Los 43 días de Kangayowa

Prefacio muy largo: los antecedentes de un sitio

Sólo los niños pequeños y los tontos creen que los árboles nacen a ras del suelo, desde su tronco… y se olvidan de sus raíces.

Y, como los árboles, la mayoría de las historias no arrancan de lo que se considera su principio… sino desde mucho antes; de las ocultas raíces de sus causas.

Esta es la historia del asedio de Kangayowa. Y, si tienen paciencia, voy a contarla desde sus mismas raíces.

Que, en este caso, brotan del clima…

Por razones que sólo los inefables dioses, si acaso, conocen… pero callan, como mismo casi siempre guardan silencio sobre tantas cosas, dejando a los hombres el vano ejercicio de suponer, el 4322 dfw[1], año de la avispa y el cuero, fue inusualmente parco en precipitaciones. Tanto en los continentes de Vhumbor y Bureka, al norte y sur del estrecho de Falgabe, como en el gran archipiélago de Gadea, en el centro del océano al que deben su nombre esas islas.

Dado que el tercer y más occidental de los tres continentes de Ardabla, Ñénza, al otro lado del ancho Agadea, no sufrió de esta excepcional escasez de lluvias, muy poco se hablará, en estas páginas, de sus cinco naciones.

Sí… mal que nos pese, y aunque Hi-Fhon, Pondiria, Obolobo, Zumtar y Xasta son países fascinantes por derecho propio, que alojan culturas y personajes tan atractivos como cualquiera de Vhumbor o Bureka… y, además, siempre están en guerra unos contra otros, para beneplácito de los mercenarios de toda Ardabla, apenas si se les mencionará. Y sólo como cuna de alguno de los protagonistas de esta historia, si fuese menester.

Que los curiosos interesados, que nunca faltan, nos perdonen por esta omisión, cometida sólo en aras de la claridad dramática, no para disimular vergonzosa ignorancia: defecto del que ¡modestia aparte! creemos fervientemente no adolecer…

Lo que importa, en nuestro relato, es que, en varias de las naciones de Vhumbor y Bureka, sin olvidar las islas del océano Agadea, aquella primavera del 4322 dfw, las lluvias tardaron mucho en caer. Y la estación húmeda fue breve y escasa, cuando al fin se dignó llegar.

Sufrieron escasez incluso las tierras más fértiles y ricas.

Como la norteña, nevada Tumbria, regida por los reyes gemelos y que, con sus avanzadas manufacturas, de las que mana el humo que todo el año oscurece los cielos ya grises de su capital, Ekirgán, se dice única heredera de la civilizada y antigua Wylan… pero adora al implacable Fujozz de dos caras, dios del frío y el calor extremos.

O Abula y Haz-Meleth, las dos únicas naciones del sureño Bureka, separado de Vhumbor por el estrecho de Falgabe.

Pero como los hombres del desierto profundo de Haz-Meleth, jinetes de camellos de los que muy poco se sabe, salvo que jamás se descubren el rostro, que nunca se aventuran fuera de sus arenas y que apenas si tienen contacto con nadie, ni siquiera con sus vecinos abulanos de la costa, tampoco se hablará mucho más de ellos, aquí.

Abula, en cambio, es una estrecha faja de tierra apenas fértil, al borde del océano. Aunque no abunden los navegantes, entre sus espigados hijos de negra piel y pelo rizado: su capital, la antigua D´Yabel, donde residen sus presidentes, ni siquiera está al borde del mar.

Se vanaglorian, en cambio, los abulanos, de ser grandes criadores de caballos, y excelentes jinetes y guerreros. Sus enormes corceles, sobre los que montan sus catafractos, que se recogen el cabello en largas trenzas bajo el yelmo, con sus brillantes corazas y rojas vestiduras, son la principal riqueza del país: la mejor caballería pesada que el dinero puede comprar, y mercenarios apreciados en toda Ardabla.

Aunque sus semanas también tengan seis días, los abulanos cuentan el tiempo de una manera algo diferente al del resto de Ardabla, y rinden culto a multitud de deidades monstruosas con cuerpos mitad humanos, mitad de animales. Como Gamelón, el de cabeza y patas de mantis. O M´jumba, con testa de cocodrilo.

También, como decíamos, sufrió la sequía Gadea, ese rosario de cálidas islas, surgidas en torno a altos volcanes en el seno del tibio Agadea. Cuyas gentes adoran a Subural, el impredecible dios del mar. Un humanoide gigantesco, con piel escamosa y aletas, del que consideran descienden los enormes leviatanes, y en cuyo honor alzaron, en su isla-capital de Arbastalaba, un gran templo, residencia del patriarca, sobre el que siempre flota una nube azul, incluso en los mediodías más tórridos, y segundo en dimensiones solo superado por el Shontoyuén de Yowa.

Edificio del que ya hablaremos más adelante.

Con la bendición de Subural y el patriarca, las panzudas naves gadeas han tejido un próspero imperio comercial, llevando y trayendo mercancías de todas partes, a despecho de los audaces piratas zumtaros, que infestan todos los océanos con sus rapaces catamaranes de escaso calado.

Pero en ninguna de estas tres poderosas naciones va a centrarse, tampoco, este relato. Aunque nos alegre el corazón el poder siquiera mencionarlas en toda su gloria, y puntualizar que no fue en ellas tan terrible, la hambruna provocada por la escasez de lluvias del duro 4322 dfw.

Porque, tanto Walo y Wodo, los jóvenes reyes gemelos tumbrianos que en ese momento ocupaban el doble trono en Ekirgán; como G´ambeta, el anciano presidente abulano, en la interna D’Yabel; o Sorikalai, el adusto patriarca gadeo, cuya edad nadie conoce y cuyo rostro nadie vuelve a ver desde que es aclamado como tal y se encierra en el gran templo de Arbastalaba… habían sido todos lo bastante prudentes ¡por sí mismos o escuchando a sabios consejeros! como para guardar abundantes provisiones en sus graneros, en previsión de tales eventualidades.

Pues ¡ay del gobernante que piense que siempre los dioses lo favorecerán, a él y al pueblo que rige! y no prevea desastres. Porque los malos tiempos siempre llegan, tarde o temprano, para cada nación.

Incluso con tan sabias precauciones, los tres países tuvieron que imponer estrictos racionamientos a su gente. El precio de los pollos y del pan subió hasta las nubes en Abula, y más aún el de vinos y licores en la fría Tumbria. Los gadeanos, viendo las escasas fuentes de agua dulce de sus islas languidecer, tuvieron que renunciar a comer pescado o marisco muy condimentados cada día de la semana, según su costumbre.

Y, aunque así se evitaron carestías peores… mucho que se quejó, cada populacho, como era de esperarse, de la cruel tiranía de sus respectivos dirigentes. Así como de sus arbitrarias disposiciones.

Pues mientras más hace un líder por su pueblo, menor gratitud debe esperar; mientras que, a veces, los gobernantes que mayores penalidades imponen y más sacrificios exigen a su gente son los más amados. Paradoja conocida desde tiempos de la ancestral Wylan y su sabio fundador del mismo nombre.

Sin embargo, al oeste de la empinada cordillera Jawar, que muchos consideran subsidiaria de las Kolmadar, heladas cumbres tumbrianas incluso más altas, aunque discurre de norte a sur y no de este a oeste, como aquellas… las cosas fueron muy diferentes.

Allí se extiende la gran estepa del país Yowa, también llamado Shonto-gawaz, o Cielo de Hierba, en la lengua de sus bárbaros habitantes de ojos azules. Hombres velludos que se rasuran el labio superior desde que son jóvenes, pero nunca se cortan ni recogen su rubio cabello ni la barba, aunque se hagan en ella una trenza por cada enemigo vencido.

Únicamente sus shamanes u hombres santos se afeitan toda la cara y hasta la cabeza, dejándose sólo un mechón largo en la frente, que los distingue tanto como sus túnicas con una sola manga.

Desde Wylan y tal vez incluso antes, los nómadas yowas detentan justa fama de hábiles jinetes. No conocen la agricultura, y la desprecian; entre ellos, cavatierras es insulto imperdonable, afrenta que sólo el acero y la sangre pueden lavar. Pastores natos, crían caballos, vacas y ovejas, cazan a los lobos y guepardos que las amenazan, visten túnicas con mangas y pantalones amplios de lana y pieles curtidas y viven, siguiendo a sus rebaños, en yurtas de fieltro desmontables, nunca en casas permanentes.

Diestros con el corvo sable, nadie iguala su habilidad con el arco compuesto, laboriosamente construido con varias capas alternas de madera y cuerno, que disparan certeros desde sus hirsutas monturas. Guerreros feroces, adoran la guerra y a Shonto, el indiferente dios del Cielo, según extrañas liturgias dirigidas por sus rapados shamanes.

Tampoco entierran a sus muertos, sino que los alzan, empalados en largas picas, para que los buitres, siniestros mensajeros de su implacable divinidad, desnuden sus huesos y liberen sus almas…

En esa extensa y atrasada nación, que llega desde las altas Jawar hasta el océano Agadea, y desde Tumbria hasta el estrecho de Falgabe, la sequía sí fue un verdadero azote.

Aquí comienza, en rigor, esta historia.

Y no es un buen comienzo, al menos para los yowas.

No corren ríos permanentes, por la estepa sin fin. Tras la insólita primavera casi sin lluvias, ya a finales del largo, tórrido verano, de los escasos lagos y lagunatos de aguas pluviales que perduraban de estación en estación, quedaba sólo barro cuarteado.

Los casi infinitos, ubérrimos pastizales que definen Yowa, y de los que depende el sustento de los altivos jinetes de rubias e indómitas cabelleras, amarilleaban, faltos de humedad. Y sus rebaños enflaquecían lamentablemente, privados a la vez de pasto y abrevaderos.

Algunas reses, enloquecidas por la sed, se aventuraron en las bajas, espumosas playas del oeste, tratando de beber las aguas salobres del océano… y murieron. Los yowas, que no navegan ni saben nadar, y desconfían del pescado como alimento, llaman despectivamente a cualquier mar, sea el gran océano Agadea o el estrecho de Falgabe, Shonto-hangada: “el vómito de Shonto”. Y usan expresiones como nadadores y comepeces en calidad de insultos, que resultan casi igual de hirientes, entre ellos, que el de cavatierras.

En vano sacrificaban sanos toros y piafantes sementales al cruel Cielo, los preocupados shamanes de tatuados cuerpos, cortándose también sus carnes magras con cuchillos, para derramar generosamente la sangre de la invocación. Shonto se negaba a derramar su llanto bienhechor sobre la tierra de sus hijos, proclamaron los hombres santos… tal vez ofendido por algún ignoto sacrilegio.

Mujeres y niños comenzaron a pasar hambre, pero sin proferir ni una palabra de queja. Pues, como estipula la dura, estoica fe de los yowas, el Cielo no se conmueve con lágrimas ni lamentos.

Los escasos víveres, sobre todo carne seca y queso curado, ya duro como la piedra, se reservaban casi todos para sus jinetes guerreros, el alma de las inquietas hordas, siempre en lucha clan contra clan.

Los ancianos se preocuparon; el crudo invierno se acercaba, amenazando a todos con sus helados dedos. Sin reservas de alimentos para enfrentarlo, aquella muy bien podría ser la última estación, para el recio pueblo elegido de Shonto.

Viendo sufrir a su gente, y aconsejados por los hombres sabios, los kanes de los orgullosos jinetes enviaron heraldos en las cuatro direcciones, con los blancos estandartes de tregua, convocando a formal asamblea de clanes. Para encontrar, entre todos y olvidando las viejas rencillas, una solución a la horrenda amenaza de inanición y muerte que sobre su nación se cernía.

Varios días permanecieron, los shamanes, los kanes y los guerreros yowas más insignes, conferenciando y discutiendo, en torno a la gran mesa de piedra ritual, encerrados en la inmensa yurta pintada de blanco del Tarawa o Concejo Supremo, sin que mujer alguna pudiera escuchar sus argumentos, según la tradición.

Pues creen los yowas que Shonto decretó que las hembras que dan la vida no deben escuchar los debates de los varones, dadores de muerte, so pena de contaminarse sin remedio.

Algunos kanes, timoratos, hablaron de recurrir a las reservas almacenados en los hondos sótanos de Kangayowa… pero veloces cálculos de los viejos shamanes pronto demostraron que la carne seca y el queso curado, que podrían sostener a los 200 hombres de la guarnición del paso de montaña durante un par de años de asedio, ni remotamente bastarían para que todos los clanes sobreviviesen, hasta la llegada de la primavera.

Además, eran los yowas reacios a desabastecer su única fortaleza, llave del acceso a su país desde el este, y para cuya protección incluso habían comprado, pocos años atrás, algunas piezas de artillería, a los tumbrianos, a un precio abusivo. Pagado en pieles, cuernos y cueros, pues también desprecian la moneda, los fieros hombres del Shonto-gawaz.

Otros, tímidamente, propusieron comprar comida a los mercaderes gadeos, que a veces atracaban con sus carracas de amplio vientre en sus desiertas playas, en busca de agua. O a los piratas zumtaros, cuyos catamaranes de doble casco de cuando en cuando hacían lo mismo. Ya que los yowas no aprecian el oro que a veces aflora naturalmente en su rica estepa, pero los extranjeros sí…

Hubo incluso quien propuso, con visible reluctancia, pescar en el Shonto-gawaz: daba igual si en el Agadea o en el Falgabe. Y hasta quien consideró, incluso con menos entusiasmo, la posibilidad de sacrificar a los caballos. Soluciones todas que repugnaban profundamente al gran orgullo de los hijos de Shonto.

