
Este fragmento de Jardines de la Luna, de Steven Erikson, es sin duda el que me hizo comenzar a leer la saga, a pesar de que sabia que sería muy larga (me tomó 4 meses leerla). Pero realmente te anima encontrarte algo como esto en el prólogo de un libro:
—Entonces, ¿es cierto? —se atrevió a preguntar Ganoes.
—¿El qué?
—La Primera Espada del Imperio. Dassem Ultor. Nos enteramos en la capital, antes de partir. Dicen que ha muerto. ¿Es verdad? ¿Ha muerto Dassem?
El hombre pareció dar un respingo a pesar de lo inquebrantable de su mirada, puesta aún en el distrito del Ratón.
—Así es la guerra —musitó entre dientes, como si hablara consigo mismo.
—Sirves en el Tercero. Creí que el Tercero se hallaba destacado con él, en Siete Ciudades. En Y’Ghatan…
—Por el aliento del Embozado. Aún buscan su cadáver en las ruinas ardientes de esa condenada ciudad, y aquí estás tú, hijo de mercaderes, a tres mil leguas de distancia de Siete Ciudades, con una información que se supone que sólo unos pocos poseen. —Siguió sin volverse—. No conozco tus fuentes, pero te aconsejo que no compartas con nadie esa información.
Ganoes se encogió de hombros.
—Dicen que traicionó a un dios.
Finalmente, el hombre se volvió al muchacho. Diversas cicatrices surcaban su rostro, y algo que bien podía ser una quemadura desfiguraba su mandíbula y la mejilla izquierda. A pesar de todo, parecía joven para ostentar el empleo de comandante.
—Atiende a la lección, hijo.
—¿Qué lección?
—Todas y cada una de las decisiones que tomes en la vida pueden cambiar el mundo. La mejor vida es aquella que escapa a la atención de los dioses. Si quieres vivir en libertad, chico, no llames la atención.
—Quiero ser soldado. Un héroe.
—Ya crecerás.




