Los 43 días de Kangayowa

Día IV: los atacantes

-No puede hacerse- opina N´bule, categórico, irguiéndose con esfuerzo en toda su espigada estatura, tras abandonar la incómoda posición tras el ocular del telescopio, instalado sobre el trípode –No en 7 semanas, al menos. Es una locura. Esa fortaleza podría resistir un asedio de años sin siquiera enterarse de que la sitian. ¡Mira esos fosos, esos glacis, ese puente levadizo! y esa piedra tiene el mismo tono rojizo de los desiertos de Abula. Si hubiese algún modo de compactar la arena para hacer roca, bien pudieran haberlos traído de mi patria, todos esos bloques de los muros.

El khork del coronel tuerto es fluido y bastante aceptable, si bien de vocabulario algo limitado; se nota que lleva años hablándolo. Aunque su acento todavía resulta demasiado musical para que nadie lo pueda confundir con un auténtico nativo del país al este de las Jawar, si ya lo oscuro de su tez no fuera suficiente.

Las lenguas de abulanos y hazmelethos, las dos naciones de Bureka, el continente sur de Ardabla, tienen ambas muchas más vocales y ritmo que ninguna de las que se hablan en el norteño Vhumbor.

N´bule usa barba y bigote, elegantemente recortados. Sin yelmo, se pueden apreciar bien sus oscuras facciones, regulares y viriles. Sólo las afea la cicatriz de un tremendo tajo que, viniendo de la sien derecha, cruza por encima del ojo del mismo lado, cerrado para siempre, de la nariz y va a morir casi en el costado izquierdo de la boca.

Es obvio que fue una gran herida, y casi un milagro que sobreviviera a ella.

Tal vez dejó de afeitarse por puro rechazo a que ninguna hoja afilada rozara su rostro…

El abulano recupera su espada, que se había descolgado del hombro. Suele llevarla atravesada a la espalda, en bandolera, cuando no va a caballo; la vaina de la pesada hoja de caballería es tan larga que, de usarla a la cintura, como hace cuando va montado, la arrastraría por los suelos.

Pero le gusta portarla siempre, incluso cuando, como ahora, sin posibilidad de combate a la vista, prescinde de la pesada armadura de catafracto, y sólo viste la túnica de seda roja.

Como buen soldado, sin armas se siente desnudo; incluso dentro del campamento lleva su magnífica pistola de llave de rueda y dos cañones, atravesada en la faja de seda roja que le ciñe las caderas. Por si acaso.

Las gruesas trenzas en que los guerreros abulanos se recogen su cabello rizo, ahora, libres, le cuelgan casi hasta las nalgas: los catafractos sólo las reúnen en un rodete cuando deben usar el yelmo. Así les protegen el cráneo del peso del acero.

-No son siete semanas- le recuerda Arboth de Kalagraz, siempre optimista, con la mano, cubierta por el brillante guantelete de placas articuladas, apoyada con garbo en el pomo de plata tachonado de esmeraldas de Matamaridos.

Él también lleva una pistola con llave de rueda, ricamente decorada con incrustaciones de oro y pedrería… aunque de cañón simple. ¡Qué no daría por tener una de dos cañones, como la del abulano!

El vizconde pronuncia el khork de un modo refinado y perfecto. Va de completa armadura, y recién pulida… aunque lleve alzada la visera del fantasioso yelmo de cabeza de dragón, adornado con una única pluma de gallo espejo.

Si suda o está incómodo, bajo tanto metal, se cuida muy bien de decirlo. La apariencia marcial exige ciertos sacrificios, a veces.

Pero al menos ha sustituido sus vistosos escarpes puntiagudos, que tan caros estuvieron a punto de costarle, en aquella feroz escaramuza donde salvara la vida de su rey, por otros más romos y anchos, de los llamados de garra de oso.

A de Kalagraz le inquieta un poco el tuerto coronel abulano: por alguna razón, pese a su burda espada, que tanto le recuerda a La Barra de su “ex cuñado”, el barón Tarbelth de Termokh, no está seguro de ser capaz de vencerlo, en un combate personal; un sentimiento para él inédito… y que prefiere no exteriorizar.

–Es un poco más. Hasta Gurzegh faltan exactamente cuarentaitrés jornadas- agrega el gallardo aristócrata, petulante, ante la atónita mirada del mercenario negro. -Lo comprobé en el calendario. Siete semanas de seis días… y uno más.

-¡Vaya diferencia sustancial, Matayowas! ¡un día más! ¡cuarentaitrés en lugar de cuarentaidós! Qué alivio… por un momento temí que no nos alcanzaría el tiempo para tomar esos muros- rezonga Ygrelth, sarcástica, burlándose del más reciente apodo del vizconde.

Su khork suena incluso más extraño que el del mercenario abulano. Aunque nació en la mismísima capital, Grakhork, los padres de la veterana soldada, llegados pocos años antes de Hi-Fhon, la bautizaron Li Gun Jo, y aprendió a hablar la hermosa y compleja lengua de la nación más grande del occidental continente de Ñénza, mucho antes que la de su patria de nacimiento.

