Los 43 días de Kangayowa

Día XXI: el entrenamiento de Oyoga

-Siempre me dijeron que yo valía por diez. Pero entonces no tenía la bendición de Shonto. Vengan de veinte en veinte contra mí, entonces, ahora- dijo el gigante Oyoga, al comenzar su práctica –Con armas de punta y filo, pero sin arcos. Con escudos y corazas, si quieren. Y yo, con palo, para no matar yowas hermanos en Shonto.

Eso fue al amanecer. Han pasado casi tres horas, y más de doscientos hombres se han enfrentado ya al coloso. Con sus corvos sables, con los largos cuchillos de brecha forjados por Shakowa y sus herreros, con cadenas con pesados garfios en el extremo… con todo lo que se les ha ocurrido.

Muchos yowas han aprovechado para probar las nuevas y embarazosas armaduras de trinchera, y los grandes escudos rectangulares, todo tremendamente pesados. Todos usan sus nuevos yelmos, con las máscaras plateadas de calavera.

Y al menos otro par de centenares forman corro alrededor de los contendientes, asombrados de la proeza del coloso.

Oyoga también lleva su nueva y pesadísima loriga, y su yelmo enorme, adornado con tres cuernos de toro a cada lado. En vez de su letal alabarda, sólo blande un garrote, igual de largo, pero sin filo ni punta; sus extremos, incluso, han sido envueltos en trapos, para volverlo menos mortífero.

Porque un revés o un envión de semejante poste, en manos del gigantesco guerrero, bastan para lanzar por los aires a un hombre. Para hundir el peto de una coraza, para abollar un casco o partir un sable.

El gigante parece invencible. Un par de veces, desdeñando todo artificio o estrategia, varias decenas de hombres se le enciman, aullando, en claro intento de abrumarlo con la fuerza del número, con su simple peso, como lobos atacando a un oso pescador.

Nunca logran siquiera ponerle las manos encima. Menos, hacerlo vacilar. Y cada vez Oyoga se libra de ellos uno por uno, dejando inconscientes a muchos.

Al rato, el coloso anuncia que continuará luchando… sin armadura. No es que le pese mucho; es para darles una oportunidad a sus adversarios.

La coraza, cubierta por el casco cornudo, quedan en un rincón, como el fantasma hueco de un guerrero con rostro de calavera.

La barba de Oyoga, atada en incontables trenzas, pende sobre su pecho desnudo, mezclándose con el abundante, ensortijado vello rubio que lo cubre. El torso del guerrero bendecido por Shonto abulta como el de dos hombres normales juntos… pero, dada su alta estatura, parece casi subdesarrollado: sus caderas son mucho más anchas que sus hombros, sus bíceps más delgados que sus pantorrillas, y sus antebrazos apenas tan largos como sus inmensos pies.

No es el suyo un cuerpo hermoso, ni de apariencia muy viril. Si no fuera por todo ese pelo, recordaría más bien al de un bebé grande.

Pero sí es poderosísimo, indiscutiblemente. Y, pese a sus dimensiones, el gigante también es capaz de moverse muy rápido y con deslumbrante precisión, para dolorosa sorpresa de la mayoría de sus contrincantes.

Y más ahora, que no lleva su pesadísima loriga.

Ni un solo guerrero logra aproximarse al coloso, tampoco ahora. Mucho menos rozarlo con sus armas. Oyoga parece tener ojos en la nuca, en las nalgas, en los talones: rechaza con desdeñosa facilidad las cadenas que tratan de enredar sus piernas, gruesas como troncos de tejo. Lo mismo que las hojas de sables y cuchillos de brecha, incluso cuando le son arrojadas, en desesperado intento por penetrar la barrera de los movimientos vertiginosos de su tremendo garrote.

Desde las almenas, los tres shamanes observan al elegido de Shonto, con honda satisfacción. El kaikodo y el gorakan, con el mismo sentimiento… que pronto se convierte en asombro, ante la sobrehumana demostración de fuerza y destreza que está ofreciendo el gigante.

Ah ¡si todos los yowas fueran así! ¡Realmente, con diez como él, la fortaleza no caería jamás! ¡qué más da que ningún caballo soporte su tremendo peso, si deben luchar a pie!

Pero, al final, la satisfacción y el asombro se vuelven preocupación… pues si Oyoga sigue golpeando con el mismo entusiasmo a hombre tras hombre, quebrando las piernas y brazos de tantos ¡pronto sólo él quedará ileso, para detener a los sitiadores, si intentan trepar las murallas!

Así que, aunque renuentes, Uyasewa y Yarawo descienden y le piden con amabilidad que detenga su práctica, al gigante. Antes de que cause más daño a la guarnición que todo el que podría ocasionar el enemigo.

Cuando Oyoga, sudoroso, pero no jadeante, detiene al fin el movimiento de su garrote envuelto en trapos, la tropa a su alrededor lo ovaciona, con un ululato colectivo.

¡Shonto es grande, y esta es la prueba de que está con ellos!

¡Kangayowa jamás será tomada!

Desde ese día, el coloso no entrenará más, ni siquiera sin armadura y con garrote contra armas afiladas. Pero sumará su fuerza descomunal al trabajo de Shakowa y sus tres colegas, en la fragua: a veces, un solo martillazo suyo basta, donde habrían sido necesarios diez o doce de los del cuarteto de herreros.

Así les agradece la espléndida armadura que le hicieran. Con la que, día a tras día, se va sintiendo más cómodo.

Y todos están más contentos.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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