Los 43 días de Kangayowa

Día XXII: preparativos para una escalada (1)

El hombre y la mujer manca caminan dentro de la gran tienda. Otro hombre, vestido de negro, la sigue a ella, como una sombra.

Son un sombrero de hierro, Ygrelth y Juborth.

-Habrá que mantener el cuero mojado, todo el tiempo- advierte Narayán, el ingeniero tumbriano de mayor experiencia… pero que rehúsa tercamente ser llamado jefe del curioso cuerpo de expertos, que rechazan cualquier jerarquía entre ellos –O los proyectiles incendiarios enemigos podrán prenderle fuego.

-Las bolas de paja… encendidas no llegan… muy lejos- observa la generala, sin dejar de masticar un bocado de la hogaza de pan rellena con pescado seco y hojas de lechuga, que sostiene solícito su silencioso, oscuro ayudante, para dejarle ambas manos libres a la líder del Ejército Libertador.

-Pero las balas rojas sí… y, según los buhoneros, los yowas tienen una fragua junto a cada cañón, y tenazas cómodas para manejar los proyectiles incandescentes- repone el tumbriano. Su khork es perfecto, sin el menor rastro de acento extranjero.  –Donde pegan, harán brotar llamas.

Acto seguido, tomando por el codo a la veterana soldada, sin la menor ceremonia, la conduce hacia un rincón, muy orgulloso, y le muestra una maqueta del castillo que asedian, hecha con asombroso grado de detalle: –Mire, ya tenemos el primer modelo… por supuesto, aquí tendremos que empujar y tirar nosotros, con las manos; no hay caballos a escala… mi amiga Margulén propuso usar ratones… pero habría sido demasiado complicado cazarlos, entrenarlos y alimentarlos… y los gatos siempre serían un peligro.

-Sí… no me gustan los ratones- confiesa Ygrelth, bebiendo un largo trago de vino de la bota que le tiende Juborth, cuya sensibilidad a las necesidades de su jefa llega casi al nivel de videncia o precognición. -Pero veamos esos puentes desplegables… todavía no estoy muy segura; nunca se ha usado nada así, en un asedio…

-Entonces, seremos los primeros- declara Narayán, sin rastro alguno de duda. Luego comienza a empujar con la mano un par de curiosas estructuras alargadas, dispuestas sobre pequeñas ruedas, y cubiertas con trozos de lienzo gris, haciéndolas zigzaguear por entre los pequeños lagos de la maqueta –Cada cuarteto de ruedas puede girar independientemente de las demás ¿lo nota?  Facilita mucho los cambios de dirección. Lo mejor será mantenerlas así, ocultas bajo telas, para intrigar al enemigo… los lienzos también estarían mojados… pienso en gente arrojándoles cubos de agua, constantemente… no quiero arriesgarme a un incendio, aunque la madera esté envuelta en cuero húmedo. Y cuando trepen por el glacis, aprovechando la altura de esa cuesta sobre el foso…

Retira, de un tirón seco, casi de prestidigitador, la cubierta de tela de ambos artilugios… y sigue empujando; primero uno, luego el otro, los pares de ruedas delanteras de los dos artefactos caen por el borde y algo inmediatamente detrás se clava en la tierra de la maqueta. Con lo que, al continuar empujando el orondo ingeniero tumbriano, una serie de troncos se deslizan hacia adelante, unos por dentro de otros, con untuosa facilidad, como mismo se despliegan los tubos de un catalejo bien lubricado… hasta que su mismo peso los inclina hacia abajo, sobre el ancho foso.

-No llegan al otro lado- observa Ygrelth, preocupada.