Luego, sus andanzas como mercenaria por media Ardabla, sobre todo por el continente occidental, Ñénza, siempre revuelto, confirmaron su don para los idiomas, y le permitieron aprender otra media docena… pero acabaron de enrarecer su pronunciación del khork.

La generala está cómodamente sentada, un poco más atrás de los dos hombres, en un sillón plegable. Tras el que permanece, de pie, Juborth, el edecán que heredó del rey. Venido del occidental Obolobo, donde nació con el nombre de Amaaliba, y siempre vestido con amplia y negra túnica, reacio a usar toda clase de uniforme o loriga, como si fuera un civil cualquiera, el silencioso joven parece haber hecho buenas migas con su nueva jefa… tal vez porque, en cierta medida, no importa cuántos años pasen, ambos serán siempre extranjeros en Khork.

La curtida militar tampoco lleva armadura, sino cómodas ropas de lino verde, al estilo de los khorks del interior, aunque ribeteadas de blanco y rico armiño.

Su aspecto no puede calificarse de muy marcial o aguerrido. Bien podría pasar por una abuelita cualquiera… si no fuera por la brigantina de piel de buey hervido y tachonada de remaches dorados, que lleva entreabierta.

Y la larga hoja envainada que cuelga de su cadera izquierda.

Se trata de un arma que se ve raramente fuera de Ñénza: un tardir, el clásico sable de caballería xastano, con su hoja corva y su sencilla guarda en cruz rematada en volutas, una de ellas unida por una cadena, a guisa de nudillera, al pomo en forma de cabeza humana.

Es una espada vieja y de no muy buena calidad. Nadie sabe por qué la generala la lleva siempre consigo. Tal vez porque tardir, en xastano, significa “alma”…

Ygrelth también se ha despojado del manguito de cuero que habitualmente cubre el extremo de su manga izquierda y se rasca con culpable placer el romo muñón en que termina su brazo, a la altura de la muñeca, mientras Juborth sostiene la pieza de piel curtida, solícito.

A la vieja soldada le molesta enormemente no poder llegar a lo que realmente le pica: la mano que le falta desde hace tantos años. Los dolores fantasmas son un incordio, para todos los mutilados; una incomodidad más, de las muchas de la guerra… y la edad, a las que ha acabado por acostumbrarse.

¡Qué remedio no le queda! la alternativa habría sido morir joven… y ya ese carruaje pasó de largo, para ella.

Pero ojalá y todo fuera tan fácil de soportar como un poco de escozor. Sabe que la fortaleza que debe conquistar será un hueso duro de roer… y no le gusta.

Al fin, resopla y agrega, con acrimonia: -Es una locura, los tres los sabemos. Perderemos a mucha gente en esos muros y baluartes. Pero hay que complacer a Su Caprichosa Majestad Korgalth II…  El Salvador ¡Wylan lo confunda! O al menos intentarlo con todas las fuerzas a nuestro alcance

Parpadeando con su único ojo, el alto N´bule mira de reojo al joven vizconde: le intriga cómo podrá reaccionar, el vehemente noble, ante aquella burla apenas velada contra su soberano… y amigo.

Pero de Kalagraz nunca ha creído perfecto al rey. Así que finge no escuchar la irónica invectiva de la generala. Por otro lado, ya el astuto monarca le había advertido que la vieja militar podría decir lo que quisiera contra su real persona… siempre que consiga rendir la fortaleza de Kangayowa en las siete semanas fijadas.

Y cree El Salvador que, si alguien es capaz de tal proeza, en toda Khork, esa es ella.

Claro que, si falla… el hermoso cortesano sonríe, imaginándose a qué oscura mazmorra de Grakhork irían a podrirse los vetustos huesos de la plebeya estratega, pese a toda su distinguida trayectoria en tantos campos de batalla extranjeros.

Korgy es generoso con los que lo sirven bien… pero tiene poca o ninguna tolerancia con quienes le fallan.

Peor para Ygrelth: en la nunca humilde opinión de Arboth de Kalagraz, rendir aquel castillo de montaña es imposible, al menos en ese mes y medio que tan irracionalmente ha exigido su amigo y soberano. Por lo que es todo un alivio no ser el jefe máximo del asedio. Aunque codicie los honores del generalato, por supuesto: odiaría morir siendo todavía un simple vizconde. Y la guerra ofrece muchas oportunidades de ascenso, para un hombre hábil.

Casi le dan lástima, por otro lado, la falta de refinamiento y sutileza de Ygrelth: la soldado de profesión es una anciana zafia y corpulenta, desaliñada y de facciones tan vulgares que ni siquiera en su juventud debió merecer una segunda mirada de ningún pretendiente con escrúpulos. No se preocupa por su aspecto personal: no usa joyas, no trenza su pelo blanco, que usa corto, casi al rape… lo que la ha hecho especialmente popular entre los guerrilleros ryukeshas.

