Los 43 días de Kangayowa

Día XXIII: en los muros de Kangayowa

23Medianoche en la fortaleza sitiada, en la meseta de las Jawar.

A la luz de la luna, las almenas de Kangayowa, altas y cuadradas, parecen las encías de un viejo, en las que se alternaran dientes y ausencias. Pero bastante más regulares que cualquier anciana dentadura, eso sí.

Los espacios no son perpendiculares a la muralla, sino más anchos y más bajos hacia el exterior. De manera que el campo de acción de los hombres allí instalados sea el máximo posible, y el ascenso por tales cuestas más dificultoso, para cualquier atacante.

En el suelo, inmediatamente detrás del muro, se abren las canales de los matacanes, por los que se pueden dejar caer pesadas piedras, que bajarán rodando por el inclinado lienzo de la muralla, sin riesgo de que su lanzador sea alcanzado por los proyectiles enemigos… pero barriendo inexorablemente a cualquier escalador.

Entre agujero y agujero hay dispuestos montones de piedras redondas e irregulares, canastos de cal viva y barriles con tierra, en los que los arqueros yowas podrán clavar sus flechas: más rápidamente asequibles así que si tuvieran que sacarlas una a una de las aljabas. También sirven para que los defensores se alivien de sus urgencias; las flechas, embarradas de deyecciones humanas, suelen infectar casi todas las heridas que causan.

El adarve de piedra que corre por lo alto de la muralla mide casi cinco pasos de ancho, suficiente para que seis hombres se pongan en fila. Para evitar la caída de los defensores al patio, casi cuarenta pies más abajo, por dentro tiene un robusto barandal de madera. En el que ahora están apoyados los gruesos, pesados escudos rectangulares de trinchera y las largas astas de los cuchillos de brecha de hoja recta y/o curva, confeccionados por Shakowa y los demás herreros, el gigante Oyoga incluido.

También los escasos cañones de mano que poseen los nómadas: aunque el gorakan Yarawo exigió a todos los kanes y guerreros que dejaran los suyos en la fortaleza, antes de seguir camino a Yowa, no llegan ni a un centenar. Aunque sí tienen mucha pólvora.

A intervalos de unos cuarenta pies, interrumpen la regularidad de las almenas pequeñas y cilíndricas torres saeteras. Sólo tienen un techo cónico, sin otro cometido que proteger de la lluvia a sus ocupantes: no hay espacio más que para dos arqueros en cada una.  Pero, al estar un poco adelantadas, desde allí, a través de las aspilleras, los flecheros pueden disparar paralelamente a la muralla, volviendo aún más peligroso cualquier asalto.

Las anchas torres redondeadas dividen los muros en dos secciones. Dos de los baluartes, algo más achaparrados, se apoyan directamente en el farallón vertical de la montaña. Y la torre tercera y central, la más grande, se adelanta, equidistante de ambas.

El larguísimo puente levadizo desciende en el tramo más largo entre dos baluartes: formado por dos secciones, se apoya sobre un ancho pilón que se eleva desde el profundo foso, y sobre el rastrillo enrejado que protege la puerta se alza una robusta cornisa o galería cubierta, con el piso perforado por más matacanes, desde donde los defensores podrían arrojar piedras, o agua y aceite hirviendo, sobre cualquiera que tratara de romper su resistencia con algún ariete, abajo.

Los yowas también han preparado plomo, aunque el metal derretido sea de manejo complicado, y resulte casi tan peligroso para los mismos sitiados que para los sitiadores.

En la azotea circular de cada torre de baluarte hay un trabuquete, un par de balistas y una catapulta, rodeadas de montones de piedras y largas, gruesas flechas. A mitad de la altura, tres aspilleras se abren en la pared de gruesos bloque de piedra rojiza, para que pueda asomar el largo cañón de una culebrina colocada sobre una pesada cureña con ruedas, que le permite girar para hacer fuego por cualquiera de las aberturas.  Cerca de cada cañón hay una pequeña fragua, para calentar los proyectiles hasta la incandescencia: las famosas balas rojas. También hay grandes tenazas, para que los artilleros puedan manipularlas fácilmente y sin quemarse.