El debate se dilataba ya por días, estéril y enardecedor.

Hasta que, ahíto de tantas palabras huecas, Oyoga, el guerrero más alto y corpulento de Yowa, cuyos ojos, cuando se hallaba a pie, quedaban al nivel de los de cualquier hombre sobre la montura, y cuyo musculoso cuerpo era tan pesado que ningún caballo podía resistirlo en su lomo ¡más grande, tal vez, que los mismos gigantes que derrotó Wylan en sus tiempos de conquista! se puso en pie de un salto, rozando el elevado techo de la yurta con su alta cabeza.

Y, de un tremendo puñetazo de su enorme mano derecha, rompió la ancestral, sagrada mesa de piedra del Tarawa, rugiendo que estaba borracho de tanta cháchara ¡Shonto despreciaba a quienes sólo se lamentaban y parloteaban! ¡pero amaba a los que emprendían acciones!

Los shamanes interpretaron a su conveniencia aquella brusca intervención, diciendo que el gigantesco guerrero proponía resolver el problema al tradicional estilo de los nómadas: arrebatando aquello de lo que se carece a quienes lo tienen en abundancia.

Al sur y al oeste del Cielo de Hierba rugen las olas de Shonto-hangada: el estrecho Falgabe y el océano Agadea.

Yowa sólo tiene fronteras terrestres con dos naciones: al norte, con la avanzada Tumbria. Cuyos habitantes pelirrojos y de ojos verdes, bajos y robustos, no son muchos ni guerreros… pero fueron los primeros en construir armas de fuego y los que aún hoy fabrican las mejores y más modernas, en sus fábricas de Ekirgán.

Sus arcabuceros, que llevan armas con llaves de mecha y largo cañón, son tropas letales; varias veces se habían roto los dientes contra sus descargas cerradas, las hordas nómadas, en el pasado cercano, tratando en vano de arrebatar terrenos de pasto a los reyes gemelos.

Morir en batalla siempre sería preferible a morir de hambre, para los guerreros. Pero, para mujeres y niños, no había diferencia… y, además, siempre cabía la ignominiosa posibilidad de la esclavitud, si sus hombres eran vencidos por los norteños tiradores.

Quedaba descartado, por tanto, invadir Tumbria.

Pero al este del Shonto-gawaz, cruzando las altas cimas de las Jawar, está Khork.

El país, uno de los más pequeños de Ardabla, es apenas una estrecha franja de tierra fértil, encajonada entre las montañas y el infinito Mayabún, el océano oriental. A cuyo extremo este ni siquiera los audaces piratas zumtaros, en sus insumergibles catamaranes, se han aventurado jamás, … si es que existe. Y en el que se dice que los leviatanes, que normalmente ignoran despectivamente a los barcos, los atacan, furiosos.

Dos clases de gentes conviven en armonía, en la pequeña nación al oriente de Vhumbor: los de la costa, y los del interior. Todos adoran a Wylan, como dios fundador de la humanidad, a la que incluso aún siendo un hombre más ya dio grandes dones, como el almanaque y la agricultura, sin los que no existiría civilización.

Pero unos miran al mar y al futuro; y los otros… al bosque donde cazan, a los lagos en que pescan y a la rica tierra que pisan y cultivan, con arados tirados por un único, enorme buey.

Están tan identificados con estos tres ambientes, y se mueven con tan fluida facilidad en ellos, los khork del interior, que se dice que entre ellos no son tan raros como en el resto de Ardabla los cambiapieles: brujos capaces de convertirse en animales… o hasta en plantas.

A reforzar este mito puede haber contribuido, en buena parte, una antigua, extraña costumbre de algunos hombres y mujeres de la región: afilarse los dientes. Un hábito que, en la mundana capital, Graghork, y el resto del país, desprecian y aborrecen, por salvaje, primitivo y aterrador… así que cada vez es menos popular, incluso tierra adentro.

Aunque aún se encuentran, cerca de las Jawar, cazadores, pescadores y hasta labriegos, con esas impresionantes sonrisas, todas colmillos. Lo que no implica que sean, necesariamente, capaces de transformarse en algo más…

De todos modos, mientras en otras naciones a los cambiapieles se les persigue y quema, ¡por si acaso! incluso aunque no hayan cometido crimen alguno, en Khork se considera que nadie es responsable por un don que no eligió tener.

Sean ciertas o falsas, tales acusaciones de hechicería ancestral, los khorks de la costa no podrían existir sin los del interior. Pues de los bosques al pie de las Jawar es que salen los rectos y gruesos robles y tejos, la magnífica madera con la que se construyen las urcas y galeras de la gran flota, el mayor orgullo de Khork.

Que, históricamente, y siguiendo el ejemplo de los gadeanos, ha preferido apostar por el comercio marítimo. Así como por una armada poderosa, para defender esa marina mercante y los puertos en los que se basa, tanto de los veloces catamaranes de los audaces piratas zumtaros, como de otros buques hostiles ¡o rivales de cualquier procedencia.

En Khork también, por supuesto, está la Gente de la Oscuridad… un puñado de mineros que viven en profundas galerías en algunas montañas escogidas, de las Jawar, minándolas con paciente tenacidad, en busca de oro y plata. Dicen que todos son leprosos, por lo que nunca salen a la luz, y que tienen una reina propia, Ilkandra, que una vez fue muy hermosa, y a cuya voluntad obedecen…

Pero, se dicen tantas cosas…

Sea como sea, ellos tampoco jugarán un gran papel en esta historia. Y, en cualquier caso… no todavía.

Así que continuemos con los habitantes del interior de Khork.

Cultura pacífica y descentralizada, de muchas pequeñas aldeas que prosperan, atendiendo sus fértiles y nunca demasiado extensos sembrados, entre bosques y lagos ricos en caza y pesca, los khorks de tierra adentro son gente de pocas palabras, que calzan mocasines de suave cuero y visten de lino verde salpicado de manchas negras, dicen que para mejor confundirse en silencio con su entorno.

Los cazadores capturan ciervos, ardillas, conejos, martas, tejones, lobos y hasta a los enormes osos pescadores de los lagos, de verdoso pelaje, con sus grandes arcos, sus certeras flechas y sus ingeniosas trampas. Los pescadores tienden sus redes y cordeles, o lanzan sus nasas en sus ricos lagos, nadando desde las orillas o remando en pequeños botes de cuero. Todos son expertos leñadores, y manejan las hachas de talar, de ancha y pesada hoja, con una habilidad asombrosa.

Aunque formalmente devotos de Wylan, en realidad no tienen arciprestes, como los khorks de la costa, ni veneran otros altares que los que ofrece la naturaleza: un árbol milenario, una roca de forma extraña, una cascada especialmente prístina y recóndita. Creen que la voluntad de su dios se manifiesta en todas partes, sin necesidad de orgullosos templos.

Gente simple, los khorks del interior acatan todos, al menos nominalmente, la autoridad de su monarca hereditario. Que vive en la lejana capital, el magnífico puerto oriental de Grakhork, protegido por sus guardias y por murallas de bloques de coral extraídos de los arrecifes del Falgabe, desde las que se asoman las bocas de algunos grandes cañones… por supuesto, de manufactura tumbriana.

A la corona pagan, los khorks de tierra adentro, con casi religiosa regularidad, sus impuestos, siempre en especie: con grandes troncos bien devastados, auténtico tesoro para los carpinteros de ribera de la costa, y que envían en grandes carros tirados por varias yuntas de sus enormes, fortísimos y cachazudos bueyes, por las anchas, excelentes carreteras asfaltadas que construyera el rey Kurgaleth IV, ya que en Khork apenas hay ríos caudalosos.

En el pasado, los bárbaros del oeste habían invadido ocasionalmente las aldeas occidentales de Khork, bajando de las Jawar a través del único paso que las atraviesa, el Kangayowa. Pero luego hubo formales tratados entre los civilizados reyes de Grakhork y los salvajes kanes de la estepa sin ciudades, y la paz entre ambos pueblos llevaba siglos sin romperse.

Tal estabilidad tierra adentro había permitido a los monarcas khorks extender su imperio mercantil por los mares de Ardabla, tanto el estrecho Falgabe como el ancho Agadea. Llegando incluso a rivalizar, por breves períodos, con los navegantes gadeos. Aunque otras veces muchos de sus navíos comerciales eran capturados por los veloces y casi omnipresentes piratas zumtaros, o desaparecían, si se aventuraban en el occidental, infinito Mayabún, con grandes pérdidas para sus armadores y la corona.

Así estaban las cosas. Y así habían estado, por siglos.

No conocen la escritura, pero respetan mucho, los yowas, su propia palabra, y la de sus ancestros. Pero, ante la posibilidad de la extinción, los kanes y grandes guerreros del Tarawa, con el beneplácito de los shamanes, decidieron olvidarla, por una vez.

Si alguien debía morir de hambre, mejor que fueran otros, y no ellos.

Shonto entendería su necesidad y los perdonaría.

Y el Cielo no aprobaba su conducta… pues ¡qué se le iba a hacer! ¿no? Vivirían con esa reprobación. Pero con el estómago lleno, al menos.

Atacar Khork, y arrebatar sus víveres a los aldeanos de los poblados más cercanos a las Jawar, parecía la única opción viable de los yowas, para salvar a su pueblo de la inanición.

Aunque los bastimentos que así consiguiesen fueran escasa carne de caza y sobre todo insípidos granos, vegetales y pescado, pitanzas indignas de verdaderos hombres.

A ojos de los rubios nómadas, cuyos varones conducen orgullosos el ganado desde la montura, y lo protegen con flechas y sables de los lobos y guepardos, mientras sus calladas y diligentes mujeres cocinan, preparan las pieles y se ocupan de los otros mil diversos quehaceres domésticos, la usanza khork, en la que ambos sexos comparten todas las labores, hasta las más duras: agricultura, caza, pesca y tala, resulta extraña y denigrante. Y la tienen por consecuencia natural de su triste dieta, mucho más rica en vegetales y pescado que en carne y queso curado, únicos alimentos a la altura de los auténticos guerreros, según su austera religión.

Está visto que, cuando las necesitan, los pueblos siempre encuentran excusas para denigrar a sus vecinos y justificar cualquier guerra contra ellos, considerándolos inferiores o menos humanos que ellos mismos. El mismo Wylan lo escribió, en sus ya remotos días, con su gran sapiencia.

Un guerrero que, pocos años antes, había estado al otro lado de la Jawar, en el contingente de guardia en Kangayowa, mencionó, con supersticioso temor, la supuesta habilidad de cambiapieles de algunos khorks.

¿Sería prudente, atacar a un pueblo que podía hacer uso de tan oscuros poderes, definitivamente ajenos a la luz de Shonto?

Pero los shamanes los tranquilizaron: ellos se ocuparían de… neutralizar a tales engendros. Además, ya en el pasado los yowas habían luchado contra los cavatierras nadadores comepeces… y vencido, siempre.

¿Por qué iba a ser diferente, esta vez?

El entusiasmo prendió como pólvora seca ante la caricia de la chispa. Uno de los más jóvenes kanes, Yarawo, vestido con ricas pieles de lobo blanco y con tan pocos años que aún ni siquiera lucía barba en su cuadrado mentón, aunque su cabello suelto del color de la paja ya rozaba su fina cintura, interpretó hábilmente el sentir general: desenvainando su corvo sable, lo clavó en tierra ante todo el Tarawa y dijo, con tono decidido, que en Khork estaba el destino de los yowas.

Sus palabras gustaron: la invasión fue al punto acordada; él, proclamado protegido bendito de Shonto, por los exultantes shamanes. Y, en consecuencia, pese a ser aún imberbe, elegido gorakan; líder militar máximo de toda la operación, para sorpresa de muchos.

El colosal Oyoga no era kan. ¿Quién había oído hablar jamás de un kan de kanes que no pudiera montar a caballo? Un líder que tuviera que ser conducido al campo de batalla en torpe, chirriante y extranjera carreta… pues los yowas abominan de todo vehículo con ruedas.

Dicen algunos que vieron hubo una lágrima viril, en cada ojo del gigante, ante el nombramiento de Yarawo como gorakan…

Pero lo que importaba es que había esperanza en el horizonte, para los yowas. La salvaje esperanza del pillaje y la guerra, actividades siempre gratas a los ojos del adusto y divino Cielo.

Hubo salvajes aullidos de júbilo dentro de la gran yurta blanca, ante la inminencia de la batalla. Se alzaron los corvos sables, el inmenso Oyoga cargó en hombros, sin resentimientos, al joven Yarawo…

Y los pocos kanes o guerreros distinguidos que poseían alguna de las nuevas, caras y preciadas armas de fuego, casi todas vetustos cañones de mano, de manufactura tumbriana, pues los jinetes nómadas no dominan métodos sofisticados para trabajar el metal, apoyaron sus largas varas-culata en tierra y las dispararon, para apoyar el sentir general con su pavoroso estruendo y humareda.

