Los 43 días de Kangayowa

Día XVIII: juegan las damas

Fuera de la tienda montan guardia cuatro Perros de Mar y otros tantos ryukeshas. Los infantes de marina, con sandalias, gambesones, guisarmes, hachuelas de abordaje y falquiones, miran con recelo y mal oculto desprecio a los guerrilleros con arcos y hachas de leñador ¡salvajes, civiles! Pero la presencia de su enorme líder, Gumgarth Partecráneos, la jefa de la escolta, con su sonrisa de fiera, los mantiene en prudente silencio.

No se bromea, con una mujer así.

Dentro, juegan al ychort otras dos mujeres, muy diferentes entre sí.

Las facciones de una, alta y de hermosa figura, la velan varios mantos de rico tejido, levemente manchados de tierra. La otra, canosa y de rostro sin gracia, sólo tiene una mano, lleva una brigantina de piel de buey, botas de soldado, y un corvo sable de caballería xastano colgando del lado izquierdo del cinto.

La grácil mano de la primera, cubierta de vendas, coloca una clavija en uno de los agujeros del tablero… y la única mano de la segunda, desnuda y robusta, pero ya marcada por las manchas de la edad, aparta todo el juego de un furioso revés.

-Ilkandra, ¡por los pedos de Wylan! no sé ni por qué insisto en seguir jugando contigo; siempre me ganas- resopla Ygrelth, y luego da un recio golpe en la alfombra, con su muñón forrado de cuero, sin poder dominar su furia –Tal vez deberías dirigir tú este asedio, y no yo. Tienes la mente más fría…

Las dos mujeres están solas dentro de la tienda. Hasta Juborth, que desde el primer día del asedio ha sido la sombra de la generala, espera fuera esta vez, junto con la escolta, cuyos ocho integrantes ignoran cuidadosamente la presencia del obolobo.

-Ningún ejército aceptaría a una generala leprosa- le replica Ilkandra, con tristeza, mientras recoge, pacientemente, tablero y piezas, para volver a ponerlo sobre la mesita en el centro de la tienda de su amiga –Además… ser un caudillo militar no es sólo cuestión de jugar bien al ychort. Tú ves a todos los soldados como humanos, con historias y habilidades diferentes. Conoces sus chistes, bromeas y bebes con ellos. Yo… no resistiría su roce, día a día. Son tan… vulgares, la mayoría de ellos.

-Que tú enfermaras y yo siga sana es una maldita injusticia de Wylan- gruñe la veterana militar, ayudando a su amiga a recolocar el juego –Recuerdo, cuando éramos adolescentes, cómo todos volvían la cabeza al verte pasar en Grakhork.  No sé cómo puedes vivir con el recuerdo de tu belleza rota. Yo… no habría podido soportar esa pérdida. Pero, en cambio, con esta cara, unas cuantas llagas… no se notarían mucho, la verdad.

-Podría decirte que es mejor tener y luego perderlo que nunca haber tenido- dice la leprosa, con suave ironía –Pero sería innecesario, fácil, hiriente e ingrato de mi parte, para contigo. Amiga… ¡no tiene idea de cuánto te agradecemos, los míos y yo, que nos dieras esta oportunidad de serle útiles a Khork! Somos tan patriotas como cualquiera, pero, si no llegas a proponérselo al rey, jamás se habría acordado de nuestras… habilidades.

-Hay muchas cosas que los reyes no recuerdan; pero la Gente de la Oscuridad no tienen rivales, cavando -Ygrelth se encoge de hombros, minimizando el asunto –Y si quiero complacer esa absurda petición de Su Hinchada Majestad Korgalth II, El A Duras Penas Salvador De Su Propio Y Gordo Culo, necesitaba a los mejores mineros, en este asedio- su voz cambia de tono, bruscamente –Dime que tienes buenas noticias para mí, Ilkandra. ¡Wylan sabe cuánto las necesito…!

-Eh ¿y esa falta de ánimos, amiga? – se burla la leprosa, con falsa ingenuidad –Lo hiciste muy bien, hace unos días, en la barbacana. El rey te cargará de medallas, cuando caiga el castillo.

-Si cae. Y, por mí… esos circulitos de metal barato… que se los meta en su propio y real trasero. Sí… no luché mal; con tu ayuda- admite la generala –pero esa escaramuza allá abajo fue apenas el aperitivo. Me temo que no tenemos cubiertos que sirvan para entrarle a este plato fuerte que tenemos delante. En realidad… no sé muy bien qué hacer. Si sólo lograra poner un ariete delante de esos muros… pero, con ese foso tan ancho, no veo el modo. ¡Y ni siquiera dejaron una poterna oculta, para intentar un golpe de mano con los ryukeshas de Partecráneos! Esos cañones en el donjon y en los baluartes… nos van a masacrar, si atacamos. Pero los hombres ya se inquietan por la inactividad… siempre es malo, dejar que tu ejército se aburra.

