Los 43 días de Kangayowa

Día III: los defensores

-Parece que, después de todo, ese calderero media sangre, Urwako, ¡que Shonto lo bendiga por su falta de lealtad! no mentía, mi gorakan- masculla Uyasewa, aún incrédulo, pero ya devolviéndole respetuosamente a Yarawo su preciado catalejo tumbriano –Veo las banderas, como anunció. ¡Esos locos vienen de veras hacia aquí! Catafractos abulanos y Perros de Mar… jinetes y marinos contra los muros de Kangayowa, y sin artillería ¡absurdo! Los masacraremos fácilmente ¡loado sea Shonto!

Desde la pequeña plataforma en lo alto del cilíndrico donjon, el punto más elevado del antiguo y formidable castillo, las tropas khorks que van llegando a la explanada al pie de la cordillera se ven pequeñas como hormigas.

Y casi igual de peligrosas. Da la impresión de que, extendiendo las manos, se podrían aplastar por cientos, quizás por miles…

-Te lo dije- el joven caudillo militar yowa acepta, con una inclinación de cabeza, el telescopio plegable que le tiende el veterano guerrero. Es un instrumento decorado con hermosas filigranas de bronce, pero anticuado diseño: evidente trofeo de antiguas incursiones contra la norteña nación de pelirrojos habitantes, pasado de generación en generación. –Y ya no tienes que llamarme gorakan.

-Para mí, usted siempre será mi kan de kanes- niega, untuoso, el viejo kaikodo. –Su ejército sigue aquí…

Yarawo no mantiene un gran distanciamiento con sus subordinados; desprecia la altiva actitud que cabría esperar en un caudillo supremo yowa. De hecho, hasta ahora ha tratado al viejo kaikodo con mucho respeto; casi afectuosamente.

Ya no lidera el gran ejército de la invasión; el resto de los kanes, felices de no tener que seguir más sus órdenes, y dando por terminada la incursión, han seguido camino hacia la estepa, dejándolo solo en Kangayowa.

Quizás, como se ha quedado sin otro interlocutor de rango siquiera cercano al suyo, el gorakan ha optado por tratar a Uyasewa casi como a un igual.

–Ser líder no es sólo un gran honor… es también una enorme responsabilidad. Por eso me quedé; para proteger el paso con mis hombres. Más todos los voluntarios de otras hordas a los que sus kanes les permitieron unírseme. – agrega el joven caudillo, muy ufano. –Casi la mitad del ejército, en realidad. Unos 5000 jinetes. Y les pedí que me dejaran todos sus cañones de mano: total, si nunca les han gustado las armas de fuego. No son muchos, pero algo ayudarán, en la defensa de los muros.

-Mi kan ¿le parece prudente…?- comienza a decir el guardián de la fortaleza de Kangayowa, preocupado porque su autoridad en la fortaleza resulte cuestionada por el amable, y sin dudas valeroso, pero también ¡muy probablemente! irreflexivo imberbe.

¡Miles de hombres contra su par de centenares! Una situación incómoda, como mínimo. Porque un ejército no puede tener dos jefes supremos. Ni tampoco un castillo. Todo el mundo lo sabe.

-Más que prudente, necesario. Incluso diría que imprescindible- lo interrumpe Yarawo, categórico, mirándolo de hito en hito –Uyasewa… ese Ejército Libertador que se nos viene encima debe tener al menos 4 000 guerreros. Y se esperan refuerzos, lo sabemos. Tus 200 jinetes serían nada contra tal marea humana.

-Un hombre tras un buen muro vale por 10, dicen siempre los tumbrianos- el kaikodo recita el viejo adagio militar extranjero, a la vez molesto y satisfecho por el buen juicio del gorakan ¿será que lo subestimó, por su corta edad? ¡terrible error! –Y usted ya ganó mucha gloria acaudillando las tropas que asolaron las aldeas de los malditos khorks cavatierras. Sería lamentable que ahora no disfrutara de esos honores tan merecidos, de vuelta al Shonto-gawaz, como los demás kanes que tuvo bajo su mando… o incluso muriera, sólo por quedarse aquí a defender este paso, que en realidad no peligra demasiado.