Tan estruendoso entusiasmo, por cierto, también prendió fuego al blanco fieltro de la yurta y provocó más de una víctima: dada la falta de experiencia de sus orgullosos poseedores con todas las armas de fuego, incluso las más primitivas, lo raro es que no estallaran todos, al disparar con ellos…

Pero los astutos shamanes aprovecharon la nueva oportunidad y también proclamaron, al incendio de la tienda del Tarawa ¡y hasta a las víctimas! un augurio favorable, enviado por el mismo Shonto para bendecir la guerra que se avecinaba, en nombre de la salvación de sus hijos.

Los yowas iban a la guerra.

Una semana después de la solemne asamblea de sus jefes, tan silenciosos y subrepticios como sólo pueden serlo hombres acostumbrados a cabalgar día y noche cazando a las fieras que depredan su ganado, más de quince mil nómadas, al mando del audaz gorakan Yarawo, comenzaron a cruzar el Kangayowa, único paso practicable a través de la muralla natural de las Jawar.

Aunque se cree que son algo más bajas que las Kolmadar, cordillera tumbriana de la que se consideran un ramal, las cimas de las Jawar también están siempre cubiertas de nieve. El aire es allí tan tenue que no basta para respirarlo, y tampoco ha podido coronarlas hombre alguno, jamás: constituyen una barrera natural casi infranqueable entre Yowa y Khork.

Pero sólo casi…

Siguiendo las órdenes de sus kanes, enviadas con espejos, según la ancestral costumbre de las hordas, uno tras otro, centenar tras centenar, millar tras millar, a horcajadas de sus pequeños y peludos ponies, con los casquetes de cuero forrados de peluda piel hundidos hasta las cejas, las aljabas cargadas de flechas pendiendo de los anchos cinturones, por un lado, y por el otro el corvo sable, los clanes de salvajes jinetes de rubios y libres cabellos y trenzadas barbas fueron atravesando el único puerto de montaña de las Jawar.

Dicen que Oyoga lamentó amargamente tener que quedarse en Yowa, aunque comprendió las razones que le dieron. Pues ¿de qué sirve un hombre, aunque sea tan fuerte que pueda derrotar a cinco guerreros él solo, en una invasión montada… si no puede moverse a caballo, como todos los demás?

Es el Kangayowa un túnel tan angosto que apenas si permite el paso a dos hombres a caballo, estribo contra estribo. Pero, con sus casi quinientos pies de largo, atraviesa de lado a lado las Jawar, por su punto más angosto.

Vía excavada nadie sabe cuándo ni por quién, en la durísima roca viva del monte, y cuyo acceso custodia la milenaria fortaleza del mismo nombre: el enorme y aún impresionante castillo de Kangayowa.

Palabra que, en la áspera lengua de los bárbaros nómadas, significa simplemente “puerta a Yowa”.

La rojiza fortaleza es uno de los dos únicos indicios que permiten suponer que los antepasados de los salvajes jinetes de hoy quizás formaron parte, un día, de una civilización más sofisticada ¿descendiente directa, tal vez, de la creada por el mismísimo Wylan?

El otro, con su inmensa cúpula, es el igualmente antiguo Shontoyuén, el sagrado Templo del Cielo, bien dentro de sus dominios. El edificio religioso más grande toda Ardabla, y cuyo amplio umbral debe traspasar de rodillas y desarmado todo yowa, al menos una vez en la vida, para demostrar su piedad.

Y del que, pese a sus enormes dimensiones, indiscutible antigüedad y ruda belleza, no volveremos a hablar en esta historia.

Ninguna otra construcción permanente conocen los nómadas de las yurtas.

Como el Shontoyuén, como el paso mismo a través de la cordillera, nadie recuerda cuándo se cavaron y llenaron de agua los anchos fosos de la fortaleza de Kangayowa, ni quién lo hizo, ni mucho menos cómo se alzaron sus gruesas murallas rojas que ninguna poterna debilita, guarnecidas de tres grandes baluartes, o se erigió su enorme donjón anular.

La recia piedra color sangre coagulada con la que están hechas todas estas estructuras debió ser traída desde muy lejos; nadie sabe desde dónde. Pues no hay, ni en la meseta misma, ni toda las Jawar, ni en días y días de galope a lomos de un buen caballo, cantera alguna con material de tales características.

Siempre, desde que se tiene memoria, ha estado Kangayowa en poder de los yowas.

Desde la cima del donjon de su dominio fronterizo, a más de trescientos pies sobre el adarve de las murallas, suelto al viento el cabello y la barba dividida en más de dos decenas de trenzas, en las que el blanco de la edad provecta empezaba a mezclarse con el color de la paja, Uyasewa, el anciano kaikodo o guardián de los muros, honorable cargo que se rotan entre sí los distintos clanes u hordas yowas, observó, con sus estrechos ojos color cielo, cómo las largas columnas montadas de su pueblo salían del túnel.

Los miles de hombres entraban en el recinto amurallado de Kangayowa y volvían a salir de él por el ancho puente levadizo de dos tramos, bajado para la ocasión.

Sin embargo, no producían más ruido que el rumor del frotar del cuero y el claquetear de los cascos sin herrar sobre la piedra de la calzada, pues tan bien adiestrados están los ponies de los nómadas que jamás relinchan.

Los tradicionales estandartes de guerra yowas, largas varas que sostienen bucráneos o calaveras de toro, de los que cuelgan colas de caballo teñidas de diferentes colores, según la tribu y el kan, se alzaban sobre las apretadas, silenciosas filas. Y ondulaban, como flotando, sobre el río viviente de tantos y tantos fieros jinetes decididos a luchar.

Que luego se alejaban, descendiendo en interminable columna por el estrecho, tortuoso sendero, flanqueado por espesos bosques, que bajaba de la meseta y conducía, primero a la barbacana anular de acceso a Kangayowa, a pocos tiros de flecha del tupido robledal al pie de la montaña. Y al fin, atravesando una amplia explanada cubierta de verdísimo césped, a las fértiles llanuras, lagos y bosques de Khork: su presa.

Su esperanza. Su futuro.

Envidió de corazón, el viejo kaikodo, obligado a permanecer en su puesto, junto con su pequeña y aburrida guarnición, durante otros dos años, la buena fortuna del aguerrido Yarawo: libre de marchar con sus hombres, en tanto que gorakan de tan heroica empresa.

Pero, a la vez, se sintió tan orgulloso de ser un yowa, hijo de un pueblo orgulloso y combatiente, dueño del mundo bajo el Cielo y sobre la silla de su corcel, que alzó su arrugada mano con el corvo sable bien aferrado al cielo… y lanzó un retador ululato desde su boca, ya medio desdentada por tantos años de estricta dieta de queso curado y carne.

Seguro de que tan poderoso ejército, y dirigido por tan astuto y valiente jefe, regresaría pronto victorioso, con montones de riquezas, esclavos… y, lo más importante, con víveres suficientes para evitar la hambruna de su gente, y garantizar su supervivencia hasta la próxima primavera.

A pesar de cualquier brujería cambiapieles de los khork. De las que él, en el año que llevaba destacado en la fortaleza, había, por supuesto, escuchado… sin que nadie hubiese podido ofrecerle nunca pruebas irrefutables de que tal poder existía, bajo el manto del Cielo.

Casi se sentía joven otra vez, ante el bello espectáculo de su pueblo marchando a la batalla, el anciano guerrero.

Lamentaba la rotura de la ancestral tregua apalabrada con los tranquilos khorks, por supuesto. Pero Shonto enseña que a veces, en la vida, a los hombres sólo les queda elegir el mal menor…

Los poblados khorks, de más está decirlo, no esperaban el feroz ataque desde Occidente.

Pues, en los últimos siglos, tras el pacto de no agresión de los kanes con sus reyes, poco o ningún interés habían mostrado, los salvajes jinetes de la occidental estepa uniforme y sin límites, en la irregular alternancia de pequeños bosques y fértiles llanos, salpicados de lagos y lagunas: la hermosa tierra de los sencillos hombres y mujeres de ojos rasgados que se trenzan en coletas su negro y lacio cabello y tienen fama de brujos de extraños poderes.

Igual de escaso era el contacto entre ambos pueblos. Como mismo habían hecho todos sus predecesores, el par de centenares de yowas bajo las órdenes de Uyasewa que, dentro de la enorme y vetusta fortaleza, maldecían haber sido elegidos para guardarla como infantes, casi nunca abandonaba sus gruesos muros rojizos para bajar al llano, ni siquiera para estirar las patas de sus resistentes e hirsutos ponies; preferían ejercitarlos dentro del amplio, umbroso patio de armas, en el centro del cilíndrico donjon del castillo. O en el apenas algo más extenso, de toda la fortaleza

Afuera podía haber animales que no eran animales y plantas que no eran plantas, después de todo: mejor evitarlas. Shonto ayuda a quienes se ayudan a sí mismos.

Y los khorks tampoco subían sino rara vez por el largo, serpenteante camino hasta la meseta y la fortificación que la dominaba. Pues ¿qué habrían podido encontrar allí, de valor, entre los fieros jinetes, unos pacíficos cazadores, leñadores, pescadores y labriegos, como eran ellos?

Sólo un puñado de mercaderes ambulantes, casi todos mestizos y por ello más o menos abiertamente despreciados por ambas nacionalidades, pero con espíritus más aventureros que interesados en la ganancia, atravesaban cada año el Kangayowa, de oeste a este o viceversa. Con sus recuas de acémilas cargadas de fruslerías y relatos sobre la vida cotidiana de ambos pueblos, a menudo bastante exagerados y llenos de historias de cambiapieles khorks y fantasmas yowa, los media sangres eran intermediarios naturales entre ambas naciones.

Sólo los dioses saben por qué los khorks no habían sufrido la sequía del 4322 dfw tan duramente como sus vecinos del Oeste.

Pero, viniendo desde el occidental Mayabún, arrastradas por el viento del este, las nubes hinchadas de humedad descargaron generosas su carga en la estrecha franja de sus tierras, como cada primavera, antes de arrastrarse ladera arriba trepando los abruptos picachos de las Jawar… y descender luego, ya frías y frustrantemente secas, sobre la anchurosa estepa yowa.

Aunque manejan con envidiable habilidad tanto el hacha de leñador como el cuchillo y el arco largo de caza, el arpón y la red de pesca, y saben deslizarse tan silenciosos como sombras por sus territorios nativos, lo que tal vez explique su reputación de cambiapieles, los khorks de tierra adentro no son exactamente guerreros.

No les gusta combatir en formación, ni usar armaduras, ni obedecer voces de mando.

Sin caballos, pocos tienen idea de cómo montar. Sus parientes de la costa también prefieren navegar a cabalgar. El centenar de nobles menores que integra la guardia real capitalina, con excelentes armaduras, bien armados y adiestrados, pero escasos en número, no sólo constituyen el único cuerpo montado del país, con sus enormes sementales tan blindados como sus jinetes, sino también lo más parecido a un ejército con lo que cuenta la nación. En su poder se encuentran, además, casi todas las escasas armas de fuego del arsenal khorks, compradas en su mayoría a los tumbrianos, como era de esperarse.

Y sus torneos, vistosos espectáculos públicos en los que los acorazados jinetes rompían lanza tras lanza contra los escudos y armaduras de los rivales, pero sin causarles mayor daño, o se enfrentaban con espadas de metal, pero sin filo, del mismo incruento modo, lo más parecido a combates terrestres que había conocido la nación, en generaciones.

Cuando las aullantes hordas yowas cayeron de repente sobre los indefensos poblados del Khork interior u occidental, a sus pobres habitantes de bien poco les sirvió su destreza con el arco, el hacha y el cuchillo, ni su discutible reputación de brujos cambiapieles.

Tampoco la guardia real, con sus lorigas, armas de fuego, caballos y torneos. Ni todas las galeras de guerra fondeadas en Grakhork. Ni su famosa infantería de marina, los aguerridos Perros de Mar, de brazos robustos por sus largos días de bogar en las galeras reales.

Menos aún, las murallas de bloques de coral reforzadas con moderna artillería que protegen la capital.

Inútiles fueron hasta las toscas empalizadas que rodeaban las aldeas khorks, concebidas más bien como defensa contra animales salvajes, como lobos y osos pescadores, que contra invasores bípedos.

O el valor de sus mujeres que, acostumbradas a compartir todas las labores con sus hombres, tampoco se quedaron atrás en la desesperada defensa de sus hogares.

Ululando y rugiendo como bestias salvajes, para aumentar la confusión y sembrar el pánico entre sus enemigos, incontables miríadas de famélicos yowas saltaron ágilmente desde sus monturas hasta los muros de troncos, treparon por ellos como simios o los derribaron. Y su veloz caballería ligera penetró detrás, lanzando flechas y dando tajos a diestro y siniestro. Abrumando a sus víctimas por la simple, pero siempre efectiva fuerza del número.

Pues creen los nómadas que la cantidad, cuando es lo bastante grande, crea su propia calidad.

La furiosa invasión de los bárbaros esteparios, venidos del otro lado de las montañas Jawar, envolvió las aldeas khorks, una tras otra, como mismo la riada anega los campos en los años de mucha lluvia.

Aunque con bastante peores consecuencias.

Eran muchos, los guerreros a las órdenes del gorakan Yarawo; insuperables jinetes y habilísimos arqueros montados, todos… y la urgencia y preocupación por el futuro de sus familias, en Yowa, ponía una inaudita furia en sus ataques.