Pero, desde luego, sí que da la impresión conocer bien su oficio: la guerra. Al menos su parte logística.

Apenas llegaron las tropas al pie de la cordillera, Ygrelth ordenó comenzar los trabajos de aproche para el sitio: a los leñadores, buscar madera; a los cavadores, abrir zanjas; a los cazadores ryukeshas, a peinar los bosques para complementar la monótona dieta habitual de pescado seco y grano de la tropa.

Construyó letrinas apartadas; canalizó agua de los riachuelos cercanos; hizo feliz al venerable doctor Motkath, reservándole un sitio bien ventilado para que alzara las tiendas de su hospital de sangre, en previsión de los heridos, inevitables en toda guerra.

En fin, que organizó el campamento y todo lo demás con una fácil, engañosa rapidez… parecía estar en todas partes, y donde ella no estaba, ahí trasmitía sus órdenes el discreto, silencioso, eficiente Juborth.

Tipo misterioso, ese edecán. Habrá que vigilarlo muy de cerca, por si acaso. A de Kalagraz le da la extraña impresión de que el obolobo es algo más de lo que parece ser… ¿un enviado secreto del rey, tal vez?

Korgy puede ser muy suspicaz, a veces; vigilantes de los vigilantes ¡vaya retorcimiento!

Lo mejor será mantenerse cerca de la anciana y hasta adularla un poco, si hace falta. Si de Kalagraz realmente quiere, alguna vez, convertirse en mariscal de todos los ejércitos de Khork, o llegar a duque ¡tal vez a príncipe! del reino, tiene mucho que aprender de la fea y deslenguada, pero indiscutiblemente hábil veterana.

Además, lo cierto es que incluso le cae un poco bien, la vieja manca. Tal vez porque no la ve como un rival por el siempre volátil favor de su caprichoso rey.

Que ahora mismo debe estar quejándose de su desgraciado destino, en los voluptuosos brazos de la baronesa Yaralth ¡el muy suertudo!

Wylan le conceda muchas horas de sueño… y pocas de deseo.

Pensando en Yaralth, el vizconde Arboth de Kalagraz sonríe, sin darse cuenta

¡Ah, cuánto echa de menos a esa zorra! una bruja ambiciosa y sin escrúpulos, pero ¡tan hermosa! ¡y tan ardiente en la cama! Sería la esposa ideal para él… si su familia no fuera tan pobre.

Y si su hermano, el jefe de la guardia real, no estuviera tan celoso de su muy dudosa virtud…

Nada es perfecto, en este mundo. Pero, al menos de momento, de Kalagraz no tiene prisa por saber cómo son las cosas en el otro; Wylan puede esperar, para conocerlo…

-Siempre he sido catafracto, pero no empecé mi carrera en las armas luchando como jinete- confiesa N´bule, para romper el silencio, que ya se vuelve incómodamente largo. Se acaricia la vacía órbita derecha, cubierta con un parche del mismo intenso escarlata que sus ropas, que mucho contrastan con el negro casi azulado de su piel abulana -Perdí este ojo en Obolobo, en la toma de la atalaya de Martaganga, en el año 1433… el 4311 dfw del almanaque de ustedes… ¿año del garagul y el humo, no?

-Nombre estúpido, para un año. Dicen que son gusanos que flotan entre las nubes, hermosos y multicolores, enormes… pero nunca he visto un garagul. Ni nadie, me temo- rezonga Ygrelth y, mirando de reojo al yelmo del vizconde, agrega, maliciosa: –Son como los dragones. Y los leviatanes. Puro mito. Sólo creo en lo que veo. Bueno, en la mitad de lo que veo.

-Todos dicen que los dragones se extinguieron en tiempos de Wylan. Y los Perros de Mar juran que a veces han visto al leviatán. Mientras los zumtaros juran haber pescado alguno que otro… pero ya sabe, no les puede creer todo lo que dicen, a esos piratas desvergonzados. En fin; las mujeres de la ciudad nos echaban canastos de cal viva mientras subíamos por las escalas, y no cerré mis párpados a tiempo- concluye el jefe de los catafractos, fingiendo ni notar la descortés interrupción de la generala. -Los sitios siempre son una pesadilla, para atacantes y defensores. Y este, me temo, será de los peores.

Los tres jefes del asedio y el silencioso edecán de la generala están casi en el centro geométrico de un pequeño anillo de guardias: adustos ryukeshas de ambos sexos, todos con el negro cabello cortado al rape, que miran hacia afuera. Empuñan con ambas manos sus hachas, con cara de pocos amigos, y llevan los temibles arcos largos de tejo terciados a la espalda, dentro de la aljaba llena de flechas. Algunos sonríen siniestramente, mostrando sus puntiagudas dentaduras.

Una mujer muy gorda, tanto que casi es más ancha que alta, a pesar de no ser en lo absoluto de baja estatura, camina con lentitud, de un lado a otro de la fila, por detrás de los centinelas, como supervisándolos.

