Cuentos de autores cubanos

Persistencia, Michel Encinosa Fú

Era de galopar seguro y aliento breve en el combate, y en la vasta calma de las praderas sabían sus cascos deleitarse con el húmedo crepitar de la hierba en la aurora. Aunque más joven que yo en años, era mucho más viejo en espíritu, y desde la primera de nuestras batallas supo ofrecerme su pecho y su cuello robustos a guisa de impenetrables escudos ante las armas enemigas. Su embestida era arrolladora y luego de tal choque, que dejaba confuso a más de un jinete, mi espada encontraba certera los resquicios de las armaduras y los yelmos, y los enemigos caían ante nosotros como el trigo ante la hoz del labriego. No así sus corceles. Desde nuestra primera refriega en compañía supe que habría de ganarme su odio eterno si alguna vez llegase a herir siquiera a uno de los de su sangre. Porque era su sangre la de los hijos de la velocidad y el viento, los preferidos por los poderes de la tierra, los cielos y los mares.

Tras las batallas, cubiertos ambos de despojos y mugre, sabía conducirme a selectos y limpios escondrijos en ríos o lagunas que su instinto descubría con la facilidad con que se descubre a una virgen ansiosa oculta en un granero; escondrijos en los que mi cuerpo y mi espíritu solo hallaban purificación y reposo. Luego me llevaba de vuelta al campamento —semiadormecido yo en la montura—, elegía el mejor lugar junto a una

hoguera y con leves empujones de su nariz me dejaba a merced de la insípida papilla del caldero común de soldadesca para irse a forrajear a los alrededores. Regresaba más tarde, mientras yo extendía mi manta, y me pedía que lo liberase de la montura y los arreos. Yo lo hacía con mis últimas fuerzas y me dejaba caer al fin en la dura tierra. Entonces él se acostaba a mi lado, si era campamento seguro, o permanecía en pie, si la ventura era incierta, para entregarse también al sue – ño. Pero antes, solía narrarme historias en bufidos cariñosos —como lo hace un abuelo a la cabecera del lecho de su nieto enfermo—, que si bien nunca llegué a discernir, siempre entendí a la perfección.

Me decía de un sol muy fuerte en estepas lejanas, de manadas libres bajo el cielo gris, de la hierba poca y polvorienta que la avara tierra se dignaba ofrecer, de las corrientes de agua —tan delgadas y transparentes que no podrían ser llamadas ríos— que les regalaban la vida, y de los espejismos de remotas tierras donde los de su sangre eran esclavizados por los de sangre humana. Y poco a poco, en mis sueños, yo me veía amaestrando el viento y el polvo con las crines y los cascos de mi yo onírico, y atravesaba cual gesto divino —fugacidad omnipotente— la extensión desnuda y amarilla bajo el cielo gris y el Sol Negro de imposible brillo, para despertar al alba con los tambores que ordenaban un nuevo día de metal y muerte, recibir mi exiguo desayuno, y encararme a la secreta alegría de sus ojos, donde toda mesura era sacrificada, con el impulso doloroso dentro de mí, el deseo imposible de tener su sangre en mis miembros y de amaestrar el polvo y el viento con los cascos y las crines que nunca tendría.

Sin embargo, bastaba un empujón de su morro húmedo para que toda quimera abandonase mi mente y, a las pocas horas, ya estábamos de nuevo sumergidos en el desenfreno y la locura, la voracidad y la ira, el estruendo y la destrucción, el combate.

Él se tornaba entonces en el protector y el maestro, alejándome de los contendientes demasiado fuertes y peligrosos, dejándome seleccionar a mis rivales y haciéndome saber su aprobación o su negativa, indicándome el mejor ángulo de carga, el momento preciso. Cada vez que un golpe me dejaba atontado se daba prisa en eludir a cualquier perseguidor hasta que mis pensamientos recobraban su fluidez. Y de nuevo el desenfreno y la locura, la voracidad y la ira… Hasta que los tambores callaban su redoble de pesadilla y el estruendo conocía otro fin.

En el camino de regreso yo recostaba mi pecho ávido de aire a su cuello estremecido y rememoraba a su oído las hazañas del día, los enemigos caídos, los instantes de mayor riesgo y escasa esperanza, y ambos temblábamos de emoción y mal disimulado alivio. Secretos héroes, cómplices y aliados, nos dejábamos invadir por el cansancio. Serenos, callados, casi felices. Él era de galopar seguro y aliento breve, de emocionada prisa e impaciente mirada, y mi mayor orgullo era saberlo mi amigo, y que asimismo por tal me tuviese él a mí.