-Pues será mejor que no cuentes con mis minas, esta vez- suspira Ilkandra, ajustándose las vendas que velan su rostro, carcomido por la terrible enfermedad –Mis hombres reconocieron bien el terreno, y me apena decirte que Gargluth y su gente no mentían; toda la fortaleza se alza sobre un único macizo de granito. Tardaríamos, como mínimo, un par de años, en abrir una galería bajo el foso, hasta el castillo mismo. Y sería muy estrecha, necesariamente. Además, el substrato es tan compacto que no te garantizo que ni quitándole el entibado colapsara, entonces. Lo siento, Ygrelth. No siempre podemos ser de ayuda.

-No hay nada que hacer, no es culpa tuya- la tranquiliza la generala, pensativa -¿Y el sistema de aguas? ¿es cómo pensaban los sombreros de hierro? Sé que, aunque a veces llene la piel de escamas, la lepra no es brujería cambiapieles: no convierte a nadie en pez, ni lo vuelve capaz de respirar bajo el agua… pero ¿al menos funcionó, esa idea tuya con el colorante en los lagos, la otra noche?

-Funcionó a la perfección. Y los ryukeshas de Gumgarth se mostraron encantadoramente colaborativos, como me aseguraste que lo serían– confiesa la leprosa, casi alegre –Así que se confirmó la sospecha de los tumbrianos, que yo compartía: de esa cascada enorme que baja de la montaña se alimentan, primero el foso del castillo, luego hasta el último de esa bella colección de lagos que tanto te complican el acceso a los muros. Todos parecen tener apenas un par de metros de tierra vegetal, y debajo, el granito. Y están comunicados entre sí, como creí, por tubos, muy cerca de su nivel máximo. El sistema entero desagua en esas seis finas cascadas sobre la ladera boscosa, que alimentan los riachuelos.

-No hay modo de subir por ahí ¿no?- puntualiza la generala, aunque ya supone la respuesta.

-Ni hablar, amiga- confirma Ilkandra, encogiéndose de hombros, apenada. –Incluso si alguien pudiera descolgarse con una cuerda, por la pared de roca hasta la cascada, y nadar contra la fuerte corriente de tanta agua fluyendo hacia la libertad… el conducto no es más grueso que mi torso ¡y he adelgazado mucho últimamente, como de seguro notaste!

-Bueno, nunca tuviste mucha carne en esos huesos, no sé por qué tenías a tantos hombres babeándose por ti cuando éramos jovencitas- se burla la veterana soldada. Luego, se pone de pie y camina de un lado a otro, cavilando. Piensa en alta voz: -Los antiguos eran mejores constructores que nosotros, es obvio. ¿Cómo habrán abierto esos túneles de desagüe en el granito? Ojalá dispusiéramos de las herramientas y el conocimiento que ellos tenían…

-Ojalá… siempre que no tuviéramos que usarlos para matar a otros hombres- desea la leprosa, a su vez –La guerra es absurda.

-Y esta, más que ninguna otra- coincide Ygrelth, suspirando –Toda una paradoja. De entrada, nosotros deberíamos ser dueños de Kangayowa, y no los yowas: está en nuestro lado de las Jawar, y los nómadas no construyen edificios de piedra. ¡Por Wylan! ¡ellos son los salvajes y los bárbaros; deberían estar atacando estos muros y nosotros defenderlos con artillería y arcabuces… y no al revés!

-A veces la vida no es como uno quiere- dice la leprosa, con filosófica resignación –También tenemos cañones, y más que ellos, me parece.

-No nos servirán de nada, si no puedo acercarme a tiro de esos malditos muros- gruñe la veterana militar, preocupada. Luego entrecierra los ojos y calcula: -Si los yowas no tuvieran cañones… y yo contara con el doble… no, mejor con el triple de los hombres que tengo, todos con armaduras pesadas, pistolas y arcabuces, podría intentar un asalto frontal. Una escalada. Las bajas serían más o menos la mitad del ejército, siendo muy optimistas… pero la fortaleza tal vez caería en mis manos en tres días, y ese gordo cabrón de Korgalth II ¡porque me niego a llamarlo el salvador de nada! estaría contento.