Lleva en las manos una enorme clava: una rama apenas devastada y llena de nudos, que debe pesar más que muchos hombres. La madera clara está cubierta de manchas oscuras, evidentemente de sangre coagulada; ningún guerrero podría equivocarse al respecto.

Los ojillos porcinos de la extraña mujerona son de un color pardo ocre, extrañamente translúcido. Su mandíbula es muy protuberante, casi deforme; también lleva todos los dientes afilados, como colmillos. Todo eso le da a su sempiterna sonrisa el inquietante aspecto de una mueca predadora.

Por si su ancho rostro ya no fuera lo bastante feo y extraño, también tiene sombra de bigote y hasta de barba. Sus gruesos brazos son en extremo velludos.

Pese a su casi prodigiosa obesidad, sus movimientos asombran por lo fluidos y precisos; de ellos emana una fuerza enorme, aplastante. Cada vez que se acerca a un ryukesha, tenga o no tenga los dientes afilados, ellos tensan aún más su ya bastante rígida postura.

Es obvio que es su jefa, y que sienten hacia ella un profundo respeto… tal vez mezclado con algo de temor. Claramente, es una guerrera temible. Y una líder muy capaz.

Se trata de la célebre Partecráneos; de nombre real, Gumgarth.

Alrededor del mínimo oasis de calma que rodea a los jefes del Ejército Libertador, todo es actividad, en el campamento khork: jinetes abulanos que pasan, ingenieros tumbrianos dirigiendo a los carpinteros y cavadores o trabajando hombro con hombro con ellos; Perros de Mar con ballestas o cañones de mano, preparando sus proyectiles… y veteranos de todos los cuerpos aprovechando el primer momento libre para descabezar una siestecita, con la ancestral sabiduría del combatiente avezado, que descansa cada vez que no tiene nada mejor que hacer.

Y el ruido: el bramido de una caracola, relinchos de los grandes corceles abulanos, risas de los infantes de marina, gritos de los sombreros de hierro tumbrianos, que parecen dirigir todo el asunto, los cien sonidos fabriles de forjar, cortar, taladrar, clavar, aserrar, cavar…

Es el orden disfrazado de caos de los preparativos de un combate.

Y más allá, el primer desafío para el Ejército Libertador: anillo de piedra en el centro de otro anillo de agua, el foso, con el puente levadizo alzado y sus muros de más de dos metros de grueso… la barbacana de Kangayowa.

-Su Majestad no es tan tonto como pueda parecer a primera vista- dice Ygrelth, sin dirigirse a nadie en especial, sino como si hablara en voz alta consigo misma –Se dio cuenta enseguida de que este no será un sitio común, de los de manual. Ni aunque tuviéramos todo el tiempo del mundo podríamos rendir por hambre a esos bárbaros: el patio de armas en el centro de la torre de homenaje del castillo se abre al túnel que atraviesa la montaña, según juran todos los mercaderes mestizos que han cruzado sus portones. Pueden recibir las provisiones que quieran desde Yowa, mientras controlen ese paso. Antes se acabarían las nuestras.

-Generala, disculpe… pero si los yowas contaran con provisiones de sobra, nunca nos habrían atacado- le recuerda, con suavidad llena de falsa cortesía, el joven vizconde, acariciándose su refulgente peto con el guantelete igual de bruñido, muy satisfecho de su propia agudeza mental.

Pocos superan a de Kalagraz, en el delicado y veloz juego de puyas y alusiones, la sangre que corre por las venas de la corte de Grakhork. Su lengua tiene fama de ser tan cortante como el único filo de su hoja, Matamaridos.

Pero en el campo de batalla se juega otra clase de partido; cuentan los hechos, no las palabras ingeniosas:

-Vizconde, y si yo quisiera el consejo de un figurín adolescente que se riza el pelo y lo usa suelto como las mujeres extranjeras… que se cree que, porque esa pretenciosa fruslería de Matamaridos, unos reflejos jóvenes y unos músculos de gimnasio le han permitido derrotar a un montón de nobles que no saben qué hacer con una espada en la mano, ya es todo un paladín… le hablaría a usted- le espeta, a su vez, la anciana guerrera al engreído mozalbete, implacable. Luego continúa, sin dejarlo replicar: -La comarca circundante no nos dará mucho. Han saqueado nuestros campos a conciencia, y se nota. Las hordas de esos salvajes estuvieron cargando bultos de comida durante toda la semana. Algunos jinetes subieron y bajaron hasta tres veces por el sendero… Juborth habló con uno de los buhoneros de sangre mezclada, Gargluth, que se lo juró a la vez por Shonto y por Wylan. Los yowas son austeros y valoran las provisiones de poco peso. Secarían toda la carne de caza que les arrebataron a los aldeanos ¡y hasta el pescado! hasta que alcanzaron la consistencia del cuero… y su misma ligereza, sin perder valor alimenticio. No serán banquetes, lo que comerán en Yowa, este invierno: sobre todo porque esos bárbaros idiotas odian el pescado… pero todas las hordas podrán alimentarse hasta la primavera, con lo que nos robaron; son gente austera, esos jinetes, hay que reconocerles el mérito.

