Los 43 días de Kangayowa

Día XIV: enemigos a las puertas

-Es un glorioso espectáculo ¿eh, barón?- señala el vizconde Arboth de Kalagraz, mientras hace avanzar a Abarth, su soberbio alazán, al mismo paso que Bozt, el gran tordo del jefe de la guardia real khork.

Ambos son excelentes jinetes.

En su fuero interno lamenta, el joven aristócrata, no haber tenido una participación más destacada en los combates de la víspera… pero se consuela pensando que aún le sobrarán oportunidades para cubrirse de gloria, en esta campaña.

Tras la pareja de nobles montados se mueven las yuntas de grandes bueyes que desplazan la artillería, los carros de víveres, las largas, compactas columnas de los Perros de Mar del comodoro Lomborth, los arcabuceros tumbrianos del mayor Fergán y los piqueros gadeos del comandante Sabarupal: el Ejército Libertador en pleno, acercándose al fin a la auténtica fortaleza de Kangayowa.

Delante, la meseta salpicada de lagos de caprichosas formas, tras las que una suave pendiente cubierta de hierba, el glacis, se alza justo hasta el borde del gran foso de la fortaleza…

Y más allá, sus anchos, inclinados muros, apenas visibles.

El enorme donjon cilíndrico, que debe rondar los trescientos pies de altura, domina el paisaje.

Ni un arbusto crece en todo el lugar. Los yowas se han asegurado de mantenerlo bien despejado. Nadie ¡ni siquiera los hábiles ryukeshas! podrá acercarse subrepticiamente a sus posiciones, aprovechando tal cobertura.

Abajo y detrás resuenan sordos, rítmicos golpes… y a ratos el ruido más sordo e intenso de algo que se desmorona: usando un par de grandes arietes de balancín, casi un centenar de Perros de Mar están terminando de demoler, lenta y metódicamente, los últimos trozos de muro rojizo de la conquistada barbacana, bajo las precisas órdenes de un puñado de sombreros de hierro tumbrianos.

Sólo un general muy tonto dejaría una fortaleza conquistada, por pequeña que fuera, vacía a sus espaldas; sería como invitar al enemigo a ocuparla de nuevo, cortándole la retirada.

Y de Kalagraz piensa que, con suerte, en un mes podrían estar haciendo lo mismo con las murallas de Kangayowa, mucho mayores.

–Viendo tantos soldados y tanta artillería, ahora sí creo que rendiremos estos muros antes de Gurzegh. Esa Ygrelth… será de sangre extranjera y una plebeya gruñona, pero conoce su oficio como nadie- dice, con entusiasmo, el aristócrata más joven, ante el silencio de su acompañante –La generala engañó totalmente a los yowas ¿no te parece, barón? Jugó con ellos como si fueran marionetas. Todo el tiempo hicieron justo lo que ella quería que hicieran. Y ahora, cuando vuelva a confundirlos…

-De Kalagraz, no esté tan seguro de que desde aquí todo será más fácil- replica, al fin, el barón Tarbelth de Termokh, con aire sombrío y solemne.  -Me temo que ocurrirá exactamente lo contrario. Los ardides… tienen sus límites.

Aunque conoce el vizconde de Kalagraz desde que era un muchacho, el comandante de la guardia real nunca tutea a los hombres que no han entrado en combate junto a él. Ni a los que lo superan en rango militar o de nobleza.

Mucho menos a los que han compartido el lecho de su casquivana hermana Yaralth.

O sea, que debe tratar rigurosamente de usted a casi toda la aristocracia de Graghork. Pues sólo los caballeros y señores están por debajo de los barones; casi ningún cortesano, aunque no sepa qué hacer con una espada en la mano, ostenta un grado menor que el de coronel…

Y los amantes de la bella baronesa de Termokh también se cuentan por decenas… tal vez por cientos.

–Reconozco que en la batalla por la barbacana nuestra generala mostró mucho… ingenio- sigue diciendo Tarbelth, y su ronca voz, recuerdo de una vieja herida en la garganta, resuena aún más cavernosa desde detrás de la visera de su oscuro yelmo, sin cimera ni penacho–Pero ¿ha visto usted a qué nos enfrentamos? Saque cuentas: Ygrelth tardó trece días sólo en rendir una simple barbacana en el llano, y tuvo que recurrir a todos los trucos sucios del manual del sitiador plebeyo. Y ahora los yowas ya saben a qué atenerse, y cómo se las gasta, la veterana. No será tan fácil, rendir estos muros, mucho más fuertes.