-Sabíamos que no llegarían- reconoce Narayán, con ojos brillantes -¡Son cien pies! Es el foso más ancho que he visto en mi vida ¡por los cuatro huevos de Fujozz! Por bien afianzado que esté nuestro puente móvil en la orilla, es imprescindible un apoyo intermedio ¡sobre el agua! al menos a la mitad del recorrido, para poder cruzar tanta distancia. Y aquí viene lo genial… como no hay manera de saber cuán profundo está el fondo, pero los ryukeshas aseguran que en su exploración bucearon hasta que casi se les revientan los pulmones sin tocarlo… me olvidé de estacas y columnas de soporte en cimientos. Como usted me sugirió ¡pensé fuera de la caja! Y así fue que di con la solución óptima- sus ojos brillan –Generala Ygrelth ¡apoyos flotantes! ¡esa es la idea que cambiará la historia de los asedios en Ardabla, desde hoy y para siempre! Observe, si es usted tan amable…

La mano del ingeniero tumbriano da otro toquecito en la parte posterior del ingenio, aún sujeta a la tierra de la orilla… y varias vejigas hinchadas, con un largo palo a modo de cola, se deslizan por toda la extensión del artilugio, hasta su extremo que vibra libre… y, una vez allí, giran… y caen al agua.

Pero el palo que llevaban detrás ha permanecido sujeto al poste… y ahora, apoyado sobre los flotadores, sostiene eficazmente toda la estructura… aunque no puede evitar del todo que oscile.

-Impresionante- admite la veterana militar, tratando de llevar, en su mente, el pequeño modelo a las dimensiones colosales que tendrá al verdadero aparato –Aunque… es bastante inestable. Así que en la realidad lo será aún más, supongo. ¿Y ahora?

-Ahora- sigue diciendo Narayán, incontenible –el puente extensible que viene detrás sube por ese primer puente bien afianzado… y ya, extendiéndose, sus longitudes sumadas alcanzan la muralla. Entonces se fija con garfios… así.

Se lo demuestra; el segundo artilugio no lleva vejigas hinchadas con un poste de sostén detrás, pues no debe apoyarse en el agua, sino una larga, estrecha pasarela de metal que pivota y cae sobre las almenas del modelo de fortaleza, sujetándose allí con dos grandes ganchos.

-Y para que no sean los Perros del Mar, acostumbrados a caminar descalzos sobre las vergas de los mástiles de sus barcos, los únicos que pueden cruzar por ahí- sigue diciendo el ingeniero, cada vez más satisfecho de su previsión –entre ese puente y el de al lado podemos tender una red bien tensa, y colocar postes verticales unidos por cuerdas, para que sirvan como pasamanos…

Ygrelth, lo interrumpe, pensando en voz alta: -Asombroso, Narayán… si funciona: porque le veo muchos puntos débiles. Hay que proteger esos pellejos hinchados… con cota de malla o algo así, para que no los agujereen con flechas o tiros. E inmovilizarlos lo más que puedan, con amarras clavadas a tierra, para que la corriente dentro del foso no los desarme. Pero se puede hacer, ya lo creo… en fin; quiero doce.

-¿Doce? ¡Imposible!- se ofende el ingeniero –En el espacio que nos dio no puedo ubicar más de seis… si nos permitiera atacar también entre ese baluarte y el puente levadizo, entonces sí…

-Ni hablar ¿cómo dicen ustedes? Neinke; tengo otros planes, para esa sección- lo para en seco la generala, guiñándole un ojo, casi traviesa –Pero tenga en cuenta que los cañones yowas y sus trabuquetes destruirán algunos, antes de que los logren tender… o después. Así que doce; los quiero como repuestos… ¿Pueden hacerlo?

-Bueno… si trabajamos día y noche- comienza a decir Narayán, con la instintiva renuencia de todo ingeniero a ver su labor delimitada por plazos exactos… -Será caro, pero…

-Hágalo: Korgalth II El Salvador paga. Y su bolsa es amplia y generosa, con los que lo sirven bien – lo corta la generala, y antes de que el tumbriano pueda alegar nada más, agrega: –Y no se olvide de mi otro encargo: esa red de rieles aceitados para los fundíbulos y la artillería que me prometió…

-¿Todo eso? pero ¡somos muy pocos!- se lamenta Narayán, apretándose las manos, desconsolado –Lo siento, generala; si tuviéramos otra semana, quizás…

Pero Ygrelth ya no lo escucha; ha salido de la tienda con paso rápido, como decidida a desmentir su edad. Siempre con Juborth como su sombra.