-Oí de ese Gargluth… pero no dijo nada de ese secado de carne…- comienza a decir Kalagraz, asombrado– Perdone, generala, pero ¿cómo sabe usted que…?

Aunque N´bule, como cualquier soldado plebeyo que haya ascendido trabajosamente por sus propios méritos, siempre disfruta viendo vapuleado el aristocrático orgullo de un joven y ambicioso petimetre como es de Kalagraz, también siente cierto respeto por el atildado vizconde… y hasta le guarda una pizca de gratitud: defender al rey caído en aquella escaramuza, peleando él solo contra tantos jinetes yowas, fue un acto de enorme valentía… o de ignorancia suicida. Que a menudo se confunden, en la guerra.

Lo que importa es que, si el monarca hubiera sido muerto o capturado, probablemente ahora él y sus hombres todavía estarían soñando con el oro que El Salvador les había prometido por la campaña.

Y del que, en cambio, ya cada uno tiene al menos una abultada bolsa, a buen recaudo en los zurrones de su silla de montar.

El rey no será alto, apuesto, un gran jinete ni un gran estratega… ni siquiera muestra mucho tino eligiendo apodos. O animales heráldicos.

Pero al menos es buen pagador. ¡Que Gamelón y M´jumba lo conserven muchos años en su trono!  Y le llenen el alma de deseos de invadir a sus vecinos.

Los mercenarios odian la paz, pues su negocio es la guerra. Y sin conflicto, no hay paga. Triste, pero real.

Así que el abulano interviene, conciliador: -Vizconde de Kalagraz… la generala habla del secado de carne, porque es justo lo que ella misma habría hecho, en el lugar de los yowas. Y yo también. Escuche a sus mayores y llegará lejos. A menudo, la guerra es como una ciencia exacta: en determinadas circunstancias, siempre hay una conducta que es la mejor… y ambos bandos pueden deducirla, sin gran esfuerzo.

-Disculpen…  pero la guerra es cualquier cosa, menos una ciencia exacta ¡por los sagrados huevos de Wylan!- gruñe la generala, poniéndose de pie, con una energía tal que desmiente sus muchos años y hasta derriba su sillón.

Tras pedírselo a Juborth con un gesto imperativo, ha vuelto a atarse el casquillo de grueso cuero que oculta y protege el muñón de su mano amputada, y ahora lo apoya en la curva espina que se prolonga desde el tercio superior de la vaina del viejo tardir que cuelga al lado izquierdo de su cadera: un artificio para poder sujetarlo sin usar los dedos, y así permitirle desenvainarlo sólo con la única mano que le queda.

–La guerra es siempre un asco, coronel… y vizconde. Y los asedios, lo más sucio de todo- suspira la vieja militar, y se dirige al abulano: -¿Sabe si los ryukeshas ya están donde debían, en la montaña?

-Sí, hace un rato nos llegó un mensajero suyo. Desde anteayer, y no los han descubierto- confirma el oficial mercenario, eficiente –Nunca dudé que lo lograrían: nacieron en la zona. Entre los árboles, incluso cuesta arriba, los hombres y mujeres de Partecráneos se mueven con bastante más pericia que esos jinetes, cuando desmontan de sus caballejos peludos. Su ropa, además, los ayuda a pasar inadvertidos. Ahora mismo tenemos a cinco centenares de ryukeshas, con arcos, hachas y cuchillos, apostados al pie de los muros, arriba en la meseta. Y los yowas, ajenos al hecho.

-¿Quinientos? ¿tantos? No escuché nada… muy bien por ellos… pero no veo el objetivo de ese movimiento, sinceramente. Será muy difícil que medio millar de pueblerinos, por hábiles y silenciosos que sean, sólo con arcos, hachas y cuchillos, sin máquinas de sitio ni escalas, ataquen con efectividad la muralla- observa de Kalagraz, sorprendido por la revelación, pero adaptándose a las nuevas circunstancias con la rápida elasticidad mental de la juventud –Aunque, se me ocurre que… bueno, ¿tenemos que conquistar ese camino hacia la meseta, de todos modos, no? Quizás, si también subimos los caballos del coronel y su gente, por el bosque, con calma, los catafractos y esos ryukeshas podrían atacar juntos la barbacana, desde arriba, por ese mismo sendero. No se lo esperarían, esos salvajes rubios, desde luego…

-Vizconde ¿sabes que, pese a tu carita de niña consentida, tal vez no seas del todo imbécil?-observa la vieja generala, mirando de hito en hito al hermoso joven, como si lo viese por primera vez –Empiezo a entender porque tu rey ¿Korgy, dicen que le llaman sus amigos, no? te aprecia tanto. A lo mejor, incluso, cuando te convenzamos de trenzarte esas greñas absurdas, dejar esa armadura pulida a la que ningún arquero o arcabucero enemigo podría fallarle el tiro ni desde mil yardas, y aprendas a pensar un poco antes de hablar, lograremos hacer de ti un soldado casi decente…

Al advertir el embarazo del noble, que no sabe si acaba de recibir un elogio o una burla, lo golpea en el hombro con su muñón, amigable y poco protocolarmente, pero aun así haciéndolo tambalearse, por la fuerza del impacto: la generala es una mujer robusta, incluso a sus años.

