Los 43 días de Kangayowa

Día XII: la gente de la generala

Acaba de caer la noche. Bajo la luz mortecina de un único farol, los diez hombres y las tres mujeres conversan alrededor de la gran mesa plegable de mimbre, en la tienda de mando.

Aunque, en el caso de una de las damas, decir “conversa” sería una clara exageración: a la enorme y obesa jefa de los ryukeshas nadie la ha escuchado pronunciar muchas palabras, desde que comenzó la campaña contra los yowas.

Algunos dicen que su aldea fue quemada y los bárbaros le cortaron la lengua… pero ella, de algún modo, los mató a todos. Otros, que ha jurado no hablar hasta que muera el último nómada de los que violaron la frontera de Khork.

Pocos usan su nombre, Gumgarth, para referirse a ella: la mayoría prefiere llamarla por su terrible apodo: Partecráneos. Nunca se separa de su monstruosa, pesadísima maza, que prefiere a las hachas de sus hombres… y se cuenta que, en cada batalla, ni los mismos ryukeshas son capaces de llevar la cuenta de la cantidad de cabezas enemigas que se abren como flores de sangre, al ser golpeadas por la terrible arma.

Ahora Gumgarth Partecráneos, sentada en silencio, con una aterradora sonrisa en su feo rostro, sólo asiente de cuando en cuando, cuando otros intervienen.

-Los cañones llegarán poco antes del amanecer- informa Jorklith, satisfecho, y mira con respeto al brujo gadeo, sentado a su derecha –Los colocaremos en silencio, en el bosquecito, detrás de los fundíbulos. No sé cómo, pero el señor Sarbaltalal logró que ningún buey muja… me preocupa que sufran, los pobre animales… aunque tendremos que comérnoslos a todos al final, supongo.

-No enmudecí a tus bueyes- alega el aludido hechicero, que viste el peto y al que le cuelga del cinto la emblemática barbuta de los piqueros gadeos; el largo mandoble envainado que, para estar más cómodo, se ha quitado de la espalda, dejándolo junto a la silla que ocupa, proclama que, además de un adepto a las artes ocultas, es un oficial de dicho cuerpo.

Tampoco lleva ningún barong colgando de bandolera alguna; sólo un par en el cinto. Su khork es rudimentario, con el fluido acento típico del habla de los hombres de las islas del archipiélago central del cálido océano Agadea –Sólo envié su sonido… a otra parte. Y eso, por cierto, tampoco cambia el sabor de su carne. Mi compañero Soltorobol lleva varios días haciendo algo parecido con el rumor de la mina que cavan los leprosos- e inclina la cabeza con respeto hacia otro gadeo, que viste las ropas y lleva las armas de los Perros de Mar; incluso va descalzo, como ellos, cada vez que no tienen que caminar sobre terrenos muy abruptos.

Evidentemente, este brujo llegó a Kangayowa confundido con la infantería naval khork; mucho antes que sus demás compatriotas, por tanto.

-Perdón, pero preferimos ser llamados la Gente de la Oscuridad- dice suavemente la tercera mujer de la reunión, descontando a Partecráneos y a la generala Ygrelth.

Es alta y de formas que se adivinan gráciles, bajo sus muchos chales. Su rostro también está cubierto de vendajes, pero su voz sigue siendo hermosa. El acento es cultivado, como el de una dama de noble cuna.

–Nos negamos a que nuestra enfermedad nos defina…- añade, casi desafiante.

-Ilkandra, llamaremos a los tuyos la esperanza de Khork, si te gusta y concluyen esa mina a tiempo- interviene Ygrelth, conciliadora. –Pero, dime ¿cuánto falta, querida? La necesito para mañana. Tendrán que esforzarse mucho, los tuyos, durante lo que queda de esta noche.