-Todos tenemos que morir, algún día. Y toda la gloria de Ardabla cabe en una cagarruta fresca de oveja- se burla el líder yowa, estremeciéndose imperceptiblemente: el viento sopla fuerte y gélido, a esa altura ¡y aún no termina el verano! ¿quién podrá soportarlo, en invierno? ¡ese Uyasewa será viejo… pero también es duro! –No lancé a mis hordas montadas contra los poblados de esos pobres labriegos y leñadores por mis ansias de grandeza personal, ni para poder hacerme trenzas en la barba… que todavía no me crece, de todos modos. Me preocupa Kangayowa… si la toman, los nadadores comepeces tendrían libre acceso a nuestras sagradas estepas…

-Pues, que intenten atraparnos en ellas- se burla el viejo kaikodo -¡No son jinetes!

-Pero sí una infantería excelente- le recuerda Yarawo.

-Ni tanto…- porfía Uyasewa -Los leñadores y cazadores khorks no son buenos soldados; saben usar sus hachas, sus cuchillos y sus arcos largos, seguro…. y nadie se esconde mejor en sus bosques… pero no tienen idea de cómo luchar en grupo. Ni siquiera esos ryukeshas asesinos ¡Shonto los barra del mundo con su soplo… empezando por su maldita jefa, esa Partecráneos asesina, nadadora y comepeces! Y esos Perros de Mar del comodoro calvo están perdidos en tierra; sólo saben tocar sus caracolas y formar grupos erizados de armas, no atacar. Podrá cubrirse de gloria rechazándolos en estos muros, mi kan.

-Si fuera gloria lo que me interesara, les habría plantado cara a esos catafractos abulanos y a su coronel tuerto, ¡que Shonto lo maldiga!- repone Yarawo, sonriendo -Ese negro, N´bule… sí es todo un guerrero. Y un jinete habilísimo.  Lástima que no naciera en Yowa. No; sólo quiero asegurarme en persona de que ningún khork atraviese ese túnel en la montaña. Nuestro pueblo debe comer en paz lo que recolectamos.

El kaikodo asiente, imperceptiblemente: sí, será un honor pelear con este muchacho.

-Tengo once cañones tras los muros – anuncia, tras un breve silencio, tan orgulloso como el amo de un semental de guerra al ponderar las virtudes de su corcel–Todos comprados hace un par de años a los tumbrianos; los pelirrojos los trajeron justo cuando mis hombres y yo llegamos a la fortaleza ¿recuerda su caravana atravesando el Cielo de Hierba? Creo que todo el tiempo temían que los matáramos, a pesar de cumplir con su parte del acuerdo.

-Once cañones… son muchos- asiente Yarawo. –Más de los que esperaba. Espero que tenga también suficiente pólvora, kaikodo: junto con los de mano, podremos disparar bastante a cualquiera que se acerque.

-Me sobra la pólvora, mi kan. Y, además, ninguno de mis cañones es una bombarda: gastan mucha en cada disparo, y son buenas para batir muros, pero no para defenderlos- siga aclarando el kaikodo, cada vez más ufano, halagado por el asombro del kan de kanes ante lo formidable de su armamento -Dispongo también de un mortero grande en el centro de la barbacana y otros dos en este donjon, junto con ocho culebrinas largas de grueso calibre, tres de ellas de bronce, las otras de hierro. Coloqué una en cada baluarte de la fortaleza, una en cada lienzo de muro que los separan, y tres aquí, en lo más alto del donjon, que dominan toda la meseta. Y por lo menos quince catapultas, balistas y fundíbulos o trabuquetes, como quieran llamarles. ¿Quién dijo que los yowas no entendemos la guerra moderna? No importa cuántos hombres traigan los cavatierras; no pasarán.