Pero bien lo saben los más viejos cuando dicen que: «no hay mejor trofeo para el poder del vacío que lo que mejor amamos». Acaso también lo sabía su espíritu de incógnita experiencia, pues cuando aquella mañana miré en sus ojos percibí el eco terrible de la más absoluta incertidumbre. Marchamos no obstante, lado a lado con nuestros camaradas de legión, hacia la batalla, y los dioses moldearon el destino sobre nuestros hechos.

Recuerdo con la misma fidelidad que se le debe a una hermana —¿no somos acaso hermanos gemelos de nuestros recuerdos?—, las nubes bajas, el retumbar de los gritos y el entrechocar de armas en el estrecho cañón, el frenesí de ratas acorraladas de los míos. Recuerdo el inicio de la retirada tardía que exigieron nuestros tambores, la carrera desesperada, sorteando lanzas y hachas enemigas, hacia la boca del cañón, y la aparición de aquel jinete. Aparición de espanto. Fatídica. Total.

Sentí la sorpresa restallar en los nervios de mi amigo, y fui con él uno en el esfuerzo por desviarnos del camino de la lanza enemiga en el último instante. Y en ese instante dejamos de ser uno.

Caí sobre un montón de cuerpos y en mi confusión solo atiné a alzar mi espada. Entre nieblas, vi a mi rival arrojar a un lado su lanza, desenvainar su negro acero y cargar sobre mí sin abandonar su montura. Sus ojos y los de su corcel eran invisibles bajo el metal que los cubría. Espectros de muerte, pensé. Dioses asesinos. Furias del Caos. Grité. Grité.

Un relincho desconcertado me llegó a través del polvo y las filas de divertidos soldados que nos rodeaban a su líder y a mí. El jinete gritó algo en su lengua y los soldados rieron. Yo temblé. Entonces mi rival volvió a mirarme, y esta vez su ataque no fue lúdico fingir. Otro relincho, de furibundo amargor ahora, abrevó en mis oídos justo antes del golpe.

Rodé por el suelo, mi coraza hendida, mi escudo astillado. Pero no solté mi espada. Me incorporé y aguardé el próximo ataque. Volví a caer. Volví a incorporarme. Luego de media docena de cargas el jinete detuvo su corcel junto a mí, y su negra espada mordió mi acero con todo su peso y su furia. Pronto mis pensamientos se nublaron y dejé de ver o sentir nada que no fueran las resonancias del metal castigando el metal en mis huesos y mis vísceras. Mis piernas se doblaron. Mi brazo de la espada pendió laxo a mi costado. Intenté elevar mis ojos hasta los ojos invisibles de mi enemigo, pero mi cuello no me obedecía ya. Solo pude, mientras sentía la fría hoja negra posarse en mi cuello, con la cruel sensualidad de lo definitivo, para luego alzarse buscando el impulso final, musitar un nombre. No el nombre de un dios, de un señor o un potentado, sino su nombre. Un nombre de sangre de estepas, de cielo gris y emocionada prisa…

Entonces, el relincho. Cercano, cercano como la brisa en los párpados o el otoño cuando caen las hojas. Rabioso. Impaciente. Dolorido. Gritos de soldados. Cascos mordiendo la tierra dura y los cuerpos yertos. Un alarido, un relincho, un galope breve y un choque formidable que ensordeció mi mente. Intuí más que vi a mi enemigo caer de su montura y su corcel estremecerse en agonía con el espinazo partido. Sentí unas riendas en mis manos y un aliento húmedo que solo ordenaba: prisa, prisa, prisa… Obedecí. Hallé como pude los estribos. Subí a la montura. Me hice uno de nuevo con él. Y el salto, y la carrera, y los gritos… Sentí su sangre quemar mis dedos y mi rostro, su espíritu gemir bajo mi tacto; había atravesado un océano de acero para alcanzarme, y a través del mismo océano me llevaba de vuelta. Embestimos filas compactas de escudos y lanzas. Escudos que astillaron su pecho. Lanzas que abrieron sus costados. Hachas que hendieron sus grupas. Espadas que laceraron su cuello. Flechas que buscaron sus ojos, y los hallaron, mientras abandonábamos al fin la pesadilla, el cañón estrecho y el paisaje.