Una vez afuera, Gumgarth Partecráneos y los otros siete ryukeshas y Perros de Mar de su escolta forman un círculo de hierro alrededor de la generala y su edecán, abriéndole paso a través de la confusión de soldados, putas, vendedores, niños, perros, cerdos, ovejas, caballos y demás figurantes de rigor en cualquier campamento militar que se respete.

Vestida con ropas simples, Ygrelth y su guardia caminan sobre anchos tablones apenas cepillados, tendidos sobre el suelo fangoso; aunque desde el comienzo del asedio sólo ha caído alguna que otra llovizna muy leve, miles de humanos y caballos comiendo, bebiendo, orinando y defecando en un mismo sitio siempre terminan por convertir la tierra en barro. A pesar de todas las letrinas que los sombreros de hierro construyeron.

-Mi generala- susurra el huesudo Barboth, sargento de los Perros de Mar y subjefe de la guardia personal de la caudilla, cuando pasan por un callejón inusualmente tranquilo –el comodoro Lomborth pasó, y le dejó… su encargo- palmea una bolsa que lleva atravesada a la espalda. Ya sabe… los tubos de algas…

-¡Shh!- el imperioso siseo de Juborth le reprocha su indiscreción, al infante de marina –el enemigo siempre escucha… todo esto está lleno de espías yowas.

-Vamos, no exageres, muchachito… ¿hasta en nuestro campamento?- se burla el marino. El edecán de Ygrelth no le simpatiza mucho; extranjero, misterioso…

-Sobre todo aquí- interviene la generala –Bien… Barboth, dale esa bolsa a Gumgarth. Ella y sus hombres ya saben qué hacer con esos… tubos de algas.

Siguen caminando. La mayoría de la gente ni se inmuta al verlos pasar; muchos ni siquiera reconocen a su jefa; otros consideran que, si no va de armadura, será porque prefiere no ser reconocida, y la ignoran, muy ostensiblemente. Unos pocos la saludan de lejos, con sonrisas tímidas. La formidable jefa de la escolta los intimida, con su colmilluda sonrisa.

Sólo un par de oportunistas hacen amago de acercársele, de seguro con peticiones o quejas. Pero una segunda mirada, a la mole y el rostro aterradores de Gumgarth Partecráneos, bastan para disuadirlos de tal aproximación.

No se juega, con alguien capaz de arrancarle a cualquier atrevido media cara de un mordisco…

-¿Quién… me toca… ahora… Juborth?- le pregunta Ygrelth a su eficaz asistente, entre ávido mordisco al pan con pescado y sediento trago al pellejo de vino. Ya no caminan sobre tablones, sino directamente sobre el barro… de muy dudosa y poco higiénica composición.

-Yerdirath, la gadea. La jefa de las… peluqueras, manicuras y costureras- dice el joven, sin consultar nota alguna. Es obvio que posee una memoria privilegiada.

-Ah, claro… la matrona, por los disfraces para el comandante y sus jinetes… vamos- suspira la caudilla –En fin… tratar con las rameras no puede ser peor que lidiar con los ingenieros. Aunque, tener que mirar de nuevo esa peluca rosada suya…

Minutos más tarde, tras un recorrido laberíntico, llegan al fin, a grandes trancos, a otro reino muy diferente del de Narayán: una tienda decorada en rojo y rosa, con abundantes lazos y festones.

De nuevo los cuatro ryukeshas y los cuatro Perros de Mar quedan a la entrada, y sólo atraviesan el umbral la generala y su edecán.

Dentro, en largas filas de lechos inclinados, muchos hombres y unas pocas mujeres disfrutan viendo su cabello, manos, pies y cutis sometidos a diversos tratamientos, por parte de un pequeño ejército de solícitas jovencitas.