Pero los únicos ingenios lanzadores de proyectiles que, de cuando en cuando, se activan, son los que lanzan las habituales pacas ardiendo, de hierba seca embebida en agua de pólvora: dos de los grandes fundíbulos del patio. En los que se rotan dotaciones durante toda la noche.

Además de mantener iluminado el glacis y los fosos con las pacas en llamas, así es cómo Uyasewa y Yarawo se han asegurado de que todos los que operarán los trabuquetes, cuando llegue el asalto del Ejército Libertador, ya tengan horas de práctica más que suficientes, con las máquinas de guerra.

Además de los artilleros de los fundíbulos, menos de doscientos yowas montan guardia en las almenas o hacen ronda por cualquier otra parte de la enorme fortaleza. El kaikodo y el gorakan están seguros de que, cuando llegue el ataque enemigo, será de día, y prefieren tener a sus hombres bien descansados, en vez de excitar en vano sus nervios con una tensa expectativa.

Los yowas aman el aire libre y el Cielo es su dios: aunque en las amplias estancias al pie de las murallas hay espacio para que más de diez mil hombres duerman cómodamente, todo los que pueden prefieren tender sus toscos jergones en el patio central de la fortaleza, o en el algo más pequeño del donjon cilíndrico, y soñar bajo las estrellas, con su estepa infinita.

Algunos, medio insomnes, conversan con las rondas de la guardia, que suben y bajan de adarve en adarve, por las rampas y escaleras, erigidas para tal fin por los ignotos constructores del castillo, nadie sabe cuántos siglos o milenios atrás.

-Eh, centinela… ¿Todo tranquilo, por allá arriba?

-Sí… vuélvete a dormir. Sólo vimos a tu hermana, chupándosela con tremenda dedicación a los arqueros de una garita. Marcamos en la cola, por supuesto… tendrá trabajo hasta el amanecer, la buena muchacha… de esta se gana su dote y hasta podrá casarse.

-¡Shonto lo quiera… todavía me quedan cuatro hermanas más a las que encontrarles marido!… Oye ¿a que es buena chupando, mi hermanita?

-No la he probado todavía, pero ninguno de los guardias en los adarves se ha quejado, parece…

-¡Cómo iban a quejarse! Si aprendió de tu madre, la mejor del clan con la boca…

-¿Cómo…? ¡ven y dime eso otra vez, aquí delante, con el sable en la mano, si te atreves! ¿cuál es tu nombre, a ver, gracioso? ¡eh, que te estoy hablando a ti? ¿por qué callas ahora?

Las risas se extienden, hasta que un adusto sargento ordena silencio, brusco. Pero al rato vuelven los cuchicheos; los soldados están demasiado nerviosos para no hablar.

-¿Crees que vengan mañana, esos cavatierras nadadores?

-Puede que sí y puede que no. Sólo Shonto lo sabe. Duérmete. Mejor que tengas fuerzas suficientes para pelear con ellos, si vienen.

-Dicen que para ocultar la mina de la barbacana usaron magia… que fueron los brujos cambiapieles ryukeshas quienes cavaron los túneles, convertidos en topos.

-La gente dice muchas cosas. Tú mismo, hace un rato, le dijiste a ese guardia que tenías cinco hermanas… y todos sabemos que eres huérfano.

-Uno puede soñar ¿no? Oye… ¿te confieso una cosa? no me gusta la magia. Ni siquiera la de nuestros shontolanes.

-Están de nuestro lado. Y trajeron a Oyoga.

-El gigante está bien, aunque cuando practicamos me torció el dedo con ese palito suyo. Pero esos hombres santos… me dan escalofríos. Con esos tatuajes, y esas cicatrices, y sus cuchillos…

-Así debe ser. Shonto habla por sus bocas. Y Shonto… da miedo.