Separadas entre sí, las pequeñas aldeas khorks de la frontera fueron vencidas y saqueadas en veloz sucesión. Sus escasos tesoros, arrebatados; todos los hombres, hasta los que se habían rendido, pasados a cuchillo sin piedad. Hay quien dice que cocinados y devorados por los famélicos invasores, pero no consta que los yowa practicaran nunca el canibalismo, ni siquiera en las épocas de peor hambruna.

Las mujeres khorks, aunque tras dura lucha, también acabaron muertas, las afortunadas… cautivas, violadas y esclavizadas, todas las demás.

Las voces de algunos shamanes extremistas se alzaron, incluso, exigiendo el sacrificio de todas a Shonto, por el sacrilegio de luchar junto a sus hombres.

Pero fue el expreso deseo del gorakan que la vida de las prisioneras, al menos, fuese respetada… pues habían combatido con asombrosa bravura, bien que sin gran habilidad ¡mujeres al fin!

Y, sobre todo, fueron vaciados los graneros de los vencidos campesinos, hasta el último saco. Sus aves de corral, degolladas; sus grandes bueyes, sacrificados y carneados.

Lo que condenaba automáticamente, a los escasos ancianos y niños khorks que dejaron detrás con vida las satisfechas hordas yowas, al retirarse, a una lenta, terrible muerte por inanición.

Pues los frutos de la pesca y la caza no bastarían para sostenerlos. Sobre todo, después de que los bárbaros nómadas asustaran a peces de los lagos y moradores del bosque por igual, con sus caballos, gritos… y llamas.

Pues dio también orden, el implacable gorakan Yarawo, de que, al abandonar cada aldea expoliada, se le prendiera fuego. Lo mismo que a los seculares bosques circundantes. Era la vieja y siempre eficaz táctica de tierra arrasada, en la que los yowas eran indiscutibles maestros; lo que no podían llevarse en sus monturas, tampoco lo aprovecharía el enemigo.

Los pocos adultos khorks sobrevivientes huyeron a la espesura, y se reunieron en pequeños grupos, todos con el dolor de la pérdida en los rostros demacrados… y el fuego de la venganza en los ojos oscuros y destellantes.

Dicen que los que no tenían ya los dientes afilados se los aguzaron, todos, esa misma noche. Y que, tras cortarse también las largas coletas de las que están orgulloso estaban, celebraron misteriosos y prohibidos ritos, en los que sacrificaron sus almas a extrañas entidades del bosque, tan antiguas que estaban allí desde mucho antes que los primeros hombres hollaran esas tierras, pero ¿quién puede asegurarlo?

Luego partieron a hacer difícil la vida a los invasores. Aunque eran unos pocos cientos, apenas una gota de agua contra el gran río de furiosos guerreros llegados del Shonto-gawaz.

Convencidos, tras sus éxitos iniciales, de que no encontrarían resistencia firme u ordenada en ninguna parte del país invadido, los quince mil hombres de Yarawo se dividieron en varias columnas, para saquear mejor la tierra khork.

En pocos días, ya el antes apacible país de cazadores, leñadores, pescadores y labriegos ardía y gemía bajo los cascos de sus hirsutos ponies.

Siglos atrás, antes de que se estableciera el tratado oral, pero cuyos claros términos los kanes acababan de violar claramente con su inesperado ataque, frente a cada invasión de los bárbaros occidentales, los monarcas de Grakhork, más interesados en la grandeza marítima de su nación costera que en el bienestar de sus sencillos súbditos de tierra adentro, y seguros tras las murallas de coral de su ciudad, siempre se habían encogido de hombros y aceptado con filosofía las duras pérdidas en hombres y madera por culpa de los nómadas incursores. Como un mal necesario.

O, al menos, como algo contra lo que no se podía luchar, como tampoco tenía sentido pensar en combatir a los maremotos, tempestades y leviatanes que diezmaban su amada flota de altura, en el Agadea o el Falgabe. Como sí luchaban, en cambio, contra los rapaces y ágiles catamaranes de los piratas zumtaros y las carracas de los mercaderes gadeos rivales.

Los fríos números no mentían. Era mejor abandonar a su triste destino a los escasos e infelices súbditos de occidente. Pus costaría demasiado caro poner en pie de guerra un ejército mercenario lo suficientemente fuerte como para obligar a batirse en retirada a los salvajes e intrusos nómadas de allende las Jawar, nacidos para la guerra; más aún, darles tal lección que nunca más se atrevieran a volver a bajar, desde su inexpugnable Kangayowa, a asolar la sufrida tierra khork.

Y los reyes de Grakhork siempre amaron más al dinero que a sus sufridos súbditos…

Pero, en 4321 dfw, año del guepardo y la gelatina, apenas catorce meses antes del ataque yowa, Korgalth I, apodado El Hermoso por su gallarda figura, o también el Maestro del Tablero, por su destreza con los agujeros y clavijas del ychort, había muerto con el corazón debilitado, a los 79 años de edad.

Y acto seguido fue coronado su hijo y sucesor: Korgalth II.

El flamante monarca tenía sólo 26 años. Crecido en palacio, a la poderosa sombra de su elegante progenitor, y con los oídos llenos de los elogios de sus cortesanos, se creía superior a todos. El más sabio, el mejor navegante, el más diestro jinete, el mejor jugador de ychort… después de su difunto e insuperable padre, claro.

Sobre todo, el más temible guerrero… pese a su figura regordeta, su cabello ralo y su estatura más bien baja: una estampa nada heroica. Y tan diferente de la magnífica planta de su difunto padre, que las malas leguas llegaron a poner en duda su legitimidad…

Empeñado en superar a toda costa al gallardo autor de sus días, Korgalth II había leído todos los viejos libros sobre estrategia militar de la real biblioteca: cinco o seis. Y se pasaba los días jugando al ychort. Como sus aduladores cortesanos se dejaban ganar sistemáticamente en la contienda estratégica de los agujeros y las clavijas, ya se creía un talentoso general.

Soñaba con ganarse un digno sobrenombre: El Audaz, o tal vez ¿por qué no? incluso El Invencible. Con dejar, espada en mano, su huella indeleble en la historia patria ¡tal vez en la de toda Ardabla! y merecer el amor o a la veneración de su pueblo ¡o al menos su respeto y gratitud! superando a todos sus indolentes predecesores…

Pero también, ¡aunque nunca hubiera confesado tal cosa! aún se sentía inseguro en su enjoyada silla.

Quizás porque ninguna princesa de un poderoso reino extranjero había respondido favorablemente a las muchas propuestas de matrimonio que en nombre suyo habían llevado a media Ardabla los casamenteros reales, en veloces galeras.

Ni de Abula ni de Tumbria, ni de la recóndita y arenosa Haz-Meleth o las islas gadeas ¡ni siquiera de las lejanas Obolobo o Xasta, en el occidental Ñénza! había recibido respuesta alentadora alguna

Y no era extraño: aunque los retratos de Su Majestad trataban de disimular a toda costa, tanto sus libras de más, como una casi total carencia de barbilla, que ni siquiera conseguía ocultar con una viril barba, dada su innata escasez de cabello… lo cierto es que fracasaban miserablemente en ambos empeños.

Hay cosas que no pueden esconderse. La apariencia del joven monarca khork no era el mejor argumento para convencer a una futura esposa. Y su pequeño reino atrapado entre el mar y la montaña tampoco tenía grandes riquezas que ofrecer, a ninguna princesa foránea.

Pero, ahora, tomando la invasión yowa como una grave amenaza a su capital, como un insulto personal a su reciente coronación y a la vez como la providencial oportunidad que esperaba para comenzar a cimentar su propia leyenda de gloria, el rechoncho, casi calvo y fatuo jovenzuelo decidió reaccionar enérgicamente al desafío.

Pese a la advertencia contra tal línea de acción, inédita en la historia nacional, de sus más sabios consejeros. Como la veterana coronela Ygrelth, descendiente de inmigrantes hifhones. Y que, tras una vida luchando bajo banderas extranjeras, rica y con una mano perdida en batalla, había vuelto a su patria, con el nada secreto sueño de envejecer y morir en paz.

Proclamó el rey, vehemente, que la Patria entera peligraba. Remarcando la mayúscula. Exageraba… y bastante, por supuesto. Los reyes suelen hacerlo.

Era cierto que, dada la estrechez longitudinal del país, un jinete en un buen caballo ¡y a los yowas les sobraban! sólo tardaría tres jornadas, galopando por las anchas y excelentes carreteras asfaltadas tendidas por Kurgaleth IV, el abuelo del actual monarca, en alcanzar Grakhork, partiendo desde Kangayowa.

Pero, en sus incursiones siglos atrás, cuando no existían tan magníficos caminos, los bárbaros del oeste nunca atacaron la ciudad portuaria. Ni tampoco planeaban hacerlo ahora, pese a la aparente facilidad de la jornada: una vez frente a la costeña Graghork, habrían tenido que vencer sus altas murallas de coral tallado, y bien artilladas, además.

Y todo ese esfuerzo ¿para qué? si jamás les interesaron barcos ni fondeaderos, a los salvajes jinetes del Shonto-gawaz. Para ellos, ya lo sabemos, todo mar no ha sido nunca sino un despreciable, repugnante vómito del Cielo.

Por otro lado ¡qué heroico sonaría: Korgalth II, El Salvador de Grakhork! Olvidando a la guardia real, a las murallas coralinas y sus cañones.

¡O, incluso, Salvador del país entero! ¡o de toda Ardabla!

Había que hacer algo, en todo caso. Y rápido. La nación ¡y su soberano! no podían darse el lujo de seguir perdiendo valiosos troncos, si querían continuar ampliando su armada ¡en el sagrado nombre de Wylan!

Cuando los reyes quieren ver en algo una amenaza a su poder, generalmente terminan convenciendo a sus súbditos de que tal peligro es real. No es magia; se llama política.

Tras el alarmista anuncio de Peligro Nacional, Su Enardecida Majestad convocó a una leva patriótica general y urgente.

No hubo muchos voluntarios…

Por suerte, sabedor de que, pese a sus recios brazos, acostumbrados a luchar en inestables cubiertas y con escasa armadura corporal, para no ahogarse si caen al agua, los Perros de Mar, las tropas de su armada, muy competentes y temibles en toda clase de batallas navales contra piratas y mercaderes competidores, no serían tan buenos soldados en tierra ¡y menos para enfrentar a la diestra caballería nómada! el joven soberano también tuvo suficiente discernimiento ¡y valor! como escuchar a la veterana coronela Ygrelth… y echar mano del tesoro del reino.

Para contratar a las mejores fuerzas mercenarias que el dinero podía pagar.

Tras sacar algunas cuentas con su fiel y silencioso edecán, Juborth, un joven nacido en el occidental Obolobo con el nombre de Amaaliba, Korgalth II consideró que podía permitírselo.

¿Para qué sirve el dinero, si no es para gastarlo y encontrar soluciones, en tiempos de crisis?

Tuvo una suerte providencial, el joven y pretencioso monarca: un regimiento entero de magníficos catafractos abulanos, cuyas seis panzudas carracas de rojas velas habían hecho escala en Grakhork durante el largo viaje de regreso a su cálida patria sureña desde la lejana Pondiria, donde llevaban años combatiendo, se dejó convencer por su oro.

Su líder, el coronel N´bule, un guerrero tuerto y tan veterano que su manojo de trenzas llegaba a la cintura, cuando se las soltaba, los conduciría a todo galope al occidente, hacia las Jawar, para atajar a los yowas, a tres días de camino.

Y, dado que los bolsillos de los mercenarios sureños de oscura piel estaban casi del todo vacíos, después de ser licenciados por los pondirianos, que acababan de firmar la paz con la vecina Hi-Fhon, contratarlos tampoco les salió demasiado caro, al afortunado rey.

Ni siquiera tuvo que gastar en bastimentos, que encarecen toda campaña militar: para viajar más ligeros, los estoicos jinetes abulanos están acostumbrados a subsistir de lo que forrajearan en campaña.

También mostró, Korgalth II ¡o le aconsejó, el callado y previsor Juborth! prudencia suficiente como para, pese a toda su sed de gloria, no marchar en persona hacia la zona de guerra, con el contingente de N´bule.

Al menos, al principio…

A los ocho días de comenzada la ola de pillajes de las huestes yowas, y cuando ya esporádicos y providenciales aguaceros al menos habían extinguido la mayor parte de los fuegos que lo nómadas prendieran en los bosques, ochocientos catafractos llegaron a galope tendido desde la costeña capital, con sus pesadas armaduras resonando al trepidante paso.

Al frente de la fortísima columna montada flameaban, juntas, la bandera abulana; el encabritado corcel negro sobre fondo rojo; y el pabellón de Khork, con las dos anchas listas horizontales, roja y azul, imbricándose dentadas en el centro, como los dientes de un escualo.

Con sus corazas reluciendo al sol y las rojas vestiduras y penachos de tela de sus yelmos con facciones humanas ondeando al viento, los jinetes mercenarios eran, sin lugar a dudas, un hermoso espectáculo.

Y también aterrador: sobre todo para los yowas, cuando tomaron por sorpresa a una de sus más nutridas hordas, que acababa de desvalijar e incendiar su enésima aldea khork: los dos mil jinetes del kan Yoganda.

La única oposición que habían encontrado, hasta ese día, los invasores, eran unas misteriosas, esporádicas incursiones nocturnas, en sus campamentos. En las que desaparecían siempre unos pocos hombres… que eran invariablemente descubiertos, a la mañana siguiente, desollados y/o desmembrados ¡a veces ambas cosas! con metódica crueldad, en la espesura más cercana. Sin que nadie hubiera escuchado ni uno solo de los desgarradores gritos que tan dolorosas ejecuciones debían, por fuerza, generar.