-O tendrías que retirarte, con los maltrechos restos de tu ejército vencido… y el rey te quitaría el mando. Tal vez la vida- señala Ilkandra, implacable –Pero no sirve soñar; no tienes más que los hombres que tienes. Los Perros de Mar del comodoro Lomborth, el grueso de esa tropa, sin más armadura que sus cervellieras y gambesones. Y los catafractos de N´bule, pese a lo que hicieron el otro día frente a la barbacana, no luchan bien a pie… Por cierto ¿cómo está el coronel herido?

-Se recuperará, y hasta salvará la pierna. No podrá correr por una buena temporada. Pero, como casi siempre él y su gente luchan montados, supongo que tampoco importa tanto- le informa Ygrelth, con una sonrisa -Le diré que preguntaste por él, y seguramente se alegrará. Es un gran soldado, aunque sea mercenario. Lamentaría perderlo.

-A mí también me gusta- admite Ilkandra, con tono pícaro –al menos no apartaba la vista de mí, cada vez que yo hablaba, como los demás…

-Nunca vas a cambiar, amiga ¡alma de ramera, hasta la muerte! Si no hubieras enfermado, ahora trabajarías con Yerdirath la gadea, estoy segura- se burla la veterana militar. Pero, tras algunas carcajadas compartidas, añade, nuevamente seria: –Dime, Ilkandra, el glacis… y, por si no sabes de qué hablo, me refiero a esa cuesta de tierra que se eleva desde los lagos hasta el borde del foso ¿también es granito?

-No; tierra, aunque muy compactada- le informa la leprosa –Podríamos abrirnos paso por ahí, en un par de semanas… sobre todo si llueve y el terreno se ablanda un poco ¿en qué estás pensando, vieja zorra?

-Es sólo el germen de una idea, todavía- admite la generala, frotándose las manos y haciendo un mohín –Y me temo que significará montañas de trabajo durísimo para los tuyos, amiga; tendrán que excavar muchísimo. Pero… esa idea podría permitirme llevar la artillería más pesada ¡las bombardas! justo frente al foso. Lo que sería toda una sorpresa para esos bárbaros.

-Y decisivo para tomar Kangayowa ¿no?- se alegra Ilkandra. Luego suspira: -Pues, todo sea por la patria, mi generala. La Gente de la Oscuridad estamos a su disposición, como siempre.

Pero Ygrelth ya no la escucha. Pasea por la tienda, con un ímpetu insólito a sus años. Abstraída, con las manos a la espalda, dice, mirando a su interlocutora de hito en hito:

-Ilkandra, la guerra… es el arte del engaño. El mejor general es aquel que demuestra la mayor capacidad de hacer creer al enemigo que está haciendo lo que en realidad no hace, mientras esconde su auténtico movimiento.

-Como en el ychort… en el que no eres muy buena, ya lo sabemos- se preocupa la reina de la gente de la Oscuridad.

-Me gustan los tableros más grandes… y con piezas todas diferentes. Imprevisibles, no previamente definidas- repone la generala, con aire travieso. Luego agrega, como si de nuevo pensara en voz alta: –Engaños dentro de engaños… hasta que el gorakan y el kaikodo ya no sepan dónde está la verdad. Vaciaré los lagos para hacerles creer que pretendo llegar sin obstáculos al glacis y luego al foso… con los desagües tan cerca de la superficie, pensé que necesitaría explosiones… pero, si esas cascadas están a más de veinte pies bajo la meseta… creo que puedo ahorrármelas… si sólo fueran unas charcas estancadas llenas de ranas, me habrían hecho gastar cientos de libras de buena pólvora de cañón… pero esos arquitectos yowas de la antigüedad no podían conformarse con un pantano infecto; no, querían aguas cristalinas ¿conque sí? pues, peor para sus descendientes… a veces, demasiada obsesión con los detalles puede debilitar el conjunto. Lo ideal sería poder bloquear esa cascada alimentadora… habrá que explorar en las alturas… voy a necesitar montañeros ¿los tumbrianos? Son gente del norte, y algunos son montañeros… sí, allá tienen la cordillera Kolmadar, de cimas tan altas que hasta las Jawar parecen miserables colinas, en comparación. Y si no…. tendré que conformarme con cegar, de algún modo, esos conductos de trasvase, y hacerlo sin llamar la atención de la vista mágica de los malditos Shontolanes… los magos gadeos, Soltorobol y Sarbaltalal, tendrán que ayudar, con sus ilusiones… ¿mantienen esa nube eterna sobre el templo de Arbastalaba, no? debería ser un juego de niños hacer lo que les pido. Una vez secos los malditos lagos del borde, rellenaremos los huecos con tierra… y disimularán el túnel: pero harán falta miles de canastos; mejor empiezo a prepararlos ya…  necesitaré todos los bueyes y los ponies yowas, para cargarlos… habrá que protegerlos de la artillería… las flanqueras de los caballos de los catafractos podrían servir…

-Desde luego, ya tienes todo un plan. ¡E incluye drásticas transformaciones en el paisaje, por lo que veo!- comenta la leprosa, divertida de ser testigo del inspirado momento de su amiga –Empezando por algunas cascadas menos. Piensas en grande, amiga. Y con notable anticipación.