De Kalagraz mira al enorme, adusto hermano de la bella y delicada Yaralth, sin saber qué decir. Su armadura puede ser negra y sin adornos, pero también es de excelente calidad. Un arma: no una prenda para jactase de ella. Lo mismo que su célebre espadón, La Barra…

Nadie puede cuestionar el valor y la entrega del comandante de la guardia real. Pero el barón de Termokh nunca dirigió un sitio. ¿Sentirá, tal vez, envidia, como él mismo, de los logros de la curtida y plebeya generala? ¿y de los de un extranjero mercenario como N´bule?

¡El maldito negro incluso se las arregló para hacerse herir heroicamente!

-Tarbelth, no seas tan pesimista- el vizconde sí que no duda en tutear al que considera su igual, si no su inferior –Los yowas son grandes jinetes, desde luego… pero no tan buenos infantes. Ya los golpeamos duro. Somos unos siete mil hombres, y ellos tienen ahora menos de cuatro millares.  Disponemos de casi cuarenta bocas de fuego, contra una docena escasa suya, según nuestros informes. Nunca se ha concentrado tanta artillería sobre los muros de una fortaleza, en toda la historia militar de Ardabla. Y los trabuquetes, y las catapultas…- sonríe, seguro, y dictamina: -Ygrelth va a conseguirlo. Kangayowa caerá. Puede que los nómadas escapen por el paso abierto en la cordillera, para salvar sus bárbaras vidas… pero destruiremos la fortaleza; eso es seguro.

-Sinceramente, envidio su fe, vizconde. Con tiempo, no digo que no sea posible, tomarlo. No hay castillo inexpugnable ni ejército invencible, frente a los generales Hambre y Plaga- señala el barón de Termokh, reacio a contagiarse del entusiasmo del joven vizconde –Sólo que… hasta Gurzegh, no nos sobran los días, precisamente. Y quienquiera que decidió el emplazamiento, proyectó y erigió este castillo, sabía muy bien lo que hacía. Hasta yo lo noto. No soy un experto en sitios, seré el primero en reconocerlo. Soy el comandante de la guardia real, una fuerza de élite… pero pequeña y, sobre todo, creada con un propósito muy diferente. Nunca he comandado unidades grandes, ni tengo idea de cómo dirigir ejércitos con armas combinadas. Pero ¿ve esos lagos delante?

-Claro que los veo; no soy ciego- protesta Arboth de Kalagraz, mosqueado –Muy pintorescos, y seguramente estarán llenos de ranas, caracoles y peces con los que podríamos complementar nuestras provisiones…

-Peces, lo dudo. Los yowas odian comer cualquier cosa que nade o se arrastre: en esas lagunas no debe vivir ninguno. Ranas, tal vez… porque no hay modo de impedirlo- observa Tarbelth, y desenvainando La Barra desde su espalda, con una engañosa facilidad, las sostiene con ambas manos para señalar con su extremo a la sucesión de pequeños espejos de agua que separa el resto de la meseta de la fortaleza –Pero apuesto a que son profundos… lo bastante para que resulte muy difícil y laborioso desecarlos o rellenarlos. Tal vez hasta tengan el fondo de piedra viva.

-¿Rellenarlos? Y ¿por qué querríamos hacer eso, barón?- inquiere de Kalagraz, azorado, y señala con su propia Matamaridos, cuyo puño enjoyado desprende hermosos destellos al ser acariciado por los rayos del sol –No cierran el acceso al castillo… se puede pasar entre ellos… por allí, y por allá también. Luego bastaría con doblar, en ese recodo, y ya estaríamos frente a los fosos….

-Un recorrido laberíntico, que duplicará, si es que no lo triplica, el tiempo que cualquier tropa que se aproxime a los muros tendría que estar bajo tiro de los ingenios lanzadores de proyectiles y hasta de los arqueros de la fortaleza- asiente Tarbelth, y ríe cavernosamente –Cierto; la caballería podría hacer ese trayecto sin sufrir muchas pérdidas; la infantería, si es ligera y se mueve veloz, también… pero los caballos no vuelan: todavía estarían en la parte exterior del foso de Kangayowa ¿y sabe qué ancho tiene, vizconde?

-¿Cincuenta pies?-especula Arboth de Kalagraz, con su mejor sonrisa.

-No; justo el doble, en la zona más estrecha- le informa el comandante de la guardia real de Khork, muy serio. –Se lo oí decir a un ingeniero tumbriano, y esos sombreros de hierro saben de lo que hablan, cuando se trata de distancias y alturas. Es tan ancho que su puente levadizo sube y baja en dos secciones… nunca había visto ninguno semejante. Y profundísimo, según juran Gargluth y los demás mestizos. También insisten en que no hay cómo drenarlo; lo abastece esa cascada ¿ve? que baja directamente de las cimas heladas de las Jawar, dentro del recinto de la fortaleza. Ningún hombre puede saltarlo, ningún puente improvisado salvarlo. Los jinetes e infantes que llegasen hasta ese obstáculo, tendrían que nadar o flotar en barcas o balsas, para llegar a las murallas… que tienen casi cuarenta pies de altura, con saeteras en medio, y almenas y matacanes en el remate. Desde allí, los sitiadores les seguirían disparando con todo lo que tienen. Ir de frente contra algo así… sería un suicidio. No hay otra manera de llamarlo.