Otras veces, los invisibles enemigos prendían fuego a los caballos, y masacraban a flechazos a los hombres, cuando huían despavoridos de los ponies desbocados y en llamas.

Los audaces, pero supersticiosos guerreros nómadas del Oeste empezaron a llamar, a esos elusivos asesinos, “ryukeshas”: Soplos Letales, en lengua yowa. Porque la mayoría de las veces apenas si se escuchaba un rumor como de viento… y con él llegaba la muerte.

Decían que todos usaban el cabello cortado al rape… y muchos eran cambiapieles.

A la temible cabecilla de los escurridizos guerrilleros, una mujer enorme y obesa, con los dientes afilados como una fiera, a quien muchos sobrevivientes yowas juraban haber visto, a la luz de las llamas, destrozando hombres con su maza, como si fueran simple y delicada vajilla, la bautizaron Partecráneos.

A los guerrilleros khorks y a su líder les gustaron ambos nombres y los adoptaron enseguida, con entusiasmo. Aterrar al enemigo es una antigua y siempre válida estrategia. Y todo recurso es válido, cuando se lucha en inferioridad de condiciones.

Incluso esas relativamente insignificantes pérdidas habrían creado un saludable temor, en cualquier otro pueblo menos aguerrido… pero los yowas sabían que en toda guerra se muere tan fácilmente como se mata.

Si los culpables de aquellas bajas eran khorks cambiapieles… pues bien; estaban en su derecho ¿no? Y tampoco era un precio tan alto a pagar, por arrebatarles sus vituallas, esclavizar a sus mujeres y destruir sus aldeas.

Shonto proveería, como siempre había provisto.

Por terribles que fueran en combate singular, Partecráneos y sus ryukeshas eran pocos. No los detendrían, desde luego.

Pero los catafractos abulanos ya eran otro cantar.

Aunque su número duplicaba holgadamente al de sus atacantes montados, los altivos nómadas del kan Yoganda descubrieron pronto, con incómodo asombro, que las flechas de sus recurvos arcos compuestos rebotaban inofensivas, tanto en las testeras, capizanas y petrales de placas, como en las flanqueras de cota de escamas que protegían a los grandes corceles de sus atacantes.

También eran inútiles contra los impresionantes yelmos con facciones humanas, petos musculados, brazales y grebas de placas que usaban los hombres negros vestidos de rojo… lo mismo que contra el resto de su armadura, de cota de escamas cosidas sobre cuero, algo más flexible.

Mientras que las ballestas de mano y las modernísimas pistolas, muchas de dos cañones y todas de llave de rueda, que usaban los jinetes mercenarios del sur, sí diezmaban duramente, con sus proyectiles, a las nutridas pero desordenadas filas de los bárbaros del Oeste.

De tal guisa, incluso antes de que las armas tradicionalmente más temidas y eficaces de los catafractos, sus largas lanzas y sus pesadas espadas de hoja recta, mordieran las carnes de los invasores, sin más protección que burdas corazas de cuero hervido y casquetes forrados de piel del mismo endeble material, ya los hombres de Yoganda habían sufrido numerosas bajas, por obra de las balas y virotes adversarios.

Y luego fue aún peor: aunque veloces, resistentes y ágiles, los pequeños, hirsutos ponies de la estepa no eran ni remotamente rivales para los enormes sementales de guerra abulanos. En un choque frontal, un corcel catafracto, de gran alzada, podía derribar hasta a dos jamelgos yowas a la vez. Hiriéndoles de muerte, incluso, con sus cascos, sus dientes… o con la larga púa que asomaba de su blindado petral.

Porque las monturas abulanas sabían pelear tan bien como sus jinetes.

Los corvos y ligeros sables de los yowas tampoco podían medirse con éxito con las recias lanzas y las largas hojas rectas de doble filo que blandían sin piedad los mercenarios, que cargaban contra ellos aullando su aterrador grito de guerra:

¡Avoyun kangüé! ¡avoyun kangüé!

O sea, en abulano: “No hacemos prisioneros”.

Fue una masacre.

Los curtidos combatientes montados de la costa septentrional de Bureka, indiscutibles profesionales de la guerra, arrollaron por completo al clan de Yoganda, cuyos hombres combatían con furia salvaje y total desprecio a la muerte, sí… pero no eran rivales tácticos para los enormes caballos y sus jinetes, con armadura y armas de fuego.

Tampoco eran muy duchos que digamos en estrategia, los bárbaros yowas. O no tenían demasiado sentido común: obstinadamente, se negaron a retirarse, pese a sus grandes pérdidas.

Hasta el mismo kan cayó, al fin, roto el cráneo de un balazo afortunado, mientras peleaba hombro con hombro junto a sus huestes.

Las bajas del regimiento mercenario, en cambio, fueron mínimas.

Y no hicieron prisioneros, como era de esperarse.

Dicen que Su Majestad Korgalth II bailó como un loco, en la capital, al enterarse de “su” gran victoria, gracias a un mensajero enviado por el eficiente y considerado N´bule, inmediatamente después de la exitosa escaramuza. Que sólo alguien tan presuntuoso como el monarca pudo atreverse a tachar de batalla.

De hecho, desde ese día, el joven y engreído soberano comenzó a exigir que le llamaran Korgalth II El Salvador…

En la semana posterior, acostumbrados a luchar clan contra clan en las casi ilimitadas extensiones del Cielo de Hierba, los dispersos jinetes adoradores del Cielo siguieron sin saber cómo aprovechar sus únicas ventajas contra el nuevo enemigo: capacidad de maniobra y número superiores.

Y, acorraladas por separado entre bosquecillos y lagunas, varias hordas fueron destrozadas, una tras otra, por el eficiente N´bule y su tropa de acorazados jinetes mercenarios.  Aunque ninguna tan numerosa como la de Yoganda.

De esos clanes yowas vencidos, vez murió casi hasta el último hombre, cada vez. Pues, si bien los rubios criadores de ganado de Occidente no consideran proceder censurable el retirarse ante fuerzas superiores, sin presentar batalla, una vez que han entablado combate sí parecen experimentar una insuperable aversión a darse a la fuga o rendirse, mientras aún puedan sostener el sable, tensar el arco… o, sobre todo, sostenerse en la silla de montar ¡indigno de auténticos guerreros, es morir a pie!

Tan completas fueron las matanzas de invasores por los catafractos abulanos, que ni siquiera quedaron nómadas suficientes para erigir las picas funerarias con las que se entregan los cadáveres yowa a los alados mensajeros de Shonto… así que, prudentemente, los mercenarios de N´bule optaron por quemar los cuerpos, antes de que el hedor y la putrefacción desatasen alguna epidemia entre ellos mismos.

¡Supremo sacrilegio para los adoradores del Cielo! ser enviados, en forma de humo, al seno de Shonto.

Muy satisfecho con tan espléndido resultado, y dando una nueva y gran sangría a los fondos reales, Korgalth II El Salvador envió inmediatamente a Gadea y Tumbria, en sendas y veloces galeras de cien remos, cada una escoltada por otro par de buques de guerra, para poder así cruzar el Agadea y el Falgabe sin miedo a los piratas zumtaros y sus catamaranes, a dos nobles de toda su confianza.

Eran Horth, duque de Julgraz; y Bulith, marqués de Harmalk. Nombrados embajadores plenipotenciarios de Khork y de su real voluntad, en Arbastalaba y Ekirgán, ante los dirigentes de ambas poderosas naciones.

El marqués era alto, serio y seco, casi pobre; el duque, pequeño y regordete, muy divertido y escandalosamente rico. Ambos nobles, ya bien entrados en la sexta década de sus vidas, habían sido buenos soldados, en su juventud, bajo Korgalth I El Hermoso. Amigos y rivales, ya eran demasiado viejos para combatir, pero gozaban de toda la confianza del joven monarca, del que los dos habían sido preceptores… y, además cada uno hablaba fluidamente el idioma del pueblo con el que debía negociar.

Los ancianos y respetables aristócratas, en tanto que representantes de la corona, llevaban respetuosas y protocolares cartas lacradas, para el patriarca Sorikalai y los reyes gemelos Walo y Wodo, respectivamente.

Con formales peticiones de ayuda que, en alambicada prosa y bella caligrafía, invocaban la solidaridad entre pueblos soberanos y la necesidad de cerrar filas frente a la amenaza bárbara. Y alguna que otra promesa y/o propuesta de matrimonio.

Pero, sobre todo, Horth y Bulith también cargaban con hinchados sacos de oro. Con el explícito propósito, tras toda su diplomacia oficial, de contratar, embarcar y enviar a Khork, en el menor tiempo posible, sendos contingentes de las mejores tropas de cada nación: un regimiento de piqueros gadeos y otro de arcabuceros tumbrianos… por lo menos.

El rey prometió solemnemente nombrar príncipe al noble que hiciera más por su patria en peligro.

Impaciente, sediento de gloria y seguro del triunfo, entretanto llegaban tan decisivos refuerzos extranjeros, y al comenzar la tercera semana de la guerra, Korgalth II El Salvador, al fin consideró que había llegado el glorioso momento de unirse al eficiente N´bule y sus veteranos catafractos. Junto con su callado edecán Juborth, su consejera, la manca y veterana coronela Ygrelth… y su guardia real.

Incluido su jefe, el adusto barón Talberth de Termokh. A quien, pese a ser hermano de la bella baronesa Yaralth, actual favorita del trono, nadie podría acusar de haber obtenido su puesto por favor del soberano.

Más alto que el mismo coronel N´bule, el barón era un auténtico gigante, fornido y tan tosco que nadie habría creído que fluía sangre noble por sus venas. A diferencia de la mayoría de los nobles, que preferían lorigas relucientes, esmaltadas y con caprichosas volutas, ángulos y adornos, su armadura era puramente utilitaria… y oscura como la noche.

Su espada también era por el estilo: un mandoble sin refinamientos, de larga, tosca, pesada, y ancha hoja, más parecida a las armas de los catafractos ¡aunque todavía mayor! que la que llevaría un aristócrata.

Algunos cortesanos se burlaban de sus dimensiones y burda factura, llamándola despectivamente La Barra, y la consideraban una hoja adecuada sólo para un carnicero.

Pero nunca expresaban tales comentarios cerca de su dueño, por supuesto; en los torneos amistosos, Tarbelth era imbatible. Y siempre daba la impresión de que se contenía a duras penas, para no herir o matar a sus contrincantes con su tremendo vigor. Todos los hombres de la guardia real habían caído contra su lanza, o bajo su espada, cada vez que lo enfrentaban.

Más allá de sus pupilas de dos colores, el parecido del imponente barón de Termokh con su delicada hermana no resultaba del todo obvio. Su rostro, tal vez agraciado en su juventud, se había convertido en aterrador, gracias al auténtico muestrario de cicatrices que lo surcaba: las huellas de toda una vida con las armas en la mano. Pues sus únicos intereses eran la seguridad del rey y la grandeza de la patria. Jamás se había casado, y ni siquiera se le conocían amantes, mucho menos hijos bastardos.

Era, en fin, un soldado nato, duro y eficaz, fiel y confiable… aunque no tuviera fama de ser muy inteligente.

Tras el soberano, sus consejeros más allegados y la guardia real, marcharon, con los pies llenos de llagas por culpa de las burdas sandalias apresuradamente confeccionadas para ellos por todos los zapateros de la capital ¡pues en la bamboleante y resbaladiza cubierta de las galeras de guerra solían pelear descalzos! unos tres mil infantes de marina de la armada.

Eran los famosos Perros de Mar khorks, que habían ganado reputación de formidables, y respeto para su patria, en innumerables batallas navales, ya fuese contra los navegantes gadeos o los piratas zumtaros.

Se decía que sólo temían al leviatán… bestia que, por otra parte, rara vez se dignaba a subir a la superficie de ningún océano que no fuese el Mayabún, aunque los zumtaros se vanagloriaban de haber capturado alguna que otra con sus naves de doble casco…

A los Perros de Mar los comandaba el comodoro Lomborth, un viejo y callado marino cuya única peculiaridad era su costumbre de afeitarse el cráneo al estilo gadeo. Iba preocupado por la inédita perspectiva de tener que combatir en tierra firme.

Todos en su tropa eran gente de la costa. Un puñado iban armados con hachuelas de abordaje: hojas cortas y ligeras, perfectas para combatir cuerpo a cuerpo en las apretadas aglomeraciones que solían formarse en la cubierta de los buques en pugna.

Pero la mayoría se fiaba más de sus característicos sables, los falquiones: temibles hojas de dorso recto y filo curvo, que se ensanchaban hacia la punta, aumentando así su peso y fuerza de corte.

Con sólo tres pies de largo y una nudillera de cazoleta para proteger la mano del que la blanda, aunque el pomo, una recia púa de acero trenzado, tan larga como la empuñadura y que terminaba en la ganchuda cabeza de halcón que le da su nombre al arma, ofrece suficiente agarre para la otra mano, si hay que dar mandobles con él.

O de los formidables guisarmes, astas de seis pies rematadas por una cabeza de guerra de tres puntas: lanza; uncino o gancho cortante delantero; y pico trasero, estos dos últimos perpendiculares al palo.

