Los 43 días de Kangayowa

Día XIX: las máscaras de la muerte

En una amplia estancia al pie de la muralla de Kangayowa, que da al patio central, están las forjas de la fortaleza. Son enormes, bien ventiladas, y buena parte del día, también muy claras. Provistas con numerosos yunques, tenazas y martillos, y con fuelles hidráulicos, el mayor lujo imaginable para un metalurgo yowa.

Para Shakowa, el herrero del contingente de Uyasewa, que ya lleva un año en el castillo, todo el lugar es algo así como el paraíso que siempre soñó. Y lo disfruta el doble, compartiendo sus maravillas con sus nuevos colegas, tres de los muchos herreros que vinieron con las tropas del gorakan Yarawo, y que escogieron quedarse, cuando el resto de las hordas se marcharon a través del paso abierto en la montaña.

Acostumbrados a trabajar en oscuros, improvisados agujeros abiertos a toda prisa en la tierra de la estepa, cada vez que la horda nómada necesita de sus habilidades, los cuatro maestros del martillo y el yunque disfrutan como niños poder moldear el metal con buena luz y disponer de los enormes fuelles de piel que impulsa el agua de la cascada, al caer sobre las ruedas.

Da gusto, afanarse así. Ahora, en cuestión de minutos, pueden avivar el fuego hasta el rojo blanco que derrite el duro hierro, en vez de invertir largas horas de paciente soplado y laborioso tirar de pesadas palancas.

El volumen de trabajo que tienen es enorme, pero no les pesa acometerlo, en tan magníficas condiciones.

Los cuatro visten mandiles de cuero hasta el cuello, y máscaras del mismo material que sólo les dejan al descubierto los ojos, para protegerse de las chispas que saltan. Por encima de las apretadas muñequeras reforzadas con cinchas de acero, sus musculosos brazos están desprovistos de todo vello, quemado por el fuego. Sus hombros y pechos también están enormemente desarrollados por su pesada labor.

Sin embargo, sus piernas son débiles y arqueadas, incluso más que lo habitual en un pueblo de jinetes, como son los hijos de Shonto. Tanto Shakowa como uno de los forjadores visitantes arrastran una pierna, raquítica y más corta que la otra: entre la gente de la estepa, el único destino de un niño que nace con las extremidades inferiores tan débiles que no podría ni sostenerse en la silla y tampoco muestra condiciones para ser shamán…  es la fragua.

O ser sacrificado al dios Cielo.

Cantando con entusiasmo, sus roncas voces en perfecto contrapunto con el golpear de los martillos sobre los yunques, Shakowa y sus nuevos amigos forjan el rojo acero en recurvos, gruesos, enormes y rectangulares escudos; los guerreros los usarán en las almenas, para protegerse de los proyectiles del enemigo, cuando intente conquistar los muros.

También forjan hojas afiladas. Muchas hojas, curvas o rectas, pero todas puntiagudas por un lado y por un tubo hueco por el otro, para ser insertadas en largas astas: son cuchillos de brecha, que aumentarán el alcance de los guerreros, para que puedan matar y herir desde más lejos con ellos a los asaltantes, cuando trepen por escalas y redes, o simplemente derribarlos a los fosos.

Donde el peso de sus armaduras los hará ahogarse, aunque naden como sucios peces, los muy malditos ¡Shonto los fulmine!

Canturreando, los concentrados herreros martillean y tiemplan, recalientan y vuelven a martillear. A veces, con precisión y coordinación asombrosas, tres pesadas mazas golpean una tras otra, en rápida sucesión, sobre una única pieza, sostenida por las tenazas del cuarto forjador.

Retuercen, martillan y remachan láminas de acero al rojo para formar pesados, toscos petos y cascos cónicos, a los que unen protectores faciales de siniestro aspecto, burda imitación de las máscaras faciales con facciones humanas que usan los catafractos abulanos.

La defensa no es como el ataque, sino cosa muy seria, y que exige preparativos especiales. El gorakan y el kaikodo han ordenado que los guerreros en las almenas usen armaduras, escudos y yelmos, protecciones todas que siempre despreciaron los bárbaros de la estepa, por ser pesadas y restarles velocidad como jinetes… pero que mucho podrán ayudarlos a no caer con facilidad ante los ataques de los enemigos, tan cobardemente acorazados.