-Bueno, pues no iremos de frente. No hay problema sin solución… cuando lleguemos a ese foso, ya veremos…- de Kalagraz desestima los sombríos pronósticos del barón –Minaremos bajo el foso… para eso está la Gente de la Oscuridad, los hombres de la reina Ilkandra ¿no? usaremos protecciones móviles para avanzar a cubierto de las flechas… y en ellas también colocaremos artillería; así batiremos los muros desde fuera, hasta que se derrumben y se abra una rampa de acceso…

-Ese es precisamente el problema, vizconde- lo interrumpe Tarbelth de Termokh, y casi hay placer en su ronca voz, cuando explica: – Mire bien ¿lo ve? Todo el recorrido, serpenteando por entre los lagos, y hasta el foso, queda perfectamente cubierto por cualquier máquina lanzadora de proyectiles que esté en la fortaleza. Una auténtica, maldita galería de tiro ¡que Wylan los fulmine, a esos yowas! Y si han subido sus cañones a ese donjon, lo primero que yo haría… su fuego desde lo alto llegará todavía más lejos, y podrá destruir cualquiera de los nuestros antes de que podamos siquiera rozar sus muros con ningún proyectil, desde abajo. Además, ¿ve esos afloramientos de roca, ahí… y allá? –señala de nuevo con su enorme espada. -Ilkandra, de la Gente de la Oscuridad, que usted tuvo el detalle de mencionar, asegura que es granito macizo. Toda la fortaleza se alza sobre cimientos de piedra viva. Los mineros leprosos conocen su trabajo, nunca lo negaría… pero cualquier equipo de cavadores necesitaría décadas para abrir minas en una roca tan dura.

-Pujes… desecaremos los fosos… y podemos hacer balsas… enviar a la artillería de noche… construir torres de asedio- va especulando de Kalagraz, cada vez más desanimado y molesto, ante los sucesivos movimientos laterales con los que la cabeza del barón de Termokh, encerrada en el yelmo negruzco, va recibiendo sus improvisadas propuestas -¡No sé, barón! No vamos a rendirnos, ahora que al fin llegamos hasta aquí arriba ¿no? Algo inventará Ygrelth, estoy seguro…  enviará a los ryukeshas por las tuberías ¡dicen que algunos son cambiapieles! ¡pueden convertirse en animales, ¿sabe? ¡y tiene que haber desagües, porque toda esa agua de la cascada debe salir de la meseta por alguna parte! O los hará volar por encima de las murallas en cometas gigantes, o los lanzará en catapultas ¡si pueden convertirse en pájaros, aterrizar no será un problema para ellos!…

-No sé de lo que sea capaz la brujería gadea… no sé mucho de ellos… pero nada de lo otro funcionará- sigue negando el comandante de la guardia real de Khork –Las torres de asedio son lentas; serían blancos muy fáciles para la artillería enemiga, y más si tienen que acercarse moviéndose en zigzag por ese laberinto de lagos. Los ryukeshas de Partecráneos son valientes hasta la locura, y muy hábiles deslizándose sin ser percibidos… no voy a negarlo, ayer lo demostraron de sobra en ese ataque trasero a la barbacana. Pero dudo que los yowas bajen la guardia, ahora que saben bien la clase de enemigos silenciosos que los acechan. No, vizconde, no será tan fácil; la mayoría de la gente que no saben nada de la guerra cree que los sitiados la pasan mal… pero, ya ve, los que realmente estamos en problemas, por lo menos esta vez…  somos los sitiadores. Tenemos al enemigo enfrente, tan cerca… pero no podemos llegar a él.

-Entonces ¿qué? –estalla de Kalagraz, tirando con innecesaria brusquedad de las riendas de Abarth, para pararlo casi en seco -¿Simplemente abandonamos, barón? ¿dejamos a esos salvajes adoradores del Cielo burlándose de nosotros desde las almenas, comiéndose la comida que nos robaron, disfrutando de las mujeres que nos arrebataron…  y nos volvemos a Grakhork como si nada hubiera pasado? ¡Me niego a aceptar eso! ¡Su Majestad lo ordenó… y el honor de Khork exige una satisfacción!