Como arma para defenderse a distancia llevaban ballestas. Unos pocos, además, cargaban al hombro las largas varas, rematadas en estrechos tubos de hierro, de cañones de mano, todos hechos en Tumbria… algunos hacía casi un siglo.

Las armas de fuego no son muy confiables, en altamar: la humedad tiende a mojar e inutilizar su pólvora. La mayoría de los Perros de Mar no las usaban.

Los atezados infantes de marina iban protegidos sólo por gruesos gambesones guateados y teñidos de azul, cuyas mangas muchos enrollaban, para presumir de los musculosos brazos, endurecidos por el duro, constante bogar en las galeras reales.

Pero ni a uno sólo le faltaba su buen casco de acero: la característica cervelliera. Un capacete hemisférico, así llamado porque protege el cerebro… y con una celada de reja añadida, también el rostro.

Es sabido que las puntiagudas astillas que saltan de la obra muerta de los buques, al sufrir el impacto de los proyectiles de piedra o metal de las catapultas y/o cañones enemigos, matan a más gente que el fuego directo, en las batallas navales.

Y lo primero que aprende un buen marinero de combate es a mantener a salvo cabeza y cara de tan peligrosos fragmentos ¡escasos son los que sobreviven, tras una herida en el cráneo! ¡y a pocas mujeres les gustan los rostros masculinos desfigurados, por muy heroicamente que se hayan ganado tales cicatrices, sus portadores!

Sólo los oficiales y sargentos de los infantes de marina llevaban escudo: pequeñas rodelas metálicas, distintivos de rango. También, de vez en cuando, soplaban las caracolas, cuyo grave sonido usaban para trasmitir órdenes y amedrentar al enemigo.

Cada Perro de Mar llevaba, colgado a la espalda en bandolera, un atado con unas pocas libras de pescado seco y limones para combatir la sed: sus provisiones habituales, con las que podían mantenerse luchando toda una semana.

Cervellieras ajustadas en las cabezas, guisarmes al hombro, falquiones y hachuelas de abordaje colgando de los cinturones, al son de sus bramantes caracolas, y con el balanceo típico de los hombres acostumbrados a que el suelo se mueva todo el tiempo bajo sus pies, los Perros de Mar avanzaban con lentitud por las carreteras asfaltadas.

Se sentían desgarbados y torpes; si bien numerosos y aguerridos en el océano, en tierra no eran un destacamento de infantería muy temible. Al menos todavía…

Pero el rey deseaba que, aunque apenas entraran en batalla contra la escurridiza caballería yowa, el grueso del pomposamente recién bautizado Ejército Libertador fuera khork. Por la épica nacional, el patriotismo y todo eso…

Entre el monarca, su guardia real montada y la por fuerza más lenta infantería marina del comodoro Lomborth, rodando con estrépito sobre el liso asfalto, iban también medio centenar de carretas de cruciales provisiones… pues el alimento mantiene luchando a los soldados.

Y otros tantos vehículos tirados por bueyes y llenos de tapices, vajilla y muebles finos. Indispensables para el confort real.

Amén de un par de docenas de ricos carruajes en los que viajaban Motkath, el anciano médico de Su Majestad, de cabeza calva, pero larga barba blanca, además de una docena de criados…

…y, finalmente, pero no por ello de menos importancia, varias de las amantes reales.

Empezando por la hermana del jefe de la guardia real, la hermosa baronesa de Termokh… tan ambiciosa y astuta como el barón era simple, austero y directo: Yaralth, llamada “la diosa de los ojos de gema” por el curioso rasgo de familia que compartía con Tarbelth: tener una pupila azul y otra verde. Ambos colores muy raros entre los khorks, casi todos de ojos oscuros, y que indicaban algún antepasado extranjero, según las malas lenguas.

Aunque nadie se habría atrevido a utilizar públicamente el insidioso término “media sangre” con ninguno de los Termokh; los aristócratas eran… otra cosa.

En vano intento por imitar la gracia de Yaralth, que solía ondularse el pelo y pintárselo de verde, o sobre todo, de azul, todos ambos que combinaban que daba gusto con sus ojos, muchas nobles de la corte también se rizaban y teñían su cabello de colores inverosímiles: rojo, púrpura, rosado, fucsia… y lo llevaban siempre suelto, a la moderna e inmoral moda extranjera.

También como la baronesa, procuraban llamar a toda costa la atención de su rey, exagerando sus escotes hasta la impudicia y recortando sus faldas hasta mostrar, apenas velados por ceñidas medias de seda, sus opulentos muslos… y bastante más arriba, a veces, para escándalo de los sencillos khorks y, especialmente, de sus adustos arciprestes, los sacerdotes de Wylan.

Yaralth era la brújula que marcaba el rumbo de la moda en palacio, y ella lo sabía… y lo disfrutaba.

Además de las tropas montadas y de a pie, la impedimenta, los víveres, el médico, la servidumbre y las queridas, el séquito real lo integraban decenas de refinados aristócratas. Que, en su aplastante mayoría, pese a las caras y bien decoradas armaduras con las que se protegían, los caros corceles que montaban y sus encendidas palabras, jamás habían visto una verdadera batalla ni siquiera de lejos.

Ni querían verla, tampoco.

Muchos de hecho, ni siquiera habían participado nunca ni en los incruentos torneos amistosos en los que el barón de Termokh no tenía rival.

Pero alejarse del rey significaba perder algo de su favor, así que…

Tras todos ellos, en confusa barahúnda, iban cientos de personas más: el inseparable séquito de civiles que pisa las huellas de cualquier ejército que se respete, y cuya variopinta composición engloba a duras penas el genérico término de seguidores de campamento.

Talabarteros, arrieros, cocineros, herreros, afiladores, zapateros, chalanes, carniceros, carpinteros, sastres, cerveceros, tahúres, asesinos, ladrones, vendedores de comida y de cuánta baratija pudiera imaginarse…

Y muchas, muchas mujeres.

Unas eran las esposas o concubinas de los Perros de Mar; hembras casi tan duras como sus hombres, encantadas de, por una vez, poder seguir por tierra a sus maridos o amantes, en una campaña.

El resto eran las representantes del oficio más antiguo de Ardabla, igual de curtidas. Solas o con sus chulos: hombres corpulentos y musculosos de mirada desafiante, pero claramente incómodos por tener que aparentar la rudeza inseparable de su profesión, entre tanto soldado de veras hecho a tratar con la muerte, día a día.

Más muchas costureras, manicuras, vendedoras de alimentos, peinadoras… y de otros oficios. Que, por la oferta apropiada, tampoco dudarían mucho en vender su cuerpo.

Incluso iban las sofisticadas chicas de la gadea Yerdirath, con sus cabellos teñidos y sus trajes imitando los de las cortesanas. Muchos en la capital lamentaron amargamente que las furcias más distinguidas del país marcharan con el Ejército Libertador, pero la obesa matrona dijo que tenía un deber irrenunciable, para con su patria adoptiva: algunos peleaban de pie… otras, tendidas.

Korgalth II y su enorme comitiva pronto conocieron notables éxitos en el campo de batalla. Él… o más bien N´bule y sus catafractos, fueron batiendo a los invasores nómadas, combate tras combate.

¡Avoyun kangüé! ¡avoyun kangüé!

En parte, porque las diferentes hordas yowas, más preocupadas por acopiar víveres que por derrotar a aquellos pocos mercenarios negros montados, nunca volvieron a unirse en un único contingente que los hombres del coronel tuerto pudieran desbandar, logrando un triunfo considerable…

Y, en parte, porque junto a los tres mil Perros de Mar del comodoro Lomborth y los pocos centenares de jinetes extranjeros de caballería pesada, ya se había sumado a la gesta libertaria por lo menos el mismo número de silenciosos ryukeshas, todos con la coleta cortada, en duelo por sus difuntos y sus aldeas.

Ahora, encantados de recibir refuerzos de un rey que ninguno de ellos había visto nunca antes, los guerrilleros de Partecráneos, ansiosos de venganza, guiaban a su tropa.

Aunque sin instrucción militar, conocían sus territorios como nadie. Y, fuesen cambiapieles y brujos o no, lo cierto era que podían recorrerlos de arriba abajo, tan veloces e inadvertidos como sombras. Eso, junto con su destreza con el arco largo hecho de tejo, el hacha y el cuchillo, y su sed por la sangre de los ocupantes yowas, los convirtió en una formidable infantería de incursión.

Y cada vez más temible: ¡ay del jinete nómada que cayera en manos de los ryukeshas! por bendecido por Shonto podía considerarse, si moría antes de una semana de atroces torturas; la gente de Partecráneos podían mostrar una sorprendente imaginación, en ese aspecto…

Dicen que hasta el veterano N´bule vomitó, un par de veces, al ver los temblorosos montones de carne a los que sus vengativos aliados habían reducido a algunos prisioneros yowas…

Incluso los infantes de marina del comodoro Lomborth, aunque poco habituados a luchar en tierra firme, pronto estaban haciendo su aporte a la campaña: al llamado de las caracolas de sus sargentos y oficiales, formaban en masas compactas y erizados de puntas y filos, burdamente al estilo de los cuadros de piqueros gadeos, para desalentar las relampagueantes cargas de caballería ligera yowas.

Y si bien no entraron muy a menudo en combate con los escurridizos clanes de jinetes nómadas, al menos bloquearon suficientes caminos como para conducirlos derechos a los catafractos, más de una vez. También fueron muy útiles y eficaces rematando a los caídos, una vez desmontados.

Aunque no exhibieran la fría, eficiente crueldad de la gente de Partecráneos ¡Wylan los librara, de tal saña!

El sentido de la marea de sangre y muerte se había invertido, definitivamente. La bandera rojiazul de Khork recobraba terreno día por día; los bucráneos de toro yowas, adornados con colas de caballo teñidas, retrocedían… cuando no eran gloriosamente arrancados de manos de los cadáveres caídos por los eficaces mercenarios negros del tuerto N´bule, o los vengativos ryukeshas de Partecráneos, de cabezas rapadas; rara vez por los forzudos, pero lentos Perros de Mar del comodoro Lomborth, con sus guisarmes, falquiones, hachuelas, ballestas y caracolas.

Un mensajero a caballo trajo de la capital la magnífica noticia de que tanto el duque Horth de Julgraz, en Arbastalaba, capital de Gadea, como el marqués Bulith de Harmalk, en Ekirgán, capital de Tumbria, habían tenido éxito en sus gestiones … y logrado contratar a mil piqueros gadeos, y el mismo número de arcabuceros tumbrianos, respectivamente.

¡Dos regimientos, en tiempo récord… y a un precio casi razonable!

Como muestra de buena voluntad, los reyes gemelos de Tumbria, Walo y Wodo, incluso, tal vez por pura simpatía con la edad de su colega en el trono de Khork, apenas dos años más joven que ellos, habían enviado ¡gratis! en una de las galeras de guerra del embajador Bulith, a un pequeño destacamento de sus más competentes ingenieros militares: los famosos sombreros de hierro.

Así conocidos en toda Ardabla por sus característicos yelmos, que dejan la cara al descubierto, pero tienen ancha y redonda visera metálica. Cascos los que sólo ellos llamaban paavas, y en otras naciones conocen como capellinas.

Para ayudar al Ejército Libertador en lo que fuese menester.

El principado, por lo visto, iría a dar a las delgadas manos del espigado y adusto marqués de Harmalk.

Al que, de inmediato, su satisfecho soberano envió, en otra rápida galera, un sobre lacrado con nuevas órdenes ultrasecretas… sobre cuyo contenido sólo nos queda especular.

Al menos por ahora.

Y aunque de bien poco podían servir menos de medio centenar de ingenieros, en la persecución de jinetes nómadas, al ver llegar a los sombreros de hierro tumbrianos, los arciprestes dijeron que Wylan, al fin, comenzaba a favorecer a sus sufridos hijos…

Como dijera sabiamente el dios, cuando aún era un hombre, la guerra sólo necesitaba de tres cosas: dinero, dinero… y más dinero.

Aunque, por supuesto, también ayudaban un poquito de motivación nacional… y de bienintencionada solidaridad de los reinos vecinos.

En la lujosa tienda de seda estampada del rey Korgalth II El Salvador, los brindis con selectos licores, por la cercana victoria definitiva del Ejército Libertador, se multiplicaron.

Ya el rechoncho monarca apenas si jugaba al ychort: entre abrazos de sus amantes y halagos de sus cortesanos, se consideraba un adalid invencible; el mejor general de Ardabla de todos los tiempos… si acaso, comparable sólo al mismísimo Wylan.

Incluso ordenó al orfebre real, el hábil xastano Bhuir-Xhoran, cambiar radicalmente el diseño de su corona, que había pasado de padre a hijo de la dinastía reinante en Grakhork, durante generaciones, inalterada.

Exigió que el metalurgo le adicionara una media máscara de oro con facciones, para asemejarla más a un yelmo de catafracto… lo que, de paso, disimularía su galopante alopecia y su no muy viril falta de mentón.

Dicen que hasta probó a ponerse trenzas postizas, al estilo abulano… pero, al ver su aspecto, la bella baronesa Yaralth, cuya tolerancia a la fealdad tenía límites muy precisos, lo obligó a jurarle solemnemente que jamás volvería a usarlas.

