Los 43 días de Kangayowa

Día XIII: la batalla por la barbacana

Uno, dos, tres… cuatro enormes bolaños cruzan el aire silbando, por encima de la tierra de nadie, de la barbacana y de todos los guerreros yowas amontonados en su adarve, y van a caer al otro lado de la fortificación. Uno, en el foso, levantando aparatosa salpicadura. De los otros tres, dos se clavan limpiamente en la tierra, fuera, y el último se rompe en muchas y grandes esquirlas, probablemente al golpear contra otra roca.

-Un poco decepcionante ¿no? ¡Qué lamentable puntería están demostrando, esos khorks!- gruñe, lleno de satisfacción, el kaikodo Uyasewa, cuando otro cuarteto de grandes bolas de piedra de los trabuquetes de los sitiadores vuelve a pasar, zumbando limpiamente, por encima de los muros anulares y el foso; ahora caen todos en la tierra, donde se clavan –En lo que va de mañana, han desperdiciado muchos más tiros que los que han acertado. Casi se diría que están apuntando alto a propósito. Es lo malo de construir máquinas tan enormes: tienen mayor alcance, pero a la vez resulta dificilísimo controlarlas con precisión…

-Y cada vez que disparan, se estremecen y vibran. Casi me parece que puedo oírlas rechinar desde aquí- repone Yarawo, igual de contento que el viejo guerrero, por el patético desempeño de los trabuquetes enemigos –En cualquier momento alguna se hará pedazos. Ese ruido debe ser como música en los oídos de tu hombre allá abajo, Hankawa.

-Sí… aunque me preocupa que no lo deje escuchar las minas que seguramente ahora mismo estarán abriendo bajo sus pies esos malditos leprosos- rezonga el viejo guerrero –Si bien los shamanes dicen que no captan nada.

Como el día anterior, gorakan y kaikodo observan el desenvolvimiento de las acciones desde la mejor atalaya de toda la zona: el cilíndrico, altísimo donjon de Kangayowa. Muy cerca de ambos, están los trasmisores de señales, con sus espejos y lentes de aumento: sus enlaces con el ejército.

Desde las ventosas almenas, a trescientos pies sobre la meseta, vieron, Yarawo y Uyasewa, al amanecer, alejarse al galope, en dirección a la capital, a casi todos los catafractos que sirven bajo la bandera khork.

O, al menos, fingir que se alejaban; una estratagema infantil. La nube de polvo que supuestamente alzaron sus cascos demoró demasiado en asentarse: más como si la hubieran levantado ramas arrastradas por unos pocos corceles que como si fuera resultado del galope de cientos de pesados animales.

Los yowas saben mucho de jamelgos y de rastros. Y de trucos de caballería.

Gorakan y kaikodo están seguros de que, escondidos bajo las copas de los árboles, ahora mismo el grueso de los catafractos del tuerto N´bule aguarda paciente, listos para cabalgar contra los sitiadores, si intentan cualquier salida a caballo.

Sólo un escaso centenar de los pesados mercenarios abulanos montados evoluciona aún frente a los muros de la fortaleza secundaria en forma de anillo, rodeada por su ancho foso inundado igual de circular. La caballería pesada se mantiene justo más allá de los casi novecientos pies que alcanzan las armas lanzadoras de proyectiles de los defensores, menos potentes que las del ejército sitiador… aunque todavía ninguna haya abierto fuego.

De vez en cuando, la única compañía de catafractos que queda en la explanada se aventura incluso un poco más cerca de los fosos y muros de la barbacana. Con la clara intención, no sólo de reconocer el terreno para futuros asaltos, sino de provocar a sus defensores a una salida… y atraerlos a todo el resto de su regimiento, oculto bajo los árboles.

Son un cebo muy evidente. Sólo un tonto lo mordería. Y los yowas no son tontos.

Pero… menos de cien pies por detrás de la zona por la que se mueven los mercenarios negros a caballo, hay otra presa mucho más atractiva para cualquier incursión relámpago: los ocho gigantescos fundíbulos de contrapeso que han ensamblado los hombres del Ejército Libertador, durante las jornadas anteriores, y que desde el amanecer disparan sin éxito contra la barbacana.

Probablemente, la mayoría de las piezas metálicas ya estaban forjadas, y los carpinteros y peones sólo tuvieron que ajustarlas y fijarlas a algunos de los cientos de troncos cortados de los bosques de las laderas de las Jawar, siguiendo instrucciones de los sombreros de hierro; de otro modo, tan veloz puesta a punto de máquinas tan grandes y complejas habría sido imposible, a despecho de toda la habilidad de los ingenieros tumbrianos.

-Más que las minas, me preocupan los estragos que pueden hacer esos enormes bolaños, en los muros de nuestra barbacana, cuando comiencen a golpearlos, en vez de pasar largos y caer en el foso- reconoce el viejo Uyasewa. –Por tontos que sean, esos khorks afinarán la puntería tarde o temprano. Y mis shamanes sí que no pueden hacer nada contra eso.

-Hankawa sabe que su propósito, en ese anillo fortificado, sólo es retrasar a los sitiadores, no resistir hasta Gurzegh. No es tonto y sabe improvisar: si los muros se desmoronan y la situación se le hace insostenible, se retirará – observa el gorakan Yarawo, con filosófica resignación –Esos ingenieros tumbrianos… nos han tomado un poco por sorpresa. Pensé que tratarían de rellenar el foso con fajinas y/o escombros. Pero… la tormentaria ya es un arte casi olvidado, en estos tiempos modernos de artillería y armas de fuego. No creí que tuvieran listas tantas catapultas y fundíbulos, ni tan enormes, ni mucho menos tan pronto. No pierden el tiempo. Se ve que esa Ygrelth realmente aspira a cumplir el plazo imposible que fijó su estúpido rey para rendir Kangayowa.

-Por suerte, nuestras máquinas de guerra, aunque no sean tan gigantescas ni tengan tanto alcance como las de los khorks, también fueron construidas por los mejores expertos tumbrianos, y no ha habido que ensamblarlas, porque funcionan de maravilla desde ya- lo tranquiliza el viejo guerrero yowa –Mucho oro que pagamos por cada una, y mis hombres han practicado casi cada día de este año con ellas. Tal vez deberíamos demostrarles a esos ilusos que las tenemos y que sabemos usarlas; entiendo que todavía quiera reservarse la sorpresa del mortero, mi kan, pero, la próxima vez que esos catafractos se acerquen al muro, puedo enviarle a Hankawa la orden de que por lo menos las dos balistas y el trabuquete de la barbacana les suelten algunos pedruscos a sus caballos… como mínimo, se llevarán un buen susto, y sabrán que no deben acercarse con tanta despreocupación.