-Mucha artillería, para tan pocos hombres bajo tu mando. Y ni un solo kan… las hordas no pelean igual cuando no tienen estandartes- opina el gorakan, con pragmatismo, pero tratando de no ofender al viejo kaikodo. Detesta volverse el enemigo de sus subordinados –De todos modos, si un hombre tras un buen muro vale por 10, tus 200 aún contarían sólo como 2000. Las fuerzas enemigas son al menos el doble… por ahora. Traerán artillería de su muralla de coral, en Grakhork, pronto, y de seguro más que la nuestra. No; dejaré que vean a mi gente en las almenas, saturando cada adarve.

-Eso tal vez los disuada de atacar y se retiren. No son guerreros- especula Uyasewa.

Claro que ni él mismo se cree demasiado lo que dice… aunque tal vez sea justo eso lo que Yarawo quiere escuchar. Y no hace ningún daño tener contento al jefe…

-He pensado en un estandarte para nuestras tropas- sigue diciendo el gorakan, entusiasta –ya que no tenemos kanes… y no quiero que el mío sea el único en el campo de batalla. Dos cráneos de toro, por ti y por mí, líderes de la tropa, sujetos en un anillo de hierro con púas, por Kangayowa… y sin ninguna cola de caballo, para que quede claro que la defenderemos solos, sin las hordas. Porque no creo que esos nadadores comepeces abandonen, si ya han llegado hasta aquí… ¡Shonto los maldiga!

-Buena idea, la del estandarte; enseguida ordenaré que hagan una decena. Y, mi kan ¿ha pensado que tal vez Shonto sólo nos bendice con la oportunidad de una gran victoria sobre esos cavatierras? Que vengan, si quieren morir- dice, desafiante, el kaikodo… y muy satisfecho de poder contar con todos los hombres de Yarawo ¡Shonto sabe que los va a necesitar! Sólo con sus 200 guerreros, la fortaleza no duraría una semana, frente a tan numerosos enemigos –Nunca nadie ha tomado Kangayowa por la fuerza, ni lo conseguirá, mi gorakan. No mientras yo esté aquí.

-Lo que tampoco significa que debamos confiarnos- el kan de kanes ha vuelto a desplegar su vetusto, pero magnífico catalejo tumbriano, apoyándolo en una de las almenas de la alta torre. Observa a las numerosas tropas enemigas de abajo, mientras se acercan a la línea del bosque, al pie de las Jawar, con sus banderas tremolando al viento, y comienzan con los aproches del sitio –Es absurdo, sí. Sospechosamente absurdo ¿jinetes y marineros? Dicen que ese rey de los khork con aspecto de eunuco se tomó nuestras incursiones como una ofensa personal a su corona, y que quiere ganar gloria a costa de los yowas. Qué osado, qué iluso…

-¿Korgalth? Ni siquiera es el primero de su nombre. Sólo es un segundón im… tonto, sin verdadera vocación militar…- empieza a decir Uyasewa, pero calla en mitad de la frase.

Nervioso, se mesa su larga barba rubia dividida en multitud de trenzas, que ya empiezan a encanecer: ha estado a punto de pronunciar la palabra prohibida en presencia del kan de kanes; imberbe.

Por suerte, se contuvo a tiempo, recurriendo a los útiles informes del ambicioso buhonero mestizo: cada centavo que le ha pagado al reparador de ollas de sangre mezclada ha valido la pena.

–A ese rechoncho jovenzuelo le falta la madera de los auténticos kanes- sigue diciendo, con alivio de haber evitado el insulto –Mi kan ¿sabe que, ahora, ese mismo rey exige que lo llamen el Salvador? Pese a su corona, sólo es un cobarde presuntuoso, que deja lo difícil y sucio de la guerra en las manos de petimetres, extranjeros y mujeres mutiladas. Y un imprudente. Casi lo matan, nuestros hombres ¿recuerda?

-Un gran rey no tiene que ser por fuerza un gran guerrero. También lo es aquel que sabe en quién de los suyos delegar poder, en cada caso- considera Yarawo, cuya sabiduría y prudencia cada vez le resultan al kaikodo más sorprendentes, en alguien de tan corta edad –Tal vez aprendió la lección; se retiró a su capital, dejando la guerra a los que saben. Nuestros verdaderos enemigos son sus seguidores.

