ¿Por qué Sidra me contempla con esa furia vengativa? —Porque, señor Peel, se le acusa del homicidio intencional de Lady Sutton.

¡Shock! ¡Shock! ¡Shock! Lo estaban despellejando, uno tras otro, y aún Peel se mantenía controlado. La información era explícita ahora. Había vacilado en el velo al menos unos minutos, y esos minutos en el limbo eran tres días en el espacio tiempo. Lady Sutton debió haber sido encontrada muerta y él acusado del asesinato. Sabía que él era un rival para cualquiera, como hombre lógico y pensante… un hombre astuto… pero sabía que tendría que andarse con cuidado.

—No lo comprendo, inspector. ¿Puede usted explicarse mejor?

—Muy bien. La muerte de Lady Sutton fue informada en la mañana del viernes. El examen médico probó que ella murió por fallo cardíaco, como resultado de una impresión. La evidencia de los testigos reveló que usted la había asustado deliberadamente con completo conocimiento de su debilidad cardíaca, con intención de matarla. Eso es homicidio, señor Peel.

—Por cierto —dijo Peel fríamente—. Si usted puede probarlo. ¿Puedo preguntarle la identidad de sus testigos?

—Digby Finchley, Christian Braugh, Theone Dubedat y… —Ross se interrumpió, tosió y dejó el papel a un lado.

—Y Sidra Peel —finalizó Peel con sequedad. Otra vez se encontró con la venenosa mirada de su esposa. Por último había comprendido todo. Se habían puesto nerviosos y lo habían elegido como chivo expiatorio. Sidra se quería librar de él; su gozosa venganza. Antes de que Ross o Richards pudieran intervenir, apresó a Sidra por el brazo y la arrastró hasta una esquina de la biblioteca.

—No se alarme, Ross. Sólo quiero unas palabras a solas con mi esposa. No habrá violencia, se lo aseguro.

Sidra liberó su brazo de un tirón y contempló a Peel, sus labios contraídos, revelando el blanco filo de sus dientes.

—Tú arreglaste esto —dijo Peel rápidamente.

—No sé de qué hablas. —Fue idea tuya, Sidra. —Fue tu asesinato, Robert.

—Y tu testimonio.

—Nuestro. Somos cuatro contra uno.

— ¿Todo cuidadosamente planeado, no?

—Braugh es un buen escritor.

—Y yo cargo con el asesinato por vuestros testimonios. Te quedarás con la casa, mi fortuna y te librarás de mí.

Ella sonrió como un gato.

— ¿Y ésta es la realidad que pediste? ¿Esto es lo que planeaste mientras atravesabas el velo ardiente?

— ¿Qué velo?

—Sabes a qué me refiero.

—Estás loco.

Ella estaba genuinamente perpleja. El pensó: por supuesto, yo quería mi viejo mundo tal cual era. Eso excluiría la misteriosa Cosa del refugio y el velo a través del cual pasamos. Pero no excluye el asesinato que sucedió antes, no que sucedió después.

—No, Sidra, no estoy loco —dijo—. Simplemente rehuso ser tu chivo expiatorio. No te dejaré salir con la tuya.

— ¿No? —Ella se dio vuelta y llamó a Ross.—Quiere sobornar a los testigos. —Caminó hacia su silla.—Tengo que ofrecer a cada uno de ellos diez mil libras.

Así que era una batalla a muerte. Su mente trabajó con rapidez. La mejor defensa era un ataque y el momento era ése.

—Miente, inspector. Todos están mintiendo. Acuso a Braugh, Finchley y a la señorita Dubedat, y a mi esposa, del homicidio intencional de Lady Sutton.

— ¡No le creáis! —gritó Sidra—. Está intentando encontrar una forma de acusarnos. El…

Peel la dejó gritar, agradecido de disponer de más tiempo para modelar sus mentiras. Debían ser convincentes. Sin flaquezas. La verdad era imposible. En este nuevo viejo mundo de él, la Cosa y el velo no existían.

—El asesinato de Lady Sutton fue planeado y ejecutado por estas cuatro personas —continuó Peel llanamente —. Fui el único miembro del grupo en objetar. Usted estará de acuerdo, inspector Ross, que es mucho—más lógico que cuatro personas cometan un crimen contra el deseo de uno, que uno contra el de cuatro. Y el testimonio de cuatro testigos que el de uno. ¿Está de acuerdo?