-Tendré que renunciar a las minas secundarias y concentrarme en la principal, generala- advierte la mujer embozada. Se nota que la halaga que Ygrelth la haya llamado públicamente por su nombre, en vez de leprosa o reina. Aunque sean viejas amigas. –Pero se puede hacer. Siempre que esos shamanes ¡Wylan los maldiga! no nos inunden los túneles…

-Nosotros nos ocupamos de eso… ni se imaginan que estamos ya bajo su foso, los Shontolanes. Pero, si los le… la Gente de la Oscuridad trabaja más duro, harán más ruido- advierte el brujo Soltorobol, preocupado.

Su khork es perfecto, y su pelo rojo, tan oscuro que, bajo cierta luz, podría pasar por negro; fácilmente pudo mezclarse con los Perros de Mar sin llamar demasiado la atención.

-Mi poder no es infinito; necesitaría de la ayuda de mi colega, para ocultar todo ese rumor- sigue diciendo, pensativo. -Los geomantes yowas a veces pueden escuchar a través de nuestras cortinas sonoras ilusorias. Pero su propia agudeza puede ser su peor defecto. Apuesto a que ahora mismo los Shontolanes creen que nuestra mina principal está siendo excavada por el frente, y no por detrás, como perciben. Y engañarlos respecto a la distancia es más fácil que hacerlo con la orientación.

– No entiendo ¿para qué sirve una mina por detrás, por la parte de la muralla anular que mira a Kangayowa? – se pregunta el vizconde Arboth de Kalagraz en voz alta -¿Quién entrará por ahí? Todas nuestras tropas están delante…

La generala Ygrelth mira al coronel N´bule, fijamente… sin resultado. Hasta que hace una seña, y Juborth su edecán, se mueve, tan silenciosamente como siempre, con apenas un rumor de sus amplias vestiduras negras, y susurra algo al oído del abulano tuerto.

Que al fin suspira y admite, en su khork de cantarín acento: -Iré yo, con mis hombres. Su Majestad Korgalth II el Salvador nos ha prometido paga doble, si peleamos como infantería, en esta batalla. Llegaremos hasta la muralla montados y una vez allí correremos para entrar por la grieta que abrirá la gente de Ilkandra.

El joven Matayowas no se cree ni una sola palabra de lo que ha oído; otra vez tiene la molesta sensación de que el coronel y la generala le ocultan información. Y no le gusta. ¡Hasta Juborth sabe lo que él ignora, por lo visto!

-Muy valiente de su parte, coronel… pero no me convence- sigue dudando –Me parece innecesariamente complicado. Lo mismo que eso de disimular a los arcabuceros tumbrianos como piqueros, y fingir que todos nuestros fundíbulos tiran largo por error… sólo nos falta disfrazar los cañones como floreros…

-Yo luchar antes con yowas y conocer schüsse a ellos- interviene Fergán, el fornido mayor, jefe del regimiento de arcabuceros mercenarios.

La franja de pelo central que se dejan los de su cuerpo la usa tan larga que, tras anudársela en la nuca, la coleta le cuelga hasta media espalda. Su khork es escaso, patético; masacra los tiempos verbales y las preposiciones, con alegre despreocupación. Su acento, tan fuertemente gutural como si hablara su propia y restallante lengua.

Pero al menos se hace entender.

–Esos nómadas ser almas simples; complicación, mejor manera de confundir, a ellos. Ser schüsse soldados… pero neinke buenos generales.  Sólo saber cargar y volver a cargar… mucho fácil, burlar a ellos -concluye el mayor, muy orondo.

-Ca-carecen de su-sutileza. Trampas de-dentro de trampas, planes de-dentro de planes… eso es de-demasiado pa-para los yo-yowas- concuerda el espigado y magro comandante Sabarupal, líder de los piqueros gadeanos, y muy amigo del pelirrojo y fornido jefe tumbriano.

Dejando a un lado su incontrolable tartamudez, su khork es bastante mejor que el de Fergán; casi tan bueno, de hecho, como el del brujo Soltorobol.

De seguro ha servido con mercenarios khorks ¿quizás la misma Ygrelth? anteriormente.