Poco después, los kanes yowas, al ver su número reducido a poco más de diez mil, al tanto del próximo arribo de más tropas mercenarias desde Tumbria y Gadea, y tras recordarles sus prudentes shamanes que nunca habían codiciado el húmedo territorio khork, pésimo para pastos, sino sólo sus víveres, convencieron al valiente gorakan Yarawo de que quizás ya iba siendo hora de volver a sus tierras, cargados con el providencial botín de alimentos.

Los objetivos principales de la invasión se habían cumplido, a fin de cuentas: habían capturado suficientes vituallas para salvar a su pueblo de la terrible muerte por inanición… y aunque no eran cobardes ¡nunca un yowa retrocedió en combate! era obvio que tampoco estaban llevando ya la mejor parte contra aquella desconocida y poderosa hueste extranjera, que tan duros jinetes eran y tan ligeras y sofisticadas armas de fuego usaban… ni contra los ryukeshas, aquellos lugareños escurridizos y resentidos, ¿brujos, tal vez? y con tan oscura inventiva para el tormento.

Además, si venían refuerzos… los Perros de Mar khorks, sin duda valientes, pero lentos y torpes en tierra, no preocupaban mucho a los ágiles nómadas… y nunca habían chocado con los tales piqueros gadeos ¿hombres con lanzas contra jinetes? ¡ridículo! ¿qué podrían hacer?

Pero sí conocían bien a los arcabuceros norteños, de sus varios intentos de invadir Tumbria, y no les interesaba en lo más mínimo volver a medirse contra sus letales descargas cerradas. Aunque, cuando llovía, las llaves de mecha de aquellos artefactos fallaran casi siempre… ya estaba claro que Shonto no deseaba que sus hijos diesen nunca más por descontada, la lluvia.

Con la lentitud a las que los obligaban sus resollantes caballos, cuyos espinazos casi se doblaban bajo el peso combinado de sus jinetes y las alforjas hinchadas de alimentos robados, los bárbaros occidentales emprendieron la maniobra más difícil para todo ejército… sobre todo si es grande: una retirada en orden.

El siempre optimista Korgalth II El Salvador y sus aduladores cortesanos cantaron victoria: ¡sólo faltaba perseguir al enemigo en fuga! Un juego de niños, para adalides tan grandes como ellos.

Los Perros de Mar del comodoro Lomborth, de recios brazos y tambaleantes piernas; los pocos, pero feroces ryukeshas de Partecráneos; los formidables catafractos mercenarios del tuerto coronel N´bule; la guardia real del comandante Tarbelth… y hasta los emperifollados nobles de esmaltadas y deslumbrantes armaduras les fueron pisando los talones a los yowas, durante todo el camino hasta las boscosas estribaciones de las Jawar.

O eso, al menos, les hicieron creer, los astutos nómadas…

Al frente de todos los triunfantes perseguidores iba el vanidoso rey. Con su inconfundible loriga blanca con ribetes dorados y su igualmente vistoso yelmo de catafracto, coronado por una alta cimera con la morsa, su animal heráldico ¡temible por igual en mar y tierra! y un prieto penacho, no de vulgar tela roja, como el de los catafractos, sino de carísimas y plateadas plumas de gallo espejo, que sólo crece en refinado cautiverio.

El monarca disfrutaba como un adolescente, el cabalgar a lomos de su manso y enorme castrado blanco, Yolrithg; un regalo personal de N´bule, interesado en garantizar el favor ¡y el dinero! del trono khork.

Un puñado de yowas retrasados, o que tuvieron la desgracia de ver morir a sus ponies, cayeron en manos de los silenciosos, escurridizos, feroces ryukeshas de Partecráneos… y tuvieron un final horrible: dicen que un tramo entero de carretera quedó cubierto con sus pieles sanguinolentas, y orlado de sus cuerpos desollados, algunos aún estremeciéndose y gimiendo en su agonía.

La sanguinaria jefa de los guerrilleros reventó personalmente las cabezas de medio centenar de cautivos, con su enorme masa de nudos.

Pero ni los sanguinarios ryukeshas, ni los nobles montados, ni la cachazuda infantería, ni siquiera los altos y pesados caballos abulanos, siempre más lentos que los hirsutos ponies de los nómadas, ¡incluso bien cargados! entraron ya en contacto con los fugitivos tan a menudo como habría deseado el engreído monarca khork.

Los caballos de la guardia real llevaban caras armaduras de placas: de una sola pieza en las testeras, petrales y bardas, que blindaban sus cabezas, pechos y grupas; articuladas en las capizanas que protegían su cuello y las flanqueras que mantenían ilesos sus costados. Todo el conjunto pesaba más de 120 libras. A las que había que sumarles al menos 180 o incluso 200 de sus jinetes, igual de acorazados.

No podían pelear mucho rato dentro de aquel horno móvil que eran sus lorigas. Aunque fueran a prueba de flechas, funcionaban mucho mejor en un torneo que en campo de batalla. Perseguir a un enemigo elusivo, durante horas y horas, estaba por completo fuera de sus posibilidades, desde luego.

Los catafractos y sus caballos iban algo más ligeramente armados. Los caballos abulanos cargaban con “apenas” 80 libras de coraza, gracias a prescindir de barda y flanqueras rígidas, sustituyéndolas por cota de escamas flexibles. Sus jinetes, altos pero delgados, rara vez pesaban más de 160 libras, incluso con todo su blindaje personal.

Los enormes sementales de Bucera podían desarrollar un empuje abrumador en una carga, y hasta maniobrar con cierta soltura… pero tampoco eran el cuerpo idóneo para pisarles los talones por mucho tiempo a la caballería ligera.

Imparables en las cargas, y en distancias cortas, también se cansaban antes que los resistentes ponies yowas. El sudor les corría patas abajo, su saliva se volvía espumosa, la lengua les colgaba, hinchada, comenzaban a tropezar…

Y lo mismos les sucedía a los catafractos que los montaban: aunque criados en el tórrido clima sureño de Bureka, el calor, incluso más al norte, como en las tierras de Khork, les impedía pelear más de dos horas seguidas: luego, su armadura se volvía un tormento asfixiante e insoportable.

Pero, a pesar de todo, los catafractos se lanzaban al galope tras cada grupito de jinetes yowas que distinguían en el horizonte, con un optimismo digno de mejor causa… y porque el rey les pagaba bien, sobre todo.

Fue en una de esas no muy esperanzadas persecuciones que Korgalth II El Salvador, cansado de nunca acercarse al enemigo en fuga, sediento de gloria, y desoyendo despectivo el prudente consejo de la veterana coronela Ygrelth, aprovechó la superior calidad de su corcel para alejarse de su séquito, que sudaba dentro de sus armaduras.

Mucho se adelantó, al comandante Tarbelth y su guardia real montada, e incluso a los catafractos, junto con su más fiel amigo: el joven Arboth, vizconde de Kalagraz.

Un noble tan apuesto que muchas cortesanas suspiraban por su melena, que él usaba suelta y rizada, al estilo extranjero. Y, en rigor, no pocas de aquellas nobles damas habían pasado por su perfumado lecho; se decía que incluso la mismísima altiva y hermosa Yaralth se había rendido por un tiempo a sus encantos, antes de que su ambición infinita la llevara a convertirse en amante real.

Pese a no ser miembro de la guardia real, el hermoso aristócrata también tenía reputación de ser tan buen esgrimista que nadie podía llevar la cuenta de los duelos en los que se había visto envuelto… ni de los rivales que había enviado al seno de Wylan con su estrecha, larga espada, de filo sencillo, vistosa guarda en doble cruz y puño de plata maciza tachonado de esmeraldas, que él llamaba Matamiedos… pero era burlonamente conocida como Matamaridos, entre sus muchos detractores.

Aunque, a diferencia del barón Tarbelth de Termokh respecto al apodo otorgado por las largas lenguas cortesanas a su espada, La Barra, el dueño de Matamaridos sí estaba al tanto de aquella burlona denominación. Y se reía como el que más. Actitud que lo honraba.

Al rey Korgalth II El Salvador también le fascinaba aquella extraña capacidad del vizconde para burlarse de sí mismo, o aceptar que otros lo hicieran, sin sufrir.

No le importaba que su noble amigo lo hubiera precedido en ¿o incluso compartiera con él? los favores de la bella baronesa Yaralth. Y sólo repudiaba tibiamente que el impetuoso duelista hubiera dado muerte a más nobles khorks que la invasión yowa: si tanto necesitaba demostrar lo buen esgrimista que era ¿por qué no se limitaba a participar en los torneos, con armas sin punta ni filo, donde nadie moría nunca?

Tampoco aprobaba del todo su atrevido peinado, algo afeminado para su gusto; al menos no se teñía el pelo, como Yaralth y tantas mujeres.

Pero en todo lo demás le parecía el compañero perfecto; Arboth de Kalagraz bebía como un soldado, jugaba como un potentado, conocía buenas bromas, le gustaba reír… ¡ni siquiera se molestaba cuando el rey, borracho, lo llamaba por su nombre de pila, como a un plebeyo cualquiera!  O cuando se burlaba de su pretenciosa Matamaridos…

Lo único que realmente no soportaba Su Majestad, del vizconde, era que siempre estuviera criticando a su real persona, por disponer tantos criados para vestirse y desvestirse, calzarse, que le sirvieran la comida y lo bañaran…

¿Acaso no se daba cuenta de que un soberano, si quería seguir siendo respetado por sus súbditos, no podía hacer las cosas con la sencillez de los hombres comunes! ¡si hasta el noble más pobre de su séquito había traído consigo, como mínimo, dos o tres valets o ayudas de cámara!

Sólo seres extravagantes como de Kalagraz, o el adusto comandante de la guardia, ese barón de Termokh tan obsesionado con la vida militar y tan distinto de su encantadora hermana, podían insistir en ocuparse ellos mismos de todas esas fastidiosas y monótonas operaciones.

Como si les faltara el dinero… que, al menos al vizconde, más bien le sobraba; la de Kalagraz era una de las heredades más ricas del país.

Muchos cortesanos, envidiosos, cuchicheaban que el manifiesto favor del rey por Arboth de Kalagraz se debía a que el joven aristócrata era todo lo que Su Majestad no era, pero, pese a todo, soñaba ser: alto, atlético, hermoso, valiente, gran amante…

O sea, como su padre. Pero sin ser el viejo rey.

Aunque también circulaban otras habladurías bastante más… malintencionadas. Que ponían en tela de juicio la virilidad de ambos amigos, basándose en el modo de usar el cabello del vizconde de Kalagraz y en el constante roce de los dos con los jinetes abulanos, famosos por su afición al amor entre hombres…

Lo más inocente que se comentaba de aquella amistad era que a ambos les gustaba yacer a la vez con Yaralth… y a menudo, sin tocarla a ella siquiera, durante toda la noche…

El caso fue que, aquel día, al girar inesperadamente el enemigo en fuga sobre los cuartos traseros de sus ágiles caballos, tras arrojar su botín para cabalgar más ligeros, les tocó al vizconde y a Su Majestad escapar a toda prisa de una decena de los mismos nómadas a quienes antes persiguieran con tan imprudente entusiasmo.

En la inesperada, ignominiosa huida, el asustado rey, mediocre jinete, cuando más, fue arrojado a un hondo barranco por su enorme corcel color nieve. Con tan mala fortuna que se fracturó un brazo y ambas piernas, en la tremenda caída.

No se rompió la crisma de puro milagro. O porque llevaba yelmo… aunque el casco sí quedó bastante abollado en el impacto, y perdió tanto su alta y vistosa cimera con la real morsa y todas las valiosas plumas de gallo espejo del penacho.

Bocarriba, aturdido y chillando de dolor, incapaz de ponerse en pie, el soberano quedó patéticamente indefenso.

Los perseguidores yowas no lo remataron sólo porque Kalagraz, en lugar de huir, se quedó, arriesgando su vida, para proteger a su real amigo.

Aquello no fue precisamente un torneo amistoso.

Durante largos minutos, el temerario vizconde luchó, él solo, contra una decena de feroces nómadas. Primero disparándoles con su propia y enjoyada pistola y con las dos incluso más ricamente decoradas del rey; luego, blandiendo con letal destreza su Matamaridos.

Protegido por su magnífica, refulgente armadura, se las arregló incluso para matar o incapacitar a varios nómadas, con sendos tajos y estocadas, recibiendo a cambio apenas un par de heridas ligeras, en la contienda.

Aunque los envidiosos de siempre luego dirían que quedó vivo sólo porque los escarpes que protegían sus pies, cuya larga y afilada punta los hacía más adecuados para herir al caballo de un rival, cuando se montaba, que para moverse en tierra, casi a cada paso se le clavaban en el blando terreno. Haciéndolo trastabillar continuamente… y volviendo muy difícil para sus oponentes yowas adivinar sus movimientos y acertarle con sus flechas o sables.

Pero, fuera por habilidad o suerte, el caso es que, de algún modo, el vizconde mantuvo a raya a los que bárbaros pretendían matar al rey, hasta que al fin llegaron los refuerzos: el sudoroso Talberth, blandiendo con ambas manos La Barra, al frente de la guardia real; y el igual de acalorado N´bule, con sus jinetes mercenarios gritando su ¡avoyun kangüé! a poner en fuga a los tres únicos yowas sobrevivientes y rescatar al aturdido y quejumbroso monarca y a su audaz salvador… un poco mareado de tantos traspiés, con la armadura algo abollada y Matamaridos con un par de esmeraldas menos en el pomo. Pero gloriosamente tinta en sangre enemiga hasta la empuñadura, por otro lado.