-Ni hablar; eso es justo lo que ellos quieren; que revelemos nuestras armas y su alcance máximo. Sólo faltaría que les mandáramos un mensaje escrito diciéndoles que tenemos un par de shamanes geomantes siguiendo su aproximación subterránea- especula, burlón, el joven gorakan, siempre siguiendo las tentadoras evoluciones de la caballería pesada enemiga al pie de la montaña, a través de su catalejo plegable de trofeo. De repente, le pregunta al guardián de Kangayowa: -¿Cuántos hombres me dijiste que había en la barbacana, Uyasewa? ¿medio millar? ¿y cuándo le ordenaste a Hankawa que hicieran su salida?

-No se equivoca, mi kan: tenemos quinientos soldados ahí dentro. Hankawa dejará tras los muros sólo a unos ochenta guerreros, todos de mi contingente inicial: dotación suficiente para operar las dos balistas, el trabuquete y el mortero… más unos cuantos que conocen bien el lugar y sus alrededores, que vigilarán en los adarves. Y él saldrá a todo galope con los casi cuatro centenares restantes, la segunda vez que el ritmo de lanzamiento de proyectiles de las máquinas de guerra khorks se atenúe un poco ¡y llevarán nuestro nuevo estandarte de las dos calaveras de toro en el aro de hierro con púas!- le informa, el viejo soldado, complacido –Será el mejor momento para una incursión montada: los enemigos estarán haciendo ajustes en su pésima puntería, y tendremos una excelente oportunidad de destruir sus fundíbulos… si los catafractos no evolucionan al máximo de su patética velocidad, los flanquearemos fácilmente. Luego, antes de que el grueso del regimiento de caballería pesada pueda reunírseles, ya les habremos pegado fuego a los trabuquetes… Y estaremos de regreso tras los muros. Ventajas de la caballería ligera: se mueve realmente rápido, cuando hace falta.

-Aprenderán a temer nuestro nuevo estandarte… ¡Debieron cavar zanjas en toda la explanada, para impedirnos evolucionar tan libremente!  Ahora pagarán caro su error- Yarawo suelta una rotunda carcajada -¿Conque una emboscada de caballería, eh? ¿a nosotros? Jinetes ocultos, ¡vaya ocurrencia!

-Mala idea; nosotros inventamos el concepto mismo de emboscada a caballo… y nuestros ponies son más ligeros y veloces que sus grandes bestias- coincide Uyasewa, mesándose el manojo de trenzas canosas que tiene por barba.

-Si logramos incendiar esos fundíbulos, perderán mucho tiempo construyendo otros nuevos… y Gurzegh no espera por nadie. Pero, kaikodo ¿estás seguro de que tu Hankawa entendió bien nuestras órdenes?- insiste aún Yarawo, mirando de reojo a los hombres parados cerca de ambos –No cuestiono la profesionalidad de tus comunicadores, pero… las señales con espejos a veces pueden ser confusas… y algunos subordinados volverse… díscolos. O vacilar, a la hora de acatarlas.

-Le pedí a Hankawa que me repitiera con destellos cada orden que le di- asegura el kaikodo, convencido. –No habrá errores, ni indisciplinas. Confío en él como en mí mismo. Aunque, mi kan de kanes… sinceramente, no me gusta recurrir a esta clase de… trucos. No es honorable destruir las máquinas del enemigo, en vez de matar a sus hombres. La madera y el metal no son dignos enemigos, para un auténtico guerrero. No pueden defenderse…

-Así es la guerra- el gorakan se acaricia la desnuda barbilla y sonríe, saboreando por anticipado su triunfo, que le parece incuestionable, habiendo descifrado tan sagazmente las intenciones de sus torpes enemigos –Esos khorks no tienen honor; mandan a sus mujeres a pelear; sus malditos guerrilleros, esos ryukeshas, nos diezman de noche… ¡si su jefa, la tal Partecráneos, es también una mujer! Ahora, esa vieja Ygrelth trata de destruirnos desde lejos sin arriesgarse, con sus máquinas malditas. Y encima embosca a casi toda su caballería pesada, la muy tonta ¡pensé que era una generala experta!… nosotros sólo vamos a jugar a su propio juego, pero mejor que ellos mismos.

-Los hombres civilizados siempre subestiman nuestra astucia- se burla Uyasewa -¿Creyeron que porque somos nómadas, no construimos casas fijas ni tenemos escritura… seríamos incapaces de ver a través de una estratagema tan burda? ¡caballería pesada oculta! Es una táctica de cobardes…-piensa el kaikodo en alta voz, sacudiendo su dorada melena, ya salpicada por la plata de las primeras canas– Dígame, mi kan de kanes: los refuerzos… ese contingente montado que enviaremos desde aquí arriba… ¿ya está listo también?

-Sí; supervisé personalmente su selección: un millar de mis jinetes más veloces, que ahora aguardan justo debajo de nosotros; todos con las armas preparadas y sus ponies tascando el freno. Y llevarán otros dos de nuestros nuevos estandartes- confirma el gorakan, sonriendo –Ellos serán la otra mandíbula de nuestra trampa; tan pronto como todos esos otros catafractos que ahora deben estar ocultos en el bosque regresen a revientacaballo, para caer sobre Hankawa y sus pocos cientos de “imprudentes” jinetes, antes de que puedan destruir los fundíbulos… ese millar cargarán sobre ellos desde arriba… -suelta una breve carcajada –¡mil cuatrocientos contra ochocientos…!  si tu gente recuerda no trenzarse en combate directo, sino sólo correr a su alrededor, lanzándoles flechas a los caballos, en vez de a sus jinetes, van a causarles muchas más bajas de las que reciban, a esos negros acorazados malditos. Por resistentes que sean sus corazas.

-Tampoco es una estrategia que Shonto aprobaría, mi kan, esa de atacar a los corceles, en vez de a sus amos- duda el kaikodo, con sonrisa inescrutable –Pero funcionará, supongo.

-¡Claro que funcionará!- rebate cualquier duda, Yarawo. Luego suspira: -Y si, por alguna razón, no lo hace…  si nos encontramos con que la resistencia que oponen ese tuerto N´bule y sus jinetes blindados es demasiado fuerte, incluso cuando casi los doblamos en número…

-Hankawa y los suyos se retirarán, siempre al galope- comienza a decir el kaikodo, conciliador: -Pero al menos le habremos demostrado al enemigo que no vamos a esperar pasivamente sus ataques, encerrados tras los muros. Que los defensores también pueden atacar.