La mayoría tienen rostros y figuras sorprendentemente agraciadas, y todas visten al provocativo estilo cortesano que ha hecho tan popular la baronesa Yaralth de Termokh, en Grakhork: escotes profundos, faldas cortísimas, brazos y piernas bien a la vista, apenas velados por ceñidos guantes y medias de seda, respectivamente. Aunque, dado que deben trabajar con sus manos, los guantes de las damiselas de Yerdirath son casi todos mitones. Lo que, de paso, permite que luzcan mejor los ajustados y fantasiosos anillos de pedrería barata que orlan casi todos sus dedos, a imitación de su ostentosa jefa.

Sus cabellos también están rizados y teñidos de colores exóticos… a veces combinados en manchas, una disposición que la hermana del comandante Tarbelth jamás se rebajaría a usar: rosado con toques azules, púrpura con listas rojas.

El efecto es extraño, intrigante… y contribuye notablemente a dejar bien claro lo que todo el mundo sabe, aunque nadie dice en voz alta: las chicas de la gadea Yerdirath pueden arreglarte las manos, los pies, el pelo, la cara… y mucho más, si estás dispuesto a pagar bien.

Peluqueras, manicuras y costureras saben encargarse de los trabajos que definen su oficio, por supuesto… pero, también son refinadas hetairas de lujo, cuyos precios sólo están al alcance de los nobles, los oficiales mercenarios con buenos sueldos… y de los soldados que reúnan pacientemente sus ahorros, durante semanas, o hayan tenido una suerte inusual en el reparto del botín.

Ellas no discriminan a nadie, mientras pueda pagar.

-Mi generala, ¡qué inesperado honor…!- Yerdirath en persona acude a recibir a la caudilla y su edecán, jadean do con esfuerzo, al mover su obesa humanidad. Su khork tiene resonancias cultas, exageradas. Sus dedos regordetes son un verdadero muestrario de anillos… con gemas auténticas, a diferencia de los de sus muchachas. Se dice que, gadea al fin, todavía usa el cráneo afeitado; desde luego, la cascada de rizos de inverosímil tono rosado que cubre su cabeza de piel rojiza es, por fuerza, una peluca.

Pero de las caras. De las que cuestan lo mismo que un buen caballo de guerra.

-Deja esos halagos para la corte, vieja alcahueta, y no te hagas la sorprendida; bien que te avisé que venía. Además, nos conocemos desde que todavía te llamabas Palbarapasa, como te pusieron tus padres. Cuando vendías tu culo barato… porque no era esta impresentable bola de grasa que tienes ahora… en vez de regatear por las nalgas duras de muchachas que podrían ser tus nietas- gruñe Ygrelth, pero abrazándola, sin miramientos, para asombro de todos los presentes. Muchos de los cuales, al ver entrar a la adusta jefa del Ejército Libertador, incluso intentan esconderse o cubrirse el rostro, para evitar ser identificados -¿Ya me transformaste al muchacho, como te pedí?

-Vieja loba rabiosa, tú no cambias- ahora las palabras de Yerdirath tienen el gangoso arrastre típico de los bajos fondos de Grakhork -¿Cómo está Ilkandra? Ven, te mostraré nuestra obra maestra…

-La reina de la Gente de la Oscuridad está bien… aunque un poco molesta porque no hayas ido todavía a verla, estando tan cerca- va diciendo Ygrelth, mientras Yerdirath los conduce, a ella y a Juborth, a lo largo de una serie de compartimientos reservados, al final de la gran tienda.

Una cortina ondula, y una esbelta muchacha con el pelo púrpura, completamente desnuda, sale a la carrera, riendo…  y tras ella, anadeando, jadea un corpulento tumbriano, igual de escaso de ropas. Ninguno de los dos le dedica ni una mirada a la generala, y ella tampoco demuestra haber reconocido al mayor Fergán, jefe de los arcabuceros del norteño país, inconfundible con su cola de cabello rojizo y las sienes rapadas… así que la divertida pareja desaparece, atravesando otra cortina.