-Estamos en nuestro terreno- aduce Uyasewa, muy seguro.

-No, kaikodo; no te engañes. Nuestro terreno es la estepa y la silla de montar. No esta montaña- lo contradice el joven kan de kanes, pensativo. –Combatir a pie, tras estos muros… no es lo que Shonto nos reservó. ¿Qué sabemos de su generala? Esa vieja… Ygrelth, ¿no? es manca…

-Según Urwako, es una gran jefa: dondequiera que ha servido, en tierras foráneas, sus hombres acaban adorándola- le informa Uyasewa, casi a regañadientes –Pero, personalmente, yo nunca he oído hablar de sus triunfos. Y, una mujer al mando de todo un ejército… tampoco será gran cosa. ¿Quién la respetará? Con una mano de menos, además…

-Sería un error subestimarla- piensa en voz alta Yarawo, antes de preguntar: -Y ¿del tal vizconde de Kalagraz, el representante real? Sus tierras están en la costa, creo. Es joven, pero ya debe ser un buen guerrero… él fue quien salvó a ese rey tonto de nuestros jinetes ¿no? peleando contra muchos…

-Pura suerte- resopla el kaikodo, minimizando la hazaña del enemigo –No olvide, mi kan, que Shonto cubre con la bienhechora sombra de sus nubes a los mismos que luego fulmina con su relámpago. No digo que el muchachito no sepa manejar una espada ni que sea un cobarde; tiene fama de duelista feroz. Sólo que es… inexperto. Nunca ha dirigido tropas. No creo que cuente mucho, en la estrategia de los khorks. No todos los guerreros son buenos soldados. Ni mucho menos líderes competentes.

-Apuesto mi sable contra una bizna de hierba seca a que nuestro Oyoga podría derrotarlo- piensa, en alta voz, el kan de kanes.

-Sin dudas. Pero al gigante Oyoga decidieron, usted y los otros kanes, dejarlo al otro lado del Kangayowa, porque no podía montar a caballo como todos los demás- le recuerda, prudente, Uyasewa –Tal vez no fue la decisión más sensata… ahora mismo, su brazo y su gran hoja nos resultarían tan útiles como esos nuevos estandartes, para inspirar con su ejemplo a los defensores de la fortaleza. Pues no hay otro guerrero más temible a pie, en toda Ardabla. Pero no tiene sentido derramar lágrimas por lo que uno mismo decidió dejar atrás ¿no, mi kan?

-Sabias palabras, amigo. Las trenzas de tu barba dan fe de que fuiste un gran guerrero en tu juventud; será un honor luchar a tu lado, si todo el vigor que has perdido en el brazo ha fluido hasta tu mente- aprueba Yarawo, halagador ¡nunca está de más ganarse el aprecio de los subordinados!, y luego suspira: –Pero el que más me preocupa es ese maldito negro de Bureka, tuerto y amante de hombres, N´bule ¡Shonto se lleve su roja estampa con sus tempestades! No creí que existiera una caballería que pudiera derrotarnos, en toda Ardabla. Esas armaduras suyas parecen impenetrables…

-No los habíamos enfrentado antes… pero siempre hay un toro con los cuernos más largos. Recuerde cómo nos batieron los arcabuceros tumbrianos… usted sería un niño, en la última guerra, pero yo fui herido por una de sus balas, en 4289, año del pulpo y la tierra: la bola de plomo perforó fácilmente incluso el peto de acero que llevaba ese día- el anciano kaikodo se encoge de hombros, quitándole importancia al hecho –Esta guerra, al menos, habrá puesto en nuestra lengua una palabra nueva para cosas temibles: catafractos. Y un nuevo grito ante el que movernos con prudencia ¡avoyun kangüé! Je, “no tomamos prisioneros”… buena declaración. Pero acabaremos descubriendo cómo vencerlos, también. Si nuestras flechas no atraviesan sus corazas… usaremos armas de fuego. Shonto proveerá, como siempre ha provisto para su pueblo.

