Los 43 días de Kangayowa

Día XV: el paladín del cielo

-¡Tiren, hijos de madres nadadoras! ¿o es que no han comido más que pescado en todas sus sucias vidas?- ruge Kowiya, que corre entre sus sudorosos, agotados hombres, blandiendo el látigo sin piedad -¡Juro, por los santos huevos de Shonto, que si hasta el último de esos cañones no está en lo alto del donjon, al caer el sol, mañana los entregaré a todos a los ryukeshas, desnudos!

Uyasewa lo ha nombrado jefe de la artillería de la fortaleza, así que ahora cumple las astutas órdenes del kaikodo: las dos largas culebrinas de bronce que guarnecían los lienzos de la muralla entre los baluartes, y el par de enormes morteros, que parecen deformes cazuelas, están siendo alzadas a fuerza de brazos, y con enormes cabrias de complicados aparejos de poleas, hasta el punto más alto de Kangayowa, desde donde podrán cubrir mejor todo el territorio frente al castillo.

El viejo guerrero y su gorakan observan la larga, delicada operación, desde el adarve de la muralla sobre el puente levadizo. Están acodados en una almena, de espaldas al exterior, como muestra de completo desprecio a los sitiadores… por otro lado, muy lejos.

-Es un trabajo duro, pero tenemos tiempo… creo. Y cuando hayan acabado, contaremos con cinco culebrinas y dos morteros para disparar sobre cualquiera que se acerque- observa Yarawo, satisfecho. –Las balas deberían llegar casi hasta el lago más alejado. Me gusta.

-Tenemos pólvora suficiente para disparar cada pieza cien veces al día durante seis meses… si pudiéramos mantener ese ritmo sin que el calentamiento agrietara sus ánimas- aclara Uyasewa, cauto –Y aunque la munición de plomo no durará más que tres semanas, ya he puesto a las esclavas khork a tallar bolaños de granito. Que se ganen la comida que les damos con otros servicios que no sean los horizontales, como pidieron… lástima no tener mármol; se rompe con más esquirlas, y se puede alisar mejor.

-¿Resistirá las sacudidas de tanto retroceso, la estructura del donjon?- inquiere el gorakan, preocupado –Si se derrumba la ciudadela, le habremos hecho un gran favor a los sitiadores…

-Es basalto rojo- el kaikodo se encoge de hombros –cortado en bloque irregulares, unidos con un arte que nuestro pueblo ha olvidado… si es que lo conoció realmente alguna vez. Y el mortero que aglutina los cantos es tan duro como la misma piedra. Ha resistido milenios. Aguantará un poco más.

-Bien…- asiente el kan de kanes –No veo la hora de que esos malditos se acerquen, para darles una dosis de su propia poción…

Como de común acuerdo, gorakan y kaikodo evitan hablar del desastre de hace un par de días. No es que pensaran que la barbacana resistiría meses y meses de sitio, pero ¿verla conquistada, así… en poco más de dos semanas de asedio? ¿y por una tropa enemiga que casi no sufrió bajas en la batalla… mientras que les causó varios cientos a los sitiados?

¡Vergonzoso! Y muy descorazonador.

-Seguramente estarán intentando cavar nuevas minas bajo los fosos- supone Uyasewa, y sonríe. –Esta vez, esos sucios leprosos van a romperse los dientes contra nuestros cimientos de granito.

-¿Y los desagües?- inquiere Yarawo –Los ryukeshas de Partecráneos ¡Shonto la maldiga! podrían infiltrarse por las tuberías…

-Tendrían que ser todos auténticos cambiapieles, para entrar por ahí- lo tranquiliza el kaikodo, con expresión astuta –Yo mismo he revisado los tragantes: hay muchos, que llevan el agua de la cascada, primero a los fosos y luego a la red de lagos… pero ningún conducto es más grueso que mi muslo. Solo una serpiente o un pez podrían usarlos. De todas formas, he puesto guardias vigilando los principales. Por si acaso.