-He tenido… asuntos. Pero uno de estos días paso, de noche- promete la gorda gadea, suspirando –No se vería bien que una mujer de mi posición fuese a visitar públicamente a una lepro…- se contiene antes de pronunciar la infame palabra completa –Mira, ahí está nuestro hombre…que tampoco es ya tan muchacho ¿sabes?

-¡Por las nalgas de Wylan! Tiene sólo veintiocho años, creo. Para veteranas como nosotras, todos los de menos de cincuenta ya son muchachos- repone Ygrelth y, alzando una gruesa cortina, entra en uno de los reservados.

Un hombre, que se contemplaba en un espejo, gira al sentirlos llegar, llevando la mano al pomo del corvo sable que pende de su cinturón de cuero crudo. Es altísimo y esbelto, y sus ojos son negros y almendrados… pero viste con pieles, su largo cabello es rubio y su barba está dividida en decenas de trenzas.

Rápido como el relámpago, Juborth se adelanta a su jefa: de las anchas bocamangas negras de su túnica brotan, como por arte de magia. dos puntiagudas hojas de doble filo…

…pero Ygrelth lo detiene, sujetándolo por el hombro con su única mano, con una carcajada: -¡Suficiente! Si engañó a mi edecán, creo que podemos considerar que tu chica ha hecho un trabajo perfecto- se encara con el supuesto bárbaro yowa y le pregunta, interesada: -¿Qué tal, capitán Walith? ¿cómo te sientes, con tu nueva apariencia? ¿fue muy duro, estar sentado ahí, dejando que una linda muchacha te convierta en esto?

-Fastidioso. Y me siento… ridículo- confiesa el noble, con un resoplido –Casi le caigo a mandobles a mi propio reflejo, cuando esa peluquera me mostró el resultado de su trabajo- se acaricia el mentón, de donde le brota la barba trenzada, incómodo –Espero que luego puedan quitarme estos… tentáculos de pelo. Y devolverme mi color de pelo natural. El cráneo me pica, horrores, y…

-Vamos; que estás de gloria. No te quejes tanto- lo interrumpe la generala, jocosa. –Sí, el adhesivo da un poco de escozor, pero ¡la patria exige sacrificios!

-Hombres… tanto valor y fanfarronería en el campo de batalla, y se echan a temblar por unos tintes y postizos- se burla Yerdirath, haciendo centellear su colección de anillos –Descuida; volverás a ser tan hermoso como antes, amorcito. Lyrdia, la que te tiñó el pelo… sí, esa misma, la que usa el picotillo verde en el pelo, veo que la recuerdas bien… ya me ha asegurado que te regalará una noche, gratis… si sobrevives a la próxima batalla.

-El caballero de Urzoth siempre tuvo un notable éxito con las damas, según su comandante- acota la generala, siempre sonriendo. Luego, cambiando de tono, le dice a la obesa matrona gadea: –Me has convencido. Quiero al resto de la guardia pareciendo bárbaros yowas, lo antes posible. Y que los retengas aquí, a todos, cuando luzcan así…

-¿Aquí?- se horroriza la alcahueta nacida en las volcánicas islas del Agadea -¿A los cien de la guardia… en mis reservados de lujo? Pero, Ygrelth, no puedes… no es justo… sabes bien que el grueso de mis… transacciones, las hacen mis muchachitas aquí mismo…

-Lo siento, vieja amiga… pero nadie en el campamento puede verlos- dice la veterana manca, como si no escuchara la protesta de Yerdirath –O los espías que sabemos que tienen los yowas entre nosotros le irán enseguida con el cuento al kaikodo y el gorakan, y adiós sorpresa, entonces.

-¡Será terrible para mi negocio! ¡tendré grandes pérdidas!- se lamenta la gorda extranjera, pero de pronto hay un brillo astuto en sus ojillos porcinos, y finge examinar uno de sus anillos, cavilosa:  –O… ¿acaso piensas compensarme tú, en nombre de la corona…?