Ross asintió lentamente, fascinado por las detalladas razones de Peel. Sidra golpeó sobre su hombro y gritó:

—Está mintiendo, inspector. ¿No lo advierte? Si está diciendo la verdad, pregúntele por qué huyó. Pregúntele dónde estuvo estos tres días.

Ross trató de calmarla.

—Por favor, señora Peel. Todo lo que hago es recibir sus declaraciones. No creo ni descreo en nadie aún. ¿Desea decir algo más, señor Peel?

—Gracias. Sí. Nosotros seis habíamos realizado muchas bromas absurdas, algunas veces virtualmente peligrosas en el pasado, pero el asesinato por cualquier razón es algo más allá de cualquier criterio y tolerancia. El jueves a la noche los cuatro advirtieron que yo podría avisar a Lady Sutton. Es evidente que estaban preparados para esto. Mi vino fue drogado. Tengo un vago recuerdo de haber sido levantado y transportado por dos hombres y… eso es todo lo que sé del asesinato.

Ross asintió otra vez. El doctor se inclinó sobre él y le susurró algo.

—Sí, sí. Las pruebas vendrán más tarde. Por favor, continúe, señor Peel.

Hasta ahora vamos bien, pensó Peel. Ahora, un poco de color para alisar los bordes rugosos.

—Desperté en una completa oscuridad. No oía ruidos; nada salvo el tic—tac de mi reloj. Estas paredes de calabozo tienen entre diez y quince pies de grosor, de modo que me era imposible oír nada. Cuando me incorporé y tanteé alrededor, me pareció estar en una pequeña cavidad que medía… oh… dos trancos largos por tres.

— ¿Eso serían unos dos metros por tres, señor Peel?

—Aproximadamente. Me di cuenta que debía estar en alguna celda secreta conocida por los hombres de la pandilla. Después de una hora de gritar y golpear las paredes, un golpe accidental debe haber dado en el resorte o palanca adecuados. Una sección de la gruesa pared se abrió y me encontré en el corredor donde…

— ¡Está mintiendo, mintiendo, mintiendo! —gritó Sidra. Peel la ignoró.

—Esa es mi declaración, inspector.

Y la mantendré, pensó. El Castillo Sutton era conocido por sus pasajes secretos. Sus ropas estaban aún ajadas y desgarradas por el vestuario que él se había dado para representar al demonio. No había tests conocidos que mostraran si había estado drogado o no los tres días previos. Su barba y bigote eliminarían el problema de la afeitada. Sí, podía estar orgulloso de una excelente historia; improbable pero sostenida con fuerza por los cuatro—contra—la—lógica.

—Notamos que usted proclama su no culpabilidad, señor Peel —dijo Ross con lentitud—, y tomamos nota de su declaración y acusación. Le confieso que sus tres días de desaparición me parecían incriminatorios, pero ahora… —hizo una profunda inspiración—ahora, si podemos localizar esa celda donde usted estuvo confinado…

Peel estaba preparado para esto.

—Usted puede o no puede hacerlo, inspector. Soy ingeniero, ya lo sabe. La única manera que tenemos de localizar esa celda es dinamitar la piedra, que podría hacer desaparecer todas las huellas.

—Tendremos que recurrir a ese método, señor Peel.

—Quizá no sea necesario recurrir a ese método —dijo el pequeño y rechoncho doctor. Los otros lanzaron una exclamación. Peel echó una aguda mirada al hombrecillo. La

experiencia le había enseñado que los gordos eran siempre peligrosos. Cada nervio se puso en garde.

—Era un relato perfecto, señor Peel —dijo el gordezuelo doctor con placer. Muy entretenido. Pero realmente, mi querido señor, para ser usted un ingeniero ha cometido un mal traspié.

— ¿Quiere usted decirme sobre qué basa eso?

—Vamos por partes. Cuando usted despertó en su celda secreta, dijo que se encontraba en completa oscuridad y silencio. Las paredes de piedra eran tan gruesas que todo lo que podía oír era el tic—tac de su reloj.

—Y así fue.