-¿Por qué dormimos al aire libre, entonces? Si el Cielo puede fulminarnos con un relámpago, en cualquier momento… ¿no deberíamos estar bajo tierra?

-Qué astuto ¡tú lo que quieres es ir con las cautivas!

-Seguramente dormiría más tranquilo y calentito, abrazando a una. O mejor a dos.

-No lo dudo… tan tranquilo que nunca despertarías. Son feroces, esas putas ¿no lo sabes?

-Sí… la primera semana mataron a Yekoshe Media Flecha; lo estrangularon con uno de sus grilletes.

-Yekoshe era un idiota. Mira que le dije que se quedara donde todos pudiéramos verlo…

-A veces un hombre necesita estar a solas con una mujer…

-Si lo que quería era que no se supiera lo corta que la tenía, ya era tarde. Todos le llamaban Media Flecha por algo ¿no?

-No era por eso, creo… yo lo conocía bien; vinimos juntos. Y también era muy amigo de Kowiya, el artillero. Le decían así sólo porque una vez, borracho, todavía en Shonto-gawaz, dijo que él únicamente necesitaba media flecha para matar a un lobo. Qué estúpido ¿no?

Los hombres de los fundíbulos pasan, empujando un carretón cargado de nuevas pacas inflamables para lanzar. Cada una demora unos cinco minutos en arder, y la consigna es que siempre haya al menos cuatro o cinco iluminando el terreno… así que los dos trabuquetes prácticamente disparan sin pausa.

-No sé por qué no atacan, esos comepeces malditos. ¿Qué estarán esperando? ¿más refuerzos?

-¿Tanta prisa tienes por morir? Pues no te cortes: sube al adarve, pasa por encima de las almenas, deslízate por el muro hacia el foso, atraviésalo a nado, sube al otro lado… y te aseguro de que, antes de que puedas dar tres pasos loma abajo por el glacis, ya te habrán atravesado veinte saetas ryukeshas, por lo menos. Están ahí afuera ¿sabes?

-Que nade tu madre… pero ¿de veras crees que esos diablos estén tan cerca? ¡Shonto los fulmine!  Me dan más miedo todavía que nuestros shamanes.

-No me extrañaría. Son más silenciosos que las mismas sombras. Supongo que sueñan todo el tiempo con recuperar a sus mujeres. Algunas de esas cautivas son bastante hermosas, para ser unas cavatierras.

-Si te gustan los ojos rasgados y el pelo negro cortado al rape…

-Eso no cuenta. Pero deberíamos haberlas enviado a todas al otro lado del Kangayowa. Nos ponen en peligro, con solo tenerlas aquí…

-¡Qué gran idea! ¿cómo no se les ocurrió al kaikodo y al gorakan? Y tú en persona te encargarías de aliviar a los miles de guerreros nerviosos ¿no? a ver, acércate… déjame comprobar si tu vaina trasera es tan suave y mojada como las que tienen ellas entre sus piernas.

-¡Apártate, hijo de una nadadora comepescado! No es gracioso…

-Eso será para ti. Para mí, es muy divertido.

En varias amplísimas estancias, bien ocultos a la vista, pero alumbrados con numerosas lámparas, hay un par de centenares de los hirsutos ponies yowas. Pese al grandilocuente gesto de lanzar lejos cientos de cabezas, Uyasewa y Yarawo decidieron no sacrificar a todos los caballos, por si se presenta una oportunidad para una salida, o hay que escapar a todo galope de la fortaleza ¡alguien tendría que llevar la noticia, si Kangayowa cae, al Shonto-gawaz!