-Sí, pero, por ahora… son duros. Y están muy bien equipados. Me gustaría conseguir más de estas pistolas de rueda suyas: mejor si de las de dos cañones- refunfuña el joven gorakan, acariciando distraído la que lleva a la cintura, de un único cañón y obviamente tomada del cadáver de uno de los escasos jinetes perdidos por N´bule hasta el momento. La alza y examina; el metal pavonado reluce al sol, con hermosa letalidad –Nos serían muy útiles, para disparar desde los adarves a cualquier khork que intente una escalada. Porque los tiempos están cambiando, viejo Uyasewa. Ya no son sólo los arcabuces: ¡mira estas armas de fuego, que se pueden sostener y disparar con una sola mano! ¿quién lo hubiera creído posible, en tiempos de los abuelos? realmente, al lado de esas, nuestros cañones de mano son lamentables antigüedades. Y ni siquiera tenemos tantos.

-Me fío más de los trabuquetes y catapultas. No me gustan mucho esas cosas modernas. Las balas de plomo o de hierro y los bolaños del enemigo podrán atravesar las armaduras… pero no estas murallas. Tampoco las pueden superar volando en arco, como las flechas y piedras… y ni siquiera llegan tan lejos- le recuerda, el guardián de Kangayowa, a su gorakan, sonriendo –Esos mercenarios negros acorazados no luchan por su patria, por su bandera rojinegra con el caballo, sino por el dinero. Apuesto a que, si tuviéramos más oro que Korgalth II, sin el menor escrúpulo pelearían por nosotros. Y no estaremos cómodos luchando tras muros, sin monturas… pero piense en que N´bule y sus abulanos tampoco servirán de gran cosa, una vez que echen pie a tierra. Si es que aceptan siquiera combatir como infantería…  los hombres de Bureka son todos orgullosos, y Su Regordeta Majestad tendría que pagarles mucho para que hiciesen algo así.

-Pues parece sobrarle el dinero, al maldito gordinflón khork. Tal vez debimos galopar por esos caminos suyos tan anchos y cómodamente cubiertos de asfalto y amenazar su maldita capital de la costa, pese a todas sus murallas y cañones. Pero… ya veremos- gruñe el kan de kanes, acariciándose el mentón, como si la simple fricción pudiese ayudar a que se poblase de pelo. Lleva años afeitándose la suave piel de la barbilla, aunque ni ahí ni en Luego pregunta, brusco: – Uyasewa ¿tú también crees que tratarán de conquistar primero la barbacana al pie de la montaña? Tu segundo en esa fortificación secundaria, Hankawa, sería el primero de nosotros en enfrentarlos ¿no es cierto? Dices que es un buen guerrero, pero, a fin de cuentas, no es un kan…

-No sólo los kanes son buenos guerreros- repone el kaikodo, frío. –Hankawa lleva años bajo mis órdenes, y sabe lo que hace. Cumplirá con su deber.

Los ojos de ambos vuelan a la fortificación anular, a la entrada del sendero que lleva al castillo. Los hombres del Ejército Libertador ya están cavando trincheras y levantando empalizadas por todas partes… pero, con sus profundos fosos llenos de agua y su puente levadizo alzado, la barbacana todavía parece una isla inexpugnable en medio de la fangosa explanada. Ninguno de los sitiadores se atreve a acercase a menos de dos tiros de arco; la distancia máxima a la que alcanzan los proyectiles de los mayores fundíbulos.

Tanto el gorakan como el kaikodo saben que la resistencia de la fortificación secundaria, en el mejor de los casos, no será sino temporal. A lo más que pueden aspirar, los cientos de defensores comandados por Hankawa que la ocupan, es a retrasar algo el avance de los khorks… y hacerles pagar un alto precio por él.