—Muy colorido —sonrió el doctor—, pero, bueno, una prueba de que usted está mintiendo. Se despertó tres días después. Seguramente se da cuenta que no hay reloj que funcione setenta horas sin necesitar cuerda.

¡Tenía razón, por Dios! advirtió Peel de inmediato. Había cometido un gran error… imperdonable para un ingeniero… y no había posibilidad de retroceder para hacer alteraciones y revisiones. Toda la mentira dependía de la trama completa. Desgarrar una sola hebra significaba destejer toda la trama. ¡El gordo doctor tenía razón, maldito sea! Peel estaba atrapado.

Una mirada a la triunfante expresión de Sidra fue suficiente para él. Decidió que tendría que cortar su derrota con rapidez. Se levantó de la silla, sonriendo con admitida derrota. Peel, el galante perdedor. Abruptamente se arrojó entre ellos como una tromba, cruzó los brazos ante su rostro, las manos sobre los oídos, y se zambulló a través de los paneles de cristal de la ventana.

Fragmentos de cristal y gritos tras él. Peel flexionó sus piernas mientras caía sobre la blanda tierra del jardín, y aterrizó con una fuerte sacudida. La soportó bien, y pronto estuvo sobre sus pies y corriendo hacia la parte trasera del castillo donde estaban los coches aparcados. Cinco segundos más tarde saltaba dentro del dos plazas de Sidra. Diez segundos más tarde salía a toda velocidad a través de los abiertos portales de hierro en dirección al camino que se encontraba más allá.

Aún en medio de esa crisis, Peel pensaba con rapidez y precisión. Dejó el edificio demasiado rápidamente para que nadie notara qué dirección tomaría. Mantuvo el coche andando hacia la ruta a Londres. Un hombre podía perderse en Londres. Pero él no era un hombre asustado. Mientras sus ojos seguían la ruta, su mente analizaba metódicamente los hechos, y sin acobardarse llegó a una dura decisión. Sabía que nunca podría probar su inocencia. ¿Cómo podría? Era tan culpable de homicidio como todos los demás. Ellos se habían puesto de acuerdo en su contra y ahora sería perseguido como el único asesino de Lady Sutton.

En medio de una guerra sería imposible salir del país. Sería igualmente imposible ocultarse demasiado tiempo. Sólo restaba entonces ser un fuera de la ley, ocultarse miserablemente por unos pocos meses hasta ser cogido y conducido ante un tribunal. Sería una sensación. Peel no tenía la intención de dar a su esposa la satisfacción de contemplarlo mientras lo arrastraban desde los titulares del proceso hasta la soga del verdugo.

Aún frío, aún en posesión de sí mismo, Peel planeaba mientras conducía. Lo más audaz sería ir directamente a su casa. Nunca pensarían en buscarlo allí… al menos por un tiempo; suficiente tiempo, por cierto, para hacer lo que tenía que hacerse.

—Vendetta —dijo—. Ojo por ojo.

Penetró en LondresendirecciónaChelseaSquare,unhombresalvaje,barbado, mucho más parecido ahora a Teach, el bucanero.

Se aproximó al parque desde atrás, buscando la presencia de policías. Sin embargo no había nadie y la casa parecía calma y poco sospechosa. Pero, mientras conducía el coche en el parque y contemplaba la fachada frontal de la casa, se vio amargamente sorprendido al ver que un ala entera había sido demolida por un raid de bombardeo. Era evidente que la catástrofe había tenido lugar algunos días previos, pues los, escombros estaban pulcramente apilados y se había levantado una cerda del lado destrozado del edificio.

Así es mucho mejor, pensó Peel. No tenía dudas de que la casa estaba vacía; ni siquiera con servidumbre. Aparcó el coche, saltó fuera y caminó velozmente hasta la puerta delantera. Ahora que había tomado una decisión era rápido y decidido.

No había nadie dentro. Peel fue a la biblioteca, cogió un lápiz, tinta y papel y se sentó en el escritorio. Cuidadosamente, con la perspicacia del abogado, escribió un nuevo testamento impidiendo a su esposa cualquier impugnación legal. Estaba fríamente seguro de que un hológrafo estaría presente en la corte. Fue a la puerta frontal, llamó a una pareja de obreros que pasaban y los hizo firmar como testigos del testamento. Les pagó con agradecimiento y los condujo afuera. Cerró y candó la puerta frontal.

