Los 43 días de Kangayowa

Día XVII: las prisioneras de Kangayowa

Kom, kom, claquiti clic, kom kom, claquiti clic… el repetitivo sonido de los mazos de madera golpeando los cinceles de acero, y del metal afilado cortando la piedra, da la impresión de que decenas, tal vez cientos de pájaros carpinteros picotearan muchos troncos. Por momentos, la incesante, rítmica percusión, combinada con el chirriante ruido de las muelas abrasivas, que pulen lentamente el duro granito, casi parece música, o palabras. Como un lenguaje secreto, o un mensaje en clave.

Pero no lo son.

Sentadas sobre gruesos paños de lana, con pesados grilletes sujetos a sus tobillos, las casi quinientas cautivas khorks ya llevan cuatro días tallando bolaños de sol a sol, a partir del grisáceo granito de los cimientos de Kangayowa. Han terminado poco más de dos centenares de proyectiles esféricos de piedra. Y aunque el trabajo es durísimo, pesado, agotador, más propio de hombres robustos que de mujeres, los capataces yowas brutales, y les duele un poco colaborar en la fabricación de armas destinadas a dañar a sus amigos, familiares y coterráneos, al menos es un alivio estar al aire libre.

Desde que parte de la gran horda de los nómadas, cargada de alimentos robados, interrumpiera su retirada hacia el Cielo de Hierba, y decidiese acuartelarse en la fortaleza de montaña, para impedir que el Ejército Libertador la conquistara y entrara en sus sagradas estepas nativas, las khorks capturadas han permanecido en las profundas mazmorras del antiquísimo castillo.

No son calabozos húmedos ni estrechos, y ni siquiera están infestadas de ratas. Los antepasados de los yowas construían en grande.  Pero la oscuridad allá abajo es completa, sólo rota por las débiles lámparas de los guardianes… y de todos los guerreros que bajan a saciar sus apetitos con las prisioneras.

El precio del cautiverio. Uno de ellos, al menos.

Acostumbrados a la vida al aire libre, cultivando la tierra, pescando en sus lagos o cazando en sus bosques, los khorks aman la luz. Sus mujeres, incluso más. En las poco más de dos semanas que las mantuvieron bajo tierra, hasta que los hombres de Ygrelth conquistaron la barbacana y al preocupado kaikodo se le ocurrió que podría necesitar más munición para sus cañones, casi doscientas murieron: según los yowas, sólo para molestarlos: ellas saben que de tristeza.

Pero muy poco es lo que se necesita, para alegrar a prisioneras hundidos en la más honda miseria humana.

Ahora, en cambio, las khorks bromean y ríen, aunque suden como cerdas en el matadero y el polvo gris del granito les opaque el negro cabello que todas se han cortado con los dientes ¿para qué presumir de largas coletas en el cautiverio?

La comida es buena, familiar: pescado seco, grano cocido… los alimentos que a los yowas tanto repugnan constituyen la dieta habitual de los khorks.

La mayoría de las cautivas visten harapos sucios que una vez fueron verdes; los restos muy venidos a menos de sus frescos, ligeros atuendos típicos de lino. Muchas van semidesnudas; otras, las más hermosas, sin ropa alguna, desde hace días, a menudo por decisión propia: así es más fácil y rápido el acceso a sus favores, para sus lascivos carceleros.

Si no puedes evitar la violación, al menos has que sea lo más incruenta y menos dolorosa posible. No la disfrutes, no colabores… pero no te opongas demasiado. O puedes acabar golpeada. Y hasta muerta.

En muchas de las pieles femeninas, incluso bajo la grisácea capa de polvo de piedra, pueden verse moretones. La mayoría son antiguos, de palizas sistemáticamente aplicadas, por auténticos expertos, con cuidado de no mutilar ni matar, sino sólo causar dolor, y dejar marcas.

Es obvio que no siempre fueron igual de colaborativas, las mujeres. Ni de indiferentes. Más de un violador descuidado murió a manos de la que creía pasiva y resignada víctima, en los primeros días; un grillete de hierro, blandido con rabia, puede ser un arma muy contundente, y hundir cráneos o romper vértebras con aterradora facilidad. Lo mismo que quebrar frágiles tráqueas en su apretón desesperado.

Y todas las khorks, hechas al trabajo diario, tienen buenos músculos.

Pero ya no más. Ya las cautivas sólo usan cadenas en las piernas, no en los brazos. Además, los bárbaros saben bien cómo reducir a la obediencia a las más rebeldes presas. No sólo con golpizas, sino con el simple sistema de matar diez prisioneras por cada guerrero suyo atacado… y dejar siempre viva a la agresora.