-Mi kan, es inevitable: no les queda otro remedio que atacar la barbacana. Si quieren plantarse ante estas murallas con artillería y máquinas de guerra para atacarnos, antes tendrán que subirlas por ese sendero. No hay otro. La barbacana lo controla, es un obstáculo formidable. Hankawa es un buen soldado, y sabe dirigir a otros soldados mejor que muchos kanes- confirma el anciano guerrero, tras un instante de reflexión; arrepintiéndose al punto de su comentario, que podría ser interpretado como una crítica a su mando, por el gorakan –Aunque, como tienen a esos malditos ryukeshas, esa gente de los bosques, no descarto que Ygrelth también envíe pequeños contingentes de guerrilleros, que intentarán trepar hasta aquí por la espesura. No creo que puedan cambiar de forma, como dicen algunos de mis soldados más supersticiosos, pero esa gente de Partecráneos se mueven bien entre los árboles; eso es indiscutible. Incluso las mujeres. Y nos odian a muerte, ya lo sabe. Claro que lo empinado de estas laderas será un gran impedimento hasta para medio animales, como ellos…

-Tal vez ni lo intenten. Pero ya tomé mis precauciones. Envié avanzadillas y dispuse emboscadas, por toda la cuesta cubierta de vegetación- le informa el gorakan, encantado de que el experto combatiente coincida con él en su criterio –Hasta ahora no han reportado el menor movimiento junto a los riachuelos y a la sombra de los robles… pero si los atacan, aunque nuestros jinetes odian combatir a pie y ocultándose, yo sé que lucharán tan bien como tu Hankawa. Más me preocupan las minas. Los cimientos del castillo se cavaron en la   roca viva, pero la barbacana fue construida sobre la tierra.

Tanta previsión agrada aún más a Uyasewa; por joven e imberbe que sea, el gorakan trata de no dejar nada a la casualidad.

Le confiesa, regodeándose: -Mi gorakan… le envié dos shamanes con Hankawa, al frente de unos esclavos zapadores. Esos compañeros de Shonto… son lo que ellos llaman geomantes. Adivinos de la tierra. Detectarán mágicamente si los sitiadores emprenden cualquier excavación, y harán contraminas para neutralizarlas.

-Guerra de topos, bajo tierra… ¡qué asco! ¡qué abominación, luchar ocultos de los ojos del sagrado Cielo! Pero con esos Shontolanes ahí, ya creo que lo tenemos todo cubierto- asiente el kan de kanes, distraído, y sigue considerando la situación: –Oí que el rey ordenó a su gente ocupar Kangayowa antes de Gurzegh.

-¿En siete semanas? ¡imposible!- echa a reír el kaikodo. –Se ha vuelto loco…

-Eso me pareció- coincide Yarawo, satisfecho -No pueden rendirnos por hambre ni por sed; tenemos una cascada que cae en la fortaleza, y provisiones para medio año, sumando las de tus hombres y las que arrebatamos a los khorks; el invierno llegará mucho antes de que se terminen esos víveres, incluso ahora que somos tantos en el castillo. Y no se pelea bien en la nieve, en esta altura.

-Además, siempre nos queda el túnel, para recibir víveres y refuerzos… o incluso retirarnos, si fuera necesario- recalca el kaikodo.

-Bien dicho, Uyasewa- aprueba el gorakan -Así que sabemos con seguridad que el enemigo tratará de forzar la situación: escalar los muros, o derribarlos, antes de que podamos reaccionar…  y acabe ese plazo ridículo ¿Dijo ese calderero media sangre y lenguaraz algo sobre la artillería del enemigo? Me gustaría saber exactamente cuántos cañones tiene el rey en la capital, de qué tipo y cuándo llegarán…