Hizo una pausa tétrica y tomó aliento. Eso era todo con Sidra. Era el viejo instinto posesivo, lo sabía, que lo había llevado en esa dirección. Quería mantener su fortuna, aún después de la muerte. Quería mantener su honor y dignidad, a pesar de la muerte. Estaba seguro de lo primero; tendría que ejecutar lo segundo con rapidez. Ejecutar. Esa era la, palabra precisa.

Peel pensó un momento aún… había tantas posibles vías de extinción… luego inclinó la cabeza y marchó hacia la cocina. De un armario empotrado cogió un montón de sábanas y toallas y tapó las ventanas y puertas con ellas. Tal como había pensado, cogió un gran pedazo de cartón y con betún para los zapatos escribió sobre él: ¡PELIGRO! ¡GAS! Luego lo colocó fuera de la puerta de la cocina.

Cuando la habitación estuvo bien sellada, Peel fue hacia la cocina, abrió la puerta del horno e hizo girar la llave del gas. Este siseó al salir, fétido y casi frío. Peel se arrodilló e introdujo la cabeza en el horno, respirando con profundidad, siempre respirando. Sabía que no tardaría en perder la conciencia. Sabía que no sería doloroso.

Por primera vez en horas, algo de la tensión lo había abandonado y se relajó casi agradecido, esperando la muerte. A pesar de haber vivido una vida dura y geométricamente estructurada y viajado por rutas pragmáticas, ahora su mente buscaba en el pasado momentos más amables. No recordó nada; se disculpó por la nada; se sintió avergonzado de la nada… y a su pesar recordó los primeros días en que se encontró con Sidra con nostalgia y pena.

¿Qué desdichada juventud, humedecida con líquidos olores, el cortejarte con rosas en alguna placentera oquedad, Sidra…?

Casi sonrió. Eran líneas que había escrito para ella cuando, en los comienzos del romance, la había adorado como diosa de la juventud, la belleza y la bondad. Ella era todo lo que él no era, eso creyó; la perfecta compañera. Esos fueron grandes días; los díasenqueélfinalizóenelManchesterCollegeyfueaLondresaconstruiruna reputación, una fortuna, una vida completa… un muchacho de cabellos ralos con hábitos y mente precisos. Soñadoramente paseó a través de los recuerdos como si estuviera contemplando un film entretenido.

Repentinamente advirtió que había estado arrodillado junto al horno durante veinte minutos. Había algo que funcionaba muy mal. No había olvidado su química y sabía que veinteminutosdegashubieransidosuficientesparahacerleperderlaconciencia. Perplejo, se puso de pie, frotándose las doloridas rodillas. No había tiempo para análisis ahora. Los perseguidores podrían estar cogiéndolo del cuello en cualquier momento.

¡Cuello! Ese era el camino obvio. Casi tan indoloro como el gas y mucho más rápido. Peel cerró el horno, cogió de la alacena una fuerte cuerda de tender la ropa y dejó la cocina, quitando a su paso los avisos de peligro. Al salir de la alacena sus ojos alertas escudriñaron la casa en busca del lugar apropiado. Sí, allí, en el pozo de la escalera. Podría arrojar la soga por sobre esa viga y colocarse en la galería sobre las escaleras para la caída. Luego, cuando saltara, tendría tres metros de espacio vacío sobre el rellano. Subió corriendo las escaleras hasta la galería, trepó sobre la baranda y arrojó la soga por encima de la viga. Cogió el cabo libre luego que éste se hubiera enroscado en la viga y tiró hacia sí. Hizo un nudo formando un lazo e hizo correr toda la soga a través de éste, hasta que quedó bien ajustada. Después de haber pegado un par de tirones para asegurarse de que se sostendría sujeta a la viga, colgó todo su peso sobre la soga y se balanceó hacia afuera de la galería. Sostenía su peso admirablemente; no había posibilidad de que se rompiera.