-¡Qué vehemencia! Habla como si las prisioneras de las aldeas fueran familia suya, vizconde. O como si los víveres que se llevaron los yowas los hubieran sacado de su feudo personal- se burla el barón de Termokh, que también ha parado a su Bozt. Luego suspira: -Ah, vizconde… el honor… y la voluntad real, son asuntos complicados. Pero, sinceramente, no sé cómo piensa Ygrelth cascar esta nuez tan dura. ¿Por qué cree que, en todos los siglos anteriores, cada vez que los yowas atacaban las tierras de Khorks, los reyes no hacían más que lamentarse y soportar sus incursiones? Y miraban al mar, en vez de a la montaña…

-Porque no tenían artillería. Ni arcabuces- responde Arboth de Kalagraz, vivamente, incitando a andar nuevamente a su alazán, con un golpecito de talones. Luego agrega, con cuidado: – Barón… sé que no eres un cobarde. Que si no has matado con esa enorme espada tuya a tantos idiotas que mancharon el buen nombre de tu familia yaciendo con tu hermana, es sólo porque tu juramento de guardia real te prohíbe batirte en duelo; el interés de la corona y de Khork van antes que tu propio honor. Pero, simplemente, no puedo creer que no haya nada qué hacer contra esos salvajes, sólo porque están al otro lado de esos muros. Tiene que haber un modo. E Ygrelth lo encontrará; lo sé.

-De Kalagraz, sinceramente… usted nunca me cayó bien- admite de repente el barón Tarbelth de Termokh, alzando la visera de su tosco yelmo de un seco manotazo, tras echar a andar también a su tordo.

El rostro del hermano de Yaralth, lleno de tajos y costurones resulta en extremo impresionante, visto de cerca. La cara de un soldado, no la de un cortesano. El vizconde retrocede casi por instinto, ante el fuego que anima a esos ojos. Uno es verde y el otro azul, como los de la baronesa ¿herencia yowa y tumbriana? Extrañas mezclas de sangre corren por las venas de la nobleza khork, desde luego.

-Pero no es usted, ni con mucho, el peor de esa cohorte de lechuguinos parásitos que mi hermana ha usado uno tras otro, como peldaños para trepar hacia sus ambiciones, sin el menor escrúpulo- agrega el comandante de la guardia real, tras breve pausa, masticando cada palabra casi con rabia. –O no estaría aquí, cumpliendo con su deber para con la patria. Así que ¿me permite un consejo? No de amigo, porque nunca lo seremos… como no pueden ser amigos los zorros y los lobos. Sino de colega. De soldado a guerrero- sin esperar a que el joven vizconde responda, continúa: -No envidie la herida de ese coronel mercenario. No intente hacerse matar para impresionar a mi hermana. La vida real no es un torneo de esos que le gustan tanto al rey, con banderas, armaduras relucientes, lanzas que se rompen al primer choque, espadas sin filo, fanfarrias y sonrisa de bellas cortesanas. En una batalla hay barro, sangre y mierda, que hieden, lamentos de heridos que desgarran el corazón, amigos que mueren, dolor, sudor, cansancio, lágrimas. Y no importa si, por su conducta heroica, lo nombran duque o hasta príncipe. Ya Yaralth logró llegar al lecho que quería: el de Su Majestad. Y la conozco bien… demasiado bien. Ahora tiene puestas sus miras en el trono, en ser consorte oficial de Korgalth II El Salvador ¡que muchos años lo conserve Wylan reinando! y no volverá a distraerse con ningún… premio secundario.

-Barón, le agradezco el consejo, pero su hermana y yo ya no…- comienza a decir de Kalagraz, olvidando el tuteo, y confundido por la franqueza del curtido soldado.

Pero él mismo sabe que está mintiendo. Así que Tarbelth también debe saberlo.

-Monsergas. Los dos lo tenemos bien claro. Nadie que se acuesta con Yaralth la olvida nunca, ni se resigna jamás a no volver a disfrutar de sus encantos. Me consta- le confirma, en un triste susurro, el barón de Termokh –Mi hermana es la mujer más bella y ardiente del país, de todo el continente de Vhumbor… tal vez de toda Ardabla. Pero… aléjese de ella, vizconde, si todavía puede. Como las serpientes venenosas de coloridas escamas, como las avispas negriamarillas de terrible aguijón… su belleza puede ser venenosa, y hasta letal. Que tenga un buen día… y ya nos veremos, tratando de llegar vivos a esos muros, bajo el fuego enemigo. Si el rey no me reclama de nuevo a la capital. Porque a sus caprichos me debo, ya sabe.

Luego se va, trotando en su pesado caballo tordo de batalla. La Barra, nuevamente envainada, bate sonoramente contra el espaldar de su armadura.

Y deja al joven vizconde Arboth de Kalagraz boquiabierto… y con un montón de pensamientos nuevos e incómodos rebulléndole en el cráneo, bajo sus largos y rizados cabellos.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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