Ambos guardan silencio durante casi un minuto, observando la intermitente lluvia de bolaños de los ocho grandes trabuquetes khorks… que, en su mayoría, siguen cayendo más allá de la barbacana. Aunque alguno que otro levanta columnas de agua en el foso.

-Espero que no aspiren a llenar ese foso con piedras…- se burla Yarawo –tardarían años, y aspiro a estar de vuelta en Yowa antes de que llegue el invierno.

Hasta que al fin el bombardeo amaina, se vuelven más espaciados los tiros… se detiene.

-¡Ahí salen, Hankawa y mis jinetes!- dice, de repente, el kaikodo, emocionado. -¡Y como previmos… han tomado completamente por sorpresa a los catafractos! ¡esos negros amantes de hombres seguramente no se esperaban algo tan… temerario!

En efecto, el largo y ancho puente levadizo, a la vez puerta delantera del redondo recinto amurallado que custodia el sendero de acceso a la fortaleza propiamente dicha, acaba de caer sobre el foso inundado… y por el paso fluye, ululando salvajemente, un espeso río de yowas: cuatro centenares jinetes que van, raudos y directos, hacia los apenas cien estupefactos caballeros pesados del tuerto coronel N´bule.

Al frente, en una alta vara, un jinete enarbola con orgullo las dos cabezas de toro en el aro de hierro con púas: el nuevo estandarte de Kangayowa.

A todo galope, la horda salva en cuestión de segundos la distancia hacia la compañía de catafractos… que reaccionan rápidamente: con un alarido de satisfacción, y a despecho de su clara inferioridad numérica, también cargan contra ellos, dirigiendo a sus corceles con las rodillas, lanzas en ristre, pistolas en mano… y gritando su temible ¡avoyun kangüé!

…pero, aunque algún que otro virote de ballesta o disparo a quemarropa derriban a decena y media de yowas infortunados, las armas de los mercenarios sólo hieren el aire: en vez de chocar contra los pesados caballos y sus jinetes abulanos, los astutos bárbaros, sobre sus ágiles ponies, se dividen ágilmente en dos columnas, rodeándolos, y los dejan atrás, sin siquiera desperdiciar en ellos una flecha.

Es una conversión perfecta… y los catafractos de pesada armadura, sobre los grandes corceles con la misma protección no pueden, ni girar tan rápidamente como los ligeros jinetes yowas sobre sus ponies sin coraza alguna, ni mucho menos alcanzarlos, a la carrera; enseguida los nómadas se ponen completamente fuera de su alcance.

¿Quién dice que los salvajes bárbaros no pueden aprender de sus errores? Tras todos los combates y la larga retirada entre los lagos y bosquecillos del Khork oriental, los yowas han asumido que, incluso con superioridad numérica, en un choque directo con los bien protegidos catafractos, a los que sus saetas no causan pérdidas de consideración, siempre sufrirán una incómoda cantidad de bajas.

De modo que ¿por qué insistir en tal clase de encuentros?

Esta vez, incluso cuadruplicando su cantidad, han optado por dejar completamente atrás a los acorazados enemigos, aprovechando la mayor velocidad de sus pequeños y hirsutos jamelgos… y ahora, saltando zanja tras zanja y empalizada tras empalizada de los aproches del sitio, siguen galopando, veloces como rayos y aullando como poseídos por algún espíritu oscuro y rebelde a Shonto, con el estandarte de las calaveras de toro gemelas al frente… directos hacia el octeto de trabuquetes situado frente a un pequeño bosquecito.

Las mismas grandes máquinas de guerra de contrapeso que, desde el amanecer intentan, sin éxito perceptible, destruir desde lejos las murallas de la barbacana con sus pesados, pero mal dirigidos bolaños.

Y a las que no parece proteger infantería alguna.

Las numerosas dotaciones de los enormes ingenios lanzadores de rocas no se percatan del peligro que las amenaza… o les da lo mismo: siguen cargando y disparando, imperturbables… y con la misma pésima puntería que hasta el momento.

Ni uno solo de sus bolaños cae dentro de la barbacana; todos, más allá, y detrás,

Tal vez confían en algún milagro de movilidad, por parte de la caballería pesada que debía protegerlas… porque, lo que es su puntería, no podría ser peor.

-Y… ¡ahí están de regreso, todos los catafractos que faltaban!- anuncia el gorakan, encantado, mirando a través de su catalejo, cuando ve el brillo metálico de cientos de armaduras asomar bajo los árboles, acercándose a galope tendido –Debe venir liderándolos el segundo de N´bule, ese capitán B´kamba… dicen que es muy hermoso, y que son amantes. Pero mucho me temo que su queridito no llegará a tiempo para salvarlo… ¡eh ¿qué es eso?

Comienzan a sonar los tambores; bum bum burubun burubun bumbum, y al compás que marcan las baquetas sobre los parches, en adolescentes manos y regazos, Uyasewa y Yarawo distinguen que una confusa multitud de infantes está saliendo del bosquecito donde se ocultaban.

Avanzan a la carrera, para formar filas con asombrosa disciplina. Interponiéndose, muy premeditadamente, entre la carga de los cuatro centenares de audaces jinetes yowas y su estandarte de los dos bucráneos, y las vulnerables máquinas lanzarrocas contra las que iba dirigida.

Los infantes enemigos llevan al hombro unos largos bultos envueltos en telas… y Yarawo tiene, de repente, un horrible presentimiento: ¿si serán… arcabuceros tumbrianos?

Pero ¡si no habían llegado aún! está seguro; deben estar todavía en camino, desde la capital khork… al menos a un día de distancia… nadie escuchó tambores… ningún espía de sangre mezclada habló al respecto…

¿Marcharon acaso en silencio, de noche, los malditos pelirrojos? ¡Esa vieja perra de Ygrelth les ha tendido una trampa! Un par de descargas cerradas de sus armas, y los jinetes de Hangawa caerán por decenas, tal vez cientos….

El miedo al fracaso le oprime al gorakan el corazón con sus fríos, esqueléticos dedos.

Pero tal vez no todo no está perdido…

Porque no disparan aún, los malditos, aunque ya los primeros jinetes yowas están cerca y descargan sobre ellos sus arcos recurvos, cubriendo el cielo con sus nubes de dardos.

Algunos de los salidos del bosquecito caen, heridos por la primera bolea de saetas… pero nadie abandona la formación, ni tampoco responde a las flechas con balas. Están sacando de sus atados unas varas rematadas en puntas de acero ¿lanzas? ¿y de apenas seis pies de largo? ¡ridículo! Con esa longitud, no detendrán a ningún caballo al galope. No, antes de ser atropellados por los mortales cascos.