Un par de docenas de caballerizos cuidan de los últimos jamelgos. Duermen en la paja, cerca de las bestias, pero siempre hay dos de guardia; desde que los shamanes les advirtieron que algunos ryukeshas pueden realmente cambiar de forma, ninguna precaución es demasiada, si sirve para evitar que penetren en el improvisado establo convertidos en alimañas, y maten a los caballos.

-¡Mira ahí! ¿lo viste? ¡dame el sable!

-Tranquilo… era sólo un ratón. Y ni siquiera muy grande. Siempre los hay, hacen sus nidos en la paja.

-¿Un ratón… o un ryukesha con forma de ratón? Para estar seguros, mejor matarlo…

-Si yo pudiera convertirme en animal, nunca elegiría un indefenso ratoncito…

-¿Por qué no? pasarías por lugares muy estrechos, sin llamar la atención…

-Mejor una serpiente venenosa; al menos podría defenderme.

-Según los Shontolanes, ningún cambiapieles puede convertirse más que un único tipo de animal. A lo mejor no puedes escoger. A lo mejor te toca una cucaracha. La magia tiene esos límites absurdos.

-¿Qué elegirías tú, si pudieras?

-Fácil. Un lobo, un guepardo… algo con colmillos y garras, rápido, fuerte y temible.

-Los hombres santos dicen que Oyoga pudo haber sido un oso pescador de los lagos khorks, en una vida anterior.

-Puede ser: como ellos, es pacífico y amable, pero cuando lo molestan se vuelve terrible.

-También es grande y velludo, aunque su pelo no sea verdoso como el de esas bestias, sino rubio, como el de cualquier hijo de Shonto.

-¡Oso ni oso! Los hombres santos dicen muchas cosas. Pero no pudieron parar la mina de la barbacana…

-Eso fue allá abajo. Aquí… estamos sobre cimientos de roca. Ni toda la magia ryukesha y gadea combinada, ni de cualquier otra parte de Ardabla, ayudaría a esos leprosos malditos a abrirse paso por la piedra viva.

-¿Cómo sabes que fueron los leprosos?

-Todo el mundo lo sabe. A los khorks no les gusta hablar de ellos, ni siquiera admitir que existen… pero sacan plata y oro de algunas minas en las Jawar. Dicen que les gusta estar bajo tierra, en la oscuridad, porque así ni ellos mismos ven sus cuerpos deformes…

-En la oscuridad vamos a estar pronto nosotros, si no cambias la vela de ese farol en un minuto.

-No veo la hora de que llegue el amanecer. Qué noches tan largas hay en este maldito país.

-Y yo no veo la hora de que esos malditos ¡Shonto los arrastre con sus ventoleras! ataquen. De que se rompan los dientes contra los muros. A ver si se cansan y se retiran, y podemos volver a casa.

-¿Te espera alguien, en el Cielo de Hierba?

-No… pero con mi parte del botín podré comprarme una buena esposa, obediente y trabajadora. ¿Y tú? ¿tienes a alguna chica, en tu clan?

-Bueno, dejé una novia… pero tampoco me hago ilusiones: fue hace más de un año. Y todavía me quedan dos más, aquí. A estas horas, si no es estúpida, se habrá casado con otro. Pensándolo bien, ya no me hace tanta gracia la idea del matrimonio. Creo que me compraré un par de esclavas khorks. Será mejor.

-Son horribles, con esos párpados caídos y esos pelos negros…

-No es su cara lo que más me interesa ¿sabes? de todos modos, dicen que el pelo se puede teñir… puedo pedirle al shamán que lo haga para mí.

-Ojalá acabe pronto esta guerra.

-Ya no falta tanto para Gurzegh ¿no?

En todas partes, dentro de la fortaleza de Kangayowa, los hombres cuchichean, bromean, se impacientan.

Si la generala Ygrelth pudiera escucharlos… y entendiera el yowa, se sentiría satisfecha. Su estrategia de dilación está dando sus frutos; los nómadas están cada vez más preocupados, más ansiosos, más tensos, cada día que aguardan por un ataque que aún no se produce…

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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