-¡Eh! ¡que es broma, muchacho!- lo tranquiliza, volviendo a sentarse en el sillón que ya Juborth ha vuelto a colocar –Pero ¡si pudieras ser mi hijo… o hasta mi nieto! Si hubiera tenido hijos, claro… Oye, vizconde Arboth de Kalagraz, ¿te confieso algo? Me caes bien. No puedo mirarte sin que me venga a la memoria un teniente de piqueros gadeos que conocí, cuando tenía tu edad ¿en el sitio de Gatemia o en la batalla de Gulpia? ¡Ya ni sé… esta memoria mía! Era el 4287… año de la serpiente y la sangre… pero al final todas las batallas se me confunden, con el tiempo. Lo que importa es que era tan hermoso como tú, mi buen Garnamulen… sí, ese era su nombre ¡por Wylan; vaya unas piernas y unas nalgas divinas que tenía, ese cabrón! Pero ¡qué ganas de hacerse matar en nombre de la gloria! así que no duró mucho. Lo partió por la mitad una flecha gigante tumbriana, de las de balista; cuando eso ni tenían cañones….

-Señora ¿tiene que ser siempre tan desagradable como ese reflejo que ve cada día, cuando se mira al espejo?- la interrumpe de Kalagraz, perdida la paciencia ante la desenfada familiaridad de la veterana y lo vulgar y siniestro de su relato –Porque vamos a pasar las próximas siete semanas juntos… y si todo el tiempo se burla de mi inexperiencia y mis ideas, si ¡y Wylan no lo quiera! por desgracia usted cae, tal vez también partida en dos por una flecha gigante de balista ¿cómo habré aprendido lo suficiente para poder tomar su lugar, al frente de este Ejército Libertador, y cumplir, pese a todo, el deseo de nuestro rey? Y si no le gustan mis palabras, pues ya vaya buscando un segundo…

Juborth retrocede un paso, prudente, y el anillo de guardias ryukeshas que los rodea se estremece un poco, al oír el tono airado de la respuesta del vizconde. Han escuchado historias de su cólera fácil y su destreza con Matamaridos… y de que ha retado a duelo a gentes por mucho menos. Pero ninguno se da la vuelta, dicho sea en honor de su sentido del deber.

O de su confianza en que la vieja generala es más que capaz de ocuparse del aristócrata, ella sola, si tal cosa fuese necesaria.

Ygrelth, asombrada por la iracunda, mordaz réplica del joven noble, abre la boca, llena de dientes amarillos y raigones deformes…

Y el coronel tuerto vestido de rojo, irónico, aplaude brevemente, antes de susurrar: -Buen punto, ese: aunque sea un deseo bastante absurdo, El Salvador paga… y a mí no me nombrarían general de este ejército mientras quede algún idiota khork para mandar a todos esos nativos. Ni siquiera segundo al mando.

-Disculpa, muchacho; tienes razón- dice, al fin, la veterana generala, con una sonrisa sincera –Y un buen cerebro bajo esos rizos, aunque todavía te falte práctica usándolo. No voy a batirme contigo, desde luego. No soy una mataniños… y el rey te desollaría vivo si me matas tú a mí. Empezamos con el pie equivocado, tú y yo, me temo…

-Pero podemos remediarlo- acota de Kalagraz, aún tenso. –Espero…

-Exacto- aprueba la generala- Tu idea de atacar la barbacana desde atrás no es mala… sólo que, noble al fin, estás demasiado enamorado de la caballería. Este ejército no tiene ninguna digna de mención, más que la del coronel N´bule y sus mercenarios catafractos… la guardia real montada es fuerte, pero los hombres de Tarbelth son muy pocos para enfrentar a las hordas yowas; por eso los mandé de vuelta a la capital, con el rey. De milagro no han bajado de la montaña para barrernos, esos nómadas, mientras armamos el campamento. Yo lo hubiera intentado, en su lugar. Pero apuesto mi espada contra la pluma de gallo espejo de tu yelmo a que, si tratamos de hacer subir esos enormes corceles de guerra abulanos por la jungla de la ladera, todos en el castillo se darían cuenta… e inevitablemente nos regalarían una salida. Esos yowas nacen en la montura y no se separan mucho de sus caballos: los establos de la fortaleza son por los menos tres veces más grandes que las barracas de sus defensores, dice Gargluth, nuestro espía.