Y se fija el kan en que esos ilusos soldados de a pie tampoco llevan los familiares morriones con crestas de los arcabuceros… sino unos yelmos más cerrados, como de corte antiguo, apenas con una apertura frontal en forma de horqueta, como máscaras metálicas.

¿Serán las famosas barbutas? Entonces, ya no cabe duda: ¡esos tienen que ser los piqueros gadeos!

Por lo visto, provistos de armas más ligeras, consiguieron marchar más veloces, y adelantarse a la artillería y los arcabuceros. Ygrelth, ansiosa por complacer a su rey y rendir Kangayowa en el imposible plazo que le fijaron, se arriesgó a atacar solamente con ellos, sin disponer aún del resto de sus fuerzas… la parte más decisiva del Ejército Libertador, para un asedio.

¡Pobre generala! ¡Pobres suicidas con lanzas! Ninguna tropa de a pie ha logrado jamás contener a los yowas, cuando cargan a todo lo que dan sus monturas… salvo los arcabuceros tumbrianos. Que, por suerte, no se ven por parte alguna, en el campo de batalla.

¡Qué maravillosa sensación, comprender los errores del enemigo! Y saber cuán caros le costarán.

Sí, seguramente los tiradores del norte llegarán mañana, con sus morriones y sus armas de fuego, junto con los cañones y bombardas… así que hay que aprovechar al máximo su ausencia. Y destrozar a esos tontos lanceros de las islas, entretanto.

Ahora mismo.

-Infantería oculta… y sólo en cuádruple fila: por un momento temí que fueran esos terribles arcabuces de Tumbria. Pero, simples palos con punta de metal, y ni siquiera muy largos… no serán un problema para nuestros jinetes; los vamos a arrollar- observa el gorakan, en alta voz, entusiasmado. -Aunque eso que todavía tienen envuelto en las lonas… podrían ser más lanzas, pero también arcos largos, como los de los ryukeshas… y a corta distancia, una descarga de esas flechas igualmente puede hacer mucho daño a nuestros jinetes…

-Hankawa no es tonto. No va a cargar directo contra esa línea con los sables, por descontado- lo tranquiliza Uyasewa -No sin antes saber bien qué clase de armas tienen. Sus jinetes los tantearán, haciendo la conversión un par de veces, antes de llegar más cerca, y cada vez les dispararán algunas flechas. No pueden fallar, incluso tirando al bulto, y hasta si algunos de esos recién llegados tienen arcos, que no lo creo, siempre es más difícil acertar a un blanco en movimiento que a uno fijo. Luego, si ven que la formación enemiga vacila o se rompe, mis jinetes usarán los aceros. Los masacraremos… y tal vez aún quede tiempo de dañar algunos fundíbulos… como mínimo, cortarles las cadenas de los contrapesos, lo más difícil de reponer en campaña…  antes de que lleguen los otros catafractos. A los que, mi kan, no creo que valga ya la pena enfrentarnos, por cierto…

-Sí… creo que no… Pero ¿qué hacen esos negros locos? – grita de repente Yarawo, echando todo su cuerpo sobre la almena, como si quisiera lanzarse al vacío desde aquella gran altura. Mira y vuelve a mirar por su catalejo, como si no creyera lo que sus ojos le dicen. -¡Uyasewa, mira! ¡los catafractos tratan de entrar en la barbacana, en vez de retirarse!

En efecto: una vez que los ligeros jinetes yowas los dejaron atrás, los cien jinetes mercenarios de N´bule no intentaron volver grupas y perseguirlos… sino que han seguido galopando veloces. Derechos al puente levadizo, y gritando su aterrador ¡avoyun kangüé! como si tuvieran también las gargantas forradas de metal.

No es una maniobra muy brillante; al verlos acercarse, los sitiados sólo alzan la calzada abatible, lógicamente, antes de que los enemigos montados puedan usarla para irrumpir dentro de su fortificación.

Pero, entonces, los abulanos vuelven a hacer algo inesperado: con asombrosa sincronía, todos los jinetes desmontan rápidamente y, en notable exhibición de dominio sobre los enormes brutos, los hacen tenderse, hasta al último, sobre uno de sus flancos, y con el blindado lomo hacia afuera.

Formando así una burda fortificación anular de carne acorazada: un erizo gigante del que brotan sus largas lanzas… y los cañones de muchas, muchas pistolas.

Por lo visto, hoy los orgullosos jinetes finalmente van a rebajarse a combatir como infantería. Mucho debe haber prometido pagarles, Korgalth II El Salvador, para que acepten tal cambio en su rutina ¡luchar a pie… y en las mismísimas narices del enemigo!

La tosca barricada viva, dispuesta al borde del profundo foso anegado, bloquea el acceso al puente levadizo, el punto por el que deberían regresar los cuatrocientos jinetes yowas que salieron a atacar los fundíbulos enemigos.

Ningún jinete en un pony ligero sería tan suicida como para dirigir a su corcel contra semejante obstáculo erizado de lanzas, demasiado alto para saltarlo.

Atrapados entre el infranqueable erizo del centenar de catafractos tendidos, que les cortaría la retirada, incluso si desde la barbacana volvieran a bajar el puente levadizo, y la cuádruple fila de misteriosos infantes con sus barbutas y sus cortas lanzas, que protegen a los trabuquetes khorks, los yowas de Hankawa no saben si retroceder o avanzar.

El estandarte de las dos calaveras de toro en el cerco de hierro con púas avanza, vuelve atrás, gira, indeciso…

Y no hay nada peor que el titubeo, en una batalla.

Algo no convence, al gorakan, en aquel curioso estado de cosas. Su instinto le susurra ¡peligro! y cada vez con más intensidad.

-¡Que olviden ese ataque! ¡que olviden los trabuquetes! ¡Dales la orden de regresar ahora mismo o ya no podrán hacerlo!- aúlla de súbito Yarawo, comprendiendo la artimaña… demasiado tarde –¡Y envía a nuestro millar de hombres de refuerzo, ya montaña abajo! ¡ya! Pero, ¡Shonto te confunda, kaikodo! ¿no se te ocurrió que debían dejar algunos hombres, fuera del foso, para guardar ese puente?