El oficial de piqueros lleva la barbuta con el turbante blanco calada hasta las cejas: dicen que nunca se la quita, porque se la atornilló al cráneo un ingenioso cirujano, después de que un disparo recibido en una batalla, en la lejana Xasta, le arrancara un trozo del cuero cabelludo y el hueso, dejando el cerebro expuesto debajo y casi matándolo.

Desde entonces tartamudea, pero nunca se queja: es evidente que considera que ya bastante suerte tuvo de quedar vivo.

–Aunque, co-como todo en la gue-guerra, existe el ri-riesgo de que algo-go salga-ga mal- advierte el delgado gadeo, trabajosamente.

-A mí tampoco me gusta. Me temo que estamos subestimando a los yowas. Mientras más complicado el plan, más difícil es que resista a los cinco primeros minutos de contacto con el enemigo- sentencia Talberth, el jefe de la guardia real montada de Khork, con su ronca voz.

Algunos en la mesa sonríen: la debilidad del hermano de Yaralth por las cosas sencillas es conocida en todo Khork. Si el varón monopolizó la estatura, la fuerza y el valor de su familia, su hermana parece haber recibido toda la belleza… y la mayor parte de inteligencia de la última generación del apellido Termokh.

-Basta; esto no es una asamblea de aldea, para discutir sobre qué tema se hará la decoración de la próxima fiesta del nacimiento de Wylan- gruñe Ygrelth, tan poco diplomática como de costumbre.

Se pone de pie con tal energía que su silla, al ser desplazada hacia atrás, casi derriba a Juborth, siempre cerca de su jefa… y luego da un golpe en la mesa con el muñón forrado de cuero en que termina su brazo izquierdo, tan fuerte que varios de los mimbres del mueble se quiebran ante el impacto.

–¡Yo soy la comandante en jefe designada por la corona! O sea… que se hará lo que yo diga, y como yo lo diga. He cumplido con mi deber; los he escuchado a todos… pero mía es la última palabra, siempre. No lo olviden. Atacaremos al amanecer, tal y como había decidido hace días.  ¿Alguna pregunta más?- va mirando, uno por uno, al resto de los presentes… y todos bajan la vista ante el fuego que arde en sus ojos. –Eso pensé.  Vayan a dormir, entonces, soldados; en unas horas, si Wylan quiere y Shonto mira a otro lado, tomaremos la barbacana. ¿Entendido? ¡quiero oírselos decir, maldición! ¿son sordos, o tal vez mudos?- concluye, rugiendo.

Algunos miran de reojo a Gumgarth, a ver si se da por aludida ante el comentario. Pero Partecráneos sigue sonriendo, impertérrita. Y nadie dice nada… salvo el comodoro Lomborth, Jefe de los Perros de Mar:

-¡Sí, señora; entendido!- casi ladra, irguiéndose rígidamente: en la disciplinada jerarquía de la marina khork, los subordinados sólo hacen uso de la palabra cuando los jefes se dirigen a ellos directamente.

Y no responder, al ser interpelado, constituye grave infracción…

El resto de los asistentes a la reunión sonríen, divertidos por el excesivo formalismo del marino. Y por su reluciente cráneo; una cabeza tan desnuda como la suya es visión rara entre los khorks, pueblo famoso en toda Ardabla por sus copiosas cabelleras negras.

Hay quien dice que no se la afeita, sino que realmente es calvo como una bola de billar.

-Y, una vez tomada la barbacana… comenzará nuestra verdadera pesadilla: enfrentarnos a la fortaleza principal. Porque los yowas no van a caer dos veces en el mismo truco…- murmura N´bule, con su musical acento, al oído de Arboth de Kalagraz, cuando ambos se retiran, entre cuchicheos cómplices, junto con todos los demás, salvo Ygrelth, su edecán Juborth, y la jefa de su edecán, Gumgarth Partecráneos.

Mientras sale de la tienda, el vizconde piensa en lo curiosamente bien que se siente, compartiendo el tiempo con este extranjero mercenario.

Extrañas amistades forja la guerra, a veces.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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