Fuimos hallados a una jornada de distancia, tan lejos como su enceguecida fortaleza debilitada pudo llevarme. Desmayado pero sin heridas serias, yo. Él, carne fría bajo el cielo gris.

Lejos o cerca, en algún paraje de la tierra, el mar o el cielo, un dios debió de llorar.

—¿Cómo esperas, en nombre de los dioses, que yo logre hacerte una armadura de cuero con estos despojos? —me susurró el artesano, con desesperación y pesadum – bre, señalando el montón de informe piel desgarra – da, cubierta de sangre seca y suciedad, que dejé caer a sus pies.

—No lo sé… —le dije, mirándole a los ojos, sin verlo—. Yo solo espero.

Él se encogió de hombros y tomó sus instrumentos. Yo me senté en el umbral del taller y, como en un sueño que no había dejado de soñar desde aquella batalla, contemplé al artesano y el ejercicio de su esmerada industria.

No era una armadura tan bella como segura. Retazos y tiras de cuero maltratado, unidos con placas de acero y bronce; pero dentro de ella me sentía inmerso en la sabiduría y el amor del que fue para mí poco menos que un amante y mucho más que un amigo, y ello le confería ante mis sentidos una magnificencia tal que no podría ser descrita por lengua alguna.

Nunca volví a cabalgar. A pie me dirigía al combate y a pie retornaba de él, sintiendo al regreso mis músculos temblar de fiebre y debilidad, creyendo percibir el temblor de su piel, que era ahora la mía. Y en los campamentos, mientras los jóvenes se afanaban en briosas competencias de destreza y coraje, y los viejos se asombraban mutuamente, con ese deleite legendario del que padece todo guerrero curtido y probado, con historias o proezas, yo me retiraba a un rincón cercano a cualquier fogata donde me pareciese escuchar su tibio aliento, y me envolvía en mi manta raída con el deseo fer viente de volver a soñar las estepas y el Sol Negro deslumbrante y las hierbas escasas y los riachuelos y la libertad, y no despertar a esa existencia de monótono letargo en añoranza.

No obstante, tales sueños nunca regresaron. Se habían marchado con su bufido cariñoso, con su duermevela fiel, con su olor y su compañía, con su breve gloria. Solo me quedaba, pues, la ilusión de tales sueños, y la soledad.

La soledad, mas no el olvido. ¿Cómo olvidar aquella negra espada y la mano que la empuñaba? ¿Cómo olvidar aquella aparición terrible, aquella jornada maldita, aquellos últimos instantes…?

De tanto creer descubrir la silueta odiada de aquel jinete entre los jirones de sanguinolenta niebla en cada batalla, no fue para mí una sorpresa el divisarla, dirigiendo sus tropas con gestos precisos de sus poderosos brazos, rodeada por un contingente de selectos mercenarios. Una risa nerviosa, casi demente, llenó mis labios y mi garganta. Era el momento. Sostuve con fuerza mi escudo. El momento. Besé la hoja de mi espada. El momento.

Debió notarme a los pocos instantes de iniciar mi avance hacia él. Yo solamente miraba su lejano rostro, mientras el número de soldados frente a mí disminuía y los cadáveres se multiplicaban a mis flancos y a mi espalda. No recuerdo cuántas corazas hendí, cuántos miembros cercené, cuánta sangre vertí sin apenas darme cuenta. Y a mis flancos y a mi espalda avanzaba mi legión, avanzaban los míos, ebrios de proezas, maravillados, indetenibles.

Entonces fueron las picas y los escudos inmensos de los mercenarios los que se alzaron ante nosotros. Sentí el beso helado del metal desgarrar mis carnes luego de atravesar mi armadura en innúmeros lugares, mi sangre correr por mis piernas y mis brazos y sobre mi rostro. Ahogado en mi sangre y mi frenesí, solo tenía ojos para el jinete, quien no dejaba de escrutar asimismo mi casi deshecha figura. Los mercenarios caían, uno tras otro. Mi legión menguaba, lentamente. El sol se ponía.

De súbito, un mercenario soltó su arma y se alejó corriendo, harto de resistir, su valor marchitado. Fue como una señal de tambor. El muro de picas y escudos se deshizo en instantes. Avancé hacia el lugar donde momentos antes divisara al jinete, la espada por delante, un grito a flor de labios.

Él ya no estaba allí.

Lo vi cabalgar, alejándose del campo de batalla, cada vez más lejos, cada vez más lejos, desvaneciéndose… Grité.

