Los 43 días de Kangayowa

Día XVI: colores en el agua

El amanecer está cerca… pero la noche no es oscura; además de que la luna llena brilla en lo alto, a cada rato, los enormes fundíbulos de Kangayowa lanzan enormes mazos de hierba seca, bañados en agua de pólvora y crema de fósforo con nafta, encendidos.

Las rústicas lámparas arrojadizas trazan grandes arcos de fuego en el aire, como estrellas fugaces, y al caer siguen ardiendo rabiosamente durante unos minutos, incluso cuando van a dar al agua, iluminando la suave pendiente del glacis que separa el foso de los lagos… y todo el laberinto de estrechos caminos que serpentean entre ellos.

Obviamente, los sitiados no quieren ser sorprendidos. El intenso juego de sombras de las luces volvería muy difícil desplazarse, para cualquier explorador.

Pero los ryukeshas no son cualquier explorador.

Unas dos docenas se han ido moviendo entre los lagos, desde el anochecer, con la despaciosa tenacidad de los lagartos. Van cubiertos con capas de césped vivo, lo que, unido a su cauteloso avance, los vuelve invisibles para los atentos vigías en los muros del castillo asediado.

Otros han reptado por el glacis, hasta asomarse al mismísimo foso.

Las ranas, que habitan por millares en las aguas de los lagos y el foso, ni siquiera dejan de croar cuando se les acercan los hombres y mujeres.

No tienen prisa, los escurridizos guerrilleros. Ni se desplazan al azar, sino buscando puntos muy específicos, que los sombreros de hierro tumbrianos, y la Gente de la Oscuridad de Ilkandra les señalaron, en el mapa de los lagos, cuidadosamente trazado por ellos mismos poco antes.

Cuando llegan junto a uno de esos sitios, se deslizan al agua, y nadan lentamente, sin apenas provocar ondas: tratan de localizar con la mayor precisión posible las débiles corrientes que los leprosos insistieron en que deben existir. Algunas ranas los rozan, pero apenas si se apartan al contacto de la fría piel de los batracios.

Al identificar más allá de toda duda el punto donde la fuerza del flujo se hace mayor, los metódicos ryukeshas fijan con estacas de hierro, frente al supuesto sumidero subterráneo, unos misteriosos paquetes de los que se extienden cuerdas… y luego regresan, sujetándolas, nadando con la misma imperceptible parsimonia, hasta sus capas de césped abandonadas… y vuelven a ocultarse bajo ellas.

Pasar inadvertido es la clave de toda la operación. Y, con la férrea vigilancia de los yowas, y sus ardientes lámparas cayendo a cada rato, la clave de no ser descubierto es la prudencia, y una casi reptiliana lentitud.

Los tres ryukeshas que tienen que descender al foso usan cuerdas envueltas en hierbas para subir y bajar las decenas de pies que separan el remate del glacis del agua. También se demoran mucho más en el descenso, natación, localización de la corriente y posterior ascenso; es difícil encontrar los pequeños sumideros que solicitó Ilkandra, ya que, hacia el Oeste, junto al baluarte más lejano del puente levadizo, parece haber un desagüe muy grande, hacia el que fluye la mayor parte del caudal que llena el foso.

Pero todos concluyen su trabajo a tiempo, aunque a algunos les lleva toda la noche, al monótono compás del croar de las ranas.

Cuando el sol asoma por el horizonte, ya hay un paquete en cada lago, tres en el foso de Kangayowa, y ryukeshas vigilándolos todos. Apenas la luz permite distinguir colores, en un orden bien calculado, van tirando de las cuerdas.

De norte a sur, del borde de la meseta a la parte más cercana la montaña, los enigmáticos paquetes se abren en el agua, y el polvo de colores que contenían se disuelve, tiñéndolas.

Primero liberan su policroma carga los ryukeshas apostados en los lagos más cercanos a la cuesta. Y el par que cuelgan de cuerdas fuera, sobre las seis cascadas que irrigan el bosquecillo de la ladera, una vez convertidas en arroyuelos, tienen el privilegio de contemplar, una tras otra, a las pequeñas cataratas volverse púrpura, roja, amarilla, verde, negra, blanca y ocre, respectivamente.

Sonríen; Ilkandra tenía razón: es la misma agua, que fluye bajo tierra.

Luego, los ryukeshas apostados junto a la segunda fila de lagos abren sus paquetes… y los que observaban a los primeros lagunatos ven las coloridas corrientes salir despacio, en los suyos.

Y así sucesivamente. En menos de quince minutos ya no queda rastro del colorante soluble, y las aguas son tan cristalinas como han sido siempre.

Si alguno de los vigías yowas en el adarve de la fortaleza notó el leve y efímero cambio de color en las aguas de los lagos, seguramente pensó que el sueño y la luz de la mañana le jugaban una mala pasada.

En todo caso, no entendería el sentido de toda la operación.

Pero no hay gritos de alarma, al menos.

Los ryukeshas de Partecráneos, gente sencilla, tampoco comprenden el objetivo de la extraña operación que han desarrollado con todo éxito. Ni les importa mucho: Ilkandra, los sombreros de hierro y la generala Ygrelth insistieron en que era en extremo importante, y que podría ayudar mucho a rendir Kangayowa. Así como que nadie más que ellos podría llevarla a cabo con éxito.

Han cumplido; están satisfechos y orgullosos. La victoria y la venganza están un palmo más cercanas, gracias a su esfuerzo y habilidad.

Ahora sólo les toca esperar, inmóviles como piedras bajo sus capas vivas de césped, a que caiga la noche, para poder regresar junto al resto de los sitiadores.

No es problema; son pacientes, tienen agua y comida… y ninguna prisa. Nunca la han tenido.

Así que aguardan, dormitando inmóviles, y escuchando el entusiasta canto de las ranas, que no entienden de sitios ni asedios. Sólo de comer, dormir y reproducirse ¡felices ellas!

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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