-Eh… mi kan…  pensé que esos pocos catafractos no se atreverían ni a acercarse, por mucho que aullaran…- se justifica el anciano guerrero, aturdido. Pero enseguida se repone, y sonríe astutamente: -Aunque… pensándolo bien; ellos mismos se metieron de cabeza en la trampa. Están muy cerca de los muros de la barbacana… sólo tengo que ordenarles a los hombres que Hankawa dejó dentro que disparen sus armas por encima del foso y…

El estruendo de otros disparos, una cerrada descarga, lo interrumpe en mitad de su frase.

Una espesa nube de humo flota ahora sobre la absurda infantería con lanzas y los cuatro centenares de jinetes yowas que trataban de atacar los ocho fundíbulos enemigos…

-¿Arca… buces?- murmura el gorakan, incrédulo, pero reconociendo sin error el familiar, pavoroso sonido de las armas de fuego portátiles norteñas. Sus más oscuros temores acaban de concretarse –Pero… si no los oímos llegar… si no usan morriones… si sólo llevan esas lanzas cortas y estúpidas.

Una segunda descarga se une a la primera.

-Por Shonto… nos han engañado como a niños, mi kan- suspira Uyasewa, aterrado, cuando el humo de ambas se disipa.

Miríadas de jinetes yowas y sus corceles, más de un centenar, han sido alcanzados por las dos granizadas de balas sucesivos. Muchos yacen por tierra, muertos o gravemente heridos. Hasta el estandarte ha caído, acribillado su portador.

Los sobrevivientes, aturdidos y sangrantes, giran y se alejan, galopando erráticamente, para reagruparse como pueden, fuera del alcance de las terribles armas de fuego. Un jinete recoge el caído estandarte, inclinándose hábilmente sin desmontar de la silla ni aminorar el paso, y lo enarbola de nuevo.

Los pretendidos lanceros dejan caer sus ridículamente cortas astas y ahora recargan sus letales arcabuces, usando el tercer frasco de las Trece Bestias, con su rapidez habitual… mientras que, desde atrás, corriendo, llegan más hombres, con morriones… pero, en apariencia sin más armas que largos garrotes.

Pero los ensamblan rápidamente con las lanzas caídas, alzando al punto las larguísimas, mortales picas de 12 pies, que protegen con su muro de puntas metálicas a los arcabuceros, casi indefensos en el delicado momento de la recarga.

Y, riendo, intercambian los cómodos y más abiertos, aunque pesados morriones que llevan, por las más cerradas, pero a la vez también más ligeras barbutas, que usaban hasta ese instante los arcabuceros.

Sólo dos regimientos que se lleven muy bien entre sí habrían podido interpretar tal farsa de disfraces y fingimientos de forma convincente… y sin altercado alguno entre los soldados que los integran.

Mientras el blanquinegro se reordena, los tambores resuenan, inexorables, casi triunfales: bumbum burubun bumbum. Como recordando, a los incautos o temerarios, que ningún jinete ni caballo sin armadura sobreviviría a la carga contra una línea combinada de picas y arcabuces.

Los bárbaros lo comprenden al punto, y ni siquiera lo intentan.

-Los disfrazaron… los escondieron… usaron otros cascos- se queja Yarawo, furioso -¡eso… no es leal! Viola todas las… reglas de la guerra…

-No hay más regla que vencer, en ninguna guerra. Y le advertí que esa Ygrelth era una perra astuta, mi kan- se justifica el kaikodo, sombrío –Pero, no se preocupe… ahora, cuando nuestros refuerzos montados lleguen al llano y los alcancen, todo juntos todavía podrán enfrentar a los demás catafractos que vienen… estoy impartiendo nuevas órdenes y…

Un frenesí de reflejos brota desde el alto donjon de Kangayowa. Desciende el largo puente levadizo de dos secciones, se alza el pesado rastrillo en la entrada… y un millar de jinetes, con dos estandartes, se lanzan al galope: primero por la meseta, sorteando los lagos, y luego montaña abajo, por el fino, retorcido sendero que conduce hasta la barbacana.

El fluir del tiempo parece volverse más lento, de repente, como si perdiera caudal, al tener que dividir su atención entre los distintos teatros de operaciones de la batalla.

Casi antes de recibir las órdenes del kaikodo a través de los destellos, las máquinas de guerra del fortín circular comienzan a disparar contra los atrevidos mercenarios abulanos apostados en tierra y frente a su puerta: o sea, sólo separados de sus muros por la anchura del foso anegado.

Tanto las dos balistas situadas en el adarve, como el fundíbulo de contrapeso y el enorme mortero del patio central lanzan sus proyectiles tan rápidamente como pueden.

El primer y pesado bolaño del trabuquete cae a tierra y se incrusta en el barro… a más de veinte pies de distancia del prieto anillo de catafractos y corceles tendidos: no es tan fácil, para una máquina de guerra concebida para lanzar grandes rocas a grandes distancias, acertarle a algo que está a menos de medio tiro de arco. Sus servidores tendrán que esforzase mucho, para dar en el blanco.

Las dos balistas, apuntando casi directamente hacia abajo, tampoco logran mejor puntería: aunque sus servidores intentan alzarlas por detrás para poder disparar más bajo, su primera descarga de enormes saetas también sobrepasa limpiamente al grupo de arriesgados mercenarios negros… aunque ya por menos de diez pies.

Sólo la enorme granada del mortero cae más cerca: tras sisear y dejar un fino rastro de humo a través del aire con su mecha encendida, la pelota hueca de hierro fundido, rellena de pólvora, rebota, rueda, parece que va a caer al foso, inofensiva… pero al fin estalla, a unos diez pasos de los inquietos caballos, retenidos en el suelo por la firme voluntad de sus jinetes, y los azota con su lluvia de esquirlas.

Aunque casi todos los fragmentos metálicos rebotan inofensivos contra las testeras, capizanas de láminas articuladas y las gruesas flanqueras de cota de escamas que envuelven a las grandes bestias, son varios los corceles que intentan ponerse en pie, relinchando despavoridos por el estruendo de la explosión. Sólo con inmenso esfuerzo logran mantenerlos horizontales, sus diestros amos: la verticalidad significaría la muerte casi segura, ante un ataque así.

Desde el adarve de la barbacana, frustrados por el fracaso de la primera andanada de sus armas de largo alcance, las pocas decenas de arqueros yowas que quedan en el fortín anular lanzan sus flechas, en tenues boleas… pero la mayoría de las saetas, si bien mucho más precisas que los proyectiles mayores, rebotan, inofensivas, contra la pesada coraza de cabeza, costados y lomo de los corceles abulanos: sería preciso arrojarlos desde muy cerca, para que los dardos  de un recurvo arco compuesto tuvieran alguna posibilidad de atravesar tan grueso y excelente blindaje.