Cuando se hubo subido sobre la baranda, hizo un lazo de verdugo y lo deslizó sobre su cabeza, ajustando el nudo bajo su oreja derecha. Había suficiente cordel para darle una caída de unos dos metros. El pesaba unos setenta kilos. Era suficiente como para quebrarle el cuello en forma limpia e indolora en el extremo de la cuerda. Peel se mantuvo en equilibrio, tomó una última y profunda inspiración y brincó sin detenerse a rezar.

Su último pensamiento mientras caía fue una computación super rápida de cuánto tiempo le quedaba de vida. Tres metros por segundo al cuadrado dividido por seis le daba casi un quinto de un… Hubo un sacudón desgarrador que conmocionó todo su cuerpo, un crack que sonó amplio y profundo en sus oídos, y un agonizante dolor en cada nervio. Se contorsionó espasmódicamente.

Advirtió que estaba vivo. Colgaba del cuello con horror, comprendiendo que no estaba muerto y no sabiendo porqué. El horror hormigueaba sobre su piel como una invasión de hormigas y por un largo tiempo se estremeció, mientras la depresión invadía su mente, nublándola, quebrando su férreo control.

Por último buscó en su bolsillo y extrajo su cortaplumas. Lo abrió con dificultad, pues tenía el cuerpo paralizado e ingobernable. Tajeó hasta que logró cortar la cuerda sobre su cabeza y cayó sobre el descanso de la escalera. Mientras estaba aún encogido se tocó el cuello. Estaba quebrado. Pudo sentir el borde afilado de las vértebras rotas. Su cabeza estaba rígida y en un ángulo que le hacía ver todo patas arriba.

Peel subió arrastrándose por las escaleras, comprendiendo vagamente que algo demasiadohorribledecomprenderlohabíasobrepasado.Noteníasentidouna apreciación fría del asunto; no había información adicional que recibir, ni lógica que aplicar. Alcanzó la plantasuperioryatravesótambaleanteeldormitoriodeSidraen dirección al baño, que ambos compartían algunas veces. Hurgó en la vitrina de medicamentos hasta que aferró una de sus navajas; seis pulgadas de fino acero cóncavo y afilado. Con un golpe tembloroso, hizo deslizar el filo a través de su garganta.

En forma instantánea se sintió inundado de gusto a sangre y su tráquea quedó obturada. Se dobló en agonía, tosiendo reflexivamente, y de su garganta brotó una espuma roja. Aún encorvado y resollante, con la respiración siseando horriblemente a través del tajo de la garganta, Peel golpeó con pesadez sobre el suelo enlosado y se sacudió en espasmos, mientras con cada latido del corazón la sangre salía a borbotones y lo empapaba. Y a pesar de todo, mientras yacía allí, tres veces muerto, no perdió la conciencia. La vida se aferraba a él con la misma posesividad con que él se había aferrado a la vida.

Por último se incorporó vacilante, no atreviéndose a mirar en el espejo el daño que se habíainfligido.Lasangre—laquequedabadentrodeél—habíacomenzadoa coagularse. Apenas podía hacer algunas respiraciones de tanto en tanto. Resollante, casi totalmente encorvado, Peel serpenteó hasta el dormitorio y buscó en el tocador de Sidra hasta que encontró el revólver de ella. Lo cogió con la poca fuerza que le quedaba, afirmando el orificio del cañón contra su pecho y se disparó tres veces en el corazón. Los impactos lo arrojaron contra la pared con un espantoso cráter desgarrado en el pecho y un corazón que ya no latía; y aún estaba vivo.

Es el cuerpo, pensó fragmentariamente. La vida depende del cuerpo. Mientras exista un cuerpo…. la simple concha… suficiente para contener la chispa… entonces la vida permanece. Me posee, esta vida. Pero tiene que haber una respuesta… soy todavía lo suficientemente ingeniero como para hallar una solución…

Absoluta desintegración. Fragmentar su cuerpo en partículas… miles, millones de pizcas… y allí ya no habría dónde contener esta vida persistente. Explosivos. Sí. Ninguno en la casa. Nada en esta casa, salvo el ingenio de un ingeniero. Sí. ¿Cómo, entonces, con qué? Estaba ya completamente loco, y la idea ingeniosa que se le ocurrió era también loca.