Los bárbaros herreros no conocen el término, por supuesto, pero lo que hacen son armaduras de trinchera; demasiado pesadas para avanzar con ellas al ataque, corriendo. Lo mismo que los escudos, aptos sólo para la defensa, cuando pueden apoyarse en almenas u otra clase de fortificación permanente.

Los shamanes también sugirieron que Shonto podría ver con buenos ojos que sus hijos mostraran que no temen a la muerte, pero prefieren otorgarla a sus enemigos, y de ahí el singular, siniestro diseño de las protecciones faciales de recio metal que confeccionan los incansables maestros del martillo y el yunque.

Aunque eficaces artesanos, los herreros yowas no son artistas. Para su pueblo, las armas son herramientas de matar, no objetos de culto. Ningún guerrero engarzaría joyas en sus corvos sables, ni perdería su tiempo trazando diseños en la madera y cuerno de su arco compuesto: ya bastante complejo es unir, con la cola hecha de hierbas maceradas y hervidas, las diferentes capas de madera y cuerno que conforman el lanzador de flechas de doble curvatura: a veces tarda meses, el proceso.

Ahora, Shakowa y sus tres colegas dan los últimos toques a una de esas nuevas máscaras. Con hábiles, precisos martillazos por la cara interna, propinados a la lámina de acero al rojo contra el recio yunque, la abomban, formando las curvas de los pómulos y la frente. Luego, golpeando sobre una matriz de extraño relieve, trazan las dos líneas de abultamientos verticales.

A continuación, la tiemplan; el metal humea al enfriarse en el agua casi helada que trae la cascada desde las cimas nevadas de las Jawar. Y, para terminar, todavía tibia, la hunden en el burbujeante caldero de estaño, para que el brillante metal recubre al negro acero.

Así está lista otra protección facial: cuando el guerrero se encasquete el yelmo del que cuelgue, el enemigo verá un rostro de calavera de refulgente metal, con agujeros para los ojos y la nariz, y abultados dientes. Y comprenderá que los defensores de Kangayowa no temen a la muerte, sino que la abrazan, así que la misma fatídica mensajera de Shonto pelea junto a ellos.

O tal vez piensen que se les enfrenta un ejército de cadáveres con huesos de plata. O que los yowas pelearán como demonios, considerándose ya todos difuntos.

Con esos extranjeros nunca se sabe. A menudo, simplemente, no entienden nada.

Terminada la nueva pieza, los sudorosos herreros resoplan, beben agua, bromean, desentumecen los músculos contraídos por horas y horas de dura, compleja labor.

Sólo pueden permitirse un breve descanso: ahora deben acometer una nueva tarea, un encargo especial. El gigante Oyoga les ha pedido una armadura para él.

Tendrá que ser una coraza única, apropiada para el guerrero más alto y corpulento de todo el Cielo de Hierba. Él quiere que resista el impacto de una bala de arcabuz tumbriano a veinte pies de distancia. Que no se abolle ni raje ante el filo de una larga espada de catafracto ni de un hacha ryukesha, ni siquiera ante el impacto de la pesada clava nudosa de Partecráneos.

Y que a la vez permite que cualquier adversario lo identifique, sin error posible.

¡Como si alguien pudiera confundirse, frente al gran Oyoga!

Los herreros le advirtieron que pueden complacerlo, pero que la loriga hecha a la medida será muy pesada.

Oyoga respondió que no le importa mucho: él puede alzar un caballo en los hombros y sostenerlo así por dos horas, sin que le tiemblen las piernas. Una coraza que pese 200 libras… será apenas una ligera telita, para sus enormes músculos. No se conformará con nada más ligero.

Pero la quiere, y ya. Shonto le ha dicho que la necesitará, dentro de muy poco.

Shakowa y los herreros disfrutarán cumpliendo su deseo. Nunca está de más, estar en buenas relaciones con el Cielo.

Y, en cuanto a lo de característica, podrían adornar su casco con cuernos… muchos, muchos cuernos de toro; luciría impresionante.

Sí, parece una buena idea…

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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