-Espías no; buhonero solidario con la causa- puntualiza Kalagraz, burlón, pero más relajado. Ha decidido aceptar la oferta de paz de la veterana, y ahora le regala una gentil inclinación de cabeza.

-Sí, lo que sea… los nómadas mataron a su hermano Urwako, tras sacarle información- admite la generala, condescendiente –Un buen tipo que quiere vengarse. Ni siquiera ha querido aceptar nuestro oro, por sus informaciones.

-Matayowas… Ygrelth dice bien: mis jinetes pueden cargar y romper cualquier formación de hasta el triple de esos ponies diminutos, en la llanura, una vez que nuestros caballos hayan cobrado suficiente velocidad – señala N´bule, orgulloso –Pero, cuesta arriba, en una senda empinada, su peso, al que hay que sumarle armas y armaduras, sería el peor enemigo. Si toda la caballería yowa nos ataca en ese sendero, el corazón de muchos de mis corceles estallaría, sólo tratando de subir la pendiente.

-Comprendo- admite Kalagraz, sinceramente contrito –Y reconozco que, por bueno que sea con la espada en la mano, aún soy un novato en todas estas cuestiones de estrategia y planificación. Pero, entonces ¿qué tenía de bueno mi idea del ataque trasero con la caballería?

-Me dio ideas a mí ¿quieres mayor mérito? Atacaremos la barbacana al amanecer del día siguiente al que lleguen los refuerzos: los arcabuceros tumbrianos y piqueros gadeos que deben estar al desembarcar en Grakhork. Con ellos vendrá la artillería también, supongo… custodiada por esos figurines de la guardia real, a los que Su Majestad enviará de vuelta. A los infantes extranjeros tendremos que dejarlos descansar unas horas, claro, antes de que sirvan para algo: se acercarán a marchas forzadas, y tropas exhaustas no luchan bien. Pero, cuando estén listos… primero bombardearemos ese fortín circular con piedras, flechas y bolas de paja en llamas de todas las catapultas, balistas y trabuquetes que hayan conseguido construir los ingenieros tumbrianos hasta entonces. Con suerte, les haremos algo de daño. Luego, el coronel se acercará a tiro de los hombres en las almenas de la barbacana y maniobrará frente a los muros y el foso con algunos de sus catafractos, como en un desfile, lanzándoles balas y flechas y tratando de provocarlos a una salida. Creo que no podrán resistirse a la tentación: pensarán que, si lo hacen, podrían destruir nuestras máquinas de guerra, que parecerá que N´bule deja indefensas, sólo guardadas por unos pocos Perros de Mar- revela Ygrelth, sonriendo. –Ese será nuestro cebo.

-No muy apetitoso, por cierto; no creo que ni siquiera esos salvajes sean tan tontos como para morderlo. No van a abandonar la seguridad de su fortaleza… ni siquiera por la tentación de unas cuantas catapultas y fundíbulos mal protegidos…- comienza a decir el vizconde de Kalagraz, del todo escéptico. –No puede haber más que unos cientos, ahí dentro: los superamos mucho en número, y en campo abierto…

N´bule lo interrumpe, muy orondo: -Nosotros tampoco creemos que sean así de tontos: por eso mismo, antes de acercarme a sus muros, mandaré a otro sitio a la mayor parte de mi caballería… como si regresara a la capital, y alzando mucho polvo, de modo que ellos los vean claramente alejarse. Si piensan que pueden flanquearnos, llegar a las catapultas y destruirlas, apuesto a que las posibilidades de que se aventuren fuera crecerán mucho.

-Pero, entonces… las catapultas peligran- balbucea el gallardo aristócrata, confundido. –Los Perros de Mar solos no podrán defenderlas…

-No las protegerán ellos… sino una compañía de arcabuceros tumbrianos y otros tantos piqueros gadeanos… disfrazados, y cuya llegada habremos mantenido cuidadosamente oculta, hasta entonces, de los bárbaros de Kangayowa- le confía Ygrelth, sonriendo y guiñándole un ojo con la esclerótica amarillenta. –En la guerra, esconder tu movimiento es básico, muchacho. Espero que sus espías no sean tan buenos como nuestro rencoroso Gargluth. Los jinetes yowas conocen bien a los arcabuceros tumbrianos… pero todavía no a los piqueros gadeos. Al enfrentarse a tantas armas de fuego, seguramente trataran de flanquearlas, arrojando nubes de flechas sobre ellas, para atacarlas por detrás… Y se llevarán una fea sorpresa, al descubrir que sí existe un tipo de infantería que puede soportar la carga directa de sus jinetes.

-No se enzarzarán en combate, si los ven tan fuertes- advierte de Kalagraz, aunque sus ojos brillan de puro entusiasmo, ante lo astuto de las sucesivas tretas que forman el núcleo del plan de la generala manca. –Les lanzarán unas flechas, pero darán la vuelta hacia la barbacana…

-Justo lo que quiero- proclama Ygrelth, con sonrisa misteriosa. Y no dice más.