Se arrastró hasta su estudio y extrajo un mazo de naipes lavables de un armario. Por largos minutos los cortó en piezas diminutas con su cortapapeles de escritorio, hasta que tuvo un tazón lleno. Removió un morillo de la chimenea y lo arrancó penosamente. El fuste estaba hueco. Llenó el cañón de bronce con los pedazos de los naipes, apisonando con fuerza los jirones de nitrocelulosa. Luego que el caño estuvo sólidamente lleno, puso dentro las cabezas de tres cerillas y obstruyó el extremo abierto con la correa metálica que lo sujetaba a la chimenea.

Había una lámpara de alcohol sobre su escritorio, la utilizaba para mantener calientes los cacharros de café. Encendió la lámpara y colocó el caño del morillo directamente sobre la llama. Acercó arrastrando una silla del escritorio y se encorvó ante la bomba en calentamiento. La nitrocelulosa era un poderoso explosivo cuando se lo detona bajo presión. Era sólo una cuestión de tiempo, lo sabía, antes de que el bronce estallara con una violenta explosión y esparciera sus pedazos por la habitación; esparcirlo en la bendita muerte. Peel lloriqueaba de tormento e impaciencia. La espuma roja de su garganta brotaba de nuevo, mientras la sangre que empapaba sus ropas se secaba y endurecía.

La bomba se calentaba demasiado lentamente. Los minutos pasaban demasiado lentamente. La agonía aumentaba demasiado lentamente.

Peel temblaba y gemía, y cuando estiró una mano para acercar la bomba un poco más a la llama, sus dedos no pudieron sentir el calor. Podía ver cómo la carne se abrasaba, pero no sentía nada. Todo el dolor estaba dentro de él… nada fuera.

El dolor producía ruidos en su cabeza, pero por encima del retumbar pudo oír el sordo rumor de lejanos pasos en la planta inferior. Los pasos se acercaban, lentos, casi como la inexorable pisada del destino. La desesperación hizo presa de él al pensar en la policía y el triunfo de Sidra. Trató de persuadir al alcohol de la lámpara para que llameara con más vigor.

Los pasos atravesaron la sala principal y comenzaron a ascender la escalera. El deliberado golpe de los tacos sonaba cada vez más fuerte y cercano. Peel se encorvó más aún y en los huecos más opacos de su mente comenzó a rezar y a pedir que la Misma Muerte viniera por él. Los pasos alcanzaron la parte superior de las escaleras y avanzaban hacia su estudio. Hubo un débil susurro cuando la puerta se abrió de un empujón. Inmerso en la fiebre de la locura, Peel rehusó darse vuelta.

Una voz desagradable habló:

—Bien, Bob, ¿qué es todo esto? No pudo volverse o responder.

— ¡Bob!—dijo la voz roncamente— ¡no seas tonto!

Vagamente comprendió que ya había oído esa voz en algún lado antes.

Los medidos pasos sonaron otra vez y entonces la figura estuvo de pie a su lado. Con ojos vacíos de sangre echó un vistazo a un costado. Era Lady Sutton. Aún usaba su túnica con lentejuelas.

— ¡No lo creo! —Los pequeños ojos de ella parpadearon en sus cuencas.— ¡Qué has hecho, te has destrozado!

—Ogge… un… aminoo.—Laspalabrasdistorsionadassequebrabanyzumbaban cuando la mitad de su aliento se escapaba a través del tajo de su garganta.—Noo… seé… ata—padoo.

— ¿Atrapado? —Lady Sutton se echó a reír.—Eso sí que es bueno, vaya si lo es.

—Tú… loo… fuiste —musitó Peel.

— ¿Qué haces allí? —quiso saber Lady Sutton casualmente—. Oh, ya lo veo. Una bomba. ¿Vas a volar en pedacitos, eh, Bob?

Sus labios formaron una respuesta insonora.

—Ya —dijo Lady Sutton—, terminemos con toda esta tontería. —Intentó alejar de una patada la bomba del fuego. Peel hizo un esfuerzo y le atrapó un brazo con manos como pinzas. Ella era sólida, para ser un fantasma. Sin embargo, logró apartarla.

—Deja… que… sea —musitó.

Sus palabras parecían no tener sentido para él. La golpeó cuando intentó evitarlo e ir hacia la bomba. Ella era demasiado sólida y fuerte para él. Cayó hacia la lámpara de alcohol con sus brazos extendidos en busca de salvación.