-Bien, Uyasewa- se alegra el gorakan, obligándose a ser optimista pese al obviamente escaso efecto de esa primera descarga: lo importante es que sus hombres ya reaccionan, y están atacando a los osados mercenarios tendidos ante sus puertas –Mira; los de las balistas están poniéndoles cuñas debajo a sus máquinas. En el próximo disparo, tal vez tus hombres logren colocar una decena de flechas gigantes, o una granada, en el centro de ese maldito anillo… y como las armaduras de esos caballos no les protegen tanto el vientre… creo que mataremos a muchos, y tal vez hasta a sus jinetes….

El bramido de una caracola, roto a curiosos intervalos, resuena sobre el campo de batalla. No es ninguna de las señales de los Perros de Mar de Lomborth…

Y al instante siguiente le responde un tremendo, triunfal alarido colectivo, que apenas si parece humano… proveniente de las laderas de las Jawar, cubiertas de bosque, y por las que fluyen montaña abajo los seis arroyos.

El kaikodo se muerde los labios, preocupado, y mira de reojo a su kan de kanes, sin atreverse a expresar en alta voz lo que piensan ambos:

¡Los ryukeshas!

Pero ¿cómo pudieron llegar ahí, los guerrilleros de Partecráneos, sin que sus propias avanzadillas y emboscadas en la pendiente los detectaran y rechazasen? ¿Serán realmente brujos, capaces de convertirse en animales, en árboles…?

Cuando, instantes después, son enviadas órdenes de averiguar qué ocurre, a los hombres destacados en las boscosas cuestas, con espejos… no se recibe ninguna respuesta.

Uyasewa y Yarawo saben bien, demasiado bien, lo que eso significa… y tiemblan de aprensión, sin atreverse a hablar. Quizás, si ninguno de los dos lo dice en voz alta, Shonto hará un milagro por sus hijos, y esos soldados no estarán todos muertos…

Menos de un minuto después, y mientras descienden, en larga fila de apenas dos jinetes de fondo, por la tortuosa senda hacia la barbacana, sobre el millar de guerreros enviados desde la fortaleza cae, inesperadamente, una lluvia de largas flechas que brota desde la espesura que bordea el camino.

Muchos son heridos… sin que lleguen a ver ni a uno sólo de los ocultos atacantes. Uno de los portaestandartes cae, herido de muerte por tres saetas, y cuatro más atraviesan a su caballo. Aunque otro hábil jinete recoge la vara con los dos cráneos de toro en el aro de hierro con púas, antes de que llegue al suelo.

Los Soplos Letales han roto su larga inmovilidad de más de una semana, confundiéndose pacientemente con el suelo y la vegetación… y ahora se cobran con avidez, y en sangre, el precio de su espera; tras degollar con fulminante presteza al par de centenares de yowas de las emboscadas y avanzadillas en la ladera, que nunca llegaron a enterarse de que estaban rodeados, los guerrilleros de Partecráneos van a por los refuerzos montados que bajan la montaña hacia la barbacana.

Y su destreza con los arcos largos es mortífera. Sus flechas, inexorables asesinas.

Castigados por la constante lluvia de certeras saetas, el millar de atónitos jinetes yowas sólo puede acelerar su paso para esquivarlas… con lo que muchos de sus ponies pierden pie en la cuesta y ruedan montaña abajo, junto con sus amos. Los dos estandartes caen… y sólo uno es recuperado, ahora.

Apenas unos pocos cientos de jinetes llegan hasta la entrada trasera de la barbacana, donde los aguarda otra sorpresa: las decenas de bolaños lanzados durante toda la mañana por los ocho fundíbulos khorks, supuestamente con tan mala puntería, han convertido el antes liso terraplén del camino en un infierno de fosas y piedras rotas que sobresalen en todas direcciones: un tramo de ciento cincuenta pies de largo, a través del que ni el más ágil caballo podría avanzar al galope sin romperse las patas.

Obligados a reducir su velocidad para proteger a sus monturas, los yowas sufren más bajas por las despiadadas flechas de los invisibles hombres de Partecráneos, que no paran de caer sobre ellos desde el bosque, como si cada arquero dispusiera de un suministro ilimitado.

Algunos, considerando ya suicida e inviable la misión de reforzar a los jinetes de Hankawa en el llano, cabalgan por el puente levadizo que los atónitos defensores han bajado para ellos, y tienen la suerte de ser admitidos dentro.

Pero la mayoría mueren, y caen al foso chapoteando, con un dardo ryukesha en la espalda. O dos, o tres… o más. Apenas cincuenta llegan a cruzar el umbral posterior de la barbacana con vida. Y ni la mitad de ellos ilesos.

Con ellos entra el único estandarte que les quedaba…

La puntería de los guerrilleros de Partecráneos parece cosa sobrenatural. Lo mismo que su intuición para herir, sobre todo, a los líderes de la caballería enemiga. Es como si sus flechas supieran exactamente dónde caer, para causar el máximo daño.

Gorakan y kaikodo piensan lo mismo, aunque no se atreven a decirlo en voz alta ¿brujería? Pero ¿cómo no la contrarrestan, sus Shontolanes?

Los yowas también son guerreros valientes y decididos. Incluso sin jefes ni estandartes de guerra, la mayoría de los jinetes, aunque malheridos por las certeras saetas ryukeshas que siguen cayendo desde los árboles junto al sendero, aprietan los dientes, se inclinan sobre el cuello de sus hirsutas monturas, casi todas tan heridas como ellos… y, en lugar de rendirse y entrar en la barbacana, siguen adelante.

Perseveran en su empeño, y rebasan al fin el accidentado, peligroso tramo. Siguen galopando, rodean al foso, continúan hacia el enemigo, con su terrible aullido flotando en el viento, en auxilio de Hankawa.

Evaden despectivos el erizo de lanzas del centenar de catafractos tendidos en tierra tras sus caballos, sufriendo algunas bajas por el fuego de sus pistolas de rueda y ballestas, y…

Y vuelve a sonar el bramido de una caracola, dos, tres…

Y los jinetes yowas tienen que frenar casi en seco. Pues sería imposible seguir adelante.

Frente a ellos, de casi todas las zanjas sobre las que antes cruzaron sin el menor contratiempo los hombres de Hankawa, al abandonar la barbacana en su frustrada carga contra los fundíbulos, ahora se alzan guisarmes, hachas de abordaje, falquiones… y hombres con cervellieras con celadas, que los blanden con aterradora fuerza.