Algunas de esas rebeldes, enfermas de culpa por la muerte de sus compañeras, se quitaron ellas mismas la vida, luego. Ningún problema para los yowas: hay muchas prisioneras, y resulta un elegante sistema para deshacerse de las hembras más conflictivas.

Así que, ahora… las khorks ya no se resisten. Nunca. Se concentran en sobrevivir.

A cada rato, con la fluida facilidad de la rutina, como quien va a un rincón a escupir, orinar o defecar, alguno que otro yowa se acerca a las cautivas, toma a una por el brazo y la arrastra a trompicones; los pesados grilletes, la corta cadena uniéndoles los tobillos, las obliga a dar pasos ridículamente cortos…

Y la tiende en algún ángulo, para saciar su deseo.

Otros ni se molestan en tal pantomima de privacidad; directamente, las inclinan, apoyándoles los vientres sobre algún redondo bolaño, concluido o en proceso. A muchos no les gusta ver los rostros de las khorks, sus ojos negros y rasgados, su oscuro cabello, mientras se satisfacen.

Si algún trozo de tejido dificulta la entrada al sexo de las cautivas, los guerreros lo apartan, lo rompen o lo cortan con el cuchillo, sin miramientos.

Las mujeres bromean conque pronto todas, salvo las más viejas y feas, irán completamente desnudas.

Bien… todavía hace calor, incluso en la alta Kangayowa… al menos de día.

Los hijos de Shonto se consideran grandes amantes, y en sus yurtas de fieltro en el Cielo de Hierba, no dudan en dedicar largas horas a conseguir el placer de sus propias y exigentes mujeres. Pero aquí, en la fortaleza al otro lado de las Jawar, no consideran que valga la pena preocuparse, ni siquiera mínimamente, por la satisfacción de las cautivas.

Son sólo carne extranjera, después de todo.

Por eso suelen bastar tres o cuatro enérgicos vaivenes, un par de golpes de riñón, y ya el deseo del guerrero se vacía dentro de la mujer que eligió. Luego recupera el aliento, se arregla las ropas de piel y se va. Sin mirar atrás. Sin palabras.

Algunos, más meticulosos, vierten unas gotas de aceite en el sexo de la prisionera que van a beneficiarse, tan pronto la reclinan sobre el bolaño correspondiente: sin interés erótico por parte de la receptora, el cáliz de carne casi nunca dilata ni lubrica… y, con el roce, puede ser incómodo.  A veces, hasta doloroso, para los guerreros.

¿Por qué arriesgar una herida, en parte tan delicada y exenta de honor? las heridas que dan prestigio se reciben en el campo de batalla. No con las cautivas.

Cuando el guerrero se ha saciado y la deja sola, la mujer espera unos segundos, se levanta, se acuclilla, puja, para expulsar la simiente del violador de su vientre, se limpia, si algún trapo le queda… y también regresa a su trabajo, sin decir nada.

Porque no hay nada que decir.

Las demás tampoco comentan el suceso. Como si nunca hubiera ocurrido. Como si ESO fuese parte de otra realidad, o del mundo de los sueños.

Las khorks que están desnudas, al volver a ocupar su sitio sobre la lana, a veces los manchan, con inconfundibles gotas de jugo masculino que siguen manando de sus entrañas mancilladas. Al rato, con repugnancia imposible de ocultar, se levantan, dan vuelta a los paños y vuelven a tenderse sobre ellos.

No todos los moretones que ostentan las prisioneras son antiguos.

Hay algunos yowas a los que las prisioneras temen y tratan de evitar, por supuesto. Los que parecen necesitar golpearlas para saciar su lujuria. Y los que buscan… experiencias nuevas, penetrándolas por vías no naturales.

Pero, sobre todo, las molestan los considerados. Aquellos que las tratan con respeto, casi con cariño. Esos son los más incómodos. Porque hacen difícil seguirlos odiando, como a todos los otros.

Y el odio es la otra cara de la moneda de la paciencia. Lo único que ayuda a seguir respirando, a no ahogarse de pena y frustración. Lo único que permite aguardar, con ocultas esperanzas, a que cambien las tornas, a que ¡Wylan lo quiera!  la fortaleza caiga en manos de los sitiadores, y con tal victoria llegue la venganza de los centenares de humilladas hembras.

Entretanto, ellas ríen, tallan, pulen… esperando. Nada es más paciente que una mujer que alimenta un rencor en su pecho. Ni más fuerte.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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