-Sí… por eso soy la generala; viene con el cargo. Pero ese… tampoco será mi auténtico ataque. Para ese… voy a usar la artillería pesada. Las bombardas, como te dije. Y será crucial la habilidad de tu gente- repone Ygrelth, satisfecha, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. –Tal vez funcione. Tiene que funcionar. Sé que lo hará.

-No somos guerreros, Ygrelth- se preocupa la leprosa. -No sé si, con las armas en la mano, mis mineros…

-¿Quién habló de armas? Por supuesto que tu gente no va a combatir; sería un desperdicio estúpido… porque son los mejores malditos mineros de toda Ardabla- la tranquiliza la veterana militar. –Nada de armas, Ilkandra: lo de siempre. Picos, palas, canastos de tierra… y secreto. Eso es lo que realmente ganará esta batalla. Tendremos que proporcionarle a tu Gente de la Oscuridad una cobertura… distraer a los yowas, para que sus cañones no te hagan saltar en pedazos junto con el mismo terreno que excavas… – sigue diciendo, la vieja Ygrelth. -Puede hacerse; estaremos ajustados de tiempo… pero es posible. Los ingenieros tumbrianos ya me hablaron de un sistema nuevo… de ciertas máquinas de asalto revolucionarias… y no me da miedo innovar.  Tal vez podamos darles una o dos sorpresas a esos bárbaros de los muros… en el peor de los casos, ubicaremos bien sus bocas de fuego, cuando nos bombardeen. Y ¡quién sabe si hasta logremos ganar una cabeza de puente…!

-¿Estás pensando en una escalada, me parece?- se preocupa la esbelta mujer envuelta en vendas –No me gusta la idea; tengo entendido que siempre cuestan muchos hombres… y con resultados dudosos, cuando más.

-Y no te equivocas- suspira la veterana militar –Tratar de tomar una fortaleza tan tremenda como esta con una escalada… es como ir a matar a un oso pescador con un puñal; incluso si tienes muchísima suerte y lo logras, está claro que no vas a salir ileso del asunto. Pero, a veces, uno no tiene más que un cuchillito, valor… y mucha prisa. Además, el rey dijo claramente “a toda costa” ¡No esperaría que tomara Kangayowa sin bajas! Bastante he cuidado a su gente, hasta ahora. Esto es la guerra, y en la guerra los soldados mueren. No hay cómo evitarlo. Triste, pero real. Es el precio de la victoria.

-Recuerda que también es tu gente… no sólo la del rey, amiga. Y, cuidado; si desangras demasiado a su adorado Ejército Libertador, podrías acabar degradada, y en una mazmorra- le advierte Ilkandra, preocupada –O ejecutada… y sería una pena, porque siempre conté con que me sobrevivieras y les contaras a tus nietos sobre mí. Sobre lo bella y elegante que era, antes de…- su voz se quiebra. -… retirarme a las minas.

-No digas estupideces. Para tener nietos, primero tendría que tener hijos. Y un esposo- le recuerda, agria, Ygrelth –Mientras que yo sólo he tenido amantes… no me dejaron tiempo para más, las guerras. Además… recuerda que eres cinco años más joven que yo, querida. Sin que tú tampoco seas ya ninguna jovencita. No es que me queden muchas primaveras ¿sabes? sinceramente, regresé a Khork para morir en paz, y cerca de ti, la única amiga que me queda… no contaba con este real capricho, de contraatacar frente a la invasión de los mil veces malditos nómadas ¡Wylan los confunda! y ponerme a mí ¡nada menos que a mí! al frente de su tropa… hasta para conquistar este inaccesible montón de roca.

-Una pide y Wylan otorga- dice la leprosa, tocando delicadamente, con la punta de su larga mano envuelta en vendas, la diestra ancha, manchada y cubierta de arrugas de su amiga –Aunque no siempre nos da lo que pedimos, lo mejor es conformarse…

-A veces hablas como un maldito arcipreste ¿te lo han dicho?- gruñe la generala, abrazándola, sin que le importe la posibilidad del contagio. –Raro, con la clase de vida que llevaste, en tus buenos años…

-Querida amiga… puedes irte a la mierda ¿sabes?- le replica Ilkandra, riendo encantada, con su argentina voz.

Está claro que hace rato que ninguna de las dos se sentía tan bien con nadie.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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