Los Perros de Mar, convertidos momentáneamente en Topos de Tierra, han separado con absoluta eficacia a ambas fuerzas de caballería ligera yowa. Sus gambesones azules ahora son pardos… y rezuman el barro que los volvió casi invisibles, dentro de las zanjas.

Disparan sus pequeñas ballestas. Algunos, sus cañones de mano, produciendo más estruendo y humo que daño real.

Al frente, de pie fuera de la trinchera, un guerrero mueve de lado a lado un asta, enérgicamente, haciendo ondear el pabellón rojiazul de Khork. Se quita su cervelliera y muestra, orgulloso, su cráneo liso.

Sus hombres vitorean al audaz comodoro Lomborth.

Tras haber frenado su carga, los jinetes yowas retroceden, prudentes, para evitar virotes y balas ¡son cientos, los enemigos! ¡y bien posicionados! No hay paso posible, por ahí.

Imposibilitado de recibir sus refuerzos, y viendo a la vez cortado sin remedio su camino de regreso a la barbacana, Hankawa comprende que no le quedan muchas opciones.

Definitivamente, no será capaz de llegar a los fundíbulos khorks, demasiado bien protegidos por el blanquinegro de piqueros gadeos y arcabuceros tumbrianos, que ya ha diezmado a sus jinetes… y ante la amenaza de los setecientos catafractos del capitán B´kamba, que se acercan a estruendoso galope, debe decidir qué hacer.

Y rápido. En batalla, las dilaciones se pagan caras, siempre.

Así que escoge no regresar al abrigo del foso y el muro circulares… sino alejarse, galopando hacia un costado, hacia el sur, por la estrecha franja de tierra de nadie.

Parece un movimiento original, inesperado, inteligente… y a sus poco más de doscientos cincuenta hombres, de los cuatro centenares que sacó de la barbacana, y que aún llevan en alto la vara con los bucráneos gemelos, enseguida se le unen unos seis centenares de aturdidos jinetes: los sobrevivientes del millar que salió de Kangayowa para apoyarlo, ansiosos por seguir a un caudillo y un estandarte de guerra, en medio del caos.

Juntas al fin ambas fuerzas de caballería, galopan paralelas a la cordillera, alejándose de las posiciones del Ejército Libertador al pie de la fortaleza… no saben bien adónde ¡ya se verá! pero libres, de momento.

Sólo quieran dejar bien atrás a la maldita caballería pesada abulana que sigue acercándose, y a los Perros de Mar del comodoro Lomborth, seguros en sus zanjas, que saludan su huida con disparos de sus cañones de mano, toques de caracola y burlones silbidos y gritos, mientras agitan sus falquiones, guisarmes y hachuelas de abordaje… y varios cargan en triunfo a su calvo jefe.

Pero, no han cabalgado ni tres tiros de arco, todos los yowas en fuga, cuando, de otras zanjas frente a ellos ¡surgen más Perros de Mar! ¡y una línea de arcabuceros tumbrianos con las mechas lentas humeando en terrible premonición!

Los reciben con una mortífera descarga: las redondas y pesadas esferas de plomo son mucho más certeras que la metralla de los cañones de mano: matan, hieren y derriban a muchos yowas, a casi ciento cincuenta pies de distancia.

El último estandarte cae, al fin, rodando su portador junto con su jamelgo, destrozados ambos por múltiples impactos de bala.

Y el resto de los jinetes retrocede, tan desconcertados que pocos atinan siquiera a lanzar sus saetas contra los tiradores que los han diezmado.

Hankawa, herido en un brazo por el certero disparo de un maldito rifle tumbriano, con el pony muerto, monta ágilmente en otro que pasa por su lado, sin jinete. Sus ojos desorbitados miran en todas direcciones, como los de un lobo acorralado por los perros de la jauría de cazadores.

Ya no tiene estandarte. Y no puede volver a la barbacana. ¿Adónde ir, por Shonto? ¿adónde, que no haya enemigos emboscados, matándolos desde lejos? ¿y si los catafractos se acercan, se acercan…?

-¡Que regresen aquí… que vuelvan como sea!- ruge el gorakan Yarawo, apretándose las manos, desesperado ante la manera en que el enemigo ha jugado y sigue jugando con sus tropas –¡No podemos perder a todos esos jinetes, como ya me temo que hemos perdido los estandartes…!

Pero la trampa se ha cerrado: no hay adónde dirigirse. Ni adónde escapar. Hankawa lo comprende… aprieta los dientes y clava las espuelas en los flancos del pony ajeno.

Sin otra opción, los yowas cargan contra los setecientos abulanos de caballería pesada, que se les vienen encima empuñando pistolas y ballestas en una mano, con la lanza bien sujeta bajo la axila del otro brazo, guiando sus enormes corceles sólo con la experta presión de las rodillas.

Si hay que morir, que sea como un jinete nómada: en la montura… y luchando…

Los poco menos de ocho centenares de yowas aún vivos y a caballo está descubriendo, inexorablemente y en carne propia, el terrible destino que espera a cualquier sitiado que, con más audacia que buen juicio, intente una salida… con la que los sitiadores contaban hasta en sus más mínimos detalles.

Bajo una llovizna de esporádicas inofensivas flechas yowas, un par de descargas de los letales proyectiles de las balistas y alguna que otra granada del mortero o bolaño del fundíbulo de la barbacana, los catafractos que yacían ante la entrada del fortín anular se retiran: dejan, al fin, incorporarse a sus caballos, los montan y, al galope, dejan atrás el foso… y a algunos hombres y monturas, muertos o malheridos.

Ahora ya no gritan ¡avoyun kangüé! No están ilesos; el mismo coronel N´bule ha sido alcanzado: una saeta de balista, larga como su lanza y gruesa como su muñeca, le atravesó el muslo derecho. No puede apoyar esa pierna, por supuesto, y sus fieles hombres tienen que alzarlo hasta la montura. Tras romper los extremos para que no le moleste tanto al cabalgar, han preferido dejarle el enorme proyectil clavado; al menos así contendrá un poco la hemorragia de la terrible herida.

Pero el centenar de valientes abulanos han cumplido a la perfección con su trabajo de carnada. Pueden retirarse con la moral bien alta. Y satisfechos de la gruesa suma que seguramente cobrarán, por su hazaña.

Tan pronto el oficial tuerto y sus jinetes se han alejado del foso de la barbacana, los ocho grandes fundíbulos khorks, construidos por los sombreros de hierro tumbrianos, comienzan a descargar sus enormes proyectiles redondos de piedra dentro de los muros de la fortaleza secundaria.

Con matemática precisión; ya ni un bolaño cae fuera, en el foso, ni mucho menos pasa de largo y golpea la carretera, detrás.