-Ni lo sueñes, Palbarapasa- Ygrelth se encara con la matrona, dándole golpecitos en su abundante pecho, con el muñón envuelto en cuero de su brazo izquierdo –No seas tan descarada, vieja amiga. Vives en Khork hace ya unos treinta años ¿no, Yerdirath?

-Sí…. llegué en 4294 dfw, año del sapo y el aceite- informa su interlocutora, sin entender por dónde viene la generala.

-Buena combinación, esa, para los comerciantes- observa Ygrelth –Y no te ha ido mal, en todo este tiempo ¿verdad? pero… sabes perfectamente que la ley real persigue duramente el ejercicio del sexo rentado ¿no, amiga Yerdirath? Y que lo castiga con prisión… y destierro, en el caso de que sean extranjeros, los que la violen.

-Siempre he pagado puntualmente mis cuotas a la guardia real- se defiende la matrona, horrorizada –No puedes devolverme a Gadea… dejé deudas de sangre en Arbastalaba, y los sacerdotes de Subural jamás olvidan ¡me matarían!

-Relájate ¿quién ha hablado de devolverte a ninguna parte?- la tranquiliza la generala -Tú ya eres tan khork como yo… si no más; pasé demasiados años fuera, peleando. Sólo quería que comprendieras que, como le decía al caballero Walith de Urzoth, en ciertas circunstancias, todos los patriotas debemos… sacrificarnos por la nación ¿comprendes?

-Comprendo… que sigues siendo una negociadora tan dura como siempre- suspira Yerdirath, retorciendo sus regordetas facciones en una sonrisa no muy sincera, antes de dirigirse al capitán Walith –Traiga a sus hombres, caballero de Urzoth. Los… transformaremos a todos, y se alojarán aquí, a cuenta de la casa, hasta que nuestra gloriosa caudilla decida que llegó la hora de que ataquen.

-Mi generala, sobre eso… – interviene Walith, escéptico –al comandante de Termokh y a mí nos gustaría que nuestros hombres pudieran… practicar un poco con los ponies yowas. Como son bastante más pequeños que los caballos que estamos habituados a montar… También nos preocupan los arcos. Y, cabalgar sin armaduras…

-Y ¿será posible que hoy todo el mundo tengo únicamente peros?- estalla Ygrelth- Lugo se encara al atónito Walith de Urzoth y le dice, muy despacio: –No puedo tenerlos dando vueltas por todo el campamento en ponies yowas, con o sin armaduras. Se supone que su ataque va a ser una sorpresa ¿se da cuenta, capitán? Y, antes de que me lo pregunte… no, tampoco estoy segura de que esos salvajes de Kangayowa bajarán el puente levadizo para hacer una salida…

-Difícil; ya cayeron en ese truco, una vez- observa Yerdirath.

-Y ahora las putas dan consejos sobre estrategia- se exaspera la generala, sin siquiera mirar a la obesa gadea –Capitán, sinceramente… ojalá y nunca tenga la desgracia de dirigir un ejército entero. Pero, los sitiados… son nómadas, son jinetes… su manera de hacer la guerra se basa en incursiones veloces y arriesgadas. No puedo asegurar que saldrán de nuevo… pero les mostraré un cebo atractivo… y usted y su gente deben estar listos, por si lo muerden. No pido tanto ¿no? ¡sólo espero que cumplan con su deber, por las barbas de Wylan!

Y, sin siquiera despedirse, gira sobre sus talones y abandona, primero el reservado, luego la tienda entera, caminando a largas zancadas.

Una vez afuera y rodeado nuevamente por su escolta, pegándole otra mordida a su interminable bocadillo de pan con pescado, vuelve a preguntarle a Juborth, que la ha seguido, tan silencioso y eficiente como de costumbre: -¿Y ahora, las quejas de quien nos toca oír?

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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