Había sido toda una hazaña. Algunos empezaron a llamar al vizconde Arboth de Kalagraz, desde ese día, Matayowas… y sin ironía alguna.

La mirada de reproche que le echó el fiel comandante de la guardia real a su rey, por aquella imprudencia, fue digna de recordarse.

Igual de notable fue la ojeada de gratitud con la que el soberano premió al herido de Kalagraz, de soldado a soldado, de noble a noble, de patriota a patriota. De barón a vizconde.

Lo mismo que el reprobatorio silencio, más profundo que el que habitualmente lo envolvía, que le dedicó su edecán de Obolobo, Juborth, cuando volvió al campamento.

Pero cuentan que la intensidad de esas tres expresiones palidecería avergonzada, ante las duras palabras del regaño con el que la furiosa coronela Ygrelth recibió a su desobediente soberano. Términos no sólo eran bastante inadecuados para que una súbdita los dirigiese a su rey, sino que habrían ruborizado hasta al más rudo carretero.

Tan agria ¡y merecida! reprimenda, desde luego, aumentó incluso más ¡si tal cosa aún era posible! el rencor de Korgalth II El Salvador contra los invasores yowas, causa directa de su mal rato.

La persistente persecución a los nómadas en retirada se detuvo ahí mismo, en seco… y así fue que las columnas de Yarawo lograron su único objetivo: llegar sin mayores obstáculos a Kangayowa, sólo esporádicamente acosadas por los incansables, feroces ryukeshas y su feroz líder, Partecráneos.

Dado lo complejo y doloroso de sus fracturas, que atendió de inmediato su médico, el venerable Motkath… al día siguiente, quejándose como un agonizante, escayolado como una momia gadea y muy mimado por la bella baronesa Yaralth y el resto de su harén, Su Magullada Majestad se dejó conducir de mala gana de vuelta a la capital y al alivio de su mullido lecho, en su rico carruaje.

Junto con él, regresó también casi entera su noble e inútil comitiva, para satisfacción de todos los auténticos soldados del Ejército Libertador.

Antes de partir, dramáticamente, entre llantos y ayes, el rey ordenó sacrificar a su bello y adorado Yolthrig, por considerar que la noble bestia lo había traicionado.

Esa orden suya no fue ejecutada, por cierto… pero Korgalth II El Salvador nunca lo supo. A veces es mejor que los reyes ignoren ciertos detalles.

Obligado por razones de fuerza mayor a abandonar el teatro de operaciones y sus sueños de gloria, el maltrecho monarca dejó tras sí a todo su ejército, con fehacientes promesas, además, de enviarles pronto refuerzos sustanciales; un millar de piqueros gadeos y otros tantos arcabuceros tumbrianos, tan pronto desembarcaran en Graghork… y toda la artillería del reino, con suficientes hombres expertos para operarla.

Amén de los víveres y bastimentos imprescindibles para sostener el asedio durante el tiempo que fuese necesario, por supuesto.

Porque Su Majestad también dejó claras y precisas instrucciones para que la insufrible afrenta de la invasión de los nómadas que habían violado el antiguo pacto no quedase impune, esta vez, costase lo que costase.

Sino que se penetrara en su propio territorio, para castigarla.

So pena de incurrir en el más profundo desagrado del trono, tal objetivo debía, además, alcanzarse antes del día de Gurzegh o Final de Otoño.

O sea, dentro de unas escasas 7 semanas.

Y, encargados de hacer posible tal milagro para su rey y su nación, quedaron tres personas.

El primero fue el tuerto coronel N´bule, al mando de los catafractos abulanos, los mercenarios a caballo que tan bien se habían portado hasta el momento, frente a los bárbaros nómadas.

La segunda fue la consejera militar del monarca, la malgeniosa coronela Ygrelth… apresuradamente ascendida por Korgalth II al grado de generala, para así poder detentar el mando máximo, por encima de N´bule.

Excepto de los catafractos, la veterana manca dispondría a su antojo de todas las demás tropas: de los Perros de Mar del comodoro Lomborth, de los callados guerrilleros ryukeshas de Partecráneos y hasta de los recién llegados sombreros de hierro tumbrianos. Así como de los refuerzos mercenarios de arcabuceros y piqueros y toda la artillería que estaban por llegar.

Muchos consideraron el confiar aquella enorme responsabilidad a la vieja soldada una refinada venganza real por la dura diatriba de la que la impetuosa y poco diplomática Ygrelth lo había hecho objeto, con motivo de su escapada y tonta lesión posterior.

Otros estaban seguros de que, simplemente, había delegado el difícil encargo en la mejor militar del país: ningún emperifollado cortesano tenía la experiencia en batallas y asedios de la vieja Ygrelth, que había luchado toda su vida en media Ardabla. Nadie más podría soñar con rendir la inexpugnable fortaleza enemiga en tan breve y caprichoso plazo.

Algunos hablaron de planes de usar conjuros antiquísimos, prohibidos por Wylan y sus moralistas arciprestes, para facilitar la victoria… ¿tal vez con ayuda de los brujos locales, los supuestos cambiapieles ryukeshas? Muy secreto, en todo caso, y no apto para cualquier subordinado…

El que Korgalth II El Salvador dejara también a su edecán, el silencioso, enigmático Juborth, con la flamante generala Ygrelth, generó nuevas preguntas: ¿el obolobo estaba allí para ayudarla… o para vigilarla?

El tercer y último personaje designado por el rey para dirigir las operaciones, para sorpresa de muchos, fue el hermoso y valiente Arboth de Kalagraz.

Que nunca antes había comandado tropa alguna…

No obstante, el atractivo vizconde fue nombrado observador especial de la corona e investido con poderes extraordinarios. Según muchos, en gratitud por haber salvado a Su Majestad en la maldita escaramuza con los yowas.

Más bien para mitigar ciertos comentarios, dijeron otros…

O para mantenerlo alejado de la bella Yaralth, ahora que su nuevo apodo de Matayowas había incrementado el aura heroica del joven noble, y la diosa de los ojos de gema suspiraba cada vez que lo veía pasar, como ansiosa de eróticas segundas oportunidades con el aristócrata, opinaron los terceros.

Quizás todo era para que, al menos, hubiese un humano hermoso y, sobre todo, completo ¡ni tuerto ni manco! al frente de las tropas sitiadoras, comentaron todavía, los cuartos.

Dispuesto todo lo cual, Su Majestad, su amante principal y todas las secundarias, sus sirvientes y su guardia real, emprendieron al fin el regreso a Grakhork.

Y sin la real presencia, por primera vez en siglos, un contingente de casi cinco mil hombres y mujeres, que enarbola la rojiazul bandera khork… aunque su núcleo de choque sea la caballería pesada extranjera que galopa bajo el pabellón del corcel negro en campo rojo, avanza hacia las altísimas Jawar, de nevadas cimas, y el paso hacia Shonto-gawaz, horadado en la roca viva.

Con el propósito de ganar, a través de tal túnel, el territorio de los rubios jinetes que se trenzan las barbas y rinden culto al implacable Cielo… y enseñarles una lección tal que jamás vuelvan a osar adentrarse en territorio khork.

Objetivos todos para cuyo cumplimiento, las fuerzas enviadas por Korgalth II, tendrán primero que superar sólo un pequeño obstáculo: la antigua fortaleza, que nunca ha sido conquistada por las armas.

Es el día 0; el asedio de Kangayowa comienza…

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Anexos de Los 43 días de Kangayowa

[1]después de la fundación de Wylan, o después del fundador Wylan, como se prefiera.

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Ingeniero industrial y profesor de Ergonomía de día y, de noche, escritor de fantasía y traductor. A finales del 2017 crea el blog El último puente, con la intención de aumentar la lectura de la fantasía y su escritura dentro de Cuba.

17 Comentarios

  • VonGoldring

    Verdad que es un prefacio largo, pero da inicio a la introducción del mundo de la historia y al comienzo del asedio.
    Creo que me va a gustar.
    Muy buen worldbuilding por cierto.

    • José Alejandro Cantallops Vázquez

      El Yoss tiene mucha práctica con este tipo de construcción de mundos, durante tres años he tenido la oportunidad de verlo trabajando y la base de este prólogo lo escribió en una tarde.

  • Spriggan Velaryon

    Bueno, hoy por fin tuve tiempo de leer este prefacio y debo decir que me encantó, me gustó demasiado. Aunque al principio me sentí saturado de ubicaciones, etnias y nombres que no me suenan de nada, luego, cuando se centra en los Yowas, capta mi atención con vehemencia. Utilizó el prefacio como una forma de contextualizarnos a nosotros (y a sí mismo probablemente) en lo que será la realidad de la historia, geográfica y culturalmente. Un aspecto muy importante al crear poblados, etnias y razas de fantasía es tener una base que las separe de nuestra realidad, muchos autores a veces olvidan esto y escriben personajes extranjeros (a veces extraterrestres) como humanos cualesquiera, con este contexto que arroja Yoss aquí en el prefacio ya tenemos un medio de comparación que podremos utilizar a lo largo de la historia en plan: “Los Yowas son de esta forma, así que puede ocurrir esto”, “Siendo como son los Yowas, probablemente no les guste esto”. Me dejó el hype por las nubes y me integro muy bien a quienes, parece, serán los protagonistas de la historia excelente.
    .
    Lo único que me pareció anti climático fue el exceso de comentarios entre explicaciones, aunque bien pudo ser intencional para dar ese toque de narrativa arcaizante

    • Spriggan Velaryon

      Me ha inspiro de buena manera a contextualizar mis propios poblados, si llego a escribir alguna de mis ideas algún día, sin duda alguna las poblaciones las contextualizaré de forma similar

      • José Alejandro Cantallops Vázquez

        Espero que ese día en el que te animes y tengas tiempo para escribir no sea muy lejano.

      • Spriggan Velaryon

        Yo igual! En este primer lustro de la década debería tener algo. El problema es que mi personalidad no me deja inmiscuirme en este tipo de proyectos tan grandes mientras tenga las universidades en la espalda, al terminar las dos o al menos una probablemente me ponga a escribir algo. Si no me falla la predicción, tengo material para una trilogía y una bilogia

      • José Alejandro Cantallops Vázquez

        Una carga grande eso, igual, puedes ir tomando notas, agregando ideas que te parezcan interesantes y detallitos del mundo. para el año que viene debo iniciar una sección consagrada al worldbuilding para los que todavía no puede trabajar en sus novelas por cuesetiones de tiempo.

      • Spriggan Velaryon

        Exactamente eso he estado haciendo, detalles en el sistema mágico, aspectos económicos, grano tras grano en la trama, definiendo más y más como será el mundo (Qué en el caso de la trilogía probablemente ni siquiera sea redondo), como será el mapa, costumbres, ropas, comidas, fauna, flora, morfologías. Mientras no escriba, iré pensando en esos detalles e iré anotando

      • José Alejandro Cantallops Vázquez

        Que bien, aunque te aconsejo que también te preocupes por los personajes y posibles situaciones en el mundo que podrían desencadenar historias, así como historias colaterales para agregarle profundidad.

      • Spriggan Velaryon

        Exacto y correcto. Hasta ahora no tengo definidos sino tres personajes, y no he ahondado mucho en ellos. Probablemente uno de los motivos por el que tampoco he escrito nada es porque, aunque tengo la historia, no he decidido que la desencadenará a ciencia cierta y tampoco el porque los POV están donde están para ver que ocurre. Hay mucho que pensar, pero no tengo apuro

      • José Alejandro Cantallops Vázquez

        Has probado comenzar a preguntarte por qué están allí tus personajes, así es como yo voy haciendo que encajen.

    • José Alejandro Cantallops Vázquez

      Me alegra que te haya gustado el prefacio y que te haya enganchado, cuando termine de publicar la novela, Yoss me autorizó también a publciar sus comentarios en los cuales explicará el porqué de toda esta sobresaturación de nombres, para las cuales es muy útil el anexo.
      Aunque los yowas sólo serán una parte de la moneda, la mayoría de los puntos de vistas serán de los mercenarios y los khorks.
      Respecto a lo del exceso de comentarios, es debido a que se supone que la novela es el tratado que escribió un erudito sobre esta guerra.

      • José Alejandro Cantallops Vázquez

        Hai, eso será más o menos para agosto que es que acabaría de publicar la novela. Pero ya verás que en el mismo epílogo el autor del tratado se explica.

  • Michael Bram

    Simplemente, ¡WOW!
    Siento de que me acaban de dar una clase de historia XD.
    Bueno, ya por lo que leo no será el típico asedio del cual estoy harto de leer, aquí hay unas bases muy buenas (y profundas) de por qué lo hacen (si tienes voluntad suficiente para leerlo completo).
    Espero con ganas el primer día (o día cero) del asedio. La verdad es que me tenían comprado desde que dijeron por ahí:
    “Hay algo importante en la novela de Yoss y es que recién introducen la pólvora al ámbito militar y las espadas y arcos quedan desfasados, no más batallas de grandes guerreros, la muerte de la épica” o algo así XD.

    Por cierto, menudo combo de entradas para el día primero, empezamos a lo grande, jaja.

    • José Alejandro Cantallops Vázquez

      Gracias, se termina el año y se comienza bien, y la semana que viene será incluso mejor, por lo menos de martes a jueves.
      Es bueno saber que les ha gustado el prefacio de la novela que es la parte más larga de la novela, y tranquilo, cada día tiene su cosita interesante.

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