-No- admite el viejo guardián de la fortaleza, algo preocupado por el tema, a pesar de todo –Sabemos que Korgalth II tiene algunas decenas de bocas de fuego, en Grakhork; tanto bombardas de gran calibre, como los últimos modelos de culebrinas y falconetes largos, recién salidos de las fundiciones tumbrianas, de hierro y de bronce… así que lo más seguro es que mueva algunos hasta aquí. Las carreteras del país son magníficas, ya lo vió usted, mi kan: los leñadores las usan para pagar sus impuestos a la corona, enviando los troncos de los árboles a los astilleros de la capital, en grandes carros tirados por bueyes… pero los cañones pesan todavía más. Incluso rodando sobre ese asfalto tan liso, no llegarán antes de una semana, como mínimo. Entretanto, Ygrelth tendrá que limitarse a pedirles a los sombreros de hierro tumbrianos que se pongan a construir fundíbulos, arietes y demás ingenios de ataque de madera ¡porque no trajo ninguno! y batir con ellos nuestras murallas. Si logramos resistir su acoso el primer mes, cabría esperar que nos eche encima hasta un par de torres de asedio, cuando Gurzegh esté cerca… esos norteños conocen bien su oficio, y son expertos en rendir fortalezas. Ya están talando árboles ¿lo ve, mi gorakan? Tal vez es ahí donde están todos esos malditos ryukeshas. Pero, con el laberinto de lagos frente al glacis, cualquier torre tendrá que zigzaguear larga y lentamente para acercarse al foso… y será un juego de niños, destruirla a cañonazos.

El kan de kanes Yarawo guarda silencio, mientras una, dos, tres… diez frondosas copas del bosque al pie de la cordillera se derrumban en rápida sucesión. El estruendo de la caída de los gigantes vegetales los alcanza, poco después; la distancia es tanta que, anteriormente, ni siquiera habían escuchado el golpe de las ágiles hachas de los lugareños sobre los gruesos troncos de robles y tejos.

-Sí… las torres de asedio no serían una buena idea, creo. Pero ojalá Ygrelth no se dé cuenta. Es una suerte que ese calderero nos contara tantas cosas- observa, pensativo, el gorakan –Dime, kaikodo ¿cuánto le pagaste por su… locuacidad, al tal Urwako?

-Una bolsa de oro- dice Uyasewa, y ante el ceño fruncido de su líder, inquiere, dudando: -¿Hice mal, acaso, mi kan? ¿le di mucho… o muy poco?

-Ni lo uno, ni lo otro- señala el kan de kanes, con una sonrisa siniestra –Simplemente, no le entregaste la recompensa adecuada para un delator, a ese sangre mezclada. Los yowas no estimamos el dinero: pagamos bien a los espías… aunque también los despreciamos. Y, en todo caso, nadie puede llevarse su oro al regazo de Shonto.

-Puedo quitárselo- propone el kaikodo, espantado ante la pragmática frialdad del gorakan, pero comprendiendo su razonamiento. Aunque no lo apruebe del todo; con tal práctica, cada vez les será más difícil contar con nuevos informadores.

El oro parece ser muy importante, para los extranjeros. Y hasta para los mestizos. Tontos: tiene un brillo hermoso, pero ni se puede comer, ni sirve para hacer armas sólidas.

-No vale la pena; déjalo que se sienta rico… por un rato- niega Yarawo, casi condescendiente –Pero, apenas puedas, conduce también a esa rata humana de Urwako a las mazmorras bajo el castillo, donde guardamos a las esclavas khorks… y deja que se yazca y se solace con tantas de ellas como desee, esta noche y la de mañana.

-Se pondrá eufórico- presume Uyasewa, divertido -Los media sangres suelen tener dificultades para conseguir esposa…

-Eso espero- el gorakan sonríe, siniestro –Luego… degüéllalo; no podemos permitir que le cuente al enemigo nada sobre nosotros. Y entiérralo en secreto, fuera de los muros, en el glacis. Pero haz correr el rumor de que se fue del castillo madrugada… y recupera el dinero; sospecho que habrá que pagar a otros delatores, en las próximas semanas.

El kaikodo piensa que los khorks tendrán informantes más que suficientes, incluso sin el calderero muerto… pero no lo dice. Tampoco tiene ya remedio, la situación.

El gorakan ha dado una orden, y queda sólo obedecerla.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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