-Nuestros shamanes dicen que pueden sentir a los cambiapieles…- se estremece el kan de kanes –Y juran que los ryukeshas todavía no han usado esa magia… si es que en realidad disponen de ella…

-Los Shontolanes serán hombres santos… pero tampoco lo saben todo- gruñe Uyasewa, pensando en los dos que dejó en los sótanos de la barbacana… y en cómo fracasaron lamentablemente en detectar la mina de los sitiadores que hundió la muralla de la fortificación secundaria.

-No lo digas donde puedan oírte- le advierte Yarawo, medio en broma –Sus colegas dicen que a los de la barbacana debieron confundirlos brujos ilusionistas. Los gadeos tienen fama de confundir la realidad como nadie… dicen que sobre el templo de Subural en Arbastalaba flota siempre una nube azul que ellos mantienen.

-Nuestro Shontoyuén es más grande- gruñe el kaikodo.

Los dos líderes de los sitiados se quedan en silencio, observando cómo la tropa de Kowiya sigue elevando el segundo mortero, con rítmicos tirones. Ya el primero está en lo más alto del adarve del donjon, junto con las tres culebrinas.  Las otras dos serán colocadas un poco por debajo, en troneras que miran hacia dos de los lados.

-¡Bravo, hijos de lobos! ¡Ya subió más de la mitad!- aúlla el jefe de artillería de Kangayowa, cuando la pesada pieza de bronce llega a los dos centenares de pies -¡esta noche, acceso libre a todas las prisioneras, si lo logran, mis muchachos!

Un coro de vítores saluda su promesa. Kaikodo y gorakan sonríen: al menos, la moral en la fortaleza sigue estando muy alta.

Por el túnel abierto en la roca viva de la cordillera Jawar entran decenas de jinetes, todos cargados con gruesas pacas de hierba reseca, que han ido a cortar en la reseca Shonto-gawaz, al otro lado. Los yowas desmontan silenciosos y acarician a sus corceles. Muchos tienen lágrimas en los ojos.

-Quizás debimos enviar un mensajero y solicitar refuerzos al Tarawa- dice el kaikodo, casi con timidez -Otro par de miles de hombres en las murallas no nos vendrían mal, mi kan…

-¿Y admitir que no somos capaces de detener al enemigo ni en la mejor fortaleza de toda Ardabla?- sisea Yarawo, furioso. –Antes muerto. Mi honor está en entredicho, Uyasewa, después de lo de anteayer… sólo triunfando rotundamente en este asedio podré regresar al Cielo de Hierba con la cabeza alta…- se detiene, al darse cuenta de que su interlocutor no lo escucha. Iracundo, lo increpa: -¡Por la mierda de Shonto, kaikodo! pero ¿qué estás miran…?

-¡Bendito Shonto! Mi gorakan ¡ese es Oyoga!- exclama el viejo guerrero, encantado, señalando a la enorme figura que ha llegado junto con los jinetes cargados de hierba seca -¡Reconocería su corpachón en cualquier parte! ¡el Cielo se acuerda de sus hijos y nos envía al mejor combatiente a pie de toda Yowa! Con su sable azotando al enemigo en las murallas, Kangayowa no caerá…

Ambos caminan deprisa, escaleras abajo, al encuentro del recién llegado. Porque correr menoscabaría su dignidad de jefes.

Pocos minutos después, kaikodo y gorakan reciben satisfechos a Oyoga y a los dos shamanes. El gigante lleva al hombro su inmensa alabarda, y sólo dice:

-He venido adónde más me necesita Shonto. A traer el miedo a los corazones enemigos y proteger la fortaleza.

Los dos Shontolanes asienten, y Yarawo y Uyasewa los imitan, ceremoniosos.

-Si el Cielo te ha enviado a nosotros… sé bienvenido, Oyoga- pronuncia el kan de kanes –Y muchas gracias.

¿Qué más queda por decir?

-¡Vamos, hijos de pescaderas de mar! – aúlla de nuevo Kowiya -¿o quieren que los sitiadores mueran de viejos antes de que empecemos a dispararles desde allá arriba?

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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