Trucos dentro de trucos, trampa dentro de trampas; la esencia misma del arte de la guerra. De Kalagraz comprueba que Korgy no exageraba ¡la ruda mutilada realmente sabe cómo combatir!

Y no tiene intención de compartir todos sus secretos con él. Al menos, todavía no.

-Con eso me basta – N´bule se encoge de hombros, quitándole importancia a la estricta reserva de la generala- Lo importante es mantenerlos fuera de los muros cierto tiempo. Para que el resto de mis hombres tenga oportunidad de regresar… porque no se habrán ido muy lejos. Y en eso estoy seguro de que los yowas nos complacerán; aunque no logren destruir nuestra tormentaria, cuando la encuentren protegida por piqueros y arcabuceros, al menos maniobrarán un poco a su alrededor. Para dejar claro que ni nos temen ni se rehúsan a luchar. Esas cosas son importantes, para ellos.

-Sí, será un ataquito simbólico y breve; tratarán de regresar al amparo de su foso y murallas, tras habernos lanzado un par de andanadas de flechas- insiste Ygrelth. –suficiente para dejar claro su punto, como dijo, coronel.

-¿Seguro? –duda aún, de Kalagraz -¿y apostaría el curso del asedio a ese “dejar claro su punto”?  Leí una vez que todos los generales que han pretendido prever cada paso que sus enemigos darían en el campo de batalla han acabado muy mal…

-Seguro es seguro- lo calma el abulano tuerto, muy profesional -Los conozco, a esos bárbaros. Ya he luchado un poco con ellos, en estas semanas. Son valientes, ninguno teme a la muerte… pero les importa demasiado probarlo. Son excelentes guerreros… y no tan buenos soldados. Y, de todos modos… en la guerra siempre hay un riesgo. Muchas cosas pueden salir mal.

El gallardo vizconde mira ora a uno, ora al otro, de los dos veteranos combatientes. Tiene la impresión cada vez más fuerte de que en aquel plan todavía faltan algunos detalles clave. De que ambos saben algo que no le confían.

Pero son las palabras siguientes de la generala las que acaban de convencerlo de dar su visto bueno a toda la acción: -Y cuando esos guerreros a caballo estén fuera, jugando al corre que te pille con nuestra infantería- revela Ygrelth, muy segura de sí –los ryukeshas, a su vez, habrán ganado la altura, matando a las avanzadillas y emboscadas yowa…  y luego acribillarán a flechazos a los pocos defensores que queden dentro de la barbacana, desde el bosque. Con escalas improvisadas y arpeos con cuerdas, Partecráneos tratará de tomar por sorpresa a los sobrevivientes… y hacerse dueña de la plaza, mientras el grueso de su tropa, afuera, juega con N´bule a quién orina más lejos al galope. Los incursores sufrirán grandes bajas… pero a esos locos vengativos no les importa. Y podrían lograrlo. Yo confío en Gumgarth

Kalagraz abre la boca, admirado por la traviesa audacia de aquel plan… y la vuelve a cerrar, escéptico ante sus posibilidades de éxito- No sé… no parece muy… digno. Los ryukeshas son duros, pacientes, y están muy motivados, desde luego… pero ¿cuántos días podrán permanecer sin ser detectados, allá arriba? ¡Quinientos hombres! además, atacar con tropas ocultos… es un ardid bastante desleal. Tampoco creo que funcione, así de fácil- dice, al fin, aunque no muy seguro; ¡parecía tan perfecto, cuando ella lo planteó…!- la barbacana tiene su propio foso, los muros son gruesos y altos, he visto asomarse un par de balistas…

-Bien por tu instinto; sinceramente… nosotros tampoco creemos que funcione- admite N´bule, divertido. –O sea, que tendremos que improvisar. Siempre se acaba improvisando, en un combate. Pero también, siempre, hay una lejana posibilidad de que el enemigo cometa algún error garrafal ¿no? La buena suerte gana tantas batallas como los buenos generales. Los yowas no son soldados profesionales, después de todo. O sea, que su conducta debería ser bastante predecible…

-Je ¿y dijiste desleal… o no te escuché bien, con estos viejos oídos? La guerra no es un torneo ni un duelo, hijito. Todo se vale. Y de alguna manera hay que empezar a luchar en serio este asedio ¿no?- la vieja generala sonríe y se encoge de hombros –Por si acaso, he ordenado a la Gente de la Oscuridad que comiencen a cavar tres o cuatro galerías, ahora mismo. Su jefa es una antigua… amiga mía, y me fío de ella y de sus mineros leprosos. Es mejor tener alternativas: si ninguna otra cosa funciona, en un par de semanas esos túneles los llevarán hasta debajo de los muros de la barbacana. Mientras que los pocos sombreros de hierro tumbrianos que no están fabricando catapultas y fundíbulos ya triangulan la altura de la muralla del castillo y diseñan una torre de asedio y al menos una docena de cigüeñas para alzar gente hasta sus adarves. Creo que las necesitaremos, todas… y ojalá sea pronto.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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