— ¡Bob! ¡Maldito idiota! —gritó Lady Sutton.

Hubo una explosión enceguecedora. Hizo impacto en el rostro de Peel con un destello de luz blanca y un estallido como de trueno. Todo el estudio se sacudió, y una porción de la pared se desplomó. Una pesada lluvia de libros cayó desde los conmocionados estantes. El humo y el polvo llenaban el espacio con una densa nube.

Cuando ésta se aclaró, Lady Sutton aún se encontraba de pie junto al lugar donde había estado el escritorio. Por primera vez en muchos años… en muchas eternidades, quizá, su rostro ostentaba una expresión de tristeza. Por un largo tiempo permaneció en silencio.Porúltimoseencogiódehombrosycomenzóahablarconlamismavoz tranquila con que había hablado a los cinco en el refugio.

— ¿No te das cuenta, Bob, que no puedes matarte? La muerte mata sólo una vez, y tú ya estabas muerto. Todos ustedes han estado muertos desde hace días. ¿Cómo ninguno de ustedes lo advirtió? Quizá si el ego de Braugh hablara… quizá… pero todos vosotros estabais muertos antes de llegar al refugio el jueves por la noche. Debiste haberlo comprendido cuando llegaste a tu casa bombardeada, Bob. Fue el duro raid del último jueves.

Elevó las manos y comenzó a despegar la toga que la cubría. En medio del mortal silencio las lentejuelas susurraron y tintinearon. Relucieron cuando la túnica cayó del cuerpo revelando… nada. Espacio vacío.

—He gozado de este pequeño asesinato —dijo ella —. Me divirtió contemplar cómo los muertos intentaban asesinar. Es por eso que te he dejado seguir con el asunto.

Se quitó los zapatos y las medias. Ahora no había más que los brazos y hombros y la gruesa cabeza de Lady Sutton. El rostro aún exhibía una ligera expresión de pena.

—Pero fue ridículo tratar de asesinarme, siendo quien era.

Por supuesto, ninguno de vosotros lo sabía. La obra fue deliciosa, Bob, porque yo soy Astaroth.

Con un súbito movimiento, la cabeza y los brazos saltaron en el aire y cayeron junto al vestido hecho a un lado. La voz continuó surgiendo del espacio humeante, descarnado, pero cuando la nube polvorienta remolineó, reveló una figura de vacuidad, un simple contorno, una burbuja, y aún era una terrible forma a contemplar.

—Sí —continuó la voz—, soy Astaroth, tan viejo como las edades; tan viejo y aburrido como la misma eternidad. Es por eso que he jugado mi pequeña broma con vosotros. He hecho cambiar la suerte y me he reído un poco. Vosotros suplicabais por un poco de novedad y entretenimiento después de una eternidad infiernos dispuestos para los condenados, porque no hay infierno como el infierno del aburrimiento.

La tranquila voz se detuvo, y miles de fragmentos esparcidos de Robert Peel oyeron y comprendieron. Miles de partículas, cada una de ellas conteniendo una atormentada pizca de vida, escucharon la voz de Astaroth y comprendieron.

—De la vida no sé nada —dijo Astaroth gentilmente —, pero de la muerte sí que sé… de la muerte y la justicia. Sé que cada criatura viviente crea su propio y eterno infierno.

¿Qué eres ahora, qué te has hecho a ti mismo?; si alguno de vosotros puede discutir esto, si alguno de vosotros puede oponer reparos a la Justicia de Astaroth… ¡Que hable ahora!

La voz se extendió y provocó ecos en los más remotos rincones, pero no hubo respuesta.

Miles de torturadas partículas de Robert Peel la oyeron y no respondieron.

Theone Dubedat la oyó y no respondió, envuelta en el salvaje abrazo de su dios—amante.

Y un podrido y auto—devorante Digby Finchley la escuchó y no respondió.

El cuestionador y dubitativo Christian Braugh —en el limbo—la oyó y no respondió. Ni Sidra Peel ni la imagen—espejo de su pasión respondieron.

Todos los condenados de toda la eternidad en infinitos infiernos hechos por ellos mismos la oyeron y no respondieron.

Pues la justicia de Astaroth es incontestable.