Todo pareció detenerse.

Los cascos de su caballo enmudecieron. Lo vi mirar hacia atrás, hacia mí, desde su montura, y creí perci – bir una sonrisa burlona tras la sombra de su yelmo. Percibí su irónico examen de la reducida y maltrecha tropa que me seguía, de mi destrozada armadura, de mi agotamiento, de mis piernas temblorosas. Entonces, hizo que su caballo se diese media vuelta y avanzó unos pasos hacia nosotros. Y, con un alarido, cargó, la negra espada apuntando a mi pecho.

Creo recordar que mis camaradas se desperdigaron, llenos de pavor ante la espectral figura que se les venía encima. Creo recordar el desvarío que inundó mi mente y que hizo de mi voluntad un mazo de tallos frágiles y leves. No lo sé de fijo. Solo sé que arrojé mi escudo a un lado, y que igual destino tuvo mi espada rota. Recuerdo, como en un desenfreno de vida ajena, la cópula del sueño y la realidad, el campo de batalla confundirse con la soleada pradera bajo los cascos que eran y no eran míos, el viento y el polvo agitando obedientes mis crines, la velocidad asesinando mi cordura. Recuerdo mis pupilas fundidas a las pupilas espantadas del jinete, un latido de corazón antes del encuentro. Recuerdo su único grito de muerte, el galopar confuso de su corcel al alejarse, y las horas y horas durante las cuales vagué ajeno a hombres o dioses, sin saber si eran mis pies o mis cascos los que se hundían en el barro y la sangre, pisoteando despojos y dejando un rastro agonizante en la hierba.

Fue gracias a tal rastro que los sobrevivientes de mi legión me hallaron luego. Todos en un círculo susurrante a mi alrededor.

Los más lejanos:

—¿No lo vieron…? Tiene que ser un hechicero. Mejor no tocarlo…

—Está maldito, ¿que no lo ven? —No lo sé, pero, ¡él no era él…! Era… Los más cercanos:

—Está muriendo…

—¿Qué creen? ¿Deberíamos tocarle…? ¿No nos será por su contacto el azar adverso?

—Lo mejor sería dejarlo aquí, y olvidar lo que hemos visto…

Alguien me quitó el yelmo con tacto prudente, y sentí unas manos ásperas y amables en mi rostro. Entreabrí los ojos. Era uno de los más viejos entre los viejos, y empezó a zafar las correas de mi armadura.

—Que los peces no hablen de los cielos que no conocen —sentenció—. Los espíritus de la guerra están con él. Ayudadme a desnudarlo y lavar sus heridas.

Titubeando algunos, prestos y solícitos otros, extendieron hacia mí sus manos. Lentamente, el dolor imposible de mil heridas fue desapareciendo.

—¡Por los dioses! —gritaron muchos—. ¡La sangre que sus heridas vertían podía haber desbordado un mar! Pero, ¿dónde están sus heridas?

Se apartaron de mí, y tuve que apoyarme en el hombro del viejo para incorporarme.

—No es mi sangre —dije.

Y las últimas piezas de la destrozada armadura cayeron de mi cuerpo al seco polvo, y desde el horizonte de la noche vino un viento de lejanas praderas a llorar en nuestros oídos, y solo los más cercanos pudieron escuchar el quebrado relincho que exhaló el frío cuero a mis pies.

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Narrador y editor. Michel Encinosa es una de las figuras más relevantes de la hornada de escritores cubanos surgida con el nuevo siglo. Ha destacado como autor de Ciencia Ficción, pero también por sus incursiones en la literatura realista. Ha obtenido, entre otros, el Premio Ernest Hemingway 2002; el Premio Calendario 2006 por partida doble (Cuento y Ciencia Ficción); los Premios Cirilo Villaverde y Hermanos Loynaz 2008; el Premio de Cuento Fundación de la Ciudad de Matanzas 2008 y el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2011.

Entre sus libros publicados están Sol negro (Extramuros, 2001); Niños de neón (Letras Cubanas, 2001); Dioses de neón (Letras Cubanas, 2006); Vivir y morir sin ángeles (Letras Cubanas, 2009) y Casi la verdad (Ediciones Matanzas, 2009). Incluido en numerosas antologías de literatura cubana actual, entre ellas La ínsula galopante (Letras Cubanas, 2009) e Isla en negro (Editora Abril, 2014).

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

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