Peor aún para los sitiados en el fortín anular: arrastrados por mugientes y esforzadas yuntas de enormes bueyes y empujados por sus sudorosos servidores, primero los largos falconetes y culebrinas, más ligeros y maniobrables, luego los panzudos morteros, y al final, hasta las enormes bombardas, van asomando del bosquecito donde estaban todas bien ocultas bajo capas de ramas cortadas.

El mismo grupo de árboles del que salieron piqueros gadeos y arcabuceros tumbrianos, un rato antes, para cortarles el paso a Hankawa y sus cuatrocientos jinetes.

Ahora todos los cañones se adelantan, con lenta inexorabilidad y la clara intención de sumarse, tan pronto como puedan, al chaparrón de pesados proyectiles que comienza a derruir los muros circulares con sus impactos.

Los pocos hombres que aún quedan en la castigada fortificación secundaria no dan abasto a defenderla, contra la lluvia de proyectiles que la azota. Pronto deja de responder el fundíbulo, destrozado por la explosión de una granada de mortero, junto con varios de sus servidores.

La primera y afortunada andanada de las ligeras balas de plomo de las culebrinas barre el adarve, matando a varios de sus servidores. Una granada de mortero khork destruye al suyo.

Pero aún hay más: antes de que la primera bombarda tenga tiempo de estar lista para abrir fuego y lanzar su bolaño de medio millar de libras contra el muro de piedra, se escuchan gruñidos de miedo y dolor que nadie sabe de dónde vienen… ¿del suelo, será posible? el viento arrastra un humo de apetitoso aroma que comienza a brotar de la tierra… un remolino se forma en el foso, como si miles de litros de agua se precipitaran hacia alguna parte… y pocos segundos después, con un inmenso quejido y grandes salpicaduras de barro, todo un segmento de la barbacana ¡justo el opuesto al puente levadizo, el más alejado de los atacantes! se derrumba aparatosamente sobre el foso, minados desde abajo sus cimientos por la Gente de la Oscuridad, los laboriosos cavadores leprosos de la reina Ilkandra.

Los primeros que irrumpen en la fortificación condenada, tan rápido que a muchos incluso los salpica el agua alzada por la caída de los muros, son los exultantes ryukeshas. Tras hostigar, desde los bosques donde permanecieron invisibles durante más de diez días, al millar de jinetes que abandonaron Kangayowa, los guerrilleros de Partecráneos han descendido la cuesta a la carrera… y ahora, como una marea incontenible, saltan el foso con pértigas y trepan por la rampa de piedras derrumbadas, ágiles como ardillas de sus bosques.

Entran en la barbacana antes de que las aguas el foso se hayan aquietado, aullando como lobos rabiosos. Su enorme jefa, la primera… y al instante su tremenda clava ya está tinta en sangre enemiga.

Los guerrilleros ryukeshas han dejado a un lado los arcos que matan de lejos, y ahora blanden sus hachas de leñador de ancha hoja y los cuchillos, sedientos de muerte y venganza. Muchos sonríen siniestramente, mostrando sus dientes afilados, como de fiera.

Y fieras humanas son, todos. Su hora ha llegado, tras tantos días de espera.

El destino del combate está decidido desde el principio. Son varios cientos de ryukeshas enloquecidos de furia vengativa, contra apenas un centenar de yowas, aturdidos y desalentados. Los nómadas pelean con la fuerza de la desesperación, y algunos tienen los caballos con los que entraron… pero la desigualdad es demasiado notoria.

Partecráneos mata ella misma a una docena de enemigos. A dos de ellos, a mordiscos.

Es una masacre. Y ni siquiera sirve de nada rendirse ante los atacantes. No hay cuartel para los invasores, hoy.

Ni uno solo queda con vida. Pero hasta el amanecer del día siguiente se escucharán los alaridos de los infelices prisioneros bárbaros, ingeniosamente atormentados por los ryukeshas.

Los últimos en morir serán los dos shamanes, con sus carnes magras reducidas a tiras y atadas en torno a pértigas, mientras aún laten y sangran. Pero ni una palabra de súplica, ni un quejido de dolor saldrá de sus labios apretados. Ni cuando les corten los dedos de las manos y los pies, uno a uno, ni cuando les arranquen de un salvaje tirón su único mechón de pelo de la frente, junto con un buen trozo del cuero cabelludo.

Ni siquiera cuando Partecráneos en persona les abra el pecho y les saque el corazón aún latiendo, a mano limpia.

Los yowas son valientes y duros; los hombres santos, los más duros de todos ellos, pues cuentan con la bendición de Shonto.

Cuando sale el sol, las primeras tropas del Ejército Libertador, ya destruido magistralmente el obstáculo de la barbacana, ascienden hacia la fortaleza principal por el estrecho sendero.

Varios cientos de ponies yowas caen ilesos en poder de los sitiadores: todo un tesoro. Aunque pequeños, los hirsutos jamelgos de la estepa occidental resultarán muy útiles para cargar bagajes y en otros trabajos del sitio.

A los corceles yowas heridos, se les sacrifica: la carne de caballo reforzará las provisiones, y agregará algo de variedad a la dieta de Ejército Libertador, durante semanas

Destrozados por el choque contra los catafractos de B´kamba, rematados por los Perros de Mar y los guerrilleros ryukeshas, apenas cincuenta jinetes yowas son capturados vivos, y todos inconscientes o gravemente heridos. La mayoría eligen darse muerte, antes que caer en manos de los implacables guerrilleros de Partecráneos.

Sólo unos doscientos hijos de Shonto logran regresar al amparo de los muros de Kangayowa, ascendiendo a pie por las selvas, gimiendo de pánico y arañados por las ramas. Ni uno solo está completamente ileso. Muchos han abandonado sus armas en la huida.

Tras obligarles a renunciar a sus corceles, los astutos ryukeshas decidieron permitirles escapar, para que contagiaran el desaliento de la derrota a sus compañeros.

Hankawa, uno de esos pocos sobrevivientes, al llegar a la fortaleza, y por orden expresa del gorakan Yarawo, es enviado de nuevo fuera, contra los sanguinarios ryukeshas… solo, sin siquiera permitirle vendar su brazo destrozado por el balazo del fusilero tumbriano.

Para mostrar a los demás yowas cómo premia Shonto la incompetencia y la cobardía.

Nadie volverá a verlo jamás. Pero se rumora que tardó varios días en morir, cuando los ryukeshas dieron con él…

El miedo gana tantas batallas como las armas. Pero es un factor que